jueves, 1 de diciembre de 2016

Aranjuez - Acuarelando el otoño

   Un viaje que casi se enlazó con otros dos, a una semana de volver de Cataluña y Veruela, pero no podía dejar de ir, volver a ver a los amigos, comocer en carne mortal a otros, en gran parte de Hispacuarela, y dibujar en Aranjuez, aunque se anunciaban lluvias, como así fue. Mereció la pena, porque Aranjuez siempre etá bonito, mejor ahora en otoño o en primavera que en verano. 
    Aunque llovió bastante, cosa que impidío estar por las calles a todas horas, permitió bastantes ratos de conversación, de forma que la cuenta de resultados es más que satisfactoria, sin faltar las risas, las cenas y los dibujos.
    Algunos árboles ya nos saludan cuando pasamos a su lado, pues son árboles educados, cortesanos, acostumbrados desde antiguo a dar sombra con una amabilidad versallesca. No es fácil encontrar en otros sitios tantos árboles antañones, bien criados, regados por el Tajo, rodeados de huertas, paseos, jardines y palacios. Se te acaba haciendo mal café entre tanto lujo y derroche para la corte, contrastando con una iglesia que hubo que pagar por suscripciñón popular para no tener que ir a oir misa a un pueblo cercano. No es raro que en las fiestas de septiembre, las del Motín, se ceben con Godoy, rememorando el de Aranjuez de 18 de marzo de 1808, últimos coletazos del reinado de Carlos IV.
   Algunos árboles los tengo repes en las fotos de otros viajes allí, y es curioso que con tantos como hay, siempre me detenga en los mismos. Luego los pinto y repinto y cada vez salen de una manera, que por algo están vivos, unas veces con más hojas, otras con menos, de uno u otro color, pero siempre hermosos y descomunales.
   En el hotel donde estaban los compañeros no había sitio, de forma que volvemos a alojarnos en una cabaña del camping, cerca de uno de los embarcaderos que pintó Rusiñol, viendo llover sobre los patos y los piragüistas, especies que abundan por estos recodos del río. También el el camping hay algunos árboles creciditos, que no tardamos en inmortalizar.
   Al atardecer, tomando una cerveza en las puerta del hotel, vemos una comitiva en la puerta de la iglesia culminada por la presencia del señor obispo, que es día de confirmaciones, según nos cuentan. Estaba a medio dibujo, le hago una foto, y llego a tiempo de incluirlo en el encuadre de ambas cosas. Añade mucho color, de rojo cereza.
    Mientras mi familia visita el Palacio Real, que ya conozco, me quedo fuera tomando un café y haciendo unos dibujos del palacio, enmarcado por esos árboles inmensos, una belleza. Todos los grupos de dibujantes callejeros, bocetistas, Urban Sketchers y demás, deberíamos organizar un cursillo para que algunos consigan aprender a poner el cuño en buen sitio y bien orientado. Aunque no he hecho un estudio concienzudo, más de la mitad se ponen con las letras al revés y sobre el 30%, colocado en el lugar donde más estorba. Como indicador del desarrollo estético, percepción espacial, buen gusto y amor al arte, resulta muy revelador. Como venganza diluyo con agua y acuarela azul tal afrenta y queda una nube cuadrada de lo más chusca. Ea.


   Como se ve, unos dibujos están hechos en el sitio, otros son secuelas del viaje a partir de fotografías que vamos haciendo. A los globos pude hacerles algunas fotos, pues había muchos volando. La acuarela es sobre una foto de Carmen Jiménez, en Acuarelando el otoño, grupo de facebook creado para este encuentro.


    Termino esta entrada más arborícola que cortesana con un paso a paso de otra vista del mismo sitio ya recogido en algunos dibujos anteriores. Sobre un papel Arches satinado, con un pincel chino bastante grueso, pero muy bueno, nada que ver los que me han ido trayendo de China o Japón con los que compraba aquí en España, acuarelas de Kremer y Daniel Simith, vamos congelando algunos estados intermedios mientras se va secando una capa, miramos e incluso, en un arranque de desmesura, echamos un cigarro.





viernes, 25 de noviembre de 2016

ACUARELAS Sierra del Segura

   Aunque este mes no he puesto nada en mi blog, pintar he pintado mucho. Sobre todo dibujos, aunque no han faltado acuarelas, en distintos formatos y de temas diversos. Unas de viaje, otras a partir de fotografías de otras salidas anteriores. En esta entrada se muestran acuarelas de viajes a Tus, por toda la zona de Yeste y el Calar del Mundo el año pasado.
   La primera de ellas, una de un recodo del río, entonces con poco caudal, que dejaba ver las piedras dentro y fuera del agua. Se ha probado un papel The Langton, de Daler & Rowney, de grano grueso, que ha resultado maravilloso aunque se buscaban baños delicados y con poca textura. No está mal este papel.
   En la siguiente, una encina de Tus, cerca del balnerario, en unas casas rurales donde pasamos unos días. Se buscaba textura, resaltar la rugosidad de la corteza del árbol. Con Garzapapel, aunque aún habría sido más evidente con un Fabriano de grano especialmente grueso. De todas formas se pretendía conseguir esa textura a base de pinceladas rápidas con el pincel con más pigmento que agua. Lamentablemente los baños posteriores tapan gran parte de esa textura, que hubiera quedado mejor si no se hubiera terminado, aunque quedaran en blanco algunas zonas. Lo hecho, hecho está.
   Por Tus, camino de Collado Tornero, en la ribera del río, jugando con los verdes, usando Turquesa, un pigmento que pocas veces utilizo. Mezclado con Sodalite, un azul índigo muy oscuro, que granula bastante como casi todos los Primatek de Daniel Smith. Da lugar a intensas texturas, aquí suaves porque el papel es también Arches satinado.
   Esta siguiente acuarela es un segundo intento de pintar ese muro imponente del Calar del Mundo, desde la parte de Yeste, no desde Riópar. Aunque mejor que en la ocasión anterior, el error ha sido el mismo: gastar casi toda la pólvora tonal en el muro. Para dar lejanía el primer plano debería ser o muy claro o muy oscuro. No se ha conseguido ninguna de las dos cosas, con lo que queda pendiente un tercer intento.
    Con un papel Fabriano, de grano muy grueso, un papel que tengo muchos años y que creo que tiene una textura diferente, más marcada, mucho mejor para mi gusto que el Fabriano actual de grano grueso. Recoge una vista de las montañas de la zona, aunque en esta ocasión la foto no es mía. Se trata de una interpretación sobre una fotografía de Gabrielsean.com
   En esta vista parcial se puede ver mejor la textura y los colores utilizado, así como la forma en que se han sombreado las piedras para dar relieve y detallar el primer plano.
   Esta última, terminando un bloc de Canson grano nube que tenía 4 ó 5 trienios en casa. Un papel que en su momento me resultó incómodo y arisco y que ahora me ha dado pena terminar. Utilicé hace poco otro con este mismo tipo de grano, uno de Claire Fontaine, prácticamente igual. Muy bueno para ciertas cosas, aunque este de Canson resulta esponjoso, muy absorbente y de secado rápido.
   Tengo que intensificar algo más los primeros planos para separarlos de los medios, que ha quedado comprimida la enorme distancia desde los primeros árboles hasta la última de las montañas. Mejor haberlo pensado antes, pero estas cosas son así. O peor.

