domingo, 16 de agosto de 2020

Paleta. Acuarelas Sennelier

    

      Las acuarelas de esta entrada están pintadas con pigmentos Sennelier. Una paleta obligadamente reducida, pues de esta marca de un precio medio, no disparatado, sólo tengo unos pocos colores que compré hace tiempo y no estaban elegidos para completar una gama suficiente, como sí he hecho con otras marcas que utilizo más. De forma que disponía de dos azules (índigo y ultramar), tres amarillos (Aureolina, cadmio claro y Piedra de hiel), tres ocres y marrones (Pardo Van Dick, tierra sombra tostada y ocre amarillo claro), verde esmeralda legítimo y rojo cadmio. Nunca hubiera elegido estos colores para pintar una acuarela sólo con ellos, pero me he sujetado a no usar otros en este caso.

   Y empezamos mal, porque rara es la acuarela de árboles o paisajes en la que no uso con frecuencia la mezcla de ultramar con siena tostada, color que no tenía. De estos dos colores suelo sacar toda una gama de tonos quebrados, grises más cálidos o fríos según la mezcla. Incluso el tono más oscuro, que hace de negro. En algunos casos, como en éste, no renuncio a usar una barra de tinta china que da un gris y un negro muy transparente que mezcla divinamente con las acuarelas o que puede aportar un lavado gris neutro que no tapa los tonos de abajo. Esos tonos grises del ultramar y el siena los he hecho con ultramar o índigo con sombra tostada, incluso pardo Van Dick para los tonos más oscuros. De todas formas, el siena tostado lo hice aclarando sombra tostada con ocre amarillo claro y con un toque de rojo cadmio. Clavao. Se ve essa mezcla en la foto anterior, arriba a la izquierda.

    Los verdes, o son mezclas de alguno de los azules con los amarillos o los ocres disponibles, o el viridiana, el verde esmeralda, color siempre peligroso que hay que usar matizado por los colores que ya se han usado en esa acuarela, amarillos, azules principalmente, pero también rojo o tierras. Siempre corremos el peligro de que sea demasiado pinturero, excesivamente protagonista, a pesar de no utilizarlo nunca puro. Al menos, este verde de Sennelier es muy transparente.

    Porque esa es una de las cualidades de esta marca de acuarelas, su transparencia y la abundancia de pigmento, verdaderamente intenso. Ellos lo atribuyen a su fórmula que usa miel junto con la goma arábiga de Kordofán, en Sudán. La molienda es muy fina y granulan muy poco, al menos los colores que he probado, ni siquiera las tierras, que en ellas es lo normal. Las que tengo son de tubo, excepto el cadmio rojo en pocillo. Aunque estrené la pastilla después de varios años de tenerla guardada y se había encogido algo por la deshidratación, basta pasarle la punta del pincel por encima para que tome mucho pigmento, no hay que destrozar el pincel rascando como ocurre con otras marcas, especialmente con las tierras. Una lima para un buen pincel de marta, que en dos semanas perdería la punta. Para esas acuarelas algo resecas, aprovecho la ocasión para recomendar pinceles de fibra, el peor que tengamos, al menos para disolver el color. Si aún así se resisten, siempre pueden servir de abono para las plantas, que pulvis es, et in pulverem reverteris.

    Como decía los colores son intensos y transparentes, y son hermosos cuando son puros, es decir, de un solo componente. Ese es uno de los criterios que normalmente sigo para comprar unas cosas y no otras. En este caso, no anduve fino con cuatro de ellos, que hace unos años era aún más ignorante que hoy. El sombra, el ultramar, los cadmios y el viridiana, son excelentes. Hay que mirar si el color es una mezcla. En ese caso, mejor la hacemos nosotros a nuestro gusto. 


