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martes, 5 de julio de 2016

Dibujos de Albacete II

   En esta segunda entrega de dibujos sobre Albacete, comienzo con un dibujo del edificio del Gran Hotel, en el Altozano, con estilográfica y tinta, terminado con ligeros toques de rotulador-pincel chino. Sobre un papel artesano, casero, que hizo mi hijo Pepe. En él aún aparecen algunas letras incrustadas en la masa, procedentes de noticias de periódico que no llegaron a disolverse. Espero que esas noticias fuesen buenas, aunque la probabilidad es mínima.
     El anterior dibujo es de una de las calles principales de Albacete, llamada Marqués de Molins en este primer tramo y Tesifonte Gallego en el que va del cruce con la calle Mayor hasta el parque de Abelardo Sánchez. En tiempos fue el lecho de un río, el río Piojo y, como el agua es terca, para hacer los cimientos de algunos edificios han tenido que estar bombeando agua durante meses. Piojo se llamaba el río cubierto y así se llamó la calle en sus orígenes, para pasar a ser el Callejón de Agraz y de Suárez y en 1854, denominarse Val General. Luego se volvió a rebautizar en 1903 y 1911 para recibir los nombres actuales en sus dos tramos. Trabajo inútil porque siempre se la ha conocido como calle Ancha, a pesar de que no lo es. A todas horas concurrida, es una de las calles más comerciales de la ciudad, con varios hermosos edificios que sobrevivieron durante el siglo pasado, mientras muchos fueron sustituidos por otros de menos mérito. En fin, esto es lo que hay, o lo que queda.
   Dos dibujos sobre la feria de Albacete, ambas a partir de fotos, reciente la primera, antigua la segunda, del templete del anillo central de la feria. Inmensa construcción es este recinto de edificios concéntricos que se construyó inicialmente en 1783, modificado y ampliado en varios momentos de su ya larga historia, y que sólo se utiliza diez días al año. Sus "redondeles" se conforman por círculos llenos de casetas, un conjunto con forma de sartén, donde abundan los puestos de venta de navajas, bebidas, miguelitos, café, chocolate y churros para la madrugada, mariscos, pollos asados con cava, bocadillos de morcilla o de jamón de Teruel, recuerdos, juguetes para feriar a los niños, cerámicas, pero sobre todo, cosas para comer y beber, que la feria desgasta mucho, pero mucho. Fuera del recinto, otro círculo de casetas privadas, carpas para la música y el baile, puestos de alfombras, artesanías, objetos varios y más jamón, quesos, embutidos y otras sutilezas gastronómicas y bebetorias. Aún quedan los restos de lo que antes era la principal actividad, la compra y venta de aperos de labranza, ollas y sartenes enormes de cobre o acero para la matanza, lonas, cuerdas, marroquinería y cosas similares.
   Cientos de miles de personas que para llegar hasta allí tienen que desfilar por el largo y abarrotado paseo franqueado de atracciones de feria, entre las que hay algunas que cobran por martirizar a sus usuarios, estudios de televisión instalados para el evento, casetas con vinos dulces de Málaga y Cariñena con su barquillo y todo, tómbolas, caballitos y demás. Cuando yo era pequeño no faltaba un circo ni el Teatro Chino de Manolita Chen. En la Caseta de los Jardinillos, en donde en aquella época pedían corbata para entrar, actuaban los mejores grupos y cantantes, acompañados por las mejores orquestas. Entre ellas, alguna en la que yo estaba. Hoy es un lugar más de música y baile, que no son tiempos para los derroches de antaño.
