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viernes, 23 de abril de 2021

Encuentro Virtual Acuarelistas de Andalucía

    Siempre que hemos podido, participamos presencialmente en estos encuentros de dibujantes urbanos o acuarelistas. En Jaén, en Elche o donde convoquen los Ladrones de Cuadernos. Ya llevamos varios ue durante este año no se han podido celerar más que en forma virual. Dibujando o pintando desde casa. No es lo mismo, pero el caso es no perder las pocas buenas costumbres que nos van quedando. 
    Atendiendo a la convocatoria de la vocalía de Jaén de la Asociación de Acuarelistas de Andalucía, donde tantos amigos tenemos, hemos hecho estas acuarelas a partir de otografías de Parques naturales andaluces, que era el tema propuesto. De fotos de los Amigos de Santiago-Pontones, en Jaén, salen la primera y la última y la siguiente de la Aliseda, en Despeñaperros.
   Aquí vemos, en ampliación, las primeras manchas del árbol del paisaje anterior. Las veladuras y superposiciones siguen aún transparentes. Pero cada capa va restando luz. No se puede tener todo, matices, textura, transparencia y todas esas virtudes que se van perdiendo un poco cada capa que añadimos. Siempre buscando el equilibrio. Por eso conviene dedicar más tiempo a pensar que a pintar. Si conseguimos al primer brochazo el color que bnuscamos, el color final, todo iría mejor. Añadir algunas sombras con otra capa, lo más transparente posible, está bien, pero si llegamos a superponer una y otra, llegamos a tonos fangosos, apagados, opacos, todo lo contrario de lo que es y debe de ser la acuarela. También conviene utilizar colores de un solo componente, que dan tonos oscuros sin perder la transparencia, porque no llevan negro en la mezcla. Sodalita, amatista, algunos óxidos de hierro, negro de magnetita incluso, todos de Daniel Smith, son losque han usado en estas y en casi todas mis acuarelas.
   El el siguiente árbol, la base del color ha sido el lapislázuli, siempre sugerente, delicado, cpon mucha granulación, muy transparente.



jueves, 16 de junio de 2016

Segura, Cazorla y las Villas


   Parque Natural de las Sierras de Segura, Cazorla y las Villas. Casi 220.000 hectáreas de bosques, montañas, ríos y embalses, que hacen de esta maravilla el espacio natural protegido mayor de España, el segundo de Europa. La verdad es que las montañas y los bosques comienzan bastante antes de llegar al Parque Natural, pues a pocos kilómetros de Albacete capital ya empezamos a vernos rodeados de montes arbolados, a conducir por sinuosas carreteras de montaña, a vadear ríos y bordear embalses. Hay que recorrer, como hacemos, cientos de kilómetros para que, poco a poco estos bosques se vayan conviertiendo en olivares, pasada Cazorla. Unos 60 millones de olivos de Jaén que son la mayor extensión de bosque cultivado del mundo. Y la cuarta parte del aceite de oliva mundial. Zona de montaña, rica en arbolado como se ve, agreste, semidespoblada, con fuentes, arroyos, como ocurre en la provincia de Albacete, limítrofe, donde se inicia el Parque y donde no es excepcional encontrar cabras encaramadas a los farallones, ardillas, incluso algunos cervatillos al lado de la carretera, cosa que me ocurrió hace poco en lugar tan inesperado como Tolosa, en las hoces del Júcar, cerca de Alcalá. 
   Por Cazorla vimos alguna cabra curiosa, escapando sin prisas entre helechos por los barrancos que bordeaban la carretera, muchas ardillas, truchas y carpas por los ríos, lagartos, lagartijas y hasta una inquietante camisa de víbora hocicuda abandonada por su propietaria bajo un cojín en un banco de un restaurante a la orilla del Tranco. Y por los cielos infinidad de rapaces, que más parecía la Bolsa, incluso algunas aves enormes a gran altura, águilas reales o buitres. También compruebo que cada decenio se ven menos mariposas, abejorros, mantis aunque ya se hubiese mermado su religiosidad, libélulas, arañas, caballitos del diablo e insectos en general. Tal vez sea que ya no recorro las serranías metido hasta el cuello en las aguas heladas de los ríos, cámara en ristre para inmortalizar bichos, como era mi costumbre, o simplemente que he perdido mucha vista. Espero que sea eso. Aunque creo que no.
   También habría que decir que no es el único Parque Natural de la provincia de Jaén, que cuenta con otros tres, hasta las 300.000 hectáreas protegidas, al sumar los de Sierra Magina, Sierra de Andújar y Despeñaperros. Terreno adecuado para quienes nos encanta conducir por curvas, no nos espantan los barrancos y no nos cansamos de ver árboles y cerros.
  
