Mostrando entradas con la etiqueta calles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta calles. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de noviembre de 2023

Acuarelas Noviembre 2023

   Estas son las acuarelas de este mes que termina. Casi todas de paisajes, árboles y flores. No siempre hay cosas nuevas que contar acerca de lo que vamos pintando, pues poco varían los materiales y las técnicas empleadas.

 Si podría resaltar que, junto a asuntos nuevos, la mayoría, de vez en cuando voy recuperando lo que pinté en alguna acuarela hace años para repetirla en mayor tamaño y ver cómo hemos cambiado y en qué.

 La única novedad es que he empezado a probar algunas acuarelas de White Nights y de Rosa Gallery, de esos pigmentos que casi todas las marcas van sacando al mercado. Unos son pigmentos minerales de un único componente, de esos que suelen granular. Otros son mezclas comerciales que incorporan algún componente, como el negro de marte, que hace que granulen, o que combinan dos que mezclan especialmente bien, consiguiendo algunos efectos interesantes. Son cosas que ya vendía Daniel Smith hace tiempo, con la diferencia de que su precio es la mitad o menos, cosa importante. 

 Seguramente le dedicaré una entrada a analizar estos colores una vez que haya hecho más pruebas y sacado algunas conclusiones, aunque ya voy teniendo claro que algunos pueden sustituir a otros de los que venía usando, permitiendo un ahorro nada despreciable. Ya hablaremos. 

















jueves, 29 de septiembre de 2022

Acuarelas septembrinas

   Estas son las acuarelas de este mes de septiembre. Poco salimos y hay que recurrir a pintar a partir de fotografías, casi todas propias, aunque algunas hay ajenas. Los temas son los de siempre, con algunas incursiones urbanas y arquitectónicas menos frecuentes que los árboles y los paisajes. La intención siempre es ir avanzando en síntesis, cosa difícil, mucho más que el detalle y la precisión. 
   Siempre hay cosas demás. No puede uno pretender recoger en una acuarela todo lo que hay, lo que se ve en la realidad. No se trata de eso. Si lo que queremos es transmitir una sensación, evocar u lugar o una pequeña parte de él, sugerir más que describir con detalle, hay que eliminar muchos elementos. Ni es necesario pintar todas las casas ni todos los árboles. Menos todas las ventanas, todas las ramas y no olvidar ninguna hoja. Lo que conseguiríamos así sería más abrumar y distraer que agradar y sugerir. El espectador tiene que poder aportar algo, no se le deben explicar los chistes. Y si con lo pintado es suficiente, todo lo demás no sólo sobra, sino que estorba.
   Decirlo es más fácil que hacerlo y renunciar al detalle, solucionar todo con manchas de color y menos dibujo y precisión, es un trabajo arduo que requiere más tiempo para pensar que para pintar. Uno a veces se siente satisfecho por hacer hoy cosas que antes no podíamos ni intentar. Algo hemos mejorado, avance consistente en una mayor capacidad para simplificar, para eliminar, para interpretar, que copiar es más fácil y no hay que confundir belleza o arte con paciencia. El caso es que uno se atreve a pintar escenas, paisajes y temas que antes no era capaz ni siquiera de intentar. Seguramente de paso hemos aprendido a que nuestra composición es una selección, un recorte de un trozo de la realidad, no necesariamente todo lo que hay, todo lo que vemos. Justo al contrario, un solo árbol y la sugerencia del paisaje que le rodea puede resultar más revelador y descriptivo que el paraje completo, a veces inmenso, metido en el papel con calzador, donde se asfixia, donde la vista se pierde y se dispersa entre tantos elementos no sabiendo qué es importante, dónde fijar la atención, qué camino seguir en el cuadro.
   Tal vez una de las claves para mí es que, como en todas estas acuarelas, hace tiempo que he renunciado a hacer un dibujo previo. Se pintan directamente con el pincel. Se gana en frescura y en espontaneidad lo que se pierde en precisión. Inevitablemente hay fallos de perspectiva, de tamaños, la composición a veces se resiente, hay ciertas incoherencias. Es el precio a pagar para si buscamos soltura y sugerencia. Que no siempre conseguimos, por cierto.
    El color, que antes era uno de los principales problemas, se va controlando. No es que lo dominemos, pero cada vez más nos acercamos a lo que queremos hacer, tras años de estudiar los pigmentos y sus mezclas. Seguramente si me hubiera limitado a una docena de colores la cosa hubiera sido más fácil, pero para mí se perdería uno de los principales encantos de esto, conocer los materiales y explorar las posibilidades de nuevos pigmentos y combinaciones.
   La luz siempre es esencial en la pintura, especialmente en la acuarela. Decía Charles Reid que en una acuarela siempre debía quedar alguna zona en blanco, la luz del papel sin pintar. Estudiando con atención las acuarelas de Laurentino Martí también se ve la importancia de esos blancos, que tienen sus peligros, pero que aportan la luz y el contraste que pueden hacer de una acuarela algo mejor. 
   Estas acuarelas están hechas con papeles, pinceles y pigmentos diferentes. Hay Garzapapel, Fabriano de grano grueso o fino y Arches de varias texturas. Pigmentos principalmente de Daniel Smith, aunque algunas se han pintado totalmente con Kremer, Rembrandt o White Nights. Salvo algunos colores que un ojo experto podría reconocer, al final uno ve que no hay demasiadas diferencias, que las mezclas, el color final, sale más de la cabeza que de la paleta. Desde luego, pueden ser decisivos, siempre hay que procurar utilizar lo mejor de lo que uno pueda disponer. Pero, después de tantas y tantas probaturas, uno concluye que lo que ha sido decisivo en esos intentos es conocer el color en general, la infinita gama que con pocos pigmentos se puede obtener. El peligro de disponer de tantos colores es la tentación de utilizar demasiados a la vez. Llegar a buscar un pigmento concreto que reproduzca el tono de lo que queremos pintar, en lugar de intentar llegar a él, lo más aproximadamente posible, a base de mezclar los pocos pigmentos con que decidimos pintar esa acuarela concreta. Más de seis o siete ya es excesivo, y casi siempre es suficiente con menos.
   Porque otra cosa que he aprendido es lo absurdo y contraproducente que resultaría intentar reproducir en el papel los colores que vemos en la realidad. Aquí aún hay que sintetizar más, unificar, entonar, armonizar. Y dejar a un lado, a menos que busquemos lo contrario, de qué color son las cosas. Casi siempre son más importantes los valores que los colores. Con una buena valoración tonal, los colores son algo secundario. El cielo es exactamente del color que nos parezca bien, como los troncos, las sombras o las paredes de las casas. El caso es que resulte armonioso, no hace falta que sea real, ni siquiera creíble. Las nubes son grises, o moradas, según nos convenga. Y la sombra sobre la hierba será un verde más oscuro, mezclado con azul, un azul violáceo o un gris azulado. Un color que, jugando con los complementarios, vaya bien al conjunto y, fundamental, que se haya obtenido con los colores que hemos utilizado para pintar lo demás. Nunca introducir un nuevo color para las sombras o para ningún otro elemento concreto.



