miércoles, 31 de octubre de 2018

De Albacete a Sigüenza - Guadalajara



     El 31 de mayo de 1631 dos galeones españoles habían partido del puerto del  Callao, en Perú, cargados de riquezas. El 17 de junio ya estaban llegando a su destino, Puerto Perico en Panamá, para de ahí atravesar el Atlántico hasta España. Siendo las once de la noche, cuando se acercaban a la costa sorteando las islas de Las Perlas, en principio sin mayores peligros, desde la nao capitana, Nuestra Señora de Loreto, que ya había atravesado la zona que podía ofrecerlos, se oye un gran estruendo al encallar en unos bajíos la nave almiranta que la seguía, el galeón San José, que pronto se parte en dos arrojando al fondo del mar el cargamento de oro, plata, esmeraldas y otras joyas que con tanta necesidad como siempre se esperaba en la corte española.
     El capitán que desde la capitana escucha estupefacto en la oscuridad lo que sucedía con la otra nave, a la que había avisado con un cañonazo de que había atravesado los arrecifes con bien, era el general Bernardino Hurtado de Mendoza. Consiguió salvar a 61 de los 62 tripulantes, pero la carga quedó en el mar, salvo lo poco que los buscadores de perlas pudieron recuperar. Es algo que leo hoy mismo en El País, entre algunos desastres más,  y es una información  que parece estar esperándome. Conocía el caso, pero no los detalles del naufragio, y lo que me hace detenerme en esta noticia antigua y oportuna es que hay una época en la historia de España, varios siglos de ella, en que en todos sitios aparece en primera fila un miembro de la familia Mendoza.
     En la zona en la que nos movemos habitualmente, Albacete y el levante cercano, territorios del Marquesado de Villena, la familia predominante fue la de los Pacheco. En nuestro viaje a Sigüenza atravesamos los territorios de otra familia poderosa, en este caso la de los Mendoza.  Aunque ambas eran familias antiguas y ya bien situadas en las cortes de Juan II y de Enrique IV en la segunda mitad del siglo XV, es la sucesión de este último la que marca los destinos de ambas familias. En la guerra en que se dirime el trono de Castilla, Diego López Pacheco y Portocarrero, marqués de Villena, apuesta por Juana, la Beltraneja; los Mendoza en bloque por Isabel.

