martes, 8 de octubre de 2019

VI Encuentro de "Ladrones de Cuadernos" en El Escorial

    Organizado por Ana Grasset, nos dimos cita en El Escorial un grupo numeroso de cuadernistas, muchos ya habituales en encuentros previos, lo que suma a la belleza del lugar el placer de los reencuentros con buenos amigos. Seguramente eso es lo esencial de estos akelarres pictóricos, en los que no falta la tertulia, la gastronomía, el aprendizaje ni el afecto, cosa evidente en algunas de las fotos. ¡Cómo no te voy a querer, Joshemari!
    Como este grupo de Ladrones de Cuadernos, al que se le unen muchos amigos de Cuadernos Viajeros de Elche y de otros grupos de dibujantes en cuaderno y acuarelistas, está formado por gentes variopintas y valdemoras de muchos lugares de España, es normal que no todos puedan acudir, como a mí me pasó en el de Huesca, único al que no pude asistir. Y bien que lo sentí. Pero sí estuve en los de Cuenca, Tarazona-Veruela, Elche y Sigüenza. Esperemos el siguiente, aunque aún no se ponen de acuerdo los científicos acerca del lugar más conveniente. Si no ocurre nada, en Elche, como todos los años, nos volveremos a ver. ¡Calamares, temblad!
   Conseguí terminar otro cuaderno, cosa rara, pues muchos tengo a medio, con un dibujo o con dos, de todos los colores y tamaños, que más me gusta comprarlos que tiempo tengo para llenarlos. Dibujos con tintas, estilográficas y pincel de agua, a veces acuarelados, y otros con lápices o rotuladores sobre cuaderno Canson de papel negro oscuro.
   Aunque hay demasiadas cosas y lugares para ver, es imposible en tan poco tiempo visitar tanta maravilla. Una que no quería dejar de disfrutar era la biblioteca del monasterio, acercar las narices a dos dedos de las Cantigas de Alfonso X el Sabio, el Libro del Ajedrez y el de la Montería, entre los miles de joyas que allí se atesoran. Una gozada. Me dio tiempo a hacer dos dibujos de esa hermosísima biblioteca, uno de ellos sentado en el sillón cedido por una amable funcionaria de los servicios de vigilancia de la sala. Además se tomó la molestia de ir a buscar el sello en seco del bibliotecario, para imponerlo en las hojas de mi cuaderno. Un lujo y una comodidad que agradezco desde aquí, pues es la amabilidad un bien escaso que nunca hay que dejar de resaltar. Mucho tienen que aprender otros vigilantes de palacios, castillos y fortalezas que creen estar defendiendo de atacantes hostiles en lugar de limitarse a hacer agradable la visita de turistas y estudiosos, sin renunciar a la seguridad y al respeto a las normas del establecimiento, que una cosa no quita la otra. No se me olvida un vigilante de un elevado castillo de la costa levantina que me trató como si fuera un corsario de Túnez en el siglo XVI. Un bárbaro este señor, haciendo juego con el nombre de la fortaleza.

El hotel estaba justo enfrente del Monasterio y desde su balcón se veía hermoso por la mañana temprano o ya de noche, al retirarnos a nuestras habitaciones que dirían los primeros nobles habitantes de estas casonas antañonas y palacetes que ahora se alquilan al vulgo. 

    Con estilográfica y pincel de agua mojado en el tajo, dibujo a don Crispín, la estatua del personaje de don Jacinto Benavente a cuya espalda nos refugiamos de un aguacero imprevisto, acogidos en un café atendido por un profesional no menos amable que la bibliotecaria, que llevó sus mimos hasta el nivel inaudito de ir a comprar otra botella de pacharán cuando la peña había dado fin a las existencias. No está mal contarlo pues no es norma general, que hubo quien nos dio veinte minutos, ni uno más ni uno menos, para tomarnos una copa en otro garito, justo hasta las doce, como a Cenicienta. Nadie perdió el zapato de cristal pero pudo atragantarse con el gintonic. Al comer en esa otra hermosa plaza al día siguiente, reconociendo al de las prisas, buscamos otro lugar con menos urgencias, que el cliente, como el dinero, vota con los pies.


