viernes, 24 de abril de 2015

Alemania


    Un viaje planeado medio en broma que acabó cuajando en esta estancia de ocho días por estas tierras. Con Paco Arteaga, Pascual Ortiz y Segis Armero, mis compañeros de música durante muchísimos años, que a la guitarra, batería y bajo respectivamente, junto con otra guitarra a mi cargo, formamos Flashback, un grupo dedicado a tocar los temas que siempre nos han gustado. Las excusas: La feria de Música de Fankfurt y el pasado de Pascual de muchos años por esas rutas con un camión, algo que quería repetir de forma más cómoda y menos solitaria. En avión hasta Frankfurt Hahn, base en Villa Tusculana, una casa colgada en la pendiente del valle del Mosela en Cochem, con vistas al castillo, al río y a las cepas que dan ese vino que ya nace mareado por  lo vertiginoso del bancal. Desde allí viajes relativamente cortos a la Feria de Música de Frankfurt, Colonia, Koblenz, Tréveris (Trier), Luxemburgo, etc. Unos 2000 km. de rutas en el coche alquilado ya en el aeropuerto. Las reservas de pasajes, coches y casa a cargo de Segismundo, por tener el nombe más germánico de los cuatro. Un alarde de organización, especialmente el acierto en la elección de la casa en Cochem. 
   Desde el avión acercándose para tomar tierra en Frankfurt Hahm, una foto con la enorme casualidad de recoger exactamente Cochem, en la curva del Mosela donde íbamos a sentar los reales durante esta semana:
 
   Embarcados en Manises, llegamos al aeropuerto de Frankfurt. En coche hasta Cochem, en un BMW flamante que nos esperaba alquilado allí. Primera ruta por autopistas y carreteras comarcales, la mitad cortadas por obras, siguiendo la orilla del Mosela al anochecer, con las luces de las casas reflejadas en unas aguas que no sabe uno si vienen o van, que quietas parecen. Comparando aeropuertos, autopistas, trenes, casas particulares y el aparente nivel de vida, mi primera impresión es que vengo de un país en que los gobiernos edifican, ponen mármoles, adornos y lujos en edificios públicos, levantan infraestructuras muchas veces más allá de lo necesario, de lo asumible incluso, mientras mantienen a sus ciudadanos en la ruina. Insisto que sólo es una impacto apresurado, pero, a primera vista, he percibido Alemania como un país con un Estado austero lleno de ciudadanos prósperos. España es (siempre lo ha sido) un país de pobres regido por gobernantes enriquecidos, derrochadores, acaparadores de una prosperidad que arrebatan a sus ciudadanos. Tal vez sólo sea una impresión. Me alegra que mi país tenga unas infraestructuras de autopistas, aeropuertos, trenes, parques eólicos o carreteras equiparables, en muchos casos mejores, que un país como Alemania, al que debemos cientos de millones de euros. Ahora empiezo a entender a quiénes se referían al decir eso de que hemos vivido por encima de nuestras posiblidades. Ya me barruntaba algo de esto al pasar por el aeropuerto de Castellón.
    Aunque de vuelta vienen unas 400 fotografías, seguramente más valiosos, por personales y evocadores, son los dibujos que fui haciendo en mi cuaderno en los obligados descansos reparadores, normalmente aprovechados para tomar una buena cerveza o un mal café. Esta entrada se dedica a estos dibujos, con estilográficas (una con tinta negra a prueba de agua y otra con tinta marrón soluble), para extenderla luego con un pincel de agua plano que da mucho juego. También algunos dibujos se colorearon con acuarela.
    En Cochem, donde pasamos mucho tiempo, con paisajes y rincones de postal, fuimos una tarde-noche a ver una serie de grupos que tocaban en distintos garitos en dos o tres calles juntas de la ciudad. Se iban turnando para que la música no parara en uno u otro lugar de las 7 de la tarde hasta las 12 de la noche. Había grupos acústicos, de reggae, Beatles, algunos inclasificables y otros feroces descendientes de suevos, vándalos y alanos con sus Marshalls a todo trapo. No parecía molestar a nadie, ni vecinos ni a una invisible policía durante estos días por ciudades, carreteras y autopistas. Sin duda debe de existir, pero o va de paisano o no se deja ver, tal vez por innecesaria. El caso es que la música, encuadrada en nuestro país dentro de la categoría de las molestias perseguibles, parece tener allí la consideración más apropiada de actividad cultural, anunciada, promovida y protegida. Por mucho menos ruido y a horas más tempranas en España hemos recibido a media actuación la visita de las fuerzas del orden público a parar el ruido, multar al dueño del local, incluso llegar a conseguir que cierre por aburrimiento, para alegría de sus vecinos, personajes amantísimos del arte y la cultura. Lamentable. Comentaba en otro lugar que los alemanes fama tienen de ser más rígidos y reglamentaristas. Que lo sean es probable. Que nosotros somos más gilipollas y asilvestrados, es seguro.
   El caso es que cenamos en un restaurante escuchando a un grupo. Cuando es posible, pido que me incrusten en el dibujo el cuño del local, cosa que hacen con gusto. Como se entra al trapo directamente en inglés, para no andar con probaturas idiomáticas e ir a lo seguro, pegamos la hebra con los dueños del local y con el guitarra y cantante del grupo. Al terminar la charla, me dice que, obviamente, debo de ser de Dinamarca, sorprendiéndose al saber que es español alguien que le habla en un inglés razonable, no va vestido de torero ni se arranca por rumbas al sentir una guitarra. Tópicos y prejuiciios difíciles de borrar, igual que ocurre con los que nosotros mantenemos vivos respecto a todo semoviente foráneo.
    Es reconfortante haber estado estos días, al menos por las mañanas y por las noches, en Cochen, un lugar que mantiene un sabor auténtico, como ocurre en Tréveris (Trier), con restos romanos, barrio medieval y edificaciones con la piedra negra o rojiza de la zona, paredes blancas o de vivos colores, con techos de pizarra y todo rotulado en letra gótica. Frankfurt, Colonia, Koblenz (Coblenza, en cuyo sitio murió Alarico), etc, desde la parcialidad de mi breve estancia y salvando los centros históricos y monumentos emblemáticos, producen ese desconcierto de no saber uno en dónde está. Al bajarse de un aerupuerto, todo es igual en todos sitios. Altos edificios que compiten en horripilancia y falta de carácter con los que podemos encontrar en las grandes ciudades de Europa, América, Asia y Oceanía. Me imagino que en África también las habrá similares en aquellos lugares en que hayan interpretado la idea de lo que es el progreso de forma tan absurda, anónima y vulgar como nosotros. A la hora de vestir, comer y actuar, tres cuartos de lo mismo. Lo estrictamente local es lo único en verdad universal y valioso, digno de conservarse, huyendo tanto de complejos como de chauvinismos. También da qué pensar que lo que sentimos como auténtico, valioso, digno de ser admirado y conservado, sean vetustos edificios y callejas de un pasado medieval, cuando no romano. Al menos de un par de siglos. A partir de el siglo pasado se inicia esa moderna e insulsa uniformidad.
    Una cervecita frente a la catedral de Colonia.
   Quedan las anécdotas y comentarios para otra ocasión, que nos alargamos demasiado, así como algunos otros dibujos y acuarelas que ahora iré haciendo en casa a partir de apuntes, fortos y recuerdos.
    Como pasé muchos ratos en esta casa de Cochem, al desayunar temprano en la terraza, al volver por las tardes y tomar algo mirando al río, a los barcos y trenes que pasaban por la otra orilla, muchos dibujos del lugar, que he disfrutado una barbaridad. Prácticamente siempre el mismo dibujo, con distintos medios y estados de ánimo, desde la alegría del sol de la mañana, la calma del descanso de la tarde o la nostalgia de la despedida, también de mi casa, como el dibujo final que dejamos como recuerdo en el libro de visitas de Villa Tusculana, que así se llamaba la casa que alquilamos. Un acierto.
 