MORALEJA.
     Cuando alguien se apuesta el patrimonio, a veces arriesgando el común o el ajeno más que el propio, puede doblarlo o puede perderlo, cosa que ocurre en las carreras de caballos, las timbas y en las guerras dinásticas. Luego el apostante, sea una persona, una familia o un territorio, suele pasarse siglos lamentando las consecuencias de no haber acertado al elegir caballo —en este caso reina—, llorando tanto por lo perdido como por lo que esperaba ganar. Hay que apostar con más tino o sufrir en silencio, aunque luego queden los deudos varias generaciones maldiciendo al tatarabuelo que se jugó la bodega. Los más despistados y rencorosos culpan al que se la ganó. Le ocurrió al marqués de Villena y le pasó a Barcelona en 1714 en otra guerra de sucesión, agravando innecesariamente hasta la tragedia la situación por el empecinamiento suicida de quedarse solos y no rendirse cuando ya todo estaba perdido. Murieron muchos pobres para defender los antañones privilegios de los ricos, cosa habitual. Enterrados los muertos, publicados los decretos de Nueva Planta, Casanova, mártir al que hoy llevan flores, siguió ejerciendo de abogado plácidamente, aunque ahora deponiendo sus alegatos en castellano, que hasta entonces se hacían en latín. Todo ello después de que Felipe V, el odiado Borbón, desescombrara la maraña tradicional de viejos fueros y reglamentaciones y eliminara o suavizara fielatos y fronteras. Eso de desescombrar, algo que puso las bases del desarrollo y prosperidad de todo Aragón y especialmente de Cataluña, es algo que opinó y razonó Vicens Vives, aunque Bilbeny y Cucurrull vivan mejor que vivió ese verdadero historiador gracias a defender lo contrario, cierto que con menos fuste, pues más rentable suele ser defender lo falso que lo cierto. Reclamaciones al maestro armero, haber elegido muerte. A mi escaso juicio hoy en día también están poniendo encima del tapete verde cosas importantes que pueden perder en su intento de ganar más de lo que ya tienen, que no es poco, mucho más que el resto del país al que desafían con sus envites de farol y sus embestidas a la ley, siguiendo la hispanibunda tradición de los pronunciamientos. El juego siempre es cuestión de avaricia, de impulso irreflexivo, a veces suicida, más cosa de vísceras que de razones. En una timba no se dirime lo que es justo sino lo que es ambicionado. Llega a ocurrir, como es el caso, que el apostante se juega cosas que no son suyas, algo que une la indecencia a la irresponsabilidad. Incluso hay quien, clueca de repúblicas hueras, hace sus puestas en Waterloo, mal sitio para apostantes supersticiosos.
     Salimos de Albacete hacia Sigüenza. Por las fuertes lluvias anunciadas, elegimos ir por Madrid, en lugar de por el interior de Cuenca o por Valencia y Teruel. Llueve pero no demasiado. Lo malo de ir a un sitio interesante es que pasas de largo por muchos otros lugares que también lo son. Cerca quedan Segóbriga, Uclés, Alcalá de Henares, que también merecerían una visita. Nos consolamos viendo cerca de Arganda cientos de cigüeñas al lado de la autovía. No puedo parar a hacerles una foto, que no es cosa normal verlas en tanta abundancia. Están posadas sobre las farolas, volando o encaramadas en cualquier cosa elevada, aunque la mayoría se arraciman en los bancales con cara de aburrimiento, pues hoy en día andan sin trabajo.
     Al frente hay muchas nubes de dos cosechas distintas: al fondo unas blancas y algodonosas que están quietas, con la parte baja recta como comida por las cabras; delante de ellas hay otras que se mueven con rapidez hacia el oeste, rotas y dispersas, oscuras y amenazantes. Sigue lloviendo.
     Evitando Madrid por la M50, empezamos ver el paisaje cambiar cuando vamos llegando a Guadalajara. Ya de entrada la abundancia de arbolado, fresco y brillante por la lluvia resulta reconfortante después de tanto secarral. Hace rato que hemos ido atravesando el territorio de los Mendozas o de familias emparentadas, como los Carrillos de Huete o Priego, pero ahora llegamos a la capital de sus feudos. Enseguida nos topamos con el Palacio del Infantado vigilado por la estatua del Cardenal, que hoy se refleja en los charcos.
       Camilo José Cela, en su Viaje a la Alcarria, el primero, el que hizo andando, sin Rolls Royce ni choferesa negra, nos cuenta que en 1941, cuando él pasó por aquí, el palacio estaba en el suelo y que debió de ser un hermoso edificio. Estaba derrumbado desde 1936, y no entraremos en más detalles. Se reconstruyó tal cual era, salvo los artesonados mozárabes que fueron irrecuperables.
     Jenaro Pérez Villaamil lo había pintado varias veces antes de su ruina y a partir de sus dibujos se publicaron maravillosos grabados en la “España Artística y Monumental”. Hoy es Museo. Cuando además era biblioteca, dirigida por Blanca Calvo, asistimos unos días a unas Jornadas sobre Literatura Infantil y llegamos a cenar en la majestuosa balconada superior. Luego, obra de teatro y fiestecilla de despedida en el patio que también pintó Villaamil. Que parte de los libros fueran trasladados de este palacio al de Dávalos por una cadena humana resulta reconfortante, por las personas que realizaron el traslado y por los lugares elegidos para guardar y leer los libros en Guadalajara.
     En este palacio renacentista tuvo antes su biblioteca y escribió sus versos el I Marqués de Santillana, don Íñigo González de Mendoza; aquí nació en 1428 su hijo Pedro González de Mendoza, el Gran Cardenal de España, aquí se casó Felipe II con Isabel de Valois en 1559 y  por allí rondaría la Princesa de Éboli, hija de Diego Hurtado de Mendoza, virrey del Perú, aunque ella vivió en su palacio ducal en Pastrana, un tiempo encarcelada.
     Cuando Guadalajara, Nueva Galicia, fue fundada en México por veinte familias de españoles comandados por Nuño Beltrán de Guzmán, el más joven de los colonos y conquistadores era Diego de Hurtado, otro Mendoza, con 15 años. Ambos eran de la Guadalajara alcarreña. Entre los virreyes del Perú encontramos dos Mendozas. También encontramos personajes de esta familia en la victoria de Isabel la Católica sobre la Beltraneja, en el asedio y toma de Granada, siendo un Mendoza el que bendijo el reino recién conquistado, como lo había en las negociaciones con Colón para financiar su expedición, en el concilio de Trento, en la expulsión de los judíos, en la Inquisición, en la corte, en la implantación del estilo renacentista en España y prácticamente en todos los episodios decisivos de esa época. Del Cardenal Mendoza hablaremos cuando lleguemos a Sigüenza.
     Poco tiempo estuvimos en Guadalajara, que queríamos llegar a comer a Sigüenza y además llovía y no era cosa de callejear andando ni de sentarse en una terraza. Recorrimos la ciudad en el coche y al final de una calle curvada y sin salida dimos con los restos casi ruinosos de una iglesia mozárabe. La Iglesia de San Gil. Una preciosidad que hubo que fotografiar y hacer dos rayas en el cuaderno para terminar un dibujo después. A finales de la edad media había en Guadalajara una docena de ellas. Más tarde se desacralizaron algunas dejando para el culto sólo cinco. Como es natural fue su perdición. De ésta, cuando se declaró Monumento histórico-artístico en 1924 por decreto de S.M. Alfonso XIII (q.d.g. como decía la Gaceta de Madrid) ya sólo quedaba una capilla y un par de muros. Más tarde, por Orden publicada en el BOE del 16 de enero de 1941 en la misma página que varias órdenes de depuración de docentes, considerando que para poca salud ninguna y tras dictámenes de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y de la Comisión Provincial de Monumentos, se declara suprimida del catálogo Monumental y Artístico por su estado incompleto y de poco valor, y además hay muchas. Milagro, pues, que queden estos restos rodeados de unos edificios que, por comparación, muestran la degeneración de la arquitectura, aunque algunos tomen por progreso al simple paso del tiempo.
     Seguimos ruta y lloviendo aún llegamos a Sigüenza. Prometedora desde fuera, con las murallas del castillo como fachada, llegamos a la Plaza Mayor, aparcamos junto a la oficina de Turismo, que tiene una hermosa fachada renacentista y vamos a comer a “La Alameda”, donde sabíamos que se comía bien.
A partir de allí, ya vamos en busca de los amigos del V Encuentro de Ladrones de Cuadernos, que habíamos quedado por la tarde en los soportales de la Plaza Mayor. Lo contaremos en la siguiente entrada.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Valle de Ricote



