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lunes, 20 de abril de 2020

Música en el claustro

Mi canal de youtube   
Este obligado retiro por el coronavirus me ha dado tiempo y ganas para rebuscar entre antiguas grabaciones en directo de algunos grupos de los que he formado parte desde 1969, cuando siendo una criatura debuté en una nochevieja. Lamentablemente de otros no hay nada grabado, ni siquiera fotos.
Estos archivos de sonido pueden escucharse en mi canal de youtube,
en el enlace que inica esta entrada.

Aunque cada canción tiene su historia, me he decidido a contar la de ésta:
-o-o-o-o-o-

    Sicilia, finales de los '90. Octavio Cuarteto fue uno de los muchos grupos que a lo largo de los siglos hemos formado Segis, Paco y un servidor. Con Pascual Ortiz como batería, otros tantos, juntos o revueltos; pero esa es otra historia que empezó hace más de cuarenta años y aún sigue. O no. Han sido bandas de distinta duración, rentabilidad y alcance, pero siempre batallando con repertorios insólitos para ser acometidos sólo con dos guitarras y un bajo. Entre otros coros cuyo estudio queda para ulterior ocasión está Almenara, con mi hermano Juan a la voz cantante y Jesús Sánchez, que entonces era pelirrojo, a los tambores. Porque lógicamente han sido varios los baterías y cantaores que han colocado la guinda a este longevo ensemble instrumental que ponía sus angelicales segundas voces al servicio de una mejor que hiciera buenas a las cuatro. Tal vez usar cuatro voces en muchos arreglos haya sido una de nuestras virtudes. 

    Aunque luego entró nuestro amigo Julián a hacerse cargo de tambores y vajilla turca, durante bastante tiempo fue Juanjo el maestro percutor en Octavio Cuarteto. Tocaba los bongós cuando venía al caso, —y algunas veces en que no—, y también un artefacto muy chusco que era una especie de batería eléctrica con dos o tres tamborcillos planos del tamaño de una taza de café y un a modo de bombo, consistente en un botón que pendía de un cable hasta el suelo. Ese artilugio contenía sampleado un pequeño zoo y en las partes más silenciosas y emocionantes de alguna canción, fuera Hey Jude o Polka dots & Moonbeans, no era raro que de ese aparato diabólico saliera un maullido o un relincho que desconcertara al que cantaba en ese momento, que solía ser yo intentando contener la risa. Grabado quedó en más de una ocasión, pero no podía dejar en el momento la guitarra para estrangular a Juanjo, que al gato nunca lo llegué a ver. No lo usábamos solamente en el ámbito de pequeños escenarios, y ese sencillo instrumento nos acompañó varios días de feria a la Caseta de los Jardinillos, la de 1998. La verdad es que no cabía mucha parafernalia de timbales ni platos en el rodalillo que nos dejaban en el lado derecho de un escenario mayor que algunos majuelos que para mí quisiera, pero en el que nosotros teníamos que tocar con la guitarra hacia arriba. En la música está claro y no se discute quién va de chef y quién de pinche o a lavar los platos. Unos días compartiendo ese escenario tan mal amojonado con Sara Baras y Antonio Canales, con Camilo Sesto, con el Dúo Dinámico y un último con Los Panchos. En esta última noche de nuestra feria del '98 en la Caseta fue cuando el amigo Fernando Gotor cinceló en el mármol de nuestras memorias su frase histórica ¡Bravo, Basurto! Habéis estado de nácar”.

   En el caso que nos ocupa, Octavio Cuarteto, la guinda era Juanjo, una voz portentosa que, además era batería, sabía tocar la guitarra, la flauta, algo de piano, incluso tañía otros instrumentos que no sabía. O los imitaba con su privilegiado galillo. Uno de los objetivos principales del grupo, si no el único, era reírnos y pasarlo bien, algo eterno en nuestro talante. Tanto como nutrirnos e hidratarnos en grata y mutua compañía, descartado como entre nosotros es costumbre el interés económico. Como casi todos los grupos, lo constituimos como asociación cultural con desánimo de lucro. Salvo raras excepciones, que se pueden contar con los dedos de una oreja, quien ponga rumbo a la música para hacerse rico, más necesitado está de brújula que de vihuela.

