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miércoles, 23 de marzo de 2011

VI.- San Odón. Zona de fumadores


urante muchos años los troncos siguieron navegando hasta Sevilla y Cádiz por el río Guadalquivir, tras su botadura en el Guadalimar o en el Madera. Los pinos que hasta Cartagena viajaban, iniciando su singladura en el río Segura, más mulas que truchas vieron en su camino, pues lo menguado del caudal en no pocos tramos del recorrido dificultaba su transporte por el muelle sendero de las aguas. Arrastrados por ribazos y torrenteras, mojados ahora por los sudores de hombres, mulas y bueyes, hacían dura y larga travesía hasta los arsenales de Cartagena.
    Si por esos caminos de tierra y agua marchaban los pinos, otras eran las cosas que venían de vuelta. Entre ellas, las noticias, el tabaco y la discordia. Si las nuevas no solían ser buenas, menos lo era la compaña. Marinos y gancheros, además de vinos y salazones,  acarreaban fardos de hojas de tabaco al regreso de sus expediciones. Espoleados por la curiosidad hacia lo nuevo que, junto con el oro, las faldas y el vino, son los principales encargados de hacer las levas con que poblar los infiernos, raro era el villano que no bufaba hediondos vapores por narices y boca, sumiéndose a sí mismo y a quienes  le rodeaban en broncas toses y arcadas. Sin duda fue el mismo Lucifer quien puso en el paraíso americano tal manzana para castigar nuestra comparecencia sin haber sido allí invitados, pues lo que, aplicado a la fuerza, hubiera supuesto inquisitorial tormento, trocóse en placer al ser sometidos a ello de grado, no sin arduo y largo entrenamiento de los pulmones habituados a los puros aires de la sierra.
    No pocos frailes sucumbieron a semejante desatino. Si al principio fueron escasos los que a escondidas, tosiendo entre tales sahumerios, afianzaban tan insana costumbre, cada día fueron más los que no se recataban de atufar las estancias a la vista de los demás hermanos. Incluso al scriptorium y a las cocinas llegó tal vicio. Menguada la visión por las brumas que los envolvían, copistas e iluminadores a duras penas acertaban a mojar sus plumas de ave en las tintas, escribiendo no pocas veces sobre la madera de sus inclinados escritorios, fuera de pergaminos y vitelas, con gran menoscabo de la hechura de los textos, hasta ahora famosos por su perfección y aseo.
    Hubo un monje, gran iluminador, conocido como fray Jacobo “el peregrino”, quien, cuando ceñudo arrimaba sus ojos a una hermosa letra H con que se iniciaba un capítulo, ocupadas sus manos en guardar la cajita con el polvo de tabaco que en su nariz acababa de introducir, fue atacado por un repentino y violento estornudo. No pudiendo sujetar su cabeza, embistió con gran estrépito el pupitre, incrustando en su despejada testuz un berberecho de los utilizados para albergar tintas y colores. Si son las lapas quienes fama tienen  de agarrarse bien a su sitio, no anduvo a la zaga el berberecho clavado en la calva de fray Jacobo. Dios y ayuda fueron menester para separar a Fray Jacobo del berberecho, o a la inversa, que de todas las maneras se intentó. Cuando, por fin, pudimos hacerles tomar distintos caminos, quedóle marcada su impronta justo en la mitad de la frente, perfilada por la tinta que por la cortada piel se había infiltrado. Cicatrizada la herida, quedó claro que la silueta tatuada de una pequeña vieira  sería divisa que le acompañaría para siempre, acarreándole piadoso apodo.
    Dividida como estaba la congregación acerca de estas fumatas que, en la opinión de algunos, reservadas para anuncio de nuevos papas debieran quedar, necesario se hizo  someter a capítulo la decisión sobre si tal costumbre sería en lo sucesivo tolerada o proscrita. El día de la votación, los detractores de los humos vieron el caso perdido nada más iniciadas las deliberaciones, que se presumían acaloradas,  al contemplar que de la capucha que casi ocultaba el rostro del prior Gandolfo  asomaba un descomunal veguero de Vuelta Abajo cuya roja ascua refulgía en la penumbra de la sala capitular, ya conquistada por el humo.
    Siendo la obediencia voto asumido por todos los hermanos, no quedó a los enemigos del tabaco más recurso que entregarse a la murmuración y al rencor, profiriendo en baja voz maldiciones que auguraban que un día, tal vez lejano, pero inevitable, como justo castigo por sus vicios, así como Adán y Eva lo fueron del Paraíso, serían los fumadores arrojados de todo lugar cubierto y temblarían a las puertas del convento, a la intemperie, soportando las heladas,  los chubascos y el desprecio de sus hermanos, calentados sólo por las ascuas de sus pipas y cigarros.
    En las paredes de las letrinas y por los rincones más recoletos del convento, incluso en los márgenes de algunos códices, aparecerían palabras en contra del prior. Como el rumor y la maldad encuentran cómodo aposento entre quienes, encerrados, tienen pocas novedades de que hablar, prosperó la infamia de rebautizar para la posteridad a fray Gandolfo, natural de Bilbao, nuestro querido y longevo prior, con el alias de “el golfo de Vizcaya”, nombre más apropiado para figurar en portulanos o cartas marítimas que en el piadoso nomenclátor de los priores de San Odón.