domingo, 16 de octubre de 2016

Tarraco

    Por convocatoria por parte de Ladrones de Cuadernos de Junta General de Accionistas para dibujar en el monasterio de Veruela, en Tarazona de Zaragoza, un proyectado viaje a la Costa Brava se acabó ampliando en días y kilómetros, hasta 2.200 en ocho jornadas, para abarcar toda la parte peninsular del antiguo reino de Aragón.

   La verdad es que desde Albacete ya se ve el castillo de Chinchilla de Montearagón, la antigua Cincilia, de nombre celta para unos, ibero para otros, por lo que lo dejaremos en celtíbero que en el término medio se encuentra la virtud. Fue Saltici para los romanos, y Yinyalá o Sintinyala para los árabes. Reconquistada en 1242 por Jaime I, Alfonso X y las órdenes de Santiago y Calatrava, que toda ayuda era poca para acometer una fortaleza tan difícil de tomar. Castellana desde 1243, el apellido de Montearagón se refiere a la cercanía con los dominios de tal reino, separado de Castilla por estos montes que había que remontar que es a lo que el nombre alude, igual que se les llama Giravalencia, topónimo existente también entre Almansa y Alpera, refiriéndose a otros pasos hacia el levante. Caminos a tomar para ir "al reino", algo que he escuchado para referirse a Valencia a los más viejos del lugar cuando vivía en Alpera. Me encanta escarbar en los nombres y en las palabras y, cuando paso por allí, no sé —y además ignoro— si Rivas-Vaciamadrid deriva del verbo ir o de vaciar, que mi ignorancia aún tiene menos límites que mi curiosidad.

     Allí, en Chinchilla que no en Vaciamadrid, cuando viajaban para terminar lo de la toma de Granada, hito histórico en el que, como en el caso del descubrimiento de América, hay ignaros que nada encuentran que celebrar, juraron los Reyes Católicos los Privilegios de la ciudad de Chinchilla el 6 de agosto de 1488, sobre la cruz de cristal que aún se conserva, dándole los títulos de Noble y Muy Leal en agradecimiento por haber apostado por Isabel en lugar de haberlo hecho por la Bertraneja, que en las carreras de caballos, las quinielas y las guerras dinásticas hay que saber aquilatar dónde pone uno las equis, que luego todo son quejas y lamentos. Lo que no sé es qué hay que hacer para que a una ciudad le endosen el título de Impertérrita, como a Cuenca. Me tengo que enterar. 

Chinchilla de Montearagón en Albacete

   En estos descampados de la antigua Espartaria, también teníamos privilegios y fueros, afortunadamente suprimidos, que no es cuestión de estar regidos hoy por ordenanzas medievales que algunos, sin conocerlas, echan de menos. Como los dioses cuando quieren castigarnos escuchan nuestras plegarias, habría que sustituir en territorios levantiscos las leyes actuales por los fueros viejos, que se iban a enterar algunos enterados. Me refiero a esos territorios que se autoproclaman históricos, engallándose encaramados a lomos de una historia de la que presumen sin conocer. En casos extremos, resulta desconcertante que quien dice estar orgulloso de su historia haga tanto por deformarla e inventarse otra más romántica.

   Como ya llevo un folio escrito y aún no he salido de Albacete, voy a ir aligerando y a meterme en la Vía Augusta incorporándome al tramo que va de Libisosa a Saltici, pues además del tomtóm llevo en la guantera el Itinerario de Antonino Augusto Caracalla del siglo III de las vías del imperio romano, en edición de la época de Diocleciano, algo menos actualizado que la guía Campsa pero infinitamente más interesante. De todas formas Saavedra ya llama a esta milenaria calzada "Itinerario de Antonino A-31" en su clasificación de las vías romanas, igual que el ministerio de Obras Públicas rotula hoy la Autovía de Levante, con lo que no hay confusión. La carretera hacia Valencia, Castellón, Tarragona, Barcelona, Ampurias y de allí a Francia, como tantas otras, se hizo asfaltando la antigua calzada romana, que debajo debe de seguir, llamada Augusta en nuestro caso, y antes Camino de Aníbal. De hecho en Zaragoza, Tarragona y Barcelona hay calles que se siguen llamando así, y he pasado por ellas estos días, aunque ahora los miliarios sean de chapa y digan carrer en lugar de Vía.

    Pasamos de largo por Valencia y Castellón, lo que siempre es una pena aunque las visitemos más a menudo, para adentrarnos en la provincia de Tarragona, rumbo a la Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco, capital de la Hispania Citerior o Tarraconensis en una época en la que la península era ya mirada desde fuera como una unidad, aunque dedicada a reñir unas tribus con otras, como ahora, que cada régulo, también como ahora, no renunciaba a tener un territorio y unos incautos que esquilmar. La historia enseña a los buenos alumnos, a los que quieren aprender de ella, que esa división fue la ruina de los iberos, lo que facilitó y permitió la conquista romana, que aún así les costó dos siglos. La Galia unos meses, aunque es cierto que aquí estaban los cartagineses por medio. Otra lección es que las cosas siempre pudieron ser peor, pues si no hubieran ganado las guerras púnicas los romanos, en gran parte dirimidas aquí, hoy seríamos tunecinos. O fenicios del Líbano, y nuestras lenguas nacidas del latín serían otras, posiblemente derivadas del cananeo. O directamente el árabe, que hablando del pasado hacer preteribles es siempre arriesgado.

