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jueves, 21 de noviembre de 2019

Ávila, Segovia y La Granja

   Después de los días del Encuentro de Ladrones de Cuadernos en El Escorial, viaje de vuelta prolongando el viaje. Salimos hacia Navas del Marqués, en Ávila, un lugar que quería volver a visitar. Para despedirnos del Escorial, paramos en el Mirador dedicado a Ángel Nieto y hacemos algunas fotos con ese hermoso valle y el monasterio al fondo. De una de ellas sale esta acuarela.
     Hace muchos años, cerca de cuarenta, durante una semana estuve viviendo en un castillo, cosa que uno no hace muy a menudo. Fue en un curso sobre bibliotecas, su organización y, principalmente, de animación a la lectura. Llevaba consigo la asistencia a ese curso la dotación al colegio de un lote de 1000 libros muy seleccionados de literatura infantil y juvenil. En los centros había bofetadas por no ir, pero no se podían dejar perder esos libros. Por supuesto, me alegré mucho de haber ido. Un lujo de curso, por su contenido y por el lugar, un castillo rehabilitado, con la biblioteca en una torre, buenas compañías, y un bar cerca donde vendían un tinto que resucitaba a un muerto y quitaba los fríos, que no eran pequeños. Bueno, pasamos por las Navas del Marqués, desayunamos e hicimos algunas fotos del castillo y del entorno. También en aquella época dedicada a los libros y a la promoción de la lectura, pasamos unos días en Guadalajara cuando su biblioteca, regida por Blanca Calvo, estaba en el Palacio del Infantado. Allí eran las sesiones del curso y allí disfrutamos de una cena de despedida, en esa balconada majestuosa. Otro lujo y otros buenos recuerdos. Esta acuarela sale de una de esas fotos.
   Desde allí fuimos a Ávila, vimos su murallas, su catedral, hicimos algunos dibujos en el cuaderno, tomamos un café y nos despedimos desde el Mirador de los Cuatro Postes.
   Desde allí, a Segovia, que las distancias con muy cortas. Llegamos justo a la hora de tomar una cerveza, con la plaza llena de turistas. Abundaban los orientales, chinos, japoneses, incluso un hindú con turbante y sayones color azafrán haciéndose selfies con la catedral detrás.
   Entre trago y trago de cerveza, un dibujo de la catedral de Segovia, con estilográfica. Se quedó así, aunque después le di unas sombras con acuarela marrón.
    Después de comer, en la terraza de un restaurante en la misma plaza, tomando café y haciendo otro dibujo de lo que desde allí se veía, empezando por un trozo de catedral a la izquierda. Después de eso, seguimos viaje, deteniéndonos a admirar la vista imponente del acueducto, que fotografiamos pero no nos paramos a dibujar.
  
     Seguimos hacia la Granja de San Ildefonso, aunque siendo lunes, los lugares de Patrimonio suelen cerrar. Pero el palacio se ve rodeado de árboles majestuosos y antañones. Cedros, sequoias, incluso chopos de un tamaño inusual. Hicimos muchas fotos, que luego siempre viene bien tener de pintar. Y seguimos ruta, que el regreso a Albacete es largo.


