Escritos del convento


Epístolas, semblanzas y divagaciones del cenobio



 
 Últimos prodigios acaecidos en el cenobio
(21 febrero 2012)



Hermano Sven.
Celoso de evitar el olvido de los notables hechos que, con frecuencia, acontecen en nuestra congregación, me he atrevido a dejar constancia de los últimos sucesos que te han producido las laceraciones y desolladuras que con tanta resignación muestras.
    Siendo tan grande tu modestia, virtud que se amontona con las muchas que te adornan, solicita este fraile, antes de encomendar a los copistas la crónica de tu milagroso paseo sobre las aguas, tu venia para difundir el prodigio.
   Espero recibir el Imprimatur para sacarlo a la luz.
   El hermano José.


Fray Sven da su aquiescencia:
— Tienes mi permiso para hacer cuanto desees......

Imprímase, pues.



Queridos hermanos: 

o creía que fray Sven de Escandinavia fuese, a estas alturas, capaz de hacer algo que diera ocasión al pasmo de nuestra feligresía, que ya por nada se turba. Ni siquiera fue merecedora de comentario, menos aún de asombro, la desacostumbrada práctica de que el hermano Francisco, fraile troglodita que hasta hace poco habitaba una caverna que tiene por techo un bancal, desde el subsuelo recolectara nabos, zanahorias, patatas y otras raíces de las que se sustenta, con la frugalidad propia de nuestra congregación, cosechándolas de techos y cielorrasos.

Hechos están nuestros ojos a otear al susodicho fray Francisco de Arteaga levitando por los cielos de Albacete y comarca, sólo sustentado por la tela de sus hábitos, usada como vela de barco, con una hélice en el culo. Sabido es que afamados peliculeros locales, para urdir sus disparatados argumentos, no pocas veces se nutren e inspiran en dichos y hechos que en nuestra orden no se tienen por merecedores de mayor atención.

El mismo fray Sven acude en ocasiones al coro con el cuerpo lacerado, estigmatizado por crueles llagas y mataduras que no produce el cilicio o el milagro, sino su extraña costumbre de, atormentado por la conciencia, que lo sume en horrendas pesadillas, arrojarse del jergón contra los muros, despavorido y sudoroso, huyendo de los monstruos que lo acorralan en sus atroces sueños. Nada de esto nos pasma, pues es ya cosa ordinaria en nuestra congregación.

Pues sí, hermanos mios. Ha logrado esta vez dejarnos trasconejados. Entrando dentro del terreno de lo milagroso, fray Sven, como nuestro Señor en el lago Tiberíades, ha andado sobre las aguas. No teniendo a mano lago, pantano ni acequia donde obrar su milagro, ha sido una piscina el escenario del prodigio. Su modestia le llevó a perpetrar tal maravilla sin testigos que propalaran el suceso, acrecentando con ello el riesgo del lance. Su presencia hubiera sido auxilio para arrebatar de las enfurecidas aguas al intruso que su paz turbó a altas horas de la noche.

Para quitar importancia al milagro, afirma fray Sven que no fue de forma voluntaria como el portento se produjo, sino que un inoportuno traspié, que la envidia y el descreimiento de algunos atribuye al concurso de algún destilado previamente ingerido, le hizo dar el primer paso hacia las aguas. Estaban éstas cubiertas por una lona que las protegía de hielos, hojas y arenas que el viento pudiera impulsar a la balsa, enturbiando su pureza y transparencia. Sea como fuere, nadie ha de negar que fray Sven, con inhumana agilidad y presteza, alcanzó a ser más veloz que las olas que, cubriendo la lona a su paso, intentaban tragarlo. El suelo dejó de ser firme y llano para trocarse en creciente e inundado abismo, con laderas en aumento, que él consiguió superar arrojándose al exterior de forma temeraria, tras vertiginosa y trastabillante carrera.

Como no ha de faltar a fray Sven evangelista que evite el olvido de tan insólito evento, quede plasmado en los cronicones de nuestra orden, como faro de novicios y aviso para descreídos.

El hermano José.

   
 Epístola del cumpleaños (25 enero 2012)


Queridos hermanos:

    Fray Francisco de Arteaga y el fraile que os escribe cumplen años —bastantes, aunque no suficientes—  hoy, día 25 de enero, pues no quiso nuestro Señor que
sólo la vihuela y el ron de caña les uniera desde que eran novicios. Tal es el motivo por el que, una vez más, tomo el cálamo para dirigiros una epístola, que no ha de resultar amarga y quejosa como la anterior sino que quiere, en esta ocasión,  ser gozosa y  alegre, pues la vida nos da días para la risa y días para el llanto, hermanos míos.

    Es día dedicado por la Santa Iglesia a los santos Pablo, Artemas, Agileo y Popón, a la beata María Antonia Teresa Grillo y al beato Antonio Migliatori, entre otros. A la vista está que es hoy fecha encomendada a cristianos de esclarecida virtud, pareja a la de los frailes mentados que en tan señalada jornada  años cumplen, aunque renuncie en esta ocasión quien esto escribe a tomar sus nombres por premonitorios, como suele hacer cuando los agüeros parecen más favorables. Sálvanse Pablo y Artemas, aunque, por su sonoridad y sin entrar en etimologías, Agileo y Grillo, por una parte y Popón y Migliatori, por otra, pudieran evocar escatológicas resonancias o hacer llegar a vuestros magines burdas insinuaciones sobre el cuajo mental de tales santos y sus patrocinados. Quede la celebración de la fausta efeméride que nos reúne postergada para mañana, jueves, día de san Agustín, San Alberico y San Tito, en principio más propicios.

