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domingo, 13 de mayo de 2018

Alpera. El señorío de Verastegui.


   Mi buen amigo Rafa Soler Pozuelo ha publicado un libro. Un libro sobre Alpera, su pueblo, y podría decir que el mío. Hijos tiene dos, una hija y un hijo, buena gente como sus padres. Árboles ha plantado más, entre ellos un castaño de indias, un olivo y otro con las hojas de color borgoña que no sé de qué marca es. Los lileros, jazmines, papiros y bambúes de su patio no los cuento, aunque sí los dibujo. Las macetas tampoco, aunque algunas ya están en flor. Le faltaba el libro y aquí está, bien hermoso. Primera edición prácticamente agotada el mismo día de su presentación, lo que anuncia otra, ya en prensa. Los beneficios del libro van de forma íntegra a la Asociación de Alzheimer de Alpera.

    Lo conocí al mismo llegar a Alpera, yo con veinticinco años, él tres o cuatro menos, suficiente diferencia entonces para que fuera mi alumno de prácticas como maestro, profesión que, con buen criterio, nunca ejerció. Hoy ya tenemos la misma edad y bastantes achaques y goteras, que esperamos vayan a mejor. Muchos amigos tuve y sigo teniendo allí y entre ellos él fue y sigue siendo el mejor de los amigos, un hermano. Como lo fue Joaqui, su mujer, durante los muchos años en que todos los días pasábamos gran parte del tiempo juntos, siempre esforzándonos en aumentar la prosperidad de la hostelería local, que en carroza habían de sacarnos el día de santa Marta. La vida, y cada vez más, te obliga a pasar páginas, a veces hasta el punto de no desear seguir leyendo más capítulos, como cuando Joaqui murió. Pero todos sobrevivimos agarrándonos como lapas a los buenos recuerdos, que muchos tenemos compartidos. Ya decía Discépolo en el tango eso de "Fiera venganza la del tiempo, que te hace ver deshecho cuanto uno amó". No tiene esto nada que ver con el libro, pero tenía que contarlo, que a estas alturas de la vida incluso las alegrías dejan a veces un poso amargo y triste.
    El coche va solo, que es ésta una ruta que con él y sus antecesores hemos recorrido cientos de veces. A lo largo de muchos años, viviendo en Alpera como maestro en sus escuelas, hemos tenido la ocasión y el placer de ver estos parajes mostrar todas sus caras. Una cara a veces seca, otras verde y jugosa, incluso inundada, que por aquí las aguas no saben adónde ir. Roja de ababoles o blanca de nieves, dorada de siembras o parda de encinas, no tan abundantes hoy como cuando los atravesaba la Vía Augusta, la A-31 del itinerario de Antonino que a veces traza, cuando no cimenta, la autovía de igual número en la relación, más actual, del Ministerio de Obras Públicas. A izquierda y derecha del camino pequeñas elevaciones, cerros redondeados o simples bultos de tierra que por aquí llaman morras, muchas de ellas, por no decir todas, con restos de poblados neolíticos, ibéricos o islámicos, en la cima o en las laderas. Comarca poblada desde antiguo, paso obligado, hay abrigos con pinturas de los ciervos que corrían por ella, y no escasean las hachas y puntas de sílex con que los cazaban, cerámicas, los posteriores bronces y hierros, canales y caminos, aljibes y santuarios. Los romanos y también los árabes prefirieron el llano, una vez pacificado el territorio, y los pobladores de las cimas fueron abandonando las alturas, sometidos o resignados, y todos fueron unos. Y ahí siguen.
   De todas formas, por aquí, como por muchos otros sitios de España, para el común, moro es todo lo que reluce y también mucho de lo que no. Muchas leyendas hubo y hay acerca de tesorillos enterrados, orzas llenas de relucientes y doradas doblas, de tíos con chilaba que en sueños se aparecen indicando dónde se ocultaron tales maravillas de las mil y una noches. Eso ha llevado a más de uno a deslomarse agujereando cerros y cinglas, cosa que más ha contribuido a airear la tierra y a llenarla de hoyos, que a sacarlos de pobres. No obstante, alguna se ha encontrado, aunque nunca donde se buscó o donde se había soñado.