viernes, 2 de septiembre de 2016

Dibujos de Albacete V


    Haciendo este dibujo de la catedral desde la calle del Cura, recuerdo a don Rafael Mateos y Sotos, benemérito cronista de Albacete en la primera mitad del siglo pasado, y lo que nos dejó escrito sobre sus calles y gentes, e imagino estar contemplando en su grata compañía a una enlutada comitiva subiendo al cerrillo de San Juan en mayo de 1537 rumbo a la iglesia en obras, parte mudéjar, parte gótica. Marchan apesadumbrados por la muerte de la Emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos I y Señora de Albacete, aunque no más que por los dispendios malgastados en esos capisayos negros (once lobas con sus capirotes, dicen las actas), que el concejo hubo de encargar al sastre y pagar con sus magros fondos para cumplir con las instrucciones de la corte acerca del decoro necesario en tales pompas fúnebres. La emperatriz tal vez nos tuviera cariño, incluso supiese dónde paraban la villa de Albacete y la ciudad de Alcaraz que le pagaban sus rentas, pues habíamos sido parte de su regalo de bodas. También caminaban cariacontecidos e inquietos los munícipes por los temores de entrar en un templo cuya cubierta amenazaba con venirse abajo, cosa que acabó haciendo en 1545 por no hacer o hacer mal lo que aconsejó Siloé.
   Se trata de la reina que ahora tiene una estatua un poco más a la derecha de donde estamos, en la que hoy se llama Plaza de la Constitución, lugar que espera desde hace dos décadas que el caminante de Antonio López termine su largo paseo hasta esta plaza, estatua apalabrada y creada al mismo ritmo que la catedral.
   Les alivia, aunque les apene, que la de la guadaña haya elegido a la reina, pues si del rey se tratase, a los pocos días de los lutos habrían de sacar de los decaídos ánimos una sonrisa para adornar la cara y de arcas y baúles los tapices, mantones y colchas con que vestir los balcones y engalanar la villa, además de encalar muros, correr toros y cañas y gastar los pocos maravedíes que les quedaban en celebrar con alborozo y liberalidad la coronación de un nuevo monarca, al que era difícil que llegaran a conocer. En 1586 tendrían la inusitada suerte de hacerlo y de recibir a Felipe II con enramadas en la Puerta de Chinchilla, en su camino desde las Cortes de Monzón a Madrid. Todo vanidad. Pocos años más tarde escribirá el poeta Gabriel Bocángel:
Huye del sol el sol, y se deshace
la vida a manos de la propia vida,
del tiempo, que a sus partos homicida,
en mies de siglos las edades pace.
Nace la vida, y con la vida nace
del cadáver la fábrica temida.
¿Qué teme, pues, el hombre en la partida,
si vivo estriba en lo que muerto yace?
Lo que pasó ya falta; lo futuro
aun no se vive; lo que está presente,
no está, porque es su esencia el movimiento.
Lo que se ignora es sólo lo seguro,
este mundo, república de viento,
que tiene por monarca un accidente.
     Tal vez por eso se coronara como rey a niños de 3 años cuando se podía, aunque costase una guerra, para que les durase más y los concejos no vieran vaciadas sus arcas tan a menudo para celebrar las exequias, coronaciones o nacimientos de reyes, reinas, príncipes e infantes. Aunque a veces les crecían los enanos y esto tampoco acababa saliendo a cuenta, que breve es la dicha en la casa del pobre. Hay que considerar que el rey que mejor resultado nos acabó dando fue un rey de segunda mano, —de tercera corona diríamos mejor—, pero aún en buen uso, como fue el caso de Carlos III, que prefirió gobernar al inmenso imperio español que al pequeño reino de Nápoles, por eso de burro grande, ande o no ande. Gran aficionado a la caza y a meterse en obras, excavando un camino encargado por él habían salido a la luz Herculano, Pompeya y Estabia.
   El Concejo de Albacete estaba empeñado desde 1515, en todos los sentidos, en levantar una iglesia acorde con la creciente importancia y población del lugar y mojarles la oreja a los chinchillanos, recurriendo a los mejores arquitectos de España. Aún no habían olvidado los albaceteños su incursión de hace un siglo para hundirles picota y horca en el cerrico al que la segunda daba nombre, símbolos de nuestra autoridad e independencia respecto de la elevada ciudad de Chinchilla.
   Habría que tener en cuenta que por entonces Albacete tenía unos 5.000 habitantes y que lo que al final terminó construyéndose de la proyectada iglesia fue sólo una parte, dos tercios del total previsto, a falta de otras dos columnas ciclópeas, otro tramo y una portada a juego, obra eterna terminada de aquella forma en 1948. Precisamente cuando en 1949 sería catedral y Albacete ya era una ciudad más que mediana con más de 70.000 habitantes, lo que nos da idea de la diferencia de ambición, autoestima y capacidad entre ellos y nosotros. Además, cuando después de cinco siglos aún andaban enredados con terminar aquello cuanto antes y como fuera, yo creo que lo proyectado en las trazas iniciales ya no cabía en un solar que tal vez habían ido royendo las centurias. Dinero no habría, pero yo pienso que el principal problema para completar la obra según el plano inicial era que sitio tampoco. Seguramente me equivoco.
   En los tiempos de estos recuerdos la iglesia tenía una torre más defensiva que pía y, seguramente sobre el arco que hoy ocupan los edificios Catedral y Toscana, unos de los más dignos levantados en Albacete en los últimos tiempos, entonces se alzaría parte de la muralla de uno de las tres zonas fortificadas que hubo en Albacete, en esa pequeña elevación conocida como Cerrillo de San Juan.
-o-o-o-o-