   Veo que en el dibujo olvidé incluir una de las figuras que más me enternecen del evento, una persona semiescondida en su propia selva andante, acarreando sudorosa una maceta descomunal, de varios metros de alta, que de forma poco meditada ha tenido la desgracia de conseguir en una rifa  de esas casetas que las sortean mediante sobres con cartas de la baraja española. Unos trileros tampoco solían faltar, aunque se les ve cada vez menos pues, igual que los payasos, son oficios que sufren un gran intrusismo profesional y es fácil encontrar a sus encorbatados competidores en los lugares e instituciones más variopintas. 
   La primera, acuarelada, tinta indeleble en la estilográfica, recoge la gente que suele abarrotar a todas horas ese recinto ferial, su paseo y los aledaños, dedicados principalmente a comer y beber. Jamón de Teruel, queso, miguelitos de la Roda, gambas, morcillas, guarrillas y demás exquisiteces. Entre las bebidas, aparte de las cervezas y vinos de rigor, triunfan los mojitos, decenas de miles de ellos. ¡Cuánta perversión!
   De la feria de septiembre pasamos a la del libro, que todos los años se instala en el paseo de la Libertad, frente a la Diputación Provincial. Muy oportuno el lugar elegido, porque libros y libertad siempre han caminado juntos. Se viene celebrando desde 1979, en marzo o abril, nunca en semana santa, y siempre aprovechando los pocos días de lluvia de que dispone la ciudad. En épocas de sequeras en lugar de sacar al santo en procesión, la feria del libro viene mostrándose sumamente eficaz para atraer las lluvias. Se venden libros y se recargan los acuíferos. Al fondo a la izquierda el hermoso edificio del Gran Hotel, en el centro, voluntariamente difuminado por el dibujante, el del Banco Central, hoy Santander. El cambio de nombre de la entidad no ha mitigado su ofensiva horripilancia. Los árboles rebrotando, si es que ese año no se les ha ido la mano con las podas y los han dejado como postes del teléfono.
   Chalet Fontecha, Gobierno Civil, Cámara de Comercio... Ese hermosísimo edificio, uno de los que se salvaron de los califatos municipales que condenaron a la ruina no pocos los que en esa calle tenían un valor similar, para edificar esas cosas que se van alternando con los que aún quedan de una calle que perdió su encanto y su unidad arquitectónica de principios del siglo XX en aras del progreso.
   Por el momento, adquirido por la Diputación Provincial, parece destinado a albergar un Museo de Arte Realista. Esperemos que llegue a buen puerto esa buena idea.
   El dibujo, con estilográfica y pincel de agua, extendiendo la tinta de los trazos y reforzando después algunas sombras mojando el pincel en el tajo de la pluma para cargar algo las tintas.
   El siguiente, también a partir de una foto, es un dibujo que recoge desde el Parque una esquina del Instituto Bachiller Sabuco, que durante mucho tiempo fue el único de la capital. En él estudiamos —al menos el ingreso y primer curso de bachiller y entre otros muchos que sería largo enumerar—, Don Ramón Menéndez Pidal y yo, con desigual aprovechamiento y trayectoria.
   Finalizamos la entrada del blog con un dibujo de una esquina del Paseo de la Libertad, recogiendo parcialmente el edificio de la Diputación Provincial. Sentado en la terraza del Milán, tomando una copa de pacharán en honor y recuerdo de mi siempre amigo y ocasional compañero de dibujos callejeros, Joshemari Larrañaga, pintor de barcos, bares y bodegas de Barcelona. Los dibujos hechos en su sitio, sin foto, son otra cosa. Tienen un no sé qué y un qué se yo que los hace más frescos y espontáneos, es decir, mejores.