     Algunos lugares, siempre fronterizos y nunca muy poblados, tal vez debieron ser abandonados por agotamiento de las fuentes y pequeños manantiales de la montaña, mientras que otros hubieron de serlo por haberse cegado acequias y cauces de desagüe, abandono que devolvió a algunos parajes,  trabajosamente mudados en huertas fértiles, su carácter de almarjales insalubres, que todo se junta. En todo este corredor hubo, como sus restos nos cuentan, cientos de asentamientos, lo que nos habla de agua, bosques, caza, zonas con cierta fertilidad, incluso pesca, hoy inconcebible. También hay que decir que la famosa ardilla nunca hubiera podido cruzar esta comarca saltando de rama en rama, que la península nunca fue el Amazonas ni la verde Francia. Aldeas, villas, posadas, alquerías, algunos poblados de tamaño no pequeño, en su época dorada poblaciones que se extendieron por varias hectáreas y siempre al lado de las antiguas calzadas y caminos, sentaron sus reales cerca de fuentes, arroyos y hondos que en tiempos albergaron pequeñas lagunas, tan frecuentes en esta comarca endorreica, drenadas ya desde antiguo por canales y azarbes o secas por una deforestación secular. Los sistemas de cultivo, las continuas y obligadas roturaciones, fueron también ayudando a un clima feroz, por seco, extremo y ventoso, a erosionar y agotar las tierras, como vemos por la mezquina vegetación que crece sobre la tierra polvorienta y reseca que cubre y casi esconde los numerosos yacimientos arqueológicos. Pero, tercas, las aguas resurgen cuando las lluvias abundan. Si nos remontamos aún más, algunos millones de años, por las frecuentes conchas y caracolas incrustradas en lo alto de sus cerros, sabremos que esto fue mar. También por la abundancia de salinas y aguas salobres. La sal siempre fue una de las riquezas de estos feudos.
   Los asentamientos y construcciones hoy enterrados, que asoman sus crestas en bancales y barbechos, responden casi todos a un carácter de zona de paso, más de ganados que de personas: vías, cañadas, posadas, corrales, refugios, aljibes, abrevaderos, con pequeños núcleos de población en las escasas zonas favorecidas por el agua.
     Alpera no tiene río, pero sí numerosas fuentes que riegan una vega hermosa, que algún año hemos visto cubierta de agua. Los almohades ya hicieron minas, acequias y azudes, caces y canales para domesticar las aguas, aunque no habría que descartar que ya antes se hubiera intentado darles cauce y sanear una comarca estancada, de almarjales llenos de juncos y carrizos. También de aves. Y de fiebres.
   Por La Laguna, alrededor del castillo de San Gregorio, podemos encontrar la primera ubicación de Alpera, de origen musulmán. De entre todas las etimologías propuestas, algunas bastante peregrinas, incluso frutales o melíferas, más razonable parece que su nombre derive de Al-Bahara (mar pequeño o laguna), o su diminutivo al-Buhayra, derivando a al-Behara o Al-Behera, como afirma, con más fuste, don Aurelio Pretel, muy citado en el libro. Quedó dentro de la Cora de Tudmir, tras el tratado de capitulación del visigodo Teodomiro de Oriola con los invasores, que evitó la habitual degollacina por parte de esos visitantes que ahora algunos dicen que nunca nos invadieron, recogido en el Pacto de Tudmir o Pacto de Orihuela, firmado el 5 de abril del 713. Luego, ya sin tantos miramientos, como muestra la destrucción por parte de Abderramán III de la ciudad trimilenaria, visigoda entonces, del Tolmo de Minateda, formó parte del Califato y más tarde del reino de Denia.   Cuando en 1242 pasa a poder de Castilla, ya encauzadas las aguas mediante acequias hacía tiempo por los almohades, la población islámica en parte se refugia en la Granada nazarí y, salvo algunos moriscos que quedan en el valle, desde entonces poco a poco la población se va trasladando a su actual emplazamiento,  lugar más llano y salubre. No obstante se leen constantemente medidas y contribuciones destinadas al mantenimiento del castillo. Entre los numerosos datos, documentos y hechos recogidos en el libro, resulta curioso que Alfonso X el Sabio fuera en Alpera, obviamente estando de paso, desde donde concediera un privilegio de libertad de portazgo de paso a Alicante, firmado aquí el 4 de julio de 1257. No era raro, dado que la corte durante mucho tiempo fue de acá para allá, como feriantes. De hecho Alfonso X el Sabio estaba en  Sevilla en 1264 cuando  cedió a Almansa los lugares de Alpera, Carcelén y Bonete, otorgándoles los fueros de Cuenca y Requena para repoblarlas con cristianos. El 13 de septiembre de 1266 cede Alpera a don Guillem de Rocafull y en 1276 cambia de opinión y el término de Almansa es cedido a su hermano el infante don Manuel, hijo de Fernando III el Santo y Doña Beatriz de Saboya. Se ponen los cimientos así del Marquesado de Villena.
