domingo, 21 de junio de 2020

Primera salida: Molino de Iramala

    Después de dos meses encerrados en casa, pasamos tres días de mayo en un paraíso, rodeados de sauces y chopos, flores y agua por todas partes, mariposas revoloteando, sol y aire limpio. Entre Salobre y Reolid, cerca ya de Andalucía, pero aún en la provincia de Albacete, de la que no podemos salir por el momento. Menos mal que en la nuestra hay sitios maravillosos para viajar durante años. Vamos al Molino de Iramala, que ya viene siendo molino desde la época de los Reyes Católicos, que autorizaron su construcción. A la vez que se estaba descubriendo América. 
   Visto lo visto, tal vez hubiera sido mejor para nosotros que ese encuentro inevitable entre dos mundos lo hubieran coprotagonizado ingleses u holandeses. Para quien no habría sido mejor hubiese sido para los nativos, pero la historia habría escrito páginas más benévolas y pocos testigos quedarían hoy para contradecirlas. Del río Bravo para arriba tenemos dónde mirar para hacernos una idea de las diferencias. 
   Ya eran frecuentes los desmanes iconoclastass de iracundos analfabetos locales que derriban las estatuas de quienes civilizaron a sus antepasados, con poco éxito en muchos casos, como vemos. Tienen menos delito que los descendientes de colonos españoles o de inmigrantes europeos, no más ilustrados, aunque sí más tontos, que les empujan y ayudan a hacerlo. Ni fray Junípero Serra ni Cervantes, que fue cinco años esclavo en Argel, se libran de ese ISIS occidental que se muestra bárbaro en aras de la corrección. Incluso encuentran en España a no pocos que, con estupidez que supera a todas las anteriores, les comprenden y apoyan. Mejor me vuelvo al molino que seguir por esta ruta.
   En esta entrada se muestran los dibujos y acuarelas que hemos hecho durante esos días. Apuntes en unos casos, dibujos más meticulosos o acuarelas terminadas en otros, pues no faltó tiempo ni calma. Los hay en cuaderno y en papel suelto, porque se podía pintar con comodidad; sentado, a la sombra, con un martini o un vino blanco fresco o u café, según la hora. Echado en la hierba o tumbado en una hamaca, viendo relucir y ondear al viento las hojas de los chopos, algunos enormes. Y pensando qué parte pintar de ellos y cómo.
    En la primera acuarela de esta entrada se ve el muro de la balsa que represa el agua del río Salobre que alimenta al molino, una pared cubierta totalmente de cabellera de Venus, ese helecho delicado que crece en rocas, paredes y otros lugares por donde cae el agua, como era el caso, pero que no aguanta en casa cuando lo compras en un vivero. Necesita poca tierra, casi ninguna, pero sí ver el agua correr. También había sauces y muchos lirios amarillos en flor. En las orillas de los ríos son frecuentes los fresnos, que llaman árboles de ribera. Dibujé alguno de ellos, a rotulador o con acuarela.
   Ese mismo fresco, desde otro lado, con acuarela. Le hice una foto al dibujo, otra con las primeras manchas y otra ya echada a perder, tapada toda la frescura y la sugerencia de las primeras capas y pincveladas. Con estas cosas pasa como con las siete y media. Ya nos lo advertía don Mendo:
Magdalena¿Y por qué marcó esa hora/ tan rara? Pudo ser luego…Don MendoEs que tu inocencia ignora/ que, a más de una hora, señora,/ las siete y media es un juego.Magdalena¿Un juego?…/Don Mendo …Y un juego vil/ que no hay que jugarlo a ciegas,/ pues juegas cien veces, mil,/ y de las mil, ves febril/  Que o te pasas o no llegas./ Y el no llegar da dolor,/ pues indica que mal tasas/ y eres del otro deudor./ Mas ¡ay de ti si te pasas!/
 ¡Si te pasas es peor!

