Mostrando entradas con la etiqueta drawing. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta drawing. Mostrar todas las entradas

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Diciembre 2025

   Terminamos el año con lo último que hemos ido pintando, que es menos de lo habitual. Arriba, ya con el paspartut puesto, una acuarela, ya mostrada en la entrada anterior, de un encierro en la zona de Santiago-Pontones, en Jaén, a partir de una foto antigua en blanco y negro.

La acuarela anterior, un paisaje nevado de la sierra de las Nieves de Málaga. La siguiente, un dibujo con plumas y tintas, terminado con pinceladas de la tinta diluida.

  Las acuarelas siguientes, eucaliptus australianos. Poco que explicar.



 

sábado, 9 de septiembre de 2023

Un roble, una novela y cuatro versiones


Estaba estos días pintando, entre otras cosas, unos robles de Peñascosa, un pueblo serrano de la provincia de Albacete, a partir de unas fotografías que hice de esa zona el otoño pasado, cuando las hojas, antes de caer, cambian a ese color inconfundible que te permite ver que, entre pinos y carrascas, hay muchos más robles de los que pensabas. Incluso una extraña combinación de pino y roble, creciendo uno dentro del tronco del otro. Por cierto, ya debería estar yendo si quiero llegar a tiempo de cosechar un par de kilos de endrinas para hacer pacharán.

El caso es que empecé por un dibujo a plumilla con tinta china aprovechando la variabilidad del grosor de los trazos para sugerir las grietas del tronco. No es necesario dibujar el árbol entero, que cada vez más elijo una parte del tronco, unas ramas, por eso de más es menos. Las posibilidades de equivocarse, en pintura como en todo, son infinitas. Además está ese axioma de que no hay nada tan fácil que no se pueda hacer mal. Uno de los errores en los que caigo a menudo es, deslumbrado por un paisaje, tirarme de una y pintarlo todo. Un paisaje te incita a pintarlo por una luz concreta, la forma de una montaña, un contraste entre lo cercano y la lejanía... Y si eso es lo que quieres recoger en tu pintura, la peor manera de resaltarlo es rodearlo de elementos inútiles, secundarios, que más distraen y quitan que atraen y aportan. Como dibujante, más que pintor, el segundo error, la segunda tentación, es entrar en demasiados detalles. Esta tendencia ya me la conozco, de forma que casi siempre parto teniendo en mente la intención de corregirla. Pintando árboles, sería arduo y estéril intentar pintar rama a rama y hojita por hojita. Pinceles del mayor tamaño posible, manchas, colores y cortar todo lo a tiempo de lo que uno es capaz, que no es mucho.
   El dibujo no se elaboró demasiado, porque la idea era de colorearlo con acuarela después. Se planean las formas y se sugieren las rugosidades y grietas del tronco, que de eso iba la cosa, con trazos de plumilla, sin intentar ir demasiado lejos en el detalle. Bien. Ni siquiera le hice una foto a esa primera versión, salvo esta donde se ve el tintero y el palillero con la plumilla, antiguo todo, salvo la tinta china. Se ve que la tinta china tampoco es ya lo que era y, cuando le metí el primer brochazo, la tinta empezó a correrse, de forma que hubo que echar mano del pañuelo de papel para limitar daños. Mucho cuidado desde entonces y ya no había vuelta atrás. ¡Porqué no lo había dejado así? Bueno, siempre se puede hacer otro, que es cosa de unos minutos. El resultado es la primera imagen. Dibujo, acuarela y unas líneas a plumilla con tinta blanca. No sé si ha ganado o ha perdido, pero eso es lo que hay.
   El caso es que no quedó uno contento. Demasiada línea, demasiado detalle. Seguramente se podía decir lo mismo, o casi, con bastante menos. Una paletina de dos pulgadas, de pelo de cerda, con perdón, como para pintar radiadores. Una mezcla de siena y negro de óxido de hierro, esa acuarela que unas marcas llaman Lunar black, otras negro de Marte y otras negro óxido. Cuanto más bonito y peregrino sea el nombre comercial, más caro lo venden, pero es el negro de magnetita de Kremer o el negro óxido de Van Gogh. El mismo pigmento. Como viene de pedruscos, puede cambiar el tono, unas marcas más cálido, como el de Van Gogh, o más frío, como el de Kremer o Daniel Smith. también intervendrá la molienda, y las partículas más o menos finas influirán en la granulación, uno de los encantos de este pigmento.