   Gran parte de estas aguas continuamente disputadas habrían ido al Júcar si las hubieran dejado decidir, dejándose caer por el barranco del Malecón hacia el río Zarra, rumbo a Ayora, ya en el reino de Aragón. Si Aragón y Castilla hubieran llegado a otros acuerdos en el pacto de Cazorla en 1197, confirmado en el de Almizra en 1244, no les hubieran torcido la voluntad, y no habrían regado toda la zona por la que discurren hasta el pantano de Almansa, encauzadas por los almohades en acequias recuperadas por los castellanos del marqués de Villena, que reparte las aguas en cuestión entre Chinchilla y Almansa, encargando a esta última la construcción, más bien recuperación y mejora, de la acequia en 1338. En el libro se recogen textos que nos hablan de esas obras y de las continuos acuerdos, desacuerdos, incumplimientos y disputas entre Chinchilla, Alpera y Almansa, pulso mantenido durante siglos con la avarienta tenacidad de los regantes, que eso no cambia a lo largo de la historia.
   Como su título indica, el libro, en el que aparecen algunas de estas acuarelas, se centra en compendiar documentos, principalmente desde el siglo XIII, con especial atención a la vida de Alpera bajo el señorío de los Verastegui, iniciado bajo Felipe II, señores de la villa durante siglos, donde tenían su casa-fuerte, que aún sigue en pie y habitada. Desde hace algo más de un siglo por la familia de mi amigo Rafa, autor de libro.
 Hace un tiempo pinté el patio de la entrada al Palacio.
También la pintó Jesualdo Gallego Navajas (1878-1927), pintor alperino discípulo de Sorolla.
    Como muchas otras veces vamos hoy a comer a este caserón, al Palacio, como se conoce en Alpera, casa-fuerte de los Verastegui, que se edificaría poco después de la cesión del terreno por parte del concejo al nuevo señor de la villa, que la acababa de cambiar a Felipe II por las salinas de Ontalbilla, donde Iniesta, haciéndose cargo también de la deuda contraída por los arruinados habitantes de Alpera, comprándolos con su desesperado consentimiento en 1576. Se habían arruinado, por cierto, para comprar en 1566, al mismo rey que ahora les vende, su libertad respecto a Chinchilla. Pagaban entonces por su libertad jurisdiccional, que tierras, edificios, pastos y aguas ya habían sido compradas a Chinchilla por seis vecinos de Alpera en 1445. Para dejar de ser una aldea sometida a esa ciudad acastillada, tuvieron que pedir prestados al duque de Segorbe casi todos los 5000 ducados (17,5 kilos de oro fino) en que el rey tasó su independencia de la ciudad de Chinchilla, trato que no les libraba de pasar a depender de él. Teniendo en cuenta que por aquel entonces eran cien vecinos y que la mitad huyeron para no entrar en el reparto de esa carga, según mis cuentas salían a 100 ducados de oro de 23 ¾ quilates por barba, que el rey querría ducados de los Excelentes de Granada. Eso da 37.500 maravedíes por vecino. El 8 de octubre de 1571, Felipe II firma una pragmática fijando el precio de la fanega de trigo en 374 maravedíes. En Roma también había algunos que se vendían a sí mismos como esclavos para mejorar su condición.
   Los terrenos de este edificio antañón, enorme hoy, con sus patios y jardines, son menores que los que ocupaba inicialmente en el siglo XVI, un solar en la plaza de la iglesia cedido y escriturado el 14 de abril de 1567, que por aquel entonces no era el día de la República.
     Varias veces restaurado y reconstruido, el edificio actual es de los mismos años que la iglesia, de 1796. Por herencias, matrimonios o compra, tras algunos siglos de propiedad de los Verastegui, pasó al conde de Casal, que lo restaura en el siglo XIX. Fue después su dueño el hijo de los Vizcondes de San Germán, casado con Purificación Urrea y Pérez Ontiveros (1886-1966), cuya herencia aún colea en la prensa y en los tribunales. En 1910 lo adquirió la familia que lo habita desde hace más de un siglo, los antepasados inmediatos de mis amigos Rafa Soler y sus hermanos, entre los que se encuentra Don Federico Ochando y Chumillas, que fue Capitán General de la región militar de Valencia, senador electo por La Habana y por Albacete, vitalicio después, y en 1892 Gobernador General de Filipinas, cargo que se conocía como virrey. En 1896 estaba en la Guerra de Cuba.
    Federico Pozuelo Ochando, también de los Ochando de Casas Ibáñez, también Capitán General de Valencia, el abuelo de mis amigos, fue quien compró el Palacio. Y yo diciéndoles de tú. Después de comer, Rafa me cuenta la historia de esta casa al amor de la chimenea y yo dibujo el salón de la entrada mientras tomamos café.