   Peladas, resecas y calcinadas por el sol, acuchilladas por las lluvias, limadas por el viento, las montañas que enmarcan el valle de Ricote nos muestran por contraste que el agua es la vida. El Segura se pasea entre ellas tranquilo, domesticado y alegre para convertir en un oasis lo que sin su concurso y el esfuerzo de sus moradores sería un desierto. Uno más del Campus Spartarius que encontraron los romanos, ya viejo cuando lo cita Estrabón, pues el cultivo extensivo del esparto, propio de las estepas del suereste español, sería algo decidido en Tiro y en Cartago hace 3000 años. Dejó este cultivo huella en la zona, muy deforestada, agravando la sequera y la escasa fertilidad de grandes zonas esteparias de Albacete, Murcia y Almería, hoy convertidas en eriales. Gracias al Segura, a sus aguas y a sus limos, los naranjos y limoneros, las huertas y los cultivos regados por las acequias ofrecen a las palmeras descollantes una visión amable y jugosa que esconde la dureza de la geología del lugar. 
    Hubo volcanes por toda esta región que en unas épocas fue laguna salada, que estuvo bajo el mar en otras, que vio a los dinosaurios ramonear entre la flora tropical, que hace seis millones de años fue un desierto de sal cuando el Mediterráneo se secó y que sufrió las iras de los empujones entre las placas Africana y Euroasíatica buscando acomodo. Podían haber quedado en otro sitio a conocerse. Esos tres milímetros que la placa europea cede al año frente al empuje de la africana, fue, es y será la causa de los pasados, presentes y futuros terremotos y volcanes, fuegos, derrumbes y destrucción constructiva de otro equilibrio momentáneo y precario, como el que ahora visitamos y vivimos. Lo que hoy vemos son los restos de las chimeneas de los volcanes, de las emisiones de lavas, de los materiales que las erupciones sacaban del interior de la tierra. Hay muestras notables y conocidas como el Cabezón Negro de Calatrava o el volcán de Cancarix, en Albacete, que la geología no sabe de fronteras ni atiende lindes que dibujaron hace cuatro días o minutos esos bichos que, tan orgullosos, andamos a dos patas o a cuatro ruedas por todos sitios. Hace 10.000 años, aún había volcanes activos en la Garrocha, en Gerona. Por aquí hace un poco más, un millón de años, prácticamente ayer. La otra zona volcánica de las tres más importantes de la peninsula se encuentra en el Campo de Calatrava.
   El Pitón volcánico de Cancarix, cerca de Hellín en Albacete, fue declarado Monumento Natural, quedando protegido. Otros con menos suerte se han transformado en vertederos, cubiertos de basura, o de hermosisimas urbanizaciones. Algunas chimeneas volcánicas se han usado como canteras de minerales escasísimos en el mundo para cimentar autovías. Los más alejados de la civilización y el progreso siguen bien, gracias. Como Ricote.
    Estos episodios volcánicos que rompen la hucha del subsuelo derramando por la superficie los ahorros de eras completas,  en Almería, Murcia y Albacete fueron bastante peculiares, por ello son objeto de estudio en todo el mundo y, cosa curiosa, han permitido bautizar con nombres locales algunas piedras que afloraron desde una profundidad mucho mayor de lo normal, las rarísimas lamproítas, con nombres de prima hermana más que de piedra, tan cantarines como jumillita, fortunita, cancarita (Cancarix) y otras. No han dado aún con las calasparritas de donde el arroz bomba ni las socovitas de las fallas de Socovos, que no las de Valencia. Tampoco con los diamantes que, como en Sudáfrica, suelen estar asociados a estos afloramientos, aunque sí con los yesos y las sales, más abundantes. El 86% del mármol nacional se extrae de las provincias de Alicante, Murcia y Almería. Se explotaron minas de azufre, las yeserías de Hellín siguen activas como otros pequeños filones de minerales diversos, aunque lo que por Hellín y Agramón abunda y se extrae desde antiguo es el cieno de diatomeas, algas microscópicas que sedimentaron en el fondo de zonas lagunares. De ahí sale el blanco España, con perdón. En Rodalquilar (Almería), hasta hace poco, se encontraba oro —cuando yo fui no pude dar con él— y desde que se tiene noticia histórica, hierro, plomo, plata, alumbre, albayalde y otros minerales se han extraído de estos lugares del sureste español. Casi siempre por empresas foráneas.
   En esta zona geológica se pueden encontrar el 75% de todos los minerales conocidos por el hombre (y por la mujer), aunque sean conocidos por tan escasos hombres como mujeres. Por esa originalidad mineral también abundan esos nombres que hacen referencia a localidades del sureste, siempre en diminutivo, que debe ser que se encuentran siempre trozos minúsculos: Verita, almeriita, rodalquilarita, alunita, entre otros.
    La jarosita, del barranco del Jaroso, mineral conocido como almagra o piedra de alumbre, es bactericida, usada como desodorante o para los pequeños cortes del afeitado, para cosméticos y afeites desde los antiguos egipcios y romanos. Los egipcios la usaron como color para pintar de amarillo los muros del templo de Karnak y se ha encontrado en Marte, lo que ha alegrado a los científicos pues siempre aparece en afloramientos de aguas termales. Muy lejos de Marte, pero muy cerca de Ricote, cerrando el valle, se encuentra el balneario de Archena donde surgen a 52,5ºC sus aguas sulfurado-sulfatado-clorurado-sódico-cálcicas. Vamos, directamente de los infiernos.
Olivera gorda de Ricote