   Ana Grasset, para cuya afectuosa amabilidad no hay palabras, nos llevó en su coche a visitar las casitas del príncipe Carlos y del Infante don Julián, en las cercanías del monasterio, lejanías para mí, dado el penoso estado de mi esqueleto, ese antepasado que llevamos dentro en palabras de Umbral.  Me ha salido respondón ese pariente interno que debía sostenerme él a mí, que no yo a él, como es el caso. Allí hay otra clase de monumentos que no me gustan menos que los de piedra. Sequoias y cedros del Líbano, ya creciditos, que no tuvimos más remedio que llevarnos dibujados en los cuadernos. Sabían vivir estos señores de la corte, la verdad sea dicha. Habría mucho que hablar acerca del origen de tal solvencia, del derroche real y eclesiástico que contrastaba de forma infame con una mayoría de súbditos, de los cuales muchos malvivían cerca de este lujo. Como hoy no toca hablar de ese espinoso tema, nos quedamos con que, al menos, no se lo gastaron todo en guerras dinásticas, banquetes y joyas, dejando una infinidad de edificios, cuadros, estatuas y jardines que hoy podemos disfrutar todos. Otros reyes y  dirigentes no coronados ni mitrados, de variado pelaje, no dejaron ni eso. La Historia no es un libro de contabilidad, y de otros grandes imperios no queda ni con qué encender.
   El caso es que dibujamos algunos árboles hermosos, aunque antes de empezar a hacerlo ya sabíamos que era imposible trasladar al formato y tamaño de un cuaderno, ni de un lienzo más sobrado, la majestuosidad de estos ejemplares. Por su tamaño y por su estado se ve que se encuentran a gusto en estas tierras. Nosotros también. Volveremos.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Árboles, bosques y otras hierbas. Y la feria de Albacete

Una acuarela a partir de una foto del amigo Vilaboa, un paseo de Vilameá entre esos bosques misteriosos que recoge en sus fotografías. Me gusta la transparencia del violeta amatista de Daniel Smith. Le sigue otro paisaje, también de una foto de Vilaboa. Un abuso por mi parte. 

A continuación, sobre papel negro, unos dibujos con lápices de colores sobre la Feria de Albacete, que se celebraba en esos días en que los hice.
En la feria, tocando como todos los años en la Caseta "Las Espigas", con Flashback, me regalaron los amigos espigones y espigonas este recuerdo, agradeciéndome un dibujo del año anterior que han usado como portada de su programa de actividades de esta feria. Muchas gracias.
Este es el dibujo:
Recojo algunos otros dibujos de la feria de Albacete que ya había hecho anteriormente:





martes, 3 de septiembre de 2019

Dibujos y acuarelas Agosto y septiembre 2019

    Un dibujo con dos tintas, siena y negra, en dos estilográficas, una de ellas caligráfica, con tajo flexible. Y un pincel de agua. Papel caballo. Es un estudio de un árbol de Bienservida, en Albacete.
    Varias de las acuarelas de esta entrada se hicieron para seguir trabajando los verdes, sus mezclas porque raramente utilizo ninguno tal cual sale del tubo, salvo el de jadeíta de Daniel Smith, que no necesita añadidos ni matices. En la primera me atreví con el esmeralda o viridiana, el verde más difícil, por pinturero y chillón. Pero algo debe de tener cuando es el único verde que utilizan muchos pintores, especialmente algunos de los ingleses del principio de la acuarela. Siempre mezclado porque solo, a veces, por no decir siempre, resulta un exceso. 
    En esta ocasión lo he ido matizando con azules, especialmente cobalto e índigo, los azules utilizados en el resto de la acuarela. Otras con siena, incluso rojo, obteniendo unos verdes oliva muy cálidos que van bien para bosques y masas de árboles donde en la realidad hay menos verdes de lo que uno pudiera pensar. Hay que incluir tonos grises, quebrados, que suavizan la cosa y hacen resaltar el resto de los colores cuando se dejan más puros y saturados. Son los azules, los grises y los tonos cálidos siena los que dan cierto encanto y contraste tonal en esa acuarela.
    Por cierto, ese bosque, en gran parte imaginario, sale de un vídeo sobre Ronda y su entorno, detenido en el momento en que se mostraba un bosquecillo. Del original queda poca cosa, salvo el árbol del primer plano y los tonos cálidos del fondo. El río había que adivinarlo, oscuro y dudoso en la imagen. Al final se le dio más protagonismo para no llenar todo el espacio de vegetación. Ese sistema de basarse en un fotograma de un vídeo detenido funciona para arrancar a pintar sin saber exactamente qué.
    En la anterior acuarela, el bosque, ahora en azules y verdes, es un bosque prácticamente imaginario, y se nota. Los árboles son poco reales y se muestran destartalados, postizos. En la naturaleza todo queda bien, todo es armonioso, en sus formas e incluso en combinaciones de colores que no nos atreveríamos a vestir ni a pintar. Pero es que la naturaleza tiene mucho gusto y mucha experiencia. A la naturaleza se le perdona todo. El tema era seguir con los verdes y con los azules, con las lejanías, intentando pintar esas hojas que sugieren el perfil indefinido del árbol y se desdibujan con el sol detrás. En realidad es un ejercicio.
    La siguiente acuarela, como muchas otras que he pintado, se basa en una foto del amigo Vilaboa de Santiago de Compostela, que tantos y tantos paisajes mágicos nos regala. Sus fotos dan el trabajo hecho porque sus encuadres son perfectos, sus luces, sus colores... Además suponen un cambio respecto al tipo de paisajes que suelo pintar en Castilla, en La Mancha y en el Mediterráneo más cercano, de Alicante, Murcia y Almería. Tenía este paisaje el atractivo añadido de esos colores que de forma pálida se recogen en mi acuarela. También intenté usar el verde esmeralda, que da frescura a la hierba, pero que siempre es un peligro.
   Vienen a continuación dos versiones de un magnolio de Aranjuez, en acuarela y en dibujo con tintas. El tema es el mismo, como el encuadre, pero los resultados son muy diferentes, que cada técnica impone sus reglas y cada material añade su carácter y su vida propia, a veces poco manejable. En la acuarela se da importancia a las sombras, a los efectos de luz, en el dibujo he procurado centrarme más en la forma, en las líneas. En ambos casos hay manchas de color más que formas concretas perfiladas con pincel. Marca de la casa.
   En el magnolio segundo, las tintas, por su cuenta y como me avisa mi amigo fray Sven de Escandinavia, han pintado en el tronco un oso polar agazapado y aullando. Él tiene más costumbre de verlos.
    De una foto que hice en Cieza, un dibujo de un olivo con tintas, plumilla y pincel. Se notan los trazos de la plumilla, de grosor variable según la presión. Es de las pocas veces que me detengo a pintar hojas en copas y frondas de los árboles, casi siempre sugeridas con masas de color. La foto que sigue al dibujo muestra los materiales utilizados. 
    Un dibujo en cuaderno con estilográfica y pincel de agua, de una reunión de amigos músicos, hecho antes de las canciones, la cena y los cafés. Un buen recuerdo, de los muchos que la música y los amigos nos ha proporcionado.
    Una acuarela sobre unos plátanos de sombra de Aranjuez. Papel verjurado de Canson que proporciona esa textura. Lo hice después de leer un artículo sobre la antigüedad de la presencia en  el Mediterráneo de estos árboles traídos desde el Oriente. También el Libro de los árboles y de la labranza, de Columela.
    Lo curioso es que llegué a los plátanos de sombra después de escuchar por casualidad "Ombra mai fu", de esa ópera de Hændel, basada en la obra previa de Giovanni Bononcini quien, a su vez, la adaptó de la de Francesco Cavalli.  Un aria dedicada a la sombra de un plátano, cuya letra en italiano dice así:
Frondi tenere e belle
del mio platano amato
per voi risplenda il fato.
Tuoni, lampi, e procelle
non v'oltraggino mai la cara pace,
né giunga a profanarvi austro rapace.
Ombra mai fu
di vegetabile,
cara ed amabile,
soave più.



De ahí llegué a este artículo de prensa de Luis Ruiz Padrón 16.12.2017 en La Opinión, de Málaga:
    "Jerjes I, rey de reyes, atravesaba Anatolia camino de invadir Grecia cuando se detuvo frente a un gran árbol: un plátano de sombra.
«Frondas tiernas y bellas 