    Aunque con prisas por llegar a la Costa Brava de Gerona, partimos ese trayecto en tres etapas para visitar en la primera Tarragona, donde viví de pequeño y por donde he pasado prácticamente de largo en otras ocasiones. Como docenas de otros lugares de la ruta, merece más tiempo, pues hay mucho que ver, especialmente si a uno le gusta la historia y las piedras antiguas, que muchas debieron poner cuando tantas quedan a pesar de nuestro secular afán por arramblar con ellas. En lo tocante a piedras y murallas, Tarragona es apabullante, pues cuando sus murallas se adjetivan como ciclópeas en guías y escritos no se trata de una exageración. La base de estos murallones, por la forma irregular y el tamaño de sus pedruscos, me hace difícil creer que sean romanas, pues solían ser más cuidadosos y esmerados en sus construcciones. O son iberas o las construyeron romanos con tantas prisas como fuerza. En todo caso son impresionantes. Seis metros de grosor que se aprecia en las poternas que se conservan, verdaderos dólmenes incrustados en la muralla, base de edificaciones posteriores que han tenido el buen criterio de conservar y dejar a la vista esos muros gigantescos. El conjunto resulta desconcertante, un dolmen megalítico con un par de balcones al lado, sillares del tamaño de un opel corsa que sustentan a otros menores, más regulares y mejor tallados, rebajados en sus juntas, que parecen labor de incas. El resultado me parece una maravilla única. Para recorrer estas murallas haría falta un día entero. A mi ritmo, dos.


  En Tarragona, igual que ocurría en Barcelona hasta las olimpiadas del '92 y en la actualidad en algunos pueblos costeros, el mar ha sido más camino, despensa o peligro que lugar de calma y recreo. El tren, encajado en un hondo foso, con puentes, muros y barreras, separa de las olas a una ciudad que da la espalda al mar, tapando y dificultando en parte el acceso a la inmensa Arrabassada, playa en la que me bañaba de niño, como hacía en Sitges, Salou o Cambrils, lugares más marineros. El puerto de Tarragona es uno de los más importantes de España, tanto en lo referido a la pesca como al transporte de productos petroquímicos, base de la industria y prosperidad local. Todo tiene un precio, que a veces es muy alto.

   El circo romano también está al lado de la playa, para así poder introducir por mar directamente los leones y otras fieras que traían traspelladas desde el norte de África para comerse a los pobres desgraciados que les ponían a la mesa en ese plato de arena con gradas. En la parte antigua hay muchos monumentos que admirar, entre callejas estrechas y retorcidas de esta dos veces milenaria población fortificada, situada como siempre en alto, que el poco aprecio a los llanos y las playas nace del ancestral terror a quienes encaramados en las olas venían a saquear, matar o llevarse cautivos a quienes pudieran vender en su tierra. Esos miedos de miles de años explican la configuración de los pueblos y una cierta aversión al mar.

   Siguiendo la ruta prevista, nos desviamos hasta Vilobí del Penedés, pueblecito ahora bastante crecido a donde me desterraron en 1979. Me hago una foto en el cartel indicador a la entrada del lugar y continúo mi camino. No olvido, aunque ya sin rencor, que lo que por gusto he recorrido hasta aquí hoy, entonces lo hacía al revés cada viernes obligado, regresando el domingo a mi escuela catalana maldiciendo en arameo durante casi todo el trayecto, dejando a mi novia en Alicante y a mi familia y amigos en Albacete. En esta ocasión, 37 años más tarde, mi novia me acompaña en el viaje y ahora nos reímos más que entonces. Recuerdo que en la carretera que seguía la ruta hacia Albacete por Requena, que aún no era autovía, se pasaba sobre un puente que separaba el reino de Valencia de la provincia de Albacete. En él había una pintada en la que una flecha indicaba que el viajero se adentraba en "Bastetania". Esa amistosa ironía de buenos vecinos era replicada  por otra que, señalando la dirección contraria, informaba en pareado de rima libre : "Con castillos y doncellas, sois más tontos que el copón". Siempre nos hemos llevado bien con Valencia.

   Como era ya de noche y había que llegar a Castelldefels, a un hotelito con terraza que habíamos reservado, tomamos la vía más corta, aunque más retorcida. Decía mi padre, recordando cuando vivíamos por allí, que había oído decir que la carretera de las cuestas del Garraf había sido construída por un ingeniero loco. Puede ser, a pesar de que ahora es más ancha, aunque no mucho. Una interminable sucesión de curvas cerradas serpenteando al borde de acantilados que caen a pico sobre el mar desde una altura mucho mayor de la que hace falta para matarse, recorrida a toda leche intentando que no te coma el de atrás sin incrustarte en el de delante, esquivando a los que en dirección contraria apuran las marchas con iguales propósitos, que parecíamos todos locos derrapando y casi rozando ese murillo de piedra que bordea la carretera en la parte de fuera, la del barranco, que ahora nos toca, sueño para moteros y que a mí me parece un videojuego terrorífico. Con los pelos de punta, soguetilla enhiesta, conseguimos llegar a Castelldefels con bien.

   Para terminar la narración de esta etapa no quisiera dejar de recoger cómo un empleado de la gasolinera en la que en Castelldefels paramos a respostar, viendo que yo no podía ver, tapado por los camiones estacionados, si había algún hueco para asomar los bigotes y acceder a la carretera, dejó el surtidor, salió al arcén y me fue indicando cuándo podía intentarlo, casi parando el tráfico jugándose el tipo. Por ahora no hemos encontrado más que amabilidad y buena gente, como cabía esperar.




