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sábado, 15 de abril de 2017

Acuarelas - Arboles y paisajes

   Seguimos con árboles y paisajes. De la Ribera del Júcar en Albacete, por la Mariquillas o Valdeganga, donde ya de niños íbamos con mi padre a comernos a la vera del río lo que él llamaba "un lepórido con liliáceas", o solanáceas, según se nos antojaba. Yeste, de Baños de Tus hacia el Calar del río Mundo, parajes recorridos cientos de veces durante cincuenta años. Luego Cullera, acompañando al Júcar hasta el mar. También Tibi, en Alicante, viendo las nubes rebosar sobre las montañas. En fin, acuarelas de recuerdos a partir de fotos de rutas que hacemos a menudo y que recuperamos para dibujar cuando esos lugares están llenos de gente y no invitan a acudir a ellos. Pronto llegará otra vez el momento.

   Aunque utilizo muchos colores, en cada acuarela solo unos pocos son necesarios, y casi siempre los tonos vienen determinados por el azul elegido como base de las mezclas. Unas veces ultramar de Van Gogh o Rembrandt, otras Cobalto de Windsor & Newton, raramente cerúlero de Daniel Smith o Rembrandt, utilizado con cuidado, pues puede resultar demasiado pinturero y siempre usando estos pigmentos de marcas de la mayor calidad, sin mezclas de blanco, que lo hacen pastoso y repelente. Diluido puede ser delicioso, como ese tono del cielo tras las nubes en la siguiente acuarela. Dado su nombre, debe ir bien tanto en los cielos como en la tierra, pues mezclado con naranja de cadmio, aleación cromática que aprendí en un libro de Charles Reid, un maestro de las mezclas, da un gris interesantísimo. Con tonos tierra también puede sorprender.
   Algunas veces se recurre a una paleta clásica, con sus sienas natural y tostada, tonos quebrados mezclándolas con ultramar, incluso utilizando con infinito cuidado el viridian o esmeralda, único verde de muchos acuarelistas clásicos, un verde tan hermoso como lleno de peligros, casi hiriente si se usa solo, sin matizar con los otros colores usados en la acuarela, pero que aporta un cromatismo que ningún otro verde ofrece. En estos casos, como es la siguiente acuarela de la Ribera del Júcar en Albacete, prácticamente se utilizan solo esos cuatro colores.
   En estas ramas, para los tonos cálidos, oxidados, quinacridonas de Daniel Smith, muy transparentes y brillantes. Gold o Red Gold. Para hacer verdes jugosos y frescos, muy luminosos, estos tonos amarillos y rojizos mezclan muy bien con prusia incluso índigo.
   En este caso, el otoño se ha pintado con cadmios de Rembrandt y esos quinacridonas de Daniel Smith. Algunas sombras se refuerzan con el violeta oscuro de amatista de esa marca.
   Este paisaje, incorpora el verde de jade que utilizo mucho, y un verde serpentine, ambos de Daniel Smith. Siena, cobalto y violeta ultramar de Daniel Smith. Se trataba de jugar con transparencias, veladuras aplicadas una vez seca la capa anterior, aunque la base se da todo en húmedo de una sola vez, marcando de entrada las zonas de sombra con el mismo azul del cielo, al que también se recurre para matizar los verdes.
    Detalle de la anterior acuarela.
   En esta última se toma como azul base el índigo, tanto para el cielo como para las sombras, mezclado ahí con siena tostada y con  toques de alizarina. Hay un marrón oscuro, con matices apagados, que utilizo bastante en las ramas de los árboles para dar textura, por su tono berenjena y porque granula mucho, Bloodstone Genuine de Daniel Smith. Se puede ver en los arbustos de la parte inferior izquierda. En las mezclas da vida a muchos otros colores, amarillos o rojizos. verdes o azules. Una joya, como el azul oscurísimo de Sodalita, que uso cada vez más en las sombras, una especie de índigo más agrisado y granular.