sábado, 30 de mayo de 2015

EPÍSTOLAS GERMÁNICAS. 3ª Jornada: Frankfurt




JORNADA TERCERA

Queridos hermanos:

Mucho madrugamos el 17 de abril, día de san Inocencio de Tortona, san Pantagato de Vienne y de la beata Clara Gambacorti. No más que los tiernos infantes que a las siete y cuarto de la madrugada ya se dirigían al colegio con mirada perdida, pesada mochila a la espalda y dejándose llevar por una cuesta abajo enorme que, si no despiertan a tiempo para corregir rumbo, les arrojará de cabeza al río. Cuando nuestros retoños se levanten, estos alemanillos ya habrán aprendido a integrar derivadas y a derivar integrales. Y eso a la larga se nota. No me dio tiempo a preguntarles si sus maestros les atosigan con esa hora de deberes con que aquí se les abruma con crueldad secular. Ya les comprarán de grandes nuestras crías los bemeuves y los mercedes a estos alemanuelos tan madrugadores. El caso es que, por ahora, sean felices y crezcan sin traumas ni soliviantos.

Podemos decir que la del alba sería cuando iniciamos la jornada, como Alonso Quijano, para llegar a Frankfurt antes de que se acabaran las salchichas, que su feria de Música, una de las mayores del mundo, atrae a mucho músico, que para eso la hacen. Y los músicos ya se sabe que somos como la langosta. Con los intensos debates geográficos de costumbre, llegamos a Frankfurt, directamente a un edificio con varios pisos de aparcamientos cercano a la sede de la Musikmesse. De allí, con la entrada ya reservada y pagada te llevan en autobús al recinto de la feria y al volver te cobran 12 euros por el aparcamiento y esos traslados. Nuestros esfuerzos lingüísticos hasta entender tal asalto, tras arduas probaturas en varios idiomas, se vieron mitigados al decirnos la de la taquilla que era cubana. No así nuestro rubor. 

La feria ocupaba varios enormes edificios, tan alejados entre yes como para justificar que muchos microbuses circularan constantemente para llevarte de uno a otro. Eso entraba en los 12 euros por coche aparcado. Para cuatro semovientes acabó resultando rentable. Por fin, entramos en la feria por donde las baterías. Una barbaridad. Más platos que una degustación en el Bulli. ¡Qué de bombos, timbales, cajas y gangarros! Eso sí, varios cientos de bateristas sueltos descargando sus iras contra tantos instrumentos puestos a su alcance también es algo digno de verse, que no de escucharse. Los guitarristas tomaban cumplida venganza en su sección, ejecutando de forma simultánea sentidos solos en guitarras enchufadas a pedales multiefectos, mostrando su predilección por los sonidos distorsionados y estridentes, poniendo a prueba de paso la potencia pico anunciada en los amplis. La pieza era completada por los bajistas, que no quedaban atrás. En conjunto salía una balada muy romántica. Más que una balada, un balamío.

De forma que decido salir a la calle a tomar un café de a 2,70 euros y contemplar al personal. Cuando desde dentro me dirijo hacia las mesas del exterior, café en mano, descubro lo que me parece un ataque generalizado de amor propio, de autoestima, pues contemplo admirado que gran parte de los apresurados caminantes andan abrazados a sí mismos. Algunos músicos de viento se abrazan a si bemol. Los bajos a fa. En realidad, compruebo que hace un frío que pela mientras me siento en una mesa al aire libre, enciendo un cigarrillo, me caliento las manos con el medio litro de café y me levanto las solapas de la chaqueta. 

Cuando tú te mueves a la velocidad del común siempre estás rodeado de los pocos que te siguen el paso y no ves al conjunto, algo que no ocurre hasta que te detienes. Un palo arrastrado por el río cree que ve más mundo que una piedra que descuella inmóvil entre las aguas que la rebasan. Al final del viaje el palo dirá que ha visto muchas cosas alrededor, pero quien de verdad ha conocido todo lo que arrastra la corriente es la piedra. A los cojos nos pasa igual. Para ver paisajes hay que moverse; para observar a la gente hay que parar. 