    Tiene, desde antiguo, la congregación la costumbre de dedicar los jueves, de completas a maitines, a celebrar sus conciliábulos en la ermita del abad Germán de Navarra, pulir allí salmos y antífonas y escuchar de boca de fray Adolfino sus últimas glosas al Apocalipsis. Suele acontecer que se llega a un punto y hora en que se desatan las hambres de los allí congregados, que humanos son, aunque poco. Tanto para aliviar tales servidumbres, acallar los rugidos de las tripas de los frailes que, en el silencio de la sala capitular, llegan a tapar con su estruendo deliberaciones y cánticos, como para ayudar a asentar las libaciones que, a esas horas, sin sólido al que asirse, se agitan en los vacíos como carga de un barco mal estibado, Fray Francisco de Arteaga y fray José, previsores y muníficos, irán provistos de algunos manjares que prevengan y alivien desmayos y mareos que a otros orígenes, sin base ni razón,  pudieran ser achacados. 

    En consonancia con la frugalidad propia de nuestra congregación, ya descrita en otras epístolas y reconocida en toda la cristiandad, la anunciada colación será austera y medida, dispuesta de tal forma que poca vajilla necesite, evitando que el abad Germán de Navarra deba abandonar salmos y deliberaciones para su acarreo y para el posterior aseo y limpieza del refectorio. No deben los yantares ser juzgados por su continente, pues los cocineros de estos tiempos suplen con la abundancia de las fuentes y platos que a la mesa llevan la escasa enjundia de lo que en ellos se ofrece, distrayendo con tal extravagancia y aparato las mentes de los comensales y dejando ayunos sus estómagos. Se desmontan tejados y cubiertas para usar como vajilla tejas y pizarras, arrebatando a las aves el lugar donde se posan y alivian, presentándolas en las mesas como si finísimas porcelanas fuesen, mostrando, como salsa y guarnición,  chorreones de dudosa composición y procedencia para acompañar las minúsculas raciones de las viandas que ofrecen.

    Ya iniciadas las deliberaciones, se unirán a nosotros los hermanos cismáticos que celebran sus cultos por el rito quechua, negándose a adoptar el mozárabe o el latino, usuales en la congregación hasta la llegada del hermano Sven de Escandinavia. Este huraño fraile, claramente herético, que tras sus luengas barbas oculta su insidia y su doblez, intenta socavar nuestras tradiciones y nuestra fe, introduciendo peregrinos salmos en el coro, que salmodia en cacofónicas  y extrañas jergas. Que Dios le perdone. No menos cierto es que no hace ascos a ninguno de los ritos citados, por lo que se ha ganado el aprecio y la simpatía de los hermanos, que piadosamente fingen tomar por ecumenismo lo que es clara herejía. Aunque no es cristiano viejo, lo ocultan en el cenobio de los ojos del Santo Oficio.

    Lo dicho, invitados estáis. La vacuidad de nuestras bolsas por las penurias a que nos vemos sometidos me obligan a haceros la advertencia de que esta invitación refiérese al disfrute de nuestra compañía, que no a las libaciones a las que con tanta prodigalidad os soléis entregar, perversos. El Abad Germán de Navarra tomará cumplida e inmisericorde nota de ellas para ajustar cuentas antes de abandonar el refectorio, que el abuso de elixires y espíritus alcohólicos lleva a veces
a los cristianos al olvido y a la confusión.

    No me extiendo más, que en un momento se iniciarán los juegos que enfrentan a los atletas de la corte con los de la ciudad condal, que prometen ser reñidos y aclamados con pasión y estrépito en castellano y en lemosín. Esperemos que la disputa en tales justas sea noble, hermanos.


    El hermano José.



FRAY ADOLFINO

    Por fin el cielo ha abierto sus grifos y algo de lluvia ha regado nuestros campos y montes tras largos meses de sequera. Llegado noviembre aún no han atacado los fríos que en estas fechas solían invitar al reposo a plantas y animales hasta una próxima primavera. Los árboles aún visten de verde, cuando ya deberían estar desnudos de hojas.
Aunque algo desorientadas al ver que, siendo templado el oraje todavía, empieza a anochecer antes de lo esperado, las setas se remanecen y bullen con el calor y la humedad. Presurosas crecen abriéndose camino entre la tierra, levantando la juma de los pinos y las primeras hojas ya caídas de los árboles, delatando su presencia en este otoño que parece no querer llegar. Inquietas e imprudentes, asoman la gaita para ver por primera vez la luz del sol. No saben que fray Adolfino las espera. Las oye crecer. Las huele, las siente. No busca ni encuentra, simplemente está allí. Se limita entonces, armado de su heredada navaja de Albacete, a cortar amorosamente estos tiernos brotes que pronto llenan su cesta. Cesáreas, boletus y níscalos, de cardo o de olmo, no hay hongo que se le oculte ni escape.
Ejerce Adolfino de amanuense en un concejo próximo a la capital, famoso por su castillo, sus murallas y sus embutidos, de los que surte con generosa prodigalidad al convento. Micológico zahorí, gran conocedor de su entorno natural, no hay seta, espárrago o colleja que escape a su ojo escrutador. Una vez recolectadas las setas, sus presas predilectas, las presenta en el refectorio de la orden ya adecuadamente aliñadas, fritas con fino aceite de las almazaras de la villa, en compañía de tajadillas de pernil de los cerdos de Iberia, nutridos por las bellotas de encinas y quejigos de los muchos que crecen a la sombra de las almenas del castillo árabe que vigila desde lo alto la vida del lugar donde este fraile mora. Árabe es también el horno donde desde hace 700 años se siguen cociendo los panes con que acompaña estas frugales colaciones, sin nunca olvidarse de acarrear algún generoso caldo, tan del gusto de la congregación.
    Gran cazador es este fraile. Las bestias comestibles del concejo no tienen posible escapatoria frente a su agilidad felina. No es necesaria ayuda alguna de hurón, galgo o podenco. El solo conocimiento de que Adolfino, diosa Diana hecha fraile, anda por el paraje atemoriza y saca de sus casillas —y de sus madrigueras— a liebres y conejos a los que persigue, acorrala y captura en campo abierto tras vertiginosa carrera por las laderas del castillo, entre romeros y tomillos, para ofrecer a sus amigos, generoso y solícito como él es, lepóridos con lilíaceas, o solanáceas, según mercado y estación.  
Su proverbial generosidad unida al placer que fray Adolfino encuentra en alimentar a sus amigos, le lleva a disfrazar sus invitaciones proponiendo suicidas apuestas cuando se produce elección de prior de la comunidad, diputado del común, síndico personero para la villa o Papa para la Iglesia. La fumata blanca le ha llevado en más de una ocasión a sufragar pantagruélicos festines, que con gusto paga. Apostando siempre a caballo perdedor hace pasar por mal tino y error de tiro lo que no es otra cosa que generosidad y desprendimiento.
    Siguiendo la tradición de la Sociedad Económica de Amigos del País de las Peñas de San Pedro, ha desarrollado sesudos estudios sobre la cría de cerdos, base de la producción de los afamados embutidos a los que ya nos hemos referido.
Fruto de sus averiguaciones y experimentos es la crianza de raros gorrinos modificados de manera diabólica para desarrollar las partes del organismo de más provecho y conveniencia, obteniendo así cerdos con desmedidas patas y lomos descomunales pero con menguadas cabezas y exiguos rabos, cortes de menos valor y aprovechamiento en la res. Sólo las orejas, demandadas para parrillas y chusmarros ven estimulado, mediante acertados cruces, su crecimiento, llegando a ser luengas en demasía, resultando laceradas al arrastrar por los suelos. Cierto es que las bestias han acabado mostrando un insólito aspecto que a todos mueve a extrañeza, cuando no al espanto.
    Fruto de su deseo de promover novedosas formas de estimular el comercio local, ha conseguido que se disponga en las ordenanzas municipales el habilitar como zona de fumadores las pocilgas para que así, disminuido el oxígeno, ahumados y semiasfixiados, aumenten los gorrinos el hematocrito, como si fueran ciclistas, mejorando la enjundia de las morcillas locales.
 
