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domingo, 25 de octubre de 2020

Acuarelas Denia, Guadalest y otros.


   Seguimos confinados en el cenobio. Libros, música y dibujos. A pesar de que hay más tiempo que cosas que hacer y ganas de hacerlas, que esto ya va pesando, las acuarelas se han ido amontonando sin publicarlas en mi blog. Más tiempo le he dedicado al otro, a Desconcertatus, dedicado a desahogar las pesombres de las pandemias vírica y política que sufrimos. Un sindiós. En ese otro blog he publicado seis o siete entradas en un mes. La verdad es que cuestan menos de hader que las de Artimañas, sobre todo ahora que se sufre más del desconcierto que se disfruta de las mañas y del arte, aunque no sé yo que sería sin estas últimas. He hecho acopio de libros y también de materiales para dibujar y pintar. Más bien para organizar y completar lo mucho que ya tenía, demasiado.
   Hay muchas acuarelas de Denia, siempre desde el mismo sitio, porque tengo cientos de fotos desde ese lugar al que solemos volver. Vienen bien ahora. Las olas, las rocas, los cormoranes persiguiendo peces, los amaneceres y puestas de sol... En un blog de Hahnemühle que se llama Selection y que trae papeles surtidos de 200 a 600 gramos, con diferentes texturas y con acurelas de Daniel Smith.

Una acuarela del Castell de Guadalest, donde a veces paramos desviándonos de la ruta más rápida para echar un vistazo, tomar un café y comprar miel de aguacate y de níspero, a veces de limón, todas excelentes.
   Como ya estamos en otoño, un otoño que poco vamos a poder disfrutar este año, sacamos los cadmios y coloreamos un árbol. Luego, un olivo, también sobre esos mismos papeles y con los colores de Daniel Smith.