Continuará...

martes, 15 de marzo de 2011

La capilla de San Odón de la Muela

Ir al capítulo I


partir de ese reencuentro con el mundo, una época de inusual actividad vino a ocupar el lugar de la rutina que, hasta entonces, había gobernado la vida en el cenobio. Los zapadores y carpinteros de ribera, que con los marinos venían, consiguieron restaurar antes de  la canícula los quebrantos causados por el terremoto en el sendero de acceso al convento.
     Nuestro tonel, aún rezumante de oloroso vino tinto que, empeñados, llegamos a descolgar,  hubo de ser desechado al punto, pues los usuarios, aturdidos por sus efluvios y vapores,  emergían de él algo achispados, mermados el equilibrio y la razón, síntomas que podían dar lugar a habladurías y que eran poco aconsejables para quienes pretendieran descender por tan resbaladizo despeñadero.
    Partiendo desde más atrás de la repisa, para que así menos empinado fuese el ascenso, construyeron una escalinata de madera que salvaba la pendiente hasta la primera de las terrazas. Duchos como los carpinteros de Cádiz estaban en curvar, con maña y fuego, los troncos para las naves, poca dificultad tuvieron en adaptar los pinos de la Armada, hasta ahora nuestros, a las irregularidades de la pared. Para más seguridad, instalaron  lo que más parecía barandilla para la borda de un barco que pasamanos de escalera. No siendo en la Sierra del Segura muy habituales las balaustradas para encaramarse a los cerros, no había modelo mejor que, al comparar, la afeara.
    Lo cierto es que cumplió su papel a la perfección. Personas y cosas pudieron, al fin, subir y bajar por ella y, tras las iniciales dudas y temores, pronto todos nos acostumbramos a verla y atravesarla. Visitantes, peregrinos y devotos vecinos de los valles cercanos volvieron a acudir a San Odón y, con ellos, sus donativos, exvotos, ofrendas y mercaderías.
    Por aquellos tiempos fue cuando algún lugareño, menos instruido que necio, partiendo de sus pocas y mal digeridas lecciones y tras arduos rastreos y pesquisas, concluyó que San Odón, y no un Odón cualquiera, sino nuestro San Odón de la Muela, como para él de manera tan clara como el día,  revelaban ambas palabras, debía de ser el patrón de los odontólogos. Sus estériles lecturas le abocaron a este error y su estulticia a difundirlo, destronando así a Santa Apolonia, quien con más mérito es patrona titular de los sacamuelas, pues en Alejandría, fue su piñata atrozmente quebrada en cruel martirio en tiempos del emperador Filipo. Es sabido que  leer es menester no sólo inútil, sino nocivo para el común, pues no pocas veces empuja a los hombres a la hoguera y a las mujeres a la casa llana.
    Viendo que quienes estaban aquejados de tan horribles dolores, abundantes acudían al convento con exvotos, donativos y ofrendas para el santo, no pusieron los frailes mucho énfasis y ardor en desmentir la especie, pues en un monasterio, siempre hay grietas que tapar, techos que cubrir y monjes que sustentar.
    Era frecuente que los dolientes acarrearan como exvoto, tallado en madera, hueso, marfil, plata o incluso oro, según los posibles de cada cual, una copia de lo que les dolía, en unas ocasiones de su tamaño y forma naturales y en otras de descomunal talla y fiero aspecto. Quienes no poseían maña para tallarlo ni dineros para pagar a quien por ellos lo hiciera, recurrían a lo que más a mano encontraban, no pocas veces entre las osamentas de animales halladas en el bosque o entre las ascuas dejadas por los cazadores donde habían chusmarrado sus piezas. No es de extrañar que dientes de oso, lobo, y hasta algún retorcido colmillo de jabalí,  llegara hasta la capilla del santo llevado por la fe de algún dolorido creyente.
    Los exvotos que los fieles ofrecían al santo, confiando en que con ellos quedarían sus dolores al abandonar el templo, eran incrustados o pegados por los oferentes desde el suelo hasta el techo, siguiendo la agradable y puntiaguda forma del arco ojival que daba entrada a la capilla. Una vez llena de dientes la ruta, se hizo igual en una segunda fila, después en una tercera y hoy ya son difíciles de contar las capas que cubren la boca y el paladar de la capilla, moviendo el conjunto más al pánico que a la piedad. El pavor se ve incrementado por la escasa iluminación que aportan unos cirios ubicados a ambos lados de esa especie de enorme mandíbula gótica en que se ha convertido la entrada al oratorio de San Odón de la Muela, ahora conocido como “La capilla del tiburón”.

