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miércoles, 20 de febrero de 2019

Dibujos con pluma o rotulador. Febrero 2019


   En esta entrada aparecen algunos dibujos de árboles realizados con pluma estilográfica, rotulador calibrado o bolígrafo. En el primero de ellos, una rama de encina, se recurre al tradicional sistema de hacer tramas de líneas entrecruzadas para conseguir volumen por niveles de gris. Se procura que parte de estas líneas vayan modelando la curvatura del árbol, su rugosidad y la dirección de las estrías que produce el crecimiento en su corteza. Esas líneas van sugiriendo la textura y la forma de cada rama. Se trata de seguir el esquema de crecimiento del árbol, el punto en que nacen nuevas ramas, su curvatura, intentando resaltar por escorzo la zona cercana y la lejanía. Las jojas de las encinas son diferentes en la parte superior que las más bajas, pues estas últimas se curvan y hacen más ásperas, pinchan, evitando que sea más difícil que los animales las coman.
   El dibujo anterior, un madroño viejo, que ha sido podado varias veces, siguiendo el mismo sistema que en el dibujo anterior. Las hojas se han dibujado siguiendo un cierto patrón, detalléndolas más que en algunos otros dibujos en los que solamente se sugieren.
   Este olivo, sobre un papel cuadriculado, se hace con pluma estilográfica. Había estado cargada con tinta azul pero se ha recargado con un cartucho marrón, de forma que el color va cambiando del azul a este tono azul oscuro, agrisado. Las ramas se dibujan con líneas más o menos paralelas siguiendo la dirección de crecimiento. Se añaden otras para intensificar las sombras, intentando modelar la curvatura de las ramas y del tronco. Se dibujan hojas y aceitunas sin intentar llenarlo todo de ellas, incluso tramando algunas zonas más espesas y oscuras.
   Mismo papel y misma tinta para el dibujo anterior y el siguiente. Un macetero con pensamientos con un colgador de macramé. Lo he dibujado muchas veces, como acuarela o dibujo de línea. Cada una de esas cosas existe por separado, el colgador, los pensamientos y una maceta de cerámica similar, aunque es en el dibujo donde se juntan. La estilográfica es una antigua Inoxcrom que había afilado con piedra de Arkansas. Por presión las líneas aumentan su grosor e intensidad, aunque mucho menos que una plumilla flexible. De todas formas consigue esta pluma hacer líneas de diferentes grosores, lo que da color y vida al dibujo. Las ramas abocetadas del dibujo siguiente, dibujo de líneas, se refuerzan con unos trazos de pincel de agua mojando en el mismo tajo, aplicados de forma rápida para que manche de forma irregular dando textura.
   Un dibujo más elaborado, también con estilográfica, de esos que se hacen mientras uno escucha las noticias o música, insistiendo con las rayotas para ressaltar las zonas de sombra. la tinta marrón se extiende con pincel de agua y luego se intensifican con nuevos trazos con la pluma y con otra cargada con marrón más oscuro.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Árboles de diciembre. Paleta.

   Seguimos con los árboles, probando nuevas cosas y explorando como siempre formas, colores y texturas. Casi todas estas acuarelas se han hecho sobre papel satinado, tres buenos papeles de Saunders Waterford, como la primera, o Arches y Windsor & Newton. En una entrada anterior ya se comentó algo sobre ellos y sólo hay que matizar que me he reconciliado con el de Saunders, en cuya primera prueba se me combó, cosa que no ha vuelto a ocurrir. Seguramente se trataba de un papel distinto, algo más fino y que ponen como guarda, cosa que he descubierto después. Nada que reprocharle, pues.