Observo pues. Y medito. Hace falta tener cuajo y estar uno pagado de sí mismo para ir a un aquelarre de miles de músicos intentando causar sensación a base de pelos o alardes indumentarios. Hay quien consigue destacar, lo que es para nota, aunque no le arriendo las ganancias. Los chinos modosos, urgentes y a lo suyo. Los japoneses haciendo fotos que se conoce que aún les faltan algunas por hacer. Los que vienen a la feria a vender son los únicos que chocan pues van con traje, corbata y peinados. Pero por mucha camiseta de albañil que lleves a pesar del frío que hace para lucir las pesadillas tatuadas, por luengas y enmarañadas que luzcan tus rastas, incluso cimentando un peinado con un tupé monumental que no hubiera desentonado en los salones del París del siglo XVIII, por más que hayas apuñalado con saña los Lewis o recurrido al baúl del tatarabuelo y comparezcas vestido de cuáquero, la solemne presencia de un sij con su turbante azul y su puñalito, te desarma. Y vi varios. Al puñalito no lo vi. 

De todas formas es difícil acertar. Tostado por el inesperado sol del día anterior tomado en las calles y durante el crucerillo por el Mosela que soporté vestido como para acompañar a Amundsen al Polo Norte, me presenté aquí menos abrigado de lo que hubiera sido menester. Y el día era desapacible. Pero en estas tierras nuestras referencias no sirven. Eso de que cuando el grajo vuela bajo hace un frío de carajo parece ser que funciona en La Mancha y lo de las gaviotas en Benidorm. Además no vi grajos en Frankfurt y gaviotas, menos.

Aprovecho para hacer un dibujo de lo que se ve no sin antes ir por más café. Otros 2,70 euros en una cafetería que debe estar regentada por la ubicua multinacional “Sucesores de José María el Tempranillo, Comunidad de Bienes”. Un café de a palmo, pues suplen con tal generosidad su horripilancia. Al menos te ofrecen sin tasa leche evaporada que lo hace bebible. Ya hablaremos del café.

De nuevo dentro, asistimos a una demo de un pedal de órgano en el que estábamos interesados. No tuvimos problemas de idioma en este caso, tal vez gracias a que el demostrador hablaba perfectamente en español. La verdad es que en este foro el inglés se revela útil pues casi todo el mundo lo habla y entiende. Incluso para no partirse, al entrar, los belfos contra la puerta donde se indica ‘pull’, pues no se abre hacia fuera, como debería ser. Visita al stand de Gibson a pasar envidia al ver y escuchar al Twanguero, guitarrista valenciano que ya conocíamos y que volveríamos a ver en Albacete a nuestro regreso. Otra vez a pasar envidia.

Para mitigar nuestra sed consumista despertada por tanta maravilla, Paco y yo nos compramos sendas púas de cuerno de búfalo o vaya usted a saber de qué. Yo tengo el día especialmente derrochador y adquiero otra de madera de árbol. Pascual un par de baquetas.

A la hora de comer ya no podemos escapar de las salchichas. Viéndonos rodeados, no habiendo gran cosa más para elegir, terminamos por rendirnos y probarlas. No una, dos. Algo francamente insulso y con escasa enjundia, carísimo y mal presentado. Venir a Frankfurt para comerse tal cosa hace juego con desplazarse desde Albacete hasta esta feria, 1.831,6 kilómetros, para comprar dos púas. Ya hablaremos más delante de las salchichas, una vez probadas más variedades.

Viendo perdido el partido, pues para probar instrumentos, mejor resulta una tienda pequeña que una feria grande, procuramos salir un poco antes de que cerraran el invento para evitar aglomeraciones, después de todo el día allí. Viaje de regreso, cansados y hambrientos, hacia Villa Tusculana. Paco hace una reconfortante sopa de verduras y luego nos liamos a puñaladas con el queso, el lomo y el jamón, yo con mi navaja de Albacete que decidió acompañarme hasta Alemania. Café, espirituoso y cigarrito en la terraza mirando pasar los barcos por el Mosela y los trenes de mercancías por las vías paralelas al río. Últimas reflexiones y descanso reparador. Mañana a Triers. O a Tréveris, según  nos dé.