   El índigo puro es una hermosura de color, una maravilla solo o mezclado, útil para sombras, cielos, nubarrones, aguas profundas y demás. Con un toque de carmín de alizarina tenemos una gama de violetas que uso mucho en las zonas más oscuras del suelo o de los troncos. Lo malo es que casi ninguna marca vende índigo auténtico, el sacado de plantas de la familia indigofera, el de los tintes del tagelmust, la tela de algodón azul de los tuaregs, la de los pantalones vaqueros. Hasta 1900 no había más índigo que el natural; actualmente la indigotina, el tinte de este color, es químico. Tengo un índigo natural de Kremer y es hermoso, aunque en pastilla, y tiende a resecarse y quebrarse. En ese caso, lo mejor es sacarlo de la pastilla, molerlo y usarlo así. Casi todas las marcas venden, como Sennelier, un índigo obtenido por mezclas, normalmente de azul de indantreno y algún negro, que suele ser el de humo, pero sin indicar en su nombre "hue", es decir, que es una simulación del color original. Sí que lo indican en el tubo, diciendo los pigmentos con que han hecho la mezcla. Llevar mucho negro oscurece lógicamente lo que pintamos, con poco control por nuestra parte, lo que se agrava si lo mezclamos con otro color, enfangándolo todo y perdiendo la trasparencia que incluso las zonas más oscuras deberían conservar.

    Ocurre igual con otros colores, como el cerúleo, que cuando es una mezcla incluye blanco, lo que lo hace muy cubriente y a veces pinturero en exceso. Hay cielos de un color ofensivo, estropeados con estos cerúleos falsos como moneda de cuero. Como no lo tengo en Sennelier, no hablo de ese color ahora. Pero sí del Pardo Van Dick. Tierras hay cientos, miles, son abundantes y baratas y suelen ser óxidos de hierro básicamente, con algunos otros elementos que varían su tono. También se oscurecen al tostarlas, llegando a cambiar de color además de subir de intensidad. No habría necesidad de hacer un pardo Van Dick con mezclas, como hace Sennelier y otros fabricantes. Sí tiene lógica hacerlo con el sepia auténtico, el de la tinta de las sepias y calamares, que en polvo vale una fortuna, como podemos ver en el catálogo de Kremer. 1.560,78 euros el kilo, 20,42 los 10 gramos. Merece la pena comprar una caja de sepias o bolsitas de tinta de calamar congelada y de paso hacemos un arroz negro y una fritura. El que tengo de Sennelier es una mezcla de siena, rojo y negro y, usado solo y espeso, es francamente horrible, excesivamente cubriente y muy pigmentado. Salvo muy diluido o usado en mezclas cuidadosas, con un escrúpulo de este pigmento y algún siena claro o amarillo, es una verdadera barbaridad de color. Si acertamos, tenemos el siena tostada que no tenía de esta marca. Como ocurre con el Viridiana, las dosis grandes son mortales. El esmeralda de Sennelier es una mezcla de los dos pigmentos que se usan para estos llamados esmeralda o viridiana.

    Como a veces me dejaba llevar por lo peregrino y exótico de los nombres, me encuentro algunos tubos o pastillas que difícilmente puedo utilizar. Me ocurrió con el "Piedra de hiel" de Sennelier, mezcla de amarillo y dos tierras marrones (PY150, PBr7 y PBr23) que da un tono amarillo amarronado y verdosiento sospechosísimo, poco atractivo si se usa solo. Los pigmentos de esta mezcla, desafortunada en mi molesta opinión, son amarillo de aureolina o amarillo Hansa, nogalina y un marrón de níquel azo sintético con fórmula C40H23Cl3N8O8). Por eso aprendí que hay que leer en cada tubo los pigmentos que contiene, para elegir si es posible los que sólo tienen uno, mejor si es natural y, además, saber lo que compro y pago, porque a veces un nombre comercial vende evocaciones, romanticismo y lejanía y yo sólo busco colores. Las tierras son tierras, como su nombre indica. Puede ser interesante conocer que vienen de las laderas del Vesubio, del Monte Amiata o del Kilimanjaro, que en tiempos la usaban tales o cuales aborígenes para maquillarse de guerra y otras cosas interesantísimas. Una vez que lo disolvemos en agua, lo que queda es el color. Eso es lo que debe gustar, más que la literatura del catálogo. No voy a negar que la historia de los colores me apasiona y que saber que el lapislázuli viene de donde viene y cuesta lo que cuesta me agrada. Igual con el azul maya, el jade y otros, pero las tierras son arcillas, óxido de hierro con algo de manganeso como impurezas. Puedo pagar un precio casi disparatado por el lapis, la amatista o el jade, pero no por una mezcla y un nombre bonito.

    Aquí se ven las mezclas de ese supuesto índigo con sombra tostada y, a veces, un poco de Pardo Van Dick, que el de Sennelier tiene un matiz rojizo, y las de los verdes, partiendo del esmeralda con esos mismos índigo y tierras. En realidad y como siempre, tonos quebrados, predominando los agrisados. Pero, como iba explicando, creyendo mezclar dos colores, índigo y Van Dick, en realidad estamos usando seis: dos negros, rojo, siena, azul y amarillo, un disparate. El resultado es una pasta poco transparente si no lo diluimos mucho. Lo que hacen estos colores en inglés lo llaman enlodar. En estos troncos también se ven los raspados, en este caso con la uña.

   La maceta se ha pintado con la técnica que aprendí de Geoffrey Wynne. Un baño amarillo diluido, dejando caer el agua en el papel inclinado. En mojado otro rojo claro y sobre él un último de azul ultramar. Toda la dificultad está en dar con el grado de humedad, nunca debe quedar seco entre capa y capa. Cuando se secan queda de forma milagrosa un blanco roto que contrasta con el blanco puro del papel en las zonas reservadas o rascadas después. Los dibujos de la maceta, pintados antes de secar del todo, ultramar y un poco de índigo. El verde es esmeralda matizado con amarillo o azul. Los pinchos, sencillamente a puñaladas.

    En otro orden de cosas, en el catálogo de Sennelier, marca francesa, de París, cuando describe las formas de presentación de sus acuarelas dice "pocillos", en lugar de la palabra francesa "godets" que podemos escuchar y leer en todos los sitios de pintura y bellas artes españoles. Tienen mucho respeto y cuidado con su lengua y con la nuestra. Nosotros con ninguna. Se lo agradezco.

jueves, 30 de julio de 2020

Paleta - Mezclas - Probando marcas de acuarelas

Con acuarelas Roman Szmal
     Esta entrada es la introducción a una serie de ellas en las que intentaré hacer un análisis comparativo de distintas marcas de acuarelas: Daniel Smith, Rembrandt, Windsor & Newton y Schmincke son las que mejor conozco, lógicamente no en todo su amplio catálogo, que a veces casi llega a los 200 colores diferentes, pero sí en bastantes de ellos. He probado algunas otras. Kremer y White Nights desde hace años, muy recientemente Roman Szmal y Rosa Gallery. Algunas de estas tienen un precio sensiblemente inferior a las marcas de más prestigio, aunque los pigmentos usados y el producto ofrecido sea equiparable y algunas veces pudiera ser mejor opción para algunos colores, por motivos que se intentará explicar. Otros son insustituibles, hasta donde yo sé, y merece la pena pagar lo que valen.
    También he probado otras marcas o series, como las segundas de Rembrandt y W&N, o Sennelier, Mijello, incluso las españolas Españoleto y Titán, incluso las Bizancio de este último fabricante, difíciles de encontrar. De otras, de las que sólo conozco por un par de colores sueltos, no me atrevo a hablar, menos a comparar.
    La mayor dificultad es disponer de suficientes colores de cada marca para poder hacer comparaciones con fuste. Salvo Daniel Smith hace unos años, que me envió un generosísimo surtido de sus acuarelas que luego he ido reponiendo, nadie me ha regalado ni un tubo, ni tiene por qué, pero renuncio a intentar completar la gama disponible de algunas marcas, ya que conozco muchas otras formas más razonables para arruinarme. También es cierto que Artemiranda, donde suelo comprar, en una ocasión incluyó unos tubos de Mijello, como muestra.
Con acuarelas Kremer y Roman Szall
   Decir que soy un catacaldos es contar mal las cosas, pues se trata de algo diferente al simple afán de novedades, es más que hacer probaturas, de engolosinarse con los materiales, que también. Creo que los objetos, las herramientas especialmente, son parte determinante en los procesos y actividades para los que se crearon y tienen per se tanta belleza como las obras que con ellos se hacen. A veces más. El papel, los pinceles o los pigmentos no son sólo algo accesorio, algo que pueda ser cambiado o sustituido sin que con ellos varíen los resultados. Estudiar la historia de la pintura es cosa que no puede hacerse si separamos genios y talantes de las técnicas y los recursos que cada época ponía a disposición de los artistas. Algo tan simple como meter la pintura en un tubo, permitió salir al campo a pintar con óleo, facilitó el trabajo y la aparición de los impresionistas. El hecho de que los pintores dejaran de moler y elaborar sus propios colores les llevó a conocerlos peor y no pocas veces a usar algunos que mejor debieran haber evitado. De los barnices y disolventes para qué hablar. A veces las probaturas llevan a utilizar cosas nuevas que se comportan peor que las conocidas y ya experimentadas, colores que han envejecido mal y que, como con Van Gogh, que no andaba muy boyante y no siempre podía comprar lo mejor, nos privan a menudo de conocer los colores originales.
Con acuarelas White Nights
    Hay colores concretos cuya historia conviene conocer, aunque sea por curiosidad romántica. Desde las simples tierras al lapislázuli, por ejemplo, o el mummy brown, el marrón de momia; el carmín de cochinilla o el índigo, el gamboge o colores que hoy sabemos venenosos. Nos hablan de caravanas, de la India, de Samarcanda, de Petra, de la ruta de la Seda, de largos viajes desde los peñascos de Afganistán hasta la paleta de Leonardo o a la nuestra, más surtida, de inquietantes travesías por mares peligrosos, a veces recién conocidos, de precios que superaban al del oro, de contratos que exigían su empleo en el cuadro encargado, del prestigio, cercano a a adoración, de aquello que merecía ser pintado con esa viajera piedra semipreciosa molida con esfuerzo parejo al de traerla. Sólo el manto de la Virgen merecía el ultramar de lapislázuli,  que evocaba el cielo, como sólo Jesucristo el rojo antes reservado a las vestimentas de reyes o senadores romanos, el carmín de cochinilla, o el de las agallas que las kermes, una especie de pulgones, produce en las coscojas, que molida es la grana.
Con acuarelas Rosa Gallery
   Para un químico este rojo se trata de ácido carmínico. Un fabricante de pigmentos hablaría del PR004, del Natural Red 004. En alimentación o en las barras de labios lo conocemos como colorante E-120, casi siempre sustituido por el E-124, rojo Ponceau 4R, más económico. Su nombre, carmín, proviene de la palabra persa kermes, una baya roja.
    Normalmente los más antiguos tonos rojizos eran de origen mineral, tierras rojas, ocres, arcillas desde anaranjadas a rojo intenso, usadas para pintar bisontes, ciervos o figuras humanas en las paredes de las cuevas, para cubrir con su magia los cuerpos que enterraban, no sabemos si para proteger en su viaje al más allá con ese color a los difuntos o de ellos a los vivos. La historia del azul es apasionante, como la de otros colores. Porque cada color ha tenido sus significados y los sigue teniendo. Los tintes que en algunos lugares o épocas usaron para el traje de la novia, en otros servían para para el luto, para el respeto o para el lujo. El rojo para los egipcios evocaba la vida, la salud o la victoria, para los cristianos la sangre de Cristo. El mejor carmín, de la grana cochinilla de los nopales, usado por los mayas, llegó a Europa traído por los españoles y valía más que la plata y tanto como el oro. Era uno de de los productos de importación más valioso del siglo XVI y pocos pintores podían permitírselo.
   Aunque es interesantísimo, no van dedicadas estas entradas a la apasionante historia de los colores, aunque algo se contará de ella. Mucha información podemos encontrar en internet a cerca de los pigmentos, su composición y su historia, o leer algunos buenos libros. Por ejemplo, el reciente y muy recomendable "Cromorama" de Riccardo Falcinelli o, si queremos agotar el tema, recurrir a los libros de Michel Pastoreau, dedicados cada uno a un color.
Acuarela final, pigmentos Daniel Smith
    A veces, para vendernos un color, se nos presenta como traído por Indiana Jones desde lejanas tierras expresamente para nosotros, se nos cuenta una historia cierta pero adornada, se resaltan estos datos y se barnizan con un romanticismo que nos deje más dispuestos a vaciar la bolsa para pagar la aventura. Sin duda algunos pigmentos lo merecen, como el lapis, el jade o la amatista, aunque no es menos interesante el origen de algunas tierras, muy baratas, que el de otros que podrían haber acabado en collar, pulsera o pendiente. Para quitar  a la cosa romanticismo, justificado en el pasado más que en presente, hemos de tener en cuenta que estos pigmentos que usamos para nuestra paleta son un subproducto de una industria que mira, como siempre ha ocurrido, más a los tintes para tejidos que a los cuadros. O pintura para paredes, coches, uso alimentario o tinte de plásticos. Si un color no tiene salida en esos terrenos, poca vida le espera en los lienzos. Lo que sí es cierto es lo lejano y diverso del origen de algunos de los colores que tenemos en nuestros tubos o pastillas. Saber qué viaje ha hecho cada color desde las laderas del Vesubio, Siena, Almadén o los valles y montañas de la India, Chile o Afganistán, no deja de tener su aquel. Seguramente de Jujuy podríamos sacar todos, moliento esas montañas de arcoiris.
Con acuarelas Rosa Gallery
    El objetivo final de estas entradas es llegar a una paleta básica pero amplia. Una paleta que incluya todos esos colores de los que no puedo prescindir. Poco más de una docena. Que permita conseguir todo lo que intento hacer sin un exceso de colores que confunde más que ayuda. Parece contradictorio este intento con todo lo anterior, con ese gusto por probarlo todo. Sé que muchos tubos, docenas y docenas, quedarán casi sin usar pues al final ves que siempre recurres a lo mismo, pero también es cierto que no quieres verte limitado por una paleta excesivamente reducida que te obligue a hacer veinte mezclas para llegar al color que buscas. Ya hice una entrada intentando pintar unas acuarelas con tres colores primarios. O añadiendo otros tres o cuatro. Un martirio. En realidad no hay acuarela que necesite más de cinco o seis colores y eso para algunos detalles o elementos. En muchas entradas he ido explicando los colores usados en cada acuarela concreta y siempre ha ocurrido eso. Básicamente el azul elegido ha determinado el cromatismo del conjunto, esa es mi forma de trabajar, que iré explicando en esas entradas.
Con acuarelas Kremer
    Para explorar posibilidades de un grupo de colores nunca recurro a estas tablas de doble entrada en las que se mezcla cada color con todos los demás sugiriendo que de ahí salen todas las posibilidades de mezclas con los pigmentos elegidos. No me vale el sistema, pues ni de cerca muestra todo lo que podríamos sacar con los colores de los que se parte. Trabajo, como casi todos, de otra forma. Necesito una superficie grande para las mezclas, normalmente un plato cuadrado, blanco, de loza o porcelana. Ahí voy añadiendo a un color otro, para matizarlo con un tercero. Esa mezcla necesitará tal vez uno más, calentarla, enfriarla, quebrarla, cambiar las proporciones, diluir... así hasta llegar al tono que busco. En realidad, gran parte de la acuarela, especialmente si se trata del tronco de un árbol, un tema recurrente para mí, se pinta con tonos quebrados, grises con diferentes matices. Incluso escasean los verdes a pesar de tratarse de árboles. Esta manera de hacer las cosas, similar a cómo hacen sus mezclas tracicionalmente en su paleta los pintores de óleo, permite hacer una acuarela con una gama amplísima de matices sacados de muy pocos pigmentos. Lo iremos explicando.
Acuarelas Schmicke
Acuarelas Rosa Gallery
Acuarelas Kremer
Acuarelas Schmincke
Acuarelas Roman Szall y Daniel Smith

domingo, 26 de julio de 2020

Júcar - Dibujos y acuarelas

  Como gran parte de los dibujos y acuarelas de mi blog salen de viajes, encuentros de pintores y dibujantes y otras salidas, la situación nos lleva a la escasez de novedades, aunque muchas sean las acuarelas que hemos ido haciendo a partir de fotos de rutas anteriores. Con ellas tengo varias entradas en marcha analizando nuevos pigmentos de marcas que no conocía hasta ahora. Todo llegará.
     Aparte del respiro de la estancia en el Molino de Iramala, algún recorrido corto hemos hecho por los alrededores de Albacete, acercándonos al Júcar y llenando algunas hojas de los cuadernos que teníamos parados demasiado tiempo. En esta entrada se muestran. Con acuarela, con estilográfica o con pincel de agua, técnicas habituales en estos dibujos, aquí aparecen algunos parajes del Júcar por Las Mariquillas, por las Hoces, la Ribera de Cubas y Jorquera, junto a algunas miradas a juncos, flores o paredes. Hay mucha agua, todo está en flor y lka naturaleza, como acostumbra, pasa de nosotros. Lo cierto es que lo pasa mejor sin nosotros, pues todo está más limpio, más solitario y mejor.
   También han quedado en los cuadernos algunos dibujos hechos en casa, estanterías, plantas del balcón y otras cosas que teníamos a mano.


domingo, 21 de junio de 2020

Primera salida: Molino de Iramala

    Después de dos meses encerrados en casa, pasamos tres días de mayo en un paraíso, rodeados de sauces y chopos, flores y agua por todas partes, mariposas revoloteando, sol y aire limpio. Entre Salobre y Reolid, cerca ya de Andalucía, pero aún en la provincia de Albacete, de la que no podemos salir por el momento. Menos mal que en la nuestra hay sitios maravillosos para viajar durante años. Vamos al Molino de Iramala, que ya viene siendo molino desde la época de los Reyes Católicos, que autorizaron su construcción. A la vez que se estaba descubriendo América. 
   Visto lo visto, tal vez hubiera sido mejor para nosotros que ese encuentro inevitable entre dos mundos lo hubieran coprotagonizado ingleses u holandeses. Para quien no habría sido mejor hubiese sido para los nativos, pero la historia habría escrito páginas más benévolas y pocos testigos quedarían hoy para contradecirlas. Del río Bravo para arriba tenemos dónde mirar para hacernos una idea de las diferencias. 
   Ya eran frecuentes los desmanes iconoclastass de iracundos analfabetos locales que derriban las estatuas de quienes civilizaron a sus antepasados, con poco éxito en muchos casos, como vemos. Tienen menos delito que los descendientes de colonos españoles o de inmigrantes europeos, no más ilustrados, aunque sí más tontos, que les empujan y ayudan a hacerlo. Ni fray Junípero Serra ni Cervantes, que fue cinco años esclavo en Argel, se libran de ese ISIS occidental que se muestra bárbaro en aras de la corrección. Incluso encuentran en España a no pocos que, con estupidez que supera a todas las anteriores, les comprenden y apoyan. Mejor me vuelvo al molino que seguir por esta ruta.
   En esta entrada se muestran los dibujos y acuarelas que hemos hecho durante esos días. Apuntes en unos casos, dibujos más meticulosos o acuarelas terminadas en otros, pues no faltó tiempo ni calma. Los hay en cuaderno y en papel suelto, porque se podía pintar con comodidad; sentado, a la sombra, con un martini o un vino blanco fresco o u café, según la hora. Echado en la hierba o tumbado en una hamaca, viendo relucir y ondear al viento las hojas de los chopos, algunos enormes. Y pensando qué parte pintar de ellos y cómo.
    En la primera acuarela de esta entrada se ve el muro de la balsa que represa el agua del río Salobre que alimenta al molino, una pared cubierta totalmente de cabellera de Venus, ese helecho delicado que crece en rocas, paredes y otros lugares por donde cae el agua, como era el caso, pero que no aguanta en casa cuando lo compras en un vivero. Necesita poca tierra, casi ninguna, pero sí ver el agua correr. También había sauces y muchos lirios amarillos en flor. En las orillas de los ríos son frecuentes los fresnos, que llaman árboles de ribera. Dibujé alguno de ellos, a rotulador o con acuarela.
   Ese mismo fresco, desde otro lado, con acuarela. Le hice una foto al dibujo, otra con las primeras manchas y otra ya echada a perder, tapada toda la frescura y la sugerencia de las primeras capas y pincveladas. Con estas cosas pasa como con las siete y media. Ya nos lo advertía don Mendo:
Magdalena¿Y por qué marcó esa hora/ tan rara? Pudo ser luego…Don MendoEs que tu inocencia ignora/ que, a más de una hora, señora,/ las siete y media es un juego.Magdalena¿Un juego?…/Don Mendo …Y un juego vil/ que no hay que jugarlo a ciegas,/ pues juegas cien veces, mil,/ y de las mil, ves febril/  Que o te pasas o no llegas./ Y el no llegar da dolor,/ pues indica que mal tasas/ y eres del otro deudor./ Mas ¡ay de ti si te pasas!/
 ¡Si te pasas es peor!

   Esta es la fachada del molino, un dibujo en dos páginas del cuaderno y otro con la parra que había en la esquina. La hamaca en el prado del fondo, el agua corriendo por la acequia. La barbacoa no sale en los dibujos, ni la paella que hicimos en ella, con ajos recién arrancados que nos regaló el molinero, que venía algunos ratos por allí. 
Fotos hice muchas, algunas, seguramente las mejores en una fuentecilla con nenúfares y carpas que había en la explanada frente al molino. Esperando que la luz diera justo donde tenía que dar iluminando el fondo, tuvimos recompensa.