domingo, 23 de septiembre de 2018

Valle de Ricote



   Peladas, resecas y calcinadas por el sol, acuchilladas por las lluvias, limadas por el viento, las montañas que enmarcan el valle de Ricote nos muestran por contraste que el agua es la vida. El Segura se pasea entre ellas tranquilo, domesticado y alegre para convertir en un oasis lo que sin su concurso y el esfuerzo de sus moradores sería un desierto. Uno más del Campus Spartarius que encontraron los romanos, ya viejo cuando lo cita Estrabón, pues el cultivo extensivo del esparto, propio de las estepas del suereste español, sería algo decidido en Tiro y en Cartago hace 3000 años. Dejó este cultivo huella en la zona, muy deforestada, agravando la sequera y la escasa fertilidad de grandes zonas esteparias de Albacete, Murcia y Almería, hoy convertidas en eriales. Gracias al Segura, a sus aguas y a sus limos, los naranjos y limoneros, las huertas y los cultivos regados por las acequias ofrecen a las palmeras descollantes una visión amable y jugosa que esconde la dureza de la geología del lugar. 
    Hubo volcanes por toda esta región que en unas épocas fue laguna salada, que estuvo bajo el mar en otras, que vio a los dinosaurios ramonear entre la flora tropical, que hace seis millones de años fue un desierto de sal cuando el Mediterráneo se secó y que sufrió las iras de los empujones entre las placas Africana y Euroasíatica buscando acomodo. Podían haber quedado en otro sitio a conocerse. Esos tres milímetros que la placa europea cede al año frente al empuje de la africana, fue, es y será la causa de los pasados, presentes y futuros terremotos y volcanes, fuegos, derrumbes y destrucción constructiva de otro equilibrio momentáneo y precario, como el que ahora visitamos y vivimos. Lo que hoy vemos son los restos de las chimeneas de los volcanes, de las emisiones de lavas, de los materiales que las erupciones sacaban del interior de la tierra. Hay muestras notables y conocidas como el Cabezón Negro de Calatrava o el volcán de Cancarix, en Albacete, que la geología no sabe de fronteras ni atiende lindes que dibujaron hace cuatro días o minutos esos bichos que, tan orgullosos, andamos a dos patas o a cuatro ruedas por todos sitios. Hace 10.000 años, aún había volcanes activos en la Garrocha, en Gerona. Por aquí hace un poco más, un millón de años, prácticamente ayer. La otra zona volcánica de las tres más importantes de la peninsula se encuentra en el Campo de Calatrava.
   El Pitón volcánico de Cancarix, cerca de Hellín en Albacete, fue declarado Monumento Natural, quedando protegido. Otros con menos suerte se han transformado en vertederos, cubiertos de basura, o de hermosisimas urbanizaciones. Algunas chimeneas volcánicas se han usado como canteras de minerales escasísimos en el mundo para cimentar autovías. Los más alejados de la civilización y el progreso siguen bien, gracias. Como Ricote.
    Estos episodios volcánicos que rompen la hucha del subsuelo derramando por la superficie los ahorros de eras completas,  en Almería, Murcia y Albacete fueron bastante peculiares, por ello son objeto de estudio en todo el mundo y, cosa curiosa, han permitido bautizar con nombres locales algunas piedras que afloraron desde una profundidad mucho mayor de lo normal, las rarísimas lamproítas, con nombres de prima hermana más que de piedra, tan cantarines como jumillita, fortunita, cancarita (Cancarix) y otras. No han dado aún con las calasparritas de donde el arroz bomba ni las socovitas de las fallas de Socovos, que no las de Valencia. Tampoco con los diamantes que, como en Sudáfrica, suelen estar asociados a estos afloramientos, aunque sí con los yesos y las sales, más abundantes. El 86% del mármol nacional se extrae de las provincias de Alicante, Murcia y Almería. Se explotaron minas de azufre, las yeserías de Hellín siguen activas como otros pequeños filones de minerales diversos, aunque lo que por Hellín y Agramón abunda y se extrae desde antiguo es el cieno de diatomeas, algas microscópicas que sedimentaron en el fondo de zonas lagunares. De ahí sale el blanco España, con perdón. En Rodalquilar (Almería), hasta hace poco, se encontraba oro —cuando yo fui no pude dar con él— y desde que se tiene noticia histórica, hierro, plomo, plata, alumbre, albayalde y otros minerales se han extraído de estos lugares del sureste español. Casi siempre por empresas foráneas.