       El valle de Ricote es lo que se llama un paisaje cultural. Un paisaje morisco, que podría estar en el norte de África. Sin la acción del hombre a lo largo de miles de años sería de otra forma y no estaría lleno de recuerdos de  la ocupación árabe. No sólo la canalización y represa del agua, sino las aldeas, alquerías y poblaciones, los caminos, restos defensivos como el castillo de Ricote del siglo IX, cultivos e incluso algunos árboles son historia. Los municipios son los de Archena, Ojós, Villanueva del río Segura, Ulea y Ricote. También las costumbres y las palabras vienen de antiguo y mucho nos pueden enseñar. Palabras árabes hay más que aldeas, empezando por todas las que tienen relación con el agua y el riego: acequia, alberca, alcantarilla, aljibe, alfaguara, azud, atanor, azarbe, aljofaina, arcaduz, o la aceña, un molino para sacar agua. En otros campos, sin ser exhaustivos, almunia, aldea, alquería, arrabal, atalaya, alcázar, alcántara, azotea, albañil, alarife, tabique, azulejo, alfombra, albornoz, almohada, laúd, ajedrez, azar, taza, jarra, almirez, alfiler, babucha, almíbar, arrope, alfar, atalaya, adarga, tambor, azul, naranja, escarlata, arroz, alambique, aceite, azahar, alboroque y berenjenal. Hay cientos más. Llamar al valle de Ricote "Valle Morisco" no resulta una exageración. Menos si lo observáramos desde lo alto del Collado Mahoma.
   Raro resulta que se haya conservado ese toponímo, aunque sea encaramado a un cerro. Tal vez haya sido recuperado pues, de no haber sido nunca cambiado, la Inquisición, la Orden de Santiago y la España de esos siglos resultaría haber sido más tolerante e inteligente que la actual, tan amante de confundir la historia y la conciencia con el callejero. Otros lugares sí cambiaron su nombre al pasar a manos cristianas. Y no por motivos religiosos o políticos sino estéticos. Asnete pasó a llamarse Villanueva del río Segura y Negra pasó a llamarse Blanca, que ya es cambiar. Ni siquiera se quedaron en subsahariana, un término medio.
  Olivera gorda de Ricote
     Un árbol que uno no debe dejar de ver si se acerca por este valle, yendo de Ojós a Ricote, es la Olivera Gorda de Ricote. La hemos visitado varias veces y aquí aparecen tres acuarelas de este árbol hermoso y con leyenda. Según los valricotíes, que así dicen llamarse los habitantes del valle (y, como se afirma en La Corte del Faraón, "si en Tebas lo dicen, en Tebas lo deben de saber"), bajo sus ramas, (tal vez de otras por lo del río de Heráclito, aunque parece ser que en realidad lo dijo primero Cleantes, que en todas las épocas cuecen habas), fue coronado rey Ibn-Hud, caudillo musulmán de la Cora de Tudmir, en el año 1228, rebelado contra los almohades y que se hizo dueño de gran parte del territorio. También se cuenta que bajo su copa los moros se rindieron a las tropas del rey de Aragón Jaime I, en 1266. La verdad es que en el cartel explicativo a pie de árbol se dice que Jaime I era rey catalano-aragonés, explicación para turistas con tragaderas históricas, que no es el caso. Hablar de esa entelequia, y más en 1266, es simplemente tomar el pelo al indefenso turista y ofender a todos los demás.
    Merecedora de igual crédito que lo de la corona esa, como ella cuestión de fe, que se basta a sí misma, es la leyenda de cuando los habitantes de Ojós intentaron robarles a los de Ricote su San Sebastián. Llegados con el santo patrón a hombros a la Olivera Gorda, por influjo de ésta, el santo se volvió tan pesado que hubieron de parar allí mismo y devolverlo a su sitio, pues ni los bueyes podían hacerle pasar de allí. El aceite de este acebuche gigantesco fue donado a perpetuidad para alimentar la lamparilla del sagrario de la Iglesia de Ricote.
  Olivera gorda de Ricote
    De aquí eran los últimos moriscos que se expulsaron de España, merecedores de un decreto especial. De aquí procedía Ricote, el vecino de Sancho Panza, por el que derramó lágrimas alegres al encontrarlo y saber que regresaba a la aldea manchega.
   Esos moriscos y sus antepasados, según nos cuenta la leyenda y otro cartel, se reunían bajo el Pino del Solvente, en la orilla del Azud de Ojós, para acordar asuntos relacionados con la vida de la comunidad, seguramente turnos de riego, lindes y otras pendencias. A su alrededor hay unas piedras cuadradas donde uno puede sentarse a almorzar si lleva con qué.
   Aunque en un principio se salvaron de la expulsión general, la que mayoritariamente salió de España desde Denia, al final hubo un decreto especial para expulsar a estos moriscos del valle de Ricote, los últimos, estos por Cartagena. Ocupaban la comarca más arabizada de Murcia, como Blanca, donde eran prácticamente únicos pobladores. Algunos consiguieron evitarlo y bastantes regresaron a sus lugares. Govert Westerveld en su "Historia de Blanca (Valle de Ricote) Años 711-1700" dice que no fue una expulsión de los moriscos sino de los moriscos pobres. El 40% de las familias, las más adineradas, según los archivos parroquiales, permanecieron en Blanca. No sé si en otros lugares ocurrió igual.
Pino del Solvente
Azud de Ojós
   Llegamos hasta Archena, aunque renunciamos a los beneficios de sus aguas telúricas, que bien les vendrían a mis lomos y reúmas. En otra ocasión. Volvemos para atrás que si no llegamos tarde a Blanca para ver su museo dedicado a Pedro Cano, gran pintor y cuadernista. Disfrutamos mucho con la visita y al salir, a la vera del río, tomamos un café en un bar. El Segura pasa lento, sin ruido, con más agua de la que esperaba ver en su cauce y se está bien allí. Se me ocurre que no estaría mal ir a la otra orilla, sentarme en algún recodo solitario con una caña sobre el agua sin anzuelo ni hilo. Se suele respetar a los pescadores, es frecuente que no se acerque nadie a ellos y que, de hacerlo, guarden silencio para no espantar a los peces. Seguramente será una de las pocas situaciones en que alguien se haga merecedor de esos miramientos, tal vez porque se considere más respetable pescar que pensar.
   Un dibujo en cuaderno, a salto de mata y una acuarela posterior, en casa, a partir del dibujo y de una foto hecha en Blanca en el momento. El primero incluso tiene más información, aunque los trazos sean rápidos y poco cuidadosos. Es un boceto. Abajo, la acuarela, con un cielo más trabajado, los colores del atardecer mejor sugeridos, pinceladas más cuidadosas y meditadas, iguales arañazos con la uña para sacar brillos en el agua. Son amores distintos, pero no es mejor la acuarela que el boceto. A mi escaso juicio.