     Dada su aparente modestia, que en el fondo no es tal, los objetivos se cumplieron ampliamente, pues reírnos nos reímos un disparate, sin por eso dejar desatendidos los flancos gastronómicos, libatorios y conversacionales. Es una pena no haber levantado acta fiel de esos ratos. Hoy somos unos eremitas, aunque donde hay siempre queda. También conseguimos hacer reír al respetable, incluso al público en muchas ocasiones, que era un daño colateral calculado. Era decisiva la desconcertante variedad de estilos, épocas y registros de un repertorio inaudito que abarcaba desde un tema de Bach con flauta travesera, bajo discontinuo y guitarras, los famosos pasodobles “No te vayas de la barra”, “Soy minero” o “María la portuguesa”, a temas de Les Luthiers, como el bolero de Mastropiero o Perdónala. Podía seguir un aria que abriera campo a la voz de tenor de Juanjo, un blues, una bossanova o una de los Credence, y nunca faltarían varios temas de Los Beatles, o de Solera, CSN&Y o de CRAG, catacúmbrica onomatopeya y acrónimo de nuestros adorados Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, cantadas por nuestras voces, que en lugar de sufrir menoscabo por las comparaciones, juntas recibían realce por parte de la suya. Juntas sonaban como un órgano en los días favorables.
     No tocamos demasiado y, como otras veces, aprendimos que no siempre lo mejor es lo que recibe mayor recompensa, que más a menudo sucede lo contrario. La verdad es que limitándonos a hacer lo que mejor se nos daba, lo que llevábamos decenios escuchando y tocando, nada malo hemos hecho nunca. Pero, si con ese grupo no nos forramos, estaba claro que sobraban futuros intentos. En Kunta Qintet, el guiri Sven y el batería argentino Gustavo Gentile, otro santo varón refractario al dinero como nosotros, nos arrastraron hacia el jazz, haciéndonos alcanzar nuestro nivel de incompetencia, al menos la mía. Pero esa es otra historia.
    El nombre de “Octavio Cuarteto”, guiño a una calle de Albacete, era producto de la mente calenturienta del hermano Francisco Arteaga, inventor de palabras y afilador de ideas, algo común en nuestra orden. Un parto onomástico parecido a “Blasco de Guirigay”, que iba a ser el título del siguiente grupo. Por motivos que escapan a mi comprensión, al finlandés Sven no le pareció bien y bautizamos al neonato como Kunta Quintet, seguramente con ron. Entre medias de una y otra junta de accionistas, Segis, Paco y yo urdimos un grupo dedicado al country en una época en la que Segis había abierto un pub encantador con esa temática y decoración, Lone Star, en cuya cabina y barra sumé algunos cientos de horas de sueño al déficit habitual en los músicos. Poco antes acudíamos con frecuencia, incluso habíamos tocado alguna vez en el Nashville, también campestre, como su nombre indica. Vamos, que del Liverpool de Los Beatles, del Brasil de Jobim y del blues del delta del Missisipi nos fuimos desplazando hacia al oeste, por la ruta 66, entre camiones y vacas. Luego Sven intentó arrastrarnos a Nueva Orleans. Acordamos llamar al nuevo grupo “Countribuyentes” y no recuerdo si fue Segis o fui yo el Juan Bautista de aquel acristianamiento que no llegó a recibir los rones bautismales. Ha ocurrido con frases como “a mi escaso juicio”, que Paco me atribuye a mí y yo creo que es suya. La explotamos a medias, que frases nos sobran. Al caso que nos ocupa: aparte de para hacer subir las acciones del Cacique 500, no llegó la cosa a cuajar en nada útil. Pero quedó Highway forty blues en el repertorio y algunos otros temas ya olvidados.