 


sábado, 10 de diciembre de 2016

EXPOSICIÓN DIBUJOS DE ALBACETE


    Los dibujos que he venido haciendo durante los últimos meses sobre calles, rincones, edificios y árboles de Albacete, se expondrán en el Café del Sur, según fechas y horas indicadas en el cartel de la expo. La mayoría de ellos son apuntes con estilográfica acuarelados, aunque en algunos se ha considerado que el color estaba demás.
   En el siguiente, útimo de los dibujos que se han hecho para la ocasión, se ve el Café del Sur, animado de gente, con el ambiente normal en esa plaza de San Felipe Neri, donde este café se encuentra, frente al parque de Aberlardo Sánchez. Allí, mientras tomamos algo, podemos leer el periódico, un libro de los muchos que hay dentro, o contemplar las paredes llenas de cuadros, muestra de las contínuas exposiciones que allí se celebran, actividad normal en el establecimiento, junto a todo tipo de actos culturales, alrededor del libro, la poesía y cualquier otra forma de expresión artística y cultural. También es lugar donde la música es apreciada.
 
    Como no todos los dibujos podrán ser colgados, pues he dibujado muchos más de los necesarios, aquí se muestra una especie de catálogo con toda la colección. Los que no encuentren lugar para lucir enmarcados en las paredes, se podrán ver de cerca en su carpeta, disponible mientra dure la exposición, con un passpartout pero sin enmarcar. Allí os esperamos.



domingo, 16 de octubre de 2016

Tarraco

    Por convocatoria por parte de Ladrones de Cuadernos de Junta General de Accionistas para dibujar en el monasterio de Veruela, en Tarazona de Zaragoza, un proyectado viaje a la Costa Brava se acabó ampliando en días y kilómetros, hasta 2.200 en ocho jornadas, para abarcar toda la parte peninsular del antiguo reino de Aragón.

   La verdad es que desde Albacete ya se ve el castillo de Chinchilla de Montearagón, la antigua Cincilia, de nombre celta para unos, ibero para otros, por lo que lo dejaremos en celtíbero que en el término medio se encuentra la virtud. Fue Saltici para los romanos, y Yinyalá o Sintinyala para los árabes. Reconquistada en 1242 por Jaime I, Alfonso X y las órdenes de Santiago y Calatrava, que toda ayuda era poca para acometer una fortaleza tan difícil de tomar. Castellana desde 1243, el apellido de Montearagón se refiere a la cercanía con los dominios de tal reino, separado de Castilla por estos montes que había que remontar que es a lo que el nombre alude, igual que se les llama Giravalencia, topónimo existente también entre Almansa y Alpera, refiriéndose a otros pasos hacia el levante. Caminos a tomar para ir "al reino", algo que he escuchado para referirse a Valencia a los más viejos del lugar cuando vivía en Alpera. Me encanta escarbar en los nombres y en las palabras y, cuando paso por allí, no sé —y además ignoro— si Rivas-Vaciamadrid deriva del verbo ir o de vaciar, que mi ignorancia aún tiene menos límites que mi curiosidad.

     Allí, en Chinchilla que no en Vaciamadrid, cuando viajaban para terminar lo de la toma de Granada, hito histórico en el que, como en el caso del descubrimiento de América, hay ignaros que nada encuentran que celebrar, juraron los Reyes Católicos los Privilegios de la ciudad de Chinchilla el 6 de agosto de 1488, sobre la cruz de cristal que aún se conserva, dándole los títulos de Noble y Muy Leal en agradecimiento por haber apostado por Isabel en lugar de haberlo hecho por la Bertraneja, que en las carreras de caballos, las quinielas y las guerras dinásticas hay que saber aquilatar dónde pone uno las equis, que luego todo son quejas y lamentos. Lo que no sé es qué hay que hacer para que a una ciudad le endosen el título de Impertérrita, como a Cuenca. Me tengo que enterar. 