viernes, 2 de septiembre de 2016

Dibujos de Albacete V


    Haciendo este dibujo de la catedral desde la calle del Cura, recuerdo a don Rafael Mateos y Sotos, benemérito cronista de Albacete en la primera mitad del siglo pasado, y lo que nos dejó escrito sobre sus calles y gentes, e imagino estar contemplando en su grata compañía a una enlutada comitiva subiendo al cerrillo de San Juan en mayo de 1537 rumbo a la iglesia en obras, parte mudéjar, parte gótica. Marchan apesadumbrados por la muerte de la Emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos I y Señora de Albacete, aunque no más que por los dispendios malgastados en esos capisayos negros (once lobas con sus capirotes, dicen las actas), que el concejo hubo de encargar al sastre y pagar con sus magros fondos para cumplir con las instrucciones de la corte acerca del decoro necesario en tales pompas fúnebres. La emperatriz tal vez nos tuviera cariño, incluso supiese dónde paraban la villa de Albacete y la ciudad de Alcaraz que le pagaban sus rentas, pues habíamos sido parte de su regalo de bodas. También caminaban cariacontecidos e inquietos los munícipes por los temores de entrar en un templo cuya cubierta amenazaba con venirse abajo, cosa que acabó haciendo en 1545 por no hacer o hacer mal lo que aconsejó Siloé.
   Se trata de la reina que ahora tiene una estatua un poco más a la derecha de donde estamos, en la que hoy se llama Plaza de la Constitución, lugar que espera desde hace dos décadas que el caminante de Antonio López termine su largo paseo hasta esta plaza, estatua apalabrada y creada al mismo ritmo que la catedral.
   Les alivia, aunque les apene, que la de la guadaña haya elegido a la reina, pues si del rey se tratase, a los pocos días de los lutos habrían de sacar de los decaídos ánimos una sonrisa para adornar la cara y de arcas y baúles los tapices, mantones y colchas con que vestir los balcones y engalanar la villa, además de encalar muros, correr toros y cañas y gastar los pocos maravedíes que les quedaban en celebrar con alborozo y liberalidad la coronación de un nuevo monarca, al que era difícil que llegaran a conocer. En 1586 tendrían la inusitada suerte de hacerlo y de recibir a Felipe II con enramadas en la Puerta de Chinchilla, en su camino desde las Cortes de Monzón a Madrid. Todo vanidad. Pocos años más tarde escribirá el poeta Gabriel Bocángel:
Huye del sol el sol, y se deshace
la vida a manos de la propia vida,
del tiempo, que a sus partos homicida,
en mies de siglos las edades pace.
Nace la vida, y con la vida nace
del cadáver la fábrica temida.
¿Qué teme, pues, el hombre en la partida,
si vivo estriba en lo que muerto yace?
Lo que pasó ya falta; lo futuro
aun no se vive; lo que está presente,
no está, porque es su esencia el movimiento.
Lo que se ignora es sólo lo seguro,
este mundo, república de viento,
que tiene por monarca un accidente.
     Tal vez por eso se coronara como rey a niños de 3 años cuando se podía, aunque costase una guerra, para que les durase más y los concejos no vieran vaciadas sus arcas tan a menudo para celebrar las exequias, coronaciones o nacimientos de reyes, reinas, príncipes e infantes. Aunque a veces les crecían los enanos y esto tampoco acababa saliendo a cuenta, que breve es la dicha en la casa del pobre. Hay que considerar que el rey que mejor resultado nos acabó dando fue un rey de segunda mano, —de tercera corona diríamos mejor—, pero aún en buen uso, como fue el caso de Carlos III, que prefirió gobernar al inmenso imperio español que al pequeño reino de Nápoles, por eso de burro grande, ande o no ande. Gran aficionado a la caza y a meterse en obras, excavando un camino encargado por él habían salido a la luz Herculano, Pompeya y Estabia.
   El Concejo de Albacete estaba empeñado desde 1515, en todos los sentidos, en levantar una iglesia acorde con la creciente importancia y población del lugar y mojarles la oreja a los chinchillanos, recurriendo a los mejores arquitectos de España. Aún no habían olvidado los albaceteños su incursión de hace un siglo para hundirles picota y horca en el cerrico al que la segunda daba nombre, símbolos de nuestra autoridad e independencia respecto de la elevada ciudad de Chinchilla.
   Habría que tener en cuenta que por entonces Albacete tenía unos 5.000 habitantes y que lo que al final terminó construyéndose de la proyectada iglesia fue sólo una parte, dos tercios del total previsto, a falta de otras dos columnas ciclópeas, otro tramo y una portada a juego, obra eterna terminada de aquella forma en 1948. Precisamente cuando en 1949 sería catedral y Albacete ya era una ciudad más que mediana con más de 70.000 habitantes, lo que nos da idea de la diferencia de ambición, autoestima y capacidad entre ellos y nosotros. Además, cuando después de cinco siglos aún andaban enredados con terminar aquello cuanto antes y como fuera, yo creo que lo proyectado en las trazas iniciales ya no cabía en un solar que tal vez habían ido royendo las centurias. Dinero no habría, pero yo pienso que el principal problema para completar la obra según el plano inicial era que sitio tampoco. Seguramente me equivoco.
   En los tiempos de estos recuerdos la iglesia tenía una torre más defensiva que pía y, seguramente sobre el arco que hoy ocupan los edificios Catedral y Toscana, unos de los más dignos levantados en Albacete en los últimos tiempos, entonces se alzaría parte de la muralla de uno de las tres zonas fortificadas que hubo en Albacete, en esa pequeña elevación conocida como Cerrillo de San Juan.
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    Roma se fundó sobre siete colinas. Y el invento gustó. Constantino, más que encontrarlas, las imaginó en el Bósforo para refundar su ciudad, bautizada ahora como Nueva Roma o Constantinópolis —luego Estambul— sobre la ya antigua Bizancio, a imagen de la metropoli, teniendo que elevar con grandes obras las colinas que faltaban para completar las siete preceptivas, que el terreno no siempre está por la labor. También Ulises, al fundar Lisboa, las buscó a ambos lados del Tajo. Y Bamberg, en Baviera, llamada la Roma de Franconia. O Cáceres y Barcelona en España, que de igual manera esparcen sus casas y sus sueños sobre siete colinas. Porque la Historia nos enseña, entre otras cosas,  que para fundar una ciudad como Dios manda hacen falta siete cerros, ni uno más ni uno menos. También entre otras cosas.
    Encontrarlos en la Mancha lo suficientemente pegados el uno al otro como para ser solar de una pequeña aldea es algo complejo. De forma que, a falta de las siete colinas canónicas, nuestros antepasados árabes, tuaregs norteafricanos, belicosos e intransigentes en extremo respecto a otros árabes, ya aplatanados después de siglos entre nosotros, y no digamos ante los escasos cristianos que a la fuerza habían asido la chilaba, tuvieron que conformarse con tres o cuatro pequeñas elevaciones para fundar Al-Basit, el actual Albacete. Cerrillos, como el de San Juan, cerricos como el de la Horca, altos, como el de Carretas, La Cuesta, donde estuvo la primera fortaleza en opinión de los más entendidos en el tema, el de la Villa, donde las putas, o el del Sol, donde el depósito de agua, hoy convertido en biblioteca, fontana de libros con que regar y fortificar las molleras locales, que todo es menester, pues el agua, aun siendo muy escasa, abunda más que el conocimiento. Obviamente no me refiero solo a Albacete, pues es achaque ubícuo e intemporal.
    Tres de estos cerrillos, al parecer, estuvieron amurallados en tiempos, aunque las primeras noticias escritas que con seguridad apuntan a nuestro Al-Basit hacen referencia a sus fortalezas y a su alcaide Abd-Allah ben Ayad en 1144 y a la batalla de Alloch en 1146, pues las referencias a Al-Basit de tiempos de Abderramán III con más probabilidad hablaban en general de los llanos pacificados que de un lugar concreto, como nos sugiere don Aurelio Pretel, con lo que para mi esto va a misa. Bueno, a la mezquita. También mucho antes se había recluído en un Al-Basit al hijo del levantisco Ibn-al-Sayj, algo que no es improbable que nos señale pues, como castigo, no debería ser mal sitio Albacete en el año 928. Lo cierto es que tras las Navas de Tolosa los asilvestrados e integristas almohades fueron poco a poco barridos hacia el sur desde estos llanos que sin duda les recordarían a su amado desierto, y en 1241, en tiempos de Fernando III el Santo, Pelayo Pérez Correa conquista Albacete para Castilla, siendo alcaide un tal Wahb Allah.
    La primera Villacerrada, en la zona de Carretas, fue fortaleza que no debió de hacer mucho honor a tal palabra, y es de suponer que ninguna de las tres existentes debió de tener fácil defensa, como esos castillejos de Forges, más agachados que levantados al fondo de un hondo rodeado de cerros desde donde el enemigo arroja piedras hacia abajo y los defensores flechas hacia arriba, que luego les llueven en sus propias carnes. No, desde luego el terreno no nos ha ayudado. De hecho no queda ni una piedra de esos castillos y murallas de origen árabe. Incluso su exacta localización, forma y tamaño siguen sin determinarse, llegando algún descreído a dudar de su existencia, pues Albacete es un lugar lleno de misterios. Nuestro afán destructivo ha sido tan esmerado que de los muchos siglos en que los árabes vivieron aquí sólo han quedado unos trozos de cerámica encontrados cerca de la actual Diputación, que no es mucho. Muchas más son las palabras, que duran infinitamente más que las piedras y que, cuando te las arrojan con tino, pueden llegar a hacer más daño que ellas.
   No obstante lo anterior,  las piedras no se desvanecen, sólo cambian de sitio, y es de suponer que se reutilizaron una y otra vez para levantar otros edificios, pues sabido es que afanar tejas y sillares arrebatándolos a los monumentos desportillados por los siglos es universal costumbre. Igual que lo es el arramblar con estas nobles construcciones antiguas y hermosas para sustituirlas por oprobiosos amontonamientos de ladrillos del 4.  Por ello, al ver una piedra más o menos regular, no debemos darle una patada pues, tal vez, estemos golpeando un trozo de mezquita, de muralla, de altar o de horno donde se coció pan, de ese pan que sabían hacer mejor que nosotros.


