lunes, 12 de noviembre de 2018

En Sigüenza. V Encuentro Ladrones de Cuadernos


 
    Inevitable recordar "Amanece que no es poco", de mi paisano Cuerda, reunidos esta vez en pictórico concilio de cuadernícolas alrededor de una calabaza de 89 kilos, justo al lado de la catedral, bajo unos soportales llenos de mesas de los bares y a salvo de la lluvia, fuerte en el primer día. La puerta del almacén de uno de ellos está coronada por el escudo del Cardenal Mendoza, que él fue quien levantó muchos de los más notables edificios de Sigüenza, cosa que nos recuerdan hermosos azulejos en las esquinas o losas en el suelo. Una de ellas nos informa de que esta plaza era zona habitada por el clero, lo que mi carácter episcopal, con creciente tonsura, agradece. Como si estuviera en mi convento de San Odón de la Muela. El dibujo de los arcos con la calabaza fue el último que hice allí, el domingo antes de salir de vuelta. El que sigue fue el primero, prácticamente desde el mismo sitio, recién llegados, con café y pacharán y los primeros encuentros, después de comer en La Alameda. Aunque acudió mucha gente a este encuentro, para reconocernos no necesitamos mostrar una flor en el ojal, que por la pluma y el cuaderno se nos conoce, precaución que tuvo, según recuerdo, el ilustre amigo Fernando Font de Gayà en Cuenca, primer encuentro de Ladrones de Cuadernos.
  Uno de los encantos de estas juntas, en realidad el mayor, es el encuentro con los amigos. Aún hay algunos a los que sólo conocemos por los blogs y por los foros de internet, pero cada vez son los menos, que con algunos de ellos y de ellas ya hemos coincidido en varias ocasiones con tanto beneficio para los fabricantes de pacharán y otros bodegueros como terror de los rebaños de corderos y los bancos de calamares a la romana. Se ilustran en estas fotos algunos de esos alegres reencuentros, como el de Urumo con Joshemari (comandante en jefe de esta expedición) y Joan, su mujer, y a una pequeña parte de la peña afanada en la plaza Mayor en dibujar a destajo. También fue muy agradable que al cuerpo expedicionario se le uniera el grupo de Cuadernos Viajeros de Elche, que por mayo será por mayo cuando nos volveremos a ver por cuarto año. Lo de tener en las manos los cuadernos de los demás, viendo de cerca dibujos que a veces habías visto en una pantalla, es otro de los lujos de estos encuentros. Cada uno diferente, aunque dibujemos lo mismo, con verdaderas joyas entre ellos. Se aprende mucho. Hay quien lleva un cuaderno, dos rotuladores y una cajita de acuarelas; otros una gavilla de estilográficas y un par de resmas de papel. Me encuentro entre los segundos.
    Lo verdaderamente impagable son las tertulias y charletas en estos encuentros. De plumas y tintas, de cuadernos y papeles, de calamares a la romana, aunque deberían ser en su tinta, dado el tema que nos reúne, de la incierta y alucinante actualidad, de la geografía y la historia, el clima, del cielo y de los infiernos, de los ayorinos del Apocalipsis mural de la catedral de Albacete, de viajes, anécdotas y aficiones. Queda lugar para intercambiar recetas de cocina llegando a debatir la posibilidad de sacar algo sustancioso de un guiso con la momia de Ramsés II, algo que ya se hace con el bacalao, un producto similar. Tengo algún pigmento llamado Mummy brown, originalmente elaborado reduciendo a polvo momias egipcias, primero de personas, luego de gatos. Tengo entendido que en los almacenes de Windsor & Newton aún queda en algún estante escondido alguna momia de aquel entonces, que se dejó de fabricar pues muchos le hacían ascos cuando se supo la receta, sobre todo los que chupaban el pincel. No recuerdo qué pintor, un impresionista francés, dio cristiana sepultura a sus tubos de óleo de ese marrón tan bonito como inquietante. El caso es que algunas momias han acabado pulverizadas y pegadas a valiosos lienzos que hoy se ven en los museos. No es mal fin, al menos no de los peores.
    Lo más característico de Sigüenza es su carácter medieval y renacentista, como señorio episcopal desde los siglos XII al XVIII, después de haber sido sede episcopal con los visigodos, aunque su momento más deslumbrante coincidió con el de máximo poder de los Mendoza, desde Juan II y Enrique IV a los Reyes Católicos. De esos momentos son sus principales edificios y monumentos, de carácter civil o religioso. Pero su historia es más larga, y ya Plinio el Viejo nos habla en el siglo I a.C. de la ciudad celtíbera de Segontia, que cayó en manos romanas poco después que Numancia. Ya había sido asediada por Aníbal. Parece ser que la ubicación original estuvo en el otro margen del Henares, sobre el cerro Mirón.
   Procedentes de Mendoza, al lado de Llodio en Álava, llega su linaje a la cumbre de la aristocracia castellana. La participación de los Mendoza en todos los hechos y acontecimientos relevantes de esa época, jugando bien sus cartas y dejando el bando de la Beltraneja a tiempo, les van llevando a acumular poder y posesiones.  El apogeo de su poderío se produce con la figura de Pedro González de Mendoza, Cardenal Primado de España, arzobispo de Toledo a la vez que obispo de Sigüenza, cargo que conservó igual que hoy Sigúenza conserva su memoria a cada paso y en cada esquina. Fue el influyente y lucrativo arzobispado de Toledo cátedra que consiguió gracias a la presión de Isabel la Católica ante el Papa, aunque el hecho de que tuviese tres hijos no ayudaba mucho. Consiguió incluso que una bula papal los hiciese legítimos y le permitiese testar a su favor. Con su influencia y su dinero va adquiriendo posesiones con que proporcionarles títulos nobiliarios y un buen pasar. No se quedó corto.
    Llamado el tercer rey, cuando reinaban Isabel y Fernando, intervienen los Mendoza en la toma de Granada, siendo el cardenal quien pone el pendón castellano en la Alhambra. También pone de confesor de la reina a Cisneros. Igualmente aparece en las negociaciones con Colón, en la expulsión de los judíos, parece ser que en el establecimiento de la Inquisición y en la introducción del renacimiento en España, influido por el cardenal valenciano Ricardo Borja, Borgia cuando Papa como Alejandro VI. Tal para cual.
    Aunque el Doncel sea la figura más conocida de Sigüenza, en toda la Alcarria, como avanzamos en la primera entrada sobre Guadalajara, los Mendoza fueron aquí los personajes predominantes en todos los terrenos. Larga sería la lista de los miembros del linaje, de sus hazañas por todo el imperio español, posesiones, influencia y poder. La actual ignorancia acerca la historia, que oscila entre el desprecio por parte del común y la añadida manipulación interesada por la de otros no menos comunes, aunque empoderados, horrorosa palabra, que es algo que se extiende al arte y a la literatura, suele reducir el pasado de una ciudad a un monumento y en algunos casos a un personaje. Pasa con Granada y su Alhambra, con Segovia y su acueducto, con la Dolores y Calatayud, a Albacete con las navajas, a una Córdoba reducida a su mezquita o a la milenaria Cádiz, que algunos conocen por las bodegas de Jerez. Muchos, sean nuevos o talludos, en una imagen de san Antonio no ven más que un tío viejo en sayas con un gorrino y un gayato. Lógicamente el Cardenal Mendoza es un coñac, como Carlos I. Cuando en una imagen o escultura aparecen unas trompetas sopladas por un ángel no ven la fama, ni cuando un perro la fidelidad,  sólo ven las turutas o un pachón. Por eso el conocer ayuda tanto a disfrutar y a entender como el ignorar impide hacerlo.