viernes, 31 de agosto de 2018

Cieza


   Varias veces hemos visitado Murcia, la capital y toda la provincia, tan cercana a Albacete en la geografía y en la Historia. También sus playas que lindan con Almería, minerales y volcánicas, sus huertas feraces y algunas de sus comarcas, con especial atención a las que habitaron los últimos moriscos, que a gusto debieron estar en ese paisaje del norte de Marruecos trasladado como por ensalmo al valle de Ricote. Algunos de estos viajes nos llevaron a desviarnos a Cieza, la Medina Siyâsa árabe en la vega del río Segura, el Thader romano, el río Blanco agareño ( وادي الأبيض Wadi al-Abyad ), para ver, dibujar y fotografiar su olivo centenario, un árbol retorcido y antañón que debe contemplar con extrañeza, tal vez con cierto desagrado, cómo ha cambiado el bancal donde hace tantos siglos lo plantaron. No creo que esté a disgusto porque se trata de un hermoso parque, acaso aprecie la compañía e incluso no le desagrade ser objeto de la admiración con que algunos lo miramos, agradeciendo que nos lleguemos hasta allí a contemplarlo. Varias veces lo hemos dibujado y, como digo, no hemos dejado de ir a saludarlo cuando la ruta nos lo ponía a tiro. Una belleza.
  En alguna de esas visitas supimos que había mejor momento para ir a Cieza, aunque ninguno hay malo para hacerlo. Me refiero a la floración. Hay que verla. De forma que volvimos una vez más buscando el día del manto en la eterna primavera murciana. No es suficiente con sorprenderse con el arcoiris vegetal que nos muestran las fotos con que se publicita esta maravilla. Tampoco dibujos y acuarelas pueden reflejar esa inmensidad coloreada, ese universo estrellado por constelaciones de brillos y luceros vegetales. Cientos de miles de melocotoneros y albaricoques, almendros y cerezos, naranjos y mandarinos, guindos y nectarinas, nísperos y caquis forman en estos valles una Vía Láctea frutal, enraizada y golosa. Cada frutal aporta un color o un matiz diferente, del blanco del cerezo o el albaricoquero, el amarillo pálido del caqui, o a la variedad de rosas, tenues en el almendro, intensas en el melocotonero, a veces con matices lila. Añadamos la gama verde de las diferentes hojas y las asperezas oscuras de los troncos que aportan el crujiente a plato tan suave y vayámonos alejando de los bancales para mirar desde lejos este derroche de color si hemos atinado con la fecha del viaje.
   Algunos de estos frutales ya viven desde antiguo en la zona, por ser autóctonos o por haber navegado el Mare Nostrum hasta aquí en esquifes fenicios, romanos o árabes cuando el mundo era más joven. Otros han llegado después, como el caqui, que fue traído a España en 1870. Y aquí conviven, alfombrando cerros y valles, con una variedad que contrasta con otras zonas famosas por sus floraciones monovarietales y uniformes de almendos o cerezos, nada desdeñables, pero menos ricas que el espectáculo multicolor de Cieza, sólo equiparable a los campos de tulipanes de Holanda.
   Cada vez hay en distintas zonas de la provincia de Murcia más superficie dedicada al cultivo de aromáticas. Aceites esenciales de romero, salvia, espliego, lavanda, tomillo y otras buenas hierbas. Como en el caso de los frutales, los agricultores cultivan sabores y aromas, que sólo los pintores compramos colores, pero ese despliegue de color es un regalo que nos dan por añadidura, y no deja de ser reconfortante que se pueda vivir de criar tanta belleza.