domingo, 26 de marzo de 2017

Acuarelas de Alicante. Almendros


   De los recorridos desde Alcoy hasta la costa cerca de Calpe, llegando hasta casi Alicante por el interior, trayecto montañoso con nieblas, curvas y barrancos, embalses y terrazas en las laderas de las montañas, además de pueblecitos de nombre morisco y llenos de encanto, salieron unos dibujos con tintas de la entrada anterior. Ahora se tratan los mismos temas y rincones con acuarela, intentando recoger las nubes, los contraluces, el color de los almendros y las montañas que se pierden en el horizonte, muchas veces cubiertas a medias por la niebla, por las nubes en las que se mete la carretera al subir a los puntos más altos del recorrido, como Aitana.
   Poco hay que explicar sobre las acuarelas, pues los materiales son los de costumbre, unos pinceles de petir gris de Escoda y un rigger o una pluma de ave para algunas ramas de los árboles usando los pigmentos habituales, Daniel Smith, W&N y Rembrandt. Papeles de Arches, grano fino o satinado, Garzapapel y Daler Rowney, en los de formato más apaisado. Normalmente las zonas claras de los almendros se evitan al pintar, no hago reservas de blancos con líquido de enmascarar en esta ocasión. Luego se añaden diluidos los tonos rosas con madder lake de W&N. Algunas gotas de témpera blanca en algunos de ellos y poco más.



   Esta última, de un viaje anterior por la misma zona, el Mirador des Rates, cerca de Jalón, con el mar y Calpe al fondo.

martes, 17 de noviembre de 2015

Acuarelas de noviembre


   La primera acuarela, en media hoja de Arches de grano grueso, se trata de la Fuente de la Peña, paraje de Peñascosa en la provincia de Albacete. De una foto de mes de noviembre, pero del año pasado. Seguimos probando el pigmento Smalt de Daniel Smith, muy parecido al lapislázuli en su matiz agrisado, aunque más cubriente y azulado. También se ha utilizado otro de Kremer, un cobalto claro. Ya he comentado que estos azules de Kremer me gustan mucho. Los verdes ya son fijos, jadeita, sap green oscuro y perileno. Con tanto ramaje de árboles diferentes se ha intentado resolverlo con manchas, reservando algunos trazos finos con líquido enmascarador, en este caso de Schmincke que, con su dispensador, permite obtener esas líneas finas, si se aplica rápidamente y de lado, poniéndolo en diagonal procurando que no se detenga mucho tiempo en un mismo lugar y salga demasiado líquido. Mejor que aplicado con pincel. Con tiralíneas también salen líneas finas, con el peligro de marcar el papel demasiado y que baños posteriores se depositen en la superficie rascada del papel y el efecto se estropee.
    La anterior y siguiente son dos acaurelas de la Sierra de Alcaraz, en Albacete, con los colores que toman los árboles en esta época. Los amarillos y ocres con cadmios y quinacridonas. Muy cubrientes los primeros, tanto como transparentes son los segundos. Utilizados juntos es importante el orden de aplicación, por el carárter cubriente de los cadmios. Se intenta rodear los colores vivos con otros quebrados, pardos y grises, dentro de lo posible, para que los amarillos resalten. En el primero se ha utilizado índigo para el azukl de las montañas, con algo de cobalto en algunas zonas.
   La siguiente es de una foto de Albarracín, con un muro de caliza de fondo sbre el que resaltan los amarillos y ocres. Los mismos que en las anteriores. También se ha utilizado Smalt para algunas manchas azules, aunque los grises salen de mezclar ultramar con siena tostada. Los tonos rojizos que matizan los amarillos de los arboles son de quinacridona, muy transparentes y vivos.
   Por último, otra acuarela, esta vez sobre papel Fabriano Studio de 300 gramos, grano grueso. A partir de una foto de la Sierra de Segura de mi amigo Jesús Lozano. Sobre ella se me ha hecho el acertado comentario de que no se separan los planos suficientemente, cosa que es cierta. Solamente hay un primer plano del que se salta a las montañas lejanas. Seguramente si no fuera a partir de una fotografía habría salido más natural, pero las cámaras automáticas lo enfocan todo y nosotros caemos en la trampa de la fidelidad al modelo. Hay que seguir aprendiendo. Tenñía ganas de que llegara el otoño para utilizar ocho o diez pigmentos de quinacridona, de amarillo a violeta, pasando por toda la gama de naranjas, rojos y rosas. Tienen un brillo y una transparencia maravillosos. Son muy intensos y además mezclan muy bien.