    Ambas órdenes seglares tuvieron como sede social y convento de referencia al Nido de Arte, donde tantas veces el abad Germán de Navarra convocaría a la congregación a ejecutar peregrinos salmos en el púlpito de su capilla. O los jueves a los mármoles de su refectorio junto a una peña numerosa de frailes amigos que mereció ser declarada, si no bien cultural de la ciudad, al menos de interés turístico. Aún se permitían los sahumerios e incensarios. Sólo valoramos las cosas cuando nos faltan. Hay gentes que siempre andan quejándose de que no hay donde vive lo que no se han molestado en buscar, teniéndolo más cerca de lo que suponían. Y lo digo por el Nido, que nuestros grupos sólo eran una gota en el mar de música que la lamido las playas de la calle Nueva durante cuarenta años. Cerrado el Nido, algo de eso le ocurrió a Flashback con el Chapó, que dejamos ante la indiferencia general, o teniente coronel, al menos. Pero esa es otra historia. O tal vez la misma de siempre. Mucha gente añora hoy lo que no valoró ni apoyó ayer cuando lo tenía, incluso gratis o por el precio de una copa.

    Como decía, el humor formaba parte tanto del repertorio como de la puesta en escena de ciertos temas. En realidad el humor aparecía siempre, aunque tocáramos una misa de réquiem, porque siempre nos ha sobrado y el sitio y la ocasión normalmente lo favorecían. Los formatos pequeños siempre aportan la cercanía y abonan la complicidad. Eso, y más cosas, era el Nido, además de nuestra casa. Al recordar ahora, una entre mil, en un concierto en un pueblo cercano a la capital, verano en la piscina, cómo Juanjo cantaba con traducción simultánea ante la queja de uno de la primera fila que se lamentaba de no entender la letra en inglés, casi tengo que llamar a alguien a que me levante del suelo y me haga aire con un ABC, casi muerto de la risa. Cuando digo tocar una misa de réquiem, parecerá recurso literario o exageración traída por los pelos, pero no lo es. En los bailes del Surco a finales de los '70 a veces teníamos que hacer con la orquesta Los Singuel un descanso en la hora justa para que Parra, —don José María, y me pongo de pie para nombrarlo—, nuestro pianista, que era también a la sazón organista de la santa iglesia catedral y director del conservatorio, partiera raudo hacia el templo para amenizar un sepelio. Un taxi esperaba abajo con la primera metida y al rato volvía pasándose el pañuelo por la frente, de riguroso luto, uniforme común para ambos eventos, y seguíamos con las cumbias. Pero esa es otra historia.

    Este tema, “La dona è mobile”, un aria de la ópera Rigoletto de Giuseppe Verdi, se presentaba en el Nido, —pues gran parte de estros temas sólo allí tenían cabida, y sólo allí se hicieron—, como un supuesto anuncio para una campaña publicitaria de la Confederación de Cajas de Ahorros, promoviendo los mismos. Por aquel entonces las cajas de ahorros aún podían ser sacadas a relucir sin que se nos pusieran los pelos como escarpias. A lo que vamos, la maravillosa exhibición vocal de Juanjo era malacompañada por coro de ahorradores y postulantes, bajo, guitarra sinfónica y guitarrista observante, un servidor. Paco, con una de las primeras guitarras midi, ponía la base orquestal siempre luchando contra el desfase de una o dos décimas de segundo de retraso en generar la nota, algo que parecerá baladí, pero en una redonda caben 256 semigarrapateas. Además, en esos tachundas de cuerda a veces parece que se iban algunos violinistas al bar y el acorde se tambaleaba o cortaba a medio compás. Mucho ha mejorado la tecnología, pero esos problemas nos han enseñado a tocar hasta con una legona con cuerdas.

