jueves, 22 de agosto de 2019

Sierra de Alcaraz

   Casi todos los dibujos y acuarelas de esta entrada salen de los apuntes y fotografías de una ruta rápida por terreno conocido. Saliendo de Albacete, carretera de las Peñas de San Pedro, nos desviamos a la derecha poco antes de llegar a Ayna, hacia Bogarra, esa zona tan hermosa que se conoce como la Sierra del Agua, aunque es parte de la Sierra de Alcaraz.
    Ya al pasar por debajo del imponente peñón del castillo y murallas inmensas de las Peñas de San Pedro empezamos a dejar los llanos y las colinas suaves para entrar en terreno más quebrado, y desde ese momento, viajamos por carreteras de curvas que atraviesan un bosque por el que podríamos hacer cientos de kilómetros por rutas distintas casi siempre a la sombra de los árboles. Lindando con Andalucía, podríamos andar escoltados por ellos hasta el Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas, que él solo ocupa 214.300 hectáreas.

   Pasamos por Bogarra en fiestas, y alcanzamos el Batán, visitamos su salto de agua, una hermosura y, como el merendero de El Batanero está cerrado, en seco dibujamos en el cuaderno un nogal que enmarca el paisaje, cuatro rayas que coloreamos después, y seguimos, que se hace la hora de comer. Hago fotos, como está mandado. De ellas y del apunte in situ sale esta acuarela un poco más cuidada que el boceto. 
    Mientras nos preparan la comida en el hotel que hay a la orilla del río Madera al pasar el Batán del Puerto, ya cerveza en mano, solo una y pequeña que hay que conducir, dibujamos lo que se ve desde la terraza a la sombra de un nogal, el dibujo anterior. Hecho con calma esta vez, viendo volar mariposas y libélulas, algo que hoy hay que agradecer porque ya no es frecuente, recreándonos en lo que desde allí se ve y escuchando el rumorcillo del agua del río, como de cristal, que me dicen que nunca falta. Con buen pan de la cercana Bogarra e insólito aceite del lejano Tomelloso, más dorado y dulce que el de la zona, nos atrevemos con un potaje de garbanzos con chorizo, una temeridad con el día que hace, aliviado con una ensalada más fresca con tomates y lechugas, cebollas, olivas y otros productos de la zona o de las cercanas. Cerramos con una carne a la brasa y una tarta casera de queso, que el menú era generoso. Repuestas las fuerzas en mayor medida de lo que las habíamos gastado, como siempre, y de nuevo bajo un sol inclemente, seguimos camino centrados en mirar el paisaje, en no despeñarnos en las curvas aunque hay buena carretera y, sobre todo en hacer la digestión. 
    Aunque hoy parezca mentira, vamos atravesando lo que  desde 1748 hasta 1833 fue una provincia marítima, la de Segura de la Sierra, proveedora de madera para la fábrica de tabacos de Sevilla y para sus astilleros y los de Cartagena. Muchos pinos de estos cerros, transformados en barco, se acabaron hundiendo en Trafalgar y en mares remotos. Otros murieron echados bajo las vías del tren, como traviesas. Mi abuela materna era de Paterna del Madera, y ese juego de palabras ha dejado en mí algún gen recesivo que suele hacerse dominante, y tal vez de ahí venga mi amor por los árboles.
     Vamos subiendo, pasamos por el alto de las Crucetillas y por el de las Crucetas. Miedo me da el de las Cruces, si lo hay. Casi 1500 metros. Hoy no hay nieve ni están cortados al tráfico, cosa usual en otras fechas. Por la zona de Riópar sí que sigue habiendo miles de helechos alrededor de la carretera, y si ellos sobreviven, nosotros seguramente también, que sólo verlos ya refresca. En alguna paradiña dibujamos a toda prisa un almendro, con un rotulador de pincel con tinta china.
    En Riópar pasamos, como siempre, por ese hermoso paseo casi en tinieblas bajo los enormes plátanos de sombra, que se toman en serio el oficio. No sé si lo he soñado, pero creo recordar hace ya unos años sus tocones a ras de suelo a raíz de una poda asesina, aunque hoy milagrosamente rebrotados como si nada hubiera pasado, resucitada igual envergadura y majestuosidad que antes del crimen. Dan ganas de no salir de allí. Causa asombro ver cómo los plátanos de sombra van sobreviviendo a las eternas y extendidas furias municipales, que en todos sitios descargan sus iras y sus frustraciones a la hora de podarlos. Tomamos café después de varios intentos, pues está cerrado el restaurante, donde el museo de productos de bronce de las antiguas fábricas de la época de la Ilustración. El patio está abierto, aunque ya no es hora de visitar la exposición. Tampoco se ve mucha gente por unas calles que deberían bullir de turistas. Debe de ser por la hora.