Chinchilla de Montearagón en Albacete

   En estos descampados de la antigua Espartaria, también teníamos privilegios y fueros, afortunadamente suprimidos, que no es cuestión de estar regidos hoy por ordenanzas medievales que algunos, sin conocerlas, echan de menos. Como los dioses cuando quieren castigarnos escuchan nuestras plegarias, habría que sustituir en territorios levantiscos las leyes actuales por los fueros viejos, que se iban a enterar algunos enterados. Me refiero a esos territorios que se autoproclaman históricos, engallándose encaramados a lomos de una historia de la que presumen sin conocer. En casos extremos, resulta desconcertante que quien dice estar orgulloso de su historia haga tanto por deformarla e inventarse otra más romántica.

   Como ya llevo un folio escrito y aún no he salido de Albacete, voy a ir aligerando y a meterme en la Vía Augusta incorporándome al tramo que va de Libisosa a Saltici, pues además del tomtóm llevo en la guantera el Itinerario de Antonino Augusto Caracalla del siglo III de las vías del imperio romano, en edición de la época de Diocleciano, algo menos actualizado que la guía Campsa pero infinitamente más interesante. De todas formas Saavedra ya llama a esta milenaria calzada "Itinerario de Antonino A-31" en su clasificación de las vías romanas, igual que el ministerio de Obras Públicas rotula hoy la Autovía de Levante, con lo que no hay confusión. La carretera hacia Valencia, Castellón, Tarragona, Barcelona, Ampurias y de allí a Francia, como tantas otras, se hizo asfaltando la antigua calzada romana, que debajo debe de seguir, llamada Augusta en nuestro caso, y antes Camino de Aníbal. De hecho en Zaragoza, Tarragona y Barcelona hay calles que se siguen llamando así, y he pasado por ellas estos días, aunque ahora los miliarios sean de chapa y digan carrer en lugar de Vía.

    Pasamos de largo por Valencia y Castellón, lo que siempre es una pena aunque las visitemos más a menudo, para adentrarnos en la provincia de Tarragona, rumbo a la Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco, capital de la Hispania Citerior o Tarraconensis en una época en la que la península era ya mirada desde fuera como una unidad, aunque dedicada a reñir unas tribus con otras, como ahora, que cada régulo, también como ahora, no renunciaba a tener un territorio y unos incautos que esquilmar. La historia enseña a los buenos alumnos, a los que quieren aprender de ella, que esa división fue la ruina de los iberos, lo que facilitó y permitió la conquista romana, que aún así les costó dos siglos. La Galia unos meses, aunque es cierto que aquí estaban los cartagineses por medio. Otra lección es que las cosas siempre pudieron ser peor, pues si no hubieran ganado las guerras púnicas los romanos, en gran parte dirimidas aquí, hoy seríamos tunecinos. O fenicios del Líbano, y nuestras lenguas nacidas del latín serían otras, posiblemente derivadas del cananeo. O directamente el árabe, que hablando del pasado hacer preteribles es siempre arriesgado.

    Aunque con prisas por llegar a la Costa Brava de Gerona, partimos ese trayecto en tres etapas para visitar en la primera Tarragona, donde viví de pequeño y por donde he pasado prácticamente de largo en otras ocasiones. Como docenas de otros lugares de la ruta, merece más tiempo, pues hay mucho que ver, especialmente si a uno le gusta la historia y las piedras antiguas, que muchas debieron poner cuando tantas quedan a pesar de nuestro secular afán por arramblar con ellas. En lo tocante a piedras y murallas, Tarragona es apabullante, pues cuando sus murallas se adjetivan como ciclópeas en guías y escritos no se trata de una exageración. La base de estos murallones, por la forma irregular y el tamaño de sus pedruscos, me hace difícil creer que sean romanas, pues solían ser más cuidadosos y esmerados en sus construcciones. O son iberas o las construyeron romanos con tantas prisas como fuerza. En todo caso son impresionantes. Seis metros de grosor que se aprecia en las poternas que se conservan, verdaderos dólmenes incrustados en la muralla, base de edificaciones posteriores que han tenido el buen criterio de conservar y dejar a la vista esos muros gigantescos. El conjunto resulta desconcertante, un dolmen megalítico con un par de balcones al lado, sillares del tamaño de un opel corsa que sustentan a otros menores, más regulares y mejor tallados, rebajados en sus juntas, que parecen labor de incas. El resultado me parece una maravilla única. Para recorrer estas murallas haría falta un día entero. A mi ritmo, dos.


  En Tarragona, igual que ocurría en Barcelona hasta las olimpiadas del '92 y en la actualidad en algunos pueblos costeros, el mar ha sido más camino, despensa o peligro que lugar de calma y recreo. El tren, encajado en un hondo foso, con puentes, muros y barreras, separa de las olas a una ciudad que da la espalda al mar, tapando y dificultando en parte el acceso a la inmensa Arrabassada, playa en la que me bañaba de niño, como hacía en Sitges, Salou o Cambrils, lugares más marineros. El puerto de Tarragona es uno de los más importantes de España, tanto en lo referido a la pesca como al transporte de productos petroquímicos, base de la industria y prosperidad local. Todo tiene un precio, que a veces es muy alto.

   El anfiteatro romano también está al lado de la playa, para así poder introducir por mar directamente los leones y otras fieras que traían traspelladas desde el norte de África para comerse a los pobres desgraciados que les ponían a la mesa en ese plato de arena con gradas. En la parte antigua hay muchos monumentos que admirar, entre callejas estrechas y retorcidas de esta dos veces milenaria población fortificada, situada como siempre en alto, que el poco aprecio a los llanos y las playas nace del ancestral terror a quienes encaramados en las olas venían a saquear, matar o llevarse cautivos a quienes pudieran vender en su tierra. Esos miedos de miles de años explican la configuración de los pueblos y una cierta aversión al mar.