    En este dibujo siguiente, Sigüenza desde las afueras con un árbol en primer plano, mi amigo Juan Llorens me sujetó la mano y, bajo graves amenazas, me impidió cebarme a la hora de dar más colores. Me alegro de haberle hecho caso. Tanto le hice que el siguiente dibujo, hecho inmediatamente después, salió a juego. La verdad es que no necesitan más. Lo que se quería recoger era la ciudad desde lejos rodeada de árboles en otoño. Sobra con lo que hay y más superficie coloreada o dibujada poco hubiera aportado salvo confusión y las nefastas secuelas del horror al vacío. Gracias, Juan.




   En este último dibujo, hecho en la sobremesa de la comida del sábado, en una terraza aún mojada por la lluvia, utilizo esta piedra pequeña para la tinta china de una barra.  Mide 5x8 cm y con ella se puede diluir la tinta china frotando en un ceremonial oriental que añade encanto a la cosa. La tinta china tiene una nobleza especial, unos grises muy transparentes incluso cuando se aplica un tono oscuro. Se puede restregar la barra aún húmeda en el papel dejando un rastro rugoso que añade textura al dibujo. Para los troncos y las paredes va muy bien. El sello chino para firmar también resulta oportuno.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Árboles tintas y acuarelas. Texturas. Paso a paso