    Roma se fundó sobre siete colinas. Y el invento gustó. Constantino, más que encontrarlas, las imaginó en el Bósforo para refundar su ciudad, bautizada ahora como Nueva Roma o Constantinópolis —luego Estambul— sobre la ya antigua Bizancio, a imagen de la metropoli, teniendo que elevar con grandes obras las colinas que faltaban para completar las siete preceptivas, que el terreno no siempre está por la labor. También Ulises, al fundar Lisboa, las buscó a ambos lados del Tajo. Y Bamberg, en Baviera, llamada la Roma de Franconia. O Cáceres y Barcelona en España, que de igual manera esparcen sus casas y sus sueños sobre siete colinas. Porque la Historia nos enseña, entre otras cosas,  que para fundar una ciudad como Dios manda hacen falta siete cerros, ni uno más ni uno menos. También entre otras cosas.
    Encontrarlos en la Mancha lo suficientemente pegados el uno al otro como para ser solar de una pequeña aldea es algo complejo. De forma que, a falta de las siete colinas canónicas, nuestros antepasados árabes, tuaregs norteafricanos, belicosos e intransigentes en extremo respecto a otros árabes, ya aplatanados después de siglos entre nosotros, y no digamos ante los escasos cristianos que a la fuerza habían asido la chilaba, tuvieron que conformarse con tres o cuatro pequeñas elevaciones para fundar Al-Basit, el actual Albacete. Cerrillos, como el de San Juan, cerricos como el de la Horca, altos, como el de Carretas, La Cuesta, donde estuvo la primera fortaleza en opinión de los más entendidos en el tema, el de la Villa, donde las putas, o el del Sol, donde el depósito de agua, hoy convertido en biblioteca, fontana de libros con que regar y fortificar las molleras locales, que todo es menester, pues el agua, aun siendo muy escasa, abunda más que el conocimiento. Obviamente no me refiero solo a Albacete, pues es achaque ubícuo e intemporal.
    Tres de estos cerrillos, al parecer, estuvieron amurallados en tiempos, aunque las primeras noticias escritas que con seguridad apuntan a nuestro Al-Basit hacen referencia a sus fortalezas y a su alcaide Abd-Allah ben Ayad en 1144 y a la batalla de Alloch en 1146, pues las referencias a Al-Basit de tiempos de Abderramán III con más probabilidad hablaban en general de los llanos pacificados que de un lugar concreto, como nos sugiere don Aurelio Pretel, con lo que para mi esto va a misa. Bueno, a la mezquita. También mucho antes se había recluído en un Al-Basit al hijo del levantisco Ibn-al-Sayj, algo que no es improbable que nos señale pues, como castigo, no debería ser mal sitio Albacete en el año 928. Lo cierto es que tras las Navas de Tolosa los asilvestrados e integristas almohades fueron poco a poco barridos hacia el sur desde estos llanos que sin duda les recordarían a su amado desierto, y en 1241, en tiempos de Fernando III el Santo, Pelayo Pérez Correa conquista Albacete para Castilla, siendo alcaide un tal Wahb Allah.
    La primera Villacerrada, en la zona de Carretas, fue fortaleza que no debió de hacer mucho honor a tal palabra, y es de suponer que ninguna de las tres existentes debió de tener fácil defensa, como esos castillejos de Forges, más agachados que levantados al fondo de un hondo rodeado de cerros desde donde el enemigo arroja piedras hacia abajo y los defensores flechas hacia arriba, que luego les llueven en sus propias carnes. No, desde luego el terreno no nos ha ayudado. De hecho no queda ni una piedra de esos castillos y murallas de origen árabe. Incluso su exacta localización, forma y tamaño siguen sin determinarse, llegando algún descreído a dudar de su existencia, pues Albacete es un lugar lleno de misterios. Nuestro afán destructivo ha sido tan esmerado que de los muchos siglos en que los árabes vivieron aquí sólo han quedado unos trozos de cerámica encontrados cerca de la actual Diputación, que no es mucho. Muchas más son las palabras, que duran infinitamente más que las piedras y que, cuando te las arrojan con tino, pueden llegar a hacer más daño que ellas.
   No obstante lo anterior,  las piedras no se desvanecen, sólo cambian de sitio, y es de suponer que se reutilizaron una y otra vez para levantar otros edificios, pues sabido es que afanar tejas y sillares arrebatándolos a los monumentos desportillados por los siglos es universal costumbre. Igual que lo es el arramblar con estas nobles construcciones antiguas y hermosas para sustituirlas por oprobiosos amontonamientos de ladrillos del 4.  Por ello, al ver una piedra más o menos regular, no debemos darle una patada pues, tal vez, estemos golpeando un trozo de mezquita, de muralla, de altar o de horno donde se coció pan, de ese pan que sabían hacer mejor que nosotros.