   En esta zona geológica se pueden encontrar el 75% de todos los minerales conocidos por el hombre (y por la mujer), aunque sean conocidos por tan escasos hombres como mujeres. Por esa originalidad mineral también abundan esos nombres que hacen referencia a localidades del sureste, siempre en diminutivo, que debe ser que se encuentran siempre trozos minúsculos: Verita, almeriita, rodalquilarita, alunita, entre otros.
    La jarosita, del barranco del Jaroso, mineral conocido como almagra o piedra de alumbre, es bactericida, usada como desodorante o para los pequeños cortes del afeitado, para cosméticos y afeites desde los antiguos egipcios y romanos. Los egipcios la usaron como color para pintar de amarillo los muros del templo de Karnak y se ha encontrado en Marte, lo que ha alegrado a los científicos pues siempre aparece en afloramientos de aguas termales. Muy lejos de Marte, pero muy cerca de Ricote, cerrando el valle, se encuentra el balneario de Archena donde surgen a 52,5ºC sus aguas sulfurado-sulfatado-clorurado-sódico-cálcicas. Vamos, directamente de los infiernos.
Olivera gorda de Ricote
       El valle de Ricote es lo que se llama un paisaje cultural. Un paisaje morisco, que podría estar en el norte de África. Sin la acción del hombre a lo largo de miles de años sería de otra forma y no estaría lleno de recuerdos de  la ocupación árabe. No sólo la canalización y represa del agua, sino las aldeas, alquerías y poblaciones, los caminos, restos defensivos como el castillo de Ricote del siglo IX, cultivos e incluso algunos árboles son historia. Los municipios son los de Archena, Ojós, Villanueva del río Segura, Ulea y Ricote. También las costumbres y las palabras vienen de antiguo y mucho nos pueden enseñar. Palabras árabes hay más que aldeas, empezando por todas las que tienen relación con el agua y el riego: acequia, alberca, alcantarilla, aljibe, alfaguara, azud, atanor, azarbe, aljofaina, arcaduz, o la aceña, un molino para sacar agua. En otros campos, sin ser exhaustivos, almunia, aldea, alquería, arrabal, atalaya, alcázar, alcántara, azotea, albañil, alarife, tabique, azulejo, alfombra, albornoz, almohada, laúd, ajedrez, azar, taza, jarra, almirez, alfiler, babucha, almíbar, arrope, alfar, atalaya, adarga, tambor, azul, naranja, escarlata, arroz, alambique, aceite, azahar, alboroque y berenjenal. Hay cientos más. Llamar al valle de Ricote "Valle Morisco" no resulta una exageración. Menos si lo observáramos desde lo alto del Collado Mahoma.
   Raro resulta que se haya conservado ese toponímo, aunque sea encaramado a un cerro. Tal vez haya sido recuperado pues, de no haber sido nunca cambiado, la Inquisición, la Orden de Santiago y la España de esos siglos resultaría haber sido más tolerante e inteligente que la actual, tan amante de confundir la historia y la conciencia con el callejero. Otros lugares sí cambiaron su nombre al pasar a manos cristianas. Y no por motivos religiosos o políticos sino estéticos. Asnete pasó a llamarse Villanueva del río Segura y Negra pasó a llamarse Blanca, que ya es cambiar. Ni siquiera se quedaron en subsahariana, un término medio.
  Olivera gorda de Ricote