     Vaya y sirva esta grabación cometida en la ermita del abad Germán de Navarra, más o menos en el año 23 a.P. (antes de la Pandemia), para mitigar los abatimientos del largo retiro que nos confina en las celdas de nuestros conventos, huyendo de las virulencias, aunque no de todas sus variedades. Desenterrar ésta y otras joyas de arqueología musical es mi aportación al alivio de nuestra clausura, ya que después de 40 días en el desierto, sin afeitar y ya dos años sin acudir a mi estilista, voy lleno de pelos, parezco Robinson Crusoe y no me determino a salir al balcón por no espantar a mis vecinos. Pero disfruto viendo a diario en la pantalla las apariciones de algunos hermanos y hermanas en la fe menos hirsutos, tañendo y entonando sus gregorianos desde celosías y balconadas. Algunos de los vecinos que hoy les aplauden son los mismos que antes golpeaban el cielorraso con la caña de la escoba o llamaban a la policía local en protesta por los molestos ensayos o conciertos de aquellos ruidos, los mismos que hoy la situación les obliga a agradecer y reconocer como buena música.

Que disfrutéis del aria. Y no salgáis.


lunes, 20 de mayo de 2013

CONCIERTO Homenaje a THE BEATLES - Albacete 10 de mayo 2013

   Después de muchos días sin actividad, vuelvo al blog con música, que es lo que me ha ocupado las últimas semanas. La Asociación de Amigos del Jazz de Albacete, de la que formo parte, ha programado este concierto como homenaje a este grupo único coincidiendo con sus cincuenta años de vida.
    Placer sobre placer, pues ha sido este concierto ocasión de reencuentros con antiguos compañeros de la música, ahora actividad de los ratos de ocio, pero que durante muchos años fue nuestra principal dedicación. Nunca abandonada del todo, últimamente la agenda tenía un día a la semana para el ensayo gastronómico-musical de Kunta Quintet, donde Fray Sven de Escandinavia no pocas veces nos ahumaba un salmón mientras preparábamos un tema de Cole Porter. O de Jobim o Django Reinhardt, pues ese era el tipo de música que últimamente hacíamos. Un ejemplo en youtube, con una formación alternativa.
    Nunca habíamos dejado de mantener algún tema de los Beatles en el repertorio y, en este grupo, habíamos incorporado When I'm sixty-four, por su carácter de pieza para banda de templete del parque en una soleada mañana de domingo, con su bajo sonando a tuba y unos clarinetes que suplíamos con guitarras o armónica. Tampoco la hemos olvidado para este concierto. En el enlace puede verse en youtube. También Till there was you, tema que ya cantábamos con Almenara en el Samoa en el 80.
   Bueno, pues la noche del viernes 10 de mayo, allí estábamos en el Teatro Circo de Albacete. Encima de ese inmenso escenario sobre el cual hemos visto a las primeras figuras del jazz mundial. Es la segunda vez en mi vida que lo piso para tocar. La primera fue hace cuarenta años, con Pascual y Enrique, batería y bajo de la orquesta Singuel, pues José María Parra, el pianista, pidió nuestra colaboración para acompañar a sus alumnos de la Universidad Laboral en un montaje que en clase de música hicieron sobre "Jesucristo Superstar". Después hubo que acompañar a niños repeinadísimos que cantaban lindas melodías perseguidos por nosotros, musicalmente hablando, en el intento de acortar o alargar los compases según su inspiración y talante, mientras buscábamos por el mástil algún acorde que viniera al caso. Parra desistió de dirigirnos y movía las manos simulando llevar una caña de pescar, en lugar de batuta. Como se ve, aún recuerdo el trance, luego revivido cada vez que en las fiestas de algún pueblo se subía un espontáneo o la hija del concejal de festejos, que ya veréis qué bien que canta.
    Uno, en tantos años, ya ha pasado por similares compromisos. Quinientas personas, en realidad, no son muchas, aunque todo un éxito para tal ocasión, si tenemos en cuenta que los asistentes estarán hartos ya de vernos gratis por las calles. Todo nuestro agradecimiento es poco para quienes pensaron que, a pesar de ser sus paisanos, conocidos, incluso parientes, merecía la pena el ir a vernos. De todas formas, si los 171.390 habitantes de Albacete hubieran decidido ir, habría sido un problema. Mejor así. 
   Haber perdido la cuenta del número de escenarios a los que se ha encaramado uno en su vida no quiere decir que la situación no imponga. Cuando ves a tanta gente mirando hacia ti, siempre te invade una cierta inquietud —Bueno. ¿Y ahora qué?—, y te dan ganas de mirar hacia donde ellos, es decir, hacia tu espalda, por si está ocurriendo algo. Incluso de salir corriendo, aunque últimamente he perdido mucho reprís. Todo eso acaba con la primera nota, aunque la voz, instrumento más sensible que las guitarras, puede temblar un poco, más de emoción que de miedo. No hay espacio aquí para intentar recoger las cosas que, a retazos, pasan por tu cabeza mientras cantas Let it be o Yesterday, por ejemplo. 
   Además, hay que recordar la letra, cada uno con su técnica. La mía es una esquizofrénica doble contabilidad cercana a la de los traductores simultáneos: cantar algo mientras vas anticipando qué viene después. Es lo que más me inquieta. Mucho menos la guitarra que tocas a la vez y que apenas requiere atención. Es como respirar. Si acaso mantener esa nota La aguda que suple a los violines, mientras tus dedos pasan por FM, Emsus, A#5, All my troubles seem so far Dm away, Dm7 y Bb7M. El dedo gordo ya se ocupa él de ir marcando las notas del bajo.
  Todo el mundo debería hacer un breve retiro, unos sencillos ejercicios espirituales, consistentes en ensayar duro hasta conseguir hacer con otras personas un acorde a cuatro o cinco voces que salga afinado y compacto. Preferentemente el tachunda final de un bolero, con su sexta, novena o séptima mayor, que da gloria. Les cambiará la vida. Es como haber escalado juntos el Himalaya, o regresar vivos después de un mes perdidos en la selva, apoyándose el uno en el otro. Crea una camaradería y complicidad que quienes no han hecho música en su vida morirán sin conocer. Algo muy cercano al amor. Por eso, resulta difícil de catalogar la relación que puede llegar a establecerse entre personas que ya no tienen que ensayar, que se miran y saben que a ti te toca la quinta. A veces sin mirarse, pues cada uno sabe las fichas de los demás. Dos músicos compenetrados son una temible pareja de adversarios en el dominó o en el mús.
   Cuento esto, porque son cosas que se te pasan por la cabeza mientras escuchas como tu voz se diluye en ese acorde final de voces en "Golden Slumbers/Carry that weight/The end" que puede ser sublime o arruinar el tema. Igual que olvidarse de la letra, lo que puede llevar a perderte en el mapa de la canción y asomar por los cerros de Úbeda, mientras el resto anda por los Picos de Urbión. Cuando me decida a escribir un libro sobre la parte contable de nuestra historia, seguro que llegamos a episodios cuyo recuerdo nos hace ahora más gracia de la que nos produjeron en su día y en el escenario.
    Termino con un escrito que envié hace unos días a mis amigos y que encuentro oportuno reproducir aquí, junto al enlace a algunos vídeos del evento:

   Queridos amigos:
     Anoche tuve la satisfacción de ser descubierto como músico, de forma poco menos que póstuma. Algo inesperado y desconcertante. Una impagable vivencia más para compartir con mis queridísimos compañeros de farándula de toda una vida, hallados ahora junto a mí por algunos conciudadanos en la misma excavación. Resulta que el hombre de Neanderthal ya sabía hacer fuego. ¡Quién lo hubiera imaginado! Creo que algunos de mis amigos músicos que compartieron escenario en el evento deben de haber sentido algo similar.
    Mucha historia sobre ese escenario, compartido con otros excelentes músicos de los demás grupos, que pueden contar similares andaduras. Sólo en el nuestro, reunido para la ocasión, se alineaba una parte no pequeña de 40 años de música en Albacete: tres antiguos miembros de Altozano, tres de Cristal, dos de los Singuel, tres de Almenara, dos de Círculo 1, tres de Octavio Cuarteto, cinco de Kunta Quintet…, cuentas que corto aquí para no hacer pasar por multitud a ocho músicos, entre ellos, y desde hace “sólo” siete u ocho años, Fray Sven de Escandinavia y Gustavo Gentile, de Rosario, como Messi o Luis Salinas. David Espejo, buen amigo y extraordinario pianista, se unió a nosotros y tuvimos el impagable apoyo vocal de Carlos y de Mingo, con quien nunca antes había coincidido en ningún otro grupo, gran error que intentaré corregir en el futuro próximo.
   No sabíamos que dejábamos el abrigo sobre una obra de arte hasta que Duchamp expuso un perchero en un museo, aunque colgado del techo.  No quiero pensar que, en este caso, es el espacio donde algo se muestra lo que eleva a categoría de arte lo mostrado, rueda de molino con que el llamado arte moderno ha conseguido hacer comulgar a muchos. Acostumbrados a ser músicos de verbena, profesión dignísima, nos sorprende que lo que hace treinta años hacíamos, a veces sobre un remolque de tractor contra los muros de la iglesia en la plaza del pueblo, sorprenda hoy gratamente cuando se interpreta sobre el mismo escenario donde hemos visto a Brad Meldau, Kenny Garrett, o Ara Malikian, por citar a alguien.  
     Desde que el Nido de Arte, nuestro nido, cerró sus puertas, a duras penas hemos conseguido mantener el contacto con los queridos compañeros y amigos que allí nos reuníamos a tomar una copa, un cóctel de música, risas y palabras, y asombrarnos del ingenio que tal aquelarre hacía destilar al ectoplasma que entre todos invocábamos con nuestros conjuros, sahumerios y pócimas a base de Alhambras y ron de caña. 