   Al final del paseo de la Feria, antes de enlazar con la Avenida de los Toreros, se encuentra La Chata, la plaza de toros de Albacete, tenida por don José María de Cossío como "una de las más excelentes de España". Sus arcos de herradura le dan un aire  mudéjar y a algunos les recuerda a la Monumental de Las Ventas, en Madrid. En realidad deberíamos invertir los términos de esas memorias, pues fue ésta antecedente y modelo de la segunda, ambas construídas por el arquitecto albaceteño Julio Carrilero. Él les arregló lo de los toros y el almanseño Santiago Bernabéu lo del fútbol.  De lo demás no tenemos la culpa.
    Antiguamente las corridas de toros se celebraban en el Altozano, entonces una explanada frente a la iglesia parroquial de San Juan, no en el emplazamiento que hoy lleva ese nombre. Luego en la plaza llamada "de Caulin", edificada en el siglo XVIII. Más tarde entre 1828 y 1829 se construyó otra capaz de albergar a la mitad de la población de Albacete, en un lugar donde luego estuvo Casa Segundo, bodega donde mi padre me enviaba de pequeño a por vino y gaseosa. Por fin en 1916 reunieron 338.250 pesetas para levantar otra mayor y más sólida, la actual. Sus obras se iniciaron en 1916 y se terminaron en septiembre de 1917, para la feria. Estos datos nos demuestran que en Albacete nos cunde mucho más edificar plazas de toros que catedrales góticas y que en las devociones locales ha habido prioridades que dejan mejor a la fiesta que a la fe. Que el Señor nos perdone.
    Frente a la puerta principal de la plaza y la estatua de Chicuelo II, los Jardinillos de la Feria, uno de los más antiguos de Albacete, de principios del XIX. Mucho más antigua es esa portada que se trasladó aquí desde el edificio de la feria cuando por ella no podían enhebrarse las manadas feriales. En realidad no se trasladó la puerta de los Hierros original de 1783, que se destruyó en 1970 siguiendo nuestras tradiciones arramblatorias, sino que se hizo una réplica. Si no lo cuentas pasa por la original, astucia también universal.
   En la calle Ancha todos los edificios eran más o menos así a principios del siglo XX, de esa altura y ese porte, mezclando estilos clásicos con modernistas, art decó o una lejana inspiración renacentista o neobarroca, entre otras. La Primera Guerra Mundial, la que llamaron Gran Guerra, pues orgullosamente todas las antiguas les debieron de parecer pequeñas o creyendo que ninguna igual habría después, y que se celebraba por esas fechas, trajo a algunos lugares neutrales tanta prosperidad como a otras destrucción, motivo principal por el que se producen las guerras. Por eso me permito eso de 'se celebraba', algo que resulta cruel pero hasta cierto punto real si hablamos de ciertos inversores e industriales. Con esas ganancias se levantaron algunos de estos edificos, la verdad sea dicha. El caso es que se levantaron, que el dinero no se puede esconder, y a pesar de los distintos antecedentes y modelos que los inspiraron, conferían una cierta unidad a esta calle, la principal de la ciudad, antes y ahora. Mucho hemos hablado de la idea sobre el progreso que arrambló con gran parte de ellos, sustituyendo la línea de sus tejados, recta y apacible por la actual, quebrada e inquietante. Punto y descanso para secarme las lágrimas.
Tramo del Val General, (Calle Ancha), antes de que llegaran los almohades.
    En este caso, el edificio conocido como Montecasino, cuya cara se ha lavado recientemente, sigue en pie, aliviando nuestras penas ya que, afortunadamente, no es el único. La calle se llama por este tramo Tesifonte Gallego, que fue corresponsal de guerra en la de Cuba, autor del libro "La Insurrección cubana. Crónicas de la Campaña", y más tarde director general de Agricultura con Canalejas, a quien en un principio se dedicó el parque recién creado al final de esta calle. Antes de que lo asesinaran, Canalejas había sido ministro de todo, de Gracia y Justicia, Hacienda, Fomento, Comercio, Agricultura y Obras públicas, durante la Regencia de María Cristina de Hagsburgo-Lorena y con Alfonso XIII. También fue presidente del Congreso de los Diputados y del Gobierno. Por eso, al final, el anarquista Pardiñas pensó que había que matarlo y le pegó un tiro mientras Canalejas miraba el escaparate de una librería. Sin disminuir pena ni respeto, adelantando mi obvio rechazo ante tal crimen, el tiempo pasado permite ver con cierta ironía el lance, pues en verdad resulta su muerte algo insólito en nuestro país, no por ser asesinado, cosa que se ajusta bastante a nuestras costumbres, sino por el hecho de morir entrando o saliendo de una librería, cosa menos frecuente entre nuestros últimos gobernantes, pues es excepcional que siquiera se acerquen a ellas, tal vez supersticiosos ante este precedente.
   De una foto de un día de nieve, dibujo sobre la zona de Parque Sur, con el Oratorio de San Felipe Neri a la izquierda, conocido como Los Filipenses. Ópera prima del arquitecto albacetense don Antonio Escario Martínez, edificada en 1963, como después lo fue el Museo Provincial construido justo enfrente, en el parque, edificio que deja huecos en su estructura para que los árboles asomen la gaita por su techo. También edificó el Gran Hotel Bali de Benidorm, que con sus 186 metros es el hotel más alto de Europa y fue el mayor edificio de España hasta que la Torre Espacio alcanzó los 236 en la Castellana de Madrid. Esta torre es obra del aquitecto Henry N. Cobb.
   La verdad es que si en Albacete no hay mejores edificios en general, que excelentes excepciones si que las hay,  o si se han derribado algunos que aún deberían seguir en pie, no es algo que haya que achacar a los arquitectos de Albacete, ni a los antiguos ni a los modernos. Pero un arquitecto dibuja y levanta lo que dedide quien paga la obra, como no podría ser de otra forma y, por tanto, en otro lugar hay que buscar las responsabilidades y malos gustos. 
   En concreto este oratorio, como podemos leer en la revista de Arquitectura y Diseño "New York International", porque si lo leyéramos en un periódico local no lo creeríamos, que así somos, pues a algunos su decaída autoestima no les permite considerarse merecedores de convivir con genios, se tiene por una de las obras más importantes de la arquitectura española del siglo XX. El señor Escario, menos una estatua de la Virgen, diseña todo el templo, hasta bancos, confesionario y ornamentos litúrgicos. Representó a España en la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2014.
   Ya que en estos escritos abundan las quejas, démosle espacio a los agradecimientos, igualmente merecidos, a quien sabe hacer y a quien deja hacer a quien sabe, entes que rara vez coinciden en cualquier tipo de actividad humana. Si se dice que en toda estructura jerárquicamente organizada el trabajo busca los niveles inferiores, en ningún lugar se han atrevido siquiera sugerir que a la inteligencia siempre se le permita ascender hasta  los más elevados.