miércoles, 10 de junio de 2015

Acuarelas de Alpera. Y un poco de historia - I -

Casa Delgado
    Hay encima de la mesa un proyecto para una posible exposición durante el próximo mes de agosto. Se haga o no, yo ya me pongo con las brochas. En Alpera, uno de los mejores pueblos del mundo, si no el mejor, donde mis pelos largos y yo llegamos con 25 años. Fue mi casa, nuestra casa, y ha sido el único pueblo que he considerado mío. Primero fue Pozo-Cañada, luego 14 meses y un día vigilando al enemigo desde una garita en La Coruña; después Viloví del Penedés, donde el cava, con el —ese sí, que otros no— honorable Tarradellas recién regresado...
   En fin, que he vivido en otros pueblos, como se ve, que los maestros y los militares nos movemos mucho, pero en todos los demás me he sentido como un extraño de paso. Allí estuve viviendo y trabajando de maestro desde 1979 hasta 1992. Bueno, los dos últimos dos años vivía allí pero trabajaba en Almansa, en el Centro de Profesores, como Asesor de Lengua y Literatura. Luego me pasé a Albacete y a la informática, también como Asesor en el Centro de Profesores, cuando el proyecto Atenea, para dar pie a que nos llamaran "desertores de la tiza", que también en este gremio de los docentes, cosa normal en nuestro país, en cuanto asomas la cabeza, te la cortan.
    En aquella época algunos ordenadores empezaban a incorporar un maravilloso disco duro de 20 Mb, aún no tenían tarjeta gráfica y no sabían hacer un redondel en sus pantallas de fósforo verde. El primer módem que conocí venía en una maleta que aún conservo para meter el taladro y las brocas y era de grande como una bacalá más que mediana. Unos años después algunos de mis talludos discípulos de los cursos de informática para docentes levantaban los primeros ratones un palmo de la mesa  para intentar desplazar hacia arriba el cursor por la pantalla. Con los niños, incluso los más pequeños, nunca he visto tal desatino. Como ahora hacen con los antivirus, al comprar uno de mis ordenadores vino como regalo un programa que se llamaba Windows, aunque yo hubiera preferido las inutilidades Norton. Desde entonces para acá inicié mi lenta e inexorable deriva hacia mi actual obsolescencia informática. La lengua y la literatura han cambiado menos y en cuanto me descuido me pongo elocuente. La parrafada que ahora termina es una muestra de ello, seguramente mala.
Desde el cerro del Bosque, donse se encuentra la cueva de la Vieja. Al fondo el Puntal de Meca
Nieve en el Puntal de Meca
   A lo que vamos, que me disperso, cosa rara en mi. Puestos a pintar sobre Alpera, dispuesto a acuarelar sus paisajes, rincones y veredas, que muchos hay merecedores de ello, hago algunas visitas a la zona, muchas fotos y algunos dibujos y bocetos. De paso repaso la historia de la Apiarium romana, —la de las colmenas—, topónimo cuyo origen atribuyen otros al árabe Al-Behera, 'la laguna', lo que situaría en el castillo de San Gregorio, tomado a los árabes en 1243, y La Laguna la ubicación inicial de esta población, antes de un traslado que ocurrió a mitad del siglo XV. O la Alpera de la cueva de la Vieja, la de los cazadores que pintaban en los abrigos de los cerros a sus chamanes y sus arqueros, sus danzas y vivientes bodegones mágicos propiciadores de que los ciervos acudieran a sus despensas; o la Alpera ibérica de Meca, ciudad casi inaccesible, de inmenso tamaño, con graneros, aljibes y caminos que caracolean cerro arriba profundamente excavados en la roca viva donde los carros marcaron las huellas de sus ruedas en un subir y bajar de siglos, enlazando con la Vía Augusta.