domingo, 13 de marzo de 2011

Calle Gutenberg


    Países y ciudades hay donde, prevaleciendo la lógica y la razón al sentimiento y la memoria, se identifican sus calles por un número en lugar de por un nombre para, de tal forma, facilitar su encuentro. Esto permite dibujar un mapa mental que hace más sencilla la vida a los taxistas y deja la historia y el recuerdo para museos y estudiosos del pasado. Maldad sería pensar que este sistema se deba a la circunstancia de tener más calles que historia, pues quienes recurren a ella en busca de recuerdos para llenar el callejero, siempre renuncian a épocas y personajes que no consideran propios. Así, en España, no abundan las calles dedicadas a los fenicios, a los cartagineses, a los visitantes de Bizancio, a los vikingos, ni siquiera a la antigua Roma, aunque todavía sigamos vadeando algunos ríos sobre los puentes que ella construyó. Sin embargo, existen innumerables  con nombre árabe. Sin salir de Granada, encontraremos entre sus viales y callejas a Abderrahman, Aben Humeya, Aixa, Abenamar, Boabdil, Abencerrajes, Averroes y también Alhama, Alhambra, Alcahaba y un y un largo y hermoso etcétera.  Hasta al grabador David Roberts.

    En muchos lugares imponemos nombre a calles y plazas en lugar de numerarlas, perpetuando con tal ceremonia de bautizo la memoria de personajes, hechos históricos o, simplemente, las actividades que en esas calles y plazas florecían. No pocas veces  nos orientan sobre los lugares a los que se llegaría si por ellas siguiéramos andando —Puerta de Murcia, o carretera de La Coruña—, o qué se puede o se podía encontrar en ellas,—calle Herradores o calle de la seda—. Las posibilidades son infinitas. Depende de la imaginación de los padrinos de tal bautizo y de la época en que una vía pública se renombró por vez última, pues, al menos en España, es costumbre rebautizar las calles con nombres más del gusto de quienes en cada momento mandan. En no pocas ocasiones, es una anécdota, algún curioso suceso que en ese lugar aconteció, lo que da nombre a una calle.