jueves, 29 de marzo de 2018

Guadalest, Gorga, Millena


    Después de tantos vendavales, fríos y chubascos, nevadas y temblores con que el invierno se despide, algo que nuestra memoria de pez nos lleva a tener por inusual, aprovechamos un par de días de sol para ir a ver las últimas flores de los almendros y las primeras de los cerezos en esa comarca tan hermosa y querida de la montaña alicantina entre Alcoy y el Mediterráneo.
     Efectivamente, tal y como se anunciaba, luce un cielo de un azul cobalto intensísimo. Esa zona alta, quebrada y llena de arbolado, a Dios gracias tan poco conocida por el turismo de masas, es una reserva vegetal a la que los que vienen a bañarse a las costas tan cercanas, no se atreven a subir.
    Buenas carreteras que serpentean entre espesos pinares de un color oscuro y apagado, pardo verdoso con relumbres rojizos cuando les da el sol. Contra ese fondo oscuro de las umbrías, el azul de las sombras impresionistas, las flores blancas de los cerezos parecen chispas cuando les alcanza el sol. Las de los almendros, más rosadas, ya han caído. Las pocas que quedan están agostadas y domina en sus ramas oscuras y retorcidas el verde de las hojas nuevas y algunos proyectos de almendra. Los cerezos, que muestran los miembros deformados y la corteza reseca de la vejez, con esas podas que facilitan la cosecha y les dan forma de crustáceos panza arriba, sufrientes, con patas retorcidas en posturas y formas extrañas. La delicadeza oriental de sus flores contrasta con la aspereza oscura de sus troncos y ramas.
    En el cielo queda una sola nube, un vellón de lana que se desmandó del rebaño vaporoso que dejó las pasadas tormentas. Se quedaría distraída mirando los almendros en flor y allí está, blanca entre azules, sola y como postiza. Las nubes no tienen perro pastor y en ellas mandan los vientos, pero siempre hay rebeldes y despistados.
    Sólo leer los nombres de otro tiempo de los pueblecitos y alquerías es un placer. Un placer de lenguaje y de memoria. Una memoria de moriscos refugiados en estas montañas, hoy poco pobladas y entonces todavía más inaccesibles y olvidadas. Allí siguen. Benilloba, Benillup, Benialfaquí, Benimarfull, entre otros lugares de nombres parecidos. Como el cercano Benidorm, de igual origen, que hoy nos habla de lo imprevisible del futuro que, a veces, casi siempre, recorre rutas improbables. Ellos labraron durante siglos esas terrazas que escalonan las montañas, les pusieron baldas de tierra a los cerros para brindar una base necesaria, humana y trabajada a esos almendros, cerezos, olivos y otros frutales con que llenaron esos bancalillos de media luna que siglo tras siglo fueron sujetando con mimo y esfuerzo. También llevaron el agua a algunas de ellas, agua que hoy no se ve. Estas terrazas, que llegaban hasta las cimas a veces, siguen talladas y sujetas a escuadra cerca de los pueblos, en los cultivos actuales. Conforme se alejan de las zonas más habitadas estos antiguos escalones se van redondeando, gastados por la lluvia y el viento de los siglos. Podemos adivinarlas aún en lo alto de algunos cerros, onduladas, pulidas, pues el abandono permite a esas montañas devolver al llano, con la azada y la lija de las lluvias, la tierra fértil que con tantos trabajos se subió hasta allí. En realidad, las montañas recuperan lo que era suyo, empezando por su forma. Aunque abandonadas y casi borradas, esas antiguas terrazas siguen reteniendo el agua y están cubiertas de verde, allá en lo alto, mientras que los valles están resecos. Nunca aprenderemos.
