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jueves, 29 de marzo de 2018

Guadalest, Gorga, Millena


    Después de tantos vendavales, fríos y chubascos, nevadas y temblores con que el invierno se despide, algo que nuestra memoria de pez nos lleva a tener por inusual, aprovechamos un par de días de sol para ir a ver las últimas flores de los almendros y las primeras de los cerezos en esa comarca tan hermosa y querida de la montaña alicantina entre Alcoy y el Mediterráneo.
     Efectivamente, tal y como se anunciaba, luce un cielo de un azul cobalto intensísimo. Esa zona alta, quebrada y llena de arbolado, a Dios gracias tan poco conocida por el turismo de masas, es una reserva vegetal a la que los que vienen a bañarse a las costas tan cercanas, no se atreven a subir.
    Buenas carreteras que serpentean entre espesos pinares de un color oscuro y apagado, pardo verdoso con relumbres rojizos cuando les da el sol. Contra ese fondo oscuro de las umbrías, el azul de las sombras impresionistas, las flores blancas de los cerezos parecen chispas cuando les alcanza el sol. Las de los almendros, más rosadas, ya han caído. Las pocas que quedan están agostadas y domina en sus ramas oscuras y retorcidas el verde de las hojas nuevas y algunos proyectos de almendra. Los cerezos, que muestran los miembros deformados y la corteza reseca de la vejez, con esas podas que facilitan la cosecha y les dan forma de crustáceos panza arriba, sufrientes, con patas retorcidas en posturas y formas extrañas. La delicadeza oriental de sus flores contrasta con la aspereza oscura de sus troncos y ramas.
    En el cielo queda una sola nube, un vellón de lana que se desmandó del rebaño vaporoso que dejó las pasadas tormentas. Se quedaría distraída mirando los almendros en flor y allí está, blanca entre azules, sola y como postiza. Las nubes no tienen perro pastor y en ellas mandan los vientos, pero siempre hay rebeldes y despistados.
    Sólo leer los nombres de otro tiempo de los pueblecitos y alquerías es un placer. Un placer de lenguaje y de memoria. Una memoria de moriscos refugiados en estas montañas, hoy poco pobladas y entonces todavía más inaccesibles y olvidadas. Allí siguen. Benilloba, Benillup, Benialfaquí, Benimarfull, entre otros lugares de nombres parecidos. Como el cercano Benidorm, de igual origen, que hoy nos habla de lo imprevisible del futuro que, a veces, casi siempre, recorre rutas improbables. Ellos labraron durante siglos esas terrazas que escalonan las montañas, les pusieron baldas de tierra a los cerros para brindar una base necesaria, humana y trabajada a esos almendros, cerezos, olivos y otros frutales con que llenaron esos bancalillos de media luna que siglo tras siglo fueron sujetando con mimo y esfuerzo. También llevaron el agua a algunas de ellas, agua que hoy no se ve. Estas terrazas, que llegaban hasta las cimas a veces, siguen talladas y sujetas a escuadra cerca de los pueblos, en los cultivos actuales. Conforme se alejan de las zonas más habitadas estos antiguos escalones se van redondeando, gastados por la lluvia y el viento de los siglos. Podemos adivinarlas aún en lo alto de algunos cerros, onduladas, pulidas, pues el abandono permite a esas montañas devolver al llano, con la azada y la lija de las lluvias, la tierra fértil que con tantos trabajos se subió hasta allí. En realidad, las montañas recuperan lo que era suyo, empezando por su forma. Aunque abandonadas y casi borradas, esas antiguas terrazas siguen reteniendo el agua y están cubiertas de verde, allá en lo alto, mientras que los valles están resecos. Nunca aprenderemos.
     En algunos pueblos visitamos conocidos árboles con nombre, viejos y con su historia, como el olmo de Millena. Dejamos de ver otros como el olivo bimilenario de Gorga, con puerta y ventanas, árbol hueco donde una familia vivió durante años. En otra ocasión será. También vemos, con sorpresa y sin saber qué pensar al respecto, algunos otros árboles vestidos con labores de ganchillo, multicolores y de abrigo frente a las nieves que, de uvas a peras, caen por la región.
     Pasamos una vez más por Guadalest, siempre increíble y con demasiados turistas. Ni me molesta la soledad ni la gente. De hecho, cuando me siento se van dos autobuses, los guiris que llenaban la terraza soleada salen escopeteados cargados de cerámicas, mieles y aguardientes, y los bares empiezan a recoger las mesas. Es decir, si no acude la gente, tú tampoco tienes donde ir, que también uno es gente. Veo, mientras estoy sentado en una terraza que, entre los más diversos y variopintos artículos, (imagino que made in China, aunque veo cosas artesanas del país), con amplio criterio venden camisetas de la selección nacional, sobra decir que la de fútbol, de Disney, del Che Guevara y, si las pidieran, del Ku-Klux-Klan, que toda piedra hace pared. Tomamos un café, compramos una hormiga de hierro para colgarla de la pared y miel de níspero a un amabilísimo y locuaz valenciano con el que pegamos la hebra. Como muchos otros valencianos, cuando hablan en castellano, usan algunas palabras con su verdadero significado y sabor, algo que también da gozo leyendo a Josep Pla, incluso traducido. No abusar de las palabras lleva a que cuando califican algo como “importante” significa que lo es, cosa rara por la inflazón y abuso que se han hecho generales. Cuando te dicen que algo es “de categoría”, no dudes, llévatelo o cómelo si se puede. Es mercader que ha olvidado sus genes fenicios y muestra una honradez inverosímil hoy en día. Hay muchos olivos por la comarca pero se niega a vendernos el aceite que tiene en sus estanterías, embotellado en minúsculas botellas, como frascos de colonia. Nos dice que eso es para los guiris, que antes compremos en el sitio que nos indica una garrafa de aceite de la cooperativa, mejor y más barato, a menos que coleccionemos ampollas, redomas y damajuanas. Tampoco vende otra miel que la que produce y no tiene ahora de azahar, ni le queda de aguacate, hasta nueva cosecha. Otros la traerían de naranjas de la China. Nos dice varios sitios en esas calles donde mejor comprar lo que buscamos, sin intentar endosarte lo que él vende. Reconfortante por poco habitual.
    Regresamos a Albacete persiguiendo al sol poniente, deslumbrados no solo por él, que muchas cosas hemos visto y disfrutado. Desde los altos de Chinchilla, con las últimas luces, bajo un cielo suave que, desde un horizonte que se va desdibujando, se va pintando del rojo al azul, pasando por toda la gama de amarillos y naranjas, incluso matices verdes. Algunas nubes rosas y violetas, desplegando un arco amplio como puñado arrojado por un sembrador, gesto de guadaña, y abajo, al fondo, un suelo azul oscuro, casi negro, mar de tierra donde brillan los miles de luces de la ciudad como barcos de pesca. Ya cantábamos de pequeños en las excursiones que en el mar corren las liebres y en el monte las sardinas. Resulta que era verdad.

