martes, 5 de julio de 2016

Dibujos de Albacete II

   En esta segunda entrega de dibujos sobre Albacete, comienzo con un dibujo del edificio del Gran Hotel, en el Altozano, con estilográfica y tinta, terminado con ligeros toques de rotulador-pincel chino. Sobre un papel artesano, casero, que hizo mi hijo Pepe. En él aún aparecen algunas letras incrustadas en la masa, procedentes de noticias de periódico que no llegaron a disolverse. Espero que esas noticias fuesen buenas, aunque la probabilidad es mínima.
     El anterior dibujo es de una de las calles principales de Albacete, llamada Marqués de Molins en este primer tramo y Tesifonte Gallego en el que va del cruce con la calle Mayor hasta el parque de Abelardo Sánchez. En tiempos fue el lecho de un río, el río Piojo y, como el agua es terca, para hacer los cimientos de algunos edificios han tenido que estar bombeando agua durante meses. Piojo se llamaba el río cubierto y así se llamó la calle en sus orígenes, para pasar a ser el Callejón de Agraz y de Suárez y en 1854, denominarse Val General. Luego se volvió a rebautizar en 1903 y 1911 para recibir los nombres actuales en sus dos tramos. Trabajo inútil porque siempre se la ha conocido como calle Ancha, a pesar de que no lo es. A todas horas concurrida, es una de las calles más comerciales de la ciudad, con varios hermosos edificios que sobrevivieron durante el siglo pasado, mientras muchos fueron sustituidos por otros de menos mérito. En fin, esto es lo que hay, o lo que queda.
   Dos dibujos sobre la feria de Albacete, ambas a partir de fotos, reciente la primera, antigua la segunda, del templete del anillo central de la feria. Inmensa construcción es este recinto de edificios concéntricos que se construyó inicialmente en 1783, modificado y ampliado en varios momentos de su ya larga historia, y que sólo se utiliza diez días al año. Sus "redondeles" se conforman por círculos llenos de casetas, un conjunto con forma de sartén, donde abundan los puestos de venta de navajas, bebidas, miguelitos, café, chocolate y churros para la madrugada, mariscos, pollos asados con cava, bocadillos de morcilla o de jamón de Teruel, recuerdos, juguetes para feriar a los niños, cerámicas, pero sobre todo, cosas para comer y beber, que la feria desgasta mucho, pero mucho. Fuera del recinto, otro círculo de casetas privadas, carpas para la música y el baile, puestos de alfombras, artesanías, objetos varios y más jamón, quesos, embutidos y otras sutilezas gastronómicas y bebetorias. Aún quedan los restos de lo que antes era la principal actividad, la compra y venta de aperos de labranza, ollas y sartenes enormes de cobre o acero para la matanza, lonas, cuerdas, marroquinería y cosas similares.
   Cientos de miles de personas que para llegar hasta allí tienen que desfilar por el largo y abarrotado paseo franqueado de atracciones de feria, entre las que hay algunas que cobran por martirizar a sus usuarios, estudios de televisión instalados para el evento, casetas con vinos dulces de Málaga y Cariñena con su barquillo y todo, tómbolas, caballitos y demás. Cuando yo era pequeño no faltaba un circo ni el Teatro Chino de Manolita Chen. En la Caseta de los Jardinillos, en donde en aquella época pedían corbata para entrar, actuaban los mejores grupos y cantantes, acompañados por las mejores orquestas. Entre ellas, alguna en la que yo estaba. Hoy es un lugar más de música y baile, que no son tiempos para los derroches de antaño.
