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domingo, 31 de agosto de 2025

Dibujos y acuarelas agosto 2025

Dos dibujos con estilográfica y tintas o acuarela. El primero, con una pluma Jinhao de tajo curvo con tinta Platinum de registrador. La técnica usada ha sido ir mojando en agua el tajo para iniciar el dibujo, con trazos que quedan grises al diluir la tinta. Esta tinta da un gris cálido, mucho menos azulado que otras y, lo que es mejor, sin esos tonos de otras tintas negras que, al diluirse, van del morado al rojizo.

Según la posición del tajo, podemos hacer trazos de muy distintos grosores, ahora ya con la tinta negra sin diluir, tal como sale de la pluma. Mojando el pincel en el tajo y en agua, se va terminando el dibujo con una buena gama de grises. Luego, retoques finales en negro.

   Con esa misma tinta Platinum, indeleble, se hace el dibujo inicial que se colorea con acuarela cuando la tinta está seca. La estilográfica es una Namiki Falcon extrafina Flex, de Pilot Una joya.


   Y luego unas acuarelas con temas diferentes:


sábado, 9 de septiembre de 2023

Un roble, una novela y cuatro versiones


Estaba estos días pintando, entre otras cosas, unos robles de Peñascosa, un pueblo serrano de la provincia de Albacete, a partir de unas fotografías que hice de esa zona el otoño pasado, cuando las hojas, antes de caer, cambian a ese color inconfundible que te permite ver que, entre pinos y carrascas, hay muchos más robles de los que pensabas. Incluso una extraña combinación de pino y roble, creciendo uno dentro del tronco del otro. Por cierto, ya debería estar yendo si quiero llegar a tiempo de cosechar un par de kilos de endrinas para hacer pacharán.

El caso es que empecé por un dibujo a plumilla con tinta china aprovechando la variabilidad del grosor de los trazos para sugerir las grietas del tronco. No es necesario dibujar el árbol entero, que cada vez más elijo una parte del tronco, unas ramas, por eso de más es menos. Las posibilidades de equivocarse, en pintura como en todo, son infinitas. Además está ese axioma de que no hay nada tan fácil que no se pueda hacer mal. Uno de los errores en los que caigo a menudo es, deslumbrado por un paisaje, tirarme de una y pintarlo todo. Un paisaje te incita a pintarlo por una luz concreta, la forma de una montaña, un contraste entre lo cercano y la lejanía... Y si eso es lo que quieres recoger en tu pintura, la peor manera de resaltarlo es rodearlo de elementos inútiles, secundarios, que más distraen y quitan que atraen y aportan. Como dibujante, más que pintor, el segundo error, la segunda tentación, es entrar en demasiados detalles. Esta tendencia ya me la conozco, de forma que casi siempre parto teniendo en mente la intención de corregirla. Pintando árboles, sería arduo y estéril intentar pintar rama a rama y hojita por hojita. Pinceles del mayor tamaño posible, manchas, colores y cortar todo lo a tiempo de lo que uno es capaz, que no es mucho.
   El dibujo no se elaboró demasiado, porque la idea era de colorearlo con acuarela después. Se planean las formas y se sugieren las rugosidades y grietas del tronco, que de eso iba la cosa, con trazos de plumilla, sin intentar ir demasiado lejos en el detalle. Bien. Ni siquiera le hice una foto a esa primera versión, salvo esta donde se ve el tintero y el palillero con la plumilla, antiguo todo, salvo la tinta china. Se ve que la tinta china tampoco es ya lo que era y, cuando le metí el primer brochazo, la tinta empezó a correrse, de forma que hubo que echar mano del pañuelo de papel para limitar daños. Mucho cuidado desde entonces y ya no había vuelta atrás. ¡Porqué no lo había dejado así? Bueno, siempre se puede hacer otro, que es cosa de unos minutos. El resultado es la primera imagen. Dibujo, acuarela y unas líneas a plumilla con tinta blanca. No sé si ha ganado o ha perdido, pero eso es lo que hay.
   El caso es que no quedó uno contento. Demasiada línea, demasiado detalle. Seguramente se podía decir lo mismo, o casi, con bastante menos. Una paletina de dos pulgadas, de pelo de cerda, con perdón, como para pintar radiadores. Una mezcla de siena y negro de óxido de hierro, esa acuarela que unas marcas llaman Lunar black, otras negro de Marte y otras negro óxido. Cuanto más bonito y peregrino sea el nombre comercial, más caro lo venden, pero es el negro de magnetita de Kremer o el negro óxido de Van Gogh. El mismo pigmento. Como viene de pedruscos, puede cambiar el tono, unas marcas más cálido, como el de Van Gogh, o más frío, como el de Kremer o Daniel Smith. también intervendrá la molienda, y las partículas más o menos finas influirán en la granulación, uno de los encantos de este pigmento.