   Aunque era zona ya conocida por otras visitas anteriores, algunas en tiempos ya remotos, ir allí en estos momentos primaverales es algo diferente. Hace poco más de un año, pasábamos por Santiago de la Espada, con nieve en las cumbres o en las zonas de umbría al lado de la carretera. Desde Úbeda también se veían las cimas llenas de nieve hace unos meses. La hierba está ahora jugosa y verde, los árboles lucen en su mejor momento, abundan los helechos y algunas praderas están cuajadas de florecillas. Las nieves de este invierno y las lluvias de mayo han permitido que el paisaje presente ahora su mejor cara. Las montañas no cambian, siguen imponentes, majestuosas, cubiertas de árboles hasta la altura en que estos empiezan a sentirse incomodos, cerca de los 2.000 metros de altura.
   Como vamos sin prisa, paramos a almorzar cerca del Salto de Miller, mientras miramos los retorcimientos de los estratos que dejaron al aire los desmontes para hacer las carreteras, lo que demuestra que el pasado geológico de la zona fue agitado, que el afán por acercarse a la península es ya de antiguo compartido en el norte de Africa por personas y placas tectónicas, a veces con grandes estropicios en forma de catacumbres, terremotos o de almohades.  Luego nos desviamos hacia Segura de la Sierra, que en el año 781 llamaron  شَقُورة (Shaqūra) cuando la conquistaron guiados por Abul-Asvar, según me informo., luego ocupada por sucesivas oleadas de renovado fanatismo norteafricano, como almorávides y almohades, los ISIS de la época,
   Allí vimos, con la montaña al fondo y olivos en el valle, la estatua de Jorge Manrique, oriundo de Segura de la Sierra. Y la dibujamos.  
    Habíamos tomado café en un bar cerca de La Toba, escuchando el agua almacenada en los altos farallones que quedan enfrente y que ahora discurre borboteaando al caer por un pequeño desnivel entre pedruscos, a la sombra de las higueras que entoldan el lugar. Bebimos agua en una fuente que había en el  mismo patio del bar, donde estuvimos pegando la hebra con el dueño, que con más sentido común que vista comercial te recomendaba abrevar en ella, pues no podía ofrecer ninguna embotellada que fuera mejor. Me descubro ante tanta sabiduría y honradez.
   Llegamos a este hermoso pueblo medieval de Segura de la Sierra serpenteando entre enormes pinos y jugosos helechos por la ribera del río Madera, centro de la que fue inverosímil provincia marítima de Segura, en manos del Real Negociado de Maderas, lo que supuso que estos bosques, gran parte de varias provincias, pasaran en 1751 a manos de la Marina, una vez se decidió en 1733 que de aquí convenía sacar los troncos de pinos salgareños con que construir la fábrica de Tabacos de Sevilla. Desde entonces, decenas y decenas de millones de árboles se fueron navegando por el Madera, el Guadalimar, el Segura o el Guadalquivir hasta los astilleros y atarazanas de Sevilla o Cartagena, principalmente para contruir o reparar barcos. Aunque es actividad que duró hasta época relativamente reciente, la disminución del caudal de los ríos, la construcción de embalses y otros factores hicieron que este trasiego fluvial se abandonara. 
   Los árboles, de las manos de la marina pasaron a las de la Renfe, para hacer millones y millones de traviesas para las vías férreas. De forma que al viajar, en barco o en tren, durante siglos, de aquí salieron las traviesas que soportaban las vías o el forro exterior, cubierta y parte de la arboladura de las naves contruidas para la carrera de Indias, para perseguir piratas berberiscos o para hundirse en Trafalgar. 
   Parte de las sierras de Albacete formaron parte de esa provincia marítima con capital en Segura de la Sierra, teniendo su delegación albaceteña en Alcaraz, junto a las de Cazorla, Villanueva del Arzobispo, y Santisteban del Puerto.
   Como a este paraiso siempre se ha venido a llevarse, que no a traer, durante mucho tiempo fue reserva de caza mayor, pues hasta osos había, según algunas fuentes hasta mediados del XIX, seguro antes, no hay más que leer los libros de montería a los que tan aficionados han sido los monarcas y nobles de todos los reinos que luego formaron España. En el Libro de la Montería "que mandó escrevir el muy alto y muy poderoso Rey Don Alonso de Castilla, y de León, vltimo deste nombre, acrecentado por Gonzalo Argote de Molina", libro dirigido a Felipe II en el que recoge textualmente lo que Alfonso XI decía sobre estos montes:

   Llegamos a la base bien entrada la tarde, a la Casa La Nana en la misma presa del pantano del Tranco de Beas, lleno a rebosar. Ahora a descansar, quitarse el calor del viaje y tomar un brebaje reparador y refrescante mientras las montañas van cambiando de color, las sombras van llenando las partes bajas de los valles que ocupa el pantano y el fresco y la oscuridad se hacen dueños del lugar. Quedan algunas luces y el olor del jazmín y las higueras.
   Por la mañana temprano apunte con estilográfica y acuarela, aunque volvemos varias veces al tema con acuarela o lápiz de lo que desde esta terraza se ve en los momentos en que estamos en la casa, . Una maravilla.