   Llamamos renacentista a ese afán de interesarse por todo, esa necesidad que algunas personas, no demasiadas en términos estadísticos, sintieron, sentimos, por escarbar un poco más abajo de la superficie de las cosas; de todas las cosas, admitiendo de antemano la imposibilidad absoluta de llegar muy lejos en nuestro conocimiento de ninguna de ellas. Vivimos un mundo que oscila entre la total ignorancia y la excesiva especialización, predominando de forma abrumadora la primera. Quien no sabe nada de nada y quien lo sabe todo de muy poco. El avance suele venir de quien consigue unir los hallazgos de otros exploradores de campos muy pequeños, fragmentarios. El progreso procede de los que saben sacar consecuencias y derivaciones útiles de esos conocimientos trabajosamente descubiertos por gentes concienzudas y minuciosas, geniales a veces, pero estériles mientras vivan estancos. Investigación básica, imprescindible, a veces impotente como el vuelo del pájaro enjaulado. Hecha útil por la genialidad de relacionar, de unir lo aparentemente extraño y desparejo. La investigación es trabajosa y compleja, minuciosa y detallista. El producto de la genialidad es maravillosamente sencillo, a veces obvio, pero de una obviedad no evidente hasta ver la rueda girando o el fuego arder tras frotar dos palitos. Normalmente los mayores descubrimientos, los verdaderamente relevantes y revolucionarios, consistieron en encontrar no nada nuevo, sino una nueva relación entre cosas viejas. La litetarura y el arte también funcionan así. Una obra literaria es maravillosa si hace un uso genial del lenguaje preexistente, combinando de forma nueva palabras muy viejas, pues no necesita inventarlas. Por eso más que desconfiar, abomino de todo arte, idea o doctrina que renuncia o desprecia la tradición. Cierto es que algunos dicen despreciar o renunciar a aquello que ni conocen ni dominan, cosa que evidencian sus productos y elucubraciones. El arte es otra cosa. El pensamiento fecundo también, pues nos escarmienta y avisa sobre la repetición de errores del pasado y pone cimientos para la construcción sólida del futuro.
   Con los placeres y disfrutes ocurre otro tanto. Unir dos o más de ellos no los suma, los multiplica. Olor y sabor, letra y música, edificios, lugares e historia. Paisaje, historia, clima, gastronomía, buena compañía y un vino blanco fresco. Cuantas más sensaciones y recuerdos intervengan, mayor es el placer. Cuestión de relacionar ideas, lo que presupone tenerlas. Es penoso tener pocas, y trágico tener una sola, dueña de toda la cabeza, rebotando de neurona en neurona sin encontrar con quién pegar la hebra. adueñándose de todo el pensamiento, de todos los sentimientos y deseos. Eso convierte en un peligro a quien tan poco amueblada tiene la almendra. A unos les da por poner lazos, a otros por degollar infieles y a otros por abrazar farolas. Y en esas estamos.
   Viene esta disgresión a propósito de mi tendencia a pensar en los iberos o en los romanos viendo unos pedruscos alineados y ya desportillados por los siglos en un bancal, o a recordar a los árabes mirando un olivo, una acequia o un palmeral, que no hay que ir a la mezquiita de Córdoba o a la Alhambra para sentir su aliento. Unir la tierra que piso con el recuerdo de quien antes vivió en ella y la transformó, las técnicas que utilizaron, cómo aprovecharon sus recursos o los crearon. Recordar qué se escribió o se dijo de este lugar o de sus gentes, qué ocurrió aquí, que sueños y qué afanes les llevaron a levantar esto que hoy son ruinas, son elementos que enriquecen y dan sentido a un viaje, esa actividad tan devaluada. Y, sobre todo, nos ayudan a no mirar de forma condescenciente, como a un pariente tonto, a nuestros antepasados, pues es ilusión vana creernos superiores. Tal vez lo seamos como especie animal, aunque en la mayor parte de los de casos ni eso. Sobrevalorándonos, cada uno de los humanos nos creemos que el mejor de los sapiens y yo, dos, obviando que en algunas cosas importantes las personas hemos degenerado mucho, salvo escasas excepciones, que no conozco. Sobre todo si pienso en la incapacidad que tendríamos para sobrevivir en un medio en el que ellos prosperaron. A veces tenemos que cruzar un puente romano para ver desde él, sobre el río, las ruinas  de otro que levantó hace poco nuestra engreída técnica, nuestra forma de pensar, mezquina, rácana con el esfuerzo, de luces bajas frente a esa mirada a lo lejos en el tiempo con la que incas, chinos, egipcios, mayas o romanos, entre otros, construían para la eternidad.
   Y plantaban. De siempre he tenido por monumentos a algunos árboles. En belleza pueden rivalizar con el acueducto de Segovia, superarlo incluso. También en valor una moneda de cobre o de hierro podría ser más apreciable para un arqueólogo que un saco de otras de oro, pues la vida es cuestión de valores no de precios. Y la información y el saber es oro. Una acequia ya arruinada, unos arcos huérfanos, discontinuos, restos de un acueducto, son monumentos de igual valor que otros de mayor relumbre, al menos por su capacidad para evocar las personas y el tiempo que los levantaron, el talante que les llevó a hacer bello lo util, la visión que les impulsaba a hacer hermosos y sólidos hasta los aljibes o las canalizaciones subterráneas, repitiendo modelos acreditados, buscando menos sorprender que durar. Mimaban lo que no se ve. Los cimientos. Hoy todo lo echamos en fachada. Luego se nos hunde el puente mientras lo atravesamos, tal vez mientras comentábamos en nuestras últimas palabras, admirados, lo atrevido de su ingeniería y lo colosal de sus pilares, compartiendo, (como siempre apuntándonos méritos ajenos), el orgullo del ingeniero. Se derrumba a los sesenta años de ser construido, como ha ocurrido en Génova. Claro queda que los bárbaros de dentro y de fuera acabaron para siempre con Roma. Leo desesperanzado que los puentes actuales se levantan dándoles una esperanza de vida no mayor de 150 años. Esa es nuestra sociedad. Como la del imperio romano, tal vez no merece sobrevivir, por vieja, cansada, por cómoda y por incapaz de defender unos valores y una cultura heredada de la que no pocos reniegan, siendo al paso incapaces de alumbrar otra mejor. En cuanto, yéndome por las ramas, abandono mi panteísmo naturalista y paso de los árboles y las flores a las personas me deprimo. Volvamos a los olivos y a la historia, pues. Merece la pena visitar el museo de Siyâsa en Cieza para empezar a conocerla.

