Mostrando entradas con la etiqueta Murcia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Murcia. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de junio de 2024

Tras la exposición


   Después de la exposición (demasiado trabajo, demasiadas acuarelas pintadas en poco tiempo), me he tomado un par de meses de vacaciones, lo que, para un jubilado, es para nota. Para pintar hay que tener ganas, cuesta hacerlo por rutina y más aún permitir que se llegara a convertir en una obligación. De forma que es ahora en junio, cuando he vuelto a pintar. Dos acuarelas, una de Fuensanta, en La Roda de Albacete y otra de Consuegra. Además un Herbario, con especies autóctonas, algunas de ellas amenazadas.

   Buen papel para pintar, pero malo para la caligrafía con plumillas que mal se llevan con texturas y rugosidades. Excusas de mal pagador aparte, lo cierto es que esto de la caligrafía requiere mucha práctica, esa que a mí me falta y que se acusa en los resultados de la rotulación del herbario. Otra vez elegiré papel más adecuado y practicaré un poco antes de lanzarme al ruedo.
A finales de mayo, una escapada al mar, a Cabo de Palos, en Murcia. Descanso, mirar, leer, dibujar, comer y beber, todo ello con mesura y contención, claro está. Precioso lugar, como ya sabíamos de otras veces. 



   Como últimamente leo más que pinto, a pesar de que ya tenemos demasiados libros, difícil resistir a la tentación de añadir algunos más. 




Como se dice que para ser feliz sólo hace falta, además de salud, una biblioteca y un jardín, reponemos plantas en un vivero para alegrar el balcón con algunas flores.