   Al final del paseo de la Feria, antes de enlazar con la Avenida de los Toreros, se encuentra La Chata, la plaza de toros de Albacete, tenida por don José María de Cossío como "una de las más excelentes de España". Sus arcos de herradura le dan un aire  mudéjar y a algunos les recuerda a la Monumental de Las Ventas, en Madrid. En realidad deberíamos invertir los términos de esas memorias, pues fue ésta antecedente y modelo de la segunda, ambas construídas por el arquitecto albaceteño Julio Carrilero. Él les arregló lo de los toros y el almanseño Santiago Bernabéu lo del fútbol.  De lo demás no tenemos la culpa.
    Antiguamente las corridas de toros se celebraban en el Altozano, entonces una explanada frente a la iglesia parroquial de San Juan, no en el emplazamiento que hoy lleva ese nombre. Luego en la plaza llamada "de Caulin", edificada en el siglo XVIII. Más tarde entre 1828 y 1829 se construyó otra capaz de albergar a la mitad de la población de Albacete, en un lugar donde luego estuvo Casa Segundo, bodega donde mi padre me enviaba de pequeño a por vino y gaseosa. Por fin en 1916 reunieron 338.250 pesetas para levantar otra mayor y más sólida, la actual. Sus obras se iniciaron en 1916 y se terminaron en septiembre de 1917, para la feria. Estos datos nos demuestran que en Albacete nos cunde mucho más edificar plazas de toros que catedrales góticas y que en las devociones locales ha habido prioridades que dejan mejor a la fiesta que a la fe. Que el Señor nos perdone.
    Frente a la puerta principal de la plaza y la estatua de Chicuelo II, los Jardinillos de la Feria, uno de los más antiguos de Albacete, de principios del XIX. Mucho más antigua es esa portada que se trasladó aquí desde el edificio de la feria cuando por ella no podían enhebrarse las manadas feriales. En realidad no se trasladó la puerta de los Hierros original de 1783, que se destruyó en 1970 siguiendo nuestras tradiciones arramblatorias, sino que se hizo una réplica. Si no lo cuentas pasa por la original, astucia también universal.
   En la calle Ancha todos los edificios eran más o menos así a principios del siglo XX, de esa altura y ese porte, mezclando estilos clásicos con modernistas, art decó o una lejana inspiración renacentista o neobarroca, entre otras. La Primera Guerra Mundial, la que llamaron Gran Guerra, pues orgullosamente todas las antiguas les debieron de parecer pequeñas o creyendo que ninguna igual habría después, y que se celebraba por esas fechas, trajo a algunos lugares neutrales tanta prosperidad como a otras destrucción, motivo principal por el que se producen las guerras. Por eso me permito eso de 'se celebraba', algo que resulta cruel pero hasta cierto punto real si hablamos de ciertos inversores e industriales. Con esas ganancias se levantaron algunos de estos edificos, la verdad sea dicha. El caso es que se levantaron, que el dinero no se puede esconder, y a pesar de los distintos antecedentes y modelos que los inspiraron, conferían una cierta unidad a esta calle, la principal de la ciudad, antes y ahora. Mucho hemos hablado de la idea sobre el progreso que arrambló con gran parte de ellos, sustituyendo la línea de sus tejados, recta y apacible por la actual, quebrada e inquietante. Punto y descanso para secarme las lágrimas.
Tramo del Val General, (Calle Ancha), antes de que llegaran los almohades.
    En este caso, el edificio conocido como Montecasino, cuya cara se ha lavado recientemente, sigue en pie, aliviando nuestras penas ya que, afortunadamente, no es el único. La calle se llama por este tramo Tesifonte Gallego, que fue corresponsal de guerra en la de Cuba, autor del libro "La Insurrección cubana. Crónicas de la Campaña", y más tarde director general de Agricultura con Canalejas, a quien en un principio se dedicó el parque recién creado al final de esta calle. Antes de que lo asesinaran, Canalejas había sido ministro de todo, de Gracia y Justicia, Hacienda, Fomento, Comercio, Agricultura y Obras públicas, durante la Regencia de María Cristina de Hagsburgo-Lorena y con Alfonso XIII. También fue presidente del Congreso de los Diputados y del Gobierno. Por eso, al final, el anarquista Pardiñas pensó que había que matarlo y le pegó un tiro mientras Canalejas miraba el escaparate de una librería. Sin disminuir pena ni respeto, adelantando mi obvio rechazo ante tal crimen, el tiempo pasado permite ver con cierta ironía el lance, pues en verdad resulta su muerte algo insólito en nuestro país, no por ser asesinado, cosa que se ajusta bastante a nuestras costumbres, sino por el hecho de morir entrando o saliendo de una librería, cosa menos frecuente entre nuestros últimos gobernantes, pues es excepcional que siquiera se acerquen a ellas, tal vez supersticiosos ante este precedente.
   De una foto de un día de nieve, dibujo sobre la zona de Parque Sur, con el Oratorio de San Felipe Neri a la izquierda, conocido como Los Filipenses. Ópera prima del arquitecto albacetense don Antonio Escario Martínez, edificada en 1963, como después lo fue el Museo Provincial construido justo enfrente, en el parque, edificio que deja huecos en su estructura para que los árboles asomen la gaita por su techo. También edificó el Gran Hotel Bali de Benidorm, que con sus 186 metros es el hotel más alto de Europa y fue el mayor edificio de España hasta que la Torre Espacio alcanzó los 236 en la Castellana de Madrid. Esta torre es obra del aquitecto Henry N. Cobb.
   La verdad es que si en Albacete no hay mejores edificios en general, que excelentes excepciones si que las hay,  o si se han derribado algunos que aún deberían seguir en pie, no es algo que haya que achacar a los arquitectos de Albacete, ni a los antiguos ni a los modernos. Pero un arquitecto dibuja y levanta lo que dedide quien paga la obra, como no podría ser de otra forma y, por tanto, en otro lugar hay que buscar las responsabilidades y malos gustos. 
   En concreto este oratorio, como podemos leer en la revista de Arquitectura y Diseño "New York International", porque si lo leyéramos en un periódico local no lo creeríamos, que así somos, pues a algunos su decaída autoestima no les permite considerarse merecedores de convivir con genios, se tiene por una de las obras más importantes de la arquitectura española del siglo XX. El señor Escario, menos una estatua de la Virgen, diseña todo el templo, hasta bancos, confesionario y ornamentos litúrgicos. Representó a España en la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2014.
   Ya que en estos escritos abundan las quejas, démosle espacio a los agradecimientos, igualmente merecidos, a quien sabe hacer y a quien deja hacer a quien sabe, entes que rara vez coinciden en cualquier tipo de actividad humana. Si se dice que en toda estructura jerárquicamente organizada el trabajo busca los niveles inferiores, en ningún lugar se han atrevido siquiera sugerir que a la inteligencia siempre se le permita ascender hasta  los más elevados.