    Hemos pasado por las ruinas de las antiguas Reales Fábricas de Bronces y de Latón de San Juan de Alcaraz, al lado de las minas de calamina que explotó desde 1773 el ingeniero vienés Juan Jorge Graubner. Las minas se llaman de San Jorge, canonizando así al vienés por vía civil, de ingeniería civil.
    Subimos una vez más al pueblo original, el Riópar Viejo, el Rivus Oppae, río de la zorra, con perdón, que se abandonó cuando la población se fue trasladando a la colonia de las nuevas minas y fabricas en el llano. Recuerdo haber visto la explanada frente a la iglesia hace muchos años, llena de flores con los colores de la República, incluso haberla pintado. También ver asomar dos o tres tejados de las pocas casas habitadas que entonces había, de las que sólo una brillaba con tejas nuevas, la de Teatinos. Hoy me encuentro un pueblo medieval, que ya lo era, con casas de piedra, oficina de turismo y demás, casas rurales en alquiler, incluso algunos visitantes a pesar del sol que cae a estas horas. En el censo figuran sólo cinco habitantes, un remanso comparado por las aglomeraciones de otras aldeas y pedanías de Riópar que alcanzan los trece, catorce, hasta los dieciséis habitantes. Esto no puede seguir así a menos que continúe. Bajando hago unas fotos de la montaña, que pinto después. Es la primera de las acuarelas de esta entrada, con una luz cálida y lateral que iluminaba a contraluz miles de telas de araña en los ribazos.
   En esta ocasión no nos acercamos a los Chorros, al Calar donde nace despeñado ese río bautizado como Mundo, con gran modestia.
    Como es natural, esta era tierra de moriscos, que no creo que ni para expulsarlos se molestaran las autoridades en acercarse a estos hermosos cerros. Otra tradición, como ésta del abandono, según leo, era la de orientar la mesa de la matanza hacia el levante, cara al sol naciente, es decir, hacia la Meca, todo un toque de eclecticismo religioso para la muerte del gorrino. También hay noticia de un anciano vecino, el tío de las sayas, que en chilaba se bajaba del burro para mascullar unas frases en una algarabía heredada que ni él era ya capaz de entender, postrado ante el sol poniente. 
    Por una carretera excelente, (¡Gracias, don José!), que hace muchos años, cuando íbamos a menudo por allí, no existía, atajamos hasta Salobre. Se pasaba entonces por un peligrosísimo Estrecho del Hocino, en una zona de geología rara, generosa en sílex, una isla de piedra emergida desde el Paleozóico. El pueblo está hermosísimo y cuidado. Nos tomamos algo fresco en la plaza a la sombra de los plátanos, dibujando los edificios que tenemos enfrente, bien restaurados. Paseo hasta el puente. Algún paisajista habrá asesorado para el acondicionamiento del cauce del río que ha quedado hecho un paraíso. Sobre el puente hacemos unas fotos, disfrutando del dulce olor a higuera, como en gran parte del viaje, pues es un error creer que sólo hay pinos en estos montes. Por la carretera sólo se ven los pinos en la falda y en las alturas de las montañas, pues suele estar el camino bordeado por gran variedad de árboles de hoja caduca, cuando no de helechos, como decíamos. Este pino que fotografié para hacer una acuarela después estaba por el Batán de Bogarra, a la orilla del río. Una hermosura.
   Además de los pinos y helechos, de las acacias, sabinas y enebros, hay quejigos, encinas, servales y arces menores. En las zonas húmedas, como en el valle de los Chorros hay tejos, acebos, avellanos, fresnos,  olmos de montaña, a veces forrados de hiedras, incluso algunas variedades de orquídea y algunas plantas carnívoras. Las plantas veganas, de haberlas, serían caníbales, pues la naturaleza no sabe de esas correcciones. Mejor dejar esa línea de investigación y que cada planta o semoviente coma lo que pueda y tenga a mano.
   De otra foto desde el puente en Salobre, una acuarela con sauce a la derecha e higuera a la izquierda. El río está abajo y el cielo arriba, como es costumbre, aunque a veces los reflejos llevan a muchos a confusión. Con la izquierda y la derecha aún ocurre más a menudo. No sé de dónde viene eso de estar en la higuera. Tengo que mirar. De paso consultaré eso de caer del guindo. ¡Cuántas enseñanzas nos proporciona la naturaleza!