    Dios y ayuda le costó a Roma conquistarla y borrar su nombre de la historia. Aunque desde esta ciudad, cuyo topónimo ibérico se desconoce que "murió el onbre et murió el nonbre", se mira al valle donde está Alpera, administrativamente pertenece a la más lejana Ayora, ya en el reino de Valencia, cuyos límites provinciales sin duda marcó un arqueólogo valenciano. La primera noticia que tuve de Meca, la Troya ibérica, fue leyendo el "Tartessos" de Schulten en la benemérita colección Austral. Con posada en Alpera, no sé si ya regentada por los antepasados de mi colega Rosario o por los de mi amigo Luis Piqueras, en los años de la I Guerra Mundial, también el arqueólogo alemán apreció la bondad de su jamón y sus chorizos, de su pan blanco y de su vino —las naranjas serían del reino—, así como lo hospitalario de sus genttes. Porque para subir a Meca, y más antes de haber despejado veinte siglos de escombros en sus profundos caminos, hay que llevar buen almuerzo.
Desde la ciudad ibérica de Meca
De Alpera a Higueruela
   Sirven estas fotos que ahora hago para refrescar la memoria, pues hace muchos años este era mi paisaje. Lo he visto en todas las estaciones y colores; blanco de nieves, encendido de cielos al atardecer, rojo de ababoles, granate de cepas de tintorera, verde de trigos y cebadas, brillante de oros cuando la siega y oscurecido por los nublos, arrasado cuando los granizos y anegado de agua cuando las riadas. Porque este hermoso pueblo no tiene río en plantilla, aunque sí puentes como el del Malecón de regusto cubano, para que las aguas pasen por donde tenían por costumbre discurrir antes de ser derivadas por acequias, regueros y azarbes. Hace casi ochocientos años que las aguas que manan por infinidad de fuentes y veneros  fueron dispersadas por su vega, llegando a mover veinte molinos.
    Llegué a tiempo de ver alguno funcionar, con su molinero blanqueado de harina, como la fantasma. Aún sobran aguas para que una presa levantada en el siglo XVI las detenga y guarde en el pantano de Almansa. Construido en 1584, parece ser el más antiguo de Europa de los que siguen en uso. Comparte tal honor con el de Tibi, iniciado en 1580 y que fue el más alto y mayor del mundo conocido en su época. Doctores tiene la iglesia y no entraremos en esa disputa. Decir que, con sus más y sus menos históricos,  los lugareños de Alpera se llevan bien con quienes en Almansa esperan estas aguas sobrantes monte abajo dice mucho y bueno de los moradores de ambos lugares, pues los regantes sabido es que se avienen a todo menos a la razón. Cierto es que este pantano antañón había caído en un ligero descuido y las aves ya hacían pie, llegando a estar casi colmatado por 600.000 metros cúbicos de fango, ahora retirado. Aquí se puede uno ilustrar sobre el tema.
     La última vez que hubo que poner paz para que se cumplieran los acuerdos de 1338, en tiempos del Infante don Juan Manuel, fue cuando seis vecinos de Alpera compran todo el término a Chinchilla y dejan de cumplirlos. Juan Pacheco pone orden entre Chinchilla y Almansa, se autoriza excavar la acequia (más bien limpiar la antigua de los almohades) que lleve las aguas a Almansa. Alpera regará de día, Almansa de noche, en pascuas y domingos y aquí paz y después gloria. Luego llegará el pantano, otra historia.

Estanque de la fuete del Piojo, cerca de Alpera

Flores, árboles y cepas cerca de San Gregorio

Valle, la Vega y La Laguna
Encina vestusta de La Mejorada

El Mugrón nevado

San Gregorio, con los restos del castillo árabe. Origen de Alpera.
Dos versiones de un campo de ababoles por la vega de Alpera. Hace unos días.