    Ya he dedicado dos entradas anteriores en el blog sobre cómo procuro dar textura a los árboles en las acuarelas. Desde aprovechando la sedimentación y granulación de algunos pigmentos, especialmente los de Primatek de Daniel Smith, los obvios conseguidos con el pincel por medio de líneas finas o por trazos rápidos con el pincel semiseco, a los rascados con un cúter una vez terminada la acuarela. En esas entradas se explican otras formas de rascados con la acuarela húmeda o incuso antes de aplicar la pintura. Cuando el papel no es muy rugoso la cosa se complica más, como en la primera de las acuarelas mostradas sobre un tronco seco en San Gregorio, en Alpera (Albacete). En ella no hay rascados, sí los hay en la siguiente, una acuarela del olmo de Millena en Alicante, que he pintado varias veces.
   En esta otra acuarela, a partir de una foto propia de ese olmo, se han eliminado todas las construcciones que lo rodean en la plaza de la iglesia y se ha centrado la composición en el árbol. Usando para el fondo y las mezclas de verdes el lapislázuli se consiguen esos tonos mas fríos, armonizando el conujnto. También aporta parte del granulado.
    En esta ocasión se trata de un dibujo con estilográfica cargada con una tinta marrón soluble, es decir, no indeleble. Se elige esta tinta para poder extenderla luego con un pincel mojado. Por eso, al hacer el dibujo, se cargan las tintas reforzando las lìneas en la parte de la sombra. A partir de este momento ya empiezan  las tentaciones de dejarlo así, en un dibujo de línea. Muchas veces cada paso empeora el resultado final.
    Con pincel mojado se extiende la tinta de las líneas, dejando algunos puntos en blanco, que ya empiezan a aportar relieve. Algunos trazos, con el pincel no demasiado mojado, rápidos y en la dirección de los troncos, van marcando algunas sombras.
   Se sugieren algunas hojas en la copa diluyendo algunas partes de las ramas. Incluso se moja el pincel en el tajo de la pluma para cargar un poco de tinta y reforzar zonas y sugerir hojas.
    El papel está mojado por algunas zonas. Las líneas que se dibujan ahora quedan nítidas por lo seco y borrosas por lo húmedo. En esta ampliación se ve mejor.
   Con el pincel bastante seco, tomando tinta del plumín, se trazan pinceladas rápidas siguiendo la forma de las ramas y las arrugas de la corteza, intentando resaltar las zonas de sombra. Poco a poco se va dando forma y moldeando el relieve, sugiriendo más texturas y recuperando algunas líneas que se querían nítidas y que al mojarlas se han difuminado o perdido.
    En estas ampliaciones se ve con más detalle el resultado de esas pinceladas rápidas y secas.

    Por último, con acuarela negra, en este caso Lunar Black de Daniel Smith,  se dan las últimas sombras, las más intensas, se añaden algunos detalles, pocos, y con algunas pinceladas se sugiere un fondo y un suelo.

Entradas anteriores sobre texturas:

lunes, 5 de noviembre de 2018

Otoños propios y prestados.


   El otoño tiene su ambiente y sus colores. También puede tener sus pigmentos a la hora de pintar. En cuanto llega esta estación suelo sacar los cadmios con sus tonos amarillos, anaranjados o rojos, brillantes, intensos y tal vez demasiado cubrientes. A partir de ahí no suelo recurrir a otros colores que los habituales, aunque mezclándolos de forma diferente para apagarlos y llevarlos a tonos más quebrados y mustios. Los grises de esas mezclas siempre vienen bien para, por contraste, dar vida al resto de los tonos.
   De todas formas es cierto que estoy recurriendo a algunos tubos de Daniel Smith, de los Primatek, pigmentos de piedras naturales, algunas de ellas semipreciosas, que no son los que uso siempre, que otros sí como el brozite, la sodalita o el lapislázuli. Me gusta este último por su sedimentación y porque da azules más apagados y grisáceos que el cobalto o el ultramar. No digamos el cerúleo, que puede pecar de pinturero si no se sujeta uno. El índigo tambien viene bien para estos cielos más nubosos y apagados. Incluso algunos toques de lavender para las lejanías, una de las ultimas adquisiciones. De todas formas, nunca deja uno de recurrir a los colores que siempre ha usado, incapaz de dejar de mezclar el siena tostado y el ultramar o de recurrir al rojo oscuro de alizarina o laca granza. Para añadir grano y textura a cualquier color cada vez más uso el Lunar Black de Daniel Smith, que el mismo pigmento que la magnetita de Kremer.

   Las tres primeras acuarelas de esta entrada están basadas en fotografías de José Manuel Vilaboa, de Galicia, que siempre anda recogiendo reflejos en el Tambre y dándonos envidia. Para mitigarla recurrimos a basar algunas acuarelas en sus fotos, con una frecuencia que se acerca al abuso, aunque siempre con mi gratitud y con su permiso e indicando la autoría de la imagen, como es de ley.
 