   Aunque procuramos ver parte de lo mucho que hay, también hubo bastantes ratos de descanso, disfrutando del olor de las higueras, viendo que el en cielo hay buitres que se ganan honradamente la vida, escuchando pájaros que aún tienen ánimos para cantar en el bosque, duchándonos con agua mineral sin gas o bebiéndola en fuentes llenas de musgo y cabelleras de Venus, comiendo tomates con sabor a tomate, embutidos de ciervo, quesos de cabra y miel de romero.
   La altura de las montañas es impresionante y esa que hemos dibujado varias veces y que pone fondo a la presa del Tranco, una llanura inclinada que se derrumba finalmente, tiene una estructura que se repìte una y otra vez. El paisaje mantiene ese patrón, el de un fondo marino, llano y uniforme, que se levanta, se inclina, quiebra y derrumba siempre en la misma dirección, la dirección en que empujaban las fuerzas inimaginables que comprimieron esa llanura inicial rompiéndola y haciéndola alta y quebrada, como una sierra. El espectáculo debió de ser tremebundo. El desconcierto de las aguas también y, en sus dudas y discusiones sobre la ruta a seguir, unas eligieron, precisamente aquí, si convenía dirigirse hacia el levante o hacia el sur. La mayoría prefirieron esa segunda opción y el Guadalquivir ganó al Segura, ambas cuencas abriéndose camino entre cerros y peñascos  hasta el mar.
   También trajimos algunos recuerdos de los olivares de Cazorla, en forma de aceite o de mermelada de olivas, miel y cosas así. Los principales quedan dibujados. Hicimos muchas fotos y algunos dibujos más durante los demás días de rutas por la zona, pasando por pueblos con su castillo y sus calles llenas  de rosales en flor, de esas rosas que huelen y que creíamos extintas: Nacimiento del Segura, Hornos, Río Borosa, Arroyo Frío, La Iruela, Cazorla, y de allí regreso por Villanueva del Arzobispo hacia Alcaraz y Albacete. Un paseo largo por carreteras bordeadas de retamas en flor.

   Pluma estilográfica y acuarela. Un pino inmenso, de los muchos que hay en la zona. Orillas del Tranco de Beas. Está dibujado sobre un cuaderno Mix-media de Canson, 17,7 x 25 cm. Los siguientes, unos dibujos con estilográfica y pincel de agua del castillo y de una calle de Cazorla, sobre  un cuaderno de Fabriano y  otro de Canson Mix-media verjurado.