LECTURAS Y ENLACES RECOMENDADOS
En 13 de octubre de 1.264, Alfonso X, concedía a Almansa y sus moradores `Alpera et Carcelen et Bonete, que los ayan con todos sus terminos et con sus aguas et con sus pastos et con sus montes asi como los avien en tiempos de los almohades`... Pero en 1.316, don Juan Manuel, bien por circunstancias adversas guerreras o por alianzas que fortalecieran su poderio bélico, cedió (o perdió) dichas tierras, que pasaron a la entonces muy poderosa ciudad de Chinchilla, que se apresuro a repoblar la zona y colocar los mojones divisorios.Menos mal que el belicoso caballero tuvo la precaución de reservarse para si el derecho sobre las aguas de Alpera (que posteriormente cedería a los de Almansa), ya que de otro modo, los vecinos de Alpera hubiesen impedido que llegasen a estos campos y la evolución y desarrollo de Almansa hubiese sufrido un serio quebranto.
 En el Legajo 81 del Archivo Municipal de Almansa, que trata de las Executorias de las Aguas de Alpera, folio 29 y vuelto, encontramos lo siguiente:
"Del proceso resulttaua que la Ejecuttorias, y demas dequese balia la contraria las hauia obtenido en tiempo que si huvieran intervenido las circunstancias que de presente havia no huuieran conseguido, el derecho a dichas Aguas pues no era berosimil, quesi Alpera huviera tenido, el Vezindario y Tierras metidas en lavor con que en el dia se halla huviera concedido en ceder el Agua que necesitava para suspropios usos, ni permitido que passaran por todo su Termino sin poderse aprovechar de ellas era indisputtable que al tiempo de conceder a la Villa de Almansa el aprovechamientto eb las Aguas era Alpera un mero heredamiento situado en el paraje que llamavan San Gregorio con un vezindario sumamentte reducido de forma que por falta de personas las tierras se quedavan sin cultivar, y empradizadas, o montuosas, de modo que para las pocas quese cultivavan les sobreva mucha a Agua..."
En 1.338, el núcleo de población continuaba estando en San Gregorio, junto al Castillo, según lo que se dice en el convenio establecido en ese año entre Almansa y Chinchilla para el aprovechamiento de las aguas en el que se establecían duras penas para los contraventores de las ordenanzas que lo regían.
"Otrossi, si ganados que fueren de nos ni de nuestros términos entrare a bever enla dicha acequia en el termino de nos los de Chinchilla sino en los dichos lugares, que caya en esta pena et perfaga el daño que fizieren en la dicha acequia et lo que fincaren que sea para el muro del castillo de Alpera..."
En 1.575, Felipe II concedió la emancipación a los 85 vecinos de que constaba la villa, mediante el pago de 5.000 ducados a la Corona. Es de suponer que en esa época ya se trataba del emplazamiento actual.
  • Del estudio de Aurelio Pretel ya citado, publicado en Al-Basit, saco el documento de 1338 que autoriza excavar la acequia de Alpera a Almansa, acuaerdo entre Chichilla y esta última ciudad, que correrá con los gastos.
  • Vídeo en youtube sobre las pinturas rupestres de la Cueva de la Vieja. Rafael Jara.
  •  Vídeos sobre la red de caminos del Castellar de Meca, sus murallas y restos.


