sábado, 28 de noviembre de 2020

Árboles y paisajes de otoño

   Veo que este mes de noviembre ha sido muy productivo. Me refiero, claro está, a que he pintado mucho, porque no es época de otro tipo de producciones. Deberíamos haber ido a Valencia, a Jaén, a Alicante y a otros sitios, como es costumbre en estas fechas del calendario, pero no salimos de casa.

   Recurro a fotos, propias y ajenas, de árboles, paisajes y pueblos de Albacete y Jaén: Santiago-Pontones,  La Toba, Poyotello, Paterna del Madera, Bogarra, El Batán. Esos son lugares que conozco bastante bien, otros no porque incluso algún eucaliptus de Australia o un olmo de Inglaterra aparecen por aquí. Y por esos sitios ya voy menos a menudo.

   Los materiales son los que se acostumbran, es decir, pigmentos de Daniel Smith, los cadmios que saco en otoño del cajón, de Rembrant, los quinacridonas, también de Daniel Smith, como el lapislázuli, sodalita, amatista y lunar black, que nunca faltan. Pinceles de Escoda, de marta, alguno chino, pero bueno, otros de petit gris de Windsor & Newton y algún hake de pelo de cabra. Probando y cambiando.

Los papeles, tras mi disgusto por la desaparición de Garzapapel, también son diferentes. Me quedan reservas de ese papel que tanto me gusta, sobre todo tamaños grandes, que hice acopio, pero no de los tamaños más pequeños que suelo utilizar a menudo. Casi todas estas acuarelas están pintadas en Saunders Waterford, fino y satinado, aunque alguna hay en Arches, o Bockinford, también satinados. Tengo pendiente de probar el Guarro de grano fino que compré hace poco y aún está sin estrenar. Este papel de Saunders tiene una textura muy fina, que de cerca parece tela cuando se moja con los colores. Me gusta mucho, de forma que seguiremos con él.


domingo, 25 de octubre de 2020

Acuarelas Denia, Guadalest y otros.


   Seguimos confinados en el cenobio. Libros, música y dibujos. A pesar de que hay más tiempo que cosas que hacer y ganas de hacerlas, que esto ya va pesando, las acuarelas se han ido amontonando sin publicarlas en mi blog. Más tiempo le he dedicado al otro, a Desconcertatus, dedicado a desahogar las pesombres de las pandemias vírica y política que sufrimos. Un sindiós. En ese otro blog he publicado seis o siete entradas en un mes. La verdad es que cuestan menos de hader que las de Artimañas, sobre todo ahora que se sufre más del desconcierto que se disfruta de las mañas y del arte, aunque no sé yo que sería sin estas últimas. He hecho acopio de libros y también de materiales para dibujar y pintar. Más bien para organizar y completar lo mucho que ya tenía, demasiado.
   Hay muchas acuarelas de Denia, siempre desde el mismo sitio, porque tengo cientos de fotos desde ese lugar al que solemos volver. Vienen bien ahora. Las olas, las rocas, los cormoranes persiguiendo peces, los amaneceres y puestas de sol... En un blog de Hahnemühle que se llama Selection y que trae papeles surtidos de 200 a 600 gramos, con diferentes texturas y con acurelas de Daniel Smith.

Una acuarela del Castell de Guadalest, donde a veces paramos desviándonos de la ruta más rápida para echar un vistazo, tomar un café y comprar miel de aguacate y de níspero, a veces de limón, todas excelentes.
   Como ya estamos en otoño, un otoño que poco vamos a poder disfrutar este año, sacamos los cadmios y coloreamos un árbol. Luego, un olivo, también sobre esos mismos papeles y con los colores de Daniel Smith.


domingo, 27 de septiembre de 2020

Valencia. Encuentro virtual de Ladrones de Cuadernos.


    Por estas fechas y desde hace muchos años, el grupo de dibujantes urbanos (y rurales) de Ladrones de Cuadernos, nos reunimos en artñístico concilio para dibujar todo lo que se pone a tiro, charlar y degustar los productos de la zona y algunos de fuera de ella. Este año está la cosa cruda por las virulencias y los obligados retiros. No se compadece la situación con nuestra forma de relacionarnos y, a falta de abrazos, tertulias, cercanías y la unión fraternal en el refectorio o en algñun antro de perdición, no merece la pena convocar junta si hay que mantener distancias y comparecer embozados. Como ocurrió con el encuentro en elche al que comparecemos invitados por nuestros colegas de Cuadernos Viajeros, pasamnos a un encuentro virtual, es decir, cada uno o cada una dibuja en su cuaderno en su casa o donde le venga bien, en la soledad del claustro o en el campo, si le es posible.
   El lugar elegido en esta ocasión era Valencia y la Albufera. Antes fueron El Escorial, Tarazona y el monasterio de Veruela, Huesca, Sigüenza, Elche, y otros lugares. Como puede verse siempre buenos sitios. La compañía, desgraciadamente, no puede verse, pero es a juego con los lugares de cita, incluso mejor.