 
    La ideología del nombrador de calles asoma así la oreja en el callejero de cada ciudad o pueblo. Viendo en la relación de sus calles y plazas tanto las presencias como las ausencias, puede uno saber cuál ha sido el partido dominante en las elecciones municipales durante las últimas décadas. Haga la prueba quien abrigue dudas de que sea tal como aquí se cuenta. No nombremos la bicha, pensemos que borrando el nombre, barremos con él su recuerdo, incluso la misma existencia en el pasado de lo que hoy no nos gusta. No es esto nuevo, pues ya obraban de esta forma egipcios y romanos con dioses, faraones y emperadores, intentando cambiar la historia lijando las piedras. Con papiros, pergaminos y papeles aún era más fácil. Ese mismo tipo de pensamiento es el que ha entregado al fuego muchas bibliotecas y archivos y a la destrucción o a la ruina a innumerables templos, monumentos y estatuas.


    En las calles, habría cierta lógica en hacer lo propio cuando una de ellas tuviera por nombre “calle del Verdugo” o fuera conocida como “Avenida de Jack el destripador”,  pongo por caso. No conozco ninguna vía dedicada a la memoria de quienes han dejado mal recuerdo a todo un país en su paso por la historia. Así, repasando el callejero de varios pueblos y ciudades, no encuentro calle o plaza alguna, siquiera una cortita, dedicada a Atila, por citar a alguien. No sé cómo se llaman actualmente los Hunos, pues algunos deben de quedar, pero dondequiera que ahora residan, seguro estoy que Atila tiene su calle. Los conquistadores, héroes e invasores suelen tener dedicadas sus calles en la vecindad de donde nacieron o en el lugar adonde fue a parar el botín de sus hazañas, con más frecuencia que en los sitios conquistados, sin que yo alcance a comprender tal parcialidad de juicio.


    Incluso aquellas calles dedicadas a personajes universalmente tenidos por benéficos, pueden enseñarnos cosas sobre nuestras prioridades. No conozco pueblo o ciudad española que no tenga en su callejero una avenida, plaza, calle o, al menos, un callejón, así bautizados en memoria y honor del Doctor Fleming. Si la aldea tiene tres calles, una es para él. Sin duda se lo merece. Siendo la enfermedad algo de lo que todos huímos, hay acuerdo general en que quien tanto hizo por combatirla se ha ganado un cartelillo que reavive  en nosotros su recuerdo mientras paseamos por una vía dedicada a su memoria o, mejor dicho, a refrescar la nuestra, tratando que no olvidemos el bien que hizo a la humanidad.  La tendencia general es al olvido,  y llega a ocurrir que, pasado un tiempo, caminemos, incluso vivamos en calles con nombres de personas, fechas o cosas que han perdido para nosotros toda referencia con el motivo que llevó a nuestros próceres a acristianarlas de tal modo.


    Menos presencia en los callejeros tiene, por ejemplo la figura de Johann Gutenberg, es decir, del libro y de la imprenta que él hizo posibles. Por supuesto no lo contrapongo al Doctor Fleming. Puestos a elegir entre la salud y un libro, aunque sea “Cien años de soledad”, me quedo con la salud, sin dudar. Si hay un refrán, al menos por estas tierras, que establece que “entre el amor y el dinero, lo segundo es lo primero”, es porque no interviene la salud en tal contienda. Dejemos al benemérito doctor Fleming con su merecidísima calle. Ahora bien, si teniendo a Johann Gutenberg en mente, con el dedo voy desgranando  el índice onomástico de las calles de mi ciudad, de la alfa a la omega, doy con bautizos menos acertados de lo que lo hubieran sido de haberle puesto Gutenberg al niño. Tenemos en Albacete calles dedicadas a la Informática, al Arte y a la Literatura, a la Ínsula Barataria, a la navaja, a León XIII,  a Ana Karenina, al oro, a la peseta, al sol, al médico árabe-español Amin-Eddin Abu Zacarías Jahya Ben Ismael el Andalusy, al tinte, a Indira Gandhi, a los zapateros, al iris, al mes de Marzo, a doña María Moliner, una a la parra, otra a la piedra y otra al pino, lo que demuestra cierto criterio, pero carecemos de calle alguna dedicada al libro, a la imprenta, con tales nombres o representados por Gutenberg.