domingo, 26 de marzo de 2017

Acuarelas de Alicante. Almendros


   De los recorridos desde Alcoy hasta la costa cerca de Calpe, llegando hasta casi Alicante por el interior, trayecto montañoso con nieblas, curvas y barrancos, embalses y terrazas en las laderas de las montañas, además de pueblecitos de nombre morisco y llenos de encanto, salieron unos dibujos con tintas de la entrada anterior. Ahora se tratan los mismos temas y rincones con acuarela, intentando recoger las nubes, los contraluces, el color de los almendros y las montañas que se pierden en el horizonte, muchas veces cubiertas a medias por la niebla, por las nubes en las que se mete la carretera al subir a los puntos más altos del recorrido, como Aitana.
   Poco hay que explicar sobre las acuarelas, pues los materiales son los de costumbre, unos pinceles de petir gris de Escoda y un rigger o una pluma de ave para algunas ramas de los árboles usando los pigmentos habituales, Daniel Smith, W&N y Rembrandt. Papeles de Arches, grano fino o satinado, Garzapapel y Daler Rowney, en los de formato más apaisado. Normalmente las zonas claras de los almendros se evitan al pintar, no hago reservas de blancos con líquido de enmascarar en esta ocasión. Luego se añaden diluidos los tonos rosas con madder lake de W&N. Algunas gotas de témpera blanca en algunos de ellos y poco más.



   Esta última, de un viaje anterior por la misma zona, el Mirador des Rates, cerca de Jalón, con el mar y Calpe al fondo.