     Un árbol que uno no debe dejar de ver si se acerca por este valle, yendo de Ojós a Ricote, es la Olivera Gorda de Ricote. La hemos visitado varias veces y aquí aparecen tres acuarelas de este árbol hermoso y con leyenda. Según los valricotíes, que así dicen llamarse los habitantes del valle (y, como se afirma en La Corte del Faraón, "si en Tebas lo dicen, en Tebas lo deben de saber"), bajo sus ramas, (tal vez de otras por lo del río de Heráclito, aunque parece ser que en realidad lo dijo primero Cleantes, que en todas las épocas cuecen habas), fue coronado rey Ibn-Hud, caudillo musulmán de la Cora de Tudmir, en el año 1228, rebelado contra los almohades y que se hizo dueño de gran parte del territorio. También se cuenta que bajo su copa los moros se rindieron a las tropas del rey de Aragón Jaime I, en 1266. La verdad es que en el cartel explicativo a pie de árbol se dice que Jaime I era rey catalano-aragonés, explicación para turistas con tragaderas históricas, que no es el caso. Hablar de esa entelequia, y más en 1266, es simplemente tomar el pelo al indefenso turista y ofender a todos los demás.
    Merecedora de igual crédito que lo de la corona esa, como ella cuestión de fe, que se basta a sí misma, es la leyenda de cuando los habitantes de Ojós intentaron robarles a los de Ricote su San Sebastián. Llegados con el santo patrón a hombros a la Olivera Gorda, por influjo de ésta, el santo se volvió tan pesado que hubieron de parar allí mismo y devolverlo a su sitio, pues ni los bueyes podían hacerle pasar de allí. El aceite de este acebuche gigantesco fue donado a perpetuidad para alimentar la lamparilla del sagrario de la Iglesia de Ricote.
  Olivera gorda de Ricote
    De aquí eran los últimos moriscos que se expulsaron de España, merecedores de un decreto especial. De aquí procedía Ricote, el vecino de Sancho Panza, por el que derramó lágrimas alegres al encontrarlo y saber que regresaba a la aldea manchega.
   Esos moriscos y sus antepasados, según nos cuenta la leyenda y otro cartel, se reunían bajo el Pino del Solvente, en la orilla del Azud de Ojós, para acordar asuntos relacionados con la vida de la comunidad, seguramente turnos de riego, lindes y otras pendencias. A su alrededor hay unas piedras cuadradas donde uno puede sentarse a almorzar si lleva con qué.
   Aunque en un principio se salvaron de la expulsión general, la que mayoritariamente salió de España desde Denia, al final hubo un decreto especial para expulsar a estos moriscos del valle de Ricote, los últimos, estos por Cartagena. Ocupaban la comarca más arabizada de Murcia, como Blanca, donde eran prácticamente únicos pobladores. Algunos consiguieron evitarlo y bastantes regresaron a sus lugares. Govert Westerveld en su "Historia de Blanca (Valle de Ricote) Años 711-1700" dice que no fue una expulsión de los moriscos sino de los moriscos pobres. El 40% de las familias, las más adineradas, según los archivos parroquiales, permanecieron en Blanca. No sé si en otros lugares ocurrió igual.
Pino del Solvente
Azud de Ojós
   Llegamos hasta Archena, aunque renunciamos a los beneficios de sus aguas telúricas, que bien les vendrían a mis lomos y reúmas. En otra ocasión. Volvemos para atrás que si no llegamos tarde a Blanca para ver su museo dedicado a Pedro Cano, gran pintor y cuadernista. Disfrutamos mucho con la visita y al salir, a la vera del río, tomamos un café en un bar. El Segura pasa lento, sin ruido, con más agua de la que esperaba ver en su cauce y se está bien allí. Se me ocurre que no estaría mal ir a la otra orilla, sentarme en algún recodo solitario con una caña sobre el agua sin anzuelo ni hilo. Se suele respetar a los pescadores, es frecuente que no se acerque nadie a ellos y que, de hacerlo, guarden silencio para no espantar a los peces. Seguramente será una de las pocas situaciones en que alguien se haga merecedor de esos miramientos, tal vez porque se considere más respetable pescar que pensar.
   Un dibujo en cuaderno, a salto de mata y una acuarela posterior, en casa, a partir del dibujo y de una foto hecha en Blanca en el momento. El primero incluso tiene más información, aunque los trazos sean rápidos y poco cuidadosos. Es un boceto. Abajo, la acuarela, con un cielo más trabajado, los colores del atardecer mejor sugeridos, pinceladas más cuidadosas y meditadas, iguales arañazos con la uña para sacar brillos en el agua. Son amores distintos, pero no es mejor la acuarela que el boceto. A mi escaso juicio.


viernes, 31 de agosto de 2018

Cieza


   Varias veces hemos visitado Murcia, la capital y toda la provincia, tan cercana a Albacete en la geografía y en la Historia. También sus playas que lindan con Almería, minerales y volcánicas, sus huertas feraces y algunas de sus comarcas, con especial atención a las que habitaron los últimos moriscos, que a gusto debieron estar en ese paisaje del norte de Marruecos trasladado como por ensalmo al valle de Ricote. Algunos de estos viajes nos llevaron a desviarnos a Cieza, la Medina Siyâsa árabe en la vega del río Segura, el Thader romano, el río Blanco agareño ( وادي الأبيض Wadi al-Abyad ), para ver, dibujar y fotografiar su olivo centenario, un árbol retorcido y antañón que debe contemplar con extrañeza, tal vez con cierto desagrado, cómo ha cambiado el bancal donde hace tantos siglos lo plantaron. No creo que esté a disgusto porque se trata de un hermoso parque, acaso aprecie la compañía e incluso no le desagrade ser objeto de la admiración con que algunos lo miramos, agradeciendo que nos lleguemos hasta allí a contemplarlo. Varias veces lo hemos dibujado y, como digo, no hemos dejado de ir a saludarlo cuando la ruta nos lo ponía a tiro. Una belleza.
  En alguna de esas visitas supimos que había mejor momento para ir a Cieza, aunque ninguno hay malo para hacerlo. Me refiero a la floración. Hay que verla. De forma que volvimos una vez más buscando el día del manto en la eterna primavera murciana. No es suficiente con sorprenderse con el arcoiris vegetal que nos muestran las fotos con que se publicita esta maravilla. Tampoco dibujos y acuarelas pueden reflejar esa inmensidad coloreada, ese universo estrellado por constelaciones de brillos y luceros vegetales. Cientos de miles de melocotoneros y albaricoques, almendros y cerezos, naranjos y mandarinos, guindos y nectarinas, nísperos y caquis forman en estos valles una Vía Láctea frutal, enraizada y golosa. Cada frutal aporta un color o un matiz diferente, del blanco del cerezo o el albaricoquero, el amarillo pálido del caqui, o a la variedad de rosas, tenues en el almendro, intensas en el melocotonero, a veces con matices lila. Añadamos la gama verde de las diferentes hojas y las asperezas oscuras de los troncos que aportan el crujiente a plato tan suave y vayámonos alejando de los bancales para mirar desde lejos este derroche de color si hemos atinado con la fecha del viaje.
   Algunos de estos frutales ya viven desde antiguo en la zona, por ser autóctonos o por haber navegado el Mare Nostrum hasta aquí en esquifes fenicios, romanos o árabes cuando el mundo era más joven. Otros han llegado después, como el caqui, que fue traído a España en 1870. Y aquí conviven, alfombrando cerros y valles, con una variedad que contrasta con otras zonas famosas por sus floraciones monovarietales y uniformes de almendos o cerezos, nada desdeñables, pero menos ricas que el espectáculo multicolor de Cieza, sólo equiparable a los campos de tulipanes de Holanda.
   Cada vez hay en distintas zonas de la provincia de Murcia más superficie dedicada al cultivo de aromáticas. Aceites esenciales de romero, salvia, espliego, lavanda, tomillo y otras buenas hierbas. Como en el caso de los frutales, los agricultores cultivan sabores y aromas, que sólo los pintores compramos colores, pero ese despliegue de color es un regalo que nos dan por añadidura, y no deja de ser reconfortante que se pueda vivir de criar tanta belleza.



   Llamamos renacentista a ese afán de interesarse por todo, esa necesidad que algunas personas, no demasiadas en términos estadísticos, sintieron, sentimos, por escarbar un poco más abajo de la superficie de las cosas; de todas las cosas, admitiendo de antemano la imposibilidad absoluta de llegar muy lejos en nuestro conocimiento de ninguna de ellas. Vivimos un mundo que oscila entre la total ignorancia y la excesiva especialización, predominando de forma abrumadora la primera. Quien no sabe nada de nada y quien lo sabe todo de muy poco. El avance suele venir de quien consigue unir los hallazgos de otros exploradores de campos muy pequeños, fragmentarios. El progreso procede de los que saben sacar consecuencias y derivaciones útiles de esos conocimientos trabajosamente descubiertos por gentes concienzudas y minuciosas, geniales a veces, pero estériles mientras vivan estancos. Investigación básica, imprescindible, a veces impotente como el vuelo del pájaro enjaulado. Hecha útil por la genialidad de relacionar, de unir lo aparentemente extraño y desparejo. La investigación es trabajosa y compleja, minuciosa y detallista. El producto de la genialidad es maravillosamente sencillo, a veces obvio, pero de una obviedad no evidente hasta ver la rueda girando o el fuego arder tras frotar dos palitos. Normalmente los mayores descubrimientos, los verdaderamente relevantes y revolucionarios, consistieron en encontrar no nada nuevo, sino una nueva relación entre cosas viejas. La litetarura y el arte también funcionan así. Una obra literaria es maravillosa si hace un uso genial del lenguaje preexistente, combinando de forma nueva palabras muy viejas, pues no necesita inventarlas. Por eso más que desconfiar, abomino de todo arte, idea o doctrina que renuncia o desprecia la tradición. Cierto es que algunos dicen despreciar o renunciar a aquello que ni conocen ni dominan, cosa que evidencian sus productos y elucubraciones. El arte es otra cosa. El pensamiento fecundo también, pues nos escarmienta y avisa sobre la repetición de errores del pasado y pone cimientos para la construcción sólida del futuro.
   Con los placeres y disfrutes ocurre otro tanto. Unir dos o más de ellos no los suma, los multiplica. Olor y sabor, letra y música, edificios, lugares e historia. Paisaje, historia, clima, gastronomía, buena compañía y un vino blanco fresco. Cuantas más sensaciones y recuerdos intervengan, mayor es el placer. Cuestión de relacionar ideas, lo que presupone tenerlas. Es penoso tener pocas, y trágico tener una sola, dueña de toda la cabeza, rebotando de neurona en neurona sin encontrar con quién pegar la hebra. adueñándose de todo el pensamiento, de todos los sentimientos y deseos. Eso convierte en un peligro a quien tan poco amueblada tiene la almendra. A unos les da por poner lazos, a otros por degollar infieles y a otros por abrazar farolas. Y en esas estamos.
   Viene esta disgresión a propósito de mi tendencia a pensar en los iberos o en los romanos viendo unos pedruscos alineados y ya desportillados por los siglos en un bancal, o a recordar a los árabes mirando un olivo, una acequia o un palmeral, que no hay que ir a la mezquiita de Córdoba o a la Alhambra para sentir su aliento. Unir la tierra que piso con el recuerdo de quien antes vivió en ella y la transformó, las técnicas que utilizaron, cómo aprovecharon sus recursos o los crearon. Recordar qué se escribió o se dijo de este lugar o de sus gentes, qué ocurrió aquí, que sueños y qué afanes les llevaron a levantar esto que hoy son ruinas, son elementos que enriquecen y dan sentido a un viaje, esa actividad tan devaluada. Y, sobre todo, nos ayudan a no mirar de forma condescenciente, como a un pariente tonto, a nuestros antepasados, pues es ilusión vana creernos superiores. Tal vez lo seamos como especie animal, aunque en la mayor parte de los de casos ni eso. Sobrevalorándonos, cada uno de los humanos nos creemos que el mejor de los sapiens y yo, dos, obviando que en algunas cosas importantes las personas hemos degenerado mucho, salvo escasas excepciones, que no conozco. Sobre todo si pienso en la incapacidad que tendríamos para sobrevivir en un medio en el que ellos prosperaron. A veces tenemos que cruzar un puente romano para ver desde él, sobre el río, las ruinas  de otro que levantó hace poco nuestra engreída técnica, nuestra forma de pensar, mezquina, rácana con el esfuerzo, de luces bajas frente a esa mirada a lo lejos en el tiempo con la que incas, chinos, egipcios, mayas o romanos, entre otros, construían para la eternidad.
   Y plantaban. De siempre he tenido por monumentos a algunos árboles. En belleza pueden rivalizar con el acueducto de Segovia, superarlo incluso. También en valor una moneda de cobre o de hierro podría ser más apreciable para un arqueólogo que un saco de otras de oro, pues la vida es cuestión de valores no de precios. Y la información y el saber es oro. Una acequia ya arruinada, unos arcos huérfanos, discontinuos, restos de un acueducto, son monumentos de igual valor que otros de mayor relumbre, al menos por su capacidad para evocar las personas y el tiempo que los levantaron, el talante que les llevó a hacer bello lo util, la visión que les impulsaba a hacer hermosos y sólidos hasta los aljibes o las canalizaciones subterráneas, repitiendo modelos acreditados, buscando menos sorprender que durar. Mimaban lo que no se ve. Los cimientos. Hoy todo lo echamos en fachada. Luego se nos hunde el puente mientras lo atravesamos, tal vez mientras comentábamos en nuestras últimas palabras, admirados, lo atrevido de su ingeniería y lo colosal de sus pilares, compartiendo, (como siempre apuntándonos méritos ajenos), el orgullo del ingeniero. Se derrumba a los sesenta años de ser construido, como ha ocurrido en Génova. Claro queda que los bárbaros de dentro y de fuera acabaron para siempre con Roma. Leo desesperanzado que los puentes actuales se levantan dándoles una esperanza de vida no mayor de 150 años. Esa es nuestra sociedad. Como la del imperio romano, tal vez no merece sobrevivir, por vieja, cansada, por cómoda y por incapaz de defender unos valores y una cultura heredada de la que no pocos reniegan, siendo al paso incapaces de alumbrar otra mejor. En cuanto, yéndome por las ramas, abandono mi panteísmo naturalista y paso de los árboles y las flores a las personas me deprimo. Volvamos a los olivos y a la historia, pues. Merece la pena visitar el museo de Siyâsa en Cieza para empezar a conocerla.

   Cieza, como toda Murcia y parte de Alicante y Albacete, gracias al pacto de Orihuela, el pacto de Tudmir, es decir de Teodomiro de Oriola, salvó el primer embate de la invasión árabe capitulando y conservando así cierta independencia, aunque su vasallaje, según el acuerdo del 7 de abril del año 713, obligaba a cada persona, incluida la parte contratante de la primera parte, es decir Teodomiro, a pagar un tributo anual de un dinar en metálico, cuatro medidas de trigo, cebada, vinagre, zumo de uva (no sé si fermentado, que la hipocresía no es cosa nueva), dos de miel y dos de aceite de oliva; para los siervos, solo una medida. 
   No duró demasiado esa situación, Teodomiro sólo tuvo un dudoso continuador, Atanagildo de Tudmir, cuya hija ya se casó con un yundi árabe, un invasor sirio, de forma que terminaron sucumbiendo y sufriendo los avatares de la época, con guerras civiles entre los diferentes grupos musulmanes, afición que compartían con las antiguas tribus iberas, cuya división entregó a Roma la Iberia, consolidando un preexistente carácter disgregador de tribu y luego de kabila que nos dejaron como parte de la herencia. Ello fue lo que provocó la fatal división del califato en reinos de taifas, antes incluso de que la parte norte de la región fuera totalmente arabizada. Como vemos, el modelo se repite. De todas formas, hasta 1243 no se invirtieron los papeles y el emir de Murcia Ibn Hud al-Dawla fue el que capituló ante Fernando III, pasando a ser vasasllos de Castilla y León.
  A tres kilómetros al norte de Cieza, en el morrón de Bolvax, se encuentran los restos abandonados del antiguo poblado ibero-romano que según muchos sería la antigua Segisa, citada por Ptolomeo como cercana a Cartago, en pleno Campus Spartarium de los romanos.  Para ellos esa sería la primera ubicación de Cieza.
   Más seguro es buscar su origen en la Siyâsa árabe, que como toda Murcia tuvo que rendirse ante Fernando III, que tras conquistar Segura en Jaén, como Alcaraz y Chinchilla en Albacete, no les dejó otra opción. Ese pacto se llama de Alcaraz. Se reparten tierras entre los cristianos, las mismas que siglos antes habían sido repartidas entre moros, es decir, las mejores. Algunos se quedan en Cieza al abrigo de los pactos, Otros pocos tal vez se incorporaron a la guardia mora que solían tener los reyes castellanos, igual que los caudillos sarracenos preferían ser escoltados por mercenarios cristianos, a los que se conocía como 'los elches'.  Al suelo, que vienen los nuestros. Muchos árabes prefieren irse a Granada, para vengarse después en ataques continuos, tomando cautivos en su antigua casa para cobrar rescates. Ya en los últimos estertores del reino nazarí siguieron estas incursiones, que llevaron a los ciezanos a las mazmorras de Granada, en la Alhambra, para trabajar como esclavos en las murallas del Albaycín. Aún se conservan sus melancólicos grabados y dibujos en las paredes de las hondas mazmorras en que los mantenían encerrados al salir del tajo y a las que nos podemos asomar en una visita a la Alhambra y sus aledaños.

domingo, 29 de julio de 2018

Olivos y otros árboles

   Como siempre, sigo pintando árboles. La mayor parte de ellos son ejemplares singulares que nunca dejo de visitar cuando se ponen a tiro en algún viaje. No es la primera vez que quedar a doscientos kilómetros se considera suficientemente a tiro. Cieza, Ricote, El Maestrazgo, la sierra del Segura o Cazorla, Villajoyosa, Daimiel... Algunos otros, los menos, recurro a alguna foto o reportaje en internet o en alguno de los libros que tengo sobre árboles catalogados, guías y otras fuentes.
    La rugosidad de sus cortezas, las formas retorcidas y caprichosas, los almendros o cerezos en flor, los olivos, pinos y encinas, siempre son excusa para trabajar las texturas, las sombras, los colores, las luces. Unas veces con acuarela o tintas, pluma estilográfica o rotuladores, últimamente con lápices, pasteles sobre papeles tintados, lo que permite fuertes contrastes al utilizar el blanco.
   En esta entrada va una mezcla de todo ello, dibujos y acuarelas, casi todos de este mes de julio que ahora termina, unos in situ, los menos, los más recurriendo al arsenal de fotos que tenemos almacenado para tiempos de sequía viajera.
Árbol, montaña y nubes. Nogalina y lápiz blanco

Algarrobo de Guadalest (Alicanrte)
Cielo y ramas a partir de una foto del amigo Vilaboa, desde Galicia.

Un olivo de Cieza

Olivera gorda de Ricote, en Murcia.
Olivo centenario de Cieza.
Olivo centenario de Cieza
Olivo de Daimiel
Olivera de Villajoyosa, en Alicante
Taray de Las Tablas de Daimiel

viernes, 27 de julio de 2018

Dibujos en papeles tintados. Árboles, flores y barbas.

 Últimamente estoy haciendo probaturas con papeles tintados. Un bloc de papel marron, papeles kraft verdes, azules, amarillos... Pendiente está el papel Canson negro que he comprado en bloc. Empecé con estilográfica cargada con tinta indeleble negra o marrón y sacando algunas luces con un lápiz blanco o rotulador. De ahí pasé a buscar en los cajones cajas de lapiceros de color que hace muchos años que no usaba. Los hay acuarelables de Conté, lápiz pastel de la misma marca y dos cajas de Poychromos de Faber-Castell. Una de ellas una gama de 12 del blanco al gris; otra un arcoiris de 36 colores
    Como de una cosa se va pasando a otra, recordé un plumier lleno de lápices de Conté y Pitt de Faber Castell,  un lote de sanguinas, sepia, negros y blanco, completado con algún otro lapicero blanco graso, de esos que dibujan en cualquier sueprficie. Al final es el que más he usado. También los he encontrado en barritas. Ya ni recuerdo cuándo compré estas cosas.
    Aqui se ven algunos de esos materiales y el bloc de papel marrón, donde se han hecho casi todos los dibujos de esta entrada.
   Aqui, para este jarrón con flores, se ha usado algo de acuarela, aunque hay mucho trabajo con el lápiz. Buscando lápices encontré algunos bastante antiguos que compré en un rastro. Lápices copiativos, de esos que se mojaban con la lengua para marcar bien, en violeta y un rojo oscuro, borgoña. Como lleva toques de témpera blanca también, se ha mezclado a veces con la acuarela ultramar que usé en el jarrón. Los verdes también de acuarela.
   Papel kraft verde. Dibujo con lápices de colores, blanco entre ellos.
   Acuarela, témpera blanca y lapicero blanco.
   Lápiz carbón, sanguina, sepia y blanco sobre el consabido papel marrón.
   Probatura con lápices pastel de Conté. Quería aplicar una técnica que muchas vevces he utilizado dibujando con grafito. Se trata de grabar unas rayas en el papel, presionando ligeramente con algo afilado pero que no corte. En este caso fue con una capucha de boli Bic, lógicamente no con el extremo romo, sino con el trozo que hace de clip. Al dibujar por encima de esas hendiduras en el papel no toman el color, quedan del tono del fondo. Muy dulzón y relamido ha quedado, pero lo que se quería probar funciona.
    Un taray de las Tablas de Daimiel con estilográfica, lápices acuarelables verde y siena claro y trazos con el lápiz blanco en fondo y luces.