   Como Valencia nos pilla cerca y suele además ser zona de paso hacia otros lugares, es ciudad muy conocida y su entorno visitado con cierta frecuencia. Gracias a eso no han faltado fotos para inspirar dibujos y acuarelas sobre esta ciudad maravillosa. Todos los dibujos están hechos sobre un cuaderno de papel kraft, marrón, con estilográfica cargada con tintas variadas, casi siempre marrón o negra. Unas veces se coloresa con acuarela, otras con lápices, sin olvidar el blanco que tanto juego da con los papeles tintados.

    No es lo mismo que dibujar rodeado de lo que estás pintando y de buena gente, pero a la fuerza ahorcan. Al ser las fotos propias, cierto es que cuando una foto se hizo es porque algo vimos en el lugar, de alguna forma ya estábamos pensando que eso se podría pintar, incluso a veces el encuadre ya quedó hecho. Hay sitios tan hermosos que es dificil equivocarse, donde hay mil y un parajes, monumentos, recodos, árboles o temas que pintar. De hecho lo que ha costado es parar, decir que ya había suficientes, pues en esos encuentros en carne mortal tampoco suelo hacer más, prefiero dedicar el tiempo a conversar ante un café o un pacharán, que es lo que ahora echo en falta. Y me refiero a mis amigos y mis amigas, porque si no están no apetece tomarse el pacharán.
    Bueno, aquí están los dibujos de este encuentro virtual, hechos a ratos en tres o cuatro días y esperando ver los de el resto de la congregación, uno de los placeres de los encuentros reales.



domingo, 16 de agosto de 2020

Paleta. Acuarelas Sennelier

    

      Las acuarelas de esta entrada están pintadas con pigmentos Sennelier. Una paleta obligadamente reducida, pues de esta marca de un precio medio, no disparatado, sólo tengo unos pocos colores que compré hace tiempo y no estaban elegidos para completar una gama suficiente, como sí he hecho con otras marcas que utilizo más. De forma que disponía de dos azules (índigo y ultramar), tres amarillos (Aureolina, cadmio claro y Piedra de hiel), tres ocres y marrones (Pardo Van Dick, tierra sombra tostada y ocre amarillo claro), verde esmeralda legítimo y rojo cadmio. Nunca hubiera elegido estos colores para pintar una acuarela sólo con ellos, pero me he sujetado a no usar otros en este caso.

   Y empezamos mal, porque rara es la acuarela de árboles o paisajes en la que no uso con frecuencia la mezcla de ultramar con siena tostada, color que no tenía. De estos dos colores suelo sacar toda una gama de tonos quebrados, grises más cálidos o fríos según la mezcla. Incluso el tono más oscuro, que hace de negro. En algunos casos, como en éste, no renuncio a usar una barra de tinta china que da un gris y un negro muy transparente que mezcla divinamente con las acuarelas o que puede aportar un lavado gris neutro que no tapa los tonos de abajo. Esos tonos grises del ultramar y el siena los he hecho con ultramar o índigo con sombra tostada, incluso pardo Van Dick para los tonos más oscuros. De todas formas, el siena tostado lo hice aclarando sombra tostada con ocre amarillo claro y con un toque de rojo cadmio. Clavao. Se ve essa mezcla en la foto anterior, arriba a la izquierda.

    Los verdes, o son mezclas de alguno de los azules con los amarillos o los ocres disponibles, o el viridiana, el verde esmeralda, color siempre peligroso que hay que usar matizado por los colores que ya se han usado en esa acuarela, amarillos, azules principalmente, pero también rojo o tierras. Siempre corremos el peligro de que sea demasiado pinturero, excesivamente protagonista, a pesar de no utilizarlo nunca puro. Al menos, este verde de Sennelier es muy transparente.