domingo, 23 de septiembre de 2018

Valle de Ricote


   Peladas, resecas y calcinadas por el sol, acuchilladas por las lluvias, limadas por el viento, las montañas que enmarcan el valle de Ricote nos muestran por contraste que el agua es la vida. El Segura se pasea entre ellas tranquilo, domesticado y alegre para convertir en un oasis lo que sin su concurso y el esfuerzo de sus moradores sería un desierto. Uno más del Campus Spartarius que encontraron los romanos, ya viejo cuando lo cita Estrabón, pues el cultivo extensivo del esparto, propio de las estepas del suereste español, sería algo decidido en Tiro y en Cartago hace 3000 años. Dejó este cultivo huella en la zona, muy deforestada, agravando la sequera y la escasa fertilidad de grandes zonas esteparias de Albacete, Murcia y Almería, hoy convertidas en eriales. Gracias al Segura, a sus aguas y a sus limos, los naranjos y limoneros, las huertas y los cultivos regados por las acequias ofrecen a las palmeras descollantes una visión amable y jugosa que esconde la dureza de la geología del lugar. 
    Hubo volcanes por toda esta región que en unas épocas fue laguna salada, que estuvo bajo el mar en otras, que vio a los dinosaurios ramonear entre la flora tropical, que hace seis millones de años fue un desierto de sal cuando el Mediterráneo se secó y que sufrió las iras de los empujones entre las placas Africana y Euroasíatica buscando acomodo. Podían haber quedado en otro sitio a conocerse. Esos tres milímetros que la placa europea cede al año frente al empuje de la africana, fue, es y será la causa de los pasados, presentes y futuros terremotos y volcanes, fuegos, derrumbes y destrucción constructiva de otro equilibrio momentáneo y precario, como el que ahora visitamos y vivimos. Lo que hoy vemos son los restos de las chimeneas de los volcanes, de las emisiones de lavas, de los materiales que las erupciones sacaban del interior de la tierra. Hay muestras notables y conocidas como el Cabezón Negro de Calatrava o el volcán de Cancarix, en Albacete, que la geología no sabe de fronteras ni atiende lindes que dibujaron hace cuatro días o minutos esos bichos que, tan orgullosos, andamos a dos patas o a cuatro ruedas por todos sitios. Hace 10.000 años, aún había volcanes activos en la Garrocha, en Gerona. Por aquí hace un poco más, un millón de años, prácticamente ayer. La otra zona volcánica de las tres más importantes de la peninsula se encuentra en el Campo de Calatrava.
   El Pitón volcánico de Cancarix, cerca de Hellín en Albacete, fue declarado Monumento Natural, quedando protegido. Otros con menos suerte se han transformado en vertederos, cubiertos de basura, o de hermosisimas urbanizaciones. Algunas chimeneas volcánicas se han usado como canteras de minerales escasísimos en el mundo para cimentar autovías. Los más alejados de la civilización y el progreso siguen bien, gracias. Como Ricote.
    Estos episodios volcánicos que rompen la hucha del subsuelo derramando por la superficie los ahorros de eras completas,  en Almería, Murcia y Albacete fueron bastante peculiares, por ello son objeto de estudio en todo el mundo y, cosa curiosa, han permitido bautizar con nombres locales algunas piedras que afloraron desde una profundidad mucho mayor de lo normal, las rarísimas lamproítas, con nombres de prima hermana más que de piedra, tan cantarines como jumillita, fortunita, cancarita (Cancarix) y otras. No han dado aún con las calasparritas de donde el arroz bomba ni las socovitas de las fallas de Socovos, que no las de Valencia. Tampoco con los diamantes que, como en Sudáfrica, suelen estar asociados a estos afloramientos, aunque sí con los yesos y las sales, más abundantes. El 86% del mármol nacional se extrae de las provincias de Alicante, Murcia y Almería. Se explotaron minas de azufre, las yeserías de Hellín siguen activas como otros pequeños filones de minerales diversos, aunque lo que por Hellín y Agramón abunda y se extrae desde antiguo es el cieno de diatomeas, algas microscópicas que sedimentaron en el fondo de zonas lagunares. De ahí sale el blanco España, con perdón. En Rodalquilar (Almería), hasta hace poco, se encontraba oro —cuando yo fui no pude dar con él— y desde que se tiene noticia histórica, hierro, plomo, plata, alumbre, albayalde y otros minerales se han extraído de estos lugares del sureste español. Casi siempre por empresas foráneas.
   En esta zona geológica se pueden encontrar el 75% de todos los minerales conocidos por el hombre (y por la mujer), aunque sean conocidos por tan escasos hombres como mujeres. Por esa originalidad mineral también abundan esos nombres que hacen referencia a localidades del sureste, siempre en diminutivo, que debe ser que se encuentran siempre trozos minúsculos: Verita, almeriita, rodalquilarita, alunita, entre otros.
    La jarosita, del barranco del Jaroso, mineral conocido como almagra o piedra de alumbre, es bactericida, usada como desodorante o para los pequeños cortes del afeitado, para cosméticos y afeites desde los antiguos egipcios y romanos. Los egipcios la usaron como color para pintar de amarillo los muros del templo de Karnak y se ha encontrado en Marte, lo que ha alegrado a los científicos pues siempre aparece en afloramientos de aguas termales. Muy lejos de Marte, pero muy cerca de Ricote, cerrando el valle, se encuentra el balneario de Archena donde surgen a 52,5ºC sus aguas sulfurado-sulfatado-clorurado-sódico-cálcicas. Vamos, directamente de los infiernos.
Olivera gorda de Ricote