   Esta es la fachada del molino, un dibujo en dos páginas del cuaderno y otro con la parra que había en la esquina. La hamaca en el prado del fondo, el agua corriendo por la acequia. La barbacoa no sale en los dibujos, ni la paella que hicimos en ella, con ajos recién arrancados que nos regaló el molinero, que venía algunos ratos por allí. 
Fotos hice muchas, algunas, seguramente las mejores en una fuentecilla con nenúfares y carpas que había en la explanada frente al molino. Esperando que la luz diera justo donde tenía que dar iluminando el fondo, tuvimos recompensa.


domingo, 17 de mayo de 2020

Acuarelas confinadas


    Como hemos estado dos meses sin salir de casa, tiempo hemos tenido de hacer cosas, que no sé cómo hay quien se aburre. De todo ha habido, música, libros, cocina, dibujos y acuarelas entre otras perversiones. En la entrada anterior casi todo eran dibujos; en ésta todo acuarelas.
    Casi todas ellas salen de una foto, incluso un cactus que tenía a mano en el balcón, pero me resultó más cómodo usar el punto de vista de la fotografía ya hecha. La anterior es la última que he pintado, viendo una foto de mi amigo Luis Piqueras de un camino rodeado de encinas en La Mejorada, un parque de Alpera, en Albacete. Un encinar centenario. No he podido resistirme, entre otras cosas, porque resulta que yo viví casi diez años en Alpera, en una calle que se llamaba como el parque porque terminaba precisamente es ese encinar. Aunque lo disfrutábamos con frecuencia cuando lo teníamos tan a mano, tal vez sea desde que cambiamos ese paisaje por el de mi calle en Albacete cuando percibimos del todo la magnitud de la tragedia y empezamos a considerar que habíamos estado muchos años acostumbrados a ese lujo de la naturaleza. La costumbre hace con frecuencia que ciertas cosas cotidianas no se aprecien en lo que valen. De forma que pinto esas encinas y mientras lo hago me parece que estoy paseando por ese camino tan conocido.
    La anterior, un cielo gallego del amigo Vilaboa, como todas las siguientes, son unas acuarelas, siete, que responden a una propuesta de otro amigo, Joaquín González Dorao, ilustrador y autor de infinidad de cuadernos de viaje, que dibuja y publica sobre reiines, ciudades o países del mundo. Merece la pena verlos. Un reto que consistía en publicar cada día de esa semana pasada una acuarela. Me propuse no recurrir al archivo y decidí pintarlas en tiempo real, una por día. Aquí están en el orden en que fueron pintadas y publicadas. 
Un cactus de mi balcón.
Un olivo antañón, de Cocentaina (Alicante), de una foto que se muestra en la página de Nou Oliveres, nombre del bancal y de la marca de aceite que sale de estos hermosos olivos.
Un paisaje de la zona de Santiago-Pontones, con sus tomillos en flor. Campo del Espino, por la Sierra de Segura. Una acuarela a partir de una foto publicada hace unos días en el grupo de facebook "Amigos de Santiago-Pontones". Autor: Jesús Cózar
Otro camino y otro bosque, también de Vilaboa. También de Galicia, cerca del Tambre.
Una rama de la Olivera Gorda de Ricote, de una foto propia. No
 es la primera vez que la pinto. Ni la segunda ni probablemente la última.

    Y terminé el reto con esta séptima acuarela sobre unos árboles de Aranjuez, de una foto propia y que ya hemos pintado anteriormente. Sería curioso poner juntas las acuarelas que salen de una misma foto, totalmente diferentes.
   Los papeles son de Arches, satinados o de grano fino, salvo la primera que es Fabriano. Los pigmentos son esos que se ven en la paleta, aunque utilizando cada vez sólo unos pocos de ellos. Casi todos de Daniel Smith, salvo el cobalto y el turquesa de W&N y los cadmios de Rembrandt. Siena tostada y ultramar de Van Gogh, aunque a veces uso de W&N. El pincel utilizado es de la China, que no de los chinos. Toma mucha agua, es suave y, haciendo virtud de sus defectos como los chinos nos enseñan, su falta de nervio —cuando se tuerce el mechón no recupera la forma a menos que se moje y se sacuda— y de punta, pues tiende a desmocharse, se pueden aprovechar los pelos divididos para hacer trazos finos o la forma que toma para dar pinceladas que varían de contorno y tamaño como si cambiases de pincel. Los tengo mejores, que son los que suelo usar, como los de Escoda, de marta o sintéticos, marta o petit gris de W&N o de  Isabey. Pero cada cosa para lo suyo y da gusto probar y cambiar.
    La paleta, que sale de una caja metálica de 12 lapiceros, con cuadrícula hecha en impresora 3D, merecerá un monográfico en el blog junto con otras paletas que me he ido fabricando con latas de cigarrillos o de pastillas para la tos. Al final todo se equilibra y aprovecha.