martes, 10 de marzo de 2015

Castillo de Chirel - Paso a paso

    El castillo de Chirel se encuentra en Cortes de Pallás (Valencia), dominando desde su altura un hermoso paisaje de acantilados cortados por las aguas del Júcar, embalsadas por la presa de Cortes. Por la noche se aprovecha la energía sobrante de la cercana central nuclear de Cofrentes para bombear agua a la cima de la Muela. Desde ese inusual embalse en lo alto de una montaña, se devuelve de día el agua hacia el pantano para generar electricidad en horas de más consumo. Tal vez tales maravillas expliquen o argumenten el desorbitado precio de los kilovatios.
    De una foto de ese paraje sale esta acuarela. La foto sale de la cámara de mi amigo Luis Piqueras, de Alpera, lugar bastante cercano. Papel Arches 300 gramos de grano fino. Acuarelas variadas, más o menos las que últimamente voy utilizando. Tierras de Kremer, azules y verde de Daniel Smith, menos la siena tostada y el ultramar que prefiero a menudo de Rembrandt o Van Gogh. Juntas son una maravilla. Un pincel Versátil redondo del número 18 y otro también de Escoda, de petit gris muy suave y afilado, del 6.
    Partimos del dibujo anterior, bastante detallado, al menos en cuanto a las grietas y formas de las rocas del primer plano. Posiblemente se podría haber simplificado esto, sugiriendo simplemente las paredes verticales, marcando zonas de sombra y luz con una iluminación más lateral que la que ofrecía la foto. Inventarse la iluminación, cambiar el foco de la luz, siempre es problemático y suele quedar inconsistente y falso si el tema tiene tantos recovecos y planos. De forma que el contraste se busca con el fondo lejano de las montañas de la izquierda, que se dejarán más tenues y difuminadas que las rocas cercanas y el cerro de la derecha. Los tonos cálidos de la cercanía marcarán distancia con los azules del fondo. Al menos eso dicen los manuales.
    Para dar armonía al conjunto se parte de los tonos cálidos con que se cubre prácticamente todo el papel, incluso el cielo, dejando algunas zonas en blanco para futuras luces y realces. Aquí es donde se agradece un pincel grueso y que cargue mucha agua, como es este de Escoda del 18, prácticamente como de marta. Los colores utilizados, siena natural, ocre amarillo, siena tostada y rojo de Venecia, casi siempre mezclados en distintas proporciones. Ya desde el principio, aunque se ha empezado en seco, se van mezclando en húmedo los colores en el mismo papel, dejando que se fundan y resalten ciertas zonas, iniciando la valoración de tonos, con las primeras sugerencias de sombras. Algunos brochazos rápidos hacia abajo con el pincel casi plano, de lado, para crear textura aprovechando el grano del papel. Nos esperamos a que seque completamente esta capa. Mientras nos tomamos un café y miramos.
    Vamos con los azules y verdes. Una mezcla de cobalto y cerúleo, que granula mucho. Se procura dejar sin tocar unas líneas que ya habíamos conservado en blanco, sugiriendo el brillo de algunas nubes. El verde es tierra verde de Kremer, mezclada con los azules citados para dar sombras en las ondulaciones de las montañas. Se procura no cargar las tintas pues, aunque sabemos que al secar quedará todo más claro, queremos que haya mucho contraste entre la zona cercana de la derecha y las montañas cada vez más lejanas. Por eso se van diluyendo más las mezclas y añadiendo más azul conforme nos alejamos.

    El siguiente paso es ir reforzando algunas zonas de la montaña, resaltando luces y sombras, dando relieve, calentando con siena tostada los planos más cercanos. Toques de ocre amarillo con el siena en algunas zonas. Mezclamos a esos colores algo de ultramar para hacer un gris cálido en algunos lugares donde habrá rocas iluminadas. Las rocas del acantilado del primer plano, sobre la base de rojo de Venecia o Caput Mortum, muy parecidos, se matizan y se les da relieve con siena tostada diluida, para calentar el color de la capa anterior, un poco frío. Las sombras con ultramar mezclado con el siena tostada o aplicado solo antes que se seque el marrón, con el papel bastante inclinado para que se mezclen hacia abajo.
    Aquí se aprecian mejor cosas como esa mezcla de ultramar con siena tostada, que me resulta insustituible para muchas sombras en cualquier tema, o la granulación y el efecto de las pinceladas rápidas, casi en seco, que dan mucha textura. Se sigue teniendo cuidado en dejar en blanco algunas líneas y brillos. Unas capas se añaden en mojado. Otras cuando se ha secado la anterior. Es interesante en el caso de las rocas que los perfiles y ángulos que sugieren las pinceladas en seco no se pierdan, algo que ocurriría si todo se pintara en húmedo. Saldrían unas rocas curvadas y pulidas, que no irían bien.

