sábado, 27 de junio de 2015

Acuarelas de Alpera - II-

    Sigo con las acuarelas sobre Alpera y su comarca. Principalmente paisajes, por ahora. Alguna calle, caseríos, aldeas, árboles y cielos. El tema es inagotable, como cualquier otro tema, para jugar con el color, con la opción de elegir pigmentos que granulan junto a un papel que resalte el efecto. Otras veces es un papel satinado y la economía de color lo que busca armonía y suavidad... Es el momento de rentabilizar tantas pruebas, tantos pigmentos diferentes, la variedad de papeles y pinceles. Respecto a estas dos últimas cosas, hay menos probaturas; los pinceles suelen ser de Escoda, salvo alguno chino, y los papeles de Garzapapel, salvo casos en los que se indica otra cosa. Salvando los previsibles imprevistos de la acuarela, ya perdemos poco tiempo en pruebas y vamos, dentro de lo posible que no es demasiado, a lo seguro. Lo que cuento es mi experiencia con estos materiales, en modo alguno una guía de cómo deben de hacerse las cosas, ni sobre lo que hay que usar o no, que ya quisiera yo saberlo. Cuento lo que hago y lo que utilizo por si a alguien le resulta útil, no se trata de impartir lecciones que más estoy en condiciones de recibir que de impartir. Conviene aclararlo.

    Los pigmentos que usamos aquí ahora son los que tanto tiempo venimos comentando. Aunque no se renuncia al siena tostado y ultramar de Talens, bien Van Gogh o Rembrandt, o a algunas tierras de Kremer, última incorporación, la mayor parte de los pigmentos usados son de Daniel Smith. Tengo un surtido realmente abrumador y, aunque los verdes y azules siempre suelen ser los mismos (verdes de Jadeite, Serpentine y Deep Sap Green), a veces probamos con Perilene, Undersea green, apatite y otros. El azul de lapislázuli es fijo, como el cobalto de Kremer o el ultramar de Rembrandt. He probado el de Daniel Smith y tiene un tono y una transparencia maravillosos. Lo he usado para las sombras últimamente, solo o con alizarina. Otras veces, para oscurecer zonas o resaltar sombras recurro al índigo o a los azules oscuros que más granulan de Daniel Smith: sodalita, lunar blue o apatita. También a sus violetas, como la amatista o el violeta de quinacridona, muy transparente.
   A veces elijo un tono de Daniel Smith porque me encanta ver los brillos y reflejos que presentan los cristales de estos pigmentos minerales cuando están secos. Esto ocurre con algunos de ellos, especialmente el sugilite, un color lavanda gris violáceo, el bronzite o la amatista. Esto de pintar con piedras preciosas machacadas tiene su aquel.
    Aunque lo que cuento parece una locura, tantos pigmentos para elegir, en realidad en cada acuarela sólo se recurre a unos pocos, a veces cuatro colores, casi nunca más de seis. Pero esa elección ya marca el carácter y el ambiente del tema elegido. La anterior acuarela y la siguiente, un mismo tema —unas encinas centenarias de Alpera—, muestran lo que digo. También el papel, Arches satinado la primera, Arches de grano grueso la segunda. Menos textura y más nitidez de las pinceladas, que quedan más presentes, menos mezcladas. Algo más impresionista y suelto. Las sombras con los violetas mencionados, especialmente amatista o mezclas de ultramar o índigo.
     Utilizar pocos colores da armonía al conjunto, por lo que los azules del cielo se utilizan para matizar los demás colores usados, pocos, pero que se enfrían con esos azules, a los que se vuelve a recurrir para las sombras. 
    En varias de las acuarelas últimas recurro a algo que salió por casualidad hace un tiempo. Se trata de las piedrecitas con sus sombras, que aporta relieve, detalle en los primeros planos y resalta la dirección de la luz. Como es natural no se dibujan de una en una ni se han previsto incialmente en tamaño, lugar exacto ni resultado final. Se trata de dar brochazos con el pincel bastante seco en la dirección de la luz. Luego basta con ir aprovechando algunos de los blancos que se marcan con la textura del papel, eliminando otros con el mismo color usado, aún en el pincel. Las mayores rocas sí que se dejan en blanco intencionadamente. Al final se añaden unos trazos rápidos marcando sombras y queda ese efecto que aprentemente es laborioso y meditado. Se puede ver en la segunda acuarela y en las tres siguientes.
 
   También seguimos con los verdes, con los que ya tenemos trato de antiguo con los árboles, flores y paisajes. Como digo, básicamente jadeita y sap green oscuro, aunque algunas veces busque otros más claros y jugosos como la apatita, serpentine. incluso viridiana. Casi nunca solos. Siempre acabo mezcándolos con los azules o tierras que hay en la paleta en ese momento. Si no cantan demasiado.


    Luego a luego voy a empezar a hacer algunos dibujos con tintas, con plumilla, cálamo, pincel... Hay que variar y cambiar de historia de vez en cuando. Ya os contaré.



martes, 23 de junio de 2015

EPÍSTOLAS GERMÁNICAS. 4ª Jornada: Tréveris y Luxemburgo

CUARTA JORNADA




    El 18 de abril del 2015, día del beato Isdebaldo de Brujas y de los santos  Hermógenes, Juan Isauro y Molasio, santas Atanasia y Antusa,  entre otros muchos, que más virtud ha habido de la que parece, madrugamos para dirigirnos a Tréveris, hoy Trier. Al entrar por la Porta Nigra, tanto su nombre como la arquitectura nos muestra que estamos de vuelta en el Imperio Romano, es decir, en casa, pues ciudadanos romanos somos, aunque de segunda generación.
 
    Cuando hace dos mil años, siglo arriba, siglo abajo, desde los bosques y parapetados tras los árboles, vieran las tribus germanas el tipo de chozas que estos tipos se afanaban en levantar, sin duda se convencieron de que venían para quedarse y se dieron por perdidos. Porque esas sólidas y rotundas construcciones de piedra, que nacen ya eternas, amedrentan. Quienes las construyen muestran su intención de permanecer para siempre donde se establecen y de defender con la vida lo que tanto esfuerzo les ha costado edificar. Esa propaganda de guerra a base de piedras bien labradas y dispuestas desanima a quienes viven en cabañas de troncos techadas con paja, nacidas para el abandono y la derrota. Las calzadas, acueductos, termas y otras commodities que pronto completaban el asentamiento venían a confirmar su determinación.


    Sus temores se confirmaban cuando esa colorida tropa que bullía para urdir en una jornada un parapeto inexpugnable de rectas calles protegido por palos afilados, se les enfrentaba unida bajo la forma de un animal acorazado por los cascos de los legionarios, tortuga multípeda que avanzaba llena de pinchos, de la que surgían volando certeras jabalinas y flechas cuando estaba distante y cortas espadas que les tajaban las piernas cuando el cuerpo a cuerpo. Muchos siglos tuvieron que esperar estas tribus para vengarse. De hecho, aún están en ello.

    Si la fortaleza y duración de los edificios es pareja a la de los pueblos que los levantan, nada bueno augura para nuestro futuro la solidez de los puentes, carreteras y edificios que construimos. La Vía Augusta discurre, donde aún no se han arrancado sus ordenadas piedras, paralela o por debajo de las vías que una y otra vez han debido repararse y reconstruirse. De los puentes ni hablemos.

     En fin, que la Porta Nigra nos resulta familiar, como los ojos o el pelo también negros de algunos ciudadanos romanos que llegaron cuando estas tierras eran salvajes. O mucho más tarde, abandonando el Mediterráneo en busca de trabajo ahora que son prósperas y civilizadas. Nosotros estamos de visita y sólo venimos a beber cerveza y a comer salchichas. Y a mirar.

    De todo ello hay mucho. Andando desde esa puerta de piedra oscura, ennegrecida aún más por los siglos, recorremos una larga calle muy concurrida, llena de turistas y nativos atraídos por el sol que este sábado calienta y hace brillar el mercado de flores, frutas y verduras que hay en la plaza a la que nos lleva la calle y el río de gente. Los edificios de viguerías vistas aportan el color que el clima les niega los más de los días, con multicolores fachadas de perfiles que abominan del paralelismo clásico y se curvan, retuercen y quiebran, formando hermosos decorados que ocultan al mirar de frente sus picudos tejados de pizarra. Amplias ventanas sin persianas ni cortinas, que no hay luz que desaprovechar. Y flores, muchas flores, que estamos muy cerca de quienes de su cultivo han hecho industria para que de Pakistán vengan a España a venderlas por las calles de un país en el que crecen silvestres.
 
    El conjunto es bullicioso, colorista y hermoso. Se impone detenerse a disfrutar de su vista sentados en una terraza frente a los puestos de flores. Y hacer un dibujo entre trozo y trozo de queso o de salchicha y trago y trago de cerveza. El cuño del bar que nos imponen en el dibujo no es menos hermoso que el resto. El cuidado en los detalles, el mimo por lo pequeño, el respeto a la tradición que evidencian las caligrafías... Todo ello en el sello del bar y en los rótulos de bares y comercios. Una cruz más en el listado de mis envidias.
    Aunque mucho vimos, mucho más fue lo que quedó por ver, algo habitual en un viajero razonable, a menos que uno se equivoque yendo a uña de caballo de uno a otro sitio sin detenimiento para admirar nada como merece. En el Prado no puede contemplar uno todos los cuadros en una visita. Ni todas las galerías y salas. Disfrutar no es compatible con acumular lugares y fotos. Aun así, no quedaron fuera de la ruta la iglesia de Nuestra Señora de Tréveris, algunas plazas con encanto, un barco vikingo tallado en piedra a la puerta de un bar que no comprendí, y me refiero al barco, que el bar no ofrecía dudas.  Ni un puesto de salchichas prêt-à-porter. Llegados al punto de decir que ya no siento las piernas, frase que Rambo nunca dijo, pero yo sí, que también en eso me diferencio de él, regresamos al coche, volviendo a pasar por la Porta Nigra.

    Como está muy cerca, nos vamos a Luxemburgo a echar gasoil, comprar tabaco y a comer. Dicho así y aquí, ya en mi casa, me suena raro eso de —“Me voy a Luxemburgo a comprar tabaco”. Pero así fue, lo que hacemos constar para facilitar las cosas a nuestros biógrafos.
     La única diferencia que me dio tiempo a apreciar es que para dejar la autopista hay que echar por donde dice ‘sortie’, en lugar de “Ausfahrt’. Las compras, en un área de servicio para deleite de Pascual, que fue derecho a un lugar donde vendían una exquisitez que al día siguiente devoramos en la Villa Tusculana. La comida en una plaza de la ville de Grevenmacher en Luxemburgo, frente a un mercado y una iglesia, en un restaurante, que aunque se llamaba Krunnemecken era regentado por portugueses, donde comimos como en casa, cosas familiares y de enjundia, rematando con un café en condiciones, también portugués, en origen y en elaboración. Quiere eso decir que era muy bueno.
     Viendo el Rhin y el Mosela y teniendo en mente el Júcar y el Segura uno se explica que el café alemán sea tan malo por aguado, que en grano es excelente. Sobrados de agua, toda les parece poca al preparar esta infusión, contrastando con la tacañería hidráulica ibérica o italiana, —mediterránea en general—, donde el agua es un bien escaso. Con el agua que derrochan en una cafetería alemana en estropear los cafés durante un año, en Murcia riegan dos hectáreas de huerta. Crían pimientos y de paso beben un buen café.