       El valle de Ricote es lo que se llama un paisaje cultural. Un paisaje morisco, que podría estar en el norte de África. Sin la acción del hombre a lo largo de miles de años sería de otra forma y no estaría lleno de recuerdos de  la ocupación árabe. No sólo la canalización y represa del agua, sino las aldeas, alquerías y poblaciones, los caminos, restos defensivos como el castillo de Ricote del siglo IX, cultivos e incluso algunos árboles son historia. Los municipios son los de Archena, Ojós, Villanueva del río Segura, Ulea y Ricote. También las costumbres y las palabras vienen de antiguo y mucho nos pueden enseñar. Palabras árabes hay más que aldeas, empezando por todas las que tienen relación con el agua y el riego: acequia, alberca, alcantarilla, aljibe, alfaguara, azud, atanor, azarbe, aljofaina, arcaduz, o la aceña, un molino para sacar agua. En otros campos, sin ser exhaustivos, almunia, aldea, alquería, arrabal, atalaya, alcázar, alcántara, azotea, albañil, alarife, tabique, azulejo, alfombra, albornoz, almohada, laúd, ajedrez, azar, taza, jarra, almirez, alfiler, babucha, almíbar, arrope, alfar, atalaya, adarga, tambor, azul, naranja, escarlata, arroz, alambique, aceite, azahar, alboroque y berenjenal. Hay cientos más. Llamar al valle de Ricote "Valle Morisco" no resulta una exageración. Menos si lo observáramos desde lo alto del Collado Mahoma.
   Raro resulta que se haya conservado ese toponímo, aunque sea encaramado a un cerro. Tal vez haya sido recuperado pues, de no haber sido nunca cambiado, la Inquisición, la Orden de Santiago y la España de esos siglos resultaría haber sido más tolerante e inteligente que la actual, tan amante de confundir la historia y la conciencia con el callejero. Otros lugares sí cambiaron su nombre al pasar a manos cristianas. Y no por motivos religiosos o políticos sino estéticos. Asnete pasó a llamarse Villanueva del río Segura y Negra pasó a llamarse Blanca, que ya es cambiar. Ni siquiera se quedaron en subsahariana, un término medio.
  Olivera gorda de Ricote
     Un árbol que uno no debe dejar de ver si se acerca por este valle, yendo de Ojós a Ricote, es la Olivera Gorda de Ricote. La hemos visitado varias veces y aquí aparecen tres acuarelas de este árbol hermoso y con leyenda. Según los valricotíes, que así dicen llamarse los habitantes del valle (y, como se afirma en La Corte del Faraón, "si en Tebas lo dicen, en Tebas lo deben de saber"), bajo sus ramas, (tal vez de otras por lo del río de Heráclito, aunque parece ser que en realidad lo dijo primero Cleantes, que en todas las épocas cuecen habas), fue coronado rey Ibn-Hud, caudillo musulmán de la Cora de Tudmir, en el año 1228, rebelado contra los almohades y que se hizo dueño de gran parte del territorio. También se cuenta que bajo su copa los moros se rindieron a las tropas del rey de Aragón Jaime I, en 1266. La verdad es que en el cartel explicativo a pie de árbol se dice que Jaime I era rey catalano-aragonés, explicación para turistas con tragaderas históricas, que no es el caso. Hablar de esa entelequia, y más en 1266, es simplemente tomar el pelo al indefenso turista y ofender a todos los demás.
    Merecedora de igual crédito que lo de la corona esa, como ella cuestión de fe, que se basta a sí misma, es la leyenda de cuando los habitantes de Ojós intentaron robarles a los de Ricote su San Sebastián. Llegados con el santo patrón a hombros a la Olivera Gorda, por influjo de ésta, el santo se volvió tan pesado que hubieron de parar allí mismo y devolverlo a su sitio, pues ni los bueyes podían hacerle pasar de allí. El aceite de este acebuche gigantesco fue donado a perpetuidad para alimentar la lamparilla del sagrario de la Iglesia de Ricote.
  Olivera gorda de Ricote
    De aquí eran los últimos moriscos que se expulsaron de España, merecedores de un decreto especial. De aquí procedía Ricote, el vecino de Sancho Panza, por el que derramó lágrimas alegres al encontrarlo y saber que regresaba a la aldea manchega.
   Esos moriscos y sus antepasados, según nos cuenta la leyenda y otro cartel, se reunían bajo el Pino del Solvente, en la orilla del Azud de Ojós, para acordar asuntos relacionados con la vida de la comunidad, seguramente turnos de riego, lindes y otras pendencias. A su alrededor hay unas piedras cuadradas donde uno puede sentarse a almorzar si lleva con qué.
   Aunque en un principio se salvaron de la expulsión general, la que mayoritariamente salió de España desde Denia, al final hubo un decreto especial para expulsar a estos moriscos del valle de Ricote, los últimos, estos por Cartagena. Ocupaban la comarca más arabizada de Murcia, como Blanca, donde eran prácticamente únicos pobladores. Algunos consiguieron evitarlo y bastantes regresaron a sus lugares. Govert Westerveld en su "Historia de Blanca (Valle de Ricote) Años 711-1700" dice que no fue una expulsión de los moriscos sino de los moriscos pobres. El 40% de las familias, las más adineradas, según los archivos parroquiales, permanecieron en Blanca. No sé si en otros lugares ocurrió igual.
Pino del Solvente
Azud de Ojós
   Llegamos hasta Archena, aunque renunciamos a los beneficios de sus aguas telúricas, que bien les vendrían a mis lomos y reúmas. En otra ocasión. Volvemos para atrás que si no llegamos tarde a Blanca para ver su museo dedicado a Pedro Cano, gran pintor y cuadernista. Disfrutamos mucho con la visita y al salir, a la vera del río, tomamos un café en un bar. El Segura pasa lento, sin ruido, con más agua de la que esperaba ver en su cauce y se está bien allí. Se me ocurre que no estaría mal ir a la otra orilla, sentarme en algún recodo solitario con una caña sobre el agua sin anzuelo ni hilo. Se suele respetar a los pescadores, es frecuente que no se acerque nadie a ellos y que, de hacerlo, guarden silencio para no espantar a los peces. Seguramente será una de las pocas situaciones en que alguien se haga merecedor de esos miramientos, tal vez porque se considere más respetable pescar que pensar.
   Un dibujo en cuaderno, a salto de mata y una acuarela posterior, en casa, a partir del dibujo y de una foto hecha en Blanca en el momento. El primero incluso tiene más información, aunque los trazos sean rápidos y poco cuidadosos. Es un boceto. Abajo, la acuarela, con un cielo más trabajado, los colores del atardecer mejor sugeridos, pinceladas más cuidadosas y meditadas, iguales arañazos con la uña para sacar brillos en el agua. Son amores distintos, pero no es mejor la acuarela que el boceto. A mi escaso juicio.