sábado, 20 de agosto de 2016

Dibujos de Albacete IV. Paseo de Simón Abril


   Este dibujo, estilográfica con tinta Platinum de registrador y acuarela sobre  papel Claire Fontaine Extra Rough de 300 gramos, de 20 x 40 cm, que todo hay que decirlo, recoge una vista del Paseo de Pedro Simón Abril, de Albacete, eliminando en el dibujo un edificio en el primer plano a la izquierda que taparía parte de esa otra hermosa construcción, una de las dispersas sedes anteriores de la Policía Nacional. Este cuerpo las ocupaba hasta que les construyeron un nuevo, amplio y alegre edificio al lado del Puente de Madera, cerca de donde estaba la cárcel, y algo más lejos del cerrico donde estuvieron mucho antes el rollo —o picota— y la horca. Es una construcción con ventanas de colorines que dan lugar a que muchos la confundan con una guardería, error que para algunos puede resultar trágico.
   Es uno de los pocos edificios de época y porte similares que quedan en pie en un paseo en el que a principios de siglo pasado construyeron sus viviendas suntuosas y ajardinadas las clases acomodadas de Albacete, frente al Parque recién plantado, algo en las afueras, pero sin perder de vista los edificios de sus negocios: clínicas, comercios, bancos, hoteles o el casino de los hombres primitivos, que habían levantado en predominante estilo modernista en la cercana y estrecha calle Ancha. Torciendo a la derecha, Avenida de España, el majestuoso instituto "Bachiller Sabuco".
   Don Pedro Simón Abril, que da nombre a este paseo arbolado que curva suavemente sus brazos para abrazar al parque a lo largo de este tramo, nació en Alcaraz en 1530 y fue un eminente humanista, pedagogo, gramático y traductor, en su condición de excelso helenista y latinista, cuyas versiones en español fueron utilizadas durante siglos. Fue un teórico de la traducción, de la que decía: “El que vierte… lo vierte como de suyo, sin que quede rastro de la lengua peregrina en que fue primero escrito”. Por enseñar en Huesca donde, al parecer, no debía hacerlo por carecer de permiso, fue excolmugado, que su vida no fue tan plácida como a un ratón de biblioteca cabría suponerle. Publicó en 1589 sus "Apuntamientos de cómo se deben reformar las doctrinas", lo que ya era tentar la suerte.