domingo, 1 de marzo de 2015

Paisaje de Alcoy - Paso a paso acuarela

    Otro paso a paso sobre una de las últimas acuarelas pintadas. En este caso un paisaje de unos parajes que atravieso con cierta frecuencia. Desde Albacete hacia la costa de Alicante, siempre pasando por las cercanías de Alcoy, ruta más amena y hermosa que la ruta habitual que ya he recorrido cientos de veces. En lugar de continuar la autovía hacia Alicante, pasado Alcoy suelo tomar alguna de las carreteras llenas de curvas y árboles que llevan desde allí a Jalón, Benidorm, Calpe, Denia y otros lugares más conocidos. Llegues a donde llegues siempre aciertas y pasar por Guadalest no es cualquier cosa. Por su paisaje y por ser uno de los lugares con más museos por kilómetro cuadrado del mundo. Bueno pues por una de estas rutas es donde se tomó esta foto, cuando aún quedaban las últimas flores en los almendros el año pasado. Por esta zona se fabrica el papel de Garzapapel que se ha utilizado para la acuarela, lugares antiguamente poblados por moriscos, como nos recuerdan los hermosos y sonoros nombres de pueblos, aldeas, montañas o restos de torres y castillos: Benilloba, Benidoleig, Benicadell, Beniarrés, Benimarfull, Benialla, Benigembla, Benimaurell, Alcanalí, Benissa, Benitaxell...
   El inicio es un dibujo sencillo a lápiz, encuadrando el tema, una composición en diagonales, con un primer plano escarpado y de aristas marcadas que da paso a unas montañas que protegen un vallelleno de árboles, caminos y aldeas. Abundan los verdes, lo que siempre es un desafío.
   El cielo se ha cubierto con un baño diluido de lapislázuli con unos toques de cerúleo que se extiende a todo el paisaje, procurando dejar ya algunas zonas en blanco, valorando en húmedo el relieve con una mezcla de ese azul y siena tostado y una pizxca de aliarina que se aplica cuando la anterior está apenas seca. Especial cuidado se tiene con reservar los brillos de los picos y pedruscos que romperán la monotnía y añadirán relieve y distancia, separando los planos.
   Cuando se seca la capa aplicada, se añaden los primeros verdes. En este caso tierra verde de Vagone, también de Kremer, mezclada con lapislázuli, el mismo azul utilizado en el cielo y en las primeras capas de las montañas. Ya se van marcando luces y sombras, ondulaciones de las montañas, se van separando las montañas más lejanas de la derecha, las del frente en un plano medio y la de la izquierda, manteniendo las zonas iluminadas y respetando el blanco del papel.
   Los colores cálidos que se van aplicando van acercando unas zonas y alejando otras. Siena natural ocre amarillo, siena tostada y unas manchas a la izquierda de caput mortuum, otro pigmento clásico, con una pizca de azul. En este caso se empieza a recurrir al índigo, pero un buen pigmento, transparente, no de esos que llevan demasiado negro en su composición y que apagan y enturbian los colores, eliminando toda la transparencia. En este caso es de Kremer. Hasta donde yo sé, no lleva mezcla de negro y se vende como Índigo Indio genuino. Todos los demás son mezclas de Indantrone, pthalocianina o azul de Prusia mezclados con negro de humo. En las series profesionales de las mejores marcas encontramos buenas mezclas, pero no así en las series más baratas, igual que ocurre con el cerúleo, el sepia, o el VanDick brown, que puden ser colores hermosísimos o pastas cubrientes que emborronan todo. Lamentable lo bueno hay que pagarlo. Peor es cuando como bueno se nos vende lo que no lo es. Al menos cuando nos indican en el etiquedado "Hue", nos indican que es un color obtenido con mezclas, no un pigmento, un solo componente. Es un color que nosotros podemos consguir con nuestras propias mezclas. Hay quien huye del blanco y del negro como de una vara verde y los está utilizando continuamente en las mezclas de los colores que ya compra mezclados. Un cerúleo barato lleva blanco. Por eso es cubriente, nada transparente, espeso y francamente horrible.
   Seco lo anterior, se siguen aplicando capas de siena tostada sola o mezclada con ultramar o índigo. Para marcar las rocas y los relieves del cerro de la izqueirda se recurre a estas mezclas de ultramar y siena tostada que puden ir desde un gris frío o cálido hata un tono oscuro casi negro.  Algunas manchas de tierra sombra tostada en el suelo de la derecha. Se recurre al verde de jadeita de Daniel Smith diluido para resaltar algunas zonas lejanas y más espeso, solo o mezclado con índigo para los árboles y vegetación más próxima.
   Al aplicar estas sombras se procura ir definiendo algunas rocas, sus formas, sus sombras, sus picos. Ulramar y siena tostada.
   El paso anterior es el más delicado. Hasta ahora el conjunto resulta plano porque faltan las sombras que separen el primer plano, la montaña de la izquierda, con el valle mñas lejano e iluminado. Como la acuarela se aclara cuando se seca, no deberíamos tener que reurrir a una segunda capa que siempre emborrona, quita transparencia y elimina los relieves y granulaciones que hemos ido trabajando con tanto cuidado para dar textura. Aquí hace falta un buen pincel, lo más suave que tengamos, necesariamente de petit gris, de marta o, como es el caso algo que resulte muy similar, el Versátil de Escoda del 18.
   La sombra es una mezcla de índigo, siena tostada y carmín de aliarina, resultando un violeta oscuro, transparente y frío. Si la cosa sale mal, habrá que tirar la acuarela a la papelera. Nos encomendamos a San Diego de Velázquez, a los santos Turner, Constable, Peter de Wint y a todos los pintores del Olimpo, que parecen ponerse de nuestra parte.
  Cuando se ha secado todo, mientras le echamos un vistazo y nos sujetamos las manos para no tocar más, nos arriesgamos a dar unos pequeños retoques, mínimos pero importantes. Sobre todo abrir unas lucecitas, sugerir unas piedras en el perfil de la montaña cercana. Se hace a puñaladas, cuidadosas y medidas, pero a punta de navaja. Quitada la pintura de esa forma tan expeditiva, algo que este Garzapapel resiste sin quejas, añadimos unas sombras a las luces abiertas, resaltamos con índigo el relieve de las rocas y reforzamos algunas sombras de las montañas lejanas y otras que diferencien los bancales y añadimos, ya sin riesgos arbolillos aquí y allá, marcando los caminos y la inclinación de la falda de las montañas. 
   Con eso la damos por terminada, volviendo a encomendarnos al santoral ya mentado para que lo que está ahora mojado, cuando se seque quede en un punto adecuado de intensidad.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Daniel Smith - Acuarelas