   Siguiendo la ruta prevista, nos desviamos hasta Vilobí del Penedés, pueblecito ahora bastante crecido a donde me desterraron en 1979. Me hago una foto en el cartel indicador a la entrada del lugar y continúo mi camino. No olvido, aunque ya sin rencor, que lo que por gusto he recorrido hasta aquí hoy, entonces lo hacía al revés cada viernes obligado, regresando el domingo a mi escuela catalana maldiciendo en arameo durante casi todo el trayecto, dejando a mi novia en Alicante y a mi familia y amigos en Albacete. En esta ocasión, 37 años más tarde, mi novia me acompaña en el viaje y ahora nos reímos más que entonces. Recuerdo que en la carretera que seguía la ruta hacia Albacete por Requena, que aún no era autovía, se pasaba sobre un puente que separaba el reino de Valencia de la provincia de Albacete. En él había una pintada en la que una flecha indicaba que el viajero se adentraba en "Bastetania". Esa amistosa ironía de buenos vecinos era replicada  por otra que, señalando la dirección contraria, informaba en pareado de rima libre : "Con castillos y doncellas, sois más tontos que el copón". Siempre nos hemos llevado bien con Valencia.

   Como era ya de noche y había que llegar a Castelldefels, a un hotelito con terraza que habíamos reservado, tomamos la vía más corta, aunque más retorcida. Decía mi padre, recordando cuando vivíamos por allí, que había oído decir que la carretera de las cuestas del Garraf había sido construída por un ingeniero loco. Puede ser, a pesar de que ahora es más ancha, aunque no mucho. Una interminable sucesión de curvas cerradas serpenteando al borde de acantilados que caen a pico sobre el mar desde una altura mucho mayor de la que hace falta para matarse, recorrida a toda leche intentando que no te coma el de atrás sin incrustarte en el de delante, esquivando a los que en dirección contraria apuran las marchas con iguales propósitos, que parecíamos todos locos derrapando y casi rozando ese murillo de piedra que bordea la carretera en la parte de fuera, la del barranco, que ahora nos toca, sueño para moteros y que a mí me parece un videojuego terrorífico. Con los pelos de punta, soguetilla enhiesta, conseguimos llegar a Castelldefels con bien.

   Para terminar la narración de esta etapa no quisiera dejar de recoger cómo un empleado de la gasolinera en la que en Castelldefels paramos a respostar, viendo que yo no podía ver, tapado por los camiones estacionados, si había algún hueco para asomar los bigotes y acceder a la carretera, dejó el surtidor, salió al arcén y me fue indicando cuándo podía intentarlo, casi parando el tráfico jugándose el tipo. Por ahora no hemos encontrado más que amabilidad y buena gente, como cabía esperar.