   Por aquellos años, la ciudad de Alcaraz, en la sierra albaceteña, empezaba a mostrar una menguante prosperidad económica pero un poderío cultural que se nos revela al considerar que, subiendo sus cuestas, nos podíamos encontrar con el arquitecto Andrés de Vandelvira, que construyó su hermosísima plaza renacentista, la casa de la Aduana y muchos nobles edificios de Úbeda, Baeza o Jaén. Entre otros ilustres caballeros y damas del lugar, también nos toparíamos con el bachiller Sabuco, gran filósofo y entendido en medicina, aunque parece que no fue médico, tal vez boticario, empujado a su ejercicio por las epidemias que diezmaban la ciudad, confundido quizás con algún pariente del mismo nombre, y con su hija Oliva Sabuco de Nantes, de cuya obra "Nueva filosofía de la naturaleza del hombre", publicada en Madrid en 1588, siguen discutiendo ciertos especialistas a quién atribuir la autoría, al padre o a la hija.
    En su testamento el bachiller se adjudica él  mismo la obra, diciendo haberla atribuido a su hija para acrecentarle la gloria, que no el provecho. ¡Vaya padre! Muerto dos días antes de testar habría quedado mejor ante la historia, si no como filósofo, sí como amante progenitor, aunque la culpa, como es natural, la tenía el yerno. Según afirma y demuestra mi profesor de filosofía don Domingo Henares, y de ello entiende, el autor fue el padre, no la hija. Y lo siento. No sé por qué, pero lo siento. Don Aurelio Pretel, medievalista que sabe más de Alcaraz que el ordenador de Montoro, remata la jugada en una publicación del Cultural Albacete, y en ella apuntilla las tesis proolivescas de un profesor que conoció hace poco la existencia del tal bachiller Sabuco y de su hija, intrigado por el nombre del instituto en el que trabajaba,  docente que se metió brioso y altanero en estas esgrimas sin calibrar adecuadamente lo afilado del florete de don Aurelio.

   Unos pocos años después por allí andaba como profesor de latinidad don Pedro Collado Peralta, autor de "Explicación del libro cuarto del arte nuevo de gramática de Antonio", refiriéndose a Nebrija con gran familiaridad, como se ve, aunque es altamente improbable que hubieran comido juntos, entre otros motivos porque Nebrija había muerto en 1522. En 1601, nacería allí el padre Sebastián Izquierdo, autor de "Pharus Scientiarum", y no son los únicos que daban lustre a esa ciudad medieval fortificada, que fue última frontera frente al reino nazarí de la próxima Granada.

   La estadía de Simón Abril en Alcaraz, su pueblo, distó mucho de ser gloriosa, pues no fue especialmente valorado como docente, cosa no rara en nuestro oficio, siendo obligado a examinarse a pesar de ser un reconocido catedrático que había ejercido anteriormente en algunas universidades españolas. Sus frecuentes ausencias y abandonos de las labores docentes viajando a Madrid y Toledo para tratar de reimpirmir sus traducciones sobre Aristóteles o de las seis comedias de Terencio,  tampoco ayudaron a elevar el aprecio local y, para rematar la suerte, tras conseguir un aumento de sueldo de 30.000 a 40.000 maravedíes, tuvo que salir por piernas de Alcaraz por un lío de faldas, según he leído, aunque ahora no encuentro dónde. Tengo que preguntarle a don Aurelio Pretel.

    Ambos Simón Abril y el bachiller Sabuco intentaron ser reformadores de la enseñanza, de las leyes, la administración del reino y de todo lo divinio y lo humano, para el bien de la res publica, con escaso éxito, como tantos otros, pero asombra leer como Simón Abril propone métodos de aprendizaje de la lectura y la escritura para inculcar tales ciencias en las "tiernas molleras de los niños", o Sabuco propone eliminar las más de las leyes, asfixiantes, heredadas de los romanos en un latín incomprendido por los más y que dejaban poco campo a la vida real. De paso, dejaba constancia del paso del cometa Halley por los cielos de la sierra alcaraceña en 1572, que nada escapaba a su escrutinio. Simón Abril en sus "Apuntamientos" y Sabuco en su "Coloquio de las cosas que mejoran este mundo y sus repúblicas", vienen a coincidir en no pocas cosas, como cuando este último señala el gran daño y perdición que significan los pleitos y su duración:


 
   Bueno, pues Simón Abril tiene un paseo en Albacete, Oliva Sabuco de Nantes otro y su padre un instituto, el más bonito, además. A Simón Abril se llega por Arquitecto Vandelvira. Sabias decisiones bautismales en la onomástica viaria, no siempre acertadas ni duraderas. 
   Escarbando entre legajos digitales, lo que es la vida, vuelvo a aprender de don Domingo Henares, a quien tuve como profesor de Filosofía en bachiller hace más años de los que yo quisiera y ahora descubro como uno de los dos sabucólogos punteros del mundo, junto al francés Guy, filósofo en Touluse-Le Mirail que considera a Sabuco precursor de la medicina psicosomática. En los interrogatorios en la pizarra, tras advertirnos que para hablar de Platón o de Aristóteles habia que levantarse de la silla, nos escuchaba atentamente y concluía que a los de letras, aun cuando no dijéramos nada atinado, daba gusto oírnos. También me encuentro con frecuencia rebuscando en los archivos con don Alfonso Santamaría Conde, a don Samuel de los Santos Gallego y a don Daniel Sánchez Ortega, que fue mi último maestro antes de ingresar yo en el Instituo Bachiller Sabuco y él en la mili. De este último recuerdo haber colaborado en pintar unas enormes carabelas que todos los días descubrían América desde el mar de la pared de nuestra clase, o verlo esculpir en arcilla una imagen de la Virgen, no sé si del Pilar o de los Llanos, para llevarle flores en mayo.

   Como otros no se han dedicado a la investigación ni han  publicado, que yo sepa, el producto de su sabiduría, que no era poca, desafortunadamente no tropiezo ni con doña Rosario Juncos Sáez, mi primera maestra, ni con don Samuel o don Jesús José, mis queridos profesores de latín y griego. Este último, sacerdote adscrito a la catedral, se emocionaba hablándonos de Atenea, la de los ojos de lechuza, o se acaloraba escenificando escenas de la guerra de Troya, cual Ajax con sotana. Con ellos aprendí a disfrutar con las resonancias de palabras como platirrino, nematelminto, cefalópodo o mitocondria. Lo poco que sé de ciencias lo aprendí en griego. Y no sé cuántos euros debe Grecia al resto de Europa, pero los actuales europeos, cuanto más al norte más bárbaros,  no quieren hacer cuentas de cuánto debemos a este pequeño país. Hasta el nombre (Εὐρώπη), mucho más de lo que todo el dinero de Draghi podría nunca pagar. Tambien nos contaba con entusiasmo don Jesús José la feliz coincidencia toponímica entre la aldea de Los Pocicos, donde el pan, y Puzzuoli la de las aguas volcánicas, la latina Puteoli, que fue colonia griega con el nombre de Dicearquía, 'el lugar donde reina la justicia'. Hasta me ha acrecentado el disfrute de ver salir el sol en la zona de Jávea y Denia, la Hemeroscopeion griega, (Ἡμεροσκόπειον), la que mira el día, el primer lugar donde amanece en nuestra península, de la misma raíz que hemeroteca. La Diánion (Διάνιον) griega, la Dianium romana, la Denia española.