    La siguiente, con esos cadmios de que hablábamos es de una zona más cercana a Albacete, la Ribera del Júcar por Valdeganda, de una foto propia de hace un par de años. Las texturas salen tanto de ese Lunar black de que hablábamos, de los trazos rápidos con el pincel casi seco,  o de los rascados con un cúter.
    Echando mano de las fotos que vamos haciendo en los viajes y juntas de dibujantes o pintores, me voy a Úbeda en la siguiente acuarela, al renacentista Hospital de Santiago, a uno de sus patios. Menos el naranjo, todo lo demas se ha solucionado con lapislázuli, lunar black y hematita burnt scarlet, que se ve en las vigas. Todos ellos granulan mucho y se nota.
   Recupero esta acuarela de hace un tiempo en Aranjuez, también en otoño, con casi los mismos colores de la acuarela anterior, añadiendo mis amados azul oscuro de sodalita o verde de jadeíta y  los sienas habituales.

miércoles, 31 de octubre de 2018

De Albacete a Sigüenza - Guadalajara



     El 31 de mayo de 1631 dos galeones españoles habían partido del puerto del  Callao, en Perú, cargados de riquezas. El 17 de junio ya estaban llegando a su destino, Puerto Perico en Panamá, para de ahí atravesar el Atlántico hasta España. Siendo las once de la noche, cuando se acercaban a la costa sorteando las islas de Las Perlas, en principio sin mayores peligros, desde la nao capitana, Nuestra Señora de Loreto, que ya había atravesado la zona que podía ofrecerlos, se oye un gran estruendo al encallar en unos bajíos la nave almiranta que la seguía, el galeón San José, que pronto se parte en dos arrojando al fondo del mar el cargamento de oro, plata, esmeraldas y otras joyas que con tanta necesidad como siempre se esperaba en la corte española.
     El capitán que desde la capitana escucha estupefacto en la oscuridad lo que sucedía con la otra nave, a la que había avisado con un cañonazo de que había atravesado los arrecifes con bien, era el general Bernardino Hurtado de Mendoza. Consiguió salvar a 61 de los 62 tripulantes, pero la carga quedó en el mar, salvo lo poco que los buscadores de perlas pudieron recuperar. Es algo que leo hoy mismo en El País, entre algunos desastres más,  y es una información  que parece estar esperándome. Conocía el caso, pero no los detalles del naufragio, y lo que me hace detenerme en esta noticia antigua y oportuna es que hay una época en la historia de España, varios siglos de ella, en que en todos sitios aparece en primera fila un miembro de la familia Mendoza.
     En la zona en la que nos movemos habitualmente, Albacete y el levante cercano, territorios del Marquesado de Villena, la familia predominante fue la de los Pacheco. En nuestro viaje a Sigüenza atravesamos los territorios de otra familia poderosa, en este caso la de los Mendoza.  Aunque ambas eran familias antiguas y ya bien situadas en las cortes de Juan II y de Enrique IV en la segunda mitad del siglo XV, es la sucesión de este último la que marca los destinos de ambas familias. En la guerra en que se dirime el trono de Castilla, Diego López Pacheco y Portocarrero, marqués de Villena, apuesta por Juana, la Beltraneja; los Mendoza en bloque por Isabel.