   Veo que en el dibujo olvidé incluir una de las figuras que más me enternecen del evento, una persona semiescondida en su propia selva andante, acarreando sudorosa una maceta descomunal, de varios metros de alta, que de forma poco meditada ha tenido la desgracia de conseguir en una rifa  de esas casetas que las sortean mediante sobres con cartas de la baraja española. Unos trileros tampoco solían faltar, aunque se les ve cada vez menos, pues igual que los payasos, son oficios que sufren un gran intrusismo profesional y es fácil encontrar a sus encorbatados competidores en los lugares e instituciones más variopintas. 
   La primera, acuarelada, tinta indeleble en la estilográfica, recoge la gente que suele abarrotar a todas horas ese recinto ferial, su paseo y los aledaños, dedicados principalmente a comer y beber. Jamón de Teruel, queso, miguelitos de la Roda, gambas, morcillas, guarrillas y demás exquisiteces. Entre las bebidas, aparte de las cervezas y vinos de rigor, triunfan los mojitos, decenas de miles de ellos. ¡Cuánta perversión!
   De la feria de septiembre pasamos a la del libro, que todos los años se instala en el paseo de la Libertad, frente a la Diputación Provincial. Muy oportuno el lugar elegido, porque libros y libertad siempre han caminado juntos. Se viene celebrando desde 1979, en marzo o abril, nunca en semana santa, y siempre aprovechando los pocos días de lluvia de que dispone la ciudad. En épocas de sequeras en lugar de sacar al santo en procesión, la feria del libro viene mostrándose sumamente eficaz para atraer las lluvias. Se venden libros y se recargan los acuíferos. Al fondo a la izquierda el hermoso edificio del Gran Hotel, en el centro, voluntariamente difuminado por el dibujante, el del Banco Central, hoy Santander. El cambio de nombre de la entidad no ha mitigado su ofensiva horripilancia. Los árboles rebrotando, si es que ese año no se les ha ido la mano con las podas y los han dejado como postes del teléfono.
   Chalet Fontecha, Gobierno Civil, Cámara de Comercio... Ese hermosísimo edificio, uno de los que se salvaron de los califatos municipales que condenaron a la ruina no pocos los que en esa calle tenían un valor similar, para edificar esas cosas que se van alternando con los que aún quedan de una calle que perdió su encanto y su unidad arquitectónica de principios del siglo XX en aras del progreso.
   Por el momento, adquirido por la Diputación Provincial, parece destinado a albergar un Museo de Arte Realista. Esperemos que llegue a buen puerto esa buena idea.
   El dibujo, con estilográfica y pincel de agua, extendiendo la tinta de los trazos y reforzando después algunas sombras mojando el pincel en el tajo de la pluma para cargar algo las tintas.
   El siguiente, también a partir de una foto, es un dibujo que recoge desde el Parque una esquina del Instituto Bachiller Sabuco, que durante mucho tiempo fue el único de la capital. En él estudiamos —al menos el ingreso y primer curso de bachiller y entre otros muchos que sería largo enumerar—, Don Ramón Menéndez Pidal y yo, con desigual aprovechamiento y trayectoria.
   Finalizamos la entrada del blog con un dibujo de una esquina del Paseo de la Libertad, recogiendo parcialmente el edificio de la Diputación Provincial. Sentado en la terraza del Milán, tomando una copa de pacharán en honor y recuerdo de mi siempre amigo y ocasional compañero de dibujos callejeros, Joshemari Larrañaga, pintor de barcos, bares y bodegas de Barcelona. Los dibujos hechos en su sitio, sin foto, son otra cosa. Tienen un no sé qué y un qué se yo que los hace más frescos y espontáneos, es decir, mejores.