sábado, 30 de julio de 2016

Dibujos de Albacete III

   No sé si estos muros de la catedral de San Juan de Albacete son —obviando, claró está, los riscos y peñascos que abundan en los bancales y secanos circundantes—, las piedras más antiguas que siguen en activo en nuestra capital. Ningún edificio de culto cristiano hay de estilo románico o anterior en la zona, salvo los restos visigóticos de Minateda, pues en los siglos del románico por estos andurriales el personal andaba con chilaba.  El caso es que he pintado a la catedral de culo, con perdón, desde su parte de atrás, la sacristía de 1568, dado que, salvo el interior, verdaderamente hermoso e imponente, la pátina y disposición de estas nobles y antiguas piedras labradas es una de las cosas que más me gustan de la catedral de Albacete, que uno se conforma con poco. Muchas veces me he deleitado contemplándolas mientras me tomo una cerveza en "El Vermut", en lo de mi amigo Pepe, mientras doy curso a un "ora pro nobis", apropiadísima tapa degustable en este más que recomendable bar, que tenía música en vivo hasta que otra oleada almohade ha hecho que tales ruidos se hayan eliminado del gremio de las actividades culturales para reencuadrarlos en el de molestas, algo que ocurre en Albacete de forma intermitente.

    Las obras que desde la parte posterior del edificio se iniciaron para sustituir poco a poco la antigua parroquia mudéjar por una nueva construcción gótica empezaron en 1515. Tener en cuenta que se terminaron, o dieron por terminadas, en 1949, indica que nos tomamos las cosas con más calma que empeño y presupuesto. La parte gótica, la más antigua, iniciada con mala piedra y peores cálculos sobre el empuje de las bóvedas de crucería, tuvo que ser auditada y corregida por Diego de Siloé porque la obra se agrietaba. —"Dada la inminente ruina del templo...", decía su informe—. Sus augurios y soluciones resultaron atinados y, por no desautorizar al maestro, parte de los pilares y la cubierta se vinieron abajo.  También fueron un acierto las colosales y hermosas columnas jónicas que compuso para arreglar el desaguisado, a medias con Jerónimo Quijano, letra del primero, música del segundo, colaborando con los defectuosos pilares y sujetando la cubierta del gran espacio de las tres naves de igual altura, propias de una iglesia columnaria, de salón, que así se llaman las de este modelo. La fachada, de inconclusa torre, se dice que es de gusto ecléctico, por decir que es de alguno, pero la obra ya llevaba algunos siglos de retraso y había que terminarla de una forma barata. De cualquier forma. Aquí llamamos pachorra a esa calma chicha vital.

  Gran parte de lo mejor de su contenido, tallas de Salzillo, enseres litúrgicos y el retablo barroco del siglo XVIII, diremos piadosamente que "desaparecieron" en eso que hemos dado en llamar guerra civil. Actuamente los lienzos de sus muros interiores están tapizados por unas pinturas que a algunos puristas les hacen valorar la belleza de la piedra desnuda. Según leo es la mayor obra pictórica de un solo autor en todo el mundo, unos 1000 metros cuadrados de pintura. Al menos en extensión le mojamos la oreja a Miguel Angel y a la Capilla Sixtina, evidente fuente de inspiración para el presbítero don Casimiro Escribá, autor de estas monumentales pinturas, de mérito indudable, aunque menor que el de las poco conocidas grisallas de la sacristía, joyas pictóricas fechadas a fines del XVI.

   A mi me pasmaban de pequeño esas imágenes apabullantes, con volantes jinetes armados de guadaña persiguiendo a los pecadores entre montañas que se derrumbaban sobre ellos mientras huían despavoridos, y me encogía parapetado tras una de esas gigantescas columnas de Siloé del grosor de un elefante más que mediano. No menos atemorizadoras algunas de estas pinturas que los apocalípticos sermones del cura de mi parroquia, el Pilar, don José Olivas, que en las bodas no se contentaba con avisar a los contrayentes de que la cosa era para lo bueno y para lo malo, tanto en la salud como en la enfermedad, sino que se recreaba en la espeluznante descripción de las más terrórificas, atroces y espantosas contingencias que el futuro sin duda les depararía, según daba a entender. Más parecía querer quitarles la idea del desposorio. Y las ganas de vivir. Su voz cavernosa y potente reforzaba los temores. Algo sobrecogedor.