de mi plátano amado,
¡que os favorezca el destino! 
Nunca fue la sombra
de una planta más querida y amable», 
entonaba Jerjes en Ombra mai fu, la más célebre aria de Haendel. Se dice que Agamenón plantó un plátano en Delfos, y Homero narra los sacrificios que Ulises dedicó a los dioses junto a un plátano sagrado. El árbol bajo el cual Hipócrates enseñaba medicina en la isla de Cos pertenecía a esta especie, igual que los que crecían en la Academia de Platón; lo sabemos gracias a Plinio el Viejo. El polen encontrado en la lava de los jardines pompeyanos era de plátano. Horacio y Cicerón nos hablan de los plátanos que poblaban los vergeles de Roma; Hafiz componía sus poemas a la sombra de los plátanos de Isfahán, y Boccherini sus quintetos bajo los de Aranjuez.
     Puede que olivos y cipreses definan el paisaje mediterráneo, pero la civilización grecolatina se ha escrito bajo la copa majestuosa de los plátanos. Claro que milenios de exposición a los acordes, hexámeros y cuartetas de los más grandes han vuelto a nuestro árbol refinado y sensible. Prospera esplendoroso en ambientes cultos, pero se vuelve frágil y quebradizo cuando ha de vérselas con concejales que decretan podas extemporáneas y operarios de parques y jardines que las aplican a serruchazos. Por eso, cuando nuestro ayuntamiento afirma que «el plátano no se adapta a nuestro clima», comprendemos que habla en sentido figurado, y que con esa palabra no se refiere a pluviosidad y temperatura sino a otra de sus acepciones: «circunstancias o condiciones de un lugar». Al clima municipal, vamos. Ay, si Jerjes el Grande levantara la cabeza."

jueves, 22 de agosto de 2019

Sierra de Alcaraz

   Casi todos los dibujos y acuarelas de esta entrada salen de los apuntes y fotografías de una ruta rápida por terreno conocido. Saliendo de Albacete, carretera de las Peñas de San Pedro, nos desviamos a la derecha poco antes de llegar a Ayna, hacia Bogarra, esa zona tan hermosa que se conoce como la Sierra del Agua, aunque es parte de la Sierra de Alcaraz.
    Ya al pasar por debajo del imponente peñón del castillo y murallas inmensas de las Peñas de San Pedro empezamos a dejar los llanos y las colinas suaves para entrar en terreno más quebrado, y desde ese momento, viajamos por carreteras de curvas que atraviesan un bosque por el que podríamos hacer cientos de kilómetros por rutas distintas casi siempre a la sombra de los árboles. Lindando con Andalucía, podríamos andar escoltados por ellos hasta el Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas, que él solo ocupa 214.300 hectáreas.