    En estos tiempos en que se ostentan títulos y másteres falsos como moneda de cuero, mi amigo Rafa, matiza en la presentación del libro por parte de Cesárea, alcaldesa y exalumna mía, que él no es investigador ni historiador, sino paciente recopilador de textos, referencias y noticias sobre la historia de su pueblo, que no es poco. No se limita a rastrear y reunir fragmentos seleccionados de publicaciones que aportan datos sobre la historia de Alpera, lo que no sería tarea menor. Lo más valioso y arduo ha sido el trabajo de desentrañar qué se dice en esos legajos antiguos, muchos no editados, publicados ni conocidos, actas del concejo del siglo XVII, testamentos, acuerdos, ordenanzas, escritas con esas enrevesadas grafías que hasta a un farmacéutico costaría descifrar. Cuando te acostumbras a los trazos y abreviaturas de un secretario o escribano, cambia, y con él la escritura, y empiezas de nuevo. Hay que estudiar paleografía, al menos sus rudimentos para esas épocas, si quieres sacar algo en claro.

 Lee la alcaldesa en el acto de presentación de esta obra, lo que me honra, el texto que escribí para las solapas del libro de mi buen amigo. Creo procedente, aunque largo, reproducirlas aquí:
    "Hay infinidad de libros de Historia. Es fácil encontrar en alguno de ellos información sobre lugares, personajes o sucesos lejanos a nosotros en el espacio o en el tiempo. Más difícil es que alguna de estas obras nos informe con cierto detalle acerca de lo que sucedió en la esquina de nuestra casa hace pocos siglos, incluso decenios. También abundan pequeñas historias locales más cercanas a la fábula o al ejercicio literario que al registro veraz de lo que ocurrió.
   Alpera, situada en el Corredor de Almansa, ha visto pasar a lo largo de la historia a muchas gentes siguiendo antiguas rutas que unen en nuestra península la meseta con la costa o el norte con el sur. Unas han pasado de largo, a veces tras estancias breves en términos históricos. Y otras se han quedado, han vivido aquí, y aquí siguen sus descendientes. Todas ellas han dejado su rastro, en forma de pinturas o grabados, enterramientos o murallas, acequias, costumbres o palabras. También nombres propios presentes en la toponimia y apellidos actuales que hace siglos ya aparecían en las actas municipales como vecinos de nuestro pueblo.
    Así encontramos evidencias de una población ininterrumpida desde la prehistoria, primeros rastros de una cultura cuyos trazos ágiles y expresivos en los abrigos rocosos cercanos a sus lugares de caza han colocado a Alpera en el mapa, haciéndola conocida en todo el mundo. Iberos, romanos, visigodos o árabes, entre otros, han vivido en estas tierras de forma permanente, como demuestran los abundantes yacimientos arqueológicos. Nosotros somos sus descendientes. Muchos otros pasaron de largo,  y podemos imaginar el lejano trasiego de tropas romanas y cartaginesas en disputa del territorio o a comerciantes que desde la costa se internaban a vender sus productos. Dado lo agitado de nuestra historia, eso ha venido ocurriendo con distintos uniformes y mercancías.
   De estos hechos, compartidos con el resto de los españoles, podemos encontrar abundante bibliografía donde se nos hable de ellos, interesantes pues todo lo que nos fue común afectó y  afecta a nuestro presente.
   Tenemos en las manos algo distinto. No existiendo una obra que narre una Historia formal de Alpera, sería necesario consultar innumerables fuentes y publicaciones, referencias dispersas en obras más generales, actas, registros, noticias de prensa, archivos lejanos complejos de transcribir o libros antiguos difíciles de encontrar. Esta obra de Rafael Soler Pozuelo reúne infinidad de esos textos dispersos,  ofreciendo su conjunto una visión que resultaría complicado y trabajoso alcanzar, siendo necesaria una paciencia y un tiempo que él no ha regateado para ofrecérnosla. Viva, con la frescura de lo escrito en el momento en que cada cosa ocurrió, con el lenguaje, incluso la caligrafía y la mentalidad de cada época.
   Queda darle las gracias por el trabajo y disfrutar con su lectura atenta y no pocas veces divertida".
Tronco en el Molino de San Gregorio.
Palacete de los Verastegui en San Gregorio
En el libro aparecen algunas de las acuarelas de mi exposición en Alpera en agosto de 2015

sábado, 12 de octubre de 2013

BALEARES 1893 - Dibujos de Gastón Vuillier

   "The forgotten Isles. Impressions of travel in the Balearic Islands, Corsica and Sardinia".  En este libro, publicado en 1896, el autor nos cuenta sus impresiones sobre su viaje a las Baleares, Córcega y Cerdeña, que ilustra y acompaña con 167 dibujos propios de los que proceden los grabados de la obra. Puede ser descargada en University of California Libraries o en su edición original francesa "Les Iles oublies" de 1893,  en Gallica, la Biblioteca Nacional de Francia.
   Entre 1888 y 1890, Gastón Vuillier publicó una serie de artículos sobre las Baleares en la revista francesa "Le Tour du Monde", base de un libro con ilustraciones del autor publicado por el Diario de Mallorca. Podemos acceder aquí a Gallica para leer esa revista, aunque los grabados son de peor calidad y los textos resumen lo publicado en el libro.
  Puede resultar de interés ver qué otros viajes se nos relatan e ilustran en esta revista, como "Chez les cannibales. Voyage dans le Nord-Est de l'Australie", "Dans les ténebrès de l'Afrique, "Voyage au Au Choa (Abyssinie Méridionale)", "Itinéraire dy voyage de H.M. Stanley, du confluence de L'Aurouhouimi au Lac Victoria Nyanza", entre otros, dentro del espíritu viajero, explorador y colonial de la época. También en la revista podemos ver un autorretrato del autor, Gastón Vuillier:
   Muestra ya en la introducción un conocimiento somero de la historia de las islas, de los honderos baleares reclutados por cartagineses y romanos, del pasado árabe hasta su conquista por Aragón, de sus monumentos, sus "sierras y barrancos", citados en castellano en el texto inglés y francés, de la amabilidad y sencillez de sus habitantes, de la impronta de Aragón y Cataluña en Menorca e Ibiza, del clima inigualable que hacen del viaje un sueño encantador... Resume diciendo que es un viaje a lugares de nombres conocidos, más que su realidad.
   Este viaje, realizado años antes del que se mostró en una entrada anterior, también se inicia en Barcelona, siendo despedido por la estatua de Colón al abandonar el puerto rumbo a la Balearis Major de los romanos, donde llega deslumbrado por la luz del mediterráneo, tan distinta del panorama gris y turbio donde él vive.
   Cuando llega a Mallorca, abandonando la fonda con urgencia para disfrutar de la frescura de la mañana, encuentra las calles llenas de gentes de todas las edades que van a misa, siendo domingo y la fiesta de San Alfonso Rodriguez, para caer en la tentación de asistir a una corrida de toros en la que participa como diestra la Señora Mazantina. Un error, pues el espectáculo le parece bárbaro y repulsivo, venciendo su indignación al incial encanto producido por el ambiento y el color. En el momento del "coup de grace", el toro consigue alcanzar a la Mazantina, que cae al suelo. El rápido torbellino de trapo, torera y astas hace que el viajero abandone la plaza espantado para escuchar ya en la calle el toque de las campanas de las treinta y seis iglesias que le cuentan que existen en Mallorca, convocando a los fieles a la procesión en honor al santo. Tras contemplar la procesión, presidida por el señor obispo, se retira al hotel para cenar y descansar.
   A la mañana siguiente, conoce al señor Sellarés, ofrecido como guía, gran conocedor de rincones, historias y monumentos de la isla. Con él inicia su recorrido desde el "Ayuntamiento o Casa Consistorial" por estas calles, deteniéndose en monumentos, la historia, tradiciones y costumbres del lugar. Podemos continuar la lectura en el enlace proporcionado. Y disfrutar de las ilustraciones.