sábado, 30 de junio de 2018

Alpera. Concurso Pintura Rápida


    El pasado 28 de abril estuve en Alpera en un concurso de pintura rápida. No gané ningún premio, entre otros muchos motivos porque iba como parte del jurado. Coincidió con la presentación del libro sobre la historia de Alpera de mi amigo Rafa y pasamos allí unos días, cosa siempre agradable. Como es natural me llevé los apechusques de dibujar y la cámara de fotos. Hubo ocasión y tema para no parar de usar unas y otras cosas. También para ver a los amigos, charlar, saludar y abrazar a muchos antiguos alumnos, ya talluditos, comer, beber y pasar el mal trago de tener que decidir entre demasiados cuadros que merecían tener un premio.
    Siempre es difícil elegir entre tantas formas de ver y de hacer, de forma que hubo muchas deliberaciones hasta llegar a acuerdos que todos pudiésemos aceptar. Como siempre, sólo quedarían contentos los que ganaron los premios, generosos por cierto.
   El caso es que daba gloria ver las calles y las plazas, los rincones y los parajes de los alrededores llenos de caballetes plantados, bajo sombrillas que al final resultaron útiles cuando llovió. Y bien.
   En la plaza del Ayuntamiento es donde más pintores había. De forma que era buen sitio para pasar un rato entre recorrido y recorrido para ver cómo y qué pintaba el personal, tomarse una cerveza y, ya de paso, pintar a los pintores. Metapintarlos. En uno de los cuadernos ya tenía un dibujo de esa plaza, hecho desde el mismo sitio, que le tengo querencia a la barra. Aproveché la ocasión para terminarlo, que lo había sugerido a lápiz y lo rematé con estilográfica. Con un rotulador Pitt marrón hice otro igual, poblado esta vez de pintores.
   En los recorridos por los rincones y parajes en busca de pintores, a veces sin bajarme del coche, iba haciendo algunos dibujos en el cuaderno, bocetos rápidos que coloreaba después. Siempre hago una foto de lo que empiezo por lo que pueda pasar, que a veces pasa. Incluso pasan cosas que no pueden pasar.
    De algunos sólo me dió tiempo a hacer cuatro rayas; en otros me pude recrear más. Concluyo que además del tema, los materiales, el formato, la intención o la ciencia del pintor, la comodidad es un aspecto bastante influyente en el resultado final. Unas veces para bien, otras para mal, porque no siempre lo más acabado es mejor. Por lo menos no suele ser más sugerente.
    En otras ocasiones, escasas pero reales, dibujo en el cuaderno una imagen que se quedó en la cabeza en momentos en que no se puede ni siquiera empezar a dibujar. Como en el caso siguiente, un cielo lleno de nubes mientras voy conduciendo. En cuanto llego a un sitio más oportuno me pongo a ello, anrtes de olvidar qué quería uno contar con ese dibujo. Algunas veces tenemos las fotos, otras no. Algo así ha ocurrido en todos los siguientes dibujos, en cuaderno o en papeles sueltos.