El caso es que se resolvió con pocas pinceladas. Casi se pueden contar. Menos detalle, pero seguramente dice más que las dos versiones anteriores.

La cosa hubiera quedado aquí, dándole vueltas a esas cosas que comento, la sugerencia, el parar a tiempo, la sencillez, la renuncia al detalle. Pero resulta que estaba leyendo un libro, bastante recomendable por cierto. «La hija del curandero», de Amy Tan, californiana de origen chino. Lo acabé anoche y, en uno de los últimos capítulos, me encuentro con este párrafo:

«—En cada forma de la belleza hay cuatro niveles de talento. Ocu­rre en la pintura, la caligrafía, la música y la danza. El primer nivel es la competencia. –Mirábamos una página en la que había dos di­bujos idénticos de un bosquecillo de bambúes, una pintura típica, bien hecha, realista e interesante por los detalles de dobles líneas, una imagen que expresaba las ideas de la fuerza y la longevidad—. La competencia –prosiguió– es la habilidad para dibujar algo una y otra vez con los mismos trazos, la misma fuerza, el mismo ritmo y la mis­ma sinceridad. No obstante, esta clase de belleza es corriente.

»El segundo nivel –prosiguió Kai– es la excelencia. –Contempla­mos otro dibujo de varios tallos de bambú—. Éste va más allá de la competencia. Su belleza es única. Y sin embargo es más sencillo que el otro, hace menos hincapié en los tallos y más en las hojas. Expre­sa a un tiempo fuerza y soledad. El pintor menor es capaz de captar una de estas cualidades, pero no la otra.

Volvió la página. La ilustración siguiente era un solo tallo de bambú.

—El tercer nivel es lo divino —dijo—. Las hojas son ahora sombras mecidas por un viento invisible, y el tallo sólo es perceptible como una sugerencia de lo que falta. Sin embargo, las sombras están más vivas que las primeras, pues aquéllas tapaban la luz. La persona que ve esto no tiene palabras para describir cómo lo han hecho. Por mucho que lo intente, el pintor no podrá volver a captar el sentimien­to de esta pintura, sólo una sombra de la sombra.

—¿Cómo es posible que la belleza sea algo más que divina? –pre­gunté, sabiendo que pronto oiría la respuesta.

–El cuarto nivel –explicó Kai Jing– es superior a éste, y todo mortal tiene en su naturaleza la capacidad de hallarlo. Sólo podemos percibirlo si no intentamos percibirlo. Se manifiesta sin motivación ni deseo ni conocimiento del posible resultado. Es puro. Es lo que tie­nen los niños inocentes. Es lo que los viejos maestros recuperan cuan­do han perdido la razón y vuelven a ser niños.

Volvió la página. En la siguiente había un óvalo.

–Esta pintura se llama En el interior de un tallo de bambú. El óva­lo es lo que ves si estás dentro, mirando hacia abajo o hacia arri­ba. Es la simplicidad de estar dentro, sin razón ni explicación para ello. Es la natural fascinación ante el descubrimiento de que todas las cosas guardan relación con otras, un óvalo de tinta con una página de papel blanco, una persona con un tallo de bambú, el espectador con la pintura.»

Aunque no consiga llegar a la excelencia, menos a lo divino, no me puedo resistir a hacer otra versión aún más simple. Otra paletina algo más fina, acuarela Lunar Black de Daniel Smith, aunque algo de siena quedaba en la paleta que no había limpiado demasiado bien. Ahora sí que se pueden contar las pinceladas, no sé si llegan a diez, incluyendo algunas manchas para aportar algo de sombra. Se me olvidó recurrir a esa técnica, también oriental, de poner más pigmento en un lado de la brocha que en el otro, como ellos hacen para dar relieve y curvatura a los troncos de bambú. Igual luego me animo a hacer otra probatura. Por ahora, así queda la cosa.