viernes, 2 de septiembre de 2016

Dibujos de Albacete V


    Haciendo este dibujo de la catedral desde la calle del Cura, recuerdo a don Rafael Mateos y Sotos, benemérito cronista de Albacete en la primera mitad del siglo pasado, y lo que nos dejó escrito sobre sus calles y gentes, e imagino estar contemplando en su grata compañía a una enlutada comitiva subiendo al cerrillo de San Juan en mayo de 1537 rumbo a la iglesia en obras, parte mudéjar, parte gótica. Marchan apesadumbrados por la muerte de la Emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos I y Señora de Albacete, aunque no más que por los dispendios malgastados en esos capisayos negros (once lobas con sus capirotes, dicen las actas), que el concejo hubo de encargar al sastre y pagar con sus magros fondos para cumplir con las instrucciones de la corte acerca del decoro necesario en tales pompas fúnebres. La emperatriz tal vez nos tuviera cariño, incluso supiese dónde paraban la villa de Albacete y la ciudad de Alcaraz que le pagaban sus rentas, pues habíamos sido parte de su regalo de bodas. También caminaban cariacontecidos e inquietos los munícipes por los temores de entrar en un templo cuya cubierta amenazaba con venirse abajo, cosa que acabó haciendo en 1545 por no hacer o hacer mal lo que aconsejó Siloé.
   Se trata de la reina que ahora tiene una estatua un poco más a la derecha de donde estamos, en la que hoy se llama Plaza de la Constitución, lugar que espera desde hace dos décadas que el caminante de Antonio López termine su largo paseo hasta esta plaza, estatua apalabrada y creada al mismo ritmo que la catedral.
   Les alivia, aunque les apene, que la de la guadaña haya elegido a la reina, pues si del rey se tratase, a los pocos días de los lutos habrían de sacar de los decaídos ánimos una sonrisa para adornar la cara y de arcas y baúles los tapices, mantones y colchas con que vestir los balcones y engalanar la villa, además de encalar muros, correr toros y cañas y gastar los pocos maravedíes que les quedaban en celebrar con alborozo y liberalidad la coronación de un nuevo monarca, al que era difícil que llegaran a conocer. En 1586 tendrían la inusitada suerte de hacerlo y de recibir a Felipe II con enramadas en la Puerta de Chinchilla, en su camino desde las Cortes de Monzón a Madrid. Todo vanidad. Pocos años más tarde escribirá el poeta Gabriel Bocángel:
Huye del sol el sol, y se deshace
la vida a manos de la propia vida,
del tiempo, que a sus partos homicida,
en mies de siglos las edades pace.
Nace la vida, y con la vida nace
del cadáver la fábrica temida.
¿Qué teme, pues, el hombre en la partida,
si vivo estriba en lo que muerto yace?
Lo que pasó ya falta; lo futuro
aun no se vive; lo que está presente,
no está, porque es su esencia el movimiento.
Lo que se ignora es sólo lo seguro,
este mundo, república de viento,
que tiene por monarca un accidente.
     Tal vez por eso se coronara como rey a niños de 3 años cuando se podía, aunque costase una guerra, para que les durase más y los concejos no vieran vaciadas sus arcas tan a menudo para celebrar las exequias, coronaciones o nacimientos de reyes, reinas, príncipes e infantes. Aunque a veces les crecían los enanos y esto tampoco acababa saliendo a cuenta, que breve es la dicha en la casa del pobre. Hay que considerar que el rey que mejor resultado nos acabó dando fue un rey de segunda mano, —de tercera corona diríamos mejor—, pero aún en buen uso, como fue el caso de Carlos III, que prefirió gobernar al inmenso imperio español que al pequeño reino de Nápoles, por eso de burro grande, ande o no ande. Gran aficionado a la caza y a meterse en obras, excavando un camino encargado por él habían salido a la luz Herculano, Pompeya y Estabia.
   El Concejo de Albacete estaba empeñado desde 1515, en todos los sentidos, en levantar una iglesia acorde con la creciente importancia y población del lugar y mojarles la oreja a los chinchillanos, recurriendo a los mejores arquitectos de España. Aún no habían olvidado los albaceteños su incursión de hace un siglo para hundirles picota y horca en el cerrico al que la segunda daba nombre, símbolos de nuestra autoridad e independencia respecto de la elevada ciudad de Chinchilla.
   Habría que tener en cuenta que por entonces Albacete tenía unos 5.000 habitantes y que lo que al final terminó construyéndose de la proyectada iglesia fue sólo una parte, dos tercios del total previsto, a falta de otras dos columnas ciclópeas, otro tramo y una portada a juego, obra eterna terminada de aquella forma en 1948. Precisamente cuando en 1949 sería catedral y Albacete ya era una ciudad más que mediana con más de 70.000 habitantes, lo que nos da idea de la diferencia de ambición, autoestima y capacidad entre ellos y nosotros. Además, cuando después de cinco siglos aún andaban enredados con terminar aquello cuanto antes y como fuera, yo creo que lo proyectado en las trazas iniciales ya no cabía en un solar que tal vez habían ido royendo las centurias. Dinero no habría, pero yo pienso que el principal problema para completar la obra según el plano inicial era que sitio tampoco. Seguramente me equivoco.
   En los tiempos de estos recuerdos la iglesia tenía una torre más defensiva que pía y, seguramente sobre el arco que hoy ocupan los edificios Catedral y Toscana, unos de los más dignos levantados en Albacete en los últimos tiempos, entonces se alzaría parte de la muralla de uno de las tres zonas fortificadas que hubo en Albacete, en esa pequeña elevación conocida como Cerrillo de San Juan.
-o-o-o-o-

    Roma se fundó sobre siete colinas. Y el invento gustó. Constantino, más que encontrarlas, las imaginó en el Bósforo para refundar su ciudad, bautizada ahora como Nueva Roma o Constantinópolis —luego Estambul— sobre la ya antigua Bizancio, a imagen de la metropoli, teniendo que elevar con grandes obras las colinas que faltaban para completar las siete preceptivas, que el terreno no siempre está por la labor. También Ulises, al fundar Lisboa, las buscó a ambos lados del Tajo. Y Bamberg, en Baviera, llamada la Roma de Franconia. O Cáceres y Barcelona en España, que de igual manera esparcen sus casas y sus sueños sobre siete colinas. Porque la Historia nos enseña, entre otras cosas,  que para fundar una ciudad como Dios manda hacen falta siete cerros, ni uno más ni uno menos. También entre otras cosas.
    Encontrarlos en la Mancha lo suficientemente pegados el uno al otro como para ser solar de una pequeña aldea es algo complejo. De forma que, a falta de las siete colinas canónicas, nuestros antepasados árabes, tuaregs norteafricanos, belicosos e intransigentes en extremo respecto a otros árabes, ya aplatanados después de siglos entre nosotros, y no digamos ante los escasos cristianos que a la fuerza habían asido la chilaba, tuvieron que conformarse con tres o cuatro pequeñas elevaciones para fundar Al-Basit, el actual Albacete. Cerrillos, como el de San Juan, cerricos como el de la Horca, altos, como el de Carretas, La Cuesta, donde estuvo la primera fortaleza en opinión de los más entendidos en el tema, el de la Villa, donde las putas, o el del Sol, donde el depósito de agua, hoy convertido en biblioteca, fontana de libros con que regar y fortificar las molleras locales, que todo es menester, pues el agua, aun siendo muy escasa, abunda más que el conocimiento. Obviamente no me refiero solo a Albacete, pues es achaque ubícuo e intemporal.
    Tres de estos cerrillos, al parecer, estuvieron amurallados en tiempos, aunque las primeras noticias escritas que con seguridad apuntan a nuestro Al-Basit hacen referencia a sus fortalezas y a su alcaide Abd-Allah ben Ayad en 1144 y a la batalla de Alloch en 1146, pues las referencias a Al-Basit de tiempos de Abderramán III con más probabilidad hablaban en general de los llanos pacificados que de un lugar concreto, como nos sugiere don Aurelio Pretel, con lo que para mi esto va a misa. Bueno, a la mezquita. También mucho antes se había recluído en un Al-Basit al hijo del levantisco Ibn-al-Sayj, algo que no es improbable que nos señale pues, como castigo, no debería ser mal sitio Albacete en el año 928. Lo cierto es que tras las Navas de Tolosa los asilvestrados e integristas almohades fueron poco a poco barridos hacia el sur desde estos llanos que sin duda les recordarían a su amado desierto, y en 1241, en tiempos de Fernando III el Santo, Pelayo Pérez Correa conquista Albacete para Castilla, siendo alcaide un tal Wahb Allah.
    La primera Villacerrada, en la zona de Carretas, fue fortaleza que no debió de hacer mucho honor a tal palabra, y es de suponer que ninguna de las tres existentes debió de tener fácil defensa, como esos castillejos de Forges, más agachados que levantados al fondo de un hondo rodeado de cerros desde donde el enemigo arroja piedras hacia abajo y los defensores flechas hacia arriba, que luego les llueven en sus propias carnes. No, desde luego el terreno no nos ha ayudado. De hecho no queda ni una piedra de esos castillos y murallas de origen árabe. Incluso su exacta localización, forma y tamaño siguen sin determinarse, llegando algún descreído a dudar de su existencia, pues Albacete es un lugar lleno de misterios. Nuestro afán destructivo ha sido tan esmerado que de los muchos siglos en que los árabes vivieron aquí sólo han quedado unos trozos de cerámica encontrados cerca de la actual Diputación, que no es mucho. Muchas más son las palabras, que duran infinitamente más que las piedras y que, cuando te las arrojan con tino, pueden llegar a hacer más daño que ellas.
   No obstante lo anterior,  las piedras no se desvanecen, sólo cambian de sitio, y es de suponer que se reutilizaron una y otra vez para levantar otros edificios, pues sabido es que afanar tejas y sillares arrebatándolos a los monumentos desportillados por los siglos es universal costumbre. Igual que lo es el arramblar con estas nobles construcciones antiguas y hermosas para sustituirlas por oprobiosos amontonamientos de ladrillos del 4.  Por ello, al ver una piedra más o menos regular, no debemos darle una patada pues, tal vez, estemos golpeando un trozo de mezquita, de muralla, de altar o de horno donde se coció pan, de ese pan que sabían hacer mejor que nosotros.