    Hace rato que sabemos que seguir adelante añadirá detalle pero restará frescura y limpieza. Asunto delicado siempre. En seco vamos añadiendo capas pensando más que pintando, pues hay que sugerir sin demasiados añadidos. Al oscurecer unas zonas resaltan las contiguas y era imprescindible ir marcando la pendiente, sugiriendo rocas, añadiendo la vegetación, procurando que no quede muy pinturera entre tantos ocres. Tierra verde y jadeíta, un poco de azul de Prusia para separar una de las montañas del fondo que habían quedado amontonadas y de paso reforzar la zona en sombra del agua del Júcar.
   Seco todo, se comprueba cómo ha aclarado la cosa. Los tonos brillantes cuando mojados, se apagan al secarse, maldición. Se refuerzan con infinito cuidado algunas sombras con violeta mezclado con ultramar, incluso sobre los marrones de las montañas más cálidas de arriba a la derecha. Sobre los tonos cálidos ocre amarillo, sienas, tierras, el violeta ultramar o una mezcla de azul ultramar con carmín de alizarina son muy adecuados
   Unos trazos finos y rápidos sugiriendo las grietas con esa mezcla de siena y ultramar que vale tanto para un roto como para un descosido. Más diluida para dar sombras sugiriendo la sombra de rocas y peñascos y... así lo dejamos, sabiendo que hace un rato algunas zonas estaban mejor. Otras no. Difícil equilibrio.