viernes, 31 de agosto de 2018

Cieza


   Varias veces hemos visitado Murcia, la capital y toda la provincia, tan cercana a Albacete en la geografía y en la Historia. También sus playas que lindan con Almería, minerales y volcánicas, sus huertas feraces y algunas de sus comarcas, con especial atención a las que habitaron los últimos moriscos, que a gusto debieron estar en ese paisaje del norte de Marruecos trasladado como por ensalmo al valle de Ricote. Algunos de estos viajes nos llevaron a desviarnos a Cieza, la Medina Siyâsa árabe en la vega del río Segura, el Thader romano, el río Blanco agareño ( وادي الأبيض Wadi al-Abyad ), para ver, dibujar y fotografiar su olivo centenario, un árbol retorcido y antañón que debe contemplar con extrañeza, tal vez con cierto desagrado, cómo ha cambiado el bancal donde hace tantos siglos lo plantaron. No creo que esté a disgusto porque se trata de un hermoso parque, acaso aprecie la compañía e incluso no le desagrade ser objeto de la admiración con que algunos lo miramos, agradeciendo que nos lleguemos hasta allí a contemplarlo. Varias veces lo hemos dibujado y, como digo, no hemos dejado de ir a saludarlo cuando la ruta nos lo ponía a tiro. Una belleza.
  En alguna de esas visitas supimos que había mejor momento para ir a Cieza, aunque ninguno hay malo para hacerlo. Me refiero a la floración. Hay que verla. De forma que volvimos una vez más buscando el día del manto en la eterna primavera murciana. No es suficiente con sorprenderse con el arcoiris vegetal que nos muestran las fotos con que se publicita esta maravilla. Tampoco dibujos y acuarelas pueden reflejar esa inmensidad coloreada, ese universo estrellado por constelaciones de brillos y luceros vegetales. Cientos de miles de melocotoneros y albaricoques, almendros y cerezos, naranjos y mandarinos, guindos y nectarinas, nísperos y caquis forman en estos valles una Vía Láctea frutal, enraizada y golosa. Cada frutal aporta un color o un matiz diferente, del blanco del cerezo o el albaricoquero, el amarillo pálido del caqui, o a la variedad de rosas, tenues en el almendro, intensas en el melocotonero, a veces con matices lila. Añadamos la gama verde de las diferentes hojas y las asperezas oscuras de los troncos que aportan el crujiente a plato tan suave y vayámonos alejando de los bancales para mirar desde lejos este derroche de color si hemos atinado con la fecha del viaje.
   Algunos de estos frutales ya viven desde antiguo en la zona, por ser autóctonos o por haber navegado el Mare Nostrum hasta aquí en esquifes fenicios, romanos o árabes cuando el mundo era más joven. Otros han llegado después, como el caqui, que fue traído a España en 1870. Y aquí conviven, alfombrando cerros y valles, con una variedad que contrasta con otras zonas famosas por sus floraciones monovarietales y uniformes de almendos o cerezos, nada desdeñables, pero menos ricas que el espectáculo multicolor de Cieza, sólo equiparable a los campos de tulipanes de Holanda.
   Cada vez hay en distintas zonas de la provincia de Murcia más superficie dedicada al cultivo de aromáticas. Aceites esenciales de romero, salvia, espliego, lavanda, tomillo y otras buenas hierbas. Como en el caso de los frutales, los agricultores cultivan sabores y aromas, que sólo los pintores compramos colores, pero ese despliegue de color es un regalo que nos dan por añadidura, y no deja de ser reconfortante que se pueda vivir de criar tanta belleza.



   Llamamos renacentista a ese afán de interesarse por todo, esa necesidad que algunas personas, no demasiadas en términos estadísticos, sintieron, sentimos, por escarbar un poco más abajo de la superficie de las cosas; de todas las cosas, admitiendo de antemano la imposibilidad absoluta de llegar muy lejos en nuestro conocimiento de ninguna de ellas. Vivimos un mundo que oscila entre la total ignorancia y la excesiva especialización, predominando de forma abrumadora la primera. Quien no sabe nada de nada y quien lo sabe todo de muy poco. El avance suele venir de quien consigue unir los hallazgos de otros exploradores de campos muy pequeños, fragmentarios. El progreso procede de los que saben sacar consecuencias y derivaciones útiles de esos conocimientos trabajosamente descubiertos por gentes concienzudas y minuciosas, geniales a veces, pero estériles mientras vivan estancos. Investigación básica, imprescindible, a veces impotente como el vuelo del pájaro enjaulado. Hecha útil por la genialidad de relacionar, de unir lo aparentemente extraño y desparejo. La investigación es trabajosa y compleja, minuciosa y detallista. El producto de la genialidad es maravillosamente sencillo, a veces obvio, pero de una obviedad no evidente hasta ver la rueda girando o el fuego arder tras frotar dos palitos. Normalmente los mayores descubrimientos, los verdaderamente relevantes y revolucionarios, consistieron en encontrar no nada nuevo, sino una nueva relación entre cosas viejas. La litetarura y el arte también funcionan así. Una obra literaria es maravillosa si hace un uso genial del lenguaje preexistente, combinando de forma nueva palabras muy viejas, pues no necesita inventarlas. Por eso más que desconfiar, abomino de todo arte, idea o doctrina que renuncia o desprecia la tradición. Cierto es que algunos dicen despreciar o renunciar a aquello que ni conocen ni dominan, cosa que evidencian sus productos y elucubraciones. El arte es otra cosa. El pensamiento fecundo también, pues nos escarmienta y avisa sobre la repetición de errores del pasado y pone cimientos para la construcción sólida del futuro.
   Con los placeres y disfrutes ocurre otro tanto. Unir dos o más de ellos no los suma, los multiplica. Olor y sabor, letra y música, edificios, lugares e historia. Paisaje, historia, clima, gastronomía, buena compañía y un vino blanco fresco. Cuantas más sensaciones y recuerdos intervengan, mayor es el placer. Cuestión de relacionar ideas, lo que presupone tenerlas. Es penoso tener pocas, y trágico tener una sola, dueña de toda la cabeza, rebotando de neurona en neurona sin encontrar con quién pegar la hebra. adueñándose de todo el pensamiento, de todos los sentimientos y deseos. Eso convierte en un peligro a quien tan poco amueblada tiene la almendra. A unos les da por poner lazos, a otros por degollar infieles y a otros por abrazar farolas. Y en esas estamos.
   Viene esta disgresión a propósito de mi tendencia a pensar en los iberos o en los romanos viendo unos pedruscos alineados y ya desportillados por los siglos en un bancal, o a recordar a los árabes mirando un olivo, una acequia o un palmeral, que no hay que ir a la mezquiita de Córdoba o a la Alhambra para sentir su aliento. Unir la tierra que piso con el recuerdo de quien antes vivió en ella y la transformó, las técnicas que utilizaron, cómo aprovecharon sus recursos o los crearon. Recordar qué se escribió o se dijo de este lugar o de sus gentes, qué ocurrió aquí, que sueños y qué afanes les llevaron a levantar esto que hoy son ruinas, son elementos que enriquecen y dan sentido a un viaje, esa actividad tan devaluada. Y, sobre todo, nos ayudan a no mirar de forma condescenciente, como a un pariente tonto, a nuestros antepasados, pues es ilusión vana creernos superiores. Tal vez lo seamos como especie animal, aunque en la mayor parte de los de casos ni eso. Sobrevalorándonos, cada uno de los humanos nos creemos que el mejor de los sapiens y yo, dos, obviando que en algunas cosas importantes las personas hemos degenerado mucho, salvo escasas excepciones, que no conozco. Sobre todo si pienso en la incapacidad que tendríamos para sobrevivir en un medio en el que ellos prosperaron. A veces tenemos que cruzar un puente romano para ver desde él, sobre el río, las ruinas  de otro que levantó hace poco nuestra engreída técnica, nuestra forma de pensar, mezquina, rácana con el esfuerzo, de luces bajas frente a esa mirada a lo lejos en el tiempo con la que incas, chinos, egipcios, mayas o romanos, entre otros, construían para la eternidad.
   Y plantaban. De siempre he tenido por monumentos a algunos árboles. En belleza pueden rivalizar con el acueducto de Segovia, superarlo incluso. También en valor una moneda de cobre o de hierro podría ser más apreciable para un arqueólogo que un saco de otras de oro, pues la vida es cuestión de valores no de precios. Y la información y el saber es oro. Una acequia ya arruinada, unos arcos huérfanos, discontinuos, restos de un acueducto, son monumentos de igual valor que otros de mayor relumbre, al menos por su capacidad para evocar las personas y el tiempo que los levantaron, el talante que les llevó a hacer bello lo util, la visión que les impulsaba a hacer hermosos y sólidos hasta los aljibes o las canalizaciones subterráneas, repitiendo modelos acreditados, buscando menos sorprender que durar. Mimaban lo que no se ve. Los cimientos. Hoy todo lo echamos en fachada. Luego se nos hunde el puente mientras lo atravesamos, tal vez mientras comentábamos en nuestras últimas palabras, admirados, lo atrevido de su ingeniería y lo colosal de sus pilares, compartiendo, (como siempre apuntándonos méritos ajenos), el orgullo del ingeniero. Se derrumba a los sesenta años de ser construido, como ha ocurrido en Génova. Claro queda que los bárbaros de dentro y de fuera acabaron para siempre con Roma. Leo desesperanzado que los puentes actuales se levantan dándoles una esperanza de vida no mayor de 150 años. Esa es nuestra sociedad. Como la del imperio romano, tal vez no merece sobrevivir, por vieja, cansada, por cómoda y por incapaz de defender unos valores y una cultura heredada de la que no pocos reniegan, siendo al paso incapaces de alumbrar otra mejor. En cuanto, yéndome por las ramas, abandono mi panteísmo naturalista y paso de los árboles y las flores a las personas me deprimo. Volvamos a los olivos y a la historia, pues. Merece la pena visitar el museo de Siyâsa en Cieza para empezar a conocerla.

   Cieza, como toda Murcia y parte de Alicante y Albacete, gracias al pacto de Orihuela, el pacto de Tudmir, es decir de Teodomiro de Oriola, salvó el primer embate de la invasión árabe capitulando y conservando así cierta independencia, aunque su vasallaje, según el acuerdo del 7 de abril del año 713, obligaba a cada persona, incluida la parte contratante de la primera parte, es decir Teodomiro, a pagar un tributo anual de un dinar en metálico, cuatro medidas de trigo, cebada, vinagre, zumo de uva (no sé si fermentado, que la hipocresía no es cosa nueva), dos de miel y dos de aceite de oliva; para los siervos, solo una medida. 
   No duró demasiado esa situación, Teodomiro sólo tuvo un dudoso continuador, Atanagildo de Tudmir, cuya hija ya se casó con un yundi árabe, un invasor sirio, de forma que terminaron sucumbiendo y sufriendo los avatares de la época, con guerras civiles entre los diferentes grupos musulmanes, afición que compartían con las antiguas tribus iberas, cuya división entregó a Roma la Iberia, consolidando un preexistente carácter disgregador de tribu y luego de kabila que nos dejaron como parte de la herencia. Ello fue lo que provocó la fatal división del califato en reinos de taifas, antes incluso de que la parte norte de la región fuera totalmente arabizada. Como vemos, el modelo se repite. De todas formas, hasta 1243 no se invirtieron los papeles y el emir de Murcia Ibn Hud al-Dawla fue el que capituló ante Fernando III, pasando a ser vasasllos de Castilla y León.
  A tres kilómetros al norte de Cieza, en el morrón de Bolvax, se encuentran los restos abandonados del antiguo poblado ibero-romano que según muchos sería la antigua Segisa, citada por Ptolomeo como cercana a Cartago, en pleno Campus Spartarium de los romanos.  Para ellos esa sería la primera ubicación de Cieza.
   Más seguro es buscar su origen en la Siyâsa árabe, que como toda Murcia tuvo que rendirse ante Fernando III, que tras conquistar Segura en Jaén, como Alcaraz y Chinchilla en Albacete, no les dejó otra opción. Ese pacto se llama de Alcaraz. Se reparten tierras entre los cristianos, las mismas que siglos antes habían sido repartidas entre moros, es decir, las mejores. Algunos se quedan en Cieza al abrigo de los pactos, Otros pocos tal vez se incorporaron a la guardia mora que solían tener los reyes castellanos, igual que los caudillos sarracenos preferían ser escoltados por mercenarios cristianos, a los que se conocía como 'los elches'.  Al suelo, que vienen los nuestros. Muchos árabes prefieren irse a Granada, para vengarse después en ataques continuos, tomando cautivos en su antigua casa para cobrar rescates. Ya en los últimos estertores del reino nazarí siguieron estas incursiones, que llevaron a los ciezanos a las mazmorras de Granada, en la Alhambra, para trabajar como esclavos en las murallas del Albaycín. Aún se conservan sus melancólicos grabados y dibujos en las paredes de las hondas mazmorras en que los mantenían encerrados al salir del tajo y a las que nos podemos asomar en una visita a la Alhambra y sus aledaños.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Almería y Murcia

    Otra vez a Almería, pasando por Murcia. La base en Las Negras donde hemos visto amanecer varios días con cielos como el que se ha intentado recoger en esta acuarela. Desde el Mirador de Las Negras, en la misma playa, donde nos alojamos. Un lugar relajante, encantador, que es donde hemos pasado estos días. Muy recomendable. Seguro que volveremos.
    Sobre esta acuarela, la granulación extrema que se consigue con algunos pigmentos de Daniel Smith, los Primatek, le añaden dramatismo al cielo, aunque tengo que trabajar más y mejor el tema para dosificar su empleo. Tal vez si el mar no lo tuviera, si fuera más suave y sin granular se habría acentuado el efecto del cielo y el conjunto hubiera quedado mejor. 
   Ese contraste es el que se ha buscado en la siguiente acuarela, el olivo gordo del valle de Ricote, en Murcia, pasisaje totalmente norteafricano, de montañas jóvenes y angulosas, casas de techo plano y palmeras que emergen como en un oasis. Hermoso de verdad. Por alli pasamos tras desviarnos de la ruta para ver este olivo excepcional, con mucha historia y leyenda. Un monumento que da olivas y mucho en qué pensar.
   Volviendo a las acuarelas, en esta creo que la suavidad del fondo contrasta favorablemente con la rugosidad del olivo, donde sí se ha procurado utilizar pigmentos que granulen ostensiblemente. Bueno, pues yas tenemos otra cosa más en la que trabajar para depurar y controlar más estos efectos, positivos unas veces, pero inconvenientes en otras ocasiones.
    Desde Albacete hacia Murcia pasamos muy cerca del volcán de Cancarix, aún en la provincia de Albacete. Es uno de los volcanes más espectaculares de la península, que la erosión ha puesto al descubierto sin conseguir desfigurarlo. Y es que esta ruta a Almería va de volcanes, lavas, terremotos y catacumbres. El clima, y la religión suelen condicionar las costumbres y el carácter de los habitantes de un lugar. La geografía condiciona mucho, pues vivir asentados sobre fallas que se desplazan en direcciones contrarias tan vez sea el origen telúrico de  la tradición cantonal de Cartagena, fantaseo. El hecho es que estas placas viajeras chocan, se suben unas sobre otras, arrugan los bordes de contacto, agitan el suelo y producen destrozos y tragedias como la de Lorca, tan reciente. Aunque los tiempos geológicos sean lentos, el olivo de Cieza seguro que ha sufrido estos temblores y cambios en el paisaje, pues siglos ha tenido de percibirlos sin moverse de su bancal, ahora convertido en parque rodeado de edificios, calles e instutos, cuyos alumnos se comen el bocata de media mañana a su sombra.
    Otro olivo centenario de Aguamarga quedó fuera de nuestro alcance, pues el camino estaba totalmente arruinado, en piedra viva, tal vez por lluvias recientes, mientras en la carretera había obras. Pasamos cerca de la costa con zonas donde hay eucaliptus, con montañas rosadas por la luz del atardecer. De una foto del momento sale la siguiente acuarela, sobre Garzapapel, como las anteriores.
   Como dije al princiapio, la base en Las Negras, en la misma orilla de la playa, desde donde podía hacer fotos, apuntes y acuarelas mirando a izquierda, a derecha y al cielo, siempre hermoso y cambiante. Y sobre todo al mar, a las olas, hipnotizantes como el fuego.
   A continuación algunas de esas acuarelas y apuntes, con el Cerro Negro y las casas y barcas a la orilla de la playa. Lugar atranquilo siempre, más en estas fechas de noviembre en las que aún pudimos disfrutar del calor del sol, de salidas por las cercanías, de tomates Raf al principio de la recolección y de aceite de la zona. También de pegar la hebra con algunos hippies ya talluditos afincados en la zona, con los que la conversación deriva a inusitados temas como las visitas de la trabajadora social y de la imposibilidad de jubilarse de tal profesión. Buena gente. Mínimo puesto de collares y pulseritas ofrecidas con el optimismo propio de su oficio a unos turistas ausentes en estas fechas. Compramos una y no se dejaron invitar a un café aunque sí a un cigarrillo.