Suyo es el estudio, por ahora no coronado por el éxito,  de la clonación genética de chancho con ciempiés o escolopendra, mudando la hechura y diseño original de la especie para obtener cerdos con cuarenta jamones y sesenta paletillas. Que el Señor le perdone.
Estas y otras brillantes probaturas ocupan las vigilias de Fray Adolfino, que no descansa. Somete a los animales a peregrinas dietas, aumentando la ingesta de fósforo, flúor, calcio, carbón o sulfato de bario, aunque hubo de renunciar a esta línea de investigación, en principio prometedora, pues alteraba el Ph alcalino de la sangre con indeseados resultados. Observó que la carencia de algunos de estos elementos provoca confusión mental, mientras su aumento agudiza el ingenio, lo que crea gorrinos bordes y librepensadores, desconfiados y con mala fe, haciendo de las piaras un peligro en potencia objeto de regulación por parte de los ministerios de Defensa e Interior, además del de Sanidad y consumo. Sigue en estudio su posible uso militar.
De sus experimentos sobre la adición de calcio, flúor y fósforo en la dieta de los cerdos, mezcla de alimentación y abonado, se han obtenido, entre otras alteraciones en la osamenta del ganado, especímenes con dientes blanquísimos y una encantadora sonrisa con escasas posibilidades de comercialización. Pendiente de valoración está la posibilidad de desarrollar una especie de marfil porcino, aprovechable para tallar teclas de piano o mangos para navajas y cuchillos de Albacete, no alcanzando, por ahora, suficiente tamaño para fabricar bolas de billar. De sus abandonadas probaturas con los huesos y otros estudios anatómicos, quedó un esqueleto montado de forma algo desordenada que cayó en manos de un avispado crítico y marchante de arte, quien, bautizando la obra como “No somos nadie. (Structural Post mortem)”,  obtuvo el segundo premio de escultura en la Bienal de Arte moderno de Venecia, fue subastado en Christie's con una puja de 34.000 $ y puede verse actualmente en el Moma junto a las obras de Calder o Rodin.
Sin embargo, la ingesta de fósforo da origen a una raza de gorrinos que traen, ya de serie, los fosfatos que hasta ahora, había que añadir de forma antinatural a salchichones y mortadelas. Continuando y perfeccionando los estudios del físico  inglés George Stokes, ha descubierto algo inquietante aunque de posible aprovechamiento, como es el efecto secundario que les hace brillar en la oscuridad, como gordas luciérnagas con rabo, estando por ahora pendiente de ser autorizada su comercialización.
Podría aprovecharse esa luminiscencia para obtener vivas lámparas de diseño posmoderno que no hay que enchufar sino nutrir con deshechos enriquecidos con coca cola y pistachos. Se amortizan a la larga, no tienen cable, acuden al rincón que necesita alumbrarse, pues tienen bastante más iniciativa que las lámparas tradicionales y hacen más compañía, aunque, necesario es reconocer,  son algo más sucios y gruñidores que ellas. Cuando su reluzor decae, por vejez o mal uso, basta con frotarlos vigorosamente por las mañanas, y ocasionalmente rascarles el lomo mientras uno lee o ve el partido. Además comprando un par de estas lámparas, macho y hembra, pueden renovarse por sus medios, cosa que, hasta ahora, no se ha conseguido con bombillas, flexos y arañas de techo. Tan ecológica y sutil invención, de ventajas sin fin,  no ha encontrado calor por parte de la industria nacional, como ya ocurrió con el autogiro, el sumergible y otros inventos del ingenio patrio. Quien añore a las lámparas de siempre, puede ponerle una pantalla de pergamino de la piel de estos cerdos, lo  que ofrece una luz similar, aunque algo más fría, sin necesidad de poner bombilla.
Como resplandecen en sombras y umbrías, brillan las piaras por las calles alimentadas con los restos de comida de los hogares, cualidad que reduce el consumo eléctrico y hace que la villa reluzca desde lejos con fantasmagórico relumbre, originado por perpetuos fuegos fatuos. Puede verse el pueblo lucir desde Google maps con una luminosidad y brillo similar a Benidorm.
Ha patentado el bicho como nueva especie con el nombre científico Sus scrofa forforescens Adolfinensis, lo que espera que le permita abandonar sus trabajos ya que, según las nuevas ordenanzas, el retiro será largamente postergado. Trabaja ahora en el desarrollo de un cerdo láser.
   
