martes, 27 de septiembre de 2011

Los designios del Señor

Retomo mi narración del Convento de San Odón de la Muela, que
abandonada estaba en los últimos tiempos. Para ilustrar el capítulo, el primer mosaico
que Virginia y yo hicimos hace más de 30 años, con trozos de azulejo,
y más paciencia y tiempo libre que ahora.


l día siguiente de que el prior pasara a mejor vida, si cabe, la mermada y dolida comunidad celebró sus honras y exequias, ceremonias ya presididas por el prior Nicasio, dando a Gandolfo cristiana sepultura con tanta tristeza como devoción. En otros cenobios, con más posibles que el nuestro, se suele disponer de un pudridero en la cripta de la iglesia, lugar en el que permanecen los cadáveres hasta que de ellos no queda más que la canina. Es entonces ésta piadosamente confinada en un sarcófago o, al menos, dispuesta para formar pared con los huesos de otros monjes que allí reposan desde hace siglos.      
    Careciendo de cripta nuestra pequeña iglesia, para dar tierra a los difuntos había que apurar los escasos lugares del camposanto donde la pala podía ser hundida, pues más riscos que blanduras hay en la cima de la Muela.  Así pues, los tres novicios ayudaron a fray Genaro, encargado de la huerta, a cavar la fosa donde reposarían los restos de nuestro prior. En este enterramiento, dada la profundidad a la que se llegó, correspondió a Fray Gandolfo compañía romana. Si hubiera sido enterrado más superficialmente con visigodos habría caído. Un poco más arriba, acompañado de sarracenos hubiera esperado el Juicio Final.
   En una ocasión, según era memoria en el convento, animados por la poca dureza de la tierra en el lugar elegido, alcanzaron al excavar la fosa mayores honduras  de lo que era costumbre, teniendo que volver a rellenar parte del hoyo para no dejar al finado en compañía de lo que quedaba del antiguo dueño de unos brazos que, cuando vivos, a sus rodillas llegarían y de un calavero ceñudo y malcarado de enormes quijadas que espanto daba, amoldada sin duda su forma y hechura al mal genio y carácter que su usuario debió de tener cuando perseguía mamuts por estos valles. Al parecer, fue unánime la decisión de no volver a sepultar en sagrado aquel adefesio.
   Siendo de tan fácil defensa el encumbrado paraje donde el convento se asienta, pareciera haber sido lugar habitado desde el mismo momento de la creación. Con las mismas piedras con las que unos alzaran parapeto o muralla, otros edificaron torre y los siguientes castillo. Dispuestas de otra forma seguramente fueron mezquita antes que claustro e iglesia, figura que ahora muestran. ¡Quién sabe qué disposición y uso tendrán en el incierto futuro que les aguarda!
    Mientras silenciosos presenciaban la excavación los frailes del convento, Fray Adán, el más anciano de ellos, según él de casi la misma edad que sus muros, les recordaba con temblorosa voz cómo la elevación a prior del finado Gandolfo en 1746 había coincidido con el inicio del reinado de Fernando, el sexto de ese nombre, pues en un mismo día se produjo el fallecimiento del entonces prior de San Odón, fray Cirilo, y el del quinto Felipe que nos había gobernado, si es que tal palabra merece ser aquí empleada. Incluso afirmaba fray Adán que no era ésa la ocasión primera en que el rey de las Españas y el prior  de nuestro convento pedida tenían  la vez en los cielos para un mismo día. 
    Ilustrábales también el vetusto fraile acerca de cómo a lo largo de muchos años el rey Felipe solía sumirse  en intermitentes y largas demencias, retirado en el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso, que él mismo mandó edificar para aliviar una depresión que ni la caza, tan de su gusto, ni los trinos de Farinelli, acarreado por Isabel Farnesio, lograban mitigar.
    En la Muela unos monjes vivían el momento transidos de piadosa tristeza y resignación, otros inundados de triste y resignada piedad,  aún ignorantes de que en el castillo de Villaviciosa de Odón, con gran alivio para la corte, a la misma hora que fray Gandolfo, había fallecido el rey Fernando, nuestro señor en la tierra.
   Aunque alejados del mundo, las noticias, antes o después, al convento llegaban. Las malas portadas por piernas más ágiles que las buenas, llevando a los frailes a pensar que, dada la escasez de las últimas, de producirse, con seguridad se negaban, perezosas, a ascender el largo y trabajoso sendero hasta San Odón.
    Por ello, si bien el óbito regio no les era aún conocido, los monjes de San Odón de la Muela eran ya sabedores del mal estado de la salud de nuestro rey. Desde que murió su amada esposa, la reina Bárbara de Braganza, la melancolía se había adueñado de su real espíritu, cosa no rara en su estirpe, no resultando excepcional en la familia el padecer tristezas, manías y desvaríos. En el caso  de Fernando,  claro era que en su coronada testa se hallaba el fomento del mal que le aquejaba, que algunos atribuían a genialidad mientras que otros lo achacaban al espesamiento de los humores atrabiliares, no siendo estos medidos asertos otra cosa que sutiles equilibrios y cautelas verbales de quienes debían redactar los informes sobre la evolución de su estado mental. De no tratarse del rey, teniendo cierto interés los médicos de la corte que cuidaban de la cabeza de Fernando en mantener la suya propia sobre los hombros, vistos los síntomas, cualquiera hubiera dicho que estaba loco.
   Había, pues, trascendido por el reino la real manía de dar apresuradas caminatas en las que, como burro de noria, a veces durante veinte horas sin descanso, recorría Fernando las estancias de palacio, rodeando apresurado una y otra vez mesas, sillones y columnas, seguido en fila de a uno por los agotados miembros de la corte, como hacen las orugas de nuestros pinos. Nadie se atrevía ni a quitarle la razón ni a dársela cuando manifestaba que su muerte estaba próxima o que algún infortunio le iba a ocurrir de forma inminente, arrebatada por el morbo patológico su antigua dulzura de carácter. Una alimentación singularmente caprichosa e insana unida a lo que de sus locuras se sabía, no podían llevarle a buen puerto.
   Y tales fueron los designios de Dios, nuestro Señor, que fue servido de llamar a su compañía al rey y al prior en la nefasta fecha del 10 de agosto de 1759, día de San Lorenzo. Ambos abandonaron a un Odón en la tierra al partir hacia los cielos, Gandolfo al de La Muela, al de Villaviciosa el Rey Fernando, pues la de la guadaña a todos hace iguales.

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