 

jueves, 9 de diciembre de 2021

Dibujos a tinta


    En esta entrada, algunos dibujos con tintas. Estilográfica, pincel de agua usado unas pocas veces para extender la tinta de algunos trazos y otro de esos pinceles rotulador cargado con tinta china. Los cuatro son árboles, aunque se han trabajado de formas muy diferentes.
   En el primero de ellos se ha explotado la gestualidad del pincel del rotulador con tinta china, afiladísimo, que ofrece esos trazos de grosor variable similares a la plumilla flexible, aunque capaz de dar brochazos de más anchura y rotundidad. Si se dan con el pincel paralelo al papel y de forma rápida, se realta la textura del papel, tintado solo en las partes altas del grano, como se ha hecho en el segundo dibujo. Luego se han dado las sombras del fondo con tramas de rayitas entrecruzadas. Los trazos con el pincel han ido siguiendo las formas curvas del tronco, sugiriendo el volumen. Queda casi como un grabado.

   En este tercer dibujo se ha diluido la tinta con mucha agua para sacar esos grises no presentes en los dos anteriores. Unos toques con rotulador blanco para terminar.
   Este último lleva dos tintaa: Una marrón oscuro con una estilográfica de tajo flexible, casi como una plumilla, la Namiki Falcon de Pilot. Luego unos trazos con el pincel de tinta china, finísimos y también variables en su grosor. Y eso es todo.



jueves, 21 de noviembre de 2019

Ávila, Segovia y La Granja

   Después de los días del Encuentro de Ladrones de Cuadernos en El Escorial, viaje de vuelta prolongando el viaje. Salimos hacia Navas del Marqués, en Ávila, un lugar que quería volver a visitar. Para despedirnos del Escorial, paramos en el Mirador dedicado a Ángel Nieto y hacemos algunas fotos con ese hermoso valle y el monasterio al fondo. De una de ellas sale esta acuarela.
     Hace muchos años, cerca de cuarenta, durante una semana estuve viviendo en un castillo, cosa que uno no hace muy a menudo. Fue en un curso sobre bibliotecas, su organización y, principalmente, de animación a la lectura. Llevaba consigo la asistencia a ese curso la dotación al colegio de un lote de 1000 libros muy seleccionados de literatura infantil y juvenil. En los centros había bofetadas por no ir, pero no se podían dejar perder esos libros. Por supuesto, me alegré mucho de haber ido. Un lujo de curso, por su contenido y por el lugar, un castillo rehabilitado, con la biblioteca en una torre, buenas compañías, y un bar cerca donde vendían un tinto que resucitaba a un muerto y quitaba los fríos, que no eran pequeños. Bueno, pasamos por las Navas del Marqués, desayunamos e hicimos algunas fotos del castillo y del entorno. También en aquella época dedicada a los libros y a la promoción de la lectura, pasamos unos días en Guadalajara cuando su biblioteca, regida por Blanca Calvo, estaba en el Palacio del Infantado. Allí eran las sesiones del curso y allí disfrutamos de una cena de despedida, en esa balconada majestuosa. Otro lujo y otros buenos recuerdos. Esta acuarela sale de una de esas fotos.
   Desde allí fuimos a Ávila, vimos su murallas, su catedral, hicimos algunos dibujos en el cuaderno, tomamos un café y nos despedimos desde el Mirador de los Cuatro Postes.
   Desde allí, a Segovia, que las distancias con muy cortas. Llegamos justo a la hora de tomar una cerveza, con la plaza llena de turistas. Abundaban los orientales, chinos, japoneses, incluso un hindú con turbante y sayones color azafrán haciéndose selfies con la catedral detrás.
   Entre trago y trago de cerveza, un dibujo de la catedral de Segovia, con estilográfica. Se quedó así, aunque después le di unas sombras con acuarela marrón.
    Después de comer, en la terraza de un restaurante en la misma plaza, tomando café y haciendo otro dibujo de lo que desde allí se veía, empezando por un trozo de catedral a la izquierda. Después de eso, seguimos viaje, deteniéndonos a admirar la vista imponente del acueducto, que fotografiamos pero no nos paramos a dibujar.
  
     Seguimos hacia la Granja de San Ildefonso, aunque siendo lunes, los lugares de Patrimonio suelen cerrar. Pero el palacio se ve rodeado de árboles majestuosos y antañones. Cedros, sequoias, incluso chopos de un tamaño inusual. Hicimos muchas fotos, que luego siempre viene bien tener de pintar. Y seguimos ruta, que el regreso a Albacete es largo.


miércoles, 20 de febrero de 2019

Dibujos con pluma o rotulador. Febrero 2019


   En esta entrada aparecen algunos dibujos de árboles realizados con pluma estilográfica, rotulador calibrado o bolígrafo. En el primero de ellos, una rama de encina, se recurre al tradicional sistema de hacer tramas de líneas entrecruzadas para conseguir volumen por niveles de gris. Se procura que parte de estas líneas vayan modelando la curvatura del árbol, su rugosidad y la dirección de las estrías que produce el crecimiento en su corteza. Esas líneas van sugiriendo la textura y la forma de cada rama. Se trata de seguir el esquema de crecimiento del árbol, el punto en que nacen nuevas ramas, su curvatura, intentando resaltar por escorzo la zona cercana y la lejanía. Las jojas de las encinas son diferentes en la parte superior que las más bajas, pues estas últimas se curvan y hacen más ásperas, pinchan, evitando que sea más difícil que los animales las coman.
   El dibujo anterior, un madroño viejo, que ha sido podado varias veces, siguiendo el mismo sistema que en el dibujo anterior. Las hojas se han dibujado siguiendo un cierto patrón, detalléndolas más que en algunos otros dibujos en los que solamente se sugieren.
   Este olivo, sobre un papel cuadriculado, se hace con pluma estilográfica. Había estado cargada con tinta azul pero se ha recargado con un cartucho marrón, de forma que el color va cambiando del azul a este tono azul oscuro, agrisado. Las ramas se dibujan con líneas más o menos paralelas siguiendo la dirección de crecimiento. Se añaden otras para intensificar las sombras, intentando modelar la curvatura de las ramas y del tronco. Se dibujan hojas y aceitunas sin intentar llenarlo todo de ellas, incluso tramando algunas zonas más espesas y oscuras.
   Mismo papel y misma tinta para el dibujo anterior y el siguiente. Un macetero con pensamientos con un colgador de macramé. Lo he dibujado muchas veces, como acuarela o dibujo de línea. Cada una de esas cosas existe por separado, el colgador, los pensamientos y una maceta de cerámica similar, aunque es en el dibujo donde se juntan. La estilográfica es una antigua Inoxcrom que había afilado con piedra de Arkansas. Por presión las líneas aumentan su grosor e intensidad, aunque mucho menos que una plumilla flexible. De todas formas consigue esta pluma hacer líneas de diferentes grosores, lo que da color y vida al dibujo. Las ramas abocetadas del dibujo siguiente, dibujo de líneas, se refuerzan con unos trazos de pincel de agua mojando en el mismo tajo, aplicados de forma rápida para que manche de forma irregular dando textura.
   Un dibujo más elaborado, también con estilográfica, de esos que se hacen mientras uno escucha las noticias o música, insistiendo con las rayotas para ressaltar las zonas de sombra. la tinta marrón se extiende con pincel de agua y luego se intensifican con nuevos trazos con la pluma y con otra cargada con marrón más oscuro.

viernes, 27 de julio de 2018

Dibujos en papeles tintados. Árboles, flores y barbas.

 Últimamente estoy haciendo probaturas con papeles tintados. Un bloc de papel marron, papeles kraft verdes, azules, amarillos... Pendiente está el papel Canson negro que he comprado en bloc. Empecé con estilográfica cargada con tinta indeleble negra o marrón y sacando algunas luces con un lápiz blanco o rotulador. De ahí pasé a buscar en los cajones cajas de lapiceros de color que hace muchos años que no usaba. Los hay acuarelables de Conté, lápiz pastel de la misma marca y dos cajas de Poychromos de Faber-Castell. Una de ellas una gama de 12 del blanco al gris; otra un arcoiris de 36 colores
    Como de una cosa se va pasando a otra, recordé un plumier lleno de lápices de Conté y Pitt de Faber Castell,  un lote de sanguinas, sepia, negros y blanco, completado con algún otro lapicero blanco graso, de esos que dibujan en cualquier sueprficie. Al final es el que más he usado. También los he encontrado en barritas. Ya ni recuerdo cuándo compré estas cosas.
    Aqui se ven algunos de esos materiales y el bloc de papel marrón, donde se han hecho casi todos los dibujos de esta entrada.
   Aqui, para este jarrón con flores, se ha usado algo de acuarela, aunque hay mucho trabajo con el lápiz. Buscando lápices encontré algunos bastante antiguos que compré en un rastro. Lápices copiativos, de esos que se mojaban con la lengua para marcar bien, en violeta y un rojo oscuro, borgoña. Como lleva toques de témpera blanca también, se ha mezclado a veces con la acuarela ultramar que usé en el jarrón. Los verdes también de acuarela.
   Papel kraft verde. Dibujo con lápices de colores, blanco entre ellos.
   Acuarela, témpera blanca y lapicero blanco.
   Lápiz carbón, sanguina, sepia y blanco sobre el consabido papel marrón.
   Probatura con lápices pastel de Conté. Quería aplicar una técnica que muchas vevces he utilizado dibujando con grafito. Se trata de grabar unas rayas en el papel, presionando ligeramente con algo afilado pero que no corte. En este caso fue con una capucha de boli Bic, lógicamente no con el extremo romo, sino con el trozo que hace de clip. Al dibujar por encima de esas hendiduras en el papel no toman el color, quedan del tono del fondo. Muy dulzón y relamido ha quedado, pero lo que se quería probar funciona.
    Un taray de las Tablas de Daimiel con estilográfica, lápices acuarelables verde y siena claro y trazos con el lápiz blanco en fondo y luces.

sábado, 16 de septiembre de 2017

LOS TRASGOS


Desde donde mejor se le ve es desde la barra, el lugar más importante en un concierto. También desde el escenario, que no es cosa menor, mirando a la derecha, a la avenida de los Toreros, donde la noria. Son los dos sitios que más he frecuentado en la Caseta de los Jardinillos desde hace muchos años. Al principio no se veía, plantón fuera del recinto, pero, atraído por la música y queriendo también él asomarse al tablao, se fue estirando hasta convertirse en un árbol talludo, hermoso, un pino canónico cuya copa va tomando en las noches de feria los colores de los focos que le rebotan reflejados en los músicos de La Caseta. Mucho y bueno ha escuchado ese pino copudo, que creció para poder asomarse a la valla y ver, conforme iban haciéndose viejos él y los artistas, a Sara Montiel y a Rocío Jurado, a Julio Iglesias y a Massiel, a Rocío Dúrcal a Raphael o a Los Panchos, a los Brincos o a Ketama, a la banda municipal o a los Singuel, y a tantos y tantos que llevamos pisando ese escenario desde hace medio siglo. El próximo 17 allí estará asomado, cerrando la feria y disfrutando del violín y de los saltos de Malikian, como el pasado 14 no faltó a la actuación de Los Trasgos en ese mismo lugar. 

Aunque la otra noche, siguiendo mis costumbres, salté menos que Malikian, he tocado allí muchas más veces que él, aunque peor; más de las que puedo recordar, y siempre que me subo al escenario le echo una mirada a ese pino, tal vez el más bonito de Albacete que, aunque se ha hecho más alto que yo, debe de tener más o menos mis eneros, mis septiembres y mis ferias. No sé si él se fija en mí, que esta noche le daba la espalda aún herida, pero yo sabía que mi pino no se cantea de su sitio, que no se pierde una nota; que los fotones del sol lo alimentan por el día y que al salir la luna sobre el pincho de la feria se nutre de luces de colores y de notas musicales, partículas nada elementales que llevadas por el jazz o por el mambo trasmiten otras energías. Corpúsculos que envuelven bailes y transportan emociones, recuerdos y nostalgias, sonrisas y promesas, siempre de forma placentera y cambiante. El árbol se abona con el cariño que siempre acompaña a la música que, como todo lo mejor de la vida, sólo nace por el amor a alguien o a algo, sea persona o animal, lugar, planta o canción. Por eso luce tan hermoso.

Salimos al escenario cargados de botellas de agua para aclarar el galillo, que el whisky se deja para enturbiarlo después. También de nuestras mejores guitarras, que la ocasión lo merece y, en un tiempo que se nos hizo corto, con el buen sonido de Piti y su profesional equipo, arropados por casi dos mil personas, aforo completo en esa noche de feria, fuimos desgranando algunas de las canciones de nuestra juventud. Los Beatles, Ray Charles, Celentano, Los Shadows, Los Brincos, Lone Star, Blue Diamonds, Los Bravos, Nicola di Bari, The Animals, Spencer Davis Group o Canned Heat. En hora y media no se pudo hacer más y muchos temas quedaron en el tintero, pero fue suficiente. 

En realidad eran las mismas canciones que hace muchos años y en diferentes grupos interpretábamos, no peor que hoy, aunque sin ese maravilloso sonido e iluminados por dos peras, en bolos, verbenas y fiestas mayores y que el público, en parte los mismos entonces que ahora, arropan hoy con nostalgia y se dejan las manos aplaudiendo lo que entonces algunos tenían en menos y no seguían con tanta atención, entregados a otras urgencias y baremos.

Porque ayer, en ese familiar escenario de la Caseta de los Jardinillos, no sólo estaban los Trasgos. Este grupo ya mítico en Albacete tocaba anteanoche en nombre de todos, en nombre de una época, la de los comienzos en esta plaza de una movida musical que entonces, más que atrevida, fue temeraria. Estábamos físicamente en esa tarima miembros que somos o fuimos de Los Trasgos, Altozano, Cristal, Los Singuel, Fácil de Recordar, Almenara, Octavio Cuarteto, Creegles, Flash Back, entre otros que no recuerdo. Mucha historia había allí encaramada, orgullosos pero sin más humos que los que en, aras del espectáculo, nos iban sulfatando, dejándonos inmunes al gorgojo de la patata, la filoxera, el picudo de la palmera y la Xylella fastidiosa del olivo, fatal para las aceitunas de Adrián. En la pista estaban los que faltan, muchos miembros de grupos de entonces y de ahora, seguro que sintiéndose cómplices y partícipes de lo que ocurría en un escenario en que ellos también tenían derecho a estar en ese momento. Y os puedo asegurar que estaban, porque algo de trasgos hay en casi todos los músicos de Albacete, aunque algunos no hayan caído en ello, que hay luces rebotadas que uno no sabe bien de dónde vienen. Allí vi a muchos veteranos músicos a tiempo parcial en la denostada verbena, la de los bailes, al borde del abismo musical al que muchos caíamos cuando tropezábamos con un bolero, en opinión de algunos. No digamos chocar con un pasodoble, traspiés que te arrojaba derecho a los infiernos, lejos del paraíso de la corrección y pureza de la música moderna. Pero había que pagar las buenas guitarras y amplis, incluso comer y echarle gasoil a la furgoneta. Cuando ya alcanzamos algo de uso de razón los tocábamos por placer, no por hacer caja. 

Hicimos nuestro trabajo anteayer, creo que dignamente, más teniendo en cuenta que Paco Arteaga y yo mismo comparecíamos disfrazados de Trasgos, cubriendo tras escasos ensayos la ausencia de Andrés, que no pudo acudir muy a su pesar. Lo siento por él pero me alegro por mí, para qué os voy a engañar. Me dio ocasión de cerrar de alguna forma un asunto pendiente, pues por Los Trasgos y por los Beatles estoy yo en esto. Escuchados unos en la plaza de toros o asomado a la barandilla exterior del Recreativo Cultural en la feria. A los Beatles en “Qué noche la de aquel día”, en el Capitol. De ahí a intentar tocar esas canciones en un palo de escoba mientras me gobernaba una guitarra e intentaba aprender a tocarla. Sueño cumplido. Un placer y un honor para mí. 

Cuando oía hablar de ellos en aquella época eran el Rana y el Aceitunero, aún no sabía que se trataba nada más y nada menos que de Juan Rosa y de Adrián. Antes de este concierto en la Caseta había disfrutado tocando con ellos en muchas ocasiones, con el pasar de los años, igual que con Luis, el Lobo, o con Luis Arteaga, el Koksila. Con Vergara, he coincidido muchas veces pero nunca hemos tocado juntos. Pero no había sido como hoy, en un sitio así, en una actuación completa, sonorizada e iluminada como es menester y de forma oficial bajo ese título.

Salimos a los focos cargados de botellines de agua y de guitarras, como venía diciendo. En mi caso sostenido el organismo más por la adrenalina que por mis huesos, pues los hombres ya se sabe que no podemos hacer dos cosas a la vez, salvo los baterías, que hacen seis o siete, y a mí o me duelen los lomos o toco. Una de dos. De forma que la recién apuntalada osamenta, — ese antepasado que llevamos dentro, en palabras de Umbral—, da una tregua que acaba cuando la música. En una de las fotos que me llegan se ven mis restos saludando agradecido al respetable, doblando las bisagras hasta donde dan, los brazos sobre los hombros de Segis y de Paco, que a los de Pascual, Rafa, Adrián o Juan no me llegaban, en gesto que quería ser de cariño por mis partes  y resultó de sostén por las suyas. La estampa poco torera y desfalleciente de un náufrago rescatado de las aguas. Después me arrastro tras las bambalinas cuidando de no tropezar con ese maldito escalón gracias al que tanto negocio han hecho los ortodoncistas a costa de artistas desavisados, dejo la botella de agua y, como primera providencia, me doy a la bebida. He de aclarar a mis biógrafos que lo hago por sus efectos antiinflamatorios y de relajante muscular más que por otra cosa, aunque no sin gusto. Desde allí seguimos la actuación de The Gafapasta, excelente grupo que nos sustituye en el escenario con canciones algo posteriores en el tiempo a las que acabábamos de tocar, temas que también habían sido nuestro repertorio en esos bolos de seis horas de pueblo en pueblo durante tantos años en la farándula.

Estaban bien surtidas las neveras de los camerinos por la organización del evento, arcones llenos de bebidas frescas al lado de esos espejos enmarcados de bombillas donde se han atusado los pelos desde Sara Montiel hasta Raphael. La primera ya hace muchos años, en otro día de feria en que Los Singuel fuimos su orquesta; Raphael el pasado día 8. Como yo ya vengo despeinado de casa no utilizo esos espejos que han reflejado los rostros de todos los mejores artistas del país y las jetas de algunos de los peores. Tras el escenario, como tras un parto, al fin cómodamente sentados, me aplico tres whiskies en las horas siguientes. Vasos de vidrio, como debe de ser aunque estemos en feria, cubitos de hielo de los que no se ven, que todo parece whisky aunque sólo contenga tres escrúpulos del brebaje, que ésta es bebida que mantiene en su espíritu el de sus fabricantes, y siempre se escancia con indebida escasez, cercana a la tacañería, aun cuando sea para uno mismo. Disfrutando de la compañía y conversación de amigos y familiares, mantenemos larga tertulia en un corro de sillas comentando la jugada entre nosotros. También estaba en ella Noé, siempre caro de ver y que entra en ese nosotros.

¿Quiénes son Los Trasgos? —se preguntará algún jovenzuelo despistado—. En cierta forma una gran parte de los músicos de Albacete tienen algo heredado de ellos, algo que agradecerles, aunque algunos no lo sepan. Ese excelente grupo, una isla en el Pacífico manchego de la época, tenía pocas posibilidades de durar. Primero por la mili, que en cuanto te descuidabas te sacaba del escenario y te metía en una garita. A mí me llevó desde el del Surco hasta la de La Coruña. Segundo por las fuertes personalidades que en ese grupo pionero se unieron, algo bueno para unas cosas y malo para otras. Hay que reconocer que para pensar en poner en aquellos años mortecinos tanta carne en ese asador, además de terco, había que ser más raro que un gato azul marino, cosa que algunos de sus miembros, los originales y los sucesivos, no han dejado de acreditar a lo largo del tiempo. No me olvido de Morgan ni de Pichi.

Hoy brillan por méritos propios grandes músicos de otros planetas en la galaxia de la música local. A otro nivel, con órbitas más amplias y armoniosas, más científicas y perfectas que las nuestras. El que crea un hacha pulimentada no debe menospreciar al primero que afiló lo mejor que supo y pudo un cacho de sílex, porque fue algo revolucionario que además cortaba bien. Cierto es que no lo hacen, salvo algún bandarra despistado y rencoroso, lógicamente no entre los mejores, cuya altura les hace innecesario levantar su merecido prestigio sobre el descrédito ajeno. Muchos son el producto final, exquisito, refinado y maravilloso anticipado por estos artesanos que, junto a otros grupos, empezaron esta aventura hace muchas lunas en Albacete, con menos medios, sin maestros y volviendo a inventar lo mejor que supieron, que supimos, algo nuevo y a la vez antiguo, creyendo, como todos, haber inventado el mundo. Y en realidad lo reinventaron.

Al terminar todo, con el corazón lleno de agradecimiento a los dioses, astros y personas que se han confabulado durante muchos años para hacer posible esta noche, ya saliendo de la Caseta y antes de buscar un taxi, última mirada de despedida al pino, ahora de cuerpo entero. Hasta otro año, hasta otra feria.

lunes, 13 de febrero de 2017

Dibujos. Tintas, plumilla y pincel. Mezclando tintas.


   Seguimos con las tintas. Plumilla, pincel, agua, algunos toques de témpera o rotulador blanco y poco más. Algunas veces se utiliza un lápiz blanco de Conté para algunos toques y brillos. Todos los dibujos sobre papel verjurado crema o blanco, de Galgo.
   Mezclo diversas clases de tinta, por su color o su composición. Marrón Café des Îles de Herbin, Sepia y nogal de Sennelier, estas con goma laca en su composición, con lo que se portan igual al diluirlas, pero al aplicarlas directamente sobre el papel mojado con otra tinta al agua se forman esas estructuras arborescentes, neuronales, difíciles de controlar, pero que pueden resultar aprovechables cuando se consiga mandar en ellas. Si es que se consigue. 
     En el siguiente dibujo, San Miguel de Cuenca, quedan más integradas y razonables. También se han usado algunas acuarelas diluidas para los verdes y azules, aunque principalmente se ha trabajado con tintas.
   Este otro dibujo, una calle de Albacete, Teodoro Camino, con los mismos materiales ya dichos.
   Un dibujo de línea, tinta china con plumilla, sobre el mismo papel.

   El siguiente, un magnolio de Aranjuez, al lado del Palacio Real, con plumilla, pincel y tinta E.E. Babb, una tinta antigua, comprada en ebay en cristales para disolver en agua. Tiene más de un siglo, pero ha resultado muy buena, con un color gris azulado al disolverla, fluída, incluso para alguna estilográfica, como he llegado a hacer, procurando no usar la mejor que tengas. Como se ve en las fotos siguentes esta titna se anunciaba en el catálogo del fabricante en 1897-1898, cuando la guerra de Cuba.


   Como me gusta trastear con las tintas, siempre en busca de algún matiz concreto, especialmente en los marrones, me he puesto a mezclar algunas para conseguir un marrón oscuro atractivo. Los dos marrones menos falsos que conozco son el Café des Îles de Herbin y el Terra di Siena de Cálamo, Estípula. También un chocolate de Montblanc de una serie especial ya imposible de encontrar. Son los que utilizo normalmente con las estilográficas, porque las de Sennelier con goma laca, son espesísimas, secan rápico con brillo, pero harían un bloque dentro de la pluma.
    Empiezo con una tinta color ámbar de Pelikan, de la serie Edelstein, para aclarar y calentar aún más el marrón de Cálamo. Queda un tono interesantísimo con esa mezcla, un siena tostada que promete. Como busco un marrón oscuro, le añado unas gotas de ese negro de Babb y queda un tono que puede valer. Siempre estamos a tiempo de añadir una gota de aquí y otra de allí hasta que quede totalmente al gusto.
 

    Con estas tres tintas tal cual son más este marrón mezlado hago un dibujo sobre la Albufera de Valencia. Como en los otros dibujos, realces con blanco de témpera, con pincel o con plumilla. Aquí se percibe bien el tono gris azulado, muy transparente de la tinta E.E. Babb.