    Tampoco me cruzo con don Abelardo Cuesta, el padre de Drake, gran batería y bongosero, —Drake, no su padre, aunque no hubiera sido raro—, ni doy con otro profe cuyo nombre lamento no recordar, procedente de Canadá creo, tan buen dibujante como persona, gran fumador de Bisonte, ni con don Vicente Gaitano, que fueron todos ellos mis profesores de dibujo. A este último, vecino mío, le obligaron a impartirnos geografía de España y nos hizo aprendernos los pueblos de España en verso: 

Albacete, Hellín, Almansa,
Chinchilla, Alcaraz y Yeste,
La Roda y Villarrobledo,
Casas Ibáñez, Caudete,
Madrigueras y Tobarra,
Tarazona y Montealegre.

Madrid y Navalcarnero,
Chinchón, Pinto y Colmenar,
Buitrago, El Pardo, Getafe,
Torrelaguna, Alcalá [...]

Soria y ruinas de Numancia, 
Burgo de Osma y Almazán [...]

Y así, todas las provincias de España, en cuyo mapa aparecían aún el Sáhara, Fernando Poo, Guinea Ecuatorial, Sidi Ifni y otros restos coloniales y ultramarinos.

    La verdad es que se lo curró don Vicente. También es verdad que lamento no haber conservado mi cuaderno de Geografía, cada provincia con su mapa y su verso. Sería algo impagable. Sí conservo, a Dios gracias, los apuntes de Historia y de Historia del Arte, los morosos cuadros sinópticos con que don Alfonso Santamaría Conde condensaba en la pizarra la ciencia que iba desgranando, apoyado en cientos y cientos de diapositivas. Con él visité por primera vez la Cueva de la Vieja de Alpera, el castillo de Almansa, Chinchilla, Alcaraz y otros lugares. Lo de Alcaraz no se me olvida pues,  en un archivo-desván, lleno de libros, papeles y palomas, habían descubierto y desemparedado parcialmente un par de momias, aún con pelo, a las que los más díscolos intentaban meterles un dedo en el ojo, en las cuencas de un calavero forrado de pergamino, ya bastante desmejorado, aprovechando algún descuido de don Alfonso. Goscinny, en El Pequeño Nicolás, —el amigo de Alcestes, no el fantasma actual—, ha tenido que inventar poco. En la figura del malvado visir Iznogud, que quería ser califa en lugar del califa, el bondadoso Harun-el-Pussa, tampoco, que vamos camino de las terceras elecciones.

     A algunos de mis amados profesores, como digo, no los encuentro, pero no los olvido. Sí que he dado con don José García Templado, al que localizo en la Complutense, un verdadero lujo de profesor de Literatura, ya en el Instituto Tomás Navarro Tomás, que entonces era simplemente "el dos". Contagioso su amor por el teatro, cuyas pausadas lecturas y comentarios en clase usando bien encuadernadas antologías de Martín de Riquer, de tapas verdes si no recuerdo mal,  han ejercido más y mejor influencia de la que él, —imposible que me recuerde—, podría nunca suponer. Siendo nuestro profe, cuando dió a luz su mujer, fuimos una comitiva a su casa  en la calle Dionisio Guardiola a llevarles un regalo agradecido. Que nos llevara a ver Tirano Banderas al Teatro Circo y cuantas obras allí se representaban, me permite hoy recordar a actores como Manuel Dicenta en escena y a disfrutar del teatro y de la literatura. A él le escuché por primera vez nombrar a Chejov. Lo he encontrado en facebook y le he enviado una petición de sincera amistad, ya que no hay peticiones de agradecimiento en ese antro de perdición telemática.

   De Ciencias sólo recuerdo bien a Sotoca, mi mejor profe de Matemáticas, orondo hermano gemelo del notario que escrituró la casa que aún estoy pagando. No sé si tuvo algún error, pero se me está haciendo eterno. Tampoco olvido a don Francisco Pérez, "Menos Uno" por mal nombre pero, más que en clase, en esas aulas con tarima para el dómine y grada para los pupilos, se me representa en la calle, de porte magro, gafas de Woody Allen, pelo crespo, canoso y algo enmarañado, traje también gris con el pantalón hasta medio pecho y el País bajo el brazo, rumbo al Milán, pues sólo estuve en su aula una hora, lo que duró el examen de matemáticas de primero de bachiller al que me presenté en convocatoria libre en septiembre. Tuvo sobrado tiempo con esa hora para calibrar mi ignorancia numérica y me suspendió como era su costumbre, aunque supongo que justamente, poniendo un borrón no repetido en mi inmaculado expediente. Cuando oigo hablar de polinomios, algo que siempre me ha sonado a cosa insana e infecciosa, bullendo llena de patas, me sale un sarpullido. Un logaritmo, aunque ya me parece algo más cantarín, también me da grima. Si es neperiano, por demás.

   Pero, visto lo visto, no tengo la culpa de mi desafección hacia los números., pues compruebo hasta qué punto me gusta lo que me gusta, soy como soy y pienso como pienso gracias a estos entusiastas colegas docentes que nos inculcaron el aprecio por las palabras y el pensamiento, el disfrute de la lectura, el amor por la historia o el respeto y admiración por los restos del pasado. A alguno de ellos, coincidiendo en alguna cafetería, he tenido ocasión de darles un abrazo agradecido e intentar invitarlos a un café, sin pretender que reconozcan en mis restos a un muchacho que tuvieron en su clase cuando ellos tenian 30 años y yo 15 o 20 menos que ellos. En mis 38 años en la escuela siempre los he tenido en mente, intentando, dentro de lo posible, parecerme a estos profesores con los que he tenido la suerte de aprender.

   También gracias a estos impagables —y escasamente pagados— docentes, sobre todo a la lectura que consiguieron hacerme tan agradable como imprescindible, al echar mano a la cesta buscando la cereza de Simón Abril, salen enredados con ella otros personajes, recuerdos, historias, y sentimientos que uno creía olvidados.  Ya me perdonaréis mi consecuente desparrame y dispersión.


"Nueva Filosofía ..." Sabuco- Biblioteca Digital Hispánica
"Apuntamientos de cómo se deben reformar las doctrinas" Simón Abril. BDH
Revista Cultural Albacete nº 12/13. 2008
 

Manuscrito Nueva Filosofía Sabuco
Sabuco: "De la Música: la qual alegra, y afirma el cerebro, y da salud a toda enfermedad", en la Nueva Filosofía...