     En algunos pueblos visitamos conocidos árboles con nombre, viejos y con su historia, como el olmo de Millena. Dejamos de ver otros como el olivo bimilenario de Gorga, con puerta y ventanas, árbol hueco donde una familia vivió durante años. En otra ocasión será. También vemos, con sorpresa y sin saber qué pensar al respecto, algunos otros árboles vestidos con labores de ganchillo, multicolores y de abrigo frente a las nieves que, de uvas a peras, caen por la región.
     Pasamos una vez más por Guadalest, siempre increíble y con demasiados turistas. Ni me molesta la soledad ni la gente. De hecho, cuando me siento se van dos autobuses, los guiris que llenaban la terraza soleada salen escopeteados cargados de cerámicas, mieles y aguardientes, y los bares empiezan a recoger las mesas. Es decir, si no acude la gente, tú tampoco tienes donde ir, que también uno es gente. Veo, mientras estoy sentado en una terraza que, entre los más diversos y variopintos artículos, (imagino que made in China, aunque veo cosas artesanas del país), con amplio criterio venden camisetas de la selección nacional, sobra decir que la de fútbol, de Disney, del Che Guevara y, si las pidieran, del Ku-Klux-Klan, que toda piedra hace pared. Tomamos un café, compramos una hormiga de hierro para colgarla de la pared y miel de níspero a un amabilísimo y locuaz valenciano con el que pegamos la hebra. Como muchos otros valencianos, cuando hablan en castellano, usan algunas palabras con su verdadero significado y sabor, algo que también da gozo leyendo a Josep Pla, incluso traducido. No abusar de las palabras lleva a que cuando califican algo como “importante” significa que lo es, cosa rara por la inflazón y abuso que se han hecho generales. Cuando te dicen que algo es “de categoría”, no dudes, llévatelo o cómelo si se puede. Es mercader que ha olvidado sus genes fenicios y muestra una honradez inverosímil hoy en día. Hay muchos olivos por la comarca pero se niega a vendernos el aceite que tiene en sus estanterías, embotellado en minúsculas botellas, como frascos de colonia. Nos dice que eso es para los guiris, que antes compremos en el sitio que nos indica una garrafa de aceite de la cooperativa, mejor y más barato, a menos que coleccionemos ampollas, redomas y damajuanas. Tampoco vende otra miel que la que produce y no tiene ahora de azahar, ni le queda de aguacate, hasta nueva cosecha. Otros la traerían de naranjas de la China. Nos dice varios sitios en esas calles donde mejor comprar lo que buscamos, sin intentar endosarte lo que él vende. Reconfortante por poco habitual.
    Regresamos a Albacete persiguiendo al sol poniente, deslumbrados no solo por él, que muchas cosas hemos visto y disfrutado. Desde los altos de Chinchilla, con las últimas luces, bajo un cielo suave que, desde un horizonte que se va desdibujando, se va pintando del rojo al azul, pasando por toda la gama de amarillos y naranjas, incluso matices verdes. Algunas nubes rosas y violetas, desplegando un arco amplio como puñado arrojado por un sembrador, gesto de guadaña, y abajo, al fondo, un suelo azul oscuro, casi negro, mar de tierra donde brillan los miles de luces de la ciudad como barcos de pesca. Ya cantábamos de pequeños en las excursiones que en el mar corren las liebres y en el monte las sardinas. Resulta que era verdad.