   Pasamos por Bogarra en fiestas, y alcanzamos el Batán, visitamos su salto de agua, una hermosura y, como el merendero de El Batanero está cerrado, en seco dibujamos en el cuaderno un nogal que enmarca el paisaje, cuatro rayas que coloreamos después, y seguimos, que se hace la hora de comer. Hago fotos, como está mandado. De ellas y del apunte in situ sale esta acuarela un poco más cuidada que el boceto. 
    Mientras nos preparan la comida en el hotel que hay a la orilla del río Madera al pasar el Batán del Puerto, ya cerveza en mano, solo una y pequeña que hay que conducir, dibujamos lo que se ve desde la terraza a la sombra de un nogal, el dibujo anterior. Hecho con calma esta vez, viendo volar mariposas y libélulas, algo que hoy hay que agradecer porque ya no es frecuente, recreándonos en lo que desde allí se ve y escuchando el rumorcillo del agua del río, como de cristal, que me dicen que nunca falta. Con buen pan de la cercana Bogarra e insólito aceite del lejano Tomelloso, más dorado y dulce que el de la zona, nos atrevemos con un potaje de garbanzos con chorizo, una temeridad con el día que hace, aliviado con una ensalada más fresca con tomates y lechugas, cebollas, olivas y otros productos de la zona o de las cercanas. Cerramos con una carne a la brasa y una tarta casera de queso, que el menú era generoso. Repuestas las fuerzas en mayor medida de lo que las habíamos gastado, como siempre, y de nuevo bajo un sol inclemente, seguimos camino centrados en mirar el paisaje, en no despeñarnos en las curvas aunque hay buena carretera y, sobre todo en hacer la digestión. 
    Aunque hoy parezca mentira, vamos atravesando lo que  desde 1748 hasta 1833 fue una provincia marítima, la de Segura de la Sierra, proveedora de madera para la fábrica de tabacos de Sevilla y para sus astilleros y los de Cartagena. Muchos pinos de estos cerros, transformados en barco, se acabaron hundiendo en Trafalgar y en mares remotos. Otros murieron echados bajo las vías del tren, como traviesas. Mi abuela materna era de Paterna del Madera, y ese juego de palabras ha dejado en mí algún gen recesivo que suele hacerse dominante, y tal vez de ahí venga mi amor por los árboles.
     Vamos subiendo, pasamos por el alto de las Crucetillas y por el de las Crucetas. Miedo me da el de las Cruces, si lo hay. Casi 1500 metros. Hoy no hay nieve ni están cortados al tráfico, cosa usual en otras fechas. Por la zona de Riópar sí que sigue habiendo miles de helechos alrededor de la carretera, y si ellos sobreviven, nosotros seguramente también, que sólo verlos ya refresca. En alguna paradiña dibujamos a toda prisa un almendro, con un rotulador de pincel con tinta china.
    En Riópar pasamos, como siempre, por ese hermoso paseo casi en tinieblas bajo los enormes plátanos de sombra, que se toman en serio el oficio. No sé si lo he soñado, pero creo recordar hace ya unos años sus tocones a ras de suelo a raíz de una poda asesina, aunque hoy milagrosamente rebrotados como si nada hubiera pasado, resucitada igual envergadura y majestuosidad que antes del crimen. Dan ganas de no salir de allí. Causa asombro ver cómo los plátanos de sombra van sobreviviendo a las eternas y extendidas furias municipales, que en todos sitios descargan sus iras y sus frustraciones a la hora de podarlos. Tomamos café después de varios intentos, pues está cerrado el restaurante, donde el museo de productos de bronce de las antiguas fábricas de la época de la Ilustración. El patio está abierto, aunque ya no es hora de visitar la exposición. Tampoco se ve mucha gente por unas calles que deberían bullir de turistas. Debe de ser por la hora.
    Hemos pasado por las ruinas de las antiguas Reales Fábricas de Bronces y de Latón de San Juan de Alcaraz, al lado de las minas de calamina que explotó desde 1773 el ingeniero vienés Juan Jorge Graubner. Las minas se llaman de San Jorge, canonizando así al vienés por vía civil, de ingeniería civil.
    Subimos una vez más al pueblo original, el Riópar Viejo, el Rivus Oppae, río de la zorra, con perdón, que se abandonó cuando la población se fue trasladando a la colonia de las nuevas minas y fabricas en el llano. Recuerdo haber visto la explanada frente a la iglesia hace muchos años, llena de flores con los colores de la República, incluso haberla pintado. También ver asomar dos o tres tejados de las pocas casas habitadas que entonces había, de las que sólo una brillaba con tejas nuevas, la de Teatinos. Hoy me encuentro un pueblo medieval, que ya lo era, con casas de piedra, oficina de turismo y demás, casas rurales en alquiler, incluso algunos visitantes a pesar del sol que cae a estas horas. En el censo figuran sólo cinco habitantes, un remanso comparado por las aglomeraciones de otras aldeas y pedanías de Riópar que alcanzan los trece, catorce, hasta los dieciséis habitantes. Esto no puede seguir así a menos que continúe. Bajando hago unas fotos de la montaña, que pinto después. Es la primera de las acuarelas de esta entrada, con una luz cálida y lateral que iluminaba a contraluz miles de telas de araña en los ribazos.
   En esta ocasión no nos acercamos a los Chorros, al Calar donde nace despeñado ese río bautizado como Mundo, con gran modestia.
    Como es natural, esta era tierra de moriscos, que no creo que ni para expulsarlos se molestaran las autoridades en acercarse a estos hermosos cerros. Otra tradición, como ésta del abandono, según leo, era la de orientar la mesa de la matanza hacia el levante, cara al sol naciente, es decir, hacia la Meca, todo un toque de eclecticismo religioso para la muerte del gorrino. También hay noticia de un anciano vecino, el tío de las sayas, que en chilaba se bajaba del burro para mascullar unas frases en una algarabía heredada que ni él era ya capaz de entender, postrado ante el sol poniente. 
    Por una carretera excelente, (¡Gracias, don José!), que hace muchos años, cuando íbamos a menudo por allí, no existía, atajamos hasta Salobre. Se pasaba entonces por un peligrosísimo Estrecho del Hocino, en una zona de geología rara, generosa en sílex, una isla de piedra emergida desde el Paleozóico. El pueblo está hermosísimo y cuidado. Nos tomamos algo fresco en la plaza a la sombra de los plátanos, dibujando los edificios que tenemos enfrente, bien restaurados. Paseo hasta el puente. Algún paisajista habrá asesorado para el acondicionamiento del cauce del río que ha quedado hecho un paraíso. Sobre el puente hacemos unas fotos, disfrutando del dulce olor a higuera, como en gran parte del viaje, pues es un error creer que sólo hay pinos en estos montes. Por la carretera sólo se ven los pinos en la falda y en las alturas de las montañas, pues suele estar el camino bordeado por gran variedad de árboles de hoja caduca, cuando no de helechos, como decíamos. Este pino que fotografié para hacer una acuarela después estaba por el Batán de Bogarra, a la orilla del río. Una hermosura.
   Además de los pinos y helechos, de las acacias, sabinas y enebros, hay quejigos, encinas, servales y arces menores. En las zonas húmedas, como en el valle de los Chorros hay tejos, acebos, avellanos, fresnos,  olmos de montaña, a veces forrados de hiedras, incluso algunas variedades de orquídea y algunas plantas carnívoras. Las plantas veganas, de haberlas, serían caníbales, pues la naturaleza no sabe de esas correcciones. Mejor dejar esa línea de investigación y que cada planta o semoviente coma lo que pueda y tenga a mano.
   De otra foto desde el puente en Salobre, una acuarela con sauce a la derecha e higuera a la izquierda. El río está abajo y el cielo arriba, como es costumbre, aunque a veces los reflejos llevan a muchos a confusión. Con la izquierda y la derecha aún ocurre más a menudo. No sé de dónde viene eso de estar en la higuera. Tengo que mirar. De paso consultaré eso de caer del guindo. ¡Cuántas enseñanzas nos proporciona la naturaleza!