 FRAY JESÚS DE LA RENFE


No asistió al último cónclave el hermano Jesús, gran viajero. Profesó votos en la Congregación de frailes itinerantes de Nuestra Señora de la Renfe.  Tañedor de un insólito instrumento de cuerda producto de su esclarecido ingenio y hábil industria: el forlillo, variante cristiana y piadosa del charango, peluda vihuelilla con abundantes cuerdas.   
Cuando descubrió el hermano Jesús que la caja que da resonancia y poderío al charango no era producto de la hábil talla y posterior tapizado de una calabaza u otro fruto de Las Indias, sino los despojos de una criatura de Dios, nunca fue ya capaz, mientras tañía,  de apartar la vista del velludo caparazón de lo que antes fuera palpitante animal y que la codicia y sinrazón del hombre había reducido a este penoso estado. Ello entristecía su semblante, arrancándole a veces amarguísimas lágrimas, que caían copiosamente sobre el difunto quirquincho y vedaban al fraile disfrutar de salmos y antífonas, tan de su gusto. En lugar de perseguir por selvas, llanos y quebradas al susodicho armadillo para incrustar al escurridizo animal un mástil por el testuz,  respetuosísimo como él es con todas las criaturas del Señor, por muy repulsivas, hirsutas o malcaradas que estas fueren, llevóle su ciencia y piedad a sustituir, ya para siempre, charango por forlillo. Construyólo con madera de árbol, racionada con tal austeridad y medida, que, suprimiendo todo lo que en él había de ornato y vanidad, redujo el instrumento a un resumen de sí mismo, a su descarnada osamenta, hasta el punto de poder a su través ser entrevistos los hábitos de Fray Jesús mientras lo tañe con el mimo y gracia habituales en él. Este cambio le ha permitido recuperar la sonrisa, trocando su anterior pena en contento y regocijo.
Para no faltar a la verdad, hay que reseñar que si bien la creación del forlillo es flor del jardín del hermano Jesús, nombre tan a propósito es fruto de la huerta de Fray Francisco y de su mente calenturienta, como tantas otras voces con que este hermano ha acrecentado el acerbo léxico de nuestra congregación.
Si algún miembro de nuestra Orden ha de llegar a los altares, roguemos a Dios por ello, sin duda ha de ser el hermano Jesús, quien ya en vida ha adoptado el beatífico semblante de las piadosas imágenes de los más preclaros santos, alguno de los cuales, para ofrecer la angelical compostura que ahora muestran en su hornacina, tuvo que esperar a que la maestría — y caridad— de talladores e imagineros labraran en ciruelo mejor estampa y pelaje que las que cuando vivos lucieron, anteponiendo piadosamente el deseo de atizar la fe de los parroquianos a la tentación de revelar fielmente las trazas y catadura del finado, haciendo su arte, entre astillas, virutas y aserrines, aflorar una faz dotada de una dulzura y candor de los que en vida careció el santo.


Epístola sugiriendo incorporar un salmo al repertorio.

Hermanos en el Señor:
Envíoos tres legajos para que los gregorianos que contienen transcritos os sirvan de alivio en la soledad del claustro y recreo para vuestras atormentadas almas.
Ya San Benito nos recomendaba el trabajo como fuente de toda virtud, que aparta nuestras débiles voluntades de las tentaciones de la carne y de las bebidas espirituosas a las que tanta afición tenéis. Dediquemos, pues, nuestros afanes a su estudio y práctica, no vaya a acontecer que le sea encomendado algún bolo a la Orden y sea pillada en greguescos. Dios no lo permita.
Proceden estos píos cánticos del Libro de Horas que desde las umbrías tierras de infieles del Norte nos trajo el hermano Sven. Aunque son salmos raros, para qué negarlo, en estos tiempos de decadencia y descomposición pueden servir para que feligreses y parroquianos del lugar, como las moscas por la miel, sean atraídos por las afinadas voces de los hermanos, llenando de paso las menguadas arcas de la congregación. Agradezcamos al Abad el permitirnos la rara licencia de sumar al coro el concurso de una novicia de angelical voz.
No os espante que la lengua de estos cánticos no sea el latín, noble y santo idioma, sino bárbara jeringonza y algarabía de infieles que ofende el cultivado oído de los cristianos. Dado el carácter poco o nada edificante de cuanto en ellos se refiere, mejor es no afanarse en entenderlo.
El salmo abolerado "Sperabo" de fray Armandus Pumorum del Virreinato de la Nueva España, se añade recordando que este hermano dedicó varias vigilias, de vísperas a laudes, a trabajar en el scriptorium en su transcripción y avío. Sometida a capítulo su incorporación o no al salmario, este cura acatará sumiso el acuerdo, siendo la humildad y la obediencia votos profesados con alegría.
Quedad con Dios y que Él os proteja y os colme de colmos.
El hermano José.