domingo, 1 de marzo de 2015

Paisaje de Alcoy - Paso a paso acuarela

    Otro paso a paso sobre una de las últimas acuarelas pintadas. En este caso un paisaje de unos parajes que atravieso con cierta frecuencia. Desde Albacete hacia la costa de Alicante, siempre pasando por las cercanías de Alcoy, ruta más amena y hermosa que la ruta habitual que ya he recorrido cientos de veces. En lugar de continuar la autovía hacia Alicante, pasado Alcoy suelo tomar alguna de las carreteras llenas de curvas y árboles que llevan desde allí a Jalón, Benidorm, Calpe, Denia y otros lugares más conocidos. Llegues a donde llegues siempre aciertas y pasar por Guadalest no es cualquier cosa. Por su paisaje y por ser uno de los lugares con más museos por kilómetro cuadrado del mundo. Bueno pues por una de estas rutas es donde se tomó esta foto, cuando aún quedaban las últimas flores en los almendros el año pasado. Por esta zona se fabrica el papel de Garzapapel que se ha utilizado para la acuarela, lugares antiguamente poblados por moriscos, como nos recuerdan los hermosos y sonoros nombres de pueblos, aldeas, montañas o restos de torres y castillos: Benilloba, Benidoleig, Benicadell, Beniarrés, Benimarfull, Benialla, Benigembla, Benimaurell, Alcanalí, Benissa, Benitaxell...
   El inicio es un dibujo sencillo a lápiz, encuadrando el tema, una composición en diagonales, con un primer plano escarpado y de aristas marcadas que da paso a unas montañas que protegen un vallelleno de árboles, caminos y aldeas. Abundan los verdes, lo que siempre es un desafío.
   El cielo se ha cubierto con un baño diluido de lapislázuli con unos toques de cerúleo que se extiende a todo el paisaje, procurando dejar ya algunas zonas en blanco, valorando en húmedo el relieve con una mezcla de ese azul y siena tostado y una pizxca de aliarina que se aplica cuando la anterior está apenas seca. Especial cuidado se tiene con reservar los brillos de los picos y pedruscos que romperán la monotnía y añadirán relieve y distancia, separando los planos.
   Cuando se seca la capa aplicada, se añaden los primeros verdes. En este caso tierra verde de Vagone, también de Kremer, mezclada con lapislázuli, el mismo azul utilizado en el cielo y en las primeras capas de las montañas. Ya se van marcando luces y sombras, ondulaciones de las montañas, se van separando las montañas más lejanas de la derecha, las del frente en un plano medio y la de la izquierda, manteniendo las zonas iluminadas y respetando el blanco del papel.
   Los colores cálidos que se van aplicando van acercando unas zonas y alejando otras. Siena natural ocre amarillo, siena tostada y unas manchas a la izquierda de caput mortuum, otro pigmento clásico, con una pizca de azul. En este caso se empieza a recurrir al índigo, pero un buen pigmento, transparente, no de esos que llevan demasiado negro en su composición y que apagan y enturbian los colores, eliminando toda la transparencia. En este caso es de Kremer. Hasta donde yo sé, no lleva mezcla de negro y se vende como Índigo Indio genuino. Todos los demás son mezclas de Indantrone, pthalocianina o azul de Prusia mezclados con negro de humo. En las series profesionales de las mejores marcas encontramos buenas mezclas, pero no así en las series más baratas, igual que ocurre con el cerúleo, el sepia, o el VanDick brown, que puden ser colores hermosísimos o pastas cubrientes que emborronan todo. Lamentable lo bueno hay que pagarlo. Peor es cuando como bueno se nos vende lo que no lo es. Al menos cuando nos indican en el etiquedado "Hue", nos indican que es un color obtenido con mezclas, no un pigmento, un solo componente. Es un color que nosotros podemos consguir con nuestras propias mezclas. Hay quien huye del blanco y del negro como de una vara verde y los está utilizando continuamente en las mezclas de los colores que ya compra mezclados. Un cerúleo barato lleva blanco. Por eso es cubriente, nada transparente, espeso y francamente horrible.
   Seco lo anterior, se siguen aplicando capas de siena tostada sola o mezclada con ultramar o índigo. Para marcar las rocas y los relieves del cerro de la izqueirda se recurre a estas mezclas de ultramar y siena tostada que puden ir desde un gris frío o cálido hata un tono oscuro casi negro.  Algunas manchas de tierra sombra tostada en el suelo de la derecha. Se recurre al verde de jadeita de Daniel Smith diluido para resaltar algunas zonas lejanas y más espeso, solo o mezclado con índigo para los árboles y vegetación más próxima.
   Al aplicar estas sombras se procura ir definiendo algunas rocas, sus formas, sus sombras, sus picos. Ulramar y siena tostada.
   El paso anterior es el más delicado. Hasta ahora el conjunto resulta plano porque faltan las sombras que separen el primer plano, la montaña de la izquierda, con el valle mñas lejano e iluminado. Como la acuarela se aclara cuando se seca, no deberíamos tener que reurrir a una segunda capa que siempre emborrona, quita transparencia y elimina los relieves y granulaciones que hemos ido trabajando con tanto cuidado para dar textura. Aquí hace falta un buen pincel, lo más suave que tengamos, necesariamente de petit gris, de marta o, como es el caso algo que resulte muy similar, el Versátil de Escoda del 18.
   La sombra es una mezcla de índigo, siena tostada y carmín de aliarina, resultando un violeta oscuro, transparente y frío. Si la cosa sale mal, habrá que tirar la acuarela a la papelera. Nos encomendamos a San Diego de Velázquez, a los santos Turner, Constable, Peter de Wint y a todos los pintores del Olimpo, que parecen ponerse de nuestra parte.
  Cuando se ha secado todo, mientras le echamos un vistazo y nos sujetamos las manos para no tocar más, nos arriesgamos a dar unos pequeños retoques, mínimos pero importantes. Sobre todo abrir unas lucecitas, sugerir unas piedras en el perfil de la montaña cercana. Se hace a puñaladas, cuidadosas y medidas, pero a punta de navaja. Quitada la pintura de esa forma tan expeditiva, algo que este Garzapapel resiste sin quejas, añadimos unas sombras a las luces abiertas, resaltamos con índigo el relieve de las rocas y reforzamos algunas sombras de las montañas lejanas y otras que diferencien los bancales y añadimos, ya sin riesgos arbolillos aquí y allá, marcando los caminos y la inclinación de la falda de las montañas. 
   Con eso la damos por terminada, volviendo a encomendarnos al santoral ya mentado para que lo que está ahora mojado, cuando se seque quede en un punto adecuado de intensidad.