    Porque esa es una de las cualidades de esta marca de acuarelas, su transparencia y la abundancia de pigmento, verdaderamente intenso. Ellos lo atribuyen a su fórmula que usa miel junto con la goma arábiga de Kordofán, en Sudán. La molienda es muy fina y granulan muy poco, al menos los colores que he probado, ni siquiera las tierras, que en ellas es lo normal. Las que tengo son de tubo, excepto el cadmio rojo en pocillo. Aunque estrené la pastilla después de varios años de tenerla guardada y se había encogido algo por la deshidratación, basta pasarle la punta del pincel por encima para que tome mucho pigmento, no hay que destrozar el pincel rascando como ocurre con otras marcas, especialmente con las tierras. Una lima para un buen pincel de marta, que en dos semanas perdería la punta. Para esas acuarelas algo resecas, aprovecho la ocasión para recomendar pinceles de fibra, el peor que tengamos, al menos para disolver el color. Si aún así se resisten, siempre pueden servir de abono para las plantas, que pulvis es, et in pulverem reverteris.

    Como decía los colores son intensos y transparentes, y son hermosos cuando son puros, es decir, de un solo componente. Ese es uno de los criterios que normalmente sigo para comprar unas cosas y no otras. En este caso, no anduve fino con cuatro de ellos, que hace unos años era aún más ignorante que hoy. El sombra, el ultramar, los cadmios y el viridiana, son excelentes. Hay que mirar si el color es una mezcla. En ese caso, mejor la hacemos nosotros a nuestro gusto. 


   El índigo puro es una hermosura de color, una maravilla solo o mezclado, útil para sombras, cielos, nubarrones, aguas profundas y demás. Con un toque de carmín de alizarina tenemos una gama de violetas que uso mucho en las zonas más oscuras del suelo o de los troncos. Lo malo es que casi ninguna marca vende índigo auténtico, el sacado de plantas de la familia indigofera, el de los tintes del tagelmust, la tela de algodón azul de los tuaregs, la de los pantalones vaqueros. Hasta 1900 no había más índigo que el natural; actualmente la indigotina, el tinte de este color, es químico. Tengo un índigo natural de Kremer y es hermoso, aunque en pastilla, y tiende a resecarse y quebrarse. En ese caso, lo mejor es sacarlo de la pastilla, molerlo y usarlo así. Casi todas las marcas venden, como Sennelier, un índigo obtenido por mezclas, normalmente de azul de indantreno y algún negro, que suele ser el de humo, pero sin indicar en su nombre "hue", es decir, que es una simulación del color original. Sí que lo indican en el tubo, diciendo los pigmentos con que han hecho la mezcla. Llevar mucho negro oscurece lógicamente lo que pintamos, con poco control por nuestra parte, lo que se agrava si lo mezclamos con otro color, enfangándolo todo y perdiendo la trasparencia que incluso las zonas más oscuras deberían conservar.

    Ocurre igual con otros colores, como el cerúleo, que cuando es una mezcla incluye blanco, lo que lo hace muy cubriente y a veces pinturero en exceso. Hay cielos de un color ofensivo, estropeados con estos cerúleos falsos como moneda de cuero. Como no lo tengo en Sennelier, no hablo de ese color ahora. Pero sí del Pardo Van Dick. Tierras hay cientos, miles, son abundantes y baratas y suelen ser óxidos de hierro básicamente, con algunos otros elementos que varían su tono. También se oscurecen al tostarlas, llegando a cambiar de color además de subir de intensidad. No habría necesidad de hacer un pardo Van Dick con mezclas, como hace Sennelier y otros fabricantes. Sí tiene lógica hacerlo con el sepia auténtico, el de la tinta de las sepias y calamares, que en polvo vale una fortuna, como podemos ver en el catálogo de Kremer. 1.560,78 euros el kilo, 20,42 los 10 gramos. Merece la pena comprar una caja de sepias o bolsitas de tinta de calamar congelada y de paso hacemos un arroz negro y una fritura. El que tengo de Sennelier es una mezcla de siena, rojo y negro y, usado solo y espeso, es francamente horrible, excesivamente cubriente y muy pigmentado. Salvo muy diluido o usado en mezclas cuidadosas, con un escrúpulo de este pigmento y algún siena claro o amarillo, es una verdadera barbaridad de color. Si acertamos, tenemos el siena tostada que no tenía de esta marca. Como ocurre con el Viridiana, las dosis grandes son mortales. El esmeralda de Sennelier es una mezcla de los dos pigmentos que se usan para estos llamados esmeralda o viridiana.