EPÍSTOLA DECLINANDO INVITACIÓN (30-XII-2010)
 
Se me comunica que la congregación se reunirá el próximo jueves en la sala capitular del cenobio. No le es posible a este fraile asistir a tan piadosa llamada, circunstancia que, si bien lamenta mi cuerpo, sirve de alivio a mi espíritu, dada la manera desaforada e irreverente en que tales concilios acostumbran a terminar.     
Apela el hermano Francisco a que el sentido común os retirará a vuestras celdas antes de que la aurora de rosados dedos alumbre el campanario. ¡Ay, almas de cántaro! No es muy común este sentido en nuestra congregación. Calentados los hocicos, el maligno acalla las cada vez más débiles llamadas de la conciencia, adormecida por las bebidas espirituosas, y os retiene en la taberna entregados a la gula, a desmesuradas libaciones y al desaforado cántico de peregrinos salmos poco adecuados, en verdad,  para la salvación de vuestras almas.     
Recordad que San Benito, en su Santa Regla, en el capítulo XV “De la tasa de la bebida” nos reconviene y advierte sobre los peligros de los excesos y de la frugalidad y recato con que todo monje debe comportarse.     
¡Cuántas veces, ya al borde de la locura, sólo nos ha librado de llegar a la ebriedad, ¡Dios no lo permita!, la oportuna recomendación de la hermana Isabel, dudando si tenemos o no una casa a donde dirigir nuestros pasos! Tambaleantes y llenos de zozobra, maltratados los bofes y asaduras,  las coradas ahumadas como arenques de las salvajes tierras del norte, abandonaréis ese antro de perdición cuando las candelas de las calles ya no luzcan, avergonzados al ver la luz del sol mostrándoos lo débil de vuestras voluntades, hermanos mios.     
¡Pensad que habéis de morir, pecadores! ¡Dedicad galillos y garganchones a entonar piadosas salmodias, abandonando esos salmos impíos con que a grandes y destempladas voces ultrajáis el silencio que mejor dedicaríase a la meditación y a la penitencia! 
   ¡Cuánto lamenta este hermano no poder participar de tanta perdición! Pero otro convento, no menos piadoso, reclama la presencia de mi organismo. Mi espíritu y mis oraciones os acompañarán. Ya puestos a pecar, bebed una Heineken o una Alhambra, que cada fraile tiene sus gustos,  a la salud corporal y espiritual de este hermano que os escribe.
El hermano José.