lunes, 19 de mayo de 2014

Acuarelas y dibujos de Andalucía I


    Observo que, aparte de mis habituales escapadas por tierras de Alicante y algunas más breves a pueblos de la provincia de Albacete, los viajes de los últimos años han sido siempre a Andalucía: Málaga, Granada, Almería, sucesivamente, y ahora Córdoba y Sevilla, pasando por Úbeda y Baeza, en Jaén. Algo tendrá el agua cuando la bendicen. La verdad es que tiene todo lo que me gusta: historia, paisaje, rincones, belleza, gastronomía y, algo no menos valioso: buen humor. Sólo por escuchar hablar a la gente, merece la pena ir. Música para los oídos. Para otro futuro viaje quedan Cádiz y Huelva. Nos pondremos a ahorrar.
    Resulta que uno de los fines de estos viajes es dibujar, pintar, realizar bocetos y apuntes, haciendo así acopio de fotos e ideas para nuevas acuarelas. Por ejemplo, todo lo que se muestra en esta entrada del blog, una parte de la producción de este corto viaje. Quedan unas 600 fotografías, que como recuerdo y documentación no están nada mal. 
   En esta escapada de unos pocos días, siempre insuficientes para tanto que ver, pues Úbeda y Baeza sin ir más lejos y que sólo vimos de paso en una mañana para las dos ciudades, ya merece un viaje aparte. Igual con Córdoba o Sevilla, que llevaría meses conocer a fondo. Se te saltan las lágrimas de ver los pueblos que van quedando a orillas de la carretera, a los que siempre promete uno volver. Al menos a la ida pasamos y nos detuvimos en La Carlota, una de las Nuevas Poblaciones fundadas en los reinos de Jaén, Córdoba y Sevilla por Carlos III y repobladas con inmigrantes alemanes, flamencos y suizos, junto con La Carolina, Olavide, Carboneros, Luisiana, Santa Elena, Navas de Tolosa, Guarromán y Aldeaquemada, entre otras, por cuyas cercanías también anduvimos. La emigración, como vemos, no siempre tiene unas mismas rutas y direcciones, algo que a nadie convendría olvidar. En este caso, la mafia que los embarcaba era el bávaro Türriegel, que cobraba de las arcas del reino un tanto por colono, atendiendo a las demandas de Pedro de Olavide, promotor y encargado de la repoblación de estos desiertos. La vuelta fue por Despeñaperros, que se supera volando por túneles y altos viaductos que  ahorran tiempo, cuestas y peligros. Me refiero a los del tráfico, pues los antiguos bandoleros de estos parajes, como los de Sierra Morena, se sientan hoy en día en ciertos consejos de administración y en el Consejo de Ministros.
   Pedro de Olavide también inmigró desde Perú, muerta su familia en el terremoto que destruyó Lima en 1746. La verdad es que tuvo que salir huyendo de allí lleno de deudas, cuyas culpas echaba al muerto. Y me refiero a su señor padre. También por gastarse en contruir un teatro una parte de los fondos procedentes de
los bienes de los fallecidos, que le habían encomendado administrar para acometer las obras de reconstrucción. Buen pájaro era el tal Olavide. Al final fue perseguido y condenado por la Inquisición y tuvo que hacer las maletas e irse a Francia. No sé si la inquisitorial inquina vendría de que los dineros para financiar las Nuevas Poblaciones provenían en parte de los bienes incautados a los jesuitas en la desamortización, tal vez, por importar libros de dudosa doctrina o, más bien, por sostener veintiséis proposiciones heréticas, tales como defender a Copérnico o prohibir que las campanas tocaran a muerto en el imperio. Con tantas bajas como la peste provocaba en esos momentos, se iban a abatir los ánimos de la población superviviente. ¡Qué tiempos!
    Tanto estas Nuevas poblaciones como la fábrica de Tabacos de Sevilla, me interesaban especialmente por ser escenario de algunos de los capítulos de mi inconclusa narración  sobre el convento de San Odón de la Muela, que retomaré en cuanto tenga tiempo, interpretando a mi manera los eventos de la época ilustrada.
 
   Como ya he dicho, el primer café y el primer paseo, en Úbeda, sobre las 9 de la mañana, que las del alba serían cuando salimos de viaje. La segunda parada, en Baeza, a tomar algo más sólido. Tras concluir que era ofender a estas dos ciudades, Patrimonio de la Humanidad, el dedicarles tan poco tiempo, hicimos un dibujo de un pino, nos inventamos los edificios del fondo, tapados por los coches y camiones que nos ocultaban los que de verdad había, sin duda más hermosos, y nos prometimos volver de nuevo a ver las renacentistas Úbeda y Baeza como se merecen.

CÓRDOBA

   Llegamos a Córdoba con toda la fuerza del sol  y dejamos el coche a escasos metros de la Mezquita, haciendo verdad el dicho que reza "tienes más suerte que un quebrado", pues quebrado estoy, de la pata derecha por más señas. Ello me permite dejar la diligencia en los espacios que las ordenanzas nos reservan a cojos y tullidos en lugares estratégicos. Si lo llego a saber me quedo cojo antes. Aunque, bien pensado, mejor no. De forma que maleta en mano nos dirigimos al hotel, justo enfrente de la Mezquita. Pasamos por el Palacio episcopal, y me paro a pensar que tiene cuajo que el señor obispo de Córdoba, cuando se asome a la ventana de su palacio, tenga una mezquita como inevitable visión. Tendrá que levantar la cabeza para ver la torre de la catedral cristiana incrustada en medio de tal maravilla levantada por los infieles. Infieles para ellos, pues para los musulmanes, lógicamente, los infieles somos nosotros. 
   Me asombra la carestía secular de solares que ha obligado a emplazar las iglesias sobre las mezquitas que previamente se habían levantado sobre los escombros de las iglesias visigodas que, a su vez, se habían edificado con las piedras de los templos romanos arrasados, construidos sobre viejos santuarios iberos o fenicios. Seguramente eran lugares de culto desde cuando el mundo es mundo. Las religiones han sido el origen de la existencia y de la destrucción de muchas maravillas, y de millones de vidas todavía más maravillosas, y mi modesto entender no alcanza a comprender cómo un hermoso y antiguo edificio puede ser tenido como hostil a la propia fe. A mi escaso juicio, tanto esta catedral como el palacio renacentista realquilado en la Alhambra, son obras arquitectónicas sublimes, monumentos de primer orden, pero que deberían haberse contruido en otro lugar, sin demoler otros para mi más hermosos, más escasos y obviamente más antiguos. Levantados en tal lugar, mutilando parte de estas joyas únicas, lo siento, pero los considero un pegote por el que paso de largo. Y merecen ser vistos.
 