MORALEJA.
     Cuando alguien se apuesta el patrimonio, a veces arriesgando el común o el ajeno más que el propio, puede doblarlo o puede perderlo, cosa que ocurre en las carreras de caballos, las timbas y en las guerras dinásticas. Luego el apostante, sea una persona, una familia o un territorio, suele pasarse siglos lamentando las consecuencias de no haber acertado al elegir caballo —en este caso reina—, llorando tanto por lo perdido como por lo que esperaba ganar. Hay que apostar con más tino o sufrir en silencio, aunque luego queden los deudos varias generaciones maldiciendo al tatarabuelo que se jugó la bodega. Los más despistados y rencorosos culpan al que se la ganó. Le ocurrió al marqués de Villena y le pasó a Barcelona en 1714 en otra guerra de sucesión, agravando innecesariamente hasta la tragedia la situación por el empecinamiento suicida de quedarse solos y no rendirse cuando ya todo estaba perdido. Murieron muchos pobres para defender los antañones privilegios de los ricos, cosa habitual. Enterrados los muertos, publicados los decretos de Nueva Planta, Casanova, mártir al que hoy llevan flores, siguió ejerciendo de abogado plácidamente, aunque ahora deponiendo sus alegatos en castellano, que hasta entonces se hacían en latín. Todo ello después de que Felipe V, el odiado Borbón, desescombrara la maraña tradicional de viejos fueros y reglamentaciones y eliminara o suavizara fielatos y fronteras. Eso de desescombrar, algo que puso las bases del desarrollo y prosperidad de todo Aragón y especialmente de Cataluña, es algo que opinó y razonó Vicens Vives, aunque Bilbeny y Cucurrull vivan mejor que vivió ese verdadero historiador gracias a defender lo contrario, cierto que con menos fuste, pues más rentable suele ser defender lo falso que lo cierto. Reclamaciones al maestro armero, haber elegido muerte. A mi escaso juicio hoy en día también están poniendo encima del tapete verde cosas importantes que pueden perder en su intento de ganar más de lo que ya tienen, que no es poco, mucho más que el resto del país al que desafían con sus envites de farol y sus embestidas a la ley, siguiendo la hispanibunda tradición de los pronunciamientos. El juego siempre es cuestión de avaricia, de impulso irreflexivo, a veces suicida, más cosa de vísceras que de razones. En una timba no se dirime lo que es justo sino lo que es ambicionado. Llega a ocurrir, como es el caso, que el apostante se juega cosas que no son suyas, algo que une la indecencia a la irresponsabilidad. Incluso hay quien, clueca de repúblicas hueras, hace sus puestas en Waterloo, mal sitio para apostantes supersticiosos.
     Salimos de Albacete hacia Sigüenza. Por las fuertes lluvias anunciadas, elegimos ir por Madrid, en lugar de por el interior de Cuenca o por Valencia y Teruel. Llueve pero no demasiado. Lo malo de ir a un sitio interesante es que pasas de largo por muchos otros lugares que también lo son. Cerca quedan Segóbriga, Uclés, Alcalá de Henares, que también merecerían una visita. Nos consolamos viendo cerca de Arganda cientos de cigüeñas al lado de la autovía. No puedo parar a hacerles una foto, que no es cosa normal verlas en tanta abundancia. Están posadas sobre las farolas, volando o encaramadas en cualquier cosa elevada, aunque la mayoría se arraciman en los bancales con cara de aburrimiento, pues hoy en día andan sin trabajo.
     Al frente hay muchas nubes de dos cosechas distintas: al fondo unas blancas y algodonosas que están quietas, con la parte baja recta como comida por las cabras; delante de ellas hay otras que se mueven con rapidez hacia el oeste, rotas y dispersas, oscuras y amenazantes. Sigue lloviendo.
     Evitando Madrid por la M50, empezamos ver el paisaje cambiar cuando vamos llegando a Guadalajara. Ya de entrada la abundancia de arbolado, fresco y brillante por la lluvia resulta reconfortante después de tanto secarral. Hace rato que hemos ido atravesando el territorio de los Mendozas o de familias emparentadas, como los Carrillos de Huete o Priego, pero ahora llegamos a la capital de sus feudos. Enseguida nos topamos con el Palacio del Infantado vigilado por la estatua del Cardenal, que hoy se refleja en los charcos.