   Las siguientes con titnas, aplicadas con estilográfica y con unos cálamos que nos hicimos con las cañas que se podían cortar desde la terraza del apartamento, a cinco metros de las olas.




martes, 31 de marzo de 2015

Por Murcia, Almería y Cazorla

  Uno de los motivos principales de los viajes, dejando aparte otros aspectos estéticos, culturales o gastronómicos, —incluso geológicos como en este caso—, es hacer apuntes y tomar fotos para tener temas que pintar en casa. Como estas dos primeras acuarelas de la entrada. La primera de la sierra de Cazorla, aún con nieve en estas fechas, y la que se muestra a continuación, de Águilas, en Murcia. La playa del Hornillo, al frente la isla del Fraíle, el muro y los árboles tapando por la izquierda el final del descargadero contruido por la Great Southern of Spain Railway Company Limited para llevar por gravedad el mineral de la sierra de la Almagrera en vagonetas directamente a los barcos. Una vez abandonada la explotación, parte de sus instalaciones se dedicaron a criar lubinas y doradas, que tampoco está mal, hasta los 90 en que trasladaron mar adentro el negocio, supongo que para evitar que se las comieran los turistas, que ya iban abundando.
   Como la Historia es la guinda que corona esta tarta compuesta por paisaje, arquitectura, pescado frito, verduritas y volcanes antiguos, me ilustro acerca de la historia de Águilas. El tiempo permite incluso tomarse con buen humor la sucesión de desgracias y catacumbres que soportó esta ciudad desde que el conde de Floridablanca encargó a su cuñado la tarea de repoblarla. Revienta un pantano y se lleva por delante a gran parte de la población, le sigue un terremoto más que mediano, la atacan y saquean los franceses en la invasión napoleónica, luego los carlistas toman ejemplo. Las fuerzas cantonales de Cartagena, cuando se autoproclama cantón independiente, atraída igualmente por las riquezas de la minería de la plata, hierro y plomo, que una y otra vez rellenaban las arcas del municipio, toman dos veces la ciudad, la asedian desde el mar, amenazando borbardearla con la artillería del acorazado Numancia y la fragata Fernando 'El Católico' si no daban dinero para la causa. Y les volvieron a vaciar las arcas. Si bien las causas propias son consideradas siempre razonables y tenidas si no por legítimas al menos por muy convenientes, el discernir entre el dinero propio y el ajeno suele ser harina de otro costal. La libertad siempre tiene un precio. Y normalmente se busca que ese precio lo paguen otros. Como están muy cerca y en España no somos rencorosos, seguro que el águila de Roma y los cartagineses ya habrán hecho las paces.
   La historia geológica de la zona también es muy agitada. Por todos sitios encontramos el rastro de antiguas erupciones volcánicas, calderetas, domos, coladas de lava que parecen reción vomitadas por la tierra, llenas de color, formas retorcidas y texturas. Millones de años después ya se pueden mirar con ojos de pintor los escombros que sobresalen de tales estropicios, pues la mayor parte de la zona volcánica está hoy sumergida entre la costa de Murcia y Almería, por una parte, y la costa africana por otra. En Alborán asoman la gaita algunos de estos picos. Incluso nos deja la naturaleza precortados los adoquines hexagonales en esas columnas basálticas que se fabrican entre erupciones y catacumbres. Cuando nos tomamos plácidamente una cervecita fresca frente a la Isleta del Moro, estamos sentados ante los picos de una caldereta volcánica casi circular de 5 km. de diámetro, hasta la playa de San José. Hace 15 millones de años ni había allí cerveza ni tranquilidad. Meditando en estas cosas se disfruta más de la cerveza y de las vistas, preguntándose uno cómo se las habrán arreglado para colocar un arrecife de coral encima de aquel cerro de allá.
  Ponemos la base en Pulpí, en San Juan del los Terreros, en un hotel en la orilla de la playa, frontero a un par de isletas oscuras que desentonan con el color de la zona, ya que que nacieron a 25 kilómetros de allí, en el complejo volcánico de Cabo de Gata, y van viajando hacia el norte encaramadas en la falla de Palomares, de triste recordación. ¡Mira que tirarnos un par de bombas atómicas nuestros amadísimos amigos de USA! Menos mal que fue sin querer y que no llegaron a explotar, que con estas fallas no se juega. Ni con las de Valencia. Foto al amanecer desde la terraza de la habitación del hotel.
     A media tarde daba gloria estar en el chiringuito del hotel dibujando las vistas, sin por ello olvidar la conveniente hidratación del organismo.
   Por la mañana temprano, con un café largo y más calma, ampliamos el foco y sacamos el hotel en este cuaderno más apaisado de Arches. El otro cuaderno es de Paper Blanks. Las acuarelas de Rembrandt y Daniel Smith en esa antigua cajita inglesa de pastillas para la tos.
   En Águilas estuvimos varias veces. Después de comer, tomando un café a la sombra de este enorme ejemplar de ficus elástica de los dos que hay en la plaza del Ayuntamiento. Majestuosos. Sólo cupo un poco de la parte baja del tronco, que para sacarlo entero había que irse cien metros para atrás y pintarlo de pie y sin café. Cero votos la moción.