    Sigo mis pruebas con pigmentos de Daniel Smith. Algunos, después de dos años, ya son insustituibles y siempre recurro a ellos. El lapislázuli, eliminada la inicial abundancia de goma arábiga, se ha vuelto más dominable, y proporciona un tono delicado, austero y transparente, que mezcla muy bien con ocres y amarillos,  para aportar a los cielos un toque especial, semejante a un buen pigmento cerúleo. Y digo de los mejores porque, en los pigmentos baratos, el azul cerúleo lleva mezcla de blanco y empastan todo. Por tanto, Sennelier, Van Gogh, W&N o el de Daniel Smith Cerulean Blue Chromium, diferente en tono a todos los anteriores. También algunos ocres, como el Mummy bauxite, el Lunar red, y las tierras, aportan granularidad y relieve a las mezclas. Entre los verdes de esta marca, insuperables todos los que he probado, destacan el jadeite y el Sap green oscuro, que se han usado en estas acuarelas. La montañas, mezclas de ultramar oscuro, lapislázuli, lunar blue, con violeta para las más lejanas, en un baño muy diluido. Las mismas mezclas en las  nubes que en los bancales lejanos, aunque variando las proporciones de pigmentos.
    No quedando muy satisfecho con el primer plano, excesivamente oscuro y confuso, he recortado lo que más me gusta de la acuarela, por lo pronto sin tijeras, solo en la fotografía. Creo que gana, renunciando a ese primer plano que debería haber destacado por nítido y brillante, no cargando las tintas, recurso fácil de quienes andamos escasos de recursos. Tengo que seguir aprendiendo. La acuarela está basada en unas fotografías de los alrededores de Alpera, en Albacete, tal vez tomada desde Meca, cerca de la ciudad ibérica, mirando hacia El Bosque, donde están las pinturas rupestres de la Cueva de la Vieja. Hacia la derecha, el Valle de Ayora.
   La anterior, de Aranjuez, retoma fotos otoñales, echando mano de los amarillos, naranjas, oros y rojos de la serie de Quinacridonas. Tienen una transparencia maravillosa, además de la belleza e intensidad de sus colores, que hay que manejar con cuidado. Mezclados con algunos pigmentos que granulan, en la forma en que sólo algunos de Daniel Smith hacen, salen tonos intensos, quebrados pero muy transparentes. La enseñanza de esta acuarela es la necesidad de evitar el error de hacer las cosas como son. Hay que pintarlas como deberían de  ser, como ayuden a la composición, que para realidades ya está la fotografía. Habríamos evitado ese muro que visto ahora resulta inconsistente, torcido, falto de una adecuada perspectiva. Mientras la pared de la izquierda cae recta, el siguiente tramo tiene un talud que se va inclinando cada vez más hasta la curva del río. Eso lo sé yo, pero lo que la acuarela muestra es una pared torcida. Tomo nota.
   Las verjas, siempre un problema, se han hecho con el canto de un pincel plano, que queda afilado como una cuchilla. De Escoda, fibra Toray marrón, serie Barroco 1512.  El resto con un pincel hermoso de la serie Versátil redondo del número 18. A pesar de su tamaño, lo mismo pìnta un árbol de una pincelada, que hace los detalles finos, porque puntea que da gusto. Las líneas finísimas, con otro de esa fibra, de mechón largo y finísimo, para filetear y firmar.