   Apartando japoneses llegamos a la oficina de turismo, metros después del obispado ya reseñado. Un patio encantador, donde hay mesas, sillas, sombrillas, olivas, cervezas y más japoneses con sus cámaras. Clic, clic, clic... Un remanso de paz que aprovechamos para descansar, reponer fuerzas e informarnos. De paso hacemos el dibujo anterior, con estilográfica caligráfica sobre papel galgo verjurado de 200 gramos, que junto con unas bolsas de Garzapapel de 180 gr. de 14x20, es lo que llevamos en el bolso para tales menesteres. De ahí al hotel, a pocos metros, a darnos el gusto de dormir la siesta un ratito, que el día es muy largo, a pocos metros frente a la Mezquita, que se ve desde las ventanas de la habitación. Seguro que soñé con patios con fuentes en un palacio de las mil y una noches, aunque no consigo recordarlo.
    Ya repuestos, salimos a la tarde cordobesa, derechos a ver algunos patios llenos de flores, pues es la semana de los patios.  Cruzamos el barrio judío, saliendo por la puerta de Almodóvar, hacia San Basilio, donde hay una especial concentración de patios que merece la pena visitar. Patios, calles, plazas y rincones, pues Córdoba no tiene desperdicio. No puedo evitar pararme a hacer otro dibujillo: 

 No sólo los patios, pues calles, fachadas y balcones están llenos de macetas azules de las que cuelgan geranios y otras flores que llenan de color el recorrido. Vamos haciendo fotos que sirven para hacer otros dibujos, que más tarde se colorean con acuarela.
   En el barrio de San Basilio, nuevo descanso, que madre no hay más que una, pero piernas no hay más que dos, y no muy poderosas en mi caso. Voy alternando cervezas, aguas minerales y cafés en estas paradas que hago en las terrazas de las placetas y rincones que salen al paso, pues dudo si es mejor estar nervioso o mareado. Este dibujo, calles Postrera y En medio, también con pluma estilográfica, china de tajo torcido con tinta carbón de Platinum, sobre Garzapapel de acuarela, de 180 gramos. Una maravilla de plaza y de papel.
   Mi santa me abandona para visitar otros patios mientras yo hago el dibujo anterior. De sus fotos, en otro momento, hago un dibujo con los mismos materiales, que posteriormente me recreo en colorear con la cajita de acuarelas que llevo en el bolso. Se muestra el antes y el desps:
     A la mañana siguiente muy temprano, tomando el primer café en el patio del hotel ya planeé dibujar lo que se ve en este otro apunte, que hice al volver de la Mezquita, no con el café. Se estaba allí que daba gloria, pero queríamos entrar en la Mezquita a las 8, antes de la invasión japonesa, para poder ver alguna columna. Luego lo colorearé y lo pondré multicolor en la siguiente entrada, cuando os cuente la visita a la Mezquita y algunos dibujos y andanzas por Córdoba y Sevilla.  

 SEVILLA

 De Córdoba a Sevilla, y no me voy a poner aquí a contar la historia de Sevilla ni a describir sus bellezas, que muchas tiene. Me falta ciencia y espacio para tales propósitos. Me detengo en las jacarandas, árboles de encanto que abundan en Sevilla, igual que las mimosas —o sensitivas— de hojas huidizas y colores variados. Una maravilla de árboles para no desentonar con el entorno. Como en la acuarela siguiente:
   La siguiente acuarelilla que sigue se hizo sentado en un banco, con agua de un estanque, que fuente no la había en el parque desde donde dibujaba tan hermosa perspectiva, también adornada de jacarandas. Voy a tener que incluir en el kit de pintura una petaca de ginebra seca o de cognac como los acuarelistas ingleses de antaño, a ver si consigo similares tonos. No para beber, que me da ardor. Al fondo las torres de la Plaza de España, en el Parque de María Luisa, construida para la Exposición Iberoamericana de 1929. La primera piedra fue puesta por Alfonso XIII, pero una nada más, que eso cansa mucho y ensucia las manos. De las demás, que son las que más mérito tienen, desconocen los historiadores quiénes las fueron poniendo. Subido el rey a la torre, mohíno y disgustado al ver que se habían levantado edificios de cinco, incluso seis pisos, dejó dicho que no se construyeran edificios altos que compitieran con las bellezas de la ciudad, y menos que taparan su vista. Ni puto caso, en términos científicos.
   Lo de la exposición iberoamericana tal vez fuera una excusa siendo la realidad que, con gran visión de futuro, se construyera para servir de decorado al rodaje de Lawrence de Arabia, Star Wars II y otras películas como El dictador o El viento y el león, con Sean Connery.
      El dibujo siguiente se hizo frente al hotel Alfonso XIII, mientras refrescábamos el gaznate en un bar frontero. De tal apunte y de unas fotos que desde allí hicimos sale la acuarela que inicia la entrada. Fue el trabajo que nos ocupó el día de ayer.
 