Vale.





viernes, 24 de abril de 2015

Alemania

    Un viaje planeado medio en broma que acabó cuajando en esta estancia de ocho días por estas tierras. Con Paco Arteaga, Pascual Ortiz y Segis Armero, mis compañeros de música durante muchísimos años, que a la guitarra, batería y bajo respectivamente, junto con otra guitarra a mi cargo, formamos Flashback, un grupo dedicado a tocar los temas que siempre nos han gustado. Las excusas: La feria de Música de Fankfurt y el pasado de Pascual de muchos años por esas rutas con un camión, algo que quería repetir de forma más cómoda y menos solitaria. En avión hasta Frankfurt Hahn, base en Villa Tusculana, una casa colgada en la pendiente del valle del Mosela en Cochem, con vistas al castillo, al río y a las cepas que dan ese vino que ya nace mareado por  lo vertiginoso del bancal. Desde allí viajes relativamente cortos a la Feria de Música de Frankfurt, Colonia, Koblenz, Tréveris (Trier), Luxemburgo, etc. Unos 2000 km. de rutas en el coche alquilado ya en el aeropuerto. Las reservas de pasajes, coches y casa a cargo de Segismundo, por tener el nombe más germánico de los cuatro. Un alarde de organización, especialmente el acierto en la elección de la casa en Cochem. 
   Desde el avión acercándose para tomar tierra en Frankfurt Hahm, una foto con la enorme casualidad de recoger exactamente Cochem, en la curva del Mosela donde íbamos a sentar los reales durante esta semana:
 
   Embarcados en Manises, llegamos al aeropuerto de Frankfurt. En coche hasta Cochem, en un BMW flamante que nos esperaba alquilado allí. Primera ruta por autopistas y carreteras comarcales, la mitad cortadas por obras, siguiendo la orilla del Mosela al anochecer, con las luces de las casas reflejadas en unas aguas que no sabe uno si vienen o van, que quietas parecen. Comparando aeropuertos, autopistas, trenes, casas particulares y el aparente nivel de vida, mi primera impresión es que vengo de un país en que los gobiernos edifican, ponen mármoles, adornos y lujos en edificios públicos, levantan infraestructuras muchas veces más allá de lo necesario, de lo asumible incluso, mientras mantienen a sus ciudadanos en la ruina. Insisto que sólo es una impacto apresurado, pero, a primera vista, he percibido Alemania como un país con un Estado austero lleno de ciudadanos prósperos. España es (siempre lo ha sido) un país de pobres regido por gobernantes enriquecidos, derrochadores, acaparadores de una prosperidad que arrebatan a sus ciudadanos. Tal vez sólo sea una impresión. Me alegra que mi país tenga unas infraestructuras de autopistas, aeropuertos, trenes, parques eólicos o carreteras equiparables, en muchos casos mejores, que un país como Alemania, al que debemos cientos de millones de euros. Ahora empiezo a entender a quiénes se referían al decir eso de que hemos vivido por encima de nuestras posiblidades. Ya me barruntaba algo de esto al pasar por el aeropuerto de Castellón.
    Aunque de vuelta vienen unas 400 fotografías, seguramente más valiosos, por personales y evocadores, son los dibujos que fui haciendo en mi cuaderno en los obligados descansos reparadores, normalmente aprovechados para tomar una buena cerveza o un mal café. Esta entrada se dedica a estos dibujos, con estilográficas (una con tinta negra a prueba de agua y otra con tinta marrón soluble), para extenderla luego con un pincel de agua plano que da mucho juego. También algunos dibujos se colorearon con acuarela.
    En Cochem, donde pasamos mucho tiempo, con paisajes y rincones de postal, fuimos una tarde-noche a ver una serie de grupos que tocaban en distintos garitos en dos o tres calles juntas de la ciudad. Se iban turnando para que la música no parara en uno u otro lugar de las 7 de la tarde hasta las 12 de la noche. Había grupos acústicos, de reggae, Beatles, algunos inclasificables y otros feroces descendientes de suevos, vándalos y alanos con sus Marshalls a todo trapo. No parecía molestar a nadie, ni vecinos ni a una invisible policía durante estos días por ciudades, carreteras y autopistas. Sin duda debe de existir, pero o va de paisano o no se deja ver, tal vez por innecesaria. El caso es que la música, encuadrada en nuestro país dentro de la categoría de las molestias perseguibles, parece tener allí la consideración más apropiada de actividad cultural, anunciada, promovida y protegida. Por mucho menos ruido y a horas más tempranas en España hemos recibido a media actuación la visita de las fuerzas del orden público a parar el ruido, multar al dueño del local, incluso llegar a conseguir que cierre por aburrimiento, para alegría de sus vecinos, personajes amantísimos del arte y la cultura. Lamentable. Comentaba en otro lugar que los alemanes fama tienen de ser más rígidos y reglamentaristas. Que lo sean es probable. Que nosotros somos más gilipollas y asilvestrados, es seguro.