   La primera acuarela, es de una foto del amigo Vilaboa, volviendo a abusar de su artística generosidad. Las demás salen de fotos propias, que muchas vamos guardando para el invierno, como las hormigas del cuento. Según comenta, se trata de un carballo nevado de la Serra de Ancares. Se han usado para pintarlo sólo tress colores: Lunar black (negro de magnetita) y Hematite genuine, ambos de la serie Primatek de Daniel Smith. Tiene unos ligeros toques de índigo. En este caso no hacía falta más. Hay muchas formas de trabajar y de entender esta industria (ruinosa por cierto). Lo recomendable según los manuales sería utilizar una paleta reducida y conocer bien los colores que usamos, sus posibilidades, sus mezclas y su respuesta con el agua y el papel. También una vez secos, que es como hay que verlos, aunque el comportamiento mientras se pinta es decisivo.
    Si miro la cantidad de tubos y pastillas de pigmentos y marcas distintas que tengo en un cajón enorme de un antiguo chibalete de imprenta, más de cien, no sería yo buen ejemplo de esta visión. Aunque he de aclarar que, a pesar de disponer de tantos colores, lo que lleva a seguir sorprendiéndome con algunos, no quiere decir que en cada acuarela utilice muchos de ellos. Al contrario, rara es aquélla en la que uso más de cuatro o cinco, incorporando algún otro que venga bien para el tema y la ocasión. Este es un ejemplo de esa austeridad, que podía haber llegado a un solo color, el negro, aunque ese marrón rojizo oscuro de la hematita y unos toques de índigo añaden algo de calidez en unos sitios y de frialdad en otros, que estaba nevado.
   Estos pigmentos de Primatek, aplicados con bastante agua dan mucha textura, pues las particulas bastante gruesas de la molienda de los minerales se posan a su aire dando granulación. Contrasta esa abundancia de agua, más de regante que de acuarelista, con las pinceladas secas y rápidas de costumbre. Así se hicieron las texturas de este árbol.
    Esa hematita, un óxido de hierro, en ocasiones se presenta comercialmente como Caput mortum (así lo vende Kremer), espeluznante nombre que hace referencia a leyendas antiguas acerca del color del terreno donde se había librado una batalla, achacando los tonos rojizos a la sangre de los soldados perecidos alli. No sé si la sangre llegó al rio, pero desde luego no a mi paleta. Igual ocurre con el Mummy Brown, el marrón de polvo de momia egipcia. Eso ya no es leyenda y quien esté interesado en estas curiosidades puede leer historias truculentas y reales sobre las momias de personas, gatos o cuerpos de ejecutados que acabaron en la paleta de algunos desavisados pintores. Hoy ese color se encomienda a la química y la mineralogía, no a un verdugo o a un embalsamador, que también tenían su aquél.
    La anterior, una acuarela sobre un trozo de encina de las muchas fotos que tengo del encinar centenario de La Mejorada, en Alpera, a cien metros de la casa donde viví bastantes años, además de las que hago cada vez que vuelvo por allí. Para la textura del tronco, después de un primer baño general con siena natural se hacen unos rascados en las direcciones de crecimiento que luego sucesivas capas de hematita (un color marrón rojizo muy oscuro) van resaltando. Se procura reservar algunos puntos y zonas iluminadas, las sombras se enfrían con el violeta oscuro de amatista, reforzado a veces con sodalita. El ramaje, procurando ser austero en el color y parco en el detalle, pues mejor es dejar las hojitas a la imaginación que ponerse en plan de ilustrador botánico. Esto es un acercamiento artístico y no científico, descriptivo, que aquí resultaría agobiante. Más azules y pardos que verdes hay en las hojas y sólamente se permiten algunas alegrias cromáticas con unos toques de turquesa que a veces funciona mejor que el viridiana. Lo que predominan son los grises producto de la mezcla de todos los colores usados, eso que queda al limpiar la paleta, y tonos pardos de los ya utilizados en el tronco. El único verde usado es el de jadeíta, también de Daniel Smith. Es el que más empleo, casi siempre el único.
    Un algarrobo pintado con acuarela y toques de lápiz, especialmente blanco, como se puede ver. Además de texturas y tonos tierra, siempre andamos luchando con los verdes, cada vez más quebrando las mezclas, pues menos verdes hay en la naturaleza de los que creemos, que el cerebro suele ver más que los ojos, pues éstos últimos son sensores y sondas del primero, que es quien en realidad ve e interpreta lo visto. O supone, a veces engañándonos, pues no todo vegetal es un prado primaveral. Veo que aun huyendo del exceso de color, acabo usando algunas veces en las mezclas un azul pinturero como es el viridiana, incluso el turquesa, buscando un tono aguamarina oscuro como el que se utiliza frecuentemente para pintar el agua en sus sombras y reflejos. Colores ambos que hay que usar con mucha precaución y raramente como salen del tubo.
   En el árbol anterior, un madroño ya crecido, vuelta a la austeridad. Desde el azul elegido, lapislázuli, agrisado y serio, lo que hace que los verdes que salen de sus mezclas también lo sean. Mezclas con siena, toques de verde de perileno y sombras con amatista, un violeta maravilloso y transparente, también de Daniel Smith, como los demás. Como es un cristal molido, el pigmento aporta brillos a la acuarela, que reluce cuando le da el sol o la luz directa.
   Un paraje que he pintado muchas veces, aunque nunca desde ese punto de vista. El cerro del Bosque, en Alpera (Albacete), donde se encuentran los abrigos con pinturas rupestres de la Cueva de la Vieja. Tengo muchas fotos de los años que viví allí y de las muchas veces que he vuelto. De vez en cuando recurro a ellas y recuerdo aquellos buenos tiempos. Los árboles son acacias. Los verdes salen de mezclas a partir de jadeíta de Daniel Smith. Azul cobalto para el cielo, siena y el rojo oscuro de alizarina para las rocas y también para las sombras mezclado con el cobalto. Algunas de ellas, las mñas oscuras, reforzadas por el azul oscuro de sodalita. Y poco más.
   El siguiente, Águilas en Murcia, básicamente con los mismos colores que la acuarela anterior, aunque para algunas zonas del agua se ha recurrido a índigo y a turquesa, simpre mezclados.
   Por último un bosque otoñal, donde se han utilizado algunos colores más, aunque no demasiados. Hay mucha mezcla. Un plato grande, cuadrado y muy plano, de loza, (comprado en los chinos) permite ir mezclando los colores y sacar muchos tonos distintos a partir de pocos pigmentos. Parece cosa sin importancia, pero limitarse a los huecos de una caja de acuarelas, más si es pequeña, reduce drásticamente la comodidad y la posibilidad de mezclar todos los colores entre sí. Una paleta debe ser grande, como en óleo, manteniendo siempre la posibilidad de arrastrar un color hacia donde están todos y cada uno de los demás.
   Los colores utilizados han sido cobalto, siena natural, siena tostada, carmín de alizarina oscuro, verde de jadeíta y violeta de amatista. Un lujo de colores, estos de Daniel Smith. Conste que no llevo comisión, cosa que lamento profundamente, que ya me gustaría. Cierto es que a raíz de alguna discusión cuando los compraba directamente a la casa en Seattle (USA) y mi disgusto y furia por unos gastos en envío elevados que se agravaron con una tasa totalmente demencial que me endosaron en la aduana, tuvieron un detalle conmigo, no en la casa,bastante ariscos, pero sí con la persona que estaba en Europa introduciendo la marca, bastante más amable. Mis quejas fueron entendidas y, como no se vendían en España, me regalaron una generosa y amplia muestra de sus colores avisándome que, desde entonces, ya los podría compar aquí, cosa cierta y que he venido haciendo desde entonces para reponer los que se me acaban. Otros de los que me enviaron, varias docenas, por usarse menos, durarán más que yo. Gracias les sean dadas. No obstante, si hablo bien de estos pigmentos y si tantos trabajos y disgustos me he llevado para conseguirlos, es porque, salvo algunos de Kremer, no conozco nada igual.