El caso es que se resolvió con pocas pinceladas. Casi se pueden contar. Menos detalle, pero seguramente dice más que las dos versiones anteriores.

La cosa hubiera quedado aquí, dándole vueltas a esas cosas que comento, la sugerencia, el parar a tiempo, la sencillez, la renuncia al detalle. Pero resulta que estaba leyendo un libro, bastante recomendable por cierto. «La hija del curandero», de Amy Tan, californiana de origen chino. Lo acabé anoche y, en uno de los últimos capítulos, me encuentro con este párrafo:

«—En cada forma de la belleza hay cuatro niveles de talento. Ocu­rre en la pintura, la caligrafía, la música y la danza. El primer nivel es la competencia. –Mirábamos una página en la que había dos di­bujos idénticos de un bosquecillo de bambúes, una pintura típica, bien hecha, realista e interesante por los detalles de dobles líneas, una imagen que expresaba las ideas de la fuerza y la longevidad—. La competencia –prosiguió– es la habilidad para dibujar algo una y otra vez con los mismos trazos, la misma fuerza, el mismo ritmo y la mis­ma sinceridad. No obstante, esta clase de belleza es corriente.

»El segundo nivel –prosiguió Kai– es la excelencia. –Contempla­mos otro dibujo de varios tallos de bambú—. Éste va más allá de la competencia. Su belleza es única. Y sin embargo es más sencillo que el otro, hace menos hincapié en los tallos y más en las hojas. Expre­sa a un tiempo fuerza y soledad. El pintor menor es capaz de captar una de estas cualidades, pero no la otra.

Volvió la página. La ilustración siguiente era un solo tallo de bambú.

—El tercer nivel es lo divino —dijo—. Las hojas son ahora sombras mecidas por un viento invisible, y el tallo sólo es perceptible como una sugerencia de lo que falta. Sin embargo, las sombras están más vivas que las primeras, pues aquéllas tapaban la luz. La persona que ve esto no tiene palabras para describir cómo lo han hecho. Por mucho que lo intente, el pintor no podrá volver a captar el sentimien­to de esta pintura, sólo una sombra de la sombra.

—¿Cómo es posible que la belleza sea algo más que divina? –pre­gunté, sabiendo que pronto oiría la respuesta.

–El cuarto nivel –explicó Kai Jing– es superior a éste, y todo mortal tiene en su naturaleza la capacidad de hallarlo. Sólo podemos percibirlo si no intentamos percibirlo. Se manifiesta sin motivación ni deseo ni conocimiento del posible resultado. Es puro. Es lo que tie­nen los niños inocentes. Es lo que los viejos maestros recuperan cuan­do han perdido la razón y vuelven a ser niños.

Volvió la página. En la siguiente había un óvalo.

–Esta pintura se llama En el interior de un tallo de bambú. El óva­lo es lo que ves si estás dentro, mirando hacia abajo o hacia arri­ba. Es la simplicidad de estar dentro, sin razón ni explicación para ello. Es la natural fascinación ante el descubrimiento de que todas las cosas guardan relación con otras, un óvalo de tinta con una página de papel blanco, una persona con un tallo de bambú, el espectador con la pintura.»