   Con muy pocos colores se han hecho la anterior y siguiente acuarela. La primera con Mummy bauxite, verde jadeite, lapislázuli y lunar blue. La de los primaverales almendros de la zona de Alcoy, no recuerdo exactamente dónde tomé esa foto, incorpora carmín de alizarina y violeta. También unos ligeros toques de blanco opaco.
   Esta última, un boceto de la playa del Pinet, en la Marina de Alicante, con lapislázuli para el cielo, con toques de cerulean Chromium, sap green oscuro, Hematite y Bleu apatite. Tejados de quinacridonas rojo y dorado

   Terminamos con una felicitación de Navidad con cadmios, quinacridonas, y los azules, marrones y violetas citados antes.

martes, 8 de julio de 2014

Pruebas con Garzapapel


    Me faltaba por probar a conciencia este papel de 500 gramos de encolado especial de Garzapapel. Ya lo había hecho con unas muestras de menor tamaño y me había parecido merecedor de más probaturas y tormentos. Lamento no haber tomado fotos de las fases intermedias de esta acuarela, pues algunas manipulaciones son evidentes, como los rascados y borrados. Otras no tanto, como zonas enteras que se han levantado simplemente mojando y quitando el pigmento con un papel absorbente.
    Arriba, en el margen inferior izquierdo se pueden ver esos rascados en seco, con una navajita de Albacete, lo que es una afrenta que no todos los papeles soportan. Los 500 gramos de este papel y su grano visible, pero no excesivo, favorecen recursos extremos como este.
 
    Las casas, pintadas de forma suelta y poco definida, han sido difuminadas y alejadas frotando con una goma de borrar. El encolado de este papel hace que parte del pigmento se elimine así, pues no ha calado en el papel de forma tan profunda como en otro más poroso y absorbente.
   En el fragmento anterior, podemos notar que desde la mitad del ojo del puente hacia la izquierda cambia algo el color. Anteriormente estaba cubierto por el mismo tono que en el muro del primer plano, pues en la realidad ese muro se eleva en esa zona haciendo un escalón. Eso tapaba medio puente y quedaba raro, haciendo dudar si era sombra, un ángulo extraño que tomaba el puente en ese lugar o qué leches. Mejor quitarlo. Mojando y frotando con un pincel de cerda dura, con papel se eliminó la pintura. Este papel, después de tales tormentos, permite pintar encima y conserva su textura y cualidades. Igual se hizo con el espacio del tercer tramo de ese zig-zag del puente, ocupado antes por la base de esos árboles. Se eliminó de la forma comentada, para darle profundidad al puente, mostrando la otra parte y el lugar de donde viene. Prácticamene no quedó ni rastro de esos árboles.
      En este otro ejemplo, en este caso una pequeña acuarela del castillo de Chinchilla de Montearagón, también 500 gramos encolado especial, el proceso fue todavía más perverso. Los lienzos de los muros  y la parte central, se pintaron con pigmento bastante intenso. Una vez seco, debajo del grifo se frotó ligeramente con el cepillo de las uñas. Así sale esa textura que resalta la trama del papel. Cuando volvió a estar seco, se retocaron algunas zonas, añadiendo detalles, y el papel conservaba gran parte de su encolado, no quedó como un papel secante, como sería de esperar.
    Con el mismo papel, acuarela sobre el parque Lineal de Albacete. La hice con las primeras muestras citadas. No existe una diferencia abismal entre el 500 gramos de encolado normal y el especial. Sin embargo, este último consiente y favorece estos procesos más agresivos. También es algo menos poroso, ofrece perfiles algo más definidos, como se evidencia en los bordes de los árboles. También  hay rascados, en húmedo y en seco, para añadir brillos y textura, algunas ramas y cosas así. El comportamiento del papel es excelente.
     La siguiente está pintada sobre papel de encolado normal. También admite esos rascados, aunque se pueden observar diferencias a la hora de trabajar, como un mayor margen de tiempo para fundir colores, y unos bordes ligeramente menos definidos, si eso es lo que se pretende, una de las cualidades que ofrecen todos los papeles de Garzapapel, permitiendo hacer muchas de las mezclas de color en el mismo soporte, dejándolas fundir. En acuarela una capa siempre es mejor que dos, y mucho mejor que tres. Se gana en trasnparencia y en matices.
    Las siguientes acuarelas están realizadas con papel de 300 gramos. Se percibe menos grano porque el tamaño es mayor, 50 cm de ancho. Las pruebas anteriores son la mitad de grandes. En ellas, especialmente en los cielos, se ha aprovechado esta cualidad de estos papeles de mantener la humedad algo más de tiempo que otros. Añadiendo pigmento diluido en algunas zonas, se mezcla el color añadido sin cortes, bordes ni coliflores, muy difíciles de cultivar en este papel, afortunadamente. Para algunas capas, unas nubes más oscuras, se ha dejado secar casi completamente, buscando nitidez en los bordes de algunas de ellas. Con el pincel húmedo, pero escurrido, se pueden suavizar eliminando pigmento, si eso es lo que se busca. Este papel ofrece tiempo para hacerlo.
   Además, estas tres acuarelas recogen vistas de los hermosos parajes del trayecto de Alcoy hacia Alicante, en un día primaveral bastante nuboso y caracolero, con nubes que rebosaban montaña abajo. Es la zona es donde se fabrica este papel. Donde se lleva fabricando más de mil años, como ya contaba en otra entrada anterior. Si por tradición es, ni Fabriano, ni Arches, Saunders ni nigún otro, les mojan la oreja. Ya decía que papel en inglés tiene nombre valenciano, (paper) que es donde lo compraban.