miércoles, 23 de marzo de 2011

VI.- San Odón. Zona de fumadores


urante muchos años los troncos siguieron navegando hasta Sevilla y Cádiz por el río Guadalquivir, tras su botadura en el Guadalimar o en el Madera. Los pinos que hasta Cartagena viajaban, iniciando su singladura en el río Segura, más mulas que truchas vieron en su camino, pues lo menguado del caudal en no pocos tramos del recorrido dificultaba su transporte por el muelle sendero de las aguas. Arrastrados por ribazos y torrenteras, mojados ahora por los sudores de hombres, mulas y bueyes, hacían dura y larga travesía hasta los arsenales de Cartagena.
    Si por esos caminos de tierra y agua marchaban los pinos, otras eran las cosas que venían de vuelta. Entre ellas, las noticias, el tabaco y la discordia. Si las nuevas no solían ser buenas, menos lo era la compaña. Marinos y gancheros, además de vinos y salazones,  acarreaban fardos de hojas de tabaco al regreso de sus expediciones. Espoleados por la curiosidad hacia lo nuevo que, junto con el oro, las faldas y el vino, son los principales encargados de hacer las levas con que poblar los infiernos, raro era el villano que no bufaba hediondos vapores por narices y boca, sumiéndose a sí mismo y a quienes  le rodeaban en broncas toses y arcadas. Sin duda fue el mismo Lucifer quien puso en el paraíso americano tal manzana para castigar nuestra comparecencia sin haber sido allí invitados, pues lo que, aplicado a la fuerza, hubiera supuesto inquisitorial tormento, trocóse en placer al ser sometidos a ello de grado, no sin arduo y largo entrenamiento de los pulmones habituados a los puros aires de la sierra.
    No pocos frailes sucumbieron a semejante desatino. Si al principio fueron escasos los que a escondidas, tosiendo entre tales sahumerios, afianzaban tan insana costumbre, cada día fueron más los que no se recataban de atufar las estancias a la vista de los demás hermanos. Incluso al scriptorium y a las cocinas llegó tal vicio. Menguada la visión por las brumas que los envolvían, copistas e iluminadores a duras penas acertaban a mojar sus plumas de ave en las tintas, escribiendo no pocas veces sobre la madera de sus inclinados escritorios, fuera de pergaminos y vitelas, con gran menoscabo de la hechura de los textos, hasta ahora famosos por su perfección y aseo.
    Hubo un monje, gran iluminador, conocido como fray Jacobo “el peregrino”, quien, cuando ceñudo arrimaba sus ojos a una hermosa letra H con que se iniciaba un capítulo, ocupadas sus manos en guardar la cajita con el polvo de tabaco que en su nariz acababa de introducir, fue atacado por un repentino y violento estornudo. No pudiendo sujetar su cabeza, embistió con gran estrépito el pupitre, incrustando en su despejada testuz un berberecho de los utilizados para albergar tintas y colores. Si son las lapas quienes fama tienen  de agarrarse bien a su sitio, no anduvo a la zaga el berberecho clavado en la calva de fray Jacobo. Dios y ayuda fueron menester para separar a Fray Jacobo del berberecho, o a la inversa, que de todas las maneras se intentó. Cuando, por fin, pudimos hacerles tomar distintos caminos, quedóle marcada su impronta justo en la mitad de la frente, perfilada por la tinta que por la cortada piel se había infiltrado. Cicatrizada la herida, quedó claro que la silueta tatuada de una pequeña vieira  sería divisa que le acompañaría para siempre, acarreándole piadoso apodo.
    Dividida como estaba la congregación acerca de estas fumatas que, en la opinión de algunos, reservadas para anuncio de nuevos papas debieran quedar, necesario se hizo  someter a capítulo la decisión sobre si tal costumbre sería en lo sucesivo tolerada o proscrita. El día de la votación, los detractores de los humos vieron el caso perdido nada más iniciadas las deliberaciones, que se presumían acaloradas,  al contemplar que de la capucha que casi ocultaba el rostro del prior Gandolfo  asomaba un descomunal veguero de Vuelta Abajo cuya roja ascua refulgía en la penumbra de la sala capitular, ya conquistada por el humo.
    Siendo la obediencia voto asumido por todos los hermanos, no quedó a los enemigos del tabaco más recurso que entregarse a la murmuración y al rencor, profiriendo en baja voz maldiciones que auguraban que un día, tal vez lejano, pero inevitable, como justo castigo por sus vicios, así como Adán y Eva lo fueron del Paraíso, serían los fumadores arrojados de todo lugar cubierto y temblarían a las puertas del convento, a la intemperie, soportando las heladas,  los chubascos y el desprecio de sus hermanos, calentados sólo por las ascuas de sus pipas y cigarros.
    En las paredes de las letrinas y por los rincones más recoletos del convento, incluso en los márgenes de algunos códices, aparecerían palabras en contra del prior. Como el rumor y la maldad encuentran cómodo aposento entre quienes, encerrados, tienen pocas novedades de que hablar, prosperó la infamia de rebautizar para la posteridad a fray Gandolfo, natural de Bilbao, nuestro querido y longevo prior, con el alias de “el golfo de Vizcaya”, nombre más apropiado para figurar en portulanos o cartas marítimas que en el piadoso nomenclátor de los priores de San Odón.