sábado, 16 de mayo de 2020

Más dibujos desde el convento

    Seguimos sin salir. Una vez a sacar el coche a pasear para que no se agote la batería. Y ya. Queda tiempo para dibujar, escuchar música, regar las plantas, hacer pan, guisar y ordenar chismes, que demasiados tenemos. Lo bueno de esto último es que te llevas alguna agradable sorpresa al mirar en cajas abandonadas, en una leja, un cajón o en una carpeta.
    Entre otros dibujos, nos hemos atrevido a hacer un autorretrato, para confirmar una vez más que no es nuestro tema. Es difícil. Cambiar ligeramente una forma o mover de sitio unos milímetros un ojo cambia la mirada, el gesto y resulta otra persona. Si no fuera por el pelo podría ser mi madre o mi abuela. Luego al menos hay un aire de familia. Bueno está, aunque no bien.
     De forma que volvamos a los árboles, que no presentan esos problemas. Con tinta china, plumilla y pincel, rascados de cuchilla y unos trazos de blanco, hago esta encina. En el siguiente dibujo, la misma encina con nogalina y el mismo sistema. Saco unas luces para dar textura al tronco, rascando con la cuchilla en la dirección del crecimiento del tronco o las ramas. Esa técnica de extender la tinta con el dedo, manchar usando la espona como cuño y rascar con la cuchilla la tomo de Luis García de Mozos que la exdplica generosamente en un vídeo que ya he visto varias veces y que recomiendo. En youtube está junto con otros sobre sus obras y formas de trabajar, con tintas o al óleo.

   Aquí, dibujo de un madroño ya crecidito,mezclo tinta sepia de Daniel Smith con otra tinta negra de E.E. Babb:
    Un olivo antañón, dibujo a tinta china.
    Y usando todas las técnicas ya descritas, un tronco del amigo Vilaboa, con tinta china y blanca, pincel, dedo, plumilla, esponja y cuchilla.
   De otra foto de Vilaboa, de otro tronco también de Vilameá, por el Tambre, en Galicia. Este dibujo se hace con grafito soluble y otros colores en pastilla de sastre de ARtGraf. Pincel y plumilla.
    Varios años hemos ido a Elx, en Alicante, al encuentro con los amigos de Cuadernos Viajeros. Por la imposibilidad de hacerlo en esta ocasión de forma presencial se ha hecho de forma telemática. Como tenemos muhcas fotos de ediciones anteriores, hemos hecho estos dibujos en cuaderno, aunque esta vez en la mesa de trabajo en casa, no bajo las palmeras y rodeado de amigos. Una pena. Pero aquí están.

lunes, 20 de abril de 2020

Música en el claustro

Mi canal de youtube   
Este obligado retiro por el coronavirus me ha dado tiempo y ganas para rebuscar entre antiguas grabaciones en directo de algunos grupos de los que he formado parte desde 1969, cuando siendo una criatura debuté en una nochevieja. Lamentablemente de otros no hay nada grabado, ni siquiera fotos.
Estos archivos de sonido pueden escucharse en mi canal de youtube,
en el enlace que inica esta entrada.

Aunque cada canción tiene su historia, me he decidico a contar la de ésta:
-o-o-o-o-o-

    Sicilia, finales de los '90. Octavio Cuarteto fue uno de los muchos grupos que a lo largo de los siglos hemos formado Segis, Paco y un servidor. Con Pascual Ortiz como batería, otros tantos, juntos o revueltos; pero esa es otra historia que empezó hace más de cuarenta años y aún sigue. O no. Han sido bandas de distinta duración, rentabilidad y alcance, pero siempre batallando con repertorios insólitos para ser acometidos sólo con dos guitarras y un bajo. Entre otros coros cuyo estudio queda para ulterior ocasión está Almenara, con mi hermano Juan a la voz cantante y Jesús Sánchez, que entonces era pelirrojo, a los tambores. Porque lógicamente han sido varios los baterías y cantaores que han colocado la guinda a este longevo ensemble instrumental que ponía sus angelicales segundas voces al servicio de una mejor que hiciera buenas a las cuatro. Tal vez usar cuatro voces en muchos arreglos haya sido una de nuestras virtudes. 