     La siguiente, una vista del Mugrón desde el cerro donde se encuentra la Cueva de la Vieja, en Alpera, Albacete. Esta vez se hizo sobre el papel de acuarela de 180 gramos. Como todos ellos, pero en este caso de forma más inexplicable, no se comba al mojarlo, sin ncesidad de tensarlo ni humedecerlo previamente. Tiene un noble comportamiento este papel.
    El mismo tema sobre Garzapapel para dibujo o plumilla, también de 180 gramos. Se ha hecho con tintas, mezcladas y diluidas con pincel de agua, aplicadas directamente con estilográficas o mojando el pincel en sus tajos.
   Con el mismo papel, dibujos a estilográfica y pincel de agua. Aunque tiene un grano suave característico de la casa, permite trazos ágiles con pluma o plumilla. Cuando se hacen con rapidez se pueden conseguir interesantes efectos de textura.


   Creo que ya he probado todos los papeles, menos el de 600 gramos, que no es de suponer que se diferencie mucho del de 500. También tengo que hacer unas pruebas dibujando a lápiz con algunos de ellos, de forma que nos queda faena.
   Resumiendo, para acuarela, el de 180 gramos puede ser suficiente para los trabajos reducidos, sin intentar abusar del papel que, como digo, no se deforma ni hace bolsas al mojarlo. El de 300 es el adecuado para los trabajos normales, sobre todo si el formato es más generoso. El de 500 ya es un verdadero lujo, que merece ser conocido y probado, con esas dos opciones de encolado normal o especial. El de 600 gramos queda pendiente.
   En los papeles, como en los demás materiales, interviene mucho el propio gusto y la forma de trabajar de cada uno. Para la mía, estos papeles de Garzapapel me resultan amigables, con un comportamiento noble que favorece mi pintura y alivian mis defectos. Como buen catacaldos, no quiere esto decir que renuncie a utilizar Arches o Fabriano cuando busque un grano especial, un papel más satinado o un secado más rápido.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Acuarelas de mayo - ALICANTE