       Camilo José Cela, en su Viaje a la Alcarria, el primero, el que hizo andando, sin Rolls Royce ni choferesa negra, nos cuenta que en 1941, cuando él pasó por aquí, el palacio estaba en el suelo y que debió de ser un hermoso edificio. Estaba derrumbado desde 1936, y no entraremos en más detalles. Se reconstruyó tal cual era, salvo los artesonados mozárabes que fueron irrecuperables.
     Jenaro Pérez Villaamil lo había pintado varias veces antes de su ruina y a partir de sus dibujos se publicaron maravillosos grabados en la “España Artística y Monumental”. Hoy es Museo. Cuando además era biblioteca, dirigida por Blanca Calvo, asistimos unos días a unas Jornadas sobre Literatura Infantil y llegamos a cenar en la majestuosa balconada superior. Luego, obra de teatro y fiestecilla de despedida en el patio que también pintó Villaamil. Que parte de los libros fueran trasladados de este palacio al de Dávalos por una cadena humana resulta reconfortante, por las personas que realizaron el traslado y por los lugares elegidos para guardar y leer los libros en Guadalajara.
     En este palacio renacentista tuvo antes su biblioteca y escribió sus versos el I Marqués de Santillana, don Íñigo González de Mendoza; aquí nació en 1428 su hijo Pedro González de Mendoza, el Gran Cardenal de España, aquí se casó Felipe II con Isabel de Valois en 1559 y  por allí rondaría la Princesa de Éboli, hija de Diego Hurtado de Mendoza, virrey del Perú, aunque ella vivió en su palacio ducal en Pastrana, un tiempo encarcelada.
     Cuando Guadalajara, Nueva Galicia, fue fundada en México por veinte familias de españoles comandados por Nuño Beltrán de Guzmán, el más joven de los colonos y conquistadores era Diego de Hurtado, otro Mendoza, con 15 años. Ambos eran de la Guadalajara alcarreña. Entre los virreyes del Perú encontramos dos Mendozas. También encontramos personajes de esta familia en la victoria de Isabel la Católica sobre la Beltraneja, en el asedio y toma de Granada, siendo un Mendoza el que bendijo el reino recién conquistado, como lo había en las negociaciones con Colón para financiar su expedición, en el concilio de Trento, en la expulsión de los judíos, en la Inquisición, en la corte, en la implantación del estilo renacentista en España y prácticamente en todos los episodios decisivos de esa época. Del Cardenal Mendoza hablaremos cuando lleguemos a Sigüenza.
     Poco tiempo estuvimos en Guadalajara, que queríamos llegar a comer a Sigüenza y además llovía y no era cosa de callejear andando ni de sentarse en una terraza. Recorrimos la ciudad en el coche y al final de una calle curvada y sin salida dimos con los restos casi ruinosos de una iglesia mozárabe. La Iglesia de San Gil. Una preciosidad que hubo que fotografiar y hacer dos rayas en el cuaderno para terminar un dibujo después. A finales de la edad media había en Guadalajara una docena de ellas. Más tarde se desacralizaron algunas dejando para el culto sólo cinco. Como es natural fue su perdición. De ésta, cuando se declaró Monumento histórico-artístico en 1924 por decreto de S.M. Alfonso XIII (q.d.g. como decía la Gaceta de Madrid) ya sólo quedaba una capilla y un par de muros. Más tarde, por Orden publicada en el BOE del 16 de enero de 1941 en la misma página que varias órdenes de depuración de docentes, considerando que para poca salud ninguna y tras dictámenes de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y de la Comisión Provincial de Monumentos, se declara suprimida del catálogo Monumental y Artístico por su estado incompleto y de poco valor, y además hay muchas. Milagro, pues, que queden estos restos rodeados de unos edificios que, por comparación, muestran la degeneración de la arquitectura, aunque algunos tomen por progreso al simple paso del tiempo.
     Seguimos ruta y lloviendo aún llegamos a Sigüenza. Prometedora desde fuera, con las murallas del castillo como fachada, llegamos a la Plaza Mayor, aparcamos junto a la oficina de Turismo, que tiene una hermosa fachada renacentista y vamos a comer a “La Alameda”, donde sabíamos que se comía bien.
A partir de allí, ya vamos en busca de los amigos del V Encuentro de Ladrones de Cuadernos, que habíamos quedado por la tarde en los soportales de la Plaza Mayor. Lo contaremos en la siguiente entrada.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Valle de Ricote



   Peladas, resecas y calcinadas por el sol, acuchilladas por las lluvias, limadas por el viento, las montañas que enmarcan el valle de Ricote nos muestran por contraste que el agua es la vida. El Segura se pasea entre ellas tranquilo, domesticado y alegre para convertir en un oasis lo que sin su concurso y el esfuerzo de sus moradores sería un desierto. Uno más del Campus Spartarius que encontraron los romanos, ya viejo cuando lo cita Estrabón, pues el cultivo extensivo del esparto, propio de las estepas del suereste español, sería algo decidido en Tiro y en Cartago hace 3000 años. Dejó este cultivo huella en la zona, muy deforestada, agravando la sequera y la escasa fertilidad de grandes zonas esteparias de Albacete, Murcia y Almería, hoy convertidas en eriales. Gracias al Segura, a sus aguas y a sus limos, los naranjos y limoneros, las huertas y los cultivos regados por las acequias ofrecen a las palmeras descollantes una visión amable y jugosa que esconde la dureza de la geología del lugar. 
    Hubo volcanes por toda esta región que en unas épocas fue laguna salada, que estuvo bajo el mar en otras, que vio a los dinosaurios ramonear entre la flora tropical, que hace seis millones de años fue un desierto de sal cuando el Mediterráneo se secó y que sufrió las iras de los empujones entre las placas Africana y Euroasíatica buscando acomodo. Podían haber quedado en otro sitio a conocerse. Esos tres milímetros que la placa europea cede al año frente al empuje de la africana, fue, es y será la causa de los pasados, presentes y futuros terremotos y volcanes, fuegos, derrumbes y destrucción constructiva de otro equilibrio momentáneo y precario, como el que ahora visitamos y vivimos. Lo que hoy vemos son los restos de las chimeneas de los volcanes, de las emisiones de lavas, de los materiales que las erupciones sacaban del interior de la tierra. Hay muestras notables y conocidas como el Cabezón Negro de Calatrava o el volcán de Cancarix, en Albacete, que la geología no sabe de fronteras ni atiende lindes que dibujaron hace cuatro días o minutos esos bichos que, tan orgullosos, andamos a dos patas o a cuatro ruedas por todos sitios. Hace 10.000 años, aún había volcanes activos en la Garrocha, en Gerona. Por aquí hace un poco más, un millón de años, prácticamente ayer. La otra zona volcánica de las tres más importantes de la peninsula se encuentra en el Campo de Calatrava.
   El Pitón volcánico de Cancarix, cerca de Hellín en Albacete, fue declarado Monumento Natural, quedando protegido. Otros con menos suerte se han transformado en vertederos, cubiertos de basura, o de hermosisimas urbanizaciones. Algunas chimeneas volcánicas se han usado como canteras de minerales escasísimos en el mundo para cimentar autovías. Los más alejados de la civilización y el progreso siguen bien, gracias. Como Ricote.
    Estos episodios volcánicos que rompen la hucha del subsuelo derramando por la superficie los ahorros de eras completas,  en Almería, Murcia y Albacete fueron bastante peculiares, por ello son objeto de estudio en todo el mundo y, cosa curiosa, han permitido bautizar con nombres locales algunas piedras que afloraron desde una profundidad mucho mayor de lo normal, las rarísimas lamproítas, con nombres de prima hermana más que de piedra, tan cantarines como jumillita, fortunita, cancarita (Cancarix) y otras. No han dado aún con las calasparritas de donde el arroz bomba ni las socovitas de las fallas de Socovos, que no las de Valencia. Tampoco con los diamantes que, como en Sudáfrica, suelen estar asociados a estos afloramientos, aunque sí con los yesos y las sales, más abundantes. El 86% del mármol nacional se extrae de las provincias de Alicante, Murcia y Almería. Se explotaron minas de azufre, las yeserías de Hellín siguen activas como otros pequeños filones de minerales diversos, aunque lo que por Hellín y Agramón abunda y se extrae desde antiguo es el cieno de diatomeas, algas microscópicas que sedimentaron en el fondo de zonas lagunares. De ahí sale el blanco España, con perdón. En Rodalquilar (Almería), hasta hace poco, se encontraba oro —cuando yo fui no pude dar con él— y desde que se tiene noticia histórica, hierro, plomo, plata, alumbre, albayalde y otros minerales se han extraído de estos lugares del sureste español. Casi siempre por empresas foráneas.
   En esta zona geológica se pueden encontrar el 75% de todos los minerales conocidos por el hombre (y por la mujer), aunque sean conocidos por tan escasos hombres como mujeres. Por esa originalidad mineral también abundan esos nombres que hacen referencia a localidades del sureste, siempre en diminutivo, que debe ser que se encuentran siempre trozos minúsculos: Verita, almeriita, rodalquilarita, alunita, entre otros.
    La jarosita, del barranco del Jaroso, mineral conocido como almagra o piedra de alumbre, es bactericida, usada como desodorante o para los pequeños cortes del afeitado, para cosméticos y afeites desde los antiguos egipcios y romanos. Los egipcios la usaron como color para pintar de amarillo los muros del templo de Karnak y se ha encontrado en Marte, lo que ha alegrado a los científicos pues siempre aparece en afloramientos de aguas termales. Muy lejos de Marte, pero muy cerca de Ricote, cerrando el valle, se encuentra el balneario de Archena donde surgen a 52,5ºC sus aguas sulfurado-sulfatado-clorurado-sódico-cálcicas. Vamos, directamente de los infiernos.
Olivera gorda de Ricote