   Durante años, los martes, y luego los jueves por la noche, cuando ya no nos permitían disfrutar de los casi semanales conciertos de Jazz programados por Germán y la Asociación de Amigos del Jazz de Albacete, muchos de nosotros y otros buenos amigos que ayer nos acompañaron desde el patio de butacas del Teatro Circo, hemos ido cambiando el sueño por la mutua compañía, la buena música, la conversación y el ingenio que se derrochaba sobre el mármol de las mesas del Nido de Arte. Aunque era gratis, acudían pocos pero fieles contertulios, para charlar, escuchar música, cantar y reír. Irreparable pérdida haber dejado morir al segundo club de jazz más antiguo de España por falta de protección e interés por parte de quienes deberían defender la cultura. Incluso quien no frecuentaba el lugar, reconoce ahora que el Nido ha sido, durante cuarenta años, uno de los focos culturales más activos de Albacete. 
     Allí hemos pasado ratos inolvidables escuchando, conversando —y tocando con ellos a veces al terminar el concierto— con docenas de músicos como Antonio Serrano, Crispy Duck, ingleses enamorados del vino de Villarrobledo, Grahan Foster, que seguía tocando mientras quedaran cervezas y alguien en la sala, y hasta a la Big Band de Almansa que ocupaba la mitad del local. Se me saltan las lágrimas al hablar de tal pérdida.