    Recurriendo a apuntes y fotografías de algunos de los cientos de temas que merecen ser pintados en la ruta desde Alcoy a Alicante, recorrido que hago con cierta frecuencia, he hecho algunas acuarelas y pruebas. Es la primera una acuarela de 56 x 37 cm. recogiendo una vista hacia Alcoy desde Guadalest. De este último lugar también habrá que pintar algo, que tiene tema. Una maravilla. Además allí compré una miel excelente de azahar y otra de limón. Me viene a la cabeza porque, en algunas fórmulas de elaborar los pigmentos, se utiliza la miel como ingrediente, las Sennelier sin ir más lejos, que se han usado en esta pintura. El azul cerúleo, menos cubriente y pinturero que en otras marcas y los amarillos y ocres, bastante intensos y agradables. Los verdes salen de las mezclas con los azules utilizados (ultramar e índigo, también de Sennelier) y el verde de jade de Daniel Smith, que me encanta.
   Habrá que probar a añadir más miel a algunos pigmentos a ver qué pasa. Con seguridad dulcificará los tonos, algo solo perceptible al lamer la acuarela. Tal vez añada brillo o acudan las moscas y me quede una obra tipo Damien Hirst, Dios no lo permita. No sé, no sé...
   Es la anterior una libre interpretación de una, hasta hace poco, hermosa plaza de Alicante. La dedicada al doctor Balmis, que me pilla al paso cuando voy a la Decoradora a reponer algunas cosas. Digo libre porque me he centrado en el trencadis que ofrece un cromatismo maravilloso, aunque no se ajusta a la realidad, ya que lo que aquí se muestra como un muro, en realidad cierra un espacio más o menos rectangular. No se molesten en ir a comprobarlo a esta plaza pues hace un par de meses que han arramblado con ella para conseguir un espacio más diáfano, es decir, algo horrible y menos acogedor. Por lo que leo, eso es lo que se pretendía, hacerlo inhóspito para ahuyentar gentes de mal vivir que allí se acomodaban. Tal vez se debería haber contemplado la posibilidad de solucionar el problema poniendo los medios para que las gentes de mal vivir vivan mejor, en lugar de labrar el bancal y asolar algo tan hermoso. En un hilo sobre el tema en facebook compruebo atónito que esta ocurrencia es frecuente entre los munícipes nacionales y los de allende la mar acéana. Se devastan ciertos espacios acogedores para que dejen de acoger a gentes de moral distraída o que son considerados molestos y sospechosos por vecinos, comerciantes o ediles. Incluso se han hecho rodajas árboles centenarios porque servían de parapeto a descuideros y carteristas. Deberían de tener en cuenta las autoridades que tanto velan por nuestra seguridad que, en la mayoría de los países, los ciudadanos ya salimos de casa robados. Por ellos y por los bancos, corporaciones y monopolios que con sus leyes amparan, mientras los dirigentes de las mismas les mullen y preparan los sillones que en los consejos de administración les aguardan para cuando abandonen la cosa pública. A su suerte.
   Ya había hecho anteriormente una aguada con tinta china sobre ese mismo lugar. Y no va a ser lo último que haga sobre esa desaparecida plaza. Bueno, la plaza en realidad no ha desaparecido, pero ha quedado diáfana. Una columna sostiene en ella el busto del doctor don Francisco Javier Balmis y Berenguer, cirujano de la corte de Carlos IV, nacido en Alicante en 1753. Este benemérito personaje promovió y realizó la expedición Balmis, para llevar la vacuna de la viruela a América, desde el sur de Estados Unidos hasta el cabo de Hornos, Filipinas y, ya puestos, a Cantón y Macao. A la vuelta de tan largo periplo, aún le quedaba vacuna y humanidad para dispensarla en Santa Elena, a pesar de que, siendo territorio británico, no tenían cartilla de la seguridad social. Pero eran otros tiempos. No se merecía que le destrozaran su plaza. También sería interesante saber cuántas calles y plazas tiene dedicadas en el mundo este bendito señor, que se jugó su propia vida para salvar millones de vidas ajenas. No es la gratitud y el recuerdo algo que abunde, por lo que me temo que muy pocos bichoznos saben que están en el mundo gracias a que, para vacunar a sus desconocidos trastatarabuelos que vivían a miles de millas, este cirujano de la corte de Carlos IV, abandonando lujos y comodidades, se lanzó al mar desde La Coruña a bordo del María Pita con tan noble misión. Por eso le voy a pintar a su antigua y derruida plaza otra acuarela mejor. ¡Por estas que son cruces!
   Esta fue la primera expedición internacional sanitaria de la historia, en un momento de especial virulencia de la viruela, si se me permite el juego de palabras. Descubierta la vacuna en 1796 por el inglés Edward Jenner, que publica su descubrimiento en 1798, ya en 1803 se lleva a cabo esta expedición para vacunar masivamente a los pobladores de todo el Imperio español, además de obligar por una real cédula a dedicar una sala en todos los hospitales a mantener la vacuna. Como esta expedición tiene su punto surrealista, conviene conocerla mejor. Por ejemplo en este enlace.
   Torre de Penella, en el término de Cocentaina, en la misma ruta por las cercanías de Alcoy. Hermoso lugar y hemoso recorrido, sobre todo en primavera, cuando los almendros están en flor. De unas fotos de esos parajes y momentos sale la siguiente, en la que no le he hecho ascos a terminar con unas pinceladas de tinta china blanca, que queda más natural que las reservas con líquido enmascarador, aunque sea este último un recurso —o truco— mejor visto en el gremio que el pigmento cubriente. Con llamarle técnica mixta se soluciona el problema.