    Madrid, a mi escaso juicio, contando ya con una calle Gutenberg, puede permitirse el lujo de tener no sólo una calle del Pez, sino varias, pues con tantas para nombrar, puede obrar con más precisión y tino, descendiendo a variedades tales como el pez volador o el pez austral. Málaga ha dedicado calle a 34 de sus alcaldes, una a Almanzor  y otra al algarrobo, pero se salva pues tiene una calle dedicada a Gutenberg —y otra a Albacete.— Muchas gracias. 

    La ciudad de Tarrasa (Terrassa en catalán), tiene una Plaza dedicada al euro, aunque la pela sigue siendo la pela, aquí y allí, y otra a l’ametllera. Entre sus calles están las que nos recuerdan a Egipto y a Oceanía, al eucaliptus, al aire, al agua y a la cisterna, a la suerte y a la salud, a Júpiter, a Mercurio y a Neptuno, a Mao, a Felipe II y a Flandes, a Pitágoras y a Galileo, a la Aurora y al Estatut… Pone la guinda a tanto acierto el no haber olvidado a Gutenberg, que también tiene su calle, y en todo el centro, además.


    Hay ciudades que honran a algunas personas al llamar con su nombre a una vía pública. Otras, tienen la honra de que una de sus calles se llame Gutenberg. Mi agradecimiento a Madrid, Barcelona,  Ciudad-Real, Telde, Getafe, Terrassa, Badajoz, Zaragoza, Valencia, Málaga y demás ciudades, pueblos y villas en las que alguien, en algún momento, ha tenido el acierto de recordar y hacer recordar al inventor de la imprenta.


Con la excepción del rótulo de la calle Gutenberg, creado con Photoshop a partir de la foto de unos azulejos, las demás fotografias se han tomado de diversas páginas de Internet. Gracias.

sábado, 5 de febrero de 2011

La despensa del convento de San Odón

Capítulo anterior: El terremoto de Lisboa y el convento de San Odón de la Muela



os primeros intentos de bajar desde el convento al valle fueron vanos, lo que en un principio llenó de zozobra y desesperanza a sus frailes. Pasados pocos —pero largos— días desde el terremoto, se confirmó que la situación era en verdad difícil, pero no irremediable, ni aún desesperada.
     A lo largo de siglos el ingenio y la industria de la congregación habían ido labrando en las laderas de la Muela unas terrazas en las que, con los riscos arrancados a la montaña, se sujetaban pequeñas porciones alargadas de tierra que descendían escalonadamente por el lado de la solana. Allí depositaban el estiércol de los establos y otros desperdicios que, con el tiempo, fertilizaron la poca tierra que al principio había, creando así unos bancalillos que, abrazados a las curvas de la ladera como verdes olas, daban de lejos a la Muela una estampa que más semejaba ser Laos o Vietnam que la Sierra del Segura.  En unos se retorcían los viejos olivos, rebosantes de fruto, en otros, crecían coles, habas y legumbres que abastecían y surtían las despensas del convento. En recodos soleados y protegidos de las terrazas más bajas habían medrado algunos manzanos y no faltaba tampoco el trigo ni la cebada.
     Cuando el viento soplaba desde el valle llevaba hasta el convento los aromas de salvias, tomillos y romeros de los muchos que alfombraban las quebradas laderas cubiertas de pinos, entre los que se mezclaban algunas encinas en la parte inferior del cerro y a cuya sombra se escondían abundantes setas. Por la montaña ramoneaban desconfiadas cabras y gregarios muflones que, atrapados cuando se aventuraban a acercarse a las alturas, en  las cocinas del cenobio se convertían en salazones y tasajos.
     En noviembre, los últimos cencibeles que había dado su llorada viña, dulces y abundantes, ya habían pasado en su mayor parte a convertirse en un excelente vino que dormía en las bodegas dentro de enormes toneles y panzudas barricas. Las restantes ganchas se convertirían en momificadas pasas que, desde las alturas, alegraban la vista de los monjes, formando un agradabilísimo y dulce techo que completaba el bodegón colgante de las despensas, de la mano de perniles, morcillas, salchichones y catalanas, morcones, tasajos y cañas de lomo, con el añadido multicolor de ajos, pimientos y algún que otro melón.  


    Completaban la decoración de la despensa sacos de legumbres, barriles de manzanas, orzas rebosantes de escabeches y ya hueras las de embutidos, pendientes éstas últimas de recarga y renovación el próximo 11 de noviembre, día de San Martin de Tours, fecha tan esperada por nosotros como temida por los 43 gorrinos con cuyo sacrificio celebrarían la efeméride. Esto supone 2 gorrinos y un cuarto por fraile y temporada, más allá sería gula y vicio. Afortunadamente, el terremoto no afectó gravemente a las pocilgas donde gruñones, pero confiados, acababan de redondear sus formas y alcanzar sazón tan nobles animalillos del Señor.
     No faltaban alacenas ni fresqueras repletas de conservas, mermeladas y encurtidos que, junto con innúmeros quesos de cabra que reposaban en sus baldas, ahuyentaban todo temor de hambruna a tan frugal congregación como la nuestra.
     Siendo, como era y es, la moderación una de las virtudes que han hecho aposento en nuestra Orden, no nos entregamos a los excesos en que incurren luteranos y calvinistas. Antón Praetorius, pastor de la ciudad de Dittelsheim llegó al desvarío de poner como bandera que proclamara la supremacía de su fe el barril grande que construyó en 1592 Michael Werner de Landau por encargo de Johann Kasimi, regente del Palatinado, que podía albergar 130000 litros y que, puesto de pie, llegó a tener encima una pista de baile. En la guerra de los 30 años fue destruido y quemado. Así lo quiso el Señor.


     Las anteriores referencias a las provisiones del convento así como los efluvios que emanan de sus cocinas inundando el scriptorium han despabilado mis hambres.  A causa de estas circunstancias y por lo avanzado de la hora, cercana ya la Nona,  el mondongo profiere feroces rugidos más propios de salvaje tigre que de piadoso fraile, lo que aconseja dejar la continuación del relato para ulterior ocasión, una vez disipados los temores del lector por si ayunos y penitencias pudieran acabar con las vidas de mis hermanos.


miércoles, 26 de enero de 2011

Narración : El convento de San Odón de La Muela y el Terremoto de Lisboa

 
 las 10 horas y 16 minutos de la mañana del 1 de noviembre de 1755, día de todos los Santos y de algunos más, entre ellos San Perseverante, San Vigor de Bayeux, obispo, San Pedro del Barco y San Austremonio de Avernia, el mundo tembló. Si esos nombres, a los que de agorera forma la Iglesia dedicó tan nefasto  día, no invocaban el desatamiento de fuerzas telúricas, espeluznantes maremotos y hasta los mismísimos infiernos, que venga Dios y lo vea.
    Las consecuencias más conocidas de esta catástrofe natural, con la que el Señor castigó los pecados del siglo, se sufrieron en Lisboa, donde cien mil almas fueron arrebatadas, junto con palacios, iglesias, bibliotecas y archivos.
    Villas, ciudades y aldeas desde el Algarve a Salamanca sufrieron graves quebrantos, menores cuanto más alejados del mar. Toda Andalucía se resintió. No se libraron Jaén ni Albacete de sufrir derrumbes ni  sus gentes de vivir grandes pavores, sorprendidas rezando en las iglesias. Desplomóse la catedral de Baza, cayó el castillo de Alcaudete y, en todo el sur de España, pocos altivos edificios se vieron libres de grietas y desportillos.
    Para escarmiento y aviso de pecadores, referiré aquí cómo aprovechó nuestro Señor la ocasión para bajar las ínfulas a los herederos de don Álvaro de Bazán, primer Marqués de Santa Cruz quien, junto con su  padre —Álvaro el Viejo, Capitán General de las Galeras de España—, había tenido destacada participación en la victoria de Lepanto. En premio a sus esfuerzos y desvelos recibió el marquesado de Santa Cruz, pues era Señor de las villas de Santa Cruz de Mudela, cerca de Valdepeñas,  y de El Viso del Puerto, a partir de entonces Viso del Marqués. También fue nombrado por Felipe II Capitán de la Mar Océana y Almirante de la Marina, cosa poco frecuente en Ciudad Real.
    Edificó el susodicho señor un palacio en su villa de El Viso, del que se ufanaba diciendo “El marqués de Santa Cruz hizo un palacio en El Viso, porque pudo y porque quiso”. Era edificio de estilo italiano donde, entre estatuas de Neptuno y Marte —dioses de los mares y de la guerra—, fanales de las naves enemigas vencidas en batalla, trampantojos e imágenes de sabandijas y lagartos, ubicó el mascarón de proa de la nave que comandaba en Lepanto. Para ornato de la iglesia del lugar no encontró exvoto más a propósito que un cocodrilo disecado que trajo en uno de sus viajes y que mandó endosar en una bóveda del templo, desde donde mira lloroso a beatas y turistas.
    Ya había recibido este orgulloso varón un primer aviso, muriendo  en 1588 en la misma Lisboa del terremoto, para que pudiéramos  así colegir por dónde iban los tiros. El segundo fue el seísmo que arrambló con el techo de la Cámara del Honor de su palacio, donde un gran fresco representaba la Batalla de Lepanto, desmochando de paso las cuatro torres de las esquinas, pues el Señor tiene dura mano para castigo de la arrogancia. Actualmente en ese palacio, rodeado de cepas, barbechos y secanos,  se encuentra el Museo-Archivo de la Marina.
    En la encuesta que sobre los temblores y sus consecuencias dirigió nuestro rey Fernando VI a las personas de más razón de las capitales y pueblos de cierta importancia, nadie recordó a los despavoridos frailes que en aquellos aciagos momentos malvivían y oraban en nuestro convento de San Odón de La Muela. Se encontraba este cenobio en la Sierra del Segura, en la provincia de Albacete, dato ignorado en aquellos tiempos por sus ocupantes. No sería muy cristiano atribuir este desconocimiento a ignorancia o desapego por parte de los monjes, sino al hecho de que dicha provincia no se creó hasta 1833.
    Decir que nuestro convento se encontraba en la Sierra del Segura es una forma de hablar que tal vez peque  de optimismo, pues más verdad es que no era encontrado el lugar sino tras grandes esfuerzos y largas búsquedas, no pocas veces vanas e infructuosas. A menudo envuelto en nieblas y brumas, encaramado en lo alto de una formación caliza de forma cuadrada, llamada con tino La Muela de San Odón, por su forma y por el convento que la coronaba, píamente bautizado en recuerdo del santo del mismo nombre, segundo abad de Cluny y benedictino como nosotros.
    Retomando nuestro relato, diremos que en el caso de este olvidado convento, si no por orgullo, por otros pecados sería, también allí se hizo sentir el temblor. Se abrieron rendijas en muros y techumbres, se desplomaron paredes en cuadras y cobertizos y se produjo un corrimiento de tierras, de las pocas que había en la cima de la Muela,  que se llevó al fondo del precipicio una viña vieja que era toda la alegría de la congregación.
    Aunque esa pérdida fue lo que en un primer momento más lloraron mis frailes antecesores, poco tardaron en apercibirse de la verdadera magnitud del desastre, pues otros desplomes y derrumbes habían hecho desaparecer casi totalmente un camino que, serpenteando, comunicaba el convento con el valle y que era su único acceso. Habían quedado aislados del mundo.