 
EPÍSTOLA CÓNCLAVE enero 2011 
    Graves asuntos deben abrumar el atormentado magín del hermano Francisco cuando vuelve a convocarnos a capítulo mientras aún nuestros higadillos están embebiéndose con lo trasegado el pasado jueves 30 de diciembre, libaciones, no por previstas y avisadas, menos inconvenientes. Era día peligroso, pues como profético zahorí, había dedicado nuestra Santa Madre Iglesia tal día a la advocación de los santos varones Anisio de Tesalónica, San Perpetuo y San Exuperancio, todos ellos de esclarecida prosapia y virtud, pero con nombres premonitorios y avisadores de los peligros de la dulzura del licor, del pecaminoso alargamiento de los cónclaves y de lamentables excesos en el gesto y la palabra, respectivamente.
    El hermano predicador fray Adolfino, orador hábil y de facundia, azote de herejes, como buen dominico que es, no desaprovechó lugar y ocasión tan propicios para, con el candor —no reñido con el celo—, que le adorna, poner de oro y azul a nombrados abades de piadosas congregaciones, o de chupa de dómine a quienes administran la cosa pública, a su docto criterio, con menos tino y esmero del que fuera menester. No está por demás recordar que San Benito en su Regla, en el capítulo VI, “Del silencio”, nos advierte que escrito está: “La muerte y la vida están en manos de la lengua”.
    Vaya en disculpa de la congregación que, alargadas las deliberaciones en tan dilatados concilios, van poco a poco los espíritus de los toneles y barricas secuestrando los nuestros propios, adueñándose de nuestra palabra y razón, poniendo en nuestra boca argumentos que momentos antes atacábamos, entregados al morboso placer de llevar la contra no sólo a los demás hermanos, sino a nosotros mismos, si se tercia. ¡Cuánto nos hemos alejado de la Regla, mirando que San Benito nos prohibía hablar después de Completas!     Viose acrecentado nuestro desenfrenado proceder por la ausencia de la hermana Isabel que nos dejó huérfanos de sus pías advertencias. No olvidemos que en otros cónclaves hase visto obligada a requerirnos las escrituras de nuestras celdas como postrero recurso para aventar el lugar.
    ¡Qué poco duran nuestras efímeras muestras de arrepentimiento, nuestros siempre defraudados propósitos de enmienda! ¡Cuán débil es la carne! Atraídos por los zumos de frascas y pellejos como por una piedra imán, allí estaremos otra vez con tan buenos propósitos como escasa vergüenza.     No ignoro que algunos hermanos se retraerán en el momento de asistir al cónclave por la bula papal que proscribe el uso de inciensos y otros sahumerios a los que algunos tanto nos hemos aficionado. Pasmo produce que quien propagó y sacó provecho de su comercio en detrimento de la salud de los fieles, beneficio al que, paradójicamente, no piensa renunciar, no se prive ni de la vergonzosa llamada a la delación anónima, que a tantos inocentes ha llevado a la hoguera. Promotora de semejante desvarío es una alta autoridad que ni aún su nombre puede ser pronunciado sin vergüenza. No se han anatemizado, por el momento, los gases, flatulencias y efluvios que cada uno y su organismo sean capaces de producir de forma natural, sin recurrir a la combustión de hierba o resina alguna, estando en estudio la proscripción del botafumeiro con que se sahúma al Apóstol. Ni San Benito en su estricta Regla llegó tan lejos.
    Algunos frailes, en su insensatez, ven bien este desatino, pues el Señor les ha dotado con generosidad de gases y humos propios. Así Fray Francisco de Arteaga, forjador de palabras y afilador de ideas, gran tañedor de cítara, que recientemente ha colgado los hábitos de una orden cántabra, de más que dudosa ortodoxia, que comanda e ilumina el abad Emilio, ha llegado a mostrar episodios de levitación, arrastrado hasta el techo por sus flatos. Más de una vez hemos tenido que lastrarlo con un par de cajas de Alhambra para retenerlo en suelo firme hasta terminar el salmo. Recordémosle al hermano Francisco y a quienes, como él, abominan de los humos ajenos, que San Benito nos hablaba en el capítulo LXXII del amor santo que los monjes deben tener entre sí, tolerándose pacientísimamente sus faltas.     No han ocultado su desazón por tamaño desafuero además de fray Adolfino, ácrata y conservador, el monje Sven de Escandinavia, dedicado antaño a la copia de códices con que acrecentar el salmerio de su comunidad, oculto ahora en nuestro convento para escapar de la inclemente e inmisericorde persecución de una congregación laica llamada Sociedad General de Autores, y fray Antonio de Villena, vertiginoso tañedor de una rara vihuelilla de pocas cuerdas pero de sonido cantarín y desproporcionado para su tamaño. Son de mucho acomodo sus sones para dar sazón y enjundia a los salmos del Virreinado de la Nueva España. Tañe este versátil fraile, de inquietante mirar, otros peregrinos instrumentos, como el rabel, la dulzaina, los atambores o el salterio. Incluso de una botella ha conseguido extraer dulces melodías, una vez bebido parte o todo su contenido original, al que tampoco hace ascos, seguramente más en búsqueda de la nota adecuada que por vicio o gula. En momentos de frenesí místico y éxtasis musical no puede la vista seguir su ejecución e industria, que más parece meneo de ala de colibrí que de mano. Estos tres hermanos, junto con el que escribe, han llegado a plantearse la apostasía para hallar religión más tolerante. Que el Señor nos ilumine.
    Tibio y entre dos aguas está, en esto de los humos, el hermano Segismundo Ceferino Rafael, de noble cuna, emparentado por parte de madre con los Borja de Xátiva, en el reino de Valencia. Pariente lejano, pues, de quien italianizando su apellido, devino en Papa de triste recuerdo. Tanto él, Alejandro VI, como su hijo César Borgia, que anduvo preso en el penal de Chinchilla, no hubieran hecho mal papel en nuestra congregación. Por querencia al lugar donde su pariente penó culpas hasta su fuga, Segismundo ha profesado tardíamente votos en una orden monacal cercana al castillo, que en los momentos no dedicados a la oración y la penitencia, trabaja la madera. Rodeados de troncos, colas y barnices, como quien resulta escaldado con leche, que al ver la vaca llora, evitan estos monjes hacer lumbre que les acerque a los infiernos antes de hora. No le es difícil pues, la abstinencia, aunque a veces fume por no discutir.     Tañe con gran maña y trabajo un instrumento también de cuatro cuerdas, como el del hermano Antonio, pero cuerdas gruesas como maromas de barco, sujetas a una especie de mueble que parece salir del cruce de una cómoda con un perchero, cosa no rara siendo el intérprete tan hábil ebanista. Según se alarga la noche, aunque serio de por sí, sufre su ser una transformación que le lleva a cantar salmos abolerados, incluso canciones profanas que a veces nos hacen dudar de la firmeza de su fe.     No faltará a la cita el monje archivero José Ramón de Villena, de angelical voz, fiel custodio de los salmos de la Orden y hermano carnal del humífero Antonio. Nos recomienda fray José Ramón el necesario estudio y preparación de los cánticos, pues ya San Benito, en el capítulo XLV de su Regla, “De los que yerran en el coro”, nos advierte que “quien yerra cuando pronuncia el salmo, responso, antífona o lección, y allí con satisfacción no se humillare delante de todos, esté sujeto al mayor castigo, pues no supo enmendar con humildad lo que pecó por negligencia”. Viene esto muy a propósito, pues en algunos salmos, tras largos años de cantarse en el coro, no acaban los frailes de aunar sus voces, yendo cada uno por su camino, pareciendo que cada uno alabase a Dios con un salmo distinto, más pendientes de los yantares, de los placeres de la bodega y de torpes conversaciones, pasada la hora de Completas.
    Aún con grave riesgo para mi virtud, me mueve a no faltar a la anunciada sesión el inminente y merecido retiro del abad Germán de Navarra, que durante ocho largos lustros, sin descuidar la bodega ni permitirse reposo alguno, nos ha ofrecido amoroso refugio para la oración y para el estudio, ejercicio y pulido de nuestros salmos, manteniendo tanto el aseo y buen uso de vihuelas, cítaras y zanfoñas como el juicio y equilibrio necesarios para poder cerrar el local cuando el de los demás flaqueaba por causas en las que no conveniente recrearse.     Como brillante antorcha nos ha iluminado, nos ha revelado desacostumbrados salmos, logrando que acudieran al claustro renombrados coros, tanto de las la Españas como de la Galia y de Albión, incluso escolanías de más allá de la mar océana, hasta donde daban de sí, y no pocas veces hasta más allá, las menguadas arcas de la Orden, con la inestimable y sagaz ayuda del ecónomo mosén Miguel del Valle, hijo de Lope, habituado al difícil comercio con prestamistas y usureros.     Acudiré, pues, confiado en la virtud terapéutica de las aguas medicinales de Marmolejo para mitigar, que no sanar, los desarreglos humorales causados por el abuso de espíritus alcohólicos, según las atinadas recomendaciones del hermano galeno y herbolario Carlos Culebras, —apropiado nombre de quien ha entregado su vida a una ciencia cuyo símbolo es una viboruela que se enrosca alrededor de la copa—. Acudiré, decía, provisto de cilicio que lacere y mortifique mis carnes, haciendo eternas las horas que allí me mantenga, que así serán menguadas, aunque más largas se me han de antojar. Y esta vez sin la guía y apoyo, más que espiritual, de la novicia Virginia, sostén y brújula de mis pasos, con quien mantengo, Dios me perdone, una pecaminosa relación cada día más difícil de ocultar. Insuperables barrancos me han de parecer al regreso los que sereno y lúcido bajé como cómodos escalones, si el instinto, más que la orientación o el recuerdo, me permite hallar mi celda. El hermano José.