   Al final del paseo de la Feria, antes de enlazar con la Avenida de los Toreros, se encuentra La Chata, la plaza de toros de Albacete, tenida por don José María de Cossío como "una de las más excelentes de España". Sus arcos de herradura le dan un aire  mudéjar y a algunos les recuerda a la Monumental de Las Ventas, en Madrid. En realidad deberíamos invertir los términos de esas memorias, pues fue ésta antecedente y modelo de la segunda, ambas construídas por el arquitecto albaceteño Julio Carrilero. Él les arregló lo de los toros y el almanseño Santiago Bernabéu lo del fútbol.  De lo demás no tenemos la culpa.
    Antiguamente las corridas de toros se celebraban en el Altozano, entonces una explanada frente a la iglesia parroquial de San Juan, no en el emplazamiento que hoy lleva ese nombre. Luego en la plaza llamada "de Caulin", edificada en el siglo XVIII. Más tarde entre 1828 y 1829 se construyó otra capaz de albergar a la mitad de la población de Albacete, en un lugar donde luego estuvo Casa Segundo, bodega donde mi padre me enviaba de pequeño a por vino y gaseosa. Por fin en 1916 reunieron 338.250 pesetas para levantar otra mayor y más sólida, la actual. Sus obras se iniciaron en 1916 y se terminaron en septiembre de 1917, para la feria. Estos datos nos demuestran que en Albacete nos cunde mucho más edificar plazas de toros que catedrales góticas y que en las devociones locales ha habido prioridades que dejan mejor a la fiesta que a la fe. Que el Señor nos perdone.
    Frente a la puerta principal de la plaza y la estatua de Chicuelo II, los Jardinillos de la Feria, uno de los más antiguos de Albacete, de principios del XIX. Mucho más antigua es esa portada que se trasladó aquí desde el edificio de la feria cuando por ella no podían enhebrarse las manadas feriales. En realidad no se trasladó la puerta de los Hierros original de 1783, que se destruyó en 1970 siguiendo nuestras tradiciones arramblatorias, sino que se hizo una réplica. Si no lo cuentas pasa por la original, astucia también universal.
   En la calle Ancha todos los edificios eran más o menos así a principios del siglo XX, de esa altura y ese porte, mezclando estilos clásicos con modernistas, art decó o una lejana inspiración renacentista o neobarroca, entre otras. La Primera Guerra Mundial, la que llamaron Gran Guerra, pues orgullosamente todas las antiguas les debieron de parecer pequeñas o creyendo que ninguna igual habría después, y que se celebraba por esas fechas, trajo a algunos lugares neutrales tanta prosperidad como a otras destrucción, motivo principal por el que se producen las guerras. Por eso me permito eso de 'se celebraba', algo que resulta cruel pero hasta cierto punto real si hablamos de ciertos inversores e industriales. Con esas ganancias se levantaron algunos de estos edificos, la verdad sea dicha. El caso es que se levantaron, que el dinero no se puede esconder, y a pesar de los distintos antecedentes y modelos que los inspiraron, conferían una cierta unidad a esta calle, la principal de la ciudad, antes y ahora. Mucho hemos hablado de la idea sobre el progreso que arrambló con gran parte de ellos, sustituyendo la línea de sus tejados, recta y apacible por la actual, quebrada e inquietante. Punto y descanso para secarme las lágrimas.
Tramo del Val General, (Calle Ancha), antes de que llegaran los almohades.
    En este caso, el edificio conocido como Montecasino, cuya cara se ha lavado recientemente, sigue en pie, aliviando nuestras penas ya que, afortunadamente, no es el único. La calle se llama por este tramo Tesifonte Gallego, que fue corresponsal de guerra en la de Cuba, autor del libro "La Insurrección cubana. Crónicas de la Campaña", y más tarde director general de Agricultura con Canalejas, a quien en un principio se dedicó el parque recién creado al final de esta calle. Antes de que lo asesinaran, Canalejas había sido ministro de todo, de Gracia y Justicia, Hacienda, Fomento, Comercio, Agricultura y Obras públicas, durante la Regencia de María Cristina de Hagsburgo-Lorena y con Alfonso XIII. También fue presidente del Congreso de los Diputados y del Gobierno. Por eso, al final, el anarquista Pardiñas pensó que había que matarlo y le pegó un tiro mientras Canalejas miraba el escaparate de una librería. Sin disminuir pena ni respeto, adelantando mi obvio rechazo ante tal crimen, el tiempo pasado permite ver con cierta ironía el lance, pues en verdad resulta su muerte algo insólito en nuestro país, no por ser asesinado, cosa que se ajusta bastante a nuestras costumbres, sino por el hecho de morir entrando o saliendo de una librería, cosa menos frecuente entre nuestros últimos gobernantes, pues es excepcional que siquiera se acerquen a ellas, tal vez supersticiosos ante este precedente.
   De una foto de un día de nieve, dibujo sobre la zona de Parque Sur, con el Oratorio de San Felipe Neri a la izquierda, conocido como Los Filipenses. Ópera prima del arquitecto albacetense don Antonio Escario Martínez, edificada en 1963, como después lo fue el Museo Provincial construido justo enfrente, en el parque, edificio que deja huecos en su estructura para que los árboles asomen la gaita por su techo. También edificó el Gran Hotel Bali de Benidorm, que con sus 186 metros es el hotel más alto de Europa y fue el mayor edificio de España hasta que la Torre Espacio alcanzó los 236 en la Castellana de Madrid. Esta torre es obra del aquitecto Henry N. Cobb.
   La verdad es que si en Albacete no hay mejores edificios en general, que excelentes excepciones si que las hay,  o si se han derribado algunos que aún deberían seguir en pie, no es algo que haya que achacar a los arquitectos de Albacete, ni a los antiguos ni a los modernos. Pero un arquitecto dibuja y levanta lo que dedide quien paga la obra, como no podría ser de otra forma y, por tanto, en otro lugar hay que buscar las responsabilidades y malos gustos. 
   En concreto este oratorio, como podemos leer en la revista de Arquitectura y Diseño "New York International", porque si lo leyéramos en un periódico local no lo creeríamos, que así somos, pues a algunos su decaída autoestima no les permite considerarse merecedores de convivir con genios, se tiene por una de las obras más importantes de la arquitectura española del siglo XX. El señor Escario, menos una estatua de la Virgen, diseña todo el templo, hasta bancos, confesionario y ornamentos litúrgicos. Representó a España en la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2014.
   Ya que en estos escritos abundan las quejas, démosle espacio a los agradecimientos, igualmente merecidos, a quien sabe hacer y a quien deja hacer a quien sabe, entes que rara vez coinciden en cualquier tipo de actividad humana. Si se dice que en toda estructura jerárquicamente organizada el trabajo busca los niveles inferiores, en ningún lugar se han atrevido siquiera sugerir que a la inteligencia siempre se le permita ascender hasta  los más elevados.