jueves, 16 de junio de 2016

Segura, Cazorla y las Villas


   Parque Natural de las Sierras de Segura, Cazorla y las Villas. Casi 220.000 hectáreas de bosques, montañas, ríos y embalses, que hacen de esta maravilla el espacio natural protegido mayor de España, el segundo de Europa. La verdad es que las montañas y los bosques comienzan bastante antes de llegar al Parque Natural, pues a pocos kilómetros de Albacete capital ya empezamos a vernos rodeados de montes arbolados, a conducir por sinuosas carreteras de montaña, a vadear ríos y bordear embalses. Hay que recorrer, como hacemos, cientos de kilómetros para que, poco a poco estos bosques se vayan conviertiendo en olivares, pasada Cazorla. Unos 60 millones de olivos de Jaén que son la mayor extensión de bosque cultivado del mundo. Y la cuarta parte del aceite de oliva mundial. Zona de montaña, rica en arbolado como se ve, agreste, semidespoblada, con fuentes, arroyos, como ocurre en la provincia de Albacete, limítrofe, donde se inicia el Parque y donde no es excepcional encontrar cabras encaramadas a los farallones, ardillas, incluso algunos cervatillos al lado de la carretera, cosa que me ocurrió hace poco en lugar tan inesperado como Tolosa, en las hoces del Júcar, cerca de Alcalá. 
   Por Cazorla vimos alguna cabra curiosa, escapando sin prisas entre helechos por los barrancos que bordeaban la carretera, muchas ardillas, truchas y carpas por los ríos, lagartos, lagartijas y hasta una inquietante camisa de víbora hocicuda abandonada por su propietaria bajo un cojín en un banco de un restaurante a la orilla del Tranco. Y por los cielos infinidad de rapaces, que más parecía la Bolsa, incluso algunas aves enormes a gran altura, águilas reales o buitres. También compruebo que cada decenio se ven menos mariposas, abejorros, mantis aunque ya se hubiese mermado su religiosidad, libélulas, arañas, caballitos del diablo e insectos en general. Tal vez sea que ya no recorro las serranías metido hasta el cuello en las aguas heladas de los ríos, cámara en ristre para inmortalizar bichos, como era mi costumbre, o simplemente que he perdido mucha vista. Espero que sea eso. Aunque creo que no.
   También habría que decir que no es el único Parque Natural de la provincia de Jaén, que cuenta con otros tres, hasta las 300.000 hectáreas protegidas, al sumar los de Sierra Magina, Sierra de Andújar y Despeñaperros. Terreno adecuado para quienes nos encanta conducir por curvas, no nos espantan los barrancos y no nos cansamos de ver árboles y cerros.
  
   Aunque era zona ya conocida por otras visitas anteriores, algunas en tiempos ya remotos, ir allí en estos momentos primaverales es algo diferente. Hace poco más de un año, pasábamos por Santiago de la Espada, con nieve en las cumbres o en las zonas de umbría al lado de la carretera. Desde Úbeda también se veían las cimas llenas de nieve hace unos meses. La hierba está ahora jugosa y verde, los árboles lucen en su mejor momento, abundan los helechos y algunas praderas están cuajadas de florecillas. Las nieves de este invierno y las lluvias de mayo han permitido que el paisaje presente ahora su mejor cara. Las montañas no cambian, siguen imponentes, majestuosas, cubiertas de árboles hasta la altura en que estos empiezan a sentirse incomodos, cerca de los 2.000 metros de altura.
   Como vamos sin prisa, paramos a almorzar cerca del Salto de Miller, mientras miramos los retorcimientos de los estratos que dejaron al aire los desmontes para hacer las carreteras, lo que demuestra que el pasado geológico de la zona fue agitado, que el afán por acercarse a la península es ya de antiguo compartido en el norte de Africa por personas y placas tectónicas, a veces con grandes estropicios en forma de catacumbres, terremotos o de almohades.  Luego nos desviamos hacia Segura de la Sierra, que en el año 781 llamaron  شَقُورة (Shaqūra) estos fanáticos, el ISIS de la época, cuando la conquistaron guiados por Abul-Asvar, según me informo.
   Allí vimos, con la montaña al fondo y olivos en el valle, la estatua de Jorge Manrique, oriundo de Segura de la Sierra. Y la dibujamos.  
    Habíamos tomado café en un bar cerca de La Toba, escuchando el agua borbotear al caer por un pequeño desnivel entre pedruscos y las higueras que daban sombra al lugar y habíamos bebido agua en una fuente que había en el  mismo patio del bar. Allí estuvimos pegando la hebra con el dueño, que con más sentido común que vista comercial te recomendaba beber en ella, pues no podía ofrecer ninguna embotellada que fuera mejor. Me descubro ante tanta sabiduría y honradez.
   Llegamos a este hermoso pueblo medieval de Segura de la Sierra serpenteando entre enormes pinos y jugosos helechos por la ribera del río Madera, centro de la que fue inverosímil provincia marítima de Segura, en manos del Real Negociado de Maderas, lo que supuso que estos bosques, gran parte de varias provincias, pasaran en 1751 a manos de la Marina, una vez se decidió en 1733 que de aquí convenía sacar los troncos de pinos salgareños con que construir la fábrica de Tabacos de Sevilla. Desde entonces, decenas y decenas de millones de árboles se fueron navegando por el Madera, el Guadalimar, el Segura o el Guadalquivir hasta los astilleros y atarazanas de Sevilla o Cartagena, principalmente para contruir o reparar barcos. Aunque es actividad que duró hasta época relativamente reciente, la disminución del caudal de los ríos, la construcción de embalses y otros factores hicieron que este trasiego fluvial se abandonara. 
   Los árboles, de las manos de la marina pasaron a las de la Renfe, para hacer millones y millones de traviesas para las vías férreas. De forma que al viajar, en barco o en tren, durante siglos, de aquí salieron las traviesas que soportaban las vías o el forro exterior, cubierta y parte de la arboladura de las naves contruidas para la carrera de Indias, para perseguir piratas berberiscos o para hundirse en Trafalgar. 
   Parte de las sierras de Albacete formaron parte de esa provincia marítima con capital en Segura de la Sierra, teniendo su delegación albaceteña en Alcaraz, junto a las de Cazorla, Villanueva del Arzobispo, y Santisteban del Puerto.
   Como a este paraiso siempre se ha venido a llevarse, que no a traer, durante mucho tiempo fue reserva de caza mayor, pues hasta osos había, según algunas fuentes hasta mediados del XIX, seguro antes, no hay más que leer los libros de montería a los que tan aficionados han sido los monarcas y nobles de todos los reinos que luego formaron España. En el Libro de la Montería "que mandó escrevir el muy alto y muy poderoso Rey Don Alonso de Castilla, y de León, vltimo deste nombre, acrecentado por Gonzalo Argote de Molina", libro dirigido a Felipe II en el que recoge textualmente lo que Alfonso XI decía sobre estos montes:

   Llegamos a la base bien entrada la tarde, a la Casa La Nana en la misma presa del pantano del Tranco de Beas, lleno a rebosar. Ahora a descansar, quitarse el calor del viaje y tomar un brebaje reparador y refrescante mientras las montañas van cambiando de color, las sombras van llenando las partes bajas de los valles que ocupa el pantano y el fresco y la oscuridad se hacen dueños del lugar. Quedan algunas luces y el olor del jazmín y las higueras.
   Por la mañana temprano apunte con estilográfica y acuarela, aunque volvemos varias veces al tema con acuarela o lápiz de lo que desde esta terraza se ve en los momentos en que estamos en la casa, . Una maravilla.

   Aunque procuramos ver parte de lo mucho que hay, también hubo bastantes ratos de descanso, disfrutando del olor de las higueras, viendo que el en cielo hay buitres que se ganan honradamente la vida, escuchando pájaros que aún tienen ánimos para cantar en el bosque, duchándonos con agua mineral sin gas o bebiéndola en fuentes llenas de musgo y cabelleras de Venus, comiendo tomates con sabor a tomate, embutidos de ciervo, quesos de cabra y miel de romero.
   La altura de las montañas es impresionante y esa que hemos dibujado varias veces y que pone fondo a la presa del Tranco, una llanura inclinada que se derrumba finalmente, tiene una estructura que se repìte una y otra vez. El paisaje mantiene ese patrón, el de un fondo marino, llano y uniforme, que se levanta, se inclina, quiebra y derrumba siempre en la misma dirección, la dirección en que empujaban las fuerzas inimaginables que comprimieron esa llanura inicial rompiéndola y haciéndola alta y quebrada, como una sierra. El espectáculo debió de ser tremebundo. El desconcierto de las aguas también y, en sus dudas y discusiones sobre la ruta a seguir, unas eligieron, precisamente aquí, si convenía dirigirse hacia el levante o hacia el sur. La mayoría prefirieron esa segunda opción y el Guadalquivir ganó al Segura, ambas cuencas abriéndose camino entre cerros y peñascos  hasta el mar.
   También trajimos algunos recuerdos de los olivares de Cazorla, en forma de aceite o de mermelada de olivas, miel y cosas así. Los principales quedan dibujados. Hicimos muchas fotos y algunos dibujos más durante los demás días de rutas por la zona, pasando por pueblos con su castillo y sus calles llenas  de rosales en flor, de esas rosas que huelen y que creíamos extintas: Nacimiento del Segura, Hornos, Río Borosa, Arroyo Frío, La Iruela, Cazorla, y de allí regreso por Villanueva del Arzobispo hacia Alcaraz y Albacete. Un paseo largo por carreteras bordeadas de retamas en flor.