   Los dibujos y los grabados que de ellos salen son excelentes, tanto en los paisajes como en las figuras y retratos que aparecen en el libro. Como hemos dicho, 167 dibujos de los que aquí se muestra una pequeña parte de los que se refieren a las Baleares. Hay muchos otros dedicados a Córcega y Cerdeña, que también merecen ser vistos.




 



martes, 24 de septiembre de 2013

BALEARES 1909. Dibujos y acuarelas.

    —¿He oído que piensas pasar el invierno en las Islas Baleares? —dijo el único británico que encontramos que había estado allí. Bien. Te advierto de que no lo pasarás muy bien. Están casi fuera del mundo. No hay turistas. Ni un alma entiende una palabra de inglés y allí no hay nada que hacer. Si me haces caso, no irás.   De manera que fuimos. Y lo que sigue es un fiel relato de lo que vivimos en estas islas afortunadas.
    Así se incia la obra "THE FORTUNATE ISLES. Life and travel in Majorca, Minorca and Iviza", escrita por Mary Stuart Boyd, ilustrada por A.S. Boyd y publicada en Londres en 1911. Viene a mi blog por sus dibujos a pluma y tinta, que no por las seis o siete acuarelas de escaso mérito, planas, faltas de profundidad y matices, de rígidas figuras, que se añaden a los dibujos. También por mi gusto por estos libros de viajeros británicos de la época, cuyos prejuicios y asombro ante un mundo que les deslumbra y que no acaban de comprender, siempre acaban por arrancarme una sonsira ante la mezcla de prepotencia e ingenuidad con que observan a los nativos, de colmillo más retorcido de lo que ellos suponen. 
   Por otra parte, tanto en inglés como en español, el término "afortunadas" es aplicado no a las islas Baleares sino a las Canarias, ya desde la antigüedad. Blessed Islands, las "Fortunatae Insulae" de Plinio, narrando la expedición del rey Juba II de Mauritania en el 40 a.C. Seguramente lo utiliza más como elogio que como topónimo.
  El autor de las ilustraciones, miembro de la Royal Society of Watercolors, con seguridad ingresaría en tan insigne institución gracias a otras obras, desconocidas por mi, en las que se esmeró más. Sólo he encontrado acerca del pintor una referencia a un trabajo como ilustrador, un cómic con más gracia que las acuarelas pintadas para el libro que nos ocupa. 
  La abundancia de este tipo de libros sobre viajes de finales del siglo XIX y principios del XX, normalmente ilustrados con dibujos a plumilla, grabados y, ocasionalmente, con acuarelas, hace que muchos dibujantes y pintores recurran a producirlos como medio de vida, aunque las urgencias de la imprenta, el gran número de ilustraciones y de libros realizados, así como la escasa recompensa económica, dan lugar a obras por las que no pasarán a la Historia del Arte. Hay algunos dibujos de mérito, por su composición, por el trabajo de líneas para las sombras, dejando bastante papel en blanco. Otros, menos afortunados, resultan infantiles, especialmente en el dibujo de casas y figuras. Igualmente es poco brillante su escasa capacidad para separar los planos, igual de intensos y definidos el las lejanías que en el espacio más cercano. Algunos de sus dibujos tienen tan poca profundidad como sus acuarelas.    Me gusta el uso de baños en gris para acentuar ciertas zonas de sombra, en lugar de enmarañar con rayitas y tramas su dibujo.
   Aunque manifieste ciertas reservas sobre algunos de los dibujos, especialmente las acuarelas, es un encanto leer un libro ilustrado a mano, con imágenes de mucho más valor que la mayoría de las fotografías. De todas formas, el atractivo principal de esta y otras obras similares es el ver cómo eran ciertos lugares, parajes y rincones hace más de un siglo, mejor si es mediante dibujos y acuarelas, así como leer las impresiones y reflexiones de estos viajeros que nos visitaban, unos con respeto y simpatía, otros como el que va al zoo.
 