   Cieza, como toda Murcia y parte de Alicante y Albacete, gracias al pacto de Orihuela, el pacto de Tudmir, es decir de Teodomiro de Oriola, salvó el primer embate de la invasión árabe capitulando y conservando así cierta independencia, aunque su vasallaje, según el acuerdo del 7 de abril del año 713, obligaba a cada persona, incluida la parte contratante de la primera parte, es decir Teodomiro, a pagar un tributo anual de un dinar en metálico, cuatro medidas de trigo, cebada, vinagre, zumo de uva (no sé si fermentado, que la hipocresía no es cosa nueva), dos de miel y dos de aceite de oliva; para los siervos, solo una medida. 
   No duró demasiado esa situación, Teodomiro sólo tuvo un dudoso continuador, Atanagildo de Tudmir, cuya hija ya se casó con un yundi árabe, un invasor sirio, de forma que terminaron sucumbiendo y sufriendo los avatares de la época, con guerras civiles entre los diferentes grupos musulmanes, afición que compartían con las antiguas tribus iberas, cuya división entregó a Roma la Iberia, consolidando un preexistente carácter disgregador de tribu y luego de kabila que nos dejaron como parte de la herencia. Ello fue lo que provocó la fatal división del califato en reinos de taifas, antes incluso de que la parte norte de la región fuera totalmente arabizada. Como vemos, el modelo se repite. De todas formas, hasta 1243 no se invirtieron los papeles y el emir de Murcia Ibn Hud al-Dawla fue el que capituló ante Fernando III, pasando a ser vasasllos de Castilla y León.
  A tres kilómetros al norte de Cieza, en el morrón de Bolvax, se encuentran los restos abandonados del antiguo poblado ibero-romano que según muchos sería la antigua Segisa, citada por Ptolomeo como cercana a Cartago, en pleno Campus Spartarium de los romanos.  Para ellos esa sería la primera ubicación de Cieza.
   Más seguro es buscar su origen en la Siyâsa árabe, que como toda Murcia tuvo que rendirse ante Fernando III, que tras conquistar Segura en Jaén, como Alcaraz y Chinchilla en Albacete, no les dejó otra opción. Ese pacto se llama de Alcaraz. Se reparten tierras entre los cristianos, las mismas que siglos antes habían sido repartidas entre moros, es decir, las mejores. Algunos se quedan en Cieza al abrigo de los pactos, Otros pocos tal vez se incorporaron a la guardia mora que solían tener los reyes castellanos, igual que los caudillos sarracenos preferían ser escoltados por mercenarios cristianos, a los que se conocía como 'los elches'.  Al suelo, que vienen los nuestros. Muchos árabes prefieren irse a Granada, para vengarse después en ataques continuos, tomando cautivos en su antigua casa para cobrar rescates. Ya en los últimos estertores del reino nazarí siguieron estas incursiones, que llevaron a los ciezanos a las mazmorras de Granada, en la Alhambra, para trabajar como esclavos en las murallas del Albaycín. Aún se conservan sus melancólicos grabados y dibujos en las paredes de las hondas mazmorras en que los mantenían encerrados al salir del tajo y a las que nos podemos asomar en una visita a la Alhambra y sus aledaños.

