lunes, 27 de junio de 2022

Árboles y paisajes en acuarela

   Recopilo en estas entrada las acuarelas que he ido pintando durante este mes de junio. Viendo la fecha veo que el ritmo es de casi una acuarela diaria, que no está mal. Hay de todo, pero principalmente lo que más me atrae: paisajes y árboles. Troncos secos, trigales, bosques, parajes de la provincia de Albacete, Ciudad Real, Alicante y Valencia.
   Sería demasiado largo explicar una por una, además de que no necesitan de comentarios porque se hicieron con mis materiales de costumbre. Son reconocibles los veres vegija y de jade, los azules de cobalto, lapis, como el smalt y el lavender, más cálidos y cercanos al morado. El azul intenso de sodalita, algunas veces el índigo. Como morados utilizo Carbozole y amatista, también de Daniel Smith. Los cadmnios aparecen en los trigales, matizados con quinacridonas gold. La gama de ocres es amplia y ya la expliqué con detalle en una entrada monográfica anterior.
   Los papeles van cambiando, pues voy apurando blocs y hojas que tengo desde hace tiempo. Desde los restos que me quedan de Garzapapel, hasta el ARches de grano fino o satinado, pasando por blocs de Hahnemhüle, hojas de Sanders Waterford... Un catacaldos.
   Igual me ocurre con los pinceles. Unos de marta, rusos o de Escoda. Muchos chinos, de esos con poco nervio y mechón suave. Toman mucha agua y mantienen la forma, no rebotan y quedan tordidos, como los dejó la última pincelada. Eso les afila la punta y los hace muy adecuados para pintar hojas y otros detalles. Paletinas chinas, anchas y adecuadas para cielos y suelos, aunque de perfil sacan filo y prácticamente se puede pintar toda la acuarela con una de ellas. Y poco más.

 

sábado, 28 de mayo de 2022

Que por mayo era, por mayo...

   La verdad es que este mes de mayo ha sido muy productivo en acuaelas y habrá que hacer más frecuentes las entradas para evitar  excesos como ocurre en la presente. Ärboles, barcos, puertos, flores, troncos secos, paisajes primaverales y, en definitva, mis temas habituales.
   También son los de costumbre los materiales utilizados. Mi caja con 48 colores, casi todos de Daniel Smith, salvo los cadmios y el cerúleo de Rembrandt, el Smalt de Windsor & Newton, el pardo Van Dick de Schmichke y nada más, que yo recuerdo. En alguna acuarela, por variar, una caja con los colores básicos, también de Schmichke, bastante reconocibles por su intensidad y sus tonos. Pero, básicamente, Daniel Smith, serie Primatek y quinacridonas, las primeras por su granulación y por la belleza de sus pigmentos de origen mineral, las segundas por su brillo y transparencia.
   Hay algunas pintadas con grafito soluble, negro o en colores, esas pastillas formato tiza de sastre de Viarco, Artgraf, hechas en Portugal.
   También son los papeles los mismos que uso desde hace tiempo: Arches satinado, Saunders Waterford grano fino, y Hahnemülhe de 375 gramos, blocs de varios tamaños, engomados en un bloque, un papel fantástico y barato. Hay alguna sobre Garzapapel, usando las pocas hojas que me quedan. Pinceles, casi todos chinos, comprados en China, salvo algún Escoda de marta o petit gris.
   Poco más que explicar y demasiadas para haerlo de una en una, para no contar nada nuevo. De forma que dejo el espacio a las acuarelas.


viernes, 22 de abril de 2022

Árboles y paisajes. Acuarelas.


    Como decía en la entrada anterior, después de la tempestad viene la calma. Y viceversa. Hay temporadas, normalmente breves, en las que uno se pone a leer o a hacer otras cosas o ninguna y los pinceles descansan por unos días. Luego entran las furias de una y te pones a pintar una acuarela detrás de otra. Estás haciendo una y ya estás pensando en la siguiente, esa que corrija los errores de la que estás pintando ahora. Y así sucesivamente. Siempre quieres ir a mejor, dentro de lo posible eres crítico con lo que haces. Parece que he cargado las tintas demás. La siguiente procuraré parar antes, usar colores más diluidos, hacer menos detalle... En fin, esas cosas.

    Todo viene, como es natural, porque casi nunca el resultado final es mejor que alguno de los estados intermedios anteriores. Ese momento en el que debiste parar, en el que ya estaba todo dicho y, a partir de ahí, lo que añades más resta que aporta. Sobre todo transparencia y luz. La acuarela anterior es un ejemplo de lo que cuento. Podría haber ido mucho más allá, refinar el dibujo, añadir algún detalle, definir más el fondo... Lo del dibujo es un decir porque hace tiempo que no hago un dibujo previo y entro al trapo con las manchas. Tiene el problema de que las proporciones y el encuadre a veces serían mejorables, de que las formas se apartan de la idea inicial, en ese dejarte llevar por las manchas y los volúmenes, las luces y las sombras. Creo que así se gana más que se pierde, pues no es mi objetivo la fidelidad a un original, que a veces ni existe.