domingo, 1 de marzo de 2015

Paisaje de Alcoy - Paso a paso acuarela

    Otro paso a paso sobre una de las últimas acuarelas pintadas. En este caso un paisaje de unos parajes que atravieso con cierta frecuencia. Desde Albacete hacia la costa de Alicante, siempre pasando por las cercanías de Alcoy, ruta más amena y hermosa que la ruta habitual que ya he recorrido cientos de veces. En lugar de continuar la autovía hacia Alicante, pasado Alcoy suelo tomar alguna de las carreteras llenas de curvas y árboles que llevan desde allí a Jalón, Benidorm, Calpe, Denia y otros lugares más conocidos. Llegues a donde llegues siempre aciertas y pasar por Guadalest no es cualquier cosa. Por su paisaje y por ser uno de los lugares con más museos por kilómetro cuadrado del mundo. Bueno pues por una de estas rutas es donde se tomó esta foto, cuando aún quedaban las últimas flores en los almendros el año pasado. Por esta zona se fabrica el papel de Garzapapel que se ha utilizado para la acuarela, lugares antiguamente poblados por moriscos, como nos recuerdan los hermosos y sonoros nombres de pueblos, aldeas, montañas o restos de torres y castillos: Benilloba, Benidoleig, Benicadell, Beniarrés, Benimarfull, Benialla, Benigembla, Benimaurell, Alcanalí, Benissa, Benitaxell...
   El inicio es un dibujo sencillo a lápiz, encuadrando el tema, una composición en diagonales, con un primer plano escarpado y de aristas marcadas que da paso a unas montañas que protegen un vallelleno de árboles, caminos y aldeas. Abundan los verdes, lo que siempre es un desafío.
   El cielo se ha cubierto con un baño diluido de lapislázuli con unos toques de cerúleo que se extiende a todo el paisaje, procurando dejar ya algunas zonas en blanco, valorando en húmedo el relieve con una mezcla de ese azul y siena tostado y una pizxca de aliarina que se aplica cuando la anterior está apenas seca. Especial cuidado se tiene con reservar los brillos de los picos y pedruscos que romperán la monotnía y añadirán relieve y distancia, separando los planos.
   Cuando se seca la capa aplicada, se añaden los primeros verdes. En este caso tierra verde de Vagone, también de Kremer, mezclada con lapislázuli, el mismo azul utilizado en el cielo y en las primeras capas de las montañas. Ya se van marcando luces y sombras, ondulaciones de las montañas, se van separando las montañas más lejanas de la derecha, las del frente en un plano medio y la de la izquierda, manteniendo las zonas iluminadas y respetando el blanco del papel.
   Los colores cálidos que se van aplicando van acercando unas zonas y alejando otras. Siena natural ocre amarillo, siena tostada y unas manchas a la izquierda de caput mortuum, otro pigmento clásico, con una pizca de azul. En este caso se empieza a recurrir al índigo, pero un buen pigmento, transparente, no de esos que llevan demasiado negro en su composición y que apagan y enturbian los colores, eliminando toda la transparencia. En este caso es de Kremer. Hasta donde yo sé, no lleva mezcla de negro y se vende como Índigo Indio genuino. Todos los demás son mezclas de Indantrone, pthalocianina o azul de Prusia mezclados con negro de humo. En las series profesionales de las mejores marcas encontramos buenas mezclas, pero no así en las series más baratas, igual que ocurre con el cerúleo, el sepia, o el VanDick brown, que puden ser colores hermosísimos o pastas cubrientes que emborronan todo. Lamentable lo bueno hay que pagarlo. Peor es cuando como bueno se nos vende lo que no lo es. Al menos cuando nos indican en el etiquedado "Hue", nos indican que es un color obtenido con mezclas, no un pigmento, un solo componente. Es un color que nosotros podemos consguir con nuestras propias mezclas. Hay quien huye del blanco y del negro como de una vara verde y los está utilizando continuamente en las mezclas de los colores que ya compra mezclados. Un cerúleo barato lleva blanco. Por eso es cubriente, nada transparente, espeso y francamente horrible.
   Seco lo anterior, se siguen aplicando capas de siena tostada sola o mezclada con ultramar o índigo. Para marcar las rocas y los relieves del cerro de la izqueirda se recurre a estas mezclas de ultramar y siena tostada que puden ir desde un gris frío o cálido hata un tono oscuro casi negro.  Algunas manchas de tierra sombra tostada en el suelo de la derecha. Se recurre al verde de jadeita de Daniel Smith diluido para resaltar algunas zonas lejanas y más espeso, solo o mezclado con índigo para los árboles y vegetación más próxima.
   Al aplicar estas sombras se procura ir definiendo algunas rocas, sus formas, sus sombras, sus picos. Ulramar y siena tostada.
   El paso anterior es el más delicado. Hasta ahora el conjunto resulta plano porque faltan las sombras que separen el primer plano, la montaña de la izquierda, con el valle mñas lejano e iluminado. Como la acuarela se aclara cuando se seca, no deberíamos tener que reurrir a una segunda capa que siempre emborrona, quita transparencia y elimina los relieves y granulaciones que hemos ido trabajando con tanto cuidado para dar textura. Aquí hace falta un buen pincel, lo más suave que tengamos, necesariamente de petit gris, de marta o, como es el caso algo que resulte muy similar, el Versátil de Escoda del 18.
   La sombra es una mezcla de índigo, siena tostada y carmín de aliarina, resultando un violeta oscuro, transparente y frío. Si la cosa sale mal, habrá que tirar la acuarela a la papelera. Nos encomendamos a San Diego de Velázquez, a los santos Turner, Constable, Peter de Wint y a todos los pintores del Olimpo, que parecen ponerse de nuestra parte.
  Cuando se ha secado todo, mientras le echamos un vistazo y nos sujetamos las manos para no tocar más, nos arriesgamos a dar unos pequeños retoques, mínimos pero importantes. Sobre todo abrir unas lucecitas, sugerir unas piedras en el perfil de la montaña cercana. Se hace a puñaladas, cuidadosas y medidas, pero a punta de navaja. Quitada la pintura de esa forma tan expeditiva, algo que este Garzapapel resiste sin quejas, añadimos unas sombras a las luces abiertas, resaltamos con índigo el relieve de las rocas y reforzamos algunas sombras de las montañas lejanas y otras que diferencien los bancales y añadimos, ya sin riesgos arbolillos aquí y allá, marcando los caminos y la inclinación de la falda de las montañas. 
   Con eso la damos por terminada, volviendo a encomendarnos al santoral ya mentado para que lo que está ahora mojado, cuando se seque quede en un punto adecuado de intensidad.