domingo, 29 de julio de 2018

Olivos y otros árboles

   Como siempre, sigo pintando árboles. La mayor parte de ellos son ejemplares singulares que nunca dejo de visitar cuando se ponen a tiro en algún viaje. No es la primera vez que quedar a doscientos kilómetros se considera suficientemente a tiro. Cieza, Ricote, El Maestrazgo, la sierra del Segura o Cazorla, Villajoyosa, Daimiel... Algunos otros, los menos, recurro a alguna foto o reportaje en internet o en alguno de los libros que tengo sobre árboles catalogados, guías y otras fuentes.
    La rugosidad de sus cortezas, las formas retorcidas y caprichosas, los almendros o cerezos en flor, los olivos, pinos y encinas, siempre son excusa para trabajar las texturas, las sombras, los colores, las luces. Unas veces con acuarela o tintas, pluma estilográfica o rotuladores, últimamente con lápices, pasteles sobre papeles tintados, lo que permite fuertes contrastes al utilizar el blanco.
   En esta entrada va una mezcla de todo ello, dibujos y acuarelas, casi todos de este mes de julio que ahora termina, unos in situ, los menos, los más recurriendo al arsenal de fotos que tenemos almacenado para tiempos de sequía viajera.
Árbol, montaña y nubes. Nogalina y lápiz blanco

Algarrobo de Guadalest (Alicanrte)
Cielo y ramas a partir de una foto del amigo Vilaboa, desde Galicia.

Un olivo de Cieza

Olivera gorda de Ricote, en Murcia.
Olivo centenario de Cieza.
Olivo centenario de Cieza
Olivo de Daimiel
Olivera de Villajoyosa, en Alicante
Taray de Las Tablas de Daimiel

viernes, 27 de julio de 2018

Dibujos en papeles tintados. Árboles, flores y barbas.

 Últimamente estoy haciendo probaturas con papeles tintados. Un bloc de papel marron, papeles kraft verdes, azules, amarillos... Pendiente está el papel Canson negro que he comprado en bloc. Empecé con estilográfica cargada con tinta indeleble negra o marrón y sacando algunas luces con un lápiz blanco o rotulador. De ahí pasé a buscar en los cajones cajas de lapiceros de color que hace muchos años que no usaba. Los hay acuarelables de Conté, lápiz pastel de la misma marca y dos cajas de Poychromos de Faber-Castell. Una de ellas una gama de 12 del blanco al gris; otra un arcoiris de 36 colores
    Como de una cosa se va pasando a otra, recordé un plumier lleno de lápices de Conté y Pitt de Faber Castell,  un lote de sanguinas, sepia, negros y blanco, completado con algún otro lapicero blanco graso, de esos que dibujan en cualquier sueprficie. Al final es el que más he usado. También los he encontrado en barritas. Ya ni recuerdo cuándo compré estas cosas.
    Aqui se ven algunos de esos materiales y el bloc de papel marrón, donde se han hecho casi todos los dibujos de esta entrada.
   Aqui, para este jarrón con flores, se ha usado algo de acuarela, aunque hay mucho trabajo con el lápiz. Buscando lápices encontré algunos bastante antiguos que compré en un rastro. Lápices copiativos, de esos que se mojaban con la lengua para marcar bien, en violeta y un rojo oscuro, borgoña. Como lleva toques de témpera blanca también, se ha mezclado a veces con la acuarela ultramar que usé en el jarrón. Los verdes también de acuarela.
   Papel kraft verde. Dibujo con lápices de colores, blanco entre ellos.
   Acuarela, témpera blanca y lapicero blanco.
   Lápiz carbón, sanguina, sepia y blanco sobre el consabido papel marrón.
   Probatura con lápices pastel de Conté. Quería aplicar una técnica que muchas vevces he utilizado dibujando con grafito. Se trata de grabar unas rayas en el papel, presionando ligeramente con algo afilado pero que no corte. En este caso fue con una capucha de boli Bic, lógicamente no con el extremo romo, sino con el trozo que hace de clip. Al dibujar por encima de esas hendiduras en el papel no toman el color, quedan del tono del fondo. Muy dulzón y relamido ha quedado, pero lo que se quería probar funciona.
    Un taray de las Tablas de Daimiel con estilográfica, lápices acuarelables verde y siena claro y trazos con el lápiz blanco en fondo y luces.