   Los troncos me gustan porque me permiten jugar con las texturas y los tonos, las transparencias, la granulación de los pigmentos, los distintos papeles y los pinceles, tantos para elegir y tan distintos cada uno de ellos. Si escribes con lápiz, con bolígrafo o con pluma tu letra resulta diferente. Incluso al variar de pluma o de plumilla ves que el instrumento manda más que tú. Con los pinceles, el papel y el agua ocurre igual. Hay algunos, ya desmochados, otros con cuatro pelos, unos nuevos y afilados, de calidad, de marta o petit gris; otros de pelo de cabra o de vaya usted a saber de qué. Y los de fibra, que también funcionan bien. La primera acuarela está pintada casi totalmente con un hake de esos chinos o japoneses planos, en este caso  de una pulgada de ancho. Casi todas estas acuarelas se han hecho con esa paletina y con dos pinceles chinos. Uno de ellos sin punta, despeinado, del grueso de un lápiz. Otro, en origen igual, pero ya alopécico, con cuatro pelos que dan una punta quirúrgica. Y todos ellos almacenan mucha agua. Las ramitas, grietas y detalles finales se hacen con ellos. El resto manchas.

    De varias de estas acuarelas he ido haciendo fotos de los estados intermedios. Luego haré una entrada con esos paso a paso. Valen para dos cosas, a saber: para enseñar y recordar el proceso, que mucho se aprende con ello. Segunda, ver que, llegado un punto, deberías haber parado. Rara es la vez que la crítica que me hago no es la de reprocharme no haber dejado las cosas como estaban cuando no había más que decir. Nunca lo contrario. Porque hay cosas en un árbol que se le suponen, como el valor a los soldados. Si no tiene hojas, por seco o por invernal, problema resuelto. Si las tiene, tampoco es como para pintarlas todas, como tampoco es necesario pintar, después de contarlas, las ventanas de El Escorial. ya sabemos que tiene muchas. Con sugerir algunas sobra y basta. Como con las ramas, tampoco es cosa de hacer inventario, sino de dejar algo para la imaginación.

    Con los colores me ocurre igual. Incluso con las sombras más oscuras hay que procurar que queden transparentes, nunca llegar a cegar el grano del papel, de hacer una capa espesa y opaca. Si empezamos cargando las tintas, para conseguir el contraste necesario habría que usar tinta china negra en las sombras. Es cuestión de, contando con que cuando seque, todo será más claro, no empezar a lo bestia. Más vale dar otra capa, una veladura que matice y oscurezca, si procede. Aunque sin pasarse. En la acuarela cada capa que añadimos es como si apagáramos alguna luz o cerrásemos un poco la ventana. Cada brochazo quita luz y transparencia, de forma que, al menos la base, hay que procurar que salga bien y suficiente a la primera.  En todo caso, dejar secar las capas es buena costumbre si queremos disfrutar de la delicadeza de las transparencias, del encanto de las veladuras, inconcebibles en húmedo. Si buscamos un determinado tono o color, mejor en la paleta que a base de capas añadidas.

   Hablo menos de materiales, de pigmentos, porque llevo una larga temporada estabilizado. Siempre uso los mismos. Una paleta hecha en una caja metálica de lapiceros de color, una cuadrícula hecha con impresora 3D con 48 casillas. Una barbaridad, en principio, pero de pocos de esos colores podría prescindir. Por supuesto, usados por separado. Rara es la acuarela de las de esta entrada, y en general, en la que utilizo más de tres o cuatro pigmentos. Si elijo un verde, no hay otro en la acuarela. Si un azul, igual. Como si es un ocre. Las mezclas hacen lo demás, así, al menos tienes garantizada cierta armonía de colores por el simple expediente de que, siendo pocos y mezclados, hace falta ser muy bestia para que no haya armonía entre ellos. Utilizar muchos ya es más difícil. La trampa engañosa de los colores ya hechos, usados tal cual salen del tubo. Así uso incluso el verde esmeralda, un peligro público, cromáticamente hablando.

   En casi todas estas acuarelas se ha usado el azul del lapislázuli. Muy pocas veces el cobalto. Y alguna, realzado por el esmalte (Smalt), un color de W&N algo violáceo, más delicado que el ultramar. Con el lapis, casa muy bien, son de la familia. El verde de jadeíta, el marrón quebradizo, serio y granulado del ojo de tigre tostado, el azul intenso de la sodalita o el violeta de la amtista para algunas sombras... Y el lunar black, negro de magnetita o de Marte, según marcas, que hace granular a cualquier tierra o pigmento. Al final, esos y el siena tostada o el sap green son los que acabo usando, salvo que haya que dar un toque concreto porque hay una flor, un reflejo en el agua o un matiz en el cielo al atardecer. 

Todos los verdes, eterno problema, de la acuarela siguiente salen del sap green matizado con sodalita, negro o siena. Al final lo que buscamos son grises, distintos grises y pardos, que es lo que hay de verdad en la naturaleza, salvo en los prados de Asturias y en el Bernabeu, donde el verde es verde. Si vamos más allá, nos sale un catálogo de Tintanlux y ya son de por sí peligrosos los verdes como para ir usando muchos en la misma acuarela.


   Por último, un paisaje de las cercanías de Albacete, ahora primaveral, y más hermoso que se va a poner con las últimas lluvias. Está pintado sobre un papel casero que hizo mi hijo con hojas de periódico. Es una esponja, un secante. Si dejas el pincel quieto y bien cargado se pinta entero el cuadro, un círculo creciente cada vez más diluido muy dicícil de controlar. El papel de arroz chino es papel para delineantes a su lado. En fin, así ha quedado.