Aunque no consiga llegar a la excelencia, menos a lo divino, no me puedo resistir a hacer otra versión aún más simple. Otra paletina algo más fina, acuarela Lunar Black de Daniel Smith, aunque algo de siena quedaba en la paleta que no había limpiado demasiado bien. Ahora sí que se pueden contar las pinceladas, no sé si llegan a diez, incluyendo algunas manchas para aportar algo de sombra. Se me olvidó recurrir a esa técnica, también oriental, de poner más pigmento en un lado de la brocha que en el otro, como ellos hacen para dar relieve y curvatura a los troncos de bambú. Igual luego me animo a hacer otra probatura. Por ahora, así queda la cosa.




 

domingo, 21 de junio de 2020

Primera salida: Molino de Iramala

    Después de dos meses encerrados en casa, pasamos tres días de mayo en un paraíso, rodeados de sauces y chopos, flores y agua por todas partes, mariposas revoloteando, sol y aire limpio. Entre Salobre y Reolid, cerca ya de Andalucía, pero aún en la provincia de Albacete, de la que no podemos salir por el momento. Menos mal que en la nuestra hay sitios maravillosos para viajar durante años. Vamos al Molino de Iramala, que ya viene siendo molino desde la época de los Reyes Católicos, que autorizaron su construcción. A la vez que se estaba descubriendo América. 
   Visto lo visto, tal vez hubiera sido mejor para nosotros que ese encuentro inevitable entre dos mundos lo hubieran coprotagonizado ingleses u holandeses. Para quien no habría sido mejor hubiese sido para los nativos, pero la historia habría escrito páginas más benévolas y pocos testigos quedarían hoy para contradecirlas. Del río Bravo para arriba tenemos dónde mirar para hacernos una idea de las diferencias. 
   Ya eran frecuentes los desmanes iconoclastass de iracundos analfabetos locales que derriban las estatuas de quienes civilizaron a sus antepasados, con poco éxito en muchos casos, como vemos. Tienen menos delito que los descendientes de colonos españoles o de inmigrantes europeos, no más ilustrados, aunque sí más tontos, que les empujan y ayudan a hacerlo. Ni fray Junípero Serra ni Cervantes, que fue cinco años esclavo en Argel, se libran de ese ISIS occidental que se muestra bárbaro en aras de la corrección. Incluso encuentran en España a no pocos que, con estupidez que supera a todas las anteriores, les comprenden y apoyan. Mejor me vuelvo al molino que seguir por esta ruta.
   En esta entrada se muestran los dibujos y acuarelas que hemos hecho durante esos días. Apuntes en unos casos, dibujos más meticulosos o acuarelas terminadas en otros, pues no faltó tiempo ni calma. Los hay en cuaderno y en papel suelto, porque se podía pintar con comodidad; sentado, a la sombra, con un martini o un vino blanco fresco o u café, según la hora. Echado en la hierba o tumbado en una hamaca, viendo relucir y ondear al viento las hojas de los chopos, algunos enormes. Y pensando qué parte pintar de ellos y cómo.
    En la primera acuarela de esta entrada se ve el muro de la balsa que represa el agua del río Salobre que alimenta al molino, una pared cubierta totalmente de cabellera de Venus, ese helecho delicado que crece en rocas, paredes y otros lugares por donde cae el agua, como era el caso, pero que no aguanta en casa cuando lo compras en un vivero. Necesita poca tierra, casi ninguna, pero sí ver el agua correr. También había sauces y muchos lirios amarillos en flor. En las orillas de los ríos son frecuentes los fresnos, que llaman árboles de ribera. Dibujé alguno de ellos, a rotulador o con acuarela.
   Ese mismo fresco, desde otro lado, con acuarela. Le hice una foto al dibujo, otra con las primeras manchas y otra ya echada a perder, tapada toda la frescura y la sugerencia de las primeras capas y pincveladas. Con estas cosas pasa como con las siete y media. Ya nos lo advertía don Mendo:
Magdalena¿Y por qué marcó esa hora/ tan rara? Pudo ser luego…Don MendoEs que tu inocencia ignora/ que, a más de una hora, señora,/ las siete y media es un juego.Magdalena¿Un juego?…/Don Mendo …Y un juego vil/ que no hay que jugarlo a ciegas,/ pues juegas cien veces, mil,/ y de las mil, ves febril/  Que o te pasas o no llegas./ Y el no llegar da dolor,/ pues indica que mal tasas/ y eres del otro deudor./ Mas ¡ay de ti si te pasas!/
 ¡Si te pasas es peor!