    Aunque luego entró nuestro amigo Julián a hacerse cargo de tambores y vajilla turca, durante bastante tiempo fue Juanjo el maestro percutor en Octavio Cuarteto. Tocaba los bongós cuando venía al caso, —y algunas veces en que no—, y también un artefacto muy chusco que era una especie de batería eléctrica con dos o tres tamborcillos planos del tamaño de una taza de café y un a modo de bombo, consistente en un botón que pendía de un cable hasta el suelo. Ese artilugio contenía sampleado un pequeño zoo y en las partes más silenciosas y emocionantes de alguna canción, fuera Hey Jude o Polka dots & Moonbeans, no era raro que de ese aparato diabólico saliera un maullido o un relincho que desconcertara al que cantaba en ese momento, que solía ser yo intentando contener la risa. Grabado quedó en más de una ocasión, pero no podía dejar en el momento la guitarra para estrangular a Juanjo, que al gato nunca lo llegué a ver. No lo usábamos solamente en el ámbito de pequeños escenarios, y ese sencillo instrumento nos acompañó varios días de feria a la Caseta de los Jardinillos, la de 1998. La verdad es que no cabía mucha parafernalia de timbales ni platos en el rodalillo que nos dejaban en el lado derecho de un escenario mayor que algunos majuelos que para mí quisiera, pero en el que nosotros teníamos que tocar con la guitarra hacia arriba. En la música está claro y no se discute quién va de chef y quién de pinche o a lavar los platos. Unos días compartiendo ese escenario tan mal amojonado con Sara Baras y Antonio Canales, con Camilo Sesto, con el Dúo Dinámico y un último con Los Panchos. En esta última noche de nuestra feria del '98 en la Caseta fue cuando el amigo Fernando Gotor cinceló en el mármol de nuestras memorias su frase histórica ¡Bravo, Basurto! Habéis estado de nácar”.

   En el caso que nos ocupa, Octavio Cuarteto, la guinda era Juanjo, una voz portentosa que, además era batería, sabía tocar la guitarra, la flauta, algo de piano, incluso tañía otros instrumentos que no sabía. O los imitaba con su privilegiado galillo. Uno de los objetivos principales del grupo, si no el único, era reírnos y pasarlo bien, algo eterno en nuestro talante. Tanto como nutrirnos e hidratarnos en grata y mutua compañía, descartado como entre nosotros es costumbre el interés económico. Como casi todos los grupos, lo constituimos como asociación cultural con desánimo de lucro. Salvo raras excepciones, que se pueden contar con los dedos de una oreja, quien ponga rumbo a la música para hacerse rico, más necesitado está de brújula que de vihuela.

     Dada su aparente modestia, que en el fondo no es tal, los objetivos se cumplieron ampliamente, pues reírnos nos reímos un disparate, sin por eso dejar desatendidos los flancos gastronómicos, libatorios y conversacionales. Es una pena no haber levantado acta fiel de esos ratos. Hoy somos unos eremitas, aunque donde hay siempre queda. También conseguimos hacer reír al respetable, incluso al público en muchas ocasiones, que era un daño colateral calculado. Era decisiva la desconcertante variedad de estilos, épocas y registros de un repertorio inaudito que abarcaba desde un tema de Bach con flauta travesera, bajo discontinuo y guitarras, los famosos pasodobles “No te vayas de la barra”, “Soy minero” o “María la portuguesa”, a temas de Les Luthiers, como el bolero de Mastropiero o Perdónala. Podía seguir un aria que abriera campo a la voz de tenor de Juanjo, un blues, una bossanova o una de los Credence, y nunca faltarían varios temas de Los Beatles, o de Solera, CSN&Y o de CRAG, catacúmbrica onomatopeya y acrónimo de nuestros adorados Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, cantadas por nuestras voces, que en lugar de sufrir menoscabo por las comparaciones, juntas recibían realce por parte de la suya. Juntas sonaban como un órgano en los días favorables.
     No tocamos demasiado y, como otras veces, aprendimos que no siempre lo mejor es lo que recibe mayor recompensa, que más a menudo sucede lo contrario. La verdad es que limitándonos a hacer lo que mejor se nos daba, lo que llevábamos decenios escuchando y tocando, nada malo hemos hecho nunca. Pero, si con ese grupo no nos forramos, estaba claro que sobraban futuros intentos. En Kunta Qintet, el guiri Sven y el batería argentino Gustavo Gentile, otro santo varón refractario al dinero como nosotros, nos arrastraron hacia el jazz, haciéndonos alcanzar nuestro nivel de incompetencia, al menos la mía. Pero esa es otra historia.
    El nombre de “Octavio Cuarteto”, guiño a una calle de Albacete, era producto de la mente calenturienta del hermano Francisco Arteaga, inventor de palabras y afilador de ideas, algo común en nuestra orden. Un parto onomástico parecido a “Blasco de Guirigay”, que iba a ser el título del siguiente grupo. Por motivos que escapan a mi comprensión, al finlandés Sven no le pareció bien y bautizamos al neonato como Kunta Quintet, seguramente con ron. Entre medias de una y otra junta de accionistas, Segis, Paco y yo urdimos un grupo dedicado al country en una época en la que Segis había abierto un pub encantador con esa temática y decoración, Lone Star, en cuya cabina y barra sumé algunos cientos de horas de sueño al déficit habitual en los músicos. Poco antes acudíamos con frecuencia, incluso habíamos tocado alguna vez en el Nashville, también campestre, como su nombre indica. Vamos, que del Liverpool de Los Beatles, del Brasil de Jobim y del blues del delta del Missisipi nos fuimos desplazando hacia al oeste, por la ruta 66, entre camiones y vacas. Luego Sven intentó arrastrarnos a Nueva Orleans. Acordamos llamar al nuevo grupo “Countribuyentes” y no recuerdo si fue Segis o fui yo el Juan Bautista de aquel acristianamiento que no llegó a recibir los rones bautismales. Ha ocurrido con frases como “a mi escaso juicio”, que Paco me atribuye a mí y yo creo que es suya. La explotamos a medias, que frases nos sobran. Al caso que nos ocupa: aparte de para hacer subir las acciones del Cacique 500, no llegó la cosa a cuajar en nada útil. Pero quedó Highway forty blues en el repertorio y algunos otros temas ya olvidados.

    Ambas órdenes seglares tuvieron como sede social y convento de referencia al Nido de Arte, donde tantas veces el abad Germán de Navarra convocaría a la congregación a ejecutar peregrinos salmos en el púlpito de su capilla. O los jueves a los mármoles de su refectorio junto a una peña numerosa de frailes amigos que mereció ser declarada, si no bien cultural de la ciudad, al menos de interés turístico. Aún se permitían los sahumerios e incensarios. Sólo valoramos las cosas cuando nos faltan. Hay gentes que siempre andan quejándose de que no hay donde vive lo que no se han molestado en buscar, teniéndolo más cerca de lo que suponían. Y lo digo por el Nido, que nuestros grupos sólo eran una gota en el mar de música que la lamido las playas de la calle Nueva durante cuarenta años. Cerrado el Nido, algo de eso le ocurrió a Flashback con el Chapó, que dejamos ante la indiferencia general, o teniente coronel, al menos. Pero esa es otra historia. O tal vez la misma de siempre. Mucha gente añora hoy lo que no valoró ni apoyó ayer cuando lo tenía, incluso gratis o por el precio de una copa.