    De Salobre, volvemos a Albacete por Alcaraz, y como siempre al pasar me propongo enterarme de cómo era y de dónde venía ese inmenso acueducto del que quedan en pie un par de arcos en alturas inverosímiles Luego el Jardín, recuperando poco a poco desde allí la horizontalidad de un paisaje que va menguando en vegetación. Unos 250 kilómetros casi todos a la sombra.
   

viernes, 19 de julio de 2019

Acuarelas y dibujos. Julio 2019

   Un par de dibujos con estilográfica y acuarela, dos rincones de Albacete, el Altozano con el Gran Hotel como protagonista y una calle y plaza de Francisco Pizarro con la torre de la iglesia de Fátima al fondo. Siempre me ha parecido un  minarete. Una vez acabados, este tipo de dibujos, sugieren más información, más dibujo, del que realmente tienen, pues las líneas son rápidas, poco precisas y son las manchas de color las que acaban dando al conjunto volumen y cierto realismo.
   Los materirales son los habituales, tinta negra indeleble en la estilográfica y acuarelas de Daniel Smith. El papel es de Windsor & Newton, satinado.

    De las encinas centenarias de La Mejorada, en Alpera (Albacete) tengo cientos de fotos y de vez en cuando vuelvo a alguna de ellas. Una acuarela con muy pocos colores, sobre papel de acurela satinado. Se han usado un ocre amarillo, índigo y cerúleo, siena tostada y sodalita, un azul oscuro similar al índigo. Por tanto los verdes son mezclas. el tono final de mis acuarelas casi siempre viene determinado por los azules que en cada caso se utilizan.

   Vienen ahora cuatro acuarelas sobre fotos de Bienservida, fotos de hace un par de años por sus alrededores, llenos de montañas, olivos, pinos, retamas, encinas y otros árboles, muchos de ellos ya talludos. Jugando con los contrastes de color, con las lejanías violáceas y con los verdes.
    En el olivo anterior y en los siguientes se ha tratado el color del ramaje, ese verde gris, plata a veces, propio de los olivos. Para ello se ha utilizado el azul de lapislázuli de Daniel Smith, con su tono agrisado y muy granular.
    Como digo, también por Bienservida, este acantilado jugando con los contrastes de colores cálidos y fríos, verdes de sodalita y sombras de sodalita o de amatista.
   Del amigo Vilaboa, de vez en cuando no puedo resistirme a pintar alguna de sus fotos, siempre atrayentes y a veces misteriosas. Las fotos de Vilaboa tienen la ventaja de sacarme de mi entorno habitual, manchego y levantino, llevándome a las brumas y humedades de Galicia. Además esas fotos dejan poco que decidir pues sus encuadres ya son perfectos. De él son las dos siguientes y para él mi agradecimiento por permitirme con gran generosidad utilizarlas para mis acuarelas.
   Por último una acuarela casi imaginaria en la que combino un cielo nuboso al atardecer con unos típicos árboles desnudos a contraluz.

martes, 9 de julio de 2019

Acuarelas y dibujos - Junio 2019

    Entre las acuarelas y dibujos del mes de julio hay algunos dedicados a calles y rincones de Albacete. Sobre la técnica utilizada, así como los materiales, poco hay que comentar, pues son los habituales. Últimamente me decanto por papeles satinados, de Arches, Windsor & Newton o Saunders Waterford. Tengo que reponer Garzapapel, que sólo tengo ya en formatos grandes, que no utilizo a menudo. Los pinceles habituales son los de Escoda, de tamaños y fibras diferentes, desde marta y petit gris a sintéticos de las series Perla o Versátil. Los pigmentos, salvo excepciones siguen siendo los de Daniel Smith, especialmente cinco o seis colores que siempre aparecen: lapislázuli, verde de jade, violeta amatista, azul oscuro de sodalita o lunar black. El azul ultramar o el siena tostada desde antiguo suelen ser de Van Gogh, y el cerúleo o el cobalto de Windsor & Newton, algunas veces un cerúleo de Daniel Smith, de los que tengo dos diferentes. Cada vez más empleo el azul índigo, aunque siempre buscando uno que sea puero, pues en casi todas las marcas, incluso las mejores, suele llevar negro en su mezcla. Para hacerlo a base de Indanatrone o Prusia más negro, ya me lo hago yo. Como algunas tierras, el índigo suele ser de Kremer. 