       El valle de Ricote es lo que se llama un paisaje cultural. Un paisaje morisco, que podría estar en el norte de África. Sin la acción del hombre a lo largo de miles de años sería de otra forma y no estaría lleno de recuerdos de  la ocupación árabe. No sólo la canalización y represa del agua, sino las aldeas, alquerías y poblaciones, los caminos, restos defensivos como el castillo de Ricote del siglo IX, cultivos e incluso algunos árboles son historia. Los municipios son los de Archena, Ojós, Villanueva del río Segura, Ulea y Ricote. También las costumbres y las palabras vienen de antiguo y mucho nos pueden enseñar. Palabras árabes hay más que aldeas, empezando por todas las que tienen relación con el agua y el riego: acequia, alberca, alcantarilla, aljibe, alfaguara, azud, atanor, azarbe, aljofaina, arcaduz, o la aceña, un molino para sacar agua. En otros campos, sin ser exhaustivos, almunia, aldea, alquería, arrabal, atalaya, alcázar, alcántara, azotea, albañil, alarife, tabique, azulejo, alfombra, albornoz, almohada, laúd, ajedrez, azar, taza, jarra, almirez, alfiler, babucha, almíbar, arrope, alfar, atalaya, adarga, tambor, azul, naranja, escarlata, arroz, alambique, aceite, azahar, alboroque y berenjenal. Hay cientos más. Llamar al valle de Ricote "Valle Morisco" no resulta una exageración. Menos si lo observáramos desde lo alto del Collado Mahoma.
   Raro resulta que se haya conservado ese toponímo, aunque sea encaramado a un cerro. Tal vez haya sido recuperado pues, de no haber sido nunca cambiado, la Inquisición, la Orden de Santiago y la España de esos siglos resultaría haber sido más tolerante e inteligente que la actual, tan amante de confundir la historia y la conciencia con el callejero. Otros lugares sí cambiaron su nombre al pasar a manos cristianas. Y no por motivos religiosos o políticos sino estéticos. Asnete pasó a llamarse Villanueva del río Segura y Negra pasó a llamarse Blanca, que ya es cambiar. Ni siquiera se quedaron en subsahariana, un término medio.
  Olivera gorda de Ricote
     Un árbol que uno no debe dejar de ver si se acerca por este valle, yendo de Ojós a Ricote, es la Olivera Gorda de Ricote. La hemos visitado varias veces y aquí aparecen tres acuarelas de este árbol hermoso y con leyenda. Según los valricotíes, que así dicen llamarse los habitantes del valle (y, como se afirma en La Corte del Faraón, "si en Tebas lo dicen, en Tebas lo deben de saber"), bajo sus ramas, (tal vez de otras por lo del río de Heráclito, aunque parece ser que en realidad lo dijo primero Cleantes, que en todas las épocas cuecen habas), fue coronado rey Ibn-Hud, caudillo musulmán de la Cora de Tudmir, en el año 1228, rebelado contra los almohades y que se hizo dueño de gran parte del territorio. También se cuenta que bajo su copa los moros se rindieron a las tropas del rey de Aragón Jaime I, en 1266. La verdad es que en el cartel explicativo a pie de árbol se dice que Jaime I era rey catalano-aragonés, explicación para turistas con tragaderas históricas, que no es el caso. Hablar de esa entelequia, y más en 1266, es simplemente tomar el pelo al indefenso turista y ofender a todos los demás.
    Merecedora de igual crédito que lo de la corona esa, como ella cuestión de fe, que se basta a sí misma, es la leyenda de cuando los habitantes de Ojós intentaron robarles a los de Ricote su San Sebastián. Llegados con el santo patrón a hombros a la Olivera Gorda, por influjo de ésta, el santo se volvió tan pesado que hubieron de parar allí mismo y devolverlo a su sitio, pues ni los bueyes podían hacerle pasar de allí. El aceite de este acebuche gigantesco fue donado a perpetuidad para alimentar la lamparilla del sagrario de la Iglesia de Ricote.
  Olivera gorda de Ricote
    De aquí eran los últimos moriscos que se expulsaron de España, merecedores de un decreto especial. De aquí procedía Ricote, el vecino de Sancho Panza, por el que derramó lágrimas alegres al encontrarlo y saber que regresaba a la aldea manchega.
   Esos moriscos y sus antepasados, según nos cuenta la leyenda y otro cartel, se reunían bajo el Pino del Solvente, en la orilla del Azud de Ojós, para acordar asuntos relacionados con la vida de la comunidad, seguramente turnos de riego, lindes y otras pendencias. A su alrededor hay unas piedras cuadradas donde uno puede sentarse a almorzar si lleva con qué.
   Aunque en un principio se salvaron de la expulsión general, la que mayoritariamente salió de España desde Denia, al final hubo un decreto especial para expulsar a estos moriscos del valle de Ricote, los últimos, estos por Cartagena. Ocupaban la comarca más arabizada de Murcia, como Blanca, donde eran prácticamente únicos pobladores. Algunos consiguieron evitarlo y bastantes regresaron a sus lugares. Govert Westerveld en su "Historia de Blanca (Valle de Ricote) Años 711-1700" dice que no fue una expulsión de los moriscos sino de los moriscos pobres. El 40% de las familias, las más adineradas, según los archivos parroquiales, permanecieron en Blanca. No sé si en otros lugares ocurrió igual.
Pino del Solvente
Azud de Ojós
   Llegamos hasta Archena, aunque renunciamos a los beneficios de sus aguas telúricas, que bien les vendrían a mis lomos y reúmas. En otra ocasión. Volvemos para atrás que si no llegamos tarde a Blanca para ver su museo dedicado a Pedro Cano, gran pintor y cuadernista. Disfrutamos mucho con la visita y al salir, a la vera del río, tomamos un café en un bar. El Segura pasa lento, sin ruido, con más agua de la que esperaba ver en su cauce y se está bien allí. Se me ocurre que no estaría mal ir a la otra orilla, sentarme en algún recodo solitario con una caña sobre el agua sin anzuelo ni hilo. Se suele respetar a los pescadores, es frecuente que no se acerque nadie a ellos y que, de hacerlo, guarden silencio para no espantar a los peces. Seguramente será una de las pocas situaciones en que alguien se haga merecedor de esos miramientos, tal vez porque se considere más respetable pescar que pensar.
   Un dibujo en cuaderno, a salto de mata y una acuarela posterior, en casa, a partir del dibujo y de una foto hecha en Blanca en el momento. El primero incluso tiene más información, aunque los trazos sean rápidos y poco cuidadosos. Es un boceto. Abajo, la acuarela, con un cielo más trabajado, los colores del atardecer mejor sugeridos, pinceladas más cuidadosas y meditadas, iguales arañazos con la uña para sacar brillos en el agua. Son amores distintos, pero no es mejor la acuarela que el boceto. A mi escaso juicio.