miércoles, 5 de junio de 2019

Denia - Mayo 2019


     El castillo de Denia es inmenso y visto desde cualquier lugar da tema para pintar. En este caso es una acuarela que he hecho ya en casa. El papel es satinado, de Arches y los colores y pinceles, los de costumbre, de Daniel Smith y de Escoda. 
     Llevo un par de días haciendo probaturas con pasta de papel para dar relieve y textura a las acuarelas. En principio se me ocurrió que para los troncos de los árboles iría bien, pues permite aplicar la pasta y hacer rayaduras antes de que se haga de una pieza. Luego, al usar la acuarela, sobre todo si es un pigmento que sedimenta mucho, el color se deposita en unos lugares y se frena en otros, con lo que se resaltan esas líneas que antes habíamos hecho. Visto con luz lateral, como en la foto, parecen pinceladas con óleo y mucha carga.
   Como una cosa lleva a otra, resulta que acabamos haciendo una acuarela con textura de óleo, aprovechando una foto del castillo de Denia. No sé si merece la pena o si, ya puestos, convendría usar óleo directamente. Hace mil años que prefiero la acuarela, por su transparencia, por lo sencillo de los materiales, por usar papel como soporte, por lo fácil de la limpieza y por que no me gusta como huele el aguarrás. Como experimento está bien. Seguramente seguiré utilizando el sistema para los árboles, intentando depurar esa técnica, pero no descarto volver a trabajar más en serio este sistema al que he llegado de casualidad. Por lo pronto me gusta, sobre todo porque invita a dar otra clase de pinceladas y trabajar con manchas y poco detalle. Veremos.   

      Los amaneceres y las puestas de sol desde este lugar de la costa son espectaculares. Una acuarela sobre Arches satinado y con colores de Daniel Smith.

   En la entrada de la casa, pegada al muro y con el mar al fondo, una maceta con unos cactus en flor. Papel Arches satinado y pigmentos Daniel Smtih.

    Ya son tres años seguidos que por las mismas fechas, finales de mayo o principios de junio, pasamos unos días en Denia. Para llegar a Denia, o bien a la vuelta, suele haber paradas en Altea, Benidorm o Calpe, que es difícil pasar de largo. Una casa en la misma orilla del mar, con una terraza donde pasar las horas viendo amanecer o ponerse el sol. Llegar y salir los barcos de Balearia, otros más pequeños de pesca a media tarde, seguir con la vista a los pájaros buceando dando curvas vertiginosas persiguiendo pececillos que mucho abundan por allí. A veces les echamos pan y acuden a docenas bullendo a su alrededor y empujando la sopa de aquí para allá, compitiendo con algún cangrejo que aparece de entre las rocas. Algunos de estos cangrejos son enormes; los peces no suelen tener gran tamaño, al menos los que ser acercan tanto a la orilla.
    Siempre es una tentación intentar pintar o dibujar la transparencia del agua, las rocas del fondo y las plantas de colores brillantes, como las rocas, rojizas, blancas, ocres, con sombras fuertes a estas horas.
    También una acuarelilla con un barco de los muchos que pasan por allí, ya al atardecer.

        Es buena costumbre comer en el puerto de Calpe, con el peñón enfrente. Rara es la vez que no sacamos el cuaderno para dibujarlo de nuevo. Al menos hacerle alguna foto para pintarlo después con más calma.
    Como es el caso de esta acuarela sobre Altea. De las muchas fotos que hemos hecho allí, vuelvo ahora a pintar ese rincón, uno de los muchos que podemos encontrar en sus calles.