   
Igualmente ocurre con las tintas, que nunca dejo de utilizar, en cuadernos principalmente, con estilográfica y pindel de agua, aunque en casa puedo recurrir al tintero y diluir la tinta más a gusto, como en el dibujo siguiente sobre un concierto de una banda en el templete de un parque, en este caso el de Abelardo Sánchez.
   También este olivo con estilográfica y pincel de agua. Una tinta negra de E.E. Babb, antigua, pero que funciona bien con la pluma. Un ligero tono azulado, con muy buenos grises, suaves y transparentes.
   A continuación unas probaturas con una cosa nueva para mí. Se trata de pasta de papel, un producto que Daniel Smith comercuializa con el nombre de Watercolor ground. Teóricamente su utilidad es dar una capa de papel de acuarela en cualquier superficie, incluso metal o vidrio, para poder pintar con acuarela encima. Lo compré para tres cosas: para correcciones, como blanco cubriente y como elemento que pudiera ayudar a conseguir relieve y textura.
    En estas acuarelas vemos cómo lo he utilizado para lo último, conseguir resaltar las texturas en árboles, suelos, incluso dar relieve a nubes u otros elementos. Empecé tímidamente y me he ido animando, hasta llegar a algo que parece pintado con óleo. Como todos los recursos, algo para utilizar con medida, sólo en determinadas ocasiones, sin abusar. Puede ser muy útil. En estas acuarelas se ve el efecto, incluso en algunas ampliaciones que permiten ver el detalle.

miércoles, 5 de junio de 2019

Denia - Mayo 2019


     El castillo de Denia es inmenso y visto desde cualquier lugar da tema para pintar. En este caso es una acuarela que he hecho ya en casa. El papel es satinado, de Arches y los colores y pinceles, los de costumbre, de Daniel Smith y de Escoda. 
     Llevo un par de días haciendo probaturas con pasta de papel para dar relieve y textura a las acuarelas. En principio se me ocurrió que para los troncos de los árboles iría bien, pues permite aplicar la pasta y hacer rayaduras antes de que se haga de una pieza. Luego, al usar la acuarela, sobre todo si es un pigmento que sedimenta mucho, el color se deposita en unos lugares y se frena en otros, con lo que se resaltan esas líneas que antes habíamos hecho. Visto con luz lateral, como en la foto, parecen pinceladas con óleo y mucha carga.
   Como una cosa lleva a otra, resulta que acabamos haciendo una acuarela con textura de óleo, aprovechando una foto del castillo de Denia. No sé si merece la pena o si, ya puestos, convendría usar óleo directamente. Hace mil años que prefiero la acuarela, por su transparencia, por lo sencillo de los materiales, por usar papel como soporte, por lo fácil de la limpieza y por que no me gusta como huele el aguarrás. Como experimento está bien. Seguramente seguiré utilizando el sistema para los árboles, intentando depurar esa técnica, pero no descarto volver a trabajar más en serio este sistema al que he llegado de casualidad. Por lo pronto me gusta, sobre todo porque invita a dar otra clase de pinceladas y trabajar con manchas y poco detalle. Veremos.   

      Los amaneceres y las puestas de sol desde este lugar de la costa son espectaculares. Una acuarela sobre Arches satinado y con colores de Daniel Smith.

   En la entrada de la casa, pegada al muro y con el mar al fondo, una maceta con unos cactus en flor. Papel Arches satinado y pigmentos Daniel Smtih.

    Ya son tres años seguidos que por las mismas fechas, finales de mayo o principios de junio, pasamos unos días en Denia. Para llegar a Denia, o bien a la vuelta, suele haber paradas en Altea, Benidorm o Calpe, que es difícil pasar de largo. Una casa en la misma orilla del mar, con una terraza donde pasar las horas viendo amanecer o ponerse el sol. Llegar y salir los barcos de Balearia, otros más pequeños de pesca a media tarde, seguir con la vista a los pájaros buceando dando curvas vertiginosas persiguiendo pececillos que mucho abundan por allí. A veces les echamos pan y acuden a docenas bullendo a su alrededor y empujando la sopa de aquí para allá, compitiendo con algún cangrejo que aparece de entre las rocas. Algunos de estos cangrejos son enormes; los peces no suelen tener gran tamaño, al menos los que ser acercan tanto a la orilla.
    Siempre es una tentación intentar pintar o dibujar la transparencia del agua, las rocas del fondo y las plantas de colores brillantes, como las rocas, rojizas, blancas, ocres, con sombras fuertes a estas horas.
    También una acuarelilla con un barco de los muchos que pasan por allí, ya al atardecer.