    Como decía, el humor formaba parte tanto del repertorio como de la puesta en escena de ciertos temas. En realidad el humor aparecía siempre, aunque tocáramos una misa de réquiem, porque siempre nos ha sobrado y el sitio y la ocasión normalmente lo favorecían. Los formatos pequeños siempre aportan la cercanía y abonan la complicidad. Eso, y más cosas, era el Nido, además de nuestra casa. Al recordar ahora, una entre mil, en un concierto en un pueblo cercano a la capital, verano en la piscina, cómo Juanjo cantaba con traducción simultánea ante la queja de uno de la primera fila que se lamentaba de no entender la letra en inglés, casi tengo que llamar a alguien a que me levante del suelo y me haga aire con un ABC, casi muerto de la risa. Cuando digo tocar una misa de réquiem, parecerá recurso literario o exageración traída por los pelos, pero no lo es. En los bailes del Surco a finales de los '70 a veces teníamos que hacer con la orquesta Los Singuel un descanso en la hora justa para que Parra, —don José María, y me pongo de pie para nombrarlo—, nuestro pianista, que era también a la sazón organista de la santa iglesia catedral y director del conservatorio, partiera raudo hacia el templo para amenizar un sepelio. Un taxi esperaba abajo con la primera metida y al rato volvía pasándose el pañuelo por la frente, de riguroso luto, uniforme común para ambos eventos, y seguíamos con las cumbias. Pero esa es otra historia.

    Este tema, “La dona è mobile”, un aria de la ópera Rigoletto de Giuseppe Verdi, se presentaba en el Nido, —pues gran parte de estros temas sólo allí tenían cabida, y sólo allí se hicieron—, como un supuesto anuncio para una campaña publicitaria de la Confederación de Cajas de Ahorros, promoviendo los mismos. Por aquel entonces las cajas de ahorros aún podían ser sacadas a relucir sin que se nos pusieran los pelos como escarpias. A lo que vamos, la maravillosa exhibición vocal de Juanjo era malacompañada por coro de ahorradores y postulantes, bajo, guitarra sinfónica y guitarrista observante, un servidor. Paco, con una de las primeras guitarras midi, ponía la base orquestal siempre luchando contra el desfase de una o dos décimas de segundo de retraso en generar la nota, algo que parecerá baladí, pero en una redonda caben 256 semigarrapateas. Además, en esos tachundas de cuerda a veces parece que se iban algunos violinistas al bar y el acorde se tambaleaba o cortaba a medio compás. Mucho ha mejorado la tecnología, pero esos problemas nos han enseñado a tocar hasta con una legona con cuerdas.

     Vaya y sirva esta grabación cometida en la ermita del abad Germán de Navarra, más o menos en el año 23 a.P. (antes de la Pandemia), para mitigar los abatimientos del largo retiro que nos confina en las celdas de nuestros conventos, huyendo de las virulencias, aunque no de todas sus variedades. Desenterrar ésta y otras joyas de arqueología musical es mi aportación al alivio de nuestra clausura, ya que después de 40 días en el desierto, sin afeitar y ya dos años sin acudir a mi estilista, voy lleno de pelos, parezco Robinson Crusoe y no me determino a salir al balcón por no espantar a mis vecinos. Pero disfruto viendo a diario en la pantalla las apariciones de algunos hermanos y hermanas en la fe menos hirsutos, tañendo y entonando sus gregorianos desde celosías y balconadas. Algunos de los vecinos que hoy les aplauden son los mismos que antes golpeaban el cielorraso con la caña de la escoba o llamaban a la policía local en protesta por los molestos ensayos o conciertos de aquellos ruidos, los mismos que hoy la situación les obliga a agradecer y reconocer como buena música.

Que disfrutéis del aria. Y no salgáis.


domingo, 19 de abril de 2020

Dibujos y acuarelas en el claustro.