   Aquí se ve un apunte de esa playa que en casa se pasó a acuarela, contando también con una foto para refrescar la memoria. Estilográfica y pincel de agua.
    En este otro apunte se ve algo el color y textura de los acantilados que hay a lo largo del recorrido de cala en cala por un camino al que hay que echar valor y buenos amortiguadores.
 
    Este apunte se quedó así, sin añadir las sombras, el barquito, las gaviotas y los detalles. En caso de querer terminarlo, mejor con una nueva acuarela, mayor y con más calma. Este queda así.

   La vuelta podía ser por Nerpio o por la sierra de Cazorla. En Santiago de la Espada, después de muchos kilómetros por una carretera encantadora para los que disfrutamos con las curvas, espeluznante para los que no, decidimos volver por Cazorla. De todas formas había que entrar en Albacete por el sur, desde la provincia de Granada y por Pedro Andrés y Nerpio ya hemos pasado muchas veces, aunque ya hace tiempo. Más de 200 km., tres cuartas partes por montañas y bosques y ya llevávamos varios miles de curvas ese día.
   Muchas montañas tenían aún bastante nieve; incluso a la orilla de la carretera quedaban montones de nieve helada en la parte de la umbría. Hicimos fotos para cien acuarelas como la inicial, nos paramos en algunos miradores y cortamos unas ramitas de romero en flor para ponerlo en una botella llena de aceite. Zumo de paisaje. De la maniobra marcha atrás en una curva muy cerrada por la que no cabíamos a la vez el camión que venía y yo, —bueno, yo sí, pero mi coche no—, reculando en busca de algo de espacio al borde de un despeñadero bastante apañado, mejor no hablar. En Santiago de la Espada, siendo un día bastante desapacible, nos aplicamos unos huevos fritos con unos chorizos de la huerta que, por su enjundia, debían de ser de ciervo o jabalí. Eso reconforta mucho el espíritu.
   No diré que nos hartamos de ver olivos, que de eso no se cansa uno nunca, pero hay que ver cuánto olivo que hay por esos cerros. Varias provincias llenas, aprovechando hasta las montañas que un esfuerzo secular ha hecho cultivables, tan alineados como para un desfile militar. Una gozada anunciadora de otros placeres que se pueden envasar en garrafas de cinco litros. 
   Apunte con rotulador desmochado y agonizante, que en esta casa no se tira nada. Al verlo parece que está uno mareado y no es que la foto esté desenfocada, no, es el trazo de ese rotulador pincel de tinta china. Luego una acuarelilla sobre el mismo tema, con unos almendros en flor que aún quedaban por esas alturas.