        Es buena costumbre comer en el puerto de Calpe, con el peñón enfrente. Rara es la vez que no sacamos el cuaderno para dibujarlo de nuevo. Al menos hacerle alguna foto para pintarlo después con más calma.
    Como es el caso de esta acuarela sobre Altea. De las muchas fotos que hemos hecho allí, vuelvo ahora a pintar ese rincón, uno de los muchos que podemos encontrar en sus calles.

domingo, 2 de junio de 2019

5 Árboles mayo 2019

    Cinco árboles. Cuatro de mayo y uno de junio, recién terminado. Este último es la acuarela anterior, un hermoso y antiguo olivo de Ulldecona. Sobre un papel Fabriano (36x50 cm) que ya tengo bastante tiempo, con una textura tramada como una tela de óleo. Lamento que se termine ese block, porque seguramente sea un papel que ya no pueda reponer y me gusta mucho.
     Con pigmentos de Daniel Smith, más unos toques de blanco muy espeso y dos pinceles de Escoda. Uno de ellos de petit gris del 12, de un mechón largo y asimétrico, ancho pero afilado y otro, un rigger Versátil del 2 para las ramas más finas.
     Además de la propia textura del papel y la que proporcionan algunos de los pigmentos, como el lunar black, se ha resaltado con pinceladas rápidas y casi secas y con algunas líneas finas sugiriendo las grietas y relieves, sin entrar en demasiado detalle.
     Las hojas prácticamente se han pintado con azules, lapislázuli, sólo o mezclado con amarillo, y con índigo o cerúleo. El tronco, mezclas de siena tostada con ultramar o con lunar black. Y poco más.
   La anterior acuarela, unos troncos de Quercus rotundifolia, carrasca o encina para los amigos. El papel de de Garzapapel, los pigmentos de Daniel Smith y los pinceles de Escoda. Ya casi sobra decirlo. el marrón es siena tostada con ultramar o Hematita. Las sombras con amatista y algo de ultramar. Las hojas con sap green, jadeída y toques de gold de quinacridona. A veces se sombrean con algo de amatista. Las texturas, pinceladas muy secas y rápidas de hematita o lunar black,
    La anterior acuarela, también sobre Garapapel, un tronco de pino trabajando las texturas con pincel despeluchado, de esos chinos de caligrafía. en este caso, los verdes llevan mezcla de turquesa, lo que se acerca al viridian o al esmeralda. Toques de cobaklto. El tronco a base de azules y gris neutro, con meclas de un marrón parecido al rojo de Venecia.
   Una vista parcial, muy parcial, de un álamo inmenso cuando está sin hojas. este árbol lo he pintado en primavera, verano, otoño e invierno, casi siempre a trozos porque es inmenso. Se encuentra en la Casa Gil, en Alpera (Albacete) y aparece en las guías de árboles singulares de Albacete y de Castilla-La Mancha. Se lo merece el abuelo.
    Papel satinado de Arches, de forma que la textura hay que hacerla a base de pigmentos que granulen, trazos con pincvel seco y unos toques finales de lápiz blanco graso. Se juega mucho con el color, diferente según las zonas del árbol. Son los colores que uso habitualmente: siena, ultramar, amatista y verde de jade. El cielo cerúleo y cobalto.

    Por último, un árbol de Aranjuez, de una foto propia de hace unos años. Desde luego la foto y el viaje ya los he amortizado porque este árbol y algún otro de allí los he pintado muchas veces. tanto con traje de verano como de otoño.
    En este caso estaba de estrena con una tinta de nogal de Daniel Smith. Vale tanto para caligrafía como para dibujar, con un tono cálido y bastante transparente. Para contrastar, realzo las sombras con una tinta muy especial. Ya la he usado y comentado otras veces. La compré en ebay hace unos años, unos cubiletes con cristales para hacer media pinta con cada uno de ellos. Aparece en el catálogo de la casa E.E. Babb de 1899. No sé durante cuánto tiempo la siguieron fabricando, pero posiblemente tenga un siglo. Funciona bien incluso con estilográfica. Me encanta porque es muy fluida, transparente y algo azulada al disolverla con agua en el dibujo. Con la calidez de la nogalina se lleva bien.
    El dibujo se hace sobre un papel crema verjurado, DIN-A4, con plumilla flexible, una Gillott 303, y luego se extiende con pincel. Se van reforzando algunas zonas de sombra y sugiriendo algunos detalles, a veces en seco, otras aprovechando la humedad del papel. Por fin se añaden las sombras mas fuertes con este negro azulado. Cuando se usa sin disolver la tinta es negra.