   El caso es que cenamos en un restaurante escuchando a un grupo. Cuando es posible, pido que me incrusten en el dibujo el cuño del local, cosa que hacen con gusto. Como se entra al trapo directamente en inglés, para no andar con probaturas idiomáticas e ir a lo seguro, pegamos la hebra con los dueños del local y con el guitarra y cantante del grupo. Al terminar la charla, me dice que, obviamente, por la pinta y el acento, debo de ser de Dinamarca, sorprendiéndose al saber que es español alguien que le habla en un inglés razonable, no va vestido de torero ni se arranca por rumbas al sentir una guitarra. Tópicos y prejuiciios difíciles de borrar, igual que ocurre con los que nosotros mantenemos vivos respecto a todo semoviente foráneo.
    Es reconfortante haber estado estos días, al menos por las mañanas y por las noches, en Cochen, un lugar que mantiene un sabor auténtico, como ocurre en Tréveris (Trier), con restos romanos, barrio medieval y edificaciones con la piedra negra o rojiza de la zona, paredes blancas o de vivos colores, con techos de pizarra y todo rotulado en letra gótica. Frankfurt, Colonia, Koblenz (Coblenza, en cuyo sitio murió Alarico), etc, desde la parcialidad de mi breve estancia y salvando los centros históricos y monumentos emblemáticos, producen ese desconcierto de no saber uno en dónde está. Al bajarse de un aerupuerto, todo es igual en todos sitios. Altos edificios que compiten en horripilancia y falta de carácter con los que podemos encontrar en las grandes ciudades de Europa, América, Asia y Oceanía. Me imagino que en África también las habrá similares en aquellos lugares en que hayan interpretado la idea de lo que es el progreso de forma tan absurda, anónima y vulgar como nosotros. A la hora de vestir, comer y actuar, tres cuartos de lo mismo. Lo estrictamente local es lo único en verdad universal y valioso, digno de conservarse, huyendo tanto de complejos como de chauvinismos. También da qué pensar que lo que sentimos como auténtico, valioso, digno de ser admirado y conservado, sean vetustos edificios y callejas de un pasado medieval, cuando no romano. Al menos de un par de siglos. A partir de el siglo pasado se inicia esa moderna e insulsa uniformidad.
    Una cervecita frente a la catedral de Colonia.
   Quedan las anécdotas y comentarios para otra ocasión, que nos alargamos demasiado, así como algunos otros dibujos y acuarelas que ahora iré haciendo en casa a partir de apuntes, fortos y recuerdos.
    Como pasé muchos ratos en esta casa de Cochem, al desayunar temprano en la terraza, al volver por las tardes y tomar algo mirando al río, a los barcos y trenes que pasaban por la otra orilla, muchos dibujos del lugar, que he disfrutado una barbaridad. Prácticamente siempre el mismo dibujo, con distintos medios y estados de ánimo, desde la alegría del sol de la mañana, la calma del descanso de la tarde o la nostalgia de la despedida, también de mi casa, como el dibujo final que dejamos como recuerdo en el libro de visitas de Villa Tusculana, que así se llamaba la casa que alquilamos. Un acierto.