     Muy cerca de la capital decidimos abandonar Luxemburgo y regresar a Alemania para llegar con tiempo de recorrer los garitos donde había música en vivo en Cochem, en ese evento del que nosotros informamos a la oficina de turismo. Ya conté en la primera epístola que desde las siete de la tarde hasta algo más de la medianoche diferentes grupos amenizaban comidas y libaciones con sus variadas músicas. Por una pequeña cantidad que no recuerdo, te ponían una pulserita que te permitía acceder a todos los bares y restaurantes que ofrecían música, cervezas y salchichas. Y otras cosas, en honor la verdad. Husmeamos en todos ellos, demorándonos en algunos si la música lo merecía, abandonando otros huyendo de los horrísonos sones de unos especímenes que me niego a llamar músicos de los que suplen con volumen su total carencia de ciencia, ténica y gusto. No debimos esperar a que empezaran pues el bajo, un energúmeno rapado, con una cabeza como una botella de butano, evidentemente ya huera, se puso a vociferar en alemán con los ojos saliéndosele de las órbitas porque le movimos dos centímetros un cable que pasaba por debajo de los taburetes de la barra. Fue uno de los dos alemanes enfadados que tuve el placer de conocer, algo digno de verse, aunque mejor en un circo que de tú a tú. El idioma alemán de por sí no suena dulce a nuestros oídos, aunque te lo susurren. A grito pelado inevitable es que acarree malos recuerdos, pues parece que el gritador se dispone a invadir Polonia. Como bestia parda, cabrón con pintas, imbécil con balcones a la calle habría que clasificarlo, pues Linneo nada nos dejó dicho de estas subespecies. A la segunda insoportable canción nos dimos el gusto de pasar frente a tal alopécica bestezuela selvática para huir despavoridos hacia la calle dejándolo martirizar el bajo Rickenbaker enchufado a un Marshall. Tales instrumentos no deberían venderse a cualquier neanderthal, aunque pueda pagarlos.

     Nuestra huida nos llevó felizmente a un restaurante mexicano, rotulado en un castellano que los empleados no entendían, aunque daba gusto leer cocina, mojito, taco, enchilada y demás hermosos vocablos. La música, reggae, bien interpretada por un grupo al que dibujé mientras nos traían la cena. Como en la primera epístola ya se daba cuenta de ello, no conviene insistir y repetirse.
 
   
     Final del día en Villa Tusculana, directamente al sobre que el día ha sido agotador. Mañana a Koblenz.

miércoles, 10 de junio de 2015

Acuarelas de Alpera. Y un poco de historia - I -

Casa Delgado
    Hay encima de la mesa un proyecto para una posible exposición durante el próximo mes de agosto. Se haga o no, yo ya me pongo con las brochas. En Alpera, uno de los mejores pueblos del mundo, si no el mejor, donde mis pelos largos y yo llegamos con 25 años. Fue mi casa, nuestra casa, y ha sido el único pueblo que he considerado mío. Primero fue Pozo-Cañada, luego 14 meses y un día vigilando al enemigo desde una garita en La Coruña; después Viloví del Penedés, donde el cava, con el —ese sí, que otros no— honorable Tarradellas recién regresado...
   En fin, que he vivido en otros pueblos, como se ve, que los maestros y los militares nos movemos mucho, pero en todos los demás me he sentido como un extraño de paso. Allí estuve viviendo y trabajando de maestro desde 1979 hasta 1992. Bueno, los dos últimos dos años vivía allí pero trabajaba en Almansa, en el Centro de Profesores, como Asesor de Lengua y Literatura. Luego me pasé a Albacete y a la informática, también como Asesor en el Centro de Profesores, cuando el proyecto Atenea, para dar pie a que nos llamaran "desertores de la tiza", que también en este gremio de los docentes, cosa normal en nuestro país, en cuanto asomas la cabeza, te la cortan.
    En aquella época algunos ordenadores empezaban a incorporar un maravilloso disco duro de 20 Mb, aún no tenían tarjeta gráfica y no sabían hacer un redondel en sus pantallas de fósforo verde. El primer módem que conocí venía en una maleta que aún conservo para meter el taladro y las brocas y era de grande como una bacalá más que mediana. Unos años después algunos de mis talludos discípulos de los cursos de informática para docentes levantaban los primeros ratones un palmo de la mesa  para intentar desplazar hacia arriba el cursor por la pantalla. Con los niños, incluso los más pequeños, nunca he visto tal desatino. Como ahora hacen con los antivirus, al comprar uno de mis ordenadores vino como regalo un programa que se llamaba Windows, aunque yo hubiera preferido las inutilidades Norton. Desde entonces para acá inicié mi lenta e inexorable deriva hacia mi actual obsolescencia informática. La lengua y la literatura han cambiado menos y en cuanto me descuido me pongo elocuente. La parrafada que ahora termina es una muestra de ello, seguramente mala.
Desde el cerro del Bosque, donse se encuentra la cueva de la Vieja. Al fondo el Puntal de Meca
Nieve en el Puntal de Meca
   A lo que vamos, que me disperso, cosa rara en mi. Puestos a pintar sobre Alpera, dispuesto a acuarelar sus paisajes, rincones y veredas, que muchos hay merecedores de ello, hago algunas visitas a la zona, muchas fotos y algunos dibujos y bocetos. De paso repaso la historia de la Apiarium romana, —la de las colmenas—, topónimo cuyo origen atribuyen otros al árabe Al-Behera, 'la laguna', lo que situaría en el castillo de San Gregorio, tomado a los árabes en 1243, y La Laguna la ubicación inicial de esta población, antes de un traslado que ocurrió a mitad del siglo XV. O la Alpera de la cueva de la Vieja, la de los cazadores que pintaban en los abrigos de los cerros a sus chamanes y sus arqueros, sus danzas y vivientes bodegones mágicos propiciadores de que los ciervos acudieran a sus despensas; o la Alpera ibérica de Meca, ciudad casi inaccesible, de inmenso tamaño, con graneros, aljibes y caminos que caracolean cerro arriba profundamente excavados en la roca viva donde los carros marcaron las huellas de sus ruedas en un subir y bajar de siglos, enlazando con la Vía Augusta.
    Dios y ayuda le costó a Roma conquistarla y borrar su nombre de la historia. Aunque desde esta ciudad, cuyo topónimo ibérico se desconoce que "murió el onbre et murió el nonbre", se mira al valle donde está Alpera, administrativamente pertenece a la más lejana Ayora, ya en el reino de Valencia, cuyos límites provinciales sin duda marcó un arqueólogo valenciano. La primera noticia que tuve de Meca, la Troya ibérica, fue leyendo el "Tartessos" de Schulten en la benemérita colección Austral. Con posada en Alpera, no sé si ya regentada por los antepasados de mi colega Rosario o por los de mi amigo Luis Piqueras, en los años de la I Guerra Mundial, también el arqueólogo alemán apreció la bondad de su jamón y sus chorizos, de su pan blanco y de su vino —las naranjas serían del reino—, así como lo hospitalario de sus genttes. Porque para subir a Meca, y más antes de haber despejado veinte siglos de escombros en sus profundos caminos, hay que llevar buen almuerzo.
Desde la ciudad ibérica de Meca
De Alpera a Higueruela
   Sirven estas fotos que ahora hago para refrescar la memoria, pues hace muchos años este era mi paisaje. Lo he visto en todas las estaciones y colores; blanco de nieves, encendido de cielos al atardecer, rojo de ababoles, granate de cepas de tintorera, verde de trigos y cebadas, brillante de oros cuando la siega y oscurecido por los nublos, arrasado cuando los granizos y anegado de agua cuando las riadas. Porque este hermoso pueblo no tiene río en plantilla, aunque sí puentes como el del Malecón de regusto cubano, para que las aguas pasen por donde tenían por costumbre discurrir antes de ser derivadas por acequias, regueros y azarbes. Hace casi ochocientos años que las aguas que manan por infinidad de fuentes y veneros  fueron dispersadas por su vega, llegando a mover veinte molinos.
    Llegué a tiempo de ver alguno funcionar, con su molinero blanqueado de harina, como la fantasma. Aún sobran aguas para que una presa levantada en el siglo XVI las detenga y guarde en el pantano de Almansa. Construido en 1584, parece ser el más antiguo de Europa de los que siguen en uso. Comparte tal honor con el de Tibi, iniciado en 1580 y que fue el más alto y mayor del mundo conocido en su época. Doctores tiene la iglesia y no entraremos en esa disputa. Decir que, con sus más y sus menos históricos,  los lugareños de Alpera se llevan bien con quienes en Almansa esperan estas aguas sobrantes monte abajo dice mucho y bueno de los moradores de ambos lugares, pues los regantes sabido es que se avienen a todo menos a la razón. Cierto es que este pantano antañón había caído en un ligero descuido y las aves ya hacían pie, llegando a estar casi colmatado por 600.000 metros cúbicos de fango, ahora retirado. Aquí se puede uno ilustrar sobre el tema.
     La última vez que hubo que poner paz para que se cumplieran los acuerdos de 1338, en tiempos del Infante don Juan Manuel, fue cuando seis vecinos de Alpera compran todo el término a Chinchilla y dejan de cumplirlos. Juan Pacheco pone orden entre Chinchilla y Almansa, se autoriza excavar la acequia (más bien limpiar la antigua de los almohades) que lleve las aguas a Almansa. Alpera regará de día, Almansa de noche, en pascuas y domingos y aquí paz y después gloria. Luego llegará el pantano, otra historia.

Estanque de la fuete del Piojo, cerca de Alpera

Flores, árboles y cepas cerca de San Gregorio

Valle, la Vega y La Laguna
Encina vestusta de La Mejorada

El Mugrón nevado

San Gregorio, con los restos del castillo árabe. Origen de Alpera.
Dos versiones de un campo de ababoles por la vega de Alpera. Hace unos días.


LECTURAS Y ENLACES RECOMENDADOS
En 13 de octubre de 1.264, Alfonso X, concedía a Almansa y sus moradores `Alpera et Carcelen et Bonete, que los ayan con todos sus terminos et con sus aguas et con sus pastos et con sus montes asi como los avien en tiempos de los almohades`... Pero en 1.316, don Juan Manuel, bien por circunstancias adversas guerreras o por alianzas que fortalecieran su poderio bélico, cedió (o perdió) dichas tierras, que pasaron a la entonces muy poderosa ciudad de Chinchilla, que se apresuro a repoblar la zona y colocar los mojones divisorios.Menos mal que el belicoso caballero tuvo la precaución de reservarse para si el derecho sobre las aguas de Alpera (que posteriormente cedería a los de Almansa), ya que de otro modo, los vecinos de Alpera hubiesen impedido que llegasen a estos campos y la evolución y desarrollo de Almansa hubiese sufrido un serio quebranto.
 En el Legajo 81 del Archivo Municipal de Almansa, que trata de las Executorias de las Aguas de Alpera, folio 29 y vuelto, encontramos lo siguiente:
"Del proceso resulttaua que la Ejecuttorias, y demas dequese balia la contraria las hauia obtenido en tiempo que si huvieran intervenido las circunstancias que de presente havia no huuieran conseguido, el derecho a dichas Aguas pues no era berosimil, quesi Alpera huviera tenido, el Vezindario y Tierras metidas en lavor con que en el dia se halla huviera concedido en ceder el Agua que necesitava para suspropios usos, ni permitido que passaran por todo su Termino sin poderse aprovechar de ellas era indisputtable que al tiempo de conceder a la Villa de Almansa el aprovechamientto eb las Aguas era Alpera un mero heredamiento situado en el paraje que llamavan San Gregorio con un vezindario sumamentte reducido de forma que por falta de personas las tierras se quedavan sin cultivar, y empradizadas, o montuosas, de modo que para las pocas quese cultivavan les sobreva mucha a Agua..."
En 1.338, el núcleo de población continuaba estando en San Gregorio, junto al Castillo, según lo que se dice en el convenio establecido en ese año entre Almansa y Chinchilla para el aprovechamiento de las aguas en el que se establecían duras penas para los contraventores de las ordenanzas que lo regían.
"Otrossi, si ganados que fueren de nos ni de nuestros términos entrare a bever enla dicha acequia en el termino de nos los de Chinchilla sino en los dichos lugares, que caya en esta pena et perfaga el daño que fizieren en la dicha acequia et lo que fincaren que sea para el muro del castillo de Alpera..."
En 1.575, Felipe II concedió la emancipación a los 85 vecinos de que constaba la villa, mediante el pago de 5.000 ducados a la Corona. Es de suponer que en esa época ya se trataba del emplazamiento actual.
  • Del estudio de Aurelio Pretel ya citado, publicado en Al-Basit, saco el documento de 1338 que autoriza excavar la acequia de Alpera a Almansa, acuaerdo entre Chichilla y esta última ciudad, que correrá con los gastos.
  • Vídeo en youtube sobre las pinturas rupestres de la Cueva de la Vieja. Rafael Jara.
  •  Vídeos sobre la red de caminos del Castellar de Meca, sus murallas y restos.


sábado, 30 de mayo de 2015

EPÍSTOLAS GERMÁNICAS. 3ª Jornada: Frankfurt




JORNADA TERCERA

Queridos hermanos:

Mucho madrugamos el 17 de abril, día de san Inocencio de Tortona, san Pantagato de Vienne y de la beata Clara Gambacorti. No más que los tiernos infantes que a las siete y cuarto de la madrugada ya se dirigían al colegio con mirada perdida, pesada mochila a la espalda y dejándose llevar por una cuesta abajo enorme que, si no despiertan a tiempo para corregir rumbo, les arrojará de cabeza al río. Cuando nuestros retoños se levanten, estos alemanillos ya habrán aprendido a integrar derivadas y a derivar integrales. Y eso a la larga se nota. No me dio tiempo a preguntarles si sus maestros les atosigan con esa hora de deberes con que aquí se les abruma con crueldad secular. Ya les comprarán de grandes nuestras crías los bemeuves y los mercedes a estos alemanuelos tan madrugadores. El caso es que, por ahora, sean felices y crezcan sin traumas ni soliviantos.

Podemos decir que la del alba sería cuando iniciamos la jornada, como Alonso Quijano, para llegar a Frankfurt antes de que se acabaran las salchichas, que su feria de Música, una de las mayores del mundo, atrae a mucho músico, que para eso la hacen. Y los músicos ya se sabe que somos como la langosta. Con los intensos debates geográficos de costumbre, llegamos a Frankfurt, directamente a un edificio con varios pisos de aparcamientos cercano a la sede de la Musikmesse. De allí, con la entrada ya reservada y pagada te llevan en autobús al recinto de la feria y al volver te cobran 12 euros por el aparcamiento y esos traslados. Nuestros esfuerzos lingüísticos hasta entender tal asalto, tras arduas probaturas en varios idiomas, se vieron mitigados al decirnos la de la taquilla que era cubana. No así nuestro rubor. 

La feria ocupaba varios enormes edificios, tan alejados entre yes como para justificar que muchos microbuses circularan constantemente para llevarte de uno a otro. Eso entraba en los 12 euros por coche aparcado. Para cuatro semovientes acabó resultando rentable. Por fin, entramos en la feria por donde las baterías. Una barbaridad. Más platos que una degustación en el Bulli. ¡Qué de bombos, timbales, cajas y gangarros! Eso sí, varios cientos de bateristas sueltos descargando sus iras contra tantos instrumentos puestos a su alcance también es algo digno de verse, que no de escucharse. Los guitarristas tomaban cumplida venganza en su sección, ejecutando de forma simultánea sentidos solos en guitarras enchufadas a pedales multiefectos, mostrando su predilección por los sonidos distorsionados y estridentes, poniendo a prueba de paso la potencia pico anunciada en los amplis. La pieza era completada por los bajistas, que no quedaban atrás. En conjunto salía una balada muy romántica. Más que una balada, un balamío.

De forma que decido salir a la calle a tomar un café de a 2,70 euros y contemplar al personal. Cuando desde dentro me dirijo hacia las mesas del exterior, café en mano, descubro lo que me parece un ataque generalizado de amor propio, de autoestima, pues contemplo admirado que gran parte de los apresurados caminantes andan abrazados a sí mismos. Algunos músicos de viento se abrazan a si bemol. Los bajos a fa. En realidad, compruebo que hace un frío que pela mientras me siento en una mesa al aire libre, enciendo un cigarrillo, me caliento las manos con el medio litro de café y me levanto las solapas de la chaqueta. 

Cuando tú te mueves a la velocidad del común siempre estás rodeado de los pocos que te siguen el paso y no ves al conjunto, algo que no ocurre hasta que te detienes. Un palo arrastrado por el río cree que ve más mundo que una piedra que descuella inmóvil entre las aguas que la rebasan. Al final del viaje el palo dirá que ha visto muchas cosas alrededor, pero quien de verdad ha conocido todo lo que arrastra la corriente es la piedra. A los cojos nos pasa igual. Para ver paisajes hay que moverse; para observar a la gente hay que parar. 

Observo pues. Y medito. Hace falta tener cuajo y estar uno pagado de sí mismo para ir a un aquelarre de miles de músicos intentando causar sensación a base de pelos o alardes indumentarios. Hay quien consigue destacar, lo que es para nota, aunque no le arriendo las ganancias. Los chinos modosos, urgentes y a lo suyo. Los japoneses haciendo fotos que se conoce que aún les faltan algunas por hacer. Los que vienen a la feria a vender son los únicos que chocan pues van con traje, corbata y peinados. Pero por mucha camiseta de albañil que lleves a pesar del frío que hace para lucir las pesadillas tatuadas, por luengas y enmarañadas que luzcan tus rastas, incluso cimentando un peinado con un tupé monumental que no hubiera desentonado en los salones del París del siglo XVIII, por más que hayas apuñalado con saña los Lewis o recurrido al baúl del tatarabuelo y comparezcas vestido de cuáquero, la solemne presencia de un sij con su turbante azul y su puñalito, te desarma. Y vi varios. Al puñalito no lo vi. 

De todas formas es difícil acertar. Tostado por el inesperado sol del día anterior tomado en las calles y durante el crucerillo por el Mosela que soporté vestido como para acompañar a Amundsen al Polo Norte, me presenté aquí menos abrigado de lo que hubiera sido menester. Y el día era desapacible. Pero en estas tierras nuestras referencias no sirven. Eso de que cuando el grajo vuela bajo hace un frío de carajo parece ser que funciona en La Mancha y lo de las gaviotas en Benidorm. Además no vi grajos en Frankfurt y gaviotas, menos.

Aprovecho para hacer un dibujo de lo que se ve no sin antes ir por más café. Otros 2,70 euros en una cafetería que debe estar regentada por la ubicua multinacional “Sucesores de José María el Tempranillo, Comunidad de Bienes”. Un café de a palmo, pues suplen con tal generosidad su horripilancia. Al menos te ofrecen sin tasa leche evaporada que lo hace bebible. Ya hablaremos del café.

De nuevo dentro, asistimos a una demo de un pedal de órgano en el que estábamos interesados. No tuvimos problemas de idioma en este caso, tal vez gracias a que el demostrador hablaba perfectamente en español. La verdad es que en este foro el inglés se revela útil pues casi todo el mundo lo habla y entiende. Incluso para no partirse, al entrar, los belfos contra la puerta donde se indica ‘pull’, pues no se abre hacia fuera, como debería ser. Visita al stand de Gibson a pasar envidia al ver y escuchar al Twanguero, guitarrista valenciano que ya conocíamos y que volveríamos a ver en Albacete a nuestro regreso. Otra vez a pasar envidia.

Para mitigar nuestra sed consumista despertada por tanta maravilla, Paco y yo nos compramos sendas púas de cuerno de búfalo o vaya usted a saber de qué. Yo tengo el día especialmente derrochador y adquiero otra de madera de árbol. Pascual un par de baquetas.

A la hora de comer ya no podemos escapar de las salchichas. Viéndonos rodeados, no habiendo gran cosa más para elegir, terminamos por rendirnos y probarlas. No una, dos. Algo francamente insulso y con escasa enjundia, carísimo y mal presentado. Venir a Frankfurt para comerse tal cosa hace juego con desplazarse desde Albacete hasta esta feria, 1.831,6 kilómetros, para comprar dos púas. Ya hablaremos más delante de las salchichas, una vez probadas más variedades.

Viendo perdido el partido, pues para probar instrumentos, mejor resulta una tienda pequeña que una feria grande, procuramos salir un poco antes de que cerraran el invento para evitar aglomeraciones, después de todo el día allí. Viaje de regreso, cansados y hambrientos, hacia Villa Tusculana. Paco hace una reconfortante sopa de verduras y luego nos liamos a puñaladas con el queso, el lomo y el jamón, yo con mi navaja de Albacete que decidió acompañarme hasta Alemania. Café, espirituoso y cigarrito en la terraza mirando pasar los barcos por el Mosela y los trenes de mercancías por las vías paralelas al río. Últimas reflexiones y descanso reparador. Mañana a Triers. O a Tréveris, según  nos dé.

Vale.