    De Salobre, volvemos a Albacete por Alcaraz, y como siempre al pasar me propongo enterarme de cómo era y de dónde venía ese inmenso acueducto del que quedan en pie un par de arcos en alturas inverosímiles Luego el Jardín, recuperando poco a poco desde allí la horizontalidad de un paisaje que va menguando en vegetación. Unos 250 kilómetros casi todos a la sombra.
   

viernes, 19 de julio de 2019

Acuarelas y dibujos. Julio 2019

   Un par de dibujos con estilográfica y acuarela, dos rincones de Albacete, el Altozano con el Gran Hotel como protagonista y una calle y plaza de Francisco Pizarro con la torre de la iglesia de Fátima al fondo. Siempre me ha parecido un  minarete. Una vez acabados, este tipo de dibujos, sugieren más información, más dibujo, del que realmente tienen, pues las líneas son rápidas, poco precisas y son las manchas de color las que acaban dando al conjunto volumen y cierto realismo.
   Los materirales son los habituales, tinta negra indeleble en la estilográfica y acuarelas de Daniel Smith. El papel es de Windsor & Newton, satinado.

    De las encinas centenarias de La Mejorada, en Alpera (Albacete) tengo cientos de fotos y de vez en cuando vuelvo a alguna de ellas. Una acuarela con muy pocos colores, sobre papel de acurela satinado. Se han usado un ocre amarillo, índigo y cerúleo, siena tostada y sodalita, un azul oscuro similar al índigo. Por tanto los verdes son mezclas. el tono final de mis acuarelas casi siempre viene determinado por los azules que en cada caso se utilizan.

   Vienen ahora cuatro acuarelas sobre fotos de Bienservida, fotos de hace un par de años por sus alrededores, llenos de montañas, olivos, pinos, retamas, encinas y otros árboles, muchos de ellos ya talludos. Jugando con los contrastes de color, con las lejanías violáceas y con los verdes.
    En el olivo anterior y en los siguientes se ha tratado el color del ramaje, ese verde gris, plata a veces, propio de los olivos. Para ello se ha utilizado el azul de lapislázuli de Daniel Smith, con su tono agrisado y muy granular.
    Como digo, también por Bienservida, este acantilado jugando con los contrastes de colores cálidos y fríos, verdes de jade y sombras de sodalita o de amatista.
   Del amigo Vilaboa, de vez en cuando no puedo resistirme a pintar alguna de sus fotos, siempre atrayentes y a veces misteriosas. Las fotos de Vilaboa tienen la ventaja de sacarme de mi entorno habitual, manchego y levantino, llevándome a las brumas y humedades de Galicia. Además esas fotos dejan poco que decidir pues sus encuadres ya son perfectos. De él son las dos siguientes y para él mi agradecimiento por permitirme con gran generosidad utilizarlas para mis acuarelas.
   Por último una acuarela casi imaginaria en la que combino un cielo nuboso al atardecer con unos típicos árboles desnudos a contraluz.