   Esta es la fachada del molino, un dibujo en dos páginas del cuaderno y otro con la parra que había en la esquina. La hamaca en el prado del fondo, el agua corriendo por la acequia. La barbacoa no sale en los dibujos, ni la paella que hicimos en ella, con ajos recién arrancados que nos regaló el molinero, que venía algunos ratos por allí. 
Fotos hice muchas, algunas, seguramente las mejores en una fuentecilla con nenúfares y carpas que había en la explanada frente al molino. Esperando que la luz diera justo donde tenía que dar iluminando el fondo, tuvimos recompensa.


sábado, 16 de mayo de 2020

Más dibujos desde el convento

    Seguimos sin salir. Una vez a sacar el coche a pasear para que no se agote la batería. Y ya. Queda tiempo para dibujar, escuchar música, regar las plantas, hacer pan, guisar y ordenar chismes, que demasiados tenemos. Lo bueno de esto último es que te llevas alguna agradable sorpresa al mirar en cajas abandonadas, en una leja, un cajón o en una carpeta.
    Entre otros dibujos, nos hemos atrevido a hacer un autorretrato, para confirmar una vez más que no es nuestro tema. Es difícil. Cambiar ligeramente una forma o mover de sitio unos milímetros un ojo cambia la mirada, el gesto y resulta otra persona. Si no fuera por el pelo podría ser mi madre o mi abuela. Luego al menos hay un aire de familia. Bueno está, aunque no bien.
     De forma que volvamos a los árboles, que no presentan esos problemas. Con tinta china, plumilla y pincel, rascados de cuchilla y unos trazos de blanco, hago esta encina. En el siguiente dibujo, la misma encina con nogalina y el mismo sistema. Saco unas luces para dar textura al tronco, rascando con la cuchilla en la dirección del crecimiento del tronco o las ramas. Esa técnica de extender la tinta con el dedo, manchar usando la espona como cuño y rascar con la cuchilla la tomo de Luis García de Mozos que la exdplica generosamente en un vídeo que ya he visto varias veces y que recomiendo. En youtube está junto con otros sobre sus obras y formas de trabajar, con tintas o al óleo.

   Aquí, dibujo de un madroño ya crecidito,mezclo tinta sepia de Daniel Smith con otra tinta negra de E.E. Babb:
    Un olivo antañón, dibujo a tinta china.
    Y usando todas las técnicas ya descritas, un tronco del amigo Vilaboa, con tinta china y blanca, pincel, dedo, plumilla, esponja y cuchilla.
   De otra foto de Vilaboa, de otro tronco también de Vilameá, por el Tambre, en Galicia. Este dibujo se hace con grafito soluble y otros colores en pastilla de sastre de ARtGraf. Pincel y plumilla.
    Varios años hemos ido a Elx, en Alicante, al encuentro con los amigos de Cuadernos Viajeros. Por la imposibilidad de hacerlo en esta ocasión de forma presencial se ha hecho de forma telemática. Como tenemos muhcas fotos de ediciones anteriores, hemos hecho estos dibujos en cuaderno, aunque esta vez en la mesa de trabajo en casa, no bajo las palmeras y rodeado de amigos. Una pena. Pero aquí están.

martes, 31 de diciembre de 2019

Últimos dibujos y acuarelas

    Acaba el año. Publico en esta entrada los últimos dibujos y acuarelas de 2019, un conjunto variopinto con tintas, plumillas y cálamos, lápices o con las acuarelas de siempre, a las que hemos ido incorporando otras marcas y pigmentos, pues nunca dejamos de probar. Ya comentaremos.
   Los temas son variados, como los sitios, unos visitados en persona y otros en las fotos de algunos amigos, cosa que siempre les agradezco. También hay una basada en un óleo de John Singer Sargent, que siempre es bueno ponerse a interpretar obras maestras, cosa que ya habíamos hecho con Sorolla.
    Poco más que explicar, pues los temas son los habituales, predominando los árboles y paisajes. Empezaremos así el 2020 con la carpeta en blanco, procurando avanzar, probar y descubrir nuevos materiales, técnicas y temas.
    Feliz año nuevo.