 
Libelo anónimo aparecido en la puerta de la ermita del
Abad Germán de Navarra




Fray SVEN DE ESCANDINAVIA

Tras la aparición en el cenobio del anónimo y amenazador libelo
en el que se injuria a este pobre fraile, fue escrito este desahogo:
Queridos hermanos:
    Desde que la Inquisición ha puesto sus ojos en mí no hallo reposo. Cuando me aventuro a pisar la calle, ando mirando hacia atrás y ya en nadie confío. Lo que más me mortifica y desconcierta es que sé que el delator es uno de vosotros, que con nocturnidad clavó en la puerta de la ermita del Abad Germán de Navarra —si son ciertas sus palabras— ese anónimo edicto difamatorio, que aumenta y exagera mis pecados, añadiendo, por si fueran pocos, algunos que me son ajenos.     Mis sospechas se extienden cada día. El último que engrosa mi relación es el hermano Antonio de Villena, en quien antes confiaba. Para afear mis errores en las cuentas, usa el verso con soltura, como hizo el autor del manuscrito que me agobia. Los hermanos Carlos y Adolfino, también pudieran ser y, Dios me perdone, hasta del abad recelo.     ¡Sal de lo oscuro, proceloso ser! ¡Da la cara, bellaco, y no te escondas! No afees sus faltas a este pobre fraile, en cuyos bolsillos anidaban los gorriones hasta que os conocí, perversos. Y recuerda que el diablo no se acerca a España porque no se fía de sus habitantes, ¡cuánto menos va a visitar nuestra congregación, ni aún para tentar a sus miembros!     Para distraer mi atormentado espíritu, he pensado en el hermano Sven, primero de vosotros que descarté de la lista de quienes pudieran haber perpetrado ese libelo pues, aunque maldad le sobra, le falta en nuestro idioma verbo florido para rimar tal infamia. En el suyo profiere feroces exabruptos que el Señor, en su sabiduría, nos priva de entender.     Con esas reflexiones, influido por ese maldito pergamino que no abandona mi cabeza —y por un libro de un tal Garcilaso de la Vega— he esbozado estas glosas sobre fray Sven de Escandinavia:

De Sven pensaba hablar en un soneto,
Tomando de Petrarca metro y norma,
Y no me rendiré hasta que halle forma
de superar, airoso, tal aprieto.
Y ¿quién me manda a mi asumir un reto
que la prosa no sacia ni conforma,
ciñendo mis palabras a cruel horma,
Al rigor de once sílabas sujeto?
Mas ¿cómo resumir en cuatro estrofas
a un elemento así, que igual te canta
al duque, a Gerswin, que un salmón estofa?
Siendo tal brevedad lo que me espanta,
No uno, sino tres haré, sin mofa,
A la testa liándome la manta.
 ·-o-o-O-o-o-·
De Finlandia a Albacete el guiri vino
Por el amor llamado y por más cosas,
Hastiado de su iglú y del desatino
Que impera en su país, según nos glosa.
Instalóse en España; no era cosa
De unir a la ley seca su destino,
Hallando sol y comprensiva esposa
Lejos de su país, donde no hay vino.
Aquí encontró el calor y las bodegas
Donde apagar su sed, pues deseaba
Libar a gusto y fumar sin pegas.
Mas, del convento en la calle ayer estaba,
Silbando un blues, fumando ¡Leyes ciegas!
En sueco “¡Perkeletto!” se quejaba.
 ·-o-o-O-o-o-·
 
Es feliz con la música, otro idioma
Que conoce muy bien. Y se pasea 
por entre cinco líneas, en la doma
De negras, semifusas y corcheas.
En si bemol, o en fa, si lo deseas,
Con trompeta o armónica sazona 
Cualquier tema y lo hace, aunque no creas,
sin esfuerzo…  Lo lleva en el genoma.
Con los Beatles, el blues y algún bolero,
Nos encontró cuando llegó del Norte,
A hacernos tocar jazz el muy salsero.
Y ahora en ello andamos, sin que  importe
Si el tema es de Armando Manzanero,
O es de Cassandra Wilson o Cole Porter. 
   ·-o-o-O-o-o-·

Averiguaciones sobre bebidas y espíritus que pudieren reportar beneficios al cenobio
  