   En esas cosas pienso mientras lo dibujo con estilográfica y coloreo con nogalina y témpera blanca sobre papel Mi-Teintes de Canson de 24 x 32.
   Dibujo acuarelado sobre Garzapapel de la calle de la Feria, por la que la multitud nos empuja hacia ella en septiembre y por donde, de forma algo más tranquilla, se llega durante el resto del año a Los Invasores, el inmenso mercadillo de los martes. En ella, como una isla, se encuentra la casa de Perona, palacete del siglo XVIII en el que han dormido José Bonaparte, dicen que cuando huía de España, e Isabel II, la "reina de los tristes destinos", que tanto trabajó por la renovación genética de la dinastía, antes de huir también en tren desde Santander hacia Francia, tan harta de Narváez y de O'Donnell, como la población lo estaba de ella y de los dos próceres mentados.  Lo de que José Bonaparte huía cuando pernoctó en Albacete no me cuadra, pues después de Arapiles, en 1812, cargado con las joyas de la corona española y cuantos cuadros pudo rapiñar en la corte, de donde salió huyendo es desde Madrid. A medio camino le dió alcance el duque de Wellington que requisó la recua de mulas cargadas con la colección y se apropió del botín. No procede pedir su restitución porque el imbécil e indecente Fernando VII se la regaló al duque por no discutir por tales minucias.

   Mi tocayo, el hermanico de Napoleón, fue apodado Pepe Botella, creo que injustamente, pues su afición a los mostos no era mayor de lo normal, estando más interesado en algunas damas de la corte que en el vino de Valdepeñas. Como en María de las Mercedes, la esposa del capitán general de su guardia mesié Christophe-Antoine Merlin, al que convirtió en conde de Merlin. Metidos en magias, hizo desaparecer al pobre conde enviándolo a misiones en lejanos lugares y así despejar el campo de maniobras. En la obra civil de esas épocas se procuraba que techos y puertas alcanzaran gran altura, en parte para evitar que la nobleza se desportillara las astas. Como mi blog, principalmente va de materiales de escritura y dibujo, plumas y tintas, no puedo dejar de incluir las letrillas con que la sabiduría popular, con menos fotos pero con mayor gracia,  hacía entonces lo que el Hola hace hoy:
 
La señora condesa
tiene un tintero
donde moja la pluma
José primero.
   Como, por su situación geográfica, Albacete siempre ha sido lugar de paso obligado, no es de extrañar que en la ciudad abundaran las posadas, edificios amplios con grandes patios para personas, carruajes y acémilas. Eran por tanto unas construcciones adecuadísimas para arramblar con ellas con el fin de edificar en sus grandes solares algún mostrenco más a juego con los tiempos, por lo que dentro del terreno de lo milagroso entra, pues, que la Posada del Rosario siga en pie. Este edificio del siglo XVI tiene como curiosidad el hecho de que al atravesar antaño la noble portada que hoy tiene adosada y semiescondida, cosa que de pequeño hacía con frecuencia acompañando a mi padre, si entrabas te encontrabas en una imprenta, llamada de los Picos como la casa, y si salías te hallabas en la calle Gaona. Eso era así hasta 1977, fecha en que se demolió el palacio de los condes de Villaleal, al que daba acceso. De forma milagrosa, al atravesarla hoy, si entras accedes a una oficina munipal de turismo y sala de estudio, y si sales vas a parar a una zona comercial cercana al segundo Corte Inglés que se abrió en Albacete, al lado de Villacerrada, uno de los desaguisados urbanísticos para nota perpetrados en la ciudad, y mira que el listón está alto. Pero eso da para un monográfico.

   En la anterior acuarela, el Parque de Abelardo Sánchez de Albacete, 120.000 metros cuadrados de arbolado, cuya plantación se acordó en 1910 y a la que se dedicaron 191,05 €, es decir, 31.788,68 pesetas de la época. Estaba en las afueras cuando se hizo, y ahora queda no sólo en los adentros, sino en pleno centro de Albacete. El parque no se ha canteado de su sitio ni modificado de forma sustancial, pero la ciudad ha crecido mucho, en algunas direcciones más que en otras. Estando en una inmensa llanura donde se podrían haber levantado varios nuevayorks, su crecimiento en horizontal no tenía más obstáculo que la estupidez, que no es freno menor,  y que hecha sustancia en un plan general de ordenación urbana tras otro, le ponía fronteras más o menos establecidas por la carretera de circunvalación, hoy una calle más, integrada en la ciudad. Ese nudo gordiano, que obligaba a hundir edificios para levantar otros mayores en su lugar, no fue cortado hasta la aprobación del actual plan, denostado y entorpecido por quienes, una vez recuperado el mando municipal gracias a desacreditarlo y a sugerir oscuros intereses en su propuesta, hicieron de su aplicación muestra de  eficacia y visión de futuro propias, virtudes evidentemente ajenas por heredadas, incluso combatidas. A cada uno lo suyo. La historia, a veces, acaba poniendo a cada uno en su sitio. A mi hermano también, a Dios gracias, pues fue el alcalde de Albacete que rompió el nudo. 

   Como la estupidez no tiene límites, pues suele centrarse en establecerlos a todo cuando le rodea, entre unos y otros han dejado la ciudad rodeada de una maraña de autopistas, vías férreas, puentes, infinitas entradas y salidas, raquetas con la forma de ∞ simbolizando la también infinita necedad que, poniendo puertas al campo, nos ha creado uno de los pocos problemas que no teníamos. Seguramente se trataba de no tener que envidiar a Toledo o a Cuenca y vernos por fin encerrados por obstáculos menos hermosos e inevitables que las hoces del Júcar o el Tajo. De forma que, siguiendo esa absurda e autoimpuesta necesidad, seguimos creciendo hacia arriba, seta en la llanura inmensa, simbolizada por ese depósito del agua tan alto como curioso, pues no funcionó más que el día de las pruebas, reventando la mitad de las tuberías de la villa con una presión tan inusitada como imprevista. 