    Llevamos más de un mes recluidos en el convento. Y lo que nos queda. Dentro de lo insólito de una situación que nos muestra que somos capaces de adaptarnos a cualquier cosa, cada uno intenta llevarlo lo mejor que puede y a la vez, exponerse lo menos posible. Sobre todo los que estamos en edad de merecer. Unas personas sufren más que otras la situación y ahora no falktará quien eche de menos algunas aficiones que le ayudaran a llenar el tiempo con algo de sentido. Nos pilla la cosa con miles de libros, cientos y cienosw de discos, seis guitarras, una resma de papel de acuarela y varias docenas de cuadernos sin estrenar. De pinceles, tubos de acuarela, tintas o plumillas, para qué hablar.  En realidad he tenido que modificar poco mis costumbres, menos que otros, aunque echo de menos salir a tomar el aire y un café, o viajar a la playa o al campo. Por no hablar de que algunos eventos y encuentros que, como todo, han sido suspendidos.
   Dibujamos lo que vemos desde el balcón, las flores del alféizar, sobre todo unos pensamientos que están durando mucho más que nunca, algunos cactus que hace más de un mes empezaron a florecer, antes de que nevara sobre ellos en marzo y abril. La orquídea que acababa de perder la última flor, que aún está en la tierra de la maceta, ha retallinado y tiene dos brotes que han salido de una de las ramas que no se había secado. Las plantas también andan desorientadas.
   Siempre tengo reserva de fotos, la mayoría propias, de paisajes y árboles, siempre mis temas favoritos. De veza en cuando elijo uno y me pongo a jugar con sus texturas, las luces y las sombras de las cortezas retorcidas de los olivos.
   Además, hay amigos que ponen en las redes fotos maravillosas de sus paisajes, tan distintos a los míos. Como el amigo Vilaboa que siempre, desde Galicia, te pone largos los pinceles con sus aguas y sus verdores, incluso los que ve desde la ventana de su casa, como es el caso de la acuarela siguiente.
   O este otro, un bosque de Navarra que me ofrece mi amigo César Viteri para que cambie mis árboles por los suyos como tema para las acuarelas.
   Los pensamientos de la ventana, más felices que los que la sitaución permite a las personas, siempre viven bien, como toda la naturaleza, ajenos a estas y otras situaciones. Leo y veo en la prensa y en las redes cómo los animales se acercan con osadía y sorpresa a esos pueblos y ciudades, ahora deshabitadas y fantasmales, recuperando un terreno que en realidad siempre ha sido suyo. Somos nosotros los que estamos demás. Ciervos, jabalíes, cabras monteses, patos y otros animales suspicaces y huidizos pasean por las calles solitarias yu se encaraman a los tejados como buscándonos, o para ver que ahora los encerrados somos nosotros. Incluso en alguinos países se dan a vistas animales de especies que se habían declarado desaparecidas, o que por escasas hacía decenios que no se veían, como el leopardo de las nieves. leo con sorpresa y placer que los pájaros urbanos cantan más flojo, es decir, cantan como venían haciendo desde la noche de los tiempos hasta que tuvieron que ponerse a chillar para competir con nuestros ruidos, ahora silenciados. Los cielos están más limpios que nunca, brillan las estrellas más que nunca y han aparecido en muchos horizontes montañas lejanas que el humo borraba. Resulta que lo que es malo para los humanos, es bueno para la tierra y para todos sus habitantes tradicionales antes de la llegada incordiante y destructiva de esta especie advenediza, un problema con patas, ahora en problemas.
   Algunas veces, a falta de modelos al natural, me fijo en alguna escena de la televisión, hago un apunte rápido y luego una acuarelilla con lo que recuerdo.
    Hasta cuando dudamos entre hacernos un café con leche o un carajillo acabamos por montar un bniodegón con los elementos de nuestras dudas. No sé cómo hay gente que no sabe qué hacer, gente que se aburre, o quien no sabe qué pintar. De paso, aunque en realidad tengo el mismo tiempo que antes, todo el día, parece que se hace más largo, madruga uno más y tiene tiempo y ocasión para hacer cosas pendientes. Como recuperar antiguas grabaciones de algunos de los grupos en que hemos tocado, para compartirlas y ofrecer esparcimiento a los amigos que también están encerrados en sus cenobios. En youtube están, de Octavio Cuarteto, Kunta Quintet o Flashback, que poco o nada tengo de otros grupos anteriores.
   Como decía, de falta de libros para leer no me quejo, y me alegra ver que tenía bastantes pendientes de leer, cosa que no me suele ocurrir.
   Como a todo el mundo, nos ha dado por la cocina y por la panificación. Superado el problema inicial de no encontrar harina ni levadura, cada uno en la casa prueba y hace cosas que ni siquiera antes nos habíamos planteado. Y resulta que salen panes así. Un placer porque, además de evitarnos salir, están mejor que los que solíamos comprar.