Continuará...

lunes, 28 de febrero de 2011

Trevor Haddon - Acuarelista inglés - Andalucía

      SEVILLA: JARDINES DEL ALCÁZAR
 
   Uno de los muchos acuarelistas ingleses de finales del XIX y primera mitad el siglo XX. (1864-1941). Pintor de óleo y acuarela y, como es frecuente entre los pintores coetáneos, gran viajero y especializado en paisajes y escenas costumbristas. Aunque vivió en Italia, España, California, o en Venezuela, donde se instaló entre 1921 y 1930, la mayor parte de su vida la pasó en Londres y Cambridge, donde murió.
GRANADA: CASA DE CAMPO EN EL DARRO

     Con una beca conseguida a los 19 años estudió en Roma y Madrid, viajando extensamente por Italia y España, principalmente por Andalucía. Dedicó dos libros a pintar y describir el Sur de España y los Palacios de Venecia. EL primero de ellos puede ser descargado completo gratuitamente en este enlace a la biblioteca de la Universidad de California: "Southern Spain" painted by Trevor Haddon.


 CÓRDOBA: FUENTE EN EL PATIO DE LOS NARANJOS

    Las acuarelas de ese libro, en PDF, no pueden verse con una excesiva calidad, aunque en este otro enlace, están extraidas del mismo libro con una mejor resolución. No deberías dejar de visitar ese sitio, referenciado en este blog, pues allí se ofrecen innumerables recursos gráficos de extraordinaria calidad, con imágenes editadas mejorando contraste, borrando imperfeciones, etc. Odisea2008. De alli tomo alguna de las que aquí se muestran de ejemplo.
SEVILLA
SEVILLA: CASA DE PILATOS
SEVILLA: PATIO DE LOS NARANJOS
 
    He encontrado casualmente, buscando más información y acuarelas de Trevor Haddon, que una obra suya está ahora en venta en ebay (485 £). El vendedor la titula "Washerwomen", por la escena costumbrista que contiene acerca de unas lavanderas en un río. Son interesantísimas las imágenes que muestra, pues siendo fotografías actuales, ofrecen un detalle difícil de contemplar en las reproducciones del libro. Se puede disfrutar de la suavidad de los baños superpuestos en las ropas, las nubes o el agua, del detalle de los troncos de los árboles, rascados en la pintura fresca, analizando cómo ha sido realizada esta acuarela.

    
  Reproduzco esas fotografías y remito al enlace de ebay, por si alguien está interesado en adquirir esta pintura. Acuarela en venta en ebay.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Llega la primavera a San Odón