   En su momento, la construcción de este inmenso parque urbano, el mayor de la Mancha, también encontró cierta oposición, tanto por el elevado coste del invento, como por lo disparatado de poner tantos árboles juntos sin venir a cuento. El caso es que aquí está, llevando el nombre de su creador, que Dios guarde. De los críticos no hay memoria, que el tiempo a veces hace justicia, como decíamos.
   Dibujo a pluma estilográfica de la casa de Hortelano, pintoresco edificio neogótico-modernista, algo asi como decir neo-rococó tardío, pero sorprendentemente hermoso en su mezcla. Fue reedificado en 1912 como vivienda y sede de Seguros del Norte, por encargo de don Joaquín Hortelano al arquitecto municipal Daniel Rubio. Tal vez uno de los edificios más chuscos de Albacete, lo que nos lleva a agradecer tanto su construcción como su mantenimiento, ahora como Museo de la Cuchillería, destino muy acertado en esta ciudad donde llevar una navaja en el bolsillo no es algo amenazador. De igual forma era uno de los pocos lugares del mundo en donde la palabra 'navajero' carecía de valor peyorativo. Lamentablemente cada vez quedan menos artesanos que sigan haciendo esos útiles que siempre han sido el orgullo de Albacete.

   No hace mucho, al entrar un día en el juzgado y pasar por el arco detector de metales, salió una pequeña navaja en la radiografía, que el guardia civil del control me guardó amablemente para devolvérmela al salir, sin ningún tipo de resquemor, sospecha o reproche. A Frankfurt me llevé otra en el bolsillo de la chaqueta, que inexplicablemente pasó todos los controles del aeropuerto y que dejé allí porque no sería capaz de explicar en alemán a la vuelta que la llevo para afilar el lápiz o cortar salchichón.

jueves, 9 de octubre de 2014

Por Cuenca. Dibujos y acuarelas

    El pasado día 27 de octubre se celebraba el I Encuentro de Ladrones de Cuadernos, colectivo de dibujantes en cuadernos que compartimos en el blog de ese nombre nuestros dibujos, acuarelas, informaciones sobre técnicas y materiales y, lo que es más importante, las vivencias a que dan lugar las situaciones de dibujar y pintar por esos mundos, hasta ahora, cada uno por el suyo. Después de varios años, iba siendo necesario poner cara y voz a esas personas con las que has ido manteniendo una relación cada vez más amiostosa y cercana. De forma que para Cuenca nos fuimos, que esa fue la mágica ciudad que para este primer encuentro se eligió, a propuesta de Anais que planificó todo con eficacia organizativa equiparable al desembarco de Normandía. Un éxito que habrá que repetir en otro lugar.
   Salimos el viernes 26, sin prisas, temprano, para hacer parada en Alarcón, que también merece una visita después de haber pasado de largo tantas veces y adivinado el castillo, torres y murallas del sistema defensivo de esta villa conquense y el pantano desde la carretera. Muchas fotos, un dibujillo y comida compartida con tres gatos en la plaza frente al castillo, ahora Parador Nacional "Marqués de Villena", que visitamos después. El castillo, de origen árabe, perteneció al califato de Córdoba hasta que fue tomado en 1184 por Fernán Martínez de Ceballos, capitán de las tropas de Alfonso VIII. Tuvo gran importancia en la época y a su alfoz pertenecían aldeas, villas y lugares como Belmonte, Albacete, La Roda, Garcimuñoz, entre otras sesenta y tres. Siempre tierra fronteriza. Guerreros de su concejo participaron en 1212 en la batalla de las Navas de Tolosa.
   Fue propiedad a principios del siglo XIV del Infante don Juan Manuel, como parte del señorío que le concedió Fernando IV. Allí escribio sus obras literarias. En el siglo XV, pasa al Marquesado de Villena, cuyo titular era Juan Pacheco. El paso de los siglos lo lleva de mano en mano, a manos tan nobles como indiferentes y descuidadas, casi hasta llevarlo a la ruina. El marqués de Frías, en 1863 se lo vendió a don Rafael Lázaro Álvarez de Torrijos por 20.000 reales, incluyendo "cuatro o cinco torreoncitos más". Se lo expropia el ministro Fraga Iribarne en 1963 para restaurarlo y convertirlo en el actual Parador de Turismo.
   Estas dos acuarelas se pintaron posteriormente en casa a partir de las fotos, apunte y recuerdo. Las dos en Garzapapel, al primera de 500 gramos, la segunda de 180. Los pigmentos son Daniel Smith, lo que aumenta la textura y granulación del resultado. Como sigo con mis pruebas con los Versátil de Escoda, con ellos se han pintado. El segundo, de 20x14, es un reto para la finura de sus trazos.
    A media tarde ya estábamos en Cuenca, la maleta en el hotel y los apechusques en el coche aparcado en toda la plaza mayor gracias a la extrema amabilidad y competencia de los funcionarios de la grúa municipal, supuesto espanto de aparcantes creativos. El primer contacto con ellos se produjo cuando hacía mil y una maniobras para conseguir desenhebrar el coche de una pequeña plaza cercana al hotel, placeta sin salida a la que ellos intentaban acceder para llevarse algún coche extremadamente mal aparcado. Al preguntarles por la existencia y ubicación de alguna plaza de aparcamiento para cojos, una vez acreditada por mi parte tan miserable condición, me remitieron a las que hay en la mentada Plaza Mayor, que ya había visto habitadas. Me indicaron que no tuviera inconveniente en ocupar la parada de taxis inmediata. Como tampoco allí había sitio, me dirigí al castillo, para dejar el coche allí encaramado, también sin éxito en mis búsquedas. Me los volví a encontrar y me insistieron en que volviera a la plaza y allí lo dejara en el lugar indicado como Dios me diera a entender. Lo dejé en la parada del autobús, en la que de todas formas observé que ni cabía ni utilizaba. No contentos con ello, volvieron por allí para indicarme que, cuando pudiera, lo aparcara mejor si algún lugar se quedaba libre y que mientras tanto no me preocupara. Me llevó dos cervezas esperar a que una de esas plazas al fin se desocupara. Y allí establecí mis reales durante toda la estancia.
    Me extiendo en el lance porque he tenido otras experiencias que contrastan con lo anterior, sin ir más lejos, en el castillo de Santa Bárbara de Alicante. En Cuenca me he sentido bien tratado, invitado a regresar, como sin duda haré y no podía dejar de reflejarlo aquí para aviso de renqueantes. Desde aquí mi felicitación y agradecimiento a esos funcionarios que trasladan a su trabajo su condición de buenas personas, que ayudan, hacen la vida fácil a los demás y aportan a la ciudad tanto valor como sus paisajes y monumentos. En realidad, esa es su misión, pero algunos no lo entienden así. Espero y deseo que, como funcionarios, dejen de ver congelados o recortados sus salarios. No se lo merecen.
 