jueves, 9 de abril de 2015

Acuarelas con Kremer Pigmente


   En el pasado mes de febrero, quebrantando una vez más un firme propósito, perpetré otra de esas compras exploratorias que siempre doy por acabadas. Me alegro de ser tan tolerante conmigo mismo, porque comprar estos pigmentos de Kremer ha sido un acierto. Igual que me ocurre con Daniel Smith, algunos colores de Rembrant o Windsor & Newton, Sennelier, Schmincke, y algunas otras marcas en espera, creo que probando cosas se lleva uno agradibilísimas sorpresas. Luego va uno dándose cuenta que ciertos colores han llegado para quedarse. No hablo todavía de mi paleta, pues entiendo que deberían ser de 15  20 colores, siendo generoso, y ahora no sería capaz de descartar más del doble de ese número. Lo cierto es que, al menos, en una misma acuarela procuro utilizar pocos, algunas veces no más de 4 ó 5.
   El caso es que pedí a la casa en Alemania los colores que se muestran en la fotografía anterior, junto a una caja metálica vacía y a cubiletes de plástico para rellenar con acuarela de tubo. Kremer sólo vende los pigmentos en polvo, en tinta, acuarelas en pastilla, pero no en tubos. Tiene un catálogo inmenso, con todo lo relacionado con pigmentos, medios, materiales para elaborarse uno sus pinturas, pinceles y cientos de otras cosas. Es uno de los mejores fabricantes de pigmentos del mundo, suministrador de museos y restauradores porque proporciona pigmentos históricos, incluso aquellos necesarios para determinados cuadros antiguos y que hoy en día está prohibida su comercialización. Por supuesto, esta venta se hace con restricciones, justificaciones fundadas y permisos necesarios. Algunos alcanzan precios muy altos, como la sepia natural, aunque como indica el valor por kilo o 100 gramos de pigmento puro, es engañoso. Otros, como las tierras están entre los más baratos del mercado aunque es difícil hacer comparaciones entre el verdadero contenido de un godet y el de un tubo de 20 ml. de Rembrandt o de 15 de Daniel Smith. Las tierras andan por los 4 euros, el lapislázuli sobre 10. El tubo de Daniel Smith costando el doble creo que lleva más pigmento. Y más goma arábiga también. Por tanto no será el precio lo que nos decida.
   Por fin tengo un rojo rojo, ababol, el Irgazine. También unos azules como el cerúleo, el índigo o ese cobalto claro maravilloso. Por no hablar del lapislázuli, similar al de Daniel Smith. También el Pardo Van Dick, de tierra de Cassell, no esa mezcla infame de negro con sienas o sombras que venden otros. el cerúleo es puro, sin mezcla de blancos. Igual su índigo puro, sin mezcla de negro. Todas estas cosas se notan en la transparencia y calidad de los colores resultantes en la acuarela. Los verdes, tierras, también son austeros y poco pintureros, complemento de los maravillosos verdes de Daniel Smith, para mi insustituibles. Las tierras de Kremer, de las que hay docenas, son buenísimas.

   La acuarela inicial, vista de Alicante desde el castillo de Santa Bárbara, se hizo únicamente con algunos de estos pigmentos de Kremer, igual que alguna de las que se muestran en esta entrada. El rojo de los cóleos de la acuarela anterior, mi rincón de trabajo, es Irgazine de Kremer. En las que aparecen verdes intensos son de Daniel Smith. Los amarillos son cadmios de Rembrandt. Cuando hay verde esmeralda es de Sennelier. Como vemos, algo me voy aclarando. Uno de los primeros aclaramientos fue no prescindir nunca de la siena tostada y el ultramar oscuro de Talens, pero de la serie Van Gogh. Me encantan. Juntos o separados.
   Entre Kremer y Daniel Smith hay mucho para elegir para obtener esos tonos quebrados de la acuarela anterior, con matices muy cercanos a cómo era la realidad, si eso es lo que se busca. Como normalmente ando entre paisajes, en cuanto puedo en la realidad, cuando no en las acuarelas, con masas boscosas, árboles, prados, vegetación, suelo contender mucho con los verdes, con los problemas que eso conlleva. Estos pigmentos, su gama y calidad, ayudan a no ser excesivamente pinturero. Cierto es que debo tener la inmodestia de reconocer que algo hemos aprendido y que tratar tanto con los verdes nos han ido enseñando a prescindir mucho de ellos, de no presentarlos crudos, tal cual salen del tubo, a utilizar mezclas que los agrisan o acercan al ocre. Incluso recurrir al viridiana o esmeralda, verdadero peligro cromático.
   El lapislázuli, con su matiz azul agrisado, austero, solo o mezclado ayuda mucho para hacer las ramas de los olivos y otros verdes. Mezclado con tierras y sienas da tonos armoniosos y efectos granulados muy aprovechables para estos temas.

   Cielo con estos nuevos azules, cerúleo, cobalto claro e índigo. Los de Sennelier y Daniel Smith son muy buenos también, hablando de los que conozco mejor. No dudo de la bondad de otras marcas.

   En la siguiente, un paisaje de un paraje cercano a Alcoy, se ha disfrutado con las sombras finales de ese índigo puro, indio de Kremer, sin mezcla de negros. Verdaderamente transparente, solo o mezclado con alizarina. Maravilloso.
   En el siguiente se aprovecha la cualidad del negro de magnetita de Kremer de granular de una forma espectacular. Es el mismo pigmento que el Lunar black de Daniel Smith. Añadidos a cualquier otro pigmento, siempre con mucha agua, añaden un grano muy atractivo, al menos en mi humilde opinión. Con ese negro, a pesar de no haber utilizado nunca anteriormente el negro en mezclas, se puede conseguir hacer granular a cualquier otro pigmento. Tiende a agrupar las gruesas partículas en bordes y relieves del papel, cosa que se puede más o menos controlar siempre que estén nadando en agua. Incluso podrían ser manipuladas y pastoreadas con un imán por el otro lado del papel, pues se trata de magnetita.
      En esta ampliación podemos ver mejor el efecto de granulado de este negro, 
que nunca faltará en mi paleta.
   Otro ejemplo:
   Termino con tres acuarelillas, la primera sólo con Kremer, las otras dos también con Rembrant y Daniel Smith.