 Aunque publicado en 1911, el viaje se llevó a cabo en 1909, pues cuenta cómo, a pesar de haberse declarado el estado de guerra, pasearon el domingo por la noche por las Ramblas de Barcelona, rodeados de encantadores viandantes, por las mismas calles y plazas donde un par de días antes le habían contado que sonaban los disparos, bombas y demás sucesos de la Semana Trágica. Desde el "Balear", miran las luces de Barcelona, las montañas detrás y Colón señalando hacia el oeste. Con sus trescientas libras de equipaje, té chino incluído, llegan a Mallorca a las seis y media donde, según ella, una luz radiante iluminaba ya la catedral, el castillo y el puerto donde había gente trabajando.
   Llegada al Hotel Barnils siguiendo a los exhaustos mozos que cargan el equipaje. Olor a café al entrar, alojamiento en tres acogedoras habitaciones donde, junto al café se les sirve algo desconocido para ellos, ni pan, ni bollo ni pastel, con forma de ammonite, que ofrece las mejores cualidades de las tres cosas. "Enciamada", entienden que se llama. En el libro, de agradable lectura, se nos van narrando las vivencias e impresiones de seis meses entre gente tranquila, amable, sin prisas, en medio de una naturaleza exuberante y feraz, donde las flores, palmeras y guisantes se ven crecer, incluso en invierno, donde los hombres no paran de fumar, el sereno felicita por Navidad, se comen cosas extrañísimas y los habitantes se empecinan, de forma irritante para ellos, en hablar su propia lengua.
  Los interesados, pueden descargarse y leer el libro completo o ver allí todas las ilustraciones en este enlace a la biblioteca del Gutenberg Project. 




















También podemos descargar y leer, sobre el mismo tema y lugar, otros dos libros.
  • "Travels through the Balearic and Pithiusian Islands, performed between the years 1801 and 1806" en Californian University Libraries. De menor interés que el libro comentado. SIn ilustraciones, tiene un enfoque más geográfico e histórico que de libro de viajes. Puede aportar la visión de la época en que fue escrito, hace 200 años.
  • "Mediterranean Moods". Footnotes of travel in the islands of Mallorca, Menorca, Ibiza y Sardinia", or J. E. Crawford Flitch, también publicada en Londres en 1911. Accesible aquí.
    Ilustrada con algunas fotografías antiguas, es más descriptivo de los paisajes y la geografía que de vivencias e impresiones personales, con reflexiones históricas y geográficas acerca del Mediterráeo y la antigüedad clásica.