       Volviendo al concierto de los Beatles, tal vez el reconocimiento del público hacia lo que allí se escuchó se deba a que perciben que a ciertos temas que ya forman parte de nosotros, aunque aparentemente sencillos, hay que acercarse con modestia, mimo y respeto, pues no hay nada tan fácil que no se pueda hacer mal. Cuestión de sentimiento más que de virtuosismo. Cierto es que tocamos ahora temas que nosotros escuchamos en vinilo en su editio princeps, recién grabados por The Beatles cuando nosotros teníamos poco más de 10 años. Estas canciones nos empujaron a empezar a tocar la guitarra. 
    Intentando relativizar las felicitaciones y aplausos, siempre bien recibidos, más mérito tuvo descubrir al respetable en los bailes del Surco en 1974 temas como “¡Oh, what a night” de Frankie Valli & the four seasons, “Sir Duke”, de Stevie Wonder, y cosas así, dentro de repertorios en los que nunca faltaba alguna bossa-nova, un blues bailable, junto a los imprescindibles —y hermosos— pasodobles y boleros. O “Cabaret”, con arreglos de mi querido y añorado José María Parra, todo un director del conservatorio, al que no ofendía el hecho de tocar con personajes como Pascual o yo mismo. Con Antonio a la trompeta, Vicente al clarinete y Pepe al trombón, Parra, con su piano y sus partituras escritas de un tirón, conseguía hacernos tocar ese tema como una banda de Dixieland. 
    De heróica y suicida habría que calificar la selección de bailables que “Visiones”, mi primer grupo, ejecutamos en el Hotel Central en la Nochevieja del 69. Así, a bote pronto, recuerdo “My crime” de Canned Heat, "Gloria", de Van Morrison, "Baby, come back", de Eddy Grant & The Equals, y más blues: —"The blus, blus, bluuuus.... mi-sol-mi"—. Dos guitarras, bajo y batería, con solos de diez minutos estoicamente soportados por los que despedían el año mientras atacaban los langostinos, mirándonos por encima de las gafas y temiéndose lo peor. Cuando, por la calle, alguien me dirige una mirada aviesa, sé que esa Nochevieja del 69 estaba en el Hotel Central. Por aquel entonces, con 15 años, pensábamos que los pasodobles eran algo propio de la banda de Liria, no exigible a un grupo pop digno. Empezamos a ganar algo de dinero cuando músicos más expertos nos sacaron de tan estúpido y engreído error, producto de nuestra extrema bisoñez.
   Tomando una copa después del concierto, le pregunté a Pascual cuándo fue la primera vez que estuvimos juntos en un grupo. Me dijo que en 1973. Fue en Villarrobledo, con Círculo 1, junto a Palmiro, Agustín Pellicer, Julio y Fermín. Vivíamos entre el Círculo y el Zabi. Luego nos unimos a Los Singuel (No recuerdo si lo escribían así, pues debía ser Singers o Swingers. Tal vez Singles). Pippo, el batería italiano que dejó el puesto a Pascual, había tocado anteriormente en la orquesta de Pérez Prado. A partir de ahí, con Pascual, Segis y Paco Arteaga, una historia de 40 años de coincidencias y separaciones, en muchos grupos que, en realidad, eran permutaciones de diez amigos tomados de cinco en cinco. Desde el 81, cuando formamos Almenara, he dejado la música varias veces. Siempre que he vuelto ha sido para reencontrarme con ellos. Y ya soy muy mayor para cambiar, queridos compañeros, que dice otra canción.
 
En la foto anterior, feria de Albacete en la Caseta de los Jardinillos, íbamos de teloneros de "Los Panchos", con quienes hemos coincidido un par de veces. Cantamos esa noche el "Bolero de Mastropiero" de Les Luthiers, que es al bolero lo que el Quijote a la novela de caballerías. Aquí se puede escuchar ese tema grabado en directo en una actuación en el Nido de Arte.
Con Cristal, dábamos paso a Los Bravos tocando Black is black, toda una maldad. Es algo que solíamos hacer con los grupos famosos con quienes compartíamos escenario. 
Abajo, en Imaginalia. Es uno de los lugares con peor acústica del mundo. En Grecia hubieran ejecutado al arquitecto.
   Haber leído miles de libros, escuchado un millón de canciones y tocado gran parte de ellas, si bien no ha resultado una actividad especialmente lucrativa, refractarios como somos al beneficio económico, al menos deja un poso de referencias, frases y emociones que nos sirven como filtros para analizar y hacer que las ideas, siempre etéreas y difusas, se solidifiquen y tomen cuerpo, negro sobre blanco, en el papel. Mientras intentas que ideas, sensaciones y sentimientos tomen consistencia, precipiten y acaben cristalizando, sueles recordar la forma en que alguien ha conseguido destilarlos en mejor alambique que el nuestro.
 Para el  Nido ¿qué mejor forma que como lo reflejó Gato Pérez sin conocerlo siquiera en "Ebrios de soledad"? —"Este bar fue nuestra vida [...]" Para mis amigos de siempre, elegida familia con quienes he recorrido miles de kilómetros por carreteras que nos llevaban a alegrar las fiestas de pueblos y villas, viajes de los que lamentablemente algunos no regresaron con nosostros, recurro a Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, con "Queridos compañeros":