   El primer agradable encuento fue con Oñera, delicado dibujante de árboles y farolas, hórreos y parques, al que sólo conocía por ellos y por sus excelentes escritos y comentarios. Ya en la plaza, mientras nos tomábamos algo, hice este primer dibujo que incompleto quedó e incompleto quedará. Poco a poco fueron acudiendo más, suficientes para irnos juntos a cenar y empezar a conocernos un poco mejor. 
  A la mañana siguiente, sábado 27, retrato oficial en las escaleras de la catedral, aunque todavía se fueron incorporando más amigos a lo largo del día. Abrazos, reconocimiento gracias a reventones claveles, caballetes, bolsas llenas de cuadernos y otros signos visibles. Luego dispersión por los mil y un rincones de Cuenca que da para pintar durante dos o tres vidas.

   Habíamos dormido en una celda del antiguo convento de San José, hoy posada, pues ya es sabida por los habituales de mi blog mi querencia por cenobios, conventos y monasterios. De este recomendabilísimo establecimiento es el dibujo que abre esta entrada, realizado en casa ya a la vuelta a partir de mis fotos. Fue en su origen casa palacio contruído en 1621 por Juan Bautista del Mazo, pintor casado con doña Francisca Velázquez de Silva, hija del famoso pintor de la corte de Felipe IV a quien durante mucho tiempo se atribuyeron varias pinturas de su yerno. Indudablemente Velázquez pasó temporadas en esa casa. Posteriormente sirvió de sede al Colegio de Infantes de Coro de la Catedral de San José, formado por doce niños cantores. Espero que algo de los artísticos y benévolos espíritus de pintores y escolanos se nos pegara en esas dos noches.

   La mañana del 27, dibujo con estilográfica coloreado con acuarelas posteriormente. La tinta es Carbon ink de Platinum, las acuarelas Rembrandt, colores básicos tradicionales y Jadeite de Daniel Smith, que nunca me falta. Sobre un cuaderno de Arches grano fino. Mirador con vistas a la iglesia de San Miguel. Un lugar maravilloso.
   Antes de comer, mientras los demás iban acudiendo por esas cuestas, apunte con esos mismos materiales: pluma y acuarelas. Plaza Mayor.
   Después de comer, en compañía de Virginia y Manuel Lorés, un dibujo con tintas y pincel de agua, terminado con toques de acuarela. Parte trasera de la catedral.
    Por la mañana del 28, ruta por el castillo, miradores, Hoces del Huécar y el Júcar, playa artificial, viendo los árboles que se iban volviendo amarillos y rojizos, invitando a regresar dentro de unas pocas semanas para pillarlos con todo su color. Apunte con acuarelas y muchas, muchas fotos. También buenos recuerdos de esta breve e intensa salida a Cuenca con mis amigos del blog. Gracias a todos y todas, especialmetne a Anais, la organizadora y promotora de este encuentro.
   Por último, ya en casa, otro dibujo, este con tinta china y pincel, de una de esas fotos del mirador ya mencionado. Habrá que hacer una acuarela con este tema.




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