    Como a veces me dejaba llevar por lo peregrino y exótico de los nombres, me encuentro algunos tubos o pastillas que difícilmente puedo utilizar. Me ocurrió con el "Piedra de hiel" de Sennelier, mezcla de amarillo y dos tierras marrones (PY150, PBr7 y PBr23) que da un tono amarillo amarronado y verdosiento sospechosísimo, poco atractivo si se usa solo. Los pigmentos de esta mezcla, desafortunada en mi molesta opinión, son amarillo de aureolina o amarillo Hansa, nogalina y un marrón de níquel azo sintético con fórmula C40H23Cl3N8O8). Por eso aprendí que hay que leer en cada tubo los pigmentos que contiene, para elegir si es posible los que sólo tienen uno, mejor si es natural y, además, saber lo que compro y pago, porque a veces un nombre comercial vende evocaciones, romanticismo y lejanía y yo sólo busco colores. Las tierras son tierras, como su nombre indica. Puede ser interesante conocer que vienen de las laderas del Vesubio, del Monte Amiata o del Kilimanjaro, que en tiempos la usaban tales o cuales aborígenes para maquillarse de guerra y otras cosas interesantísimas. Una vez que lo disolvemos en agua, lo que queda es el color. Eso es lo que debe gustar, más que la literatura del catálogo. No voy a negar que la historia de los colores me apasiona y que saber que el lapislázuli viene de donde viene y cuesta lo que cuesta me agrada. Igual con el azul maya, el jade y otros, pero las tierras son arcillas, óxido de hierro con algo de manganeso como impurezas. Puedo pagar un precio casi disparatado por el lapis, la amatista o el jade, pero no por una mezcla y un nombre bonito.

    Aquí se ven las mezclas de ese supuesto índigo con sombra tostada y, a veces, un poco de Pardo Van Dick, que el de Sennelier tiene un matiz rojizo, y las de los verdes, partiendo del esmeralda con esos mismos índigo y tierras. En realidad y como siempre, tonos quebrados, predominando los agrisados. Pero, como iba explicando, creyendo mezclar dos colores, índigo y Van Dick, en realidad estamos usando seis: dos negros, rojo, siena, azul y amarillo, un disparate. El resultado es una pasta poco transparente si no lo diluimos mucho. Lo que hacen estos colores en inglés lo llaman enlodar. En estos troncos también se ven los raspados, en este caso con la uña.

   La maceta se ha pintado con la técnica que aprendí de Geoffrey Wynne. Un baño amarillo diluido, dejando caer el agua en el papel inclinado. En mojado otro rojo claro y sobre él un último de azul ultramar. Toda la dificultad está en dar con el grado de humedad, nunca debe quedar seco entre capa y capa. Cuando se secan queda de forma milagrosa un blanco roto que contrasta con el blanco puro del papel en las zonas reservadas o rascadas después. Los dibujos de la maceta, pintados antes de secar del todo, ultramar y un poco de índigo. El verde es esmeralda matizado con amarillo o azul. Los pinchos, sencillamente a puñaladas.

    En otro orden de cosas, en el catálogo de Sennelier, marca francesa, de París, cuando describe las formas de presentación de sus acuarelas dice "pocillos", en lugar de la palabra francesa "godets" que podemos escuchar y leer en todos los sitios de pintura y bellas artes españoles. Tienen mucho respeto y cuidado con su lengua y con la nuestra. Nosotros con ninguna. Se lo agradezco.

jueves, 30 de julio de 2020

Paleta - Mezclas - Probando marcas de acuarelas

Con acuarelas Roman Szmal
     Esta entrada es la introducción a una serie de ellas en las que intentaré hacer un análisis comparativo de distintas marcas de acuarelas: Daniel Smith, Rembrandt, Windsor & Newton y Schmincke son las que mejor conozco, lógicamente no en todo su amplio catálogo, que a veces casi llega a los 200 colores diferentes, pero sí en bastantes de ellos. He probado algunas otras. Kremer y White Nights desde hace años, muy recientemente Roman Szmal y Rosa Gallery. Algunas de estas tienen un precio sensiblemente inferior a las marcas de más prestigio, aunque los pigmentos usados y el producto ofrecido sea equiparable y algunas veces pudiera ser mejor opción para algunos colores, por motivos que se intentará explicar. Otros son insustituibles, hasta donde yo sé, y merece la pena pagar lo que valen.
    También he probado otras marcas o series, como las segundas de Rembrandt y W&N, o Sennelier, Mijello, incluso las españolas Españoleto y Titán, incluso las Bizancio de este último fabricante, difíciles de encontrar. De otras, de las que sólo conozco por un par de colores sueltos, no me atrevo a hablar, menos a comparar.
    La mayor dificultad es disponer de suficientes colores de cada marca para poder hacer comparaciones con fuste. Salvo Daniel Smith hace unos años, que me envió un generosísimo surtido de sus acuarelas que luego he ido reponiendo, nadie me ha regalado ni un tubo, ni tiene por qué, pero renuncio a intentar completar la gama disponible de algunas marcas, ya que conozco muchas otras formas más razonables para arruinarme. También es cierto que Artemiranda, donde suelo comprar, en una ocasión incluyó unos tubos de Mijello, como muestra.
Con acuarelas Kremer y Roman Szall
   Decir que soy un catacaldos es contar mal las cosas, pues se trata de algo diferente al simple afán de novedades, es más que hacer probaturas, de engolosinarse con los materiales, que también. Creo que los objetos, las herramientas especialmente, son parte determinante en los procesos y actividades para los que se crearon y tienen per se tanta belleza como las obras que con ellos se hacen. A veces más. El papel, los pinceles o los pigmentos no son sólo algo accesorio, algo que pueda ser cambiado o sustituido sin que con ellos varíen los resultados. Estudiar la historia de la pintura es cosa que no puede hacerse si separamos genios y talantes de las técnicas y los recursos que cada época ponía a disposición de los artistas. Algo tan simple como meter la pintura en un tubo, permitió salir al campo a pintar con óleo, facilitó el trabajo y la aparición de los impresionistas. El hecho de que los pintores dejaran de moler y elaborar sus propios colores les llevó a conocerlos peor y no pocas veces a usar algunos que mejor debieran haber evitado. De los barnices y disolventes para qué hablar. A veces las probaturas llevan a utilizar cosas nuevas que se comportan peor que las conocidas y ya experimentadas, colores que han envejecido mal y que, como con Van Gogh, que no andaba muy boyante y no siempre podía comprar lo mejor, nos privan a menudo de conocer los colores originales.
Con acuarelas White Nights
    Hay colores concretos cuya historia conviene conocer, aunque sea por curiosidad romántica. Desde las simples tierras al lapislázuli, por ejemplo, o el mummy brown, el marrón de momia; el carmín de cochinilla o el índigo, el gamboge o colores que hoy sabemos venenosos. Nos hablan de caravanas, de la India, de Samarcanda, de Petra, de la ruta de la Seda, de largos viajes desde los peñascos de Afganistán hasta la paleta de Leonardo o a la nuestra, más surtida, de inquietantes travesías por mares peligrosos, a veces recién conocidos, de precios que superaban al del oro, de contratos que exigían su empleo en el cuadro encargado, del prestigio, cercano a a adoración, de aquello que merecía ser pintado con esa viajera piedra semipreciosa molida con esfuerzo parejo al de traerla. Sólo el manto de la Virgen merecía el ultramar de lapislázuli,  que evocaba el cielo, como sólo Jesucristo el rojo antes reservado a las vestimentas de reyes o senadores romanos, el carmín de cochinilla, o el de las agallas que las kermes, una especie de pulgones, produce en las coscojas, que molida es la grana.
Con acuarelas Rosa Gallery
   Para un químico este rojo se trata de ácido carmínico. Un fabricante de pigmentos hablaría del PR004, del Natural Red 004. En alimentación o en las barras de labios lo conocemos como colorante E-120, casi siempre sustituido por el E-124, rojo Ponceau 4R, más económico. Su nombre, carmín, proviene de la palabra persa kermes, una baya roja.
    Normalmente los más antiguos tonos rojizos eran de origen mineral, tierras rojas, ocres, arcillas desde anaranjadas a rojo intenso, usadas para pintar bisontes, ciervos o figuras humanas en las paredes de las cuevas, para cubrir con su magia los cuerpos que enterraban, no sabemos si para proteger en su viaje al más allá con ese color a los difuntos o de ellos a los vivos. La historia del azul es apasionante, como la de otros colores. Porque cada color ha tenido sus significados y los sigue teniendo. Los tintes que en algunos lugares o épocas usaron para el traje de la novia, en otros servían para para el luto, para el respeto o para el lujo. El rojo para los egipcios evocaba la vida, la salud o la victoria, para los cristianos la sangre de Cristo. El mejor carmín, de la grana cochinilla de los nopales, usado por los mayas, llegó a Europa traído por los españoles y valía más que la plata y tanto como el oro. Era uno de de los productos de importación más valioso del siglo XVI y pocos pintores podían permitírselo.
   Aunque es interesantísimo, no van dedicadas estas entradas a la apasionante historia de los colores, aunque algo se contará de ella. Mucha información podemos encontrar en internet a cerca de los pigmentos, su composición y su historia, o leer algunos buenos libros. Por ejemplo, el reciente y muy recomendable "Cromorama" de Riccardo Falcinelli o, si queremos agotar el tema, recurrir a los libros de Michel Pastoreau, dedicados cada uno a un color.
Acuarela final, pigmentos Daniel Smith
    A veces, para vendernos un color, se nos presenta como traído por Indiana Jones desde lejanas tierras expresamente para nosotros, se nos cuenta una historia cierta pero adornada, se resaltan estos datos y se barnizan con un romanticismo que nos deje más dispuestos a vaciar la bolsa para pagar la aventura. Sin duda algunos pigmentos lo merecen, como el lapis, el jade o la amatista, aunque no es menos interesante el origen de algunas tierras, muy baratas, que el de otros que podrían haber acabado en collar, pulsera o pendiente. Para quitar  a la cosa romanticismo, justificado en el pasado más que en presente, hemos de tener en cuenta que estos pigmentos que usamos para nuestra paleta son un subproducto de una industria que mira, como siempre ha ocurrido, más a los tintes para tejidos que a los cuadros. O pintura para paredes, coches, uso alimentario o tinte de plásticos. Si un color no tiene salida en esos terrenos, poca vida le espera en los lienzos. Lo que sí es cierto es lo lejano y diverso del origen de algunos de los colores que tenemos en nuestros tubos o pastillas. Saber qué viaje ha hecho cada color desde las laderas del Vesubio, Siena, Almadén o los valles y montañas de la India, Chile o Afganistán, no deja de tener su aquel. Seguramente de Jujuy podríamos sacar todos, moliento esas montañas de arcoiris.
Con acuarelas Rosa Gallery
    El objetivo final de estas entradas es llegar a una paleta básica pero amplia. Una paleta que incluya todos esos colores de los que no puedo prescindir. Poco más de una docena. Que permita conseguir todo lo que intento hacer sin un exceso de colores que confunde más que ayuda. Parece contradictorio este intento con todo lo anterior, con ese gusto por probarlo todo. Sé que muchos tubos, docenas y docenas, quedarán casi sin usar pues al final ves que siempre recurres a lo mismo, pero también es cierto que no quieres verte limitado por una paleta excesivamente reducida que te obligue a hacer veinte mezclas para llegar al color que buscas. Ya hice una entrada intentando pintar unas acuarelas con tres colores primarios. O añadiendo otros tres o cuatro. Un martirio. En realidad no hay acuarela que necesite más de cinco o seis colores y eso para algunos detalles o elementos. En muchas entradas he ido explicando los colores usados en cada acuarela concreta y siempre ha ocurrido eso. Básicamente el azul elegido ha determinado el cromatismo del conjunto, esa es mi forma de trabajar, que iré explicando en esas entradas.
Con acuarelas Kremer
    Para explorar posibilidades de un grupo de colores nunca recurro a estas tablas de doble entrada en las que se mezcla cada color con todos los demás sugiriendo que de ahí salen todas las posibilidades de mezclas con los pigmentos elegidos. No me vale el sistema, pues ni de cerca muestra todo lo que podríamos sacar con los colores de los que se parte. Trabajo, como casi todos, de otra forma. Necesito una superficie grande para las mezclas, normalmente un plato cuadrado, blanco, de loza o porcelana. Ahí voy añadiendo a un color otro, para matizarlo con un tercero. Esa mezcla necesitará tal vez uno más, calentarla, enfriarla, quebrarla, cambiar las proporciones, diluir... así hasta llegar al tono que busco. En realidad, gran parte de la acuarela, especialmente si se trata del tronco de un árbol, un tema recurrente para mí, se pinta con tonos quebrados, grises con diferentes matices. Incluso escasean los verdes a pesar de tratarse de árboles. Esta manera de hacer las cosas, similar a cómo hacen sus mezclas tracicionalmente en su paleta los pintores de óleo, permite hacer una acuarela con una gama amplísima de matices sacados de muy pocos pigmentos. Lo iremos explicando.
Acuarelas Schmicke
Acuarelas Rosa Gallery
Acuarelas Kremer
Acuarelas Schmincke
Acuarelas Roman Szall y Daniel Smith