domingo, 2 de junio de 2019

5 Árboles mayo 2019

    Cinco árboles. Cuatro de mayo y uno de junio, recién terminado. Este último es la acuarela anterior, un hermoso y antiguo olivo de Ulldecona. Sobre un papel Fabriano (36x50 cm) que ya tengo bastante tiempo, con una textura tramada como una tela de óleo. Lamento que se termine ese block, porque seguramente sea un papel que ya no pueda reponer y me gusta mucho.
     Con pigmentos de Daniel Smith, más unos toques de blanco muy espeso y dos pinceles de Escoda. Uno de ellos de petit gris del 12, de un mechón largo y asimétrico, ancho pero afilado y otro, un rigger Versátil del 2 para las ramas más finas.
     Además de la propia textura del papel y la que proporcionan algunos de los pigmentos, como el lunar black, se ha resaltado con pinceladas rápidas y casi secas y con algunas líneas finas sugiriendo las grietas y relieves, sin entrar en demasiado detalle.
     Las hojas prácticamente se han pintado con azules, lapislázuli, sólo o mezclado con amarillo, y con índigo o cerúleo. El tronco, mezclas de siena tostada con ultramar o con lunar black. Y poco más.
   La anterior acuarela, unos troncos de Quercus rotundifolia, carrasca o encina para los amigos. El papel de de Garzapapel, los pigmentos de Daniel Smith y los pinceles de Escoda. Ya casi sobra decirlo. el marrón es siena tostada con ultramar o Hematita. Las sombras con amatista y algo de ultramar. Las hojas con sap green, jadeída y toques de gold de quinacridona. A veces se sombrean con algo de amatista. Las texturas, pinceladas muy secas y rápidas de hematita o lunar black,
    La anterior acuarela, también sobre Garapapel, un tronco de pino trabajando las texturas con pincel despeluchado, de esos chinos de caligrafía. en este caso, los verdes llevan mezcla de turquesa, lo que se acerca al viridian o al esmeralda. Toques de cobaklto. El tronco a base de azules y gris neutro, con meclas de un marrón parecido al rojo de Venecia.
   Una vista parcial, muy parcial, de un álamo inmenso cuando está sin hojas. este árbol lo he pintado en primavera, verano, otoño e invierno, casi siempre a trozos porque es inmenso. Se encuentra en la Casa Gil, en Alpera (Albacete) y aparece en las guías de árboles singulares de Albacete y de Castilla-La Mancha. Se lo merece el abuelo.
    Papel satinado de Arches, de forma que la textura hay que hacerla a base de pigmentos que granulen, trazos con pincvel seco y unos toques finales de lápiz blanco graso. Se juega mucho con el color, diferente según las zonas del árbol. Son los colores que uso habitualmente: siena, ultramar, amatista y verde de jade. El cielo cerúleo y cobalto.

    Por último, un árbol de Aranjuez, de una foto propia de hace unos años. Desde luego la foto y el viaje ya los he amortizado porque este árbol y algún otro de allí los he pintado muchas veces. tanto con traje de verano como de otoño.
    En este caso estaba de estrena con una tinta de nogal de Daniel Smith. Vale tanto para caligrafía como para dibujar, con un tono cálido y bastante transparente. Para contrastar, realzo las sombras con una tinta muy especial. Ya la he usado y comentado otras veces. La compré en ebay hace unos años, unos cubiletes con cristales para hacer media pinta con cada uno de ellos. Aparece en el catálogo de la casa E.E. Babb de 1899. No sé durante cuánto tiempo la siguieron fabricando, pero posiblemente tenga un siglo. Funciona bien incluso con estilográfica. Me encanta porque es muy fluida, transparente y algo azulada al disolverla con agua en el dibujo. Con la calidez de la nogalina se lleva bien.
    El dibujo se hace sobre un papel crema verjurado, DIN-A4, con plumilla flexible, una Gillott 303, y luego se extiende con pincel. Se van reforzando algunas zonas de sombra y sugiriendo algunos detalles, a veces en seco, otras aprovechando la humedad del papel. Por fin se añaden las sombras mas fuertes con este negro azulado. Cuando se usa sin disolver la tinta es negra.

viernes, 3 de mayo de 2019

Acuarelas primaverales

   Con los viajes, las lluvias y demás, las acuarelas que he ido haciendo en estas últimas semanas se han quedado en el tintero. En esta entrada se recopilan algunas de ellas, unas desde febrero, otra, la primera, de esta misma mañana.
    Estos linces ibéricos asomados a unas peñas dan ocasión a probar las texturas y los pigmentos que habitualmente utilizo para los troncos de los árboles. Prácticamente toda la rugosidad, salvo algunos salpicados, sale de la fragmentación de los pigmentos, pues al ultramar y al siena tostada le añado lunar black, sodalita y amatista, según zonas. Los linces, el blanco del papel y siena tostada, con sombras del siena mezclado con el ultramar. Estos pigmentos de Primatek granulan mucho y para estas cosas vienen bien.
   El lunar black, un pigmento de magnetita, mezclado con cualquier color, produce esas texturas granuladas, y se puede ir inclinando el papel para que las particulas se posen en el grano del papel en las zonas que mejor nos venga, llegando a formarse ondas marmoleadas si ponemos bastante agua. Es el mismo pigmento que vende Kremer en pastilla y que ahora igual, o muy similar pues es más cálido, ha empezado a comercializar Van Gogh con el nombre comercial de negro óxido. En lugar de quedar el fondo blanco en las zonas donde no se depositan las partículas, más finas en Van Gogh que en Daniel Smith, queda ligeramente tintado de marrón claro. Es similar en todo menos en el precio, mucho más barato Van Gogh. De todas formas es un color que sólo se utiliza en pequeñas dosis con lo que dura una eternidad.

    De un viaje rápido a Alicante, aprovechando que eran los días de más tráfico por la semana santa y que llovía a mares, que parece que nos gustan los peligros, unos montes por Castalla, en la ruta por Alcoy hacia Alicante, brumosos por la cortina de agua que caía, escena que me traigo en la cabeza para pintarla en casa al llegar. Los colores de costumbre, azul oscuro de sodalita, verde de jade y lunar black. Algunos toques de azul cerúleo. lo de los peligros, desde luego no buscados, no es una exageración. El coche parace que circulaba a un palmo de la carretera entre la lluvia y el viento intenso. De hecho vimos un accidente y en otro momento un coche nos hizo un trompo en una rotonda que no nos dio por un pelímetro. Como en la fórmula 1.

   Un cielo nuboso sobre unas viñas. Las nubes salen de mezclas de índigo con carmín de alizarina, como los clásicos. Este azul serio va muy bien a veces. Sienas para los tonos cálidos de la cercanía. Esta acuarela sale de unas fotos de un anochecer por Daimiel.
    Desde el cabo de la Nao en Jávea, una vista de esa costa tan hermosa que asoma entre los pinos. No sé cómo me las arreglo, pero siempre acabo pintando árboles.
   Llegada la primavera volvemos a pintar flores. La anterior es el rincón de mi mesa con las ventanas que dan a la calle y al balcón. Cintas, pensamientos, orquídeas, violeta africana, papiros, calas, cóleos y algún cactus. El fondo azul cerúleo, los verdes jade y sap green. Sombras de sodalita y amatista. Voy a tener que sacar algunas de aquí que me invaden la mesa. Algunas las planté hace unos meses y van invadiendo el espacio, bien cuidadas por tenerlas tan a mano, el sol de la ventana y un radiador al lado. Las orquídeas sin flor, caída una que compré hace unas semanas y la otra que ya tiene cinco años y que por primera vez, no ha florecido. Misterios de la naturaleza.
   Dos vistas de una acuarela sobre pensamientos en una maceta orientalizante, pura invencion, siguiendo la técnica para pintar cacharros de Geoffrey Wyne que ya he contado en varias ocasiones. Lo que sí existe, además de los pensamientos es la mesa y ese tapete de ganchillo que hizo mi madre. También el gato. Esta acuarela ya tiene casa. Una buena casa de unos buenos amigos, dueños del gato.
    Una vista de las cimas de la sierra del Segura, en Albacete, hecha a partir de una foto de unos amigos, pues hace tiempo que no puedo llegar tan alto andando. Ni mucho menos, para qué nos vamos a engañar. Para las montañas del fondo recurro al lavanda.

miércoles, 10 de abril de 2019

Dibujando entre palmeras. Elche 2019


    Un año más en Elche, dibujando entre palmeras, que es como se llama el encuentro de cuadernistas que allí se celebra este año en su quinta edición. Organizado por Cuadernos Viajeros, como en años anteriores acudimos varios miembros de Ladrones de Cuadernos procedentes de varios rincones de España. Cuando volvemos año tras año por algo será. Siempre hace buen tiempo, si por ello se entiende que hace sol y buena temperatura, aunque después de tantos meses sin llover los agricultores y yo, entre otros, agradecemos la lluvia que a ratos nos acompaña en esta ocasión. Al momento, el cielo volvía a lucir como en esa foto con azules de Elche.  Como la mayoría somos acuarelistas, el agua tampoco viene mal, las calles se llenan de reflejos que duplican la belleza del lugar, las palmeras brillan, los campos y los jardines se riegan y toca tomarse un café o un pacharán a cubierto.
   Tras la acreditación habitual en la Calahorra, primer encuentro con los amigos de Elche, hacemos el primer dibujo, ya bajo techado pues caen unas gotas. Ello nos permite dibujar un entorno ya conocido y dibujado, hoy con un color y unos reflejos inéditos. Como es costumbre no dejamos de añadir en el encuadre uno de los árboles de esta amplia plaza, amenizada por paseantes bajo el paraguas, eligiendo colores menos brillantes que en ocasiones anteriores. Allí, mientras dibujamos en el cuaderno, vamos viendo llegar a antiguos amigos que vienen desde Barcelona, El Escorial, de Ciudad Real, Madrid y de otros lugares. Gran alegría al verlos, tras preguntarnos por otros de Valencia, Zaragoza, Huesca o Asturias que en esta ocasión no han podido venir. Nos veremos en El Escorial, próximo encuentro.
    Cada uno con su gavilla de cuadernos, llenos y a medio, sus docenas de plumas y rotuladores, sus cajitas de acuarelas de todos los tipos y tamaños y, sobre todo, sus distintas formas de hacer. A lo largo de todo el encuentro es un continuo trasiego de cuadernos, viendo las maravillas que en ellos se hacen, algunas verdaderamente asombrosas. Unas rápidas, otras morosas, serias o coloridas, de tamaños distintos, a hoja completa o mosaicos de pequeños dibujos rodeados de arduas explicaciones y recuerdos caligrafiados, presentados por rótulos elaborados que a veces recuerdan manuscritos miniados con su capitulares, sus grafías y sus sorprendentes ilustraciones. Paisajes, edificios, personas, pueblos y ciudades, montañas y valles, árboles y flores, bares y catedrales llenan esas páginas. A veces se pegan hojas secas de flores o árboles, sellos, entradas o tikets, se estampan sellos de las estaciones de cada personal camino de Santiago. Sin duda es uno de los mayores placeres de estos encuentros. Se disfruta y se aprende, se comenta y se comparte, se habla y se escucha, se mira y se muestra. En fin, sólo por eso merecería la pena acudir a estos encuentros.
   La verdad es que también se come y se bebe, pues nunca perdonamos los calamares ni el pacharán. Miles de cortados, algunas cervezas y montaditos, y una comida de hermandad, multitudinaria en esta ocasión, que da la oportunidad de conocer y conversar con otras personas con las que no habías coincidido con anterioridad. Dada mi vida monacal, agradezco mucho estas conversaciones que te permiten conocer a personas de otros lugares y de otras profesiones, con otros intereses y otros conocimientos. Estas charletas a veces llevan a temas inusuales e inesperados, a lugares e historias sorprendentes. Junto a los cuadernos es otro de los encantos de estas juntas.
    El año pasado estuvimos en el Raval, antiguo barrio árabe que hace poco cumplió 750 años. Desde 1265 era el barrio de la morería, hasta 1526 cuando la conversión forzosa de los moriscos que lo habitaban, lo que le da un carácter especial al barrio, especialmente por el trazado de las calles, laberíntico como solía ser. Merodeo por la zona en el coche, sin  encontrar un lugar donde dejarlo. Hacemos unas fotos y buscando sitio más despedado vamos al mercado cruzando uno de los puentes que llevan a la otra parte del cauce del Vinalopó que sólo cuando hay grandes lluvias lleva agua. Cuando no, lleva dibujos, kilómetros de ellos.

     Paramos cerca del mercado, donde compramos salazones y algas. Hacemos un dibujo y acabamos en la terraza de un bar desde donde bajo un cielo soleado, tomando una cerveza, hacemos otro dibujo de ese puente, el cauce y los árboles que alli alcanzan una altura notable.
    Mi buen amigo Joshemari Larrañaga me regala un dibujo que hace en uno de mis cuadernos. De pie en medio de la plaza, mientras caen algunas gotas, lo hace a una veclocidad que no les da tiempo a caer sobre el dibujo. Luego, si alguna cae, la aprovecha para extender la tinta de algunas líneas para sacar unas sombras.
     Bajo la sombrilla de una cafetería hacemos un esbozo a lápiz de la portada de este convento que al año pasado pintamos por dentro. En todos los dibujos colocamos los cuños del Encuentro, para el recuerdo.
    Ya el domingo por la mañana, después de desayunar tras la Calahorra, frente a esa hermosa pared tapizada por un jardín colgante, se cuelgan algunos de los dibujos y cuadernos en una colada sujeta con pinzas que siempre dibujo. Es ocasión aprovechada para ver con detenimiento algunos otros cuadernos, verdaderas joyas. Cuestión de tomar nota de blogs y paginas personales para seguir disfrutando de la producción de algunos amigos, unos antiguos, otros nuevos. Ya antes lo habíamos venido haciendo, como es el caso del libro recién publicado por Joaquín González Dorao sobre su último viaje a Argentina. Como los anteriores, el libro será hermoso, pero ver el original y tenerlo en las manos es algo impagable. Terminamos con la tradicional foto de familia.


   Es hora de ir volviendo cada uno a su sitio, que a veces está lejos. Nos quedamos a comer con un pequeño grupo de amigos y amigas, y allí nos despedimos de ellos, entre los que están quienes nos invitaron la primera vez, Juan Llorens y Ramón Sempere. Por ellos, por Dolça, Blasco y por otros, tantos que sería largo nombrarlos a todos, no hemos dejado de regresar a Elche.


sábado, 16 de marzo de 2019

Cieza y Valle de Ricote. Floración 2019

   Una vez más nos acercamos a Cieza para disfrutar de la floración. Aunque conviene visitar la zona cuando sus campos están adornados por las flores multicolores de millones de árboles frutales, siempre hay muchas otras cosas que ver, historias que conocer y delicias que comer. Incluso árboles antañones con leyenda, que no libran ni toman vacaciones.
   Hacemos muchas fotos de la floración por los alrededores de Cieza, aunque en esta ocasión dedicamos un tiempo a visitar ciertos árboles que merecen especial atención, respeto y un dibujo. Las fotos quedan para acuarelas en casa, de forma más reposada y a tamaño poco manejable en el lugar de los hechos. No me gusta plantar un caballete en un bancal para pintar allí mientras pegas la hebra con los encimarios. O los aventas, según su actitud. Me me he vuelto muy cómodo y a veces arisco.
    En un cuaderno Fabriano de 15x23,5 cm, vertical, que abierto da una superficie de 23,5x30 cm. de buen papel, se hacen unos dibujos con pluma estilográfica, tintas negra o marrón indelebles, para colorearlos con acuarela posteriormente. También en cada uno de estos dibujos se cuenta por encima la historia o la leyenda de estos monumentos vivos.
    En el primero de ellos, separándonos de la hermosa vereda que corre paralela al Segura, Cieza a la izquierda, nos acercamos a la Acequia de la Andelma, fuente de agua en árabe, para ver y dibujar la Olivera llamada de los fantasmas o de el Algás. Una hermosura. Sus raíces beben de la acequia y parte del cuerpo del olivo está enterrado en ese ribazo húmedo y sombreado. En la otra parte del puentecillo sobre la acequia crece enmarañada una higuera también inmensa, aunque ahora sin hojas.
   Un cartel nos cuenta la historia y la leyenda de este olivo magnífico, cuyas ramas enormes dejan en el centro un hueco inquietante. Nos enteramos de que esa olivera, antaño escoltada por fantasmas, se encuentra a unos 150 metros de unas cuevas donde en tiempos ejercían su oficio personas de moral distraída. Para evitar ser vistos y reconocidos por huertanos y vecinos, los clientes de esas casas de lenocinio se embozaban con capas o pañuelos, ocultando sus caras durante sus expediciones nocturnas. Se decía que los que se atrevieran a mirarlos a la cara, si con ellos se cruzaban, eran metidos en el agujero central del olivo, no siendo vistos nunca más. Temible. Con tales espantos intentaban chocear a posibles testigos de sus deslices, siendo zona evitada al llegar la noche por la atemorizada vecindad. Eso dice la leyenda, aunque dudo mucho de que los habitantes de las inmediaciones, incluso de las lejanías, de esta hermosa olivera, no supieran la clase de fantasmas que alrededor pululaban, así como los negocios que hasta allí les llevaban a horas intempestivas. El caso es que mucho tendría para contar este árbol si a hablar se decidiera. Pero la naturaleza nos gusta, entre otras cosas, porque ni se fija ni tiene opinión sobre nosotros. 

   También en Cieza, cruzando el Puente de los Nueve Ojos sobre el Segura, que ahora viene lleno hasta los bordes, imagino que por aguas del trasvase desde el Tajo, pues poco ha llovido en los últimos meses, llegamos a una olmeda que ya se ve desde lejos. Se trata de la Olmeda del Maripinar, compuesta por las dos filas de ejemplares inmensos que bordean la carretera. Con los troncos con banda blanca pintada para señalizar el camino en la noche, algo que hacía tiempo que no veía, estos olmos son, se nos cuenta, el conjunto de olmos comunes mejor conservados de Europa, de alguna forma inmunes a la grafiosis, lo que los convierte en un reservorio que permitiría repoblar otras zonas con ejemplares resistentes a esa enfermedad que acabó con casi todos los olmos de Europa, que antes nunca faltaban en plazas, caminos, riberas de los ríos y otros lugares. Convendría venir en otro momento en que estén con hoja, verde u otoñal. Se plantaron a la vez que se construyó ese puente de nueve ojos, con lo que sabemos que viven desde 1892-1899, cuando la guerra de Cuba. Ya tenemos otra excusa para volver por Cieza.

    Como otras veces, desde Cieza nos vamos al valle de Ricote. Ya dedicamos una entrada anterior del blog a Cieza, y otra a este hermosísimo paraje, valle del que fueron expulsados los últimos moriscos, mediante un decreto especial en 1613. Dudo que todos se fueran, y más de que otros tantos no volvieran. Ya Cervantes nos cuenta en El Quijote el reencuentro gozoso de Sancho Panza con un vecino morisco,  apodado Ricote, que regresaba a su aldea de incógnito.
   No es cuestión de repetir lo ya contado en esas entradas anteriores, volver a hablar sobre el carácter volcánico de esta zona que nos lleva a Archena, con sus aguas termales, así como del aspecto norteafricano que hace tan característico el paisaje que rodea al Segura en su lento paso por el valle. Nos acercamos una vez más a saludar a la Olivera Gorda, hacerle más fotos y dibujarla. Está cambiada, más cuidada, recién pasada por la peluquería y su tronco y ramas colosales se ven mejor. Está recién regada y en las inmediaciones la huerta y sus árboles reciben las atenciones y mimos del dueño del bancal, mientras charlamos con él y echamos un cigarro sentados en el banco que hay al lado del olivo.
   Un cartel nos relata la historia, trufada de leyendas como suele ocurrir, de esta olivera. Desde luego fue plantada por los árabes, dada su edad, siempre menor de la que se les atribuye, pero increíble. Bajo sus ramas se coronó rey Ibn Hud, de la cora de Tudmir, que se acabó apoderando de casi todo Al-Andalús en disputa con los feroces alhomades. También se nos cuenta que a su sombra los moros se rindieron a Jaime I, que hasta para rendirse es preferible estar la sombra que al sol, como en los toros. En un cartel se nos cuentan estas y otras cosas. Un incívico visitante, aunque más leido o imparcial que quien redactó el texto informativo, ha rascado la palabra "catalano-", dejando sola la más verdadera "aragonesa" como gentilicio de la corona del tal Jaume.
   Como esta olivera es tan grande todavía puede alojar más leyendas, como la que afirma que los vecinos de Ojós, tratando de arrebatar a Ricote la imagen de su santo patrón, San Sebastián, cuando su raptora comitiva  llegó a la altura de este olivo, el peso que en esos momentos adoptó el santo hizo imposible seguir adelante con su impío secuestro. Ni las caballerías podían mover el carro con el San Sebastián. Hubo de ser devuelto a su domicilio habitual y, desde entonces y a perpetuidad, el aceite producido por esta olivera es cedido  para alimentar las candelas que alumbran su imagen en esa capilla que se negó a abandonar, ayudado por esta olivera. Tal vez fuera tallado en olivo, que no en ciruelo, de ahí la milagrosa solidaridad arbórea. Me encantan estas historias.
    En el Azud de Ojós, término de Blanca, cerca del túnel y del Salto de la Novia, de trágica leyenda que por ubicua es fácil de adivinar, nos detenemos una vez más bajo el pino del Solvente, en el paraje del mismo nombre. Al lado hay una enorme higuera, más antigua que el pino, que sólo tiene unos 25 años. No es el auténtico pino a que se refiere la historia que el cartel nos cuenta. Ya se nos advierte en él que se plantó simbólicamente éste para que recordara al antiguo, pues hace siglos que desapareció el enorme ejemplar a cuya sombra se reunian los mudéjares de todas las aljamas para acordar temas importantes para los vecinos del valle, como repartos y turnos de riegos, nombramiento de cargos públicos y otras cuestiones de interés para la comunidad. Tomada Granada y en especial tras la guerra de las Alpujarras, se ven presionados a convertirse al cristianismo, arrinconándolos cada vez más hasta 1613, cuando son expulsados los moriscos del valle de Ricote, que en gran parte ya vivían como cristianos. Como antes hemos contado, ellos son los últimos en salir. Como, más o menos, cristianos, siguen reuniéndose para elegir alcaldes y debatir sus asuntos bajo ese emblemático pino. Es un buen sitio para detenerse a almorzar o a merendar si uno lleva con qué.
    En otro cuaderno, de papel kraft marrón, con lápices, pluma, acuarela y un poco de témpera blanca sola o mezclada, se hacen otros dibujos de cosas interesantes. En el anterior, una parada en la carretera bajo uno de esos olmos inmensos de la Olmeda del Maripinar.
    En el siguiente, un eucaliptus hermosísimo al lado del puente sobre el Segura que ya hemos comentado al hablar de la Olmeda. Hay muchísimos eucaliptus en la comarca, algo que no me explico, dada la afición de estos árboles por chupar agua del suelo, hasta el punto de que se usan para desecar zonas inundables. Sí me he enterado de que hay uno en Sangonera la Verde que fue el primero de ellos que llegó a España, pues las primeras semillas fueron traídas desde Oceanía, por el "evangelizador de Australia", el misionero gallego fray Rosendo Salvado, en la segunda mitad del XIX. Mala fama tienen estos árboles, pues se dice que secan las fuentes. Lo malo es que se dice con verdad, por lo que poco adecuado parece plantarlos aquí. Pero una vez plantados es un disparate, a mi escaso juicio, talar los que han llegado a centenarios, como se hizo en la mañana del 22 de noviembre de 2004 en El Palmar con el eucalipto monumental de La Fábrica y todo el conjunto. Con cinco metros de diámetro era uno de los cinco mayores de la región. Era. Este que hemos dibujado en Cieza ha tenido y tiene mejor suerte. Es una verdadera hermosura y tiene al Segura a mano, o mejor a sus pies, para beber.
   En el valle de Ricote, muchas fotos y algunos dibujos en este otro cuaderno. Palmeras, frutales, naranjos, limoneros llenos de limones y de flores de azahar, que estós árboles nunca se cansan. Hay montones de cosas que pintar. Hasta un burro ramoneando plácidamente, a la sombra y con la pereza de la hora de la siesta, en la hierba fresca a escasos metros del Azud de Ojós.

   Como casi siempre hablamos de árboles, flores del campo, trinos de pajaritos y demás espiritualidades, pudiera parecer que no nos queda tiempo para otra cosa, que vivimos del aire, que somos san Frascisco de Asís y que nada nos interesan las cosas de intendencia y los placeres de cerebro para abajo. Error. Ya hemos contado otras veces cómo hacemos acopio de miel cuando pasamos por lugares donde la producen buena, de quesos, de vinos, aceites, salazones, perniles o, usando nuestra barriga como envase, engullimos frituras de pescado, especialmente cuando pasan en minutos del mar a la sartén. No somos de los que saben por qué no beben los vinos de las tabernas, ni mucho menos; ni siquiera hacemos ascos a los pacharanes ni a los whiskies de malta. En cada sitio hay que probar su vino, su queso y su pan, incluso su agua, aunque con prudencia, y conocer su gastronomía y los primores de su cocina. Muy incompleto quedaría un viaje y el sesudo estudio de la historia y el carácter del sitio que uno visita si se limita a museos y castillos, a árboles, cerros o ríos. Siempre lo más importante son las personas que habitan el lugar que visitamos, que en definitiva ellos y sus antepasados son quienes han levantado todo lo anterior, los que han perdonado la vida, podan y riegan los árboles que tanto nos gustan, recogen las frutas que nacen de las flores que pintamos, recolectan la miel, vendimian los majuelos, pescan los peces y crían los corderos que devoramos cuando toca.
   Es la gastronomía parte no menor en un viaje que quiera conocer un pueblo, una comarca o un país. Para cubrir este apartado en una forma que esté a la altura de lo visto, tan hermoso, nos acercamos en Cieza al restaurante Tarradellas, con un sol Campsa. Teníamos buenas referencias de él, y lo conocimos porque su carta se decoró con algunas acuarelas mías sobre la floración y algún árbol emblemático de la ciudad y su entorno. Aparte de su generosa amabilidad, comprobamos que eso del sol Campsa y de los elogios que habíamos leído sobre sus fogones y trato se quedaban cortos con lo que allí probamos sentados  en la barra. Su amistad y su cocina, llena de sabores que se realzan unos a otros, buenos y variados productos elegidos y guisados con mimo y sabiduría, presentados y servidos con arte y donde tampoco faltaban las flores. Un plato decorado con pensamientos da para comer y pensar. Excelente. Muchas gracias por vuestra amabilidad. Volveremos.