unque San Benito tasó en un cuartillo la cantidad de vino que cada día convenía beber a un fraile, nada dejó dicho acerca de otros elixires y aguas de la vida. Por la prodigalidad con la que del Benedictine hacemos gasto los miembros de nuestra orden, o del Charteaux los Cartujos, pues no hay monasterio ni abadía sin su propio licor, claro queda que frailes y monjes disfrutamos a nuestro criterio del olvido, involuntario o no, en el afán reglamentador de nuestro Santo fundador.
    Si bien los monjes buscando medicina, no olvido, adormecimiento ni menos aún ebriedad, destilamos una y otra vez finísimos aguardientes de las mejores uvas y orujos a los que añadimos las esencias de infinidad de hierbas cultivadas y elegidas con esmero, y con ellas el sabor, aroma y virtud de las plantas de que proceden, he visto que no es ésta la norma general. Fuera de los claustros se extraen espíritus de cualquier tubérculo, raíz o desperdicio. Así, en burdos alambiques, hacen los villanos bebedizos destilando patatas arroz, maíz, cáscaras o peladuras de verduras y otras bazofias. Una vez condensado el ardiente y hediondo vapor que desprenden estas porquerías sometidas al fuego, sin otro condimento o aderezo, si el líquido que resulta arde, ya es tenido por bueno para beber.
    Hay que reconocer que nuestro Señor, en su benevolencia, bendice algunos de estos alcoholes, que si bien ni curan ni sanan, adormecen la mente y, al menos, calientan el cuerpo, haciendo que quienes los beben olviden, incluso perdonen, la dura vida a la que Él mismo les ha destinado. Dios me perdone a mí también por estos pensamientos poco píos que rozan la blasfemia.
    Mi mente divaga, pues a mi edad avanzada hay que añadir mi gusto por hablar con conocimiento de causa, experimentando y catando, he de confesar que no sin deleite, aquello que ahora es objeto de mi estudio, no fiándome del juicio de terceros. Decía, pues, que nuestro señor ha inspirado a quienes, partiendo de innobles productos, han sabido destilar algunos aguardientes que, he de reconocer, se beben con agrado. Ignoro de qué abadía o monasterio proceden, pues no conozco orden alguna que se denomine “Jack Daniels”, “Cardhu” o “1866”. Hay uno de estos elixires al que el fraile que escribe ha tomado cierta afición, aunque es algo flojo para nuestra costumbre y gusto, mixtura de un vino con unas hierbas que le dan sazón y carácter, cuyo nombre, más propio de Papa que de licor, bien a las claras muestra su origen religioso. “Martini” creo haber anotado que se llama.
    Siguiendo mis averiguaciones en Denia, donde ahora me encuentro, el Señor ha conducido mis pasos a una hostería atendida por una rubicunda teutona, local que, claro queda que está regentado por cristianos piadosos y temorosos de Dios, visto el rótulo del muro que muestra la devoción de sus dueños. “San Miguel”, decía dicho cartel, en hermosa letra gótica.
    No sin rubor, la vista baja, como exige la modestia, mi carácter y la Regla de San Benito, he deducido por la respuesta recibida a mi saludo y bendición, una especie de rugido que no casaba con la sonrisa de su autora, que la conversación no iba a ser ni fácil ni profunda.
    Repuesto del susto provocado por tan áspera e intimidante respuesta, uniendo mi intención de ser amable al deseo de conocer nuevos licores que pudieran interesar al convento, he indicado a la cantinera mi deseo de probar una bebida de su país, señalando un rojo cartel de la pared que la anunciaba y ofrecía: JägerMeister. He intentado hacerme entender en todas las lenguas que conozco, empezando por el latín, claro está, pero sólo he llegado a comprender que no tenían aquello que ellos mismos anunciaban, pues tal es el grado de confusión al ha llegado el mundo fuera del claustro. Sin levantar la mirada, he explicado, creo, que se me escanciara lo que Dios le diera a entender y fuera propio de su tierra y costumbres.
    Tras un rato en la rebotica, ha regresado ofreciéndome una fuente en la que había un amasijo de lo que parecían hojas de repollo descompuesto, que por su aspecto y agria hediondez hubiera movido a rebelión a los puercos del convento de serles ofrecido en sus pocilgas, haciendo compañía a la madre de todas las salchichas. Era algo enorme y sonrosado, del color de la carne viva, ligeramente encorvado, que sobresalía por ambos lados de la fuente, algo aberrante que hería gravemente el decoro y que no conseguía imaginarme servido en la mesa del abad.
    Pocas cosas de provecho voy a llevar a mi regreso al claustro, —he pensado mientras trinchaba, no sin aprensión, con tanta rapidez como ira aquel desmesurado embutido, del que han salido unas cien rodajas más que medianas—. Es justo reseñar que ofende más el atroz aspecto de la salchicha, cuando entera, que el aroma que desprende al ser cortada que, para mi sorpresa y pesar, iba resultando apetitoso.
    Mientras tanto, había la teutona —ruego esmero y cuidado sumos en el scriptotium al transcribir con la pluma de ave mis notas en hermosa caligrafía uncial para que ni baile u omisión de letra alguna traslade al abad una equivocada idea de lo que ha sido destino de mis miradas y objeto de mi estudio—; iba diciendo que la mesonera ha traído, y no sé cómo ha sido capaz, ya que no la vi hacerlo, atareado como estaba troceando la salchicha, una especie de cubo de cristal lleno de espumeante cerveza. No era cubo pues era de vidrio y tenía el asa a un lado, no arriba como los cubos suelen tener y, a no ser por su tamaño, la hubiera llamado directamente jarra. Debiera haber sido soplado el vidrio dándole una asidera a cada lado para mejor manejarla con ambas manos, que más que dos, el concurso de tres hubiera sido necesario para levantar aquel bárbaro y descomunal recipiente con comodidad.
    Apoyando los codos en el mostrador, abriendo las piernas y asegurando firmemente los pies, sujeta con ambas manos, una en el asa y otra en el culo —de la jarra—, he levantado con no poco esfuerzo el enorme y tembloroso recipiente intentando acercarlo a mis labios, a la vez que buscaba con ellos el centro del borde de aquella cuba con asa.
    No saciada mi sed, he solicitado alguna otra bebida típica, en mi infatigable búsqueda de preparados que pudieran inspirar a los bodegueros del convento, creando algun bebedizo que lo saque de su habitual pobreza.
    Para mi sorpresa, ha empezado cortando un trozo de la cáscara de un limón de tamaño nunca visto en mi convento, y me ha elaborado un brebaje cuya receta he anotado para conocimiento de nuestro apotecario. Según he averiguado después, llaman a este preparado “cubalibre” y, además del limón, tiene como base el destilado de la melaza de la caña de azúcar, diluido en un cocimiento de fórmula secreta, como los licores de hierbas que nuestra orden y otras elaboran, pero que, en lugar de tener límpida transparencia y agradable la color, presenta un tinte oscuro, casi negro, que ofende a la vista. Es caldo espumoso y bullidor como los vinos que el también benedictino Dom Perignon elabora en el Monasterio de Hautvilliers en la Champagna Francesa, si bien más dulzón e insulso. No debería este aguachirle ser tomado solo, aunque algunos se atreven a hacerlo, pues fue su uso primero el quitar la herrumbre de llaves, legonas y otros fierros.
    Mentira parece que de simples tan desabridos resulte un compuesto tan deleitoso. Menester será no descuidar el pozo de la nieve del monasterio si queremos disfrutar de este grato bebedizo, pues el frescor es elemento, aunque insustancial, imprescindible para su sazón.

Fin del informe.