jueves, 28 de febrero de 2013

Dibujos con tintas - Pinceles Escoda - Garzapapel


    Seguimos con las tintas. En esta ocasión, empezamos con otra tinta de mi amigo Carlos: marrón carmelita. Resulta que esta tinta se compra en la farmacia, pues se trata de permanganato potásico poco diluido. Luego os contaré mis pruebas con Betadine, que esa es otra. Esta tinta, la carmelita, además de tener un hermoso color, es desinfectante, (para eso diluida a 1:20.000). De color violeta cuando se aplica, se va oxidando hasta tomar ese tono cálido y transparente. Buena para escribir y algo difícil para pintar, pues como ocurre con las ferrogálicas y otras tintas de fórmula centenaria, son claras, a veces semitransparentes cuando se aplican, para verlas ir tomando vida e intensidad de forma casi mágica. Según me cuenta Carlos, era tinta apropiada para conjuros y encantamientos. Lo de "carmelita" viene, pues, del tono de los hábitos de esa piadosa orden religiosa, no le busquéis tres pies al gato.
   A plumilla, con baños de esa misma tinta diluida en diferentes grados, se ha hecho esta interpretación del David de Bernini. Que Dios me perdone. Y Bernini también. Para el fondo otra tinta de Carlos, también ferrogálica, con indigotina. Se le añadían colorantes para contrarrestar esa transparencia mientras, poco a poco, se va oxidanto y ennegreciéndose. Es el mismo principio que las ferrogálicas azul-negro de Pelikán, Parker, Montblanc y otras marcas, que van dejándose de hacer por el temor de los usuarios de caras estilográficas. Además de taninos, llevan vitriolo, (ácidos de hierro o cobre). Para eso tenemos las plumillas.
  Su uso era obligatorio para libros de contabilidad y escritos oficiales, para que no pasara como con los tickets de los supermercados, impresos de forma que se borren a las pocas semanas.
    La anterior y siguientes se han hecho con unas pocas tintas, tres o cuatro, aparte de los puntos amarillos, que es Orange de Herbin, scented ink, es decir olorosa. Diluida queda amarilla. Los verdes son Musk green de Stipula en la anterior y Montblanc de una serie especial dedicada a Jonathan Swift. En la anterior el granate es de Stípula también, en la siguiente Burdeos de Montblanc. El azul es Parker Quink y Pelikan 4001. Lógicamente el morado es una mezcla de burdeos y azul. La transparencia y delicadeza de la Parker o la Pelikan diluida es maravillosa. La Edelstein Saphire de Pelikan ya tiende a morado de por sí, con un precioso tono transparente.
   Aquí tenemos mi violeta africana, que he dibujado y pintado varias veces ahora que está en flor, antes de que se agoste, aunque estemos en marzo. También podéis ver algunos de mis pinceles, la mayoría de ellos Escoda, al menos los mejores. Delante la última incorporación, los de la serie ÚLTIMO dedicada a Fabio Cembranelli. Falta el pequeño en la foto, que es el que estoy usando. Una maravillosa fibra para sustituir a los pindeles de petit-gris. Cargan mucha agua y son tan dóciles, flexibles y suaves como la fibra natural. Asombrosos. Aunque el del número 10, ya tiene un tamaño mediano, mantiene una punta que permite trabajar en formatos pequeños. Incluso el mayor de ellos, que ya he probado también.
Helos aquí:
   Con las mismas tintas, aunque el azul es azul-negro de Montblanc, bastante antiguo el frasco y creo que es ferrogálica. Entre los verdes se ha añadido un verde de Diamine. Sigo con el Borgogna red y el Musk Green de Stipula. También algunos toques de negro Waterman. Lo novedoso para mi es el soporre. Se trata de un papel artesano fabricado en Alcoy, Garzapapel. Estoy probando unas muestras gratuitas que amablemente ofrecen y envían pidiéndolas en su página web. Lo curioso es que este papel, de 180 gr. es para dibujo, no para acuarela y las tintas diluidas, para el caso, son lo mismo. Además se ha utilizado la cara de atrás, seducido por su textura, tan agradable como la otra cara.
   Ya puestos, he probado el papel a fondo. Lo he martirizado, dando baños superpuestos en algunos lugares, raspando, borrando, levantando capas... Lo aguanta todo y, mojado, parece una tela. No se comba, cosa que no me explico en un papel de este gramaje. De todas formas, me viene a la cabeza que el reino de Valencia discute con Córdoba el honor de haber sido el primer lugar de Europa donde se fabricó papel. Traído por los árabes, ya funcionaba un taller en Xátiva en 1056, el taller de Abú Masaifa, junto a la vieja acequia. En todo caso, siglo y medio antes de que en Fabriano empezaran a fabricar papel. En Inglaterra tardaron bastante más, y no fue hasta 1490 cuando empezaron a hacerlo. En Francia en 1390, en 1586 en los Países Bajos... El papel valenciano era famoso en toda Europa y Oriente, exportando gran parte de su producción. Los ingleses eran buenos clientes y tal vez no sea casualidad que en inglés papel sea "paper", como le llamaban quienes lo fabricaban para ellos. O sea que de casta le viene al galgo, refrán apropiadísimo cuando se habla de papel. 
   No es de extrañar que en Alcoy sigan sabiendo hacer buen papel, y no sólo "papel de encigarrar", de gran importancia en Alcoy y en Capellades (Barcelona), principales lugares de producción, gran parte destinada a Nueva España. Seguramente llevan más de mil años haciéndolo.
   Bueno, pues he disfrutado mucho con este papel, que tengo que seguir probando, junto con otros dos tipos, para acuarela de 180 y 300 gramos. Si funcionan como éste, cosa de esperar, puede ser que haya encontrado mi papel. También disfruto mucho con mi guitarra Alhambra, de Muro de Alcoy, que tengo mucho tiempo. La pagué en pesetas. El aceite de la Masía El Altet, considerado por muchos el mejor del mundo, es también de la zona. Y las acuarelas Españoleto, difíciles de encontrar. Y que conste que soy de Albacete, no de Alcoy.