martes, 5 de julio de 2016

Dibujos de Albacete II

   En esta segunda entrega de dibujos sobre Albacete, comienzo con un dibujo del edificio del Gran Hotel, en el Altozano, con estilográfica y tinta, terminado con ligeros toques de rotulador-pincel chino. Sobre un papel artesano, casero, que hizo mi hijo Pepe. En él aún aparecen algunas letras incrustadas en la masa, procedentes de noticias de periódico que no llegaron a disolverse. Espero que esas noticias fuesen buenas, aunque la probabilidad es mínima.
     El anterior dibujo es de una de las calles principales de Albacete, llamada Marqués de Molins en este primer tramo y Tesifonte Gallego en el que va del cruce con la calle Mayor hasta el parque de Abelardo Sánchez. En tiempos fue el lecho de un río, el río Piojo y, como el agua es terca, para hacer los cimientos de algunos edificios han tenido que estar bombeando agua durante meses. Piojo se llamaba el río cubierto y así se llamó la calle en sus orígenes, para pasar a ser el Callejón de Agraz y de Suárez y en 1854, denominarse Val General. Luego se volvió a rebautizar en 1903 y 1911 para recibir los nombres actuales en sus dos tramos. Trabajo inútil porque siempre se la ha conocido como calle Ancha, a pesar de que no lo es. A todas horas concurrida, es una de las calles más comerciales de la ciudad, con varios hermosos edificios que sobrevivieron durante el siglo pasado, mientras muchos fueron sustituidos por otros de menos mérito. En fin, esto es lo que hay, o lo que queda.
   Dos dibujos sobre la feria de Albacete, ambas a partir de fotos, reciente la primera, antigua la segunda, del templete del anillo central de la feria. Inmensa construcción es este recinto de edificios concéntricos que se construyó inicialmente en 1783, modificado y ampliado en varios momentos de su ya larga historia, y que sólo se utiliza diez días al año. Sus "redondeles" se conforman por círculos llenos de casetas, un conjunto con forma de sartén, donde abundan los puestos de venta de navajas, bebidas, miguelitos, café, chocolate y churros para la madrugada, mariscos, pollos asados con cava, bocadillos de morcilla o de jamón de Teruel, recuerdos, juguetes para feriar a los niños, cerámicas, pero sobre todo, cosas para comer y beber, que la feria desgasta mucho, pero mucho. Fuera del recinto, otro círculo de casetas privadas, carpas para la música y el baile, puestos de alfombras, artesanías, objetos varios y más jamón, quesos, embutidos y otras sutilezas gastronómicas y bebetorias. Aún quedan los restos de lo que antes era la principal actividad, la compra y venta de aperos de labranza, ollas y sartenes enormes de cobre o acero para la matanza, lonas, cuerdas, marroquinería y cosas similares.
   Cientos de miles de personas que para llegar hasta allí tienen que desfilar por el largo y abarrotado paseo franqueado de atracciones de feria, entre las que hay algunas que cobran por martirizar a sus usuarios, estudios de televisión instalados para el evento, casetas con vinos dulces de Málaga y Cariñena con su barquillo y todo, tómbolas, caballitos y demás. Cuando yo era pequeño no faltaba un circo ni el Teatro Chino de Manolita Chen. En la Caseta de los Jardinillos, en donde en aquella época pedían corbata para entrar, actuaban los mejores grupos y cantantes, acompañados por las mejores orquestas. Entre ellas, alguna en la que yo estaba. Hoy es un lugar más de música y baile, que no son tiempos para los derroches de antaño.
   Veo que en el dibujo olvidé incluir una de las figuras que más me enternecen del evento, una persona semiescondida en su propia selva andante, acarreando sudorosa una maceta descomunal, de varios metros de alta, que de forma poco meditada ha tenido la desgracia de conseguir en una rifa  de esas casetas que las sortean mediante sobres con cartas de la baraja española. Unos trileros tampoco solían faltar, aunque se les ve cada vez menos pues, igual que los payasos, son oficios que sufren un gran intrusismo profesional y es fácil encontrar a sus encorbatados competidores en los lugares e instituciones más variopintas. 
   La primera, acuarelada, tinta indeleble en la estilográfica, recoge la gente que suele abarrotar a todas horas ese recinto ferial, su paseo y los aledaños, dedicados principalmente a comer y beber. Jamón de Teruel, queso, miguelitos de la Roda, gambas, morcillas, guarrillas y demás exquisiteces. Entre las bebidas, aparte de las cervezas y vinos de rigor, triunfan los mojitos, decenas de miles de ellos. ¡Cuánta perversión!
   De la feria de septiembre pasamos a la del libro, que todos los años se instala en el paseo de la Libertad, frente a la Diputación Provincial. Muy oportuno el lugar elegido, porque libros y libertad siempre han caminado juntos. Se viene celebrando desde 1979, en marzo o abril, nunca en semana santa, y siempre aprovechando los pocos días de lluvia de que dispone la ciudad. En épocas de sequeras en lugar de sacar al santo en procesión, la feria del libro viene mostrándose sumamente eficaz para atraer las lluvias. Se venden libros y se recargan los acuíferos. Al fondo a la izquierda el hermoso edificio del Gran Hotel, en el centro, voluntariamente difuminado por el dibujante, el del Banco Central, hoy Santander. El cambio de nombre de la entidad no ha mitigado su ofensiva horripilancia. Los árboles rebrotando, si es que ese año no se les ha ido la mano con las podas y los han dejado como postes del teléfono.
   Chalet Fontecha, Gobierno Civil, Cámara de Comercio... Ese hermosísimo edificio, uno de los que se salvaron de los califatos municipales que condenaron a la ruina no pocos los que en esa calle tenían un valor similar, para edificar esas cosas que se van alternando con los que aún quedan de una calle que perdió su encanto y su unidad arquitectónica de principios del siglo XX en aras del progreso.
   Por el momento, adquirido por la Diputación Provincial, parece destinado a albergar un Museo de Arte Realista. Esperemos que llegue a buen puerto esa buena idea.
   El dibujo, con estilográfica y pincel de agua, extendiendo la tinta de los trazos y reforzando después algunas sombras mojando el pincel en el tajo de la pluma para cargar algo las tintas.
   El siguiente, también a partir de una foto, es un dibujo que recoge desde el Parque una esquina del Instituto Bachiller Sabuco, que durante mucho tiempo fue el único de la capital. En él estudiamos —al menos el ingreso y primer curso de bachiller y entre otros muchos que sería largo enumerar—, Don Ramón Menéndez Pidal y yo, con desigual aprovechamiento y trayectoria.
   Finalizamos la entrada del blog con un dibujo de una esquina del Paseo de la Libertad, recogiendo parcialmente el edificio de la Diputación Provincial. Sentado en la terraza del Milán, tomando una copa de pacharán en honor y recuerdo de mi siempre amigo y ocasional compañero de dibujos callejeros, Joshemari Larrañaga, pintor de barcos, bares y bodegas de Barcelona. Los dibujos hechos en su sitio, sin foto, son otra cosa. Tienen un no sé qué y un qué se yo que los hace más frescos y espontáneos, es decir, mejores.