   Pluma estilográfica y acuarela. Un pino inmenso, de los muchos que hay en la zona. Orillas del Tranco de Beas. Está dibujado sobre un cuaderno Mix-media de Canson, 17,7 x 25 cm. Los siguientes, unos dibujos con estilográfica y pincel de agua del castillo y de una calle de Cazorla, sobre  un cuaderno de Fabriano y  otro de Canson Mix-media verjurado.

viernes, 20 de mayo de 2016

Dibujos de Albacete

    Después de una temporada más que complicada en la que he pintado pocas acuarelas, últimamente las circunstancias han hecho que casi todo se hiciera en cuadernos, de viaje en Almería, Murcia, Úbeda y Baeza, Madrid, Elche, Alicante o Benidorm. He recuperado la inmediatez de una pluma estilográfica y unas pocas pastillas de acuarela para hacer dibujos y poder llevar encima todos los aparejos.
     Estos dibujos son de Albacete, mi ciudad, que tengo abandonada. A diferencia de otros pueblos, villas y ciudades de una de las provincias más extensas, variadas y hermosas de España, no es Albacete, su capital, una ciudad monumental, para mi pesar, pues es joven para los estándares europeos, y nada anterior al siglo XVI sigue en ella en pie. Si escarbáramos, —si escarbásemos aún más—, encontraríamos restos iberos, romanos o árabes y también agua, porque vivimos sobre un lago subterráneo, aunque ya sobreexplotado, que inunda los cimientos si se ahonda mucho. Antes los niños al hacer un gua para jugar a las bolas encontraban agua, cerámica ibérica o una losa de la vía Augusta. En Roma encuentran un anfiteatro, apunta mi amigo José Javier, que es arqueólogo. A cada uno lo suyo.
    Por eso, muchos nativos, al viajar, nos portamos como si fuésemos de Illinois, boquiabiertos y admirados ante las piedras antiguas bien colocadas, sin esa vacuna que capa la capacidad de asombro y disfrute de quien desde su ventana ve cada día una catedral gótica o un acueducto romano. En eso somos como niños, en el mejor de los sentidos de la palabra. Úbeda y Baeza pueden resultarnos apabullantes, por poner un ejemplo de los muchos que hay en España.


   Aunque no es que en Albacete se haya arramblado con el pasado arquitectónico en mayor proporción que en otros lugares, la inicial escasez hace más dolorosos esos derrumbes para dejar el solar a mostrencos de hormigón que hieren nuestra vista. Mal común, como la ola de progreso que derribó prácticamente todas las murallas y puertas de las ciudades muradas para los ensanches del XIX y que a nosotros nos ha privado de algúnos palacios, iglesias, conventos o nobles edificios de principios del siglo XX que daban unidad y encanto al centro de Albacete. Algunos quedan, ofendidos por la compañía arquitectónica, pero ahí están.
   Por contra, tenemos muchos árboles, parques y jardines, un aire limpio, hermosas puestas de sol, buen queso, excelentes vinos, y gente con un humor propio de naúfragos y supervivientes a los que nada les fue fácil. Un humor que nos permite reirnos de nosotros mismos y de quienes dicen vivir en territorios históricos, que parece ser que Dios vino a estos desolados páramos, ya bien entrada la historia, a remediar un olvido del día de la creación. Terreno fronterizo y de paso, tal vez el problema es que hayamos tenido historia demás e inversiones de menos, lo que provocó la pérdida de lo mejor del terreno, sus gentes, que tuvieron que emigrar a buscarse la vida, muchas veces siguiendo a sus aguas arrebatadas, para ser mirados con desdén en las regiones cuya prosperidad ayudaron a levantar con sus manos. Una prosperidad ajena muy ligada a nuestra ruina y despoblamiento. Entender más de la bolsa que de la historia lleva a algunos a hablar, sin tener que apuntalarse la cara con recios andamios, de algunas gilipolleces sobre deudas históricas y otras garambainas. A ver si un día tenemos tiempo y vergüenza y echamos cuentas.
    Dejemos sufrir a los que tienen que remontarse siglos para encontrar motivos de orgullo, cuanto más antiguos más ajenos, y admiremos a nuestros antepasados más o menos cercanos que, olvidados y teniendo todo en contra, consiguieron sobrevivir y permitir que aquí estemos ahora nosotros, su prole, gente genéticamente estoica, resistente y tenaz. Nosotros, poniendo patas a sus genes, pululamos hoy en día en busca de una mesa en el bar, donde hidratarnos al sol o a la sombra, según mercado y estación para, de paso, guarecernos de este clima inclemente que remata la suerte para hacernos berroqueños.
   Puestos a hablar de historia, cuando Albacete era una aldea árabe, allá por 1252, el alcalde se llamaba Wahb Alláh y la aldea Al-Basit, el llano. De ahí hemos pasado a Albacete, cuya terminación diminutiva de lugarejo o aldehuela, como sucede a otros lugares de similar nombrecillo, nos ha colocado a sus casi 180.000 habitantes a vivir en un sitio propicio para los chistes fáciles, rimas propias del encefalograma plano de la creación literaria y demás escarnios. Si eso evita que personas así se dejen caer por estos llanos, por bien tengamos el no contar con topónimo más rimbombante, como los 1544 habitantes de Madrigal de las Altas Torres, por poner un caso.
  Como decía fray Gerundio de Campazas, su aldea era pequeña por no haberse sus vecinos propuesto hacerla mayor, que sitio tenían. Aquí ocurre igual, porque sitio tenemos mucho. Y sobre el nombre, no corren tiempos de recuperar el Al-Basit de cuando los almohades, ahora de vuelta, pero con kalashnikov.
   Van pues aquí unos primeros dibujos de Albacete, con estilográfica, a veces plumilla, tintas, acuarelas y tamaño 24x30 cm. en la mayoría de los casos, pues en parte se preparan para mitigar el olvido a mi ciudad en mis cuadernos de dibujo y también con vistas a una posible exposición cuando haya suficientes que se consideren presentables.

viernes, 13 de mayo de 2016

Benidorm en mi cuaderno. Dibujos

    Unos días, pocos, de merecidísimo descanso por Benidorm y alrededores, en plan familiar. Pero siempre con el cuaderno a cuestas. Pocos aparejos, pues esta vez todo va en el bolso. Una sola pluma estilográfica, una Pilot extrafina con tinta indeleble de Platinum. Una cajita con acuarelas de fabricación casera cargada con Rembradnt y Daniel Smith y un pincel Escoda de viaje, de marta kolinsky Tajmyr del número 4. Un pincel increíble. Para su tamaño carga mucha agua, hace líneas finísimas y no necesita uno nada más. Todos los dibujos en un mismo cuaderno, uno de Paper Blanks de la serie Old Leather.
   Aunque ha llovido bastante, como en casi toda España, ha sido más por la noche y quedan días de sol y sombra, con buenas nubes y luz intensa. Incluso ratos para dorarse al lado del mar, en Finestrat, dibujando el paisaje mientras uno se toma una cerveza, o en una cafetería en Benidorm en esa zona atestada de tiendas, guiris, y scooters. Tengo que alquilarme uno para andar por allí sin andar.
   La vegetación brilla, por el sol y por la lluvia, las palmeras como recién sacadas de la tintorería, las flores recién regadas y algunos paraguas que aún dan más color al conjunto. Aunque cuando era más joven no me gustaba Benidorm, he llegado a encontrar encantador este monocultivo de turistas en altura. Hay de todo. Y hay más de un Benidorm, sólo falta buscarlos. Sitios de bulla, tostaderos de turistas color gamba a la plancha, remansos de paz entre palmeras y flores, calas ahora con poca gente, una oferta de hostelería inigualable en variedad y buenos precios, peces, salazones, gambusinos y arroces, soles y sombras, cervezas y cafés, desayunos con huevos y beicon con judías, chinos vendiendo de todo, nórdicos en su punto, vuelta y vuelta, ingleses a medio cocer y civilizar, otros del todo, jóvenes en pleno desmadre, jubilados oreándose, en fin, que tema hay.
   Las paradas para descansar se aprovechan para dibujar. Cortado y dibujo. Si hay tiempo, que lo hay, se da la acuarela allí mismo. En los que se puede se cuña con el sello del establercimiento,. Para ello tiene que haber cuño y establecimiento. Aunque estuvimos un par de veces en El Albir, no he dibujado allí como en otras ocasiones, pues hacía un día algo desapacible y alli hay bastante viento, a la orilla de la playa. Pero el motivo era otra visita casi obligada a un supermercado donde se venden productos internacionales para la abundante colonia extranjera que vive en la zona. A reponer un poco de queso cheddar curado, galletas de canela, mermelada de gengibre y de lima, miel de limón, algún jabón, vino blanco de Jalón, un seco de uva moscatel que me gusta, y algunas otras cosas. Entre ellas, cepillos de dientes Jordan, noruegos, de mango muy fino y cerdas en su punto de tiesas que llevo usando 40 años hasta que dejé de encontrarlos para recuperarlos aquí después de que hasta en El Corte Inglés dejaran de venderlos. Aunque el jabón de verbena, hecho en Marsella, lo compré en Carrefour, una gozada de espuma y aroma. Termino que esto parece una guía de compras.
   Como siempre que hay ocasión y es de jueves a domingo, visita al Cisne, sitio inclasificable pues reúne tiendas de antigüedades, mercadillo, bares, restaurantes, música en vivo y en muerto, hasta cuadro flamenco en que los turitas acaban bailando sevillanas o algo muy parecido, pintas a dos euros y plato de paella a un euro. Por diez euros una jarra de sangría y dos platos de paella y dos cafés. No es de extrañar el éxito. En dos horas me dió tiempo a tomarme dos pintas, un plato de paella, un café y a hacer tres dibujos en el cuaderno, que me cuñaron amabilísimamente.
   Patio que ya he dibujado mil veces, con su ficus, sus buganvillas y jazmines, palmeras, pinos, flores y laa montaña al fondo, casi siempre con alguna  nube en la cima.
   Una calle del Rincón de Loix.

martes, 3 de mayo de 2016

Acuarelas y dibujos


   Aunque principalmente utilizo papeles de Garzapapel, de los que tengo buena provisión, tengo desde hace tiempo otros que no son cosa de deperdiciar. Incluso de reponer cuando se terminen, como el Arches satinado o el de grano fino que va muy bien para muchas cosas. De Fabriano tengo algunas hojas de esas que vienen en bloque pegadas por los bordes, con una textura interesante, algunas de ellas que creo que ya no se fabrican igual.
   Como no puedo evitarlo, en Baeza compré dos tipos de papel de Clairefontaine con un grano muy peculiar, papel que he utilizado en las ñúltimas acuarelas de esta entrada y las anteriores. La verdad es que tienen un grano evidente, textil, muy agradable. Siempre vienen bien las pruebas y catas.
   Ya he contado anteriormente que tengo demasiados cuadernos, tanto en uso como sin estrenar. Eso hace que los dibujos queden un poco desperdigados, ya que casi nunca intento en la salidas hacer cuadernos monográficos de un tema o un lugar. En el último encuentro de Ladrones de Cuadernos y Cuadernos viajeros he visto otra vez algunos de estos cuadernos, dedicados a un tema, bares, bnodegas, barcos, como los de Joshemari Larrañaga, rutas por la zona de Gijón del amigo Oñera, retratos, escenas recogidas en el tren o a viajes por el Loira. Tienen  mucho encanto, además de una unidad que realza cada uno de los dibujos y les da otro valor.
   Recupero algunos dibujos acuarelados, algunos de ellos muy recientes, que se hicieron sobre un hermoso cuaderno de Fabriano, de buen papel y hojas cosidas, que se inició en 2010 y ha estado bastante tiempo descansando en la estantería. Otro de Paper Blanks, que lleva casi un año inactivo, dos o tres cuadernos indios artesanos, con tapas de piel y papel poroso que sólo contienen uno  dos dibujos del día en que se compraron. Uno de Canson algo mayor que lfonso Ruíz me regaló en Baeza y que contiene dibujos de Benidorm y de Elche... Observo que únicamente tengo completo un bloc de Arches, un Journal de papel de grano fino muy apaisasdo. Me propongo pues, centrarme en estos cuadernos a medio que serán los que utiice en las próximas salidas.
   Después de las anteriores acuarelas, se muestran tres dibujos en ese cuaderno de Fabriano, Baeza y Villalgordo del Jucar, en Albacete, un árbol de sus cercanías y unos sauces a la orilla del río en ese momento en que las hojas empiezan a salir, mostradno ese verde tierno que contrasta con la plata del río en un día algo nublado.