Capítulo anterior: La despensa del convento de San Odón


istas las provisiones de boca con que contaba el convento, el agua asegurada por dos aljibes, uno en la cima, que atesoraba las lluvias de la primavera y el otoño,  y otro en la ladera norte, alimentado por una fuente que manaba durante todo el año, abundante leña, molino, horno y caza, es fácil entender que no era la subsistencia el origen de sus inquietudes. El futuro, más que el presente, se cernía negro sobre la congregación. 
Si alguien ha tenido la curiosidad de, por el número de gorrinos, deducir el de frailes, habrá llegado a censar 19. Es sabido que el monje benedictino es especie con una paupérrima tasa de reproducción y,  entre los monjes de San Odón, los más ya eran talludos, muchos,  venerables ancianos y sólo había tres novicios. De no producirse nuevas vocaciones, y si éstas, una vez producidas, no podían ascender a la cima de la Muela, el futuro del convento se contaba por los años de vida que Dios concediera  a los más jóvenes.
El invierno fue frío. Ventiscas de nieve azotaban los muros de la parte del convento que ofrecía su rostro al valle. Las ráfagas de viento no traían ahora los reconfortantes aromas acostumbrados, sino más frío y desesperanza a unos monjes que se refugiaban en la dura rutina que la Regla de San Benito les marcaba, siguiendo con sus oraciones y labores, más ocupados que de costumbre por los trabajos de reconstrucción de cuanto el  seísmo dañó. Sus gregorianos sonaban tristes pero, al menos, mostraban a los aldeanos de los valles que los monjes seguían vivos.
Un día llegó la primavera. Las brumas fueron al fin arrastradas por el viento, cómplice ahora de un sol fortalecido que, un año más, vencía al hielo y a las sombras. Donde ayer había un mundo que parecía agonizar, decrépito y  temblón, apareció otro nuevo, brillante como moneda recién acuñada.  Las copas de los pinos se sacudieron el gris que habían mostrado hasta ayer para lucir el verde fresco y joven de sus primeros brotes, volviendo a ser igual de hermosos que el primer pino que Dios creó. Al fondo del valle, ya sin niebla, los monjes que no habían consumido sus ojos en el scriptorium, afirmaban ver las primeras flores en los almendros y, en lugar de los agoreros buitres, que silenciosos habían volado en círculos sobre San Odón durante el invierno, pájaros más amigables piaban y trinaban en el monte.
Sus salmos también reflejaron ese renacer, sonando con más fuerza y alegría, invitando a los aldeanos a acudir en su ayuda. No confiando en su piedad, el prior, observando escrutador a la tropa, eligió a los tres novicios, más ágiles y dispuestos, para que intentaran descender por el escarpado sendero que permitía llegar a las últimas terrazas desde la cima de la Muela. Regresaron con dos cabras y con la noticia de que había un punto imposible de rebasar. Un despeñadero de unos ocho metros, totalmente vertical y sin agarradera alguna, se reveló insuperable. Debajo de él, una pequeña plataforma enlazaba con lo que del sendero quedó tras el terremoto. Era imposible saber si el camino, que a unos pocos metros se perdía en una revuelta, tenía salida. 
Como se hace en algunos cenobios del oriente, también encaramados en riscos inaccesibles, acordaron intentar salvar el cortado que detuvo a los novicios con una plataforma que, sujeta por fuertes maromas, permitiera acceder al sendero, tanto para bajar, como para subir. Las cuerdas de las campanas unidas a las que, previsores, almacenaban para reemplazarlas cuando fuere necesario, podrían servir. De cabina, no hallaron nada más a propósito que un gran tonel de vino en el que cabían dos frailes holgadamente. Se repartieron los trabajos de construir y asegurar en el sitio una estructura de madera que sujetara el invento, según la habilidad y ciencia de cada uno. De igual modo, se acordó que vaciar el tonel sería faena en la que toda la comunidad se afanaría con gran celo.

Dejemos a los frailes tiempo para concluir estas arduas labores y al que escribe ocasión para seguir escarbando en archivos y crónicas y así poder continuar la narración de lo acontecido en San Odón de la Muela en 1756.

domingo, 30 de enero de 2011

DAVID ROBERTS (1796-1864)

     
   Pintor escocés (1796-1864), increíble dibujante que fue pintor de decorados al inicio de su carrera, y que por su obra, se podría pensar que nunca dejó de pintarlos. Participó del afán viajero de muchos artistas británicos de la época en que vivió, visitando España durante 1832 y 1833, después de haberlo hecho en el resto de Gran Bretaña, Francia, Alemania y  Países Bajos desde 1824.
Autorretrato
    Su dibujo era perfecto y minucioso, con un dominio excepcional de la perspectiva, de la composición y de la escena. Añadía en sus obras todo lo que a la realidad le faltaba para redondear su visión romántica de los países que visitaba, y solía hacer bocetos en los lugares en que pintaba, terminándolos en el estudio en óleo o acuarela.  


    De su estancia en España son los grabados que publicó en 1837 en la obra “Picturesque Sketches in Spain”. Ofrezco aquí un enlace de la biblioteca  de la Universidad de California, para acceder a un libro de 1935  “Tourist in Spain: Granada” de David Roscoe “ilustrated with drawings by David Roberts” que incluye grabados como los siguientes:
En Granada, hay una calle dedicada al printor y grabador David Roberts, lo que honra tanto al artista como a la ciudad.
Ronda
    En el siguiente enlace pueden contemplarse muchas de sus obras, con especial presencia de las que salieron de sus viajes a Egipto, Nubia, Tierra Santa y en las que se recrea en la ambientación oriental, con una perfección que nos hace dudar si son realmente acuarelas. Hay que tener en cuenta que solía utilizar blanco opaco para nubes y algunos detalles. Véase sino estas barbaridades:



La mejor fuente para descargarse cientos de sus obras, magníficamente escaneadas a gran resolución, es The Library Of Congress, en este otro enlace: