jueves, 21 de mayo de 2015

EPÍSTOLAS GERMÁNICAS. 2ª Jornada




    El 16 de abril de 2015, día de san Magno de las Órcadas, san Drogón y san Toribio de Liébana, entre otros preclaros santos varones y hembras de acrisolada virtud, primer día que despertamos en Germania, fue el único en que desayunamos fuera de casa. Buscando un lugar bonito con mesas en la calle, que lucía un buen sol, dimos con la estación de tren, céntrica, hermosa y acogedora. Por antigua, lejos de los habituales espacios inmensos llenos de aceros inoxidables y luces frías. En una mezcla de todos los idiomas Pascual nos demuestra que con el dominio de unas cuantas frases y palabras de alemán, inglés, italiano, francés y español sobra ciencia para conseguir que nos saquen a la calle unos cafés con leche y panecillos con mantequilla y mermelada, ya generosamente aplicadas sobre unas tostadas sin tostar. Hacer tan buen pan es un signo de civilización, o mejor dicho de que un supuesto avance de la misma no ha hecho olvidar ese arte antiguo de amasar y hornear en condiciones, mal que padecemos en España. 
   Repuestas las fuerzas vamos para el centro, cerca del puente principal sobre el Mosela y los embarcaderos de los barcos turísticos, disfrutando de las vistas al castillo y del inusual skyline de tejados agudos, fachadas con vigas, iglesias y bares. Me detengo en un rincón que ofrece un panorama que merece ser dibujado y tomo asiento en la terraza de un bar que vende una cerveza que merece ser bebida. Estoy al lado de la Elder Gate, una de las tres puertas de la ciudad medieval que en 1689 atravesó la soldadesca de Luis XIV con fines menos pacíficos que los míos. De paso hundieron el castillo, pues los ejércitos franceses tenían tal delicada costumbre y solían perpetrar esas finezas y otras peores cuando conquistaban una ciudad. Estas son tierras fronterizas acostumbradas a ser invadidas por sus vecinos. Incluso España las ocupó desde Luxemburgo, cuando los Países Bajos eran españoles o cuando España era flamenca, que ambas interpretaciones podrían sostenerse. Formó parte de Francia durante mucho tiempo.
 
   Siguiendo el recorrido por Cochen, lugar turístico visitado, según veo, principalmente por alemanes, tropezamos con grupos de jubilados a los que han sacado para que se oreen, capitaneados por guías que portan un estandarte como los lictores romanos llevaban las fasces y las hachas, sin la leyenda SPQR, pero con mastilillo coronado por colorido cartel para que no se les disperse la renqueante centuria. De paso veo un cojo, algo que me consuela, comprobando que allí también los hay a pesar de vivir en tan desarrollado país. Aunque más ágiles e inquietos, pero no menos modosos y disciplinados, también bullen grupos de escolares a los que sus intrépidos maestros llevan de excursión para contarles la historia del lugar, mostrarles hasta donde llegó el agua del Mosela el 23 de diciembre de 1993, día de san Frideberto, (varios metros sobre nuestras cabezas),  pasearlos por esas calles y rincones de arquitectura castiza, parar para que compren un imán de nevera y un chambi y visitar el castillo antes de darles un paseo por el río en esos inmensos barcos desparramados y perezosos. Me solidarizo con los atrevidos docentes, rogando mentalmente por que no se les pierda ningún discípulo y puedan devolverlos todos a sus padres, para su desesperación.
 
    Llevamos menos de un día expatriados y las hambres se nos desatan anticipadamente, lo que muestra que nuestros biorritmos se adaptan rápidamente al nuevo ecosistema. Como para salchichas tiempo habrá que, aunque por ahora no tienen patas, imposible resulta escapar de ellas en estas tierras, optamos por un restaurante italiano, que por aquí abundan. Lo elegimos atraídos por el sol que caía sobre su terraza, elevado mirador sobre el río, el puente y las calles. El camarero, que es alemán, desconoce el español, ignora el  inglés y no entiende el italiano en que está escrito el menú que nos ofrece, por lo que hay que recurrir de nuevo a la lingua franca de Pascual y a los signos digitales, no con ceros y unos, sino señalando en el menú con el índice. Logramos hacemos traer unas cervezas y unos espaguetis bastante bien cocinados de los que Paco y yo conseguimos comer casi la mitad, igual que Segis que no pudo con su pizza, pues generosos en las dosis hay que reconocer que son estos teutones. Pascual en su línea. Como un náufrago. Si tuviera alas no desentonaría entre una bandada de buitres en el desierto de Arizona. El café muy bueno, cosa rara según tendré ocasión de comprobar. El precio nuevamente sorpresivo por razonable. Si a nosotros no nos parece caro, más siendo un restaurante céntrico en un lugar turístico, para los sueldos alemanes debe de resultar en verdad económico.
 
Visita a la oficina de información turística con el resultado final de acabar informándoles nosotros a ellos de que había un evento musical que ellos mismos desconocían y sobre el que queríamos recabar más detalles. Al salir vimos colgando del puente un enorme cartelón que lo anunciaba a escasos metros de la mentada oficina, quedando así disipadas nuestras dudas. En todos sitios cuecen habas.
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    De nuevo en la orilla del Mosela, que como el Júcar, el Segura o el Cabriel, es un río, pues el idioma es así de juguetón y llama de igual forma a cosas muy diferentes. A veces procede al revés. Eso hace posible la literatura. Nos encaramamos a un barco no menos descomunal que en pocos ríos españoles se podría enhebrar pero que allí puede dar la vuelta y sobra río para varios portaaviones. Enorme. De agua andan sobrados, concluyo. Subimos a la terraza del barco de cubierta y dos pisos, no sin grandes esfuerzos por mis partes, y nos sentamos a ver el paisaje desfilar a babor y a estribor, que maravilla es que sea el paisaje el que se mueva, no nuestro renqueante organismo. Una sucesión de postales. Casas con tejados afilados, labor de sacapuntas, como flechas apuntando al cielo, fachadas de colores con sus vigas vistas, que de lejos semejan radiografías arquitectónicas, castillo, iglesias, montañas, árboles y enormes taludes forrados de unas cepas que se retuercen agarrándose a las pizarras del suelo como buenamente pueden para no despeñarse desde sus majuelos casi verticales. Como gran parte de su vitalidad se empleará en sujetarse, supongo que no les quedarán demasiadas fuerzas para dar muchas uvas. Las nuestras, mejor acomodadas en los llanos, agradecen tal confort con más abundancia, grado y dulzor. Pero Alá es el más sabio.
 
   En nuestro imaginario lingüístico, en alemán las más de las palabras terminan en ‘en’, con perdón de la redundancia. Menos pensión, que se escribe igual, aunque sin tilde. En realidad me entero de que solo ocurre así con los infinitivos usados como sustantivo (el viajar: das reisen, el aprender: das lernen), los diminutivos (das vogelchen o das matchen, el pajarito o la jovencita, respectivamente). En general, con los vocablos considerados neutros como el artículo usado indica. Pero es igual, para un español guitarra debe ser ‘guitarré’ en francés, ‘guitarri’ en italiano y ‘guitarren’ en alemán, macarrónicamente hablando. Por supuesto, en ruso, sabido es que se dice ‘guitarrof’. Tal vez ellos lo ignoren, pero así es. Viene esta erudita digresión al caso porque resulta que al decir Cochen, ciudad en donde estamos, la h aspirada hace que al oído suene ‘Cojen’. Por eso me siento aquí como en casa. Mi garrota también, según me cuenta. Gracias a esa miserable condición siempre pudimos dejar el coche en sitios cercanos sin llenar de euros los parquímetros. Como Brian, always look on the bright side of life, siempre que el dolor de piernas o de lomos nos permita levantar la vista del suelo.
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   Antes de retirarnos a nuestras habitaciones en Villa Tusculana, pasamos por un supermercado a llenar la nevera de viandas para complementar los embutidos y quesos que habíamos importado de España. Los tomates, lechugas, cebollas, zanahorias y demás floras y verdines supongo que también eran carpetovetónicos, de esos que Pascual les traía en su tráiler. El aceite seguro porque llevaba una bandera española, lo que revela que allí conviene ponerla. Si el aceite de oliva mostrara en España nuestra bandera en la etiqueta, medio país le haría ascos y buscaría otro de Turquía o de Grecia. O usaría aceite de American Standard Oil o de British Petroleum. Somos así de gilipollas, en términos científicos. Los espirituosos, de donde se acostumbra y la cerveza alemana. También compramos pan y unos huevos fritos, aunque allí también los venden crudos aún. Por el camino nos freíamos encima.
    Cena en amor y compaña, café cortado con leche evaporada que lo hace cremoso que amorosamente prepara Pascual, copa en la terraza echando un cigarrito, que dentro no se fuma y ascenso final a una habitación de cama inmensa, excesiva para uno solo pues realza las ausencias, cuidado extremo con un techo abuhardillado donde más de uno se habrá despuntado las astas, mirada por la ventana al Mosela, aprovechamiento último de los güifis para contactar con la familia, despedida y cierre hasta mañana, que toca ir a Frankfurt a pasar envidia en la feria de música.

   Vale.

martes, 5 de mayo de 2015

Sketches on the Moselle - W. Clarkson Standfield


    Como es natural, antes de viajar a un lugar suelo documentarme, ver parajes y monumentos que merezca la pena visitar, enterarme de algo de su historia, de sus costumbres y sobre qué se come y bebe en cada sitio, que pienso que también tiene su importancia. Entre las cosas que encontré sobre el Mosela, Cochem, Koblenz, y otros lugares por los que íbamos a pasar, di con "Sketches on the Moselle" libro de litografías creadas a partir de una colección de acuarelas magníficas.
    La edición corresponde a William Clarkson Standfield, publicado por Hodson & Graves, Pall Mall, Londres, en 1838. Las dudas surgen cuando se cita a Clarkson Standfield como grabador y autor de las acuarelas en las referencias que sobre esta obra he encontrado. Sin embargo, en la lista de ilustraciones (no contiene texto la obra) se cita a Louis Hughe como reponsable de "dibujar en piedra", litografiar, la primera de las obras, que sirve de frontispicio. Este genial grabador y acuarelista ya me resultaba conocido por haber litografiado 250 obras de David Roberts, también acuarelista y grabador, para The Holy Land, Syria, Idumea, Arabia, Egypt & Nubia. Algunas de esas acuarelas litografiadas se han mostrado en mi blog anteriormente en una entrada dedicada al genial David Roberts.
    Igualmente, podemos comprobar que gran parte de las acuarelas de esta obra se atribuyen en el índice anterior al acuarelista y litógrafo londinense Thomas Shotter Boys. Otras a William Gauci, hijo de M. Gauci, ambos litógrafos. De A. Picken, también presente en ese índice, nada he podido averiguar. Con los datos anteriores, y vista la similitud de las acuarelas que inspiraron las litografías, no sabe uno si atribuir las diferencias a las diversas técnicas de grabadores distintos, siendo todas las acuarelas del que aparece como autor de la obra. Dejémoslo así. 
   El caso es que podemos disfrutar de estas magníficas vistas del Mosela y los pueblos de su ribera a principios del siglo XIX. Al recorrerlas ahora, veo que mucho ha cambiado la cosa desde entonces. Tal vez dos guerras mundiales puedan explicar estos cambios.
   El libro podemos descargarlo completo en Dilibri Rheinland-Pfalz, portal digital de Renania-Palatinado. Una por una también están disponibles en esa misma página, a buen tamaño y resolución. De paso puede uno escarbar en esa biblioteca donde se adivinan más joyas similares. Gracias les sean dadas poe ello.
   Aunque, como he dicho, no sé si la autoría referenciada en el índice se refiere a la acuarela o a su proceso de litografiado, pues todos ellos eran acuarelistas y grabadores, he ordenado las imágenes según autor.

W. GAUCI


THOMAS SHOTTER BOYS

A. PICKEN



viernes, 24 de abril de 2015

Alemania


    Un viaje planeado medio en broma que acabó cuajando en esta estancia de ocho días por estas tierras. Con Paco Arteaga, Pascual Ortiz y Segis Armero, mis compañeros de música durante muchísimos años, que a la guitarra, batería y bajo respectivamente, junto con otra guitarra a mi cargo, formamos Flashback, un grupo dedicado a tocar los temas que siempre nos han gustado. Las excusas: La feria de Música de Fankfurt y el pasado de Pascual de muchos años por esas rutas con un camión, algo que quería repetir de forma más cómoda y menos solitaria. En avión hasta Frankfurt Hahn, base en Villa Tusculana, una casa colgada en la pendiente del valle del Mosela en Cochem, con vistas al castillo, al río y a las cepas que dan ese vino que ya nace mareado por  lo vertiginoso del bancal. Desde allí viajes relativamente cortos a la Feria de Música de Frankfurt, Colonia, Koblenz, Tréveris (Trier), Luxemburgo, etc. Unos 2000 km. de rutas en el coche alquilado ya en el aeropuerto. Las reservas de pasajes, coches y casa a cargo de Segismundo, por tener el nombe más germánico de los cuatro. Un alarde de organización, especialmente el acierto en la elección de la casa en Cochem. 
   Desde el avión acercándose para tomar tierra en Frankfurt Hahm, una foto con la enorme casualidad de recoger exactamente Cochem, en la curva del Mosela donde íbamos a sentar los reales durante esta semana:
 
   Embarcados en Manises, llegamos al aeropuerto de Frankfurt. En coche hasta Cochem, en un BMW flamante que nos esperaba alquilado allí. Primera ruta por autopistas y carreteras comarcales, la mitad cortadas por obras, siguiendo la orilla del Mosela al anochecer, con las luces de las casas reflejadas en unas aguas que no sabe uno si vienen o van, que quietas parecen. Comparando aeropuertos, autopistas, trenes, casas particulares y el aparente nivel de vida, mi primera impresión es que vengo de un país en que los gobiernos edifican, ponen mármoles, adornos y lujos en edificios públicos, levantan infraestructuras muchas veces más allá de lo necesario, de lo asumible incluso, mientras mantienen a sus ciudadanos en la ruina. Insisto que sólo es una impacto apresurado, pero, a primera vista, he percibido Alemania como un país con un Estado austero lleno de ciudadanos prósperos. España es (siempre lo ha sido) un país de pobres regido por gobernantes enriquecidos, derrochadores, acaparadores de una prosperidad que arrebatan a sus ciudadanos. Tal vez sólo sea una impresión. Me alegra que mi país tenga unas infraestructuras de autopistas, aeropuertos, trenes, parques eólicos o carreteras equiparables, en muchos casos mejores, que un país como Alemania, al que debemos cientos de millones de euros. Ahora empiezo a entender a quiénes se referían al decir eso de que hemos vivido por encima de nuestras posiblidades. Ya me barruntaba algo de esto al pasar por el aeropuerto de Castellón.
    Aunque de vuelta vienen unas 400 fotografías, seguramente más valiosos, por personales y evocadores, son los dibujos que fui haciendo en mi cuaderno en los obligados descansos reparadores, normalmente aprovechados para tomar una buena cerveza o un mal café. Esta entrada se dedica a estos dibujos, con estilográficas (una con tinta negra a prueba de agua y otra con tinta marrón soluble), para extenderla luego con un pincel de agua plano que da mucho juego. También algunos dibujos se colorearon con acuarela.
    En Cochem, donde pasamos mucho tiempo, con paisajes y rincones de postal, fuimos una tarde-noche a ver una serie de grupos que tocaban en distintos garitos en dos o tres calles juntas de la ciudad. Se iban turnando para que la música no parara en uno u otro lugar de las 7 de la tarde hasta las 12 de la noche. Había grupos acústicos, de reggae, Beatles, algunos inclasificables y otros feroces descendientes de suevos, vándalos y alanos con sus Marshalls a todo trapo. No parecía molestar a nadie, ni vecinos ni a una invisible policía durante estos días por ciudades, carreteras y autopistas. Sin duda debe de existir, pero o va de paisano o no se deja ver, tal vez por innecesaria. El caso es que la música, encuadrada en nuestro país dentro de la categoría de las molestias perseguibles, parece tener allí la consideración más apropiada de actividad cultural, anunciada, promovida y protegida. Por mucho menos ruido y a horas más tempranas en España hemos recibido a media actuación la visita de las fuerzas del orden público a parar el ruido, multar al dueño del local, incluso llegar a conseguir que cierre por aburrimiento, para alegría de sus vecinos, personajes amantísimos del arte y la cultura. Lamentable. Comentaba en otro lugar que los alemanes fama tienen de ser más rígidos y reglamentaristas. Que lo sean es probable. Que nosotros somos más gilipollas y asilvestrados, es seguro.
   El caso es que cenamos en un restaurante escuchando a un grupo. Cuando es posible, pido que me incrusten en el dibujo el cuño del local, cosa que hacen con gusto. Como se entra al trapo directamente en inglés, para no andar con probaturas idiomáticas e ir a lo seguro, pegamos la hebra con los dueños del local y con el guitarra y cantante del grupo. Al terminar la charla, me dice que, obviamente, debo de ser de Dinamarca, sorprendiéndose al saber que es español alguien que le habla en un inglés razonable, no va vestido de torero ni se arranca por rumbas al sentir una guitarra. Tópicos y prejuiciios difíciles de borrar, igual que ocurre con los que nosotros mantenemos vivos respecto a todo semoviente foráneo.
    Es reconfortante haber estado estos días, al menos por las mañanas y por las noches, en Cochen, un lugar que mantiene un sabor auténtico, como ocurre en Tréveris (Trier), con restos romanos, barrio medieval y edificaciones con la piedra negra o rojiza de la zona, paredes blancas o de vivos colores, con techos de pizarra y todo rotulado en letra gótica. Frankfurt, Colonia, Koblenz (Coblenza, en cuyo sitio murió Alarico), etc, desde la parcialidad de mi breve estancia y salvando los centros históricos y monumentos emblemáticos, producen ese desconcierto de no saber uno en dónde está. Al bajarse de un aerupuerto, todo es igual en todos sitios. Altos edificios que compiten en horripilancia y falta de carácter con los que podemos encontrar en las grandes ciudades de Europa, Américia, Asia y Oceanía. Me imagino que en África también las habrá similares en aquellos lugares en que hayan interpretado la idea de lo que es el progreso de forma tan absurda, anónima y vulgar como nosotros. A la hora de vestir, comer y actuar, tres cuartos de lo mismo. Lo extrictamente local es lo único en verdad universal y valioso, digno de conservarse, huyendo tanto de complejos como de chauvinismos. También da qué pensar que lo que sentimos como auténtico, valioso, digno de ser admirado y conservado, sean vetustos edificios y callejas de un pasado medieval, cuando no romano. Al menos de un par de siglos. A partir de el siglo pasado se inicia esa moderna e insulsa uniformidad.
    Una cervecita frente a la catedral de Colonia.
   Quedan las anécdotas y comentarios para otra ocasión, que nos alargamos demasiado, así como algunos otros dibujos y acuarelas que ahora iré haciendo en casa a partir de apuntes, fortos y recuerdos.
    Como pasé muchos ratos en esta casa de Cochem, al desayunar temprano en la terraza, al volver por las tardes y tomar algo mirando al río, a los barcos y trenes que pasaban por la otra orilla, muchos dibujos del lugar, que he disfrutado una barbaridad. Prácticamente siempre el mismo dibujo, con distintos medios y estados de ánimo, desde la alegría del sol de la mañana, la calma del descanso de la tarde o la nostalgia de la despedida, también de mi casa, como el dibujo final que dejamos como recuerdo en el libro de visitas de Villa Tusculana, que así se llamaba la casa que alquilamos. Un acierto.