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sábado, 9 de noviembre de 2013

KUNTA QUINTET y el entierro del salmón


Anoche, reunidos alrededor de un salmón de los de Sven, joya gastronómica compatriota de Nokia, aunque de superior tecnología, sustituidos los inciensos por el aroma de las virutas de aliso importadas de Finlandia con que fray Sven de Escandinavia sahúma sus peces, dimos cristiana sepultura a este querido grupo musical, siguiendo el orden del día de la convocatoria. Por eso del maridaje, hubo que recurrir al Barbadillo y a algunas cervezas, y faltó pan. Para aliviar la tristeza del momento, contamos con el concurso de una botella de ron de caña, que también pasó a mejor vida. 
Los grupos musicales, como las personas, pueden acabar sus días de forma súbita, violenta o, por el contrario, de manera apacible y tranquila, como ahora ocurre. Igual que ellas, en el mejor de los casos, lo hacen una vez cumplido su ciclo vital, falleciendo de muerte natural como una vela que se apaga, sin dejar mal sabor de boca, pues llega un momento en que la vida poco les puede ofrecer. Cuando así sucede, los deudos encuentran consuelo constatando que la vida del difunto ha sido feliz, razonablemente larga y que no deja empresas a medio. Ni deudas, cosa que podría añadir sombras al sepelio y un poso de rencor hacia el finado, aunque sí agradecimientos.
   
También, sin darle proporciones geológicas al caso, concurren causas ambientales en esta extinción. Es la música, como las demás artes, un  ecosistema frágil, y quienes se dedican a ella son como esas flores alpinas que brotan entre la nieve, milagros tan hermosos como inexplicables, sin abono y casi sin suelo donde enraizar y alimentarse, que nacen y medran allí donde no cabría esperar ese lujo de la naturaleza. Las más de estas flores languidecen y mueren sin que nadie las llegue a ver ni a disfrutar de su aroma y su color. Pero su existencia tiene sentido aunque sean tan frágiles que para desaparecer no necesiten la caída de un enorme meteorito. Basta con que vayan a nacer un poco fuera de lugar, un poco antes o después de la estación que les corresponde, o que se hayan intentado adaptar a una función que otras flores hacen mejor. Como puntilla, no están por gastar en abonos quienes deberían cuidar del jardín.
  
Tal vez ese haya sido nuestro caso, y hayamos sido un cactus plantado en un pantano, el del jazz, al que hemos llegado arrastrados por las aguas del manantial del hermano Sven, alcanzando allí nuestro nivel de incompetencia. Sin falsas modestias ni innecesarias paladas de tierra, recurso normalmente usado para recabar flores y alabanzas, hay otras músicas que hacemos muy bien. El jazz, no tanto. Sólo Sven ha mamado de las ubres de Duke Ellington y Cole Porter, metafóricamente hablando, claro está, pues nuestros biberones llevaban leches de Liverpool, de Nashville y de Menphis, de Argentina, de Italia y de España, más que de Nueva Orleans o Nueva York. Tal vez lo más cercano al jazz que habíamos hecho era bossa-nova, y habituados a su complejidad armónica podíamos mantener la dignidad musical hasta el momento de improvisar un solo decente sobre tan intrincada arquitectura musical. Cuando acompañábamos a Sven, sonaba más a jazz, al llegar nuestras intervenciones, nos abolerábamos o, en el mejor de los casos, sabía a blues. Pero no a jazz del mismo Nueva Orleans. Si acaso, de las afueras. Las cosas como son.
Si el aprendizaje viene de los errores, no me explico cómo no he acabado tocando como Joe Pass o John Coltrane, y hablo por mi, pues en este grupo, no hay equivocación que no haya cometido, y no me refiero a ocasionales fallos en la ejecución, que también, sino a errores de concepto, de estilo, cuya superación requiere más trabajo. También es cierto que, en algunas épocas, ciertos temas del quinteto resultaban algo sublime. Cuando ahora nos juntamos a tocar, siguen siéndolo. Posiblemente lo mejor que nunca hayamos interpretado. Al menos yo. Pero la música, a cierto nivel, requiere mucho esfuerzo. Más del que pueda imaginarse. Práctica, ensayo, estudio, es decir, tiempo. Asistir a conciertos, escuchar, ver, admirar cómo otros han salvado el barranco que nos detiene, vencer el placentero desánimo que supone ver tocar a Pizzarelli o escuchar en San Javier el sonido y la insultante perfección de la Lincoln de Marsalis. También necesita de un lugar y de un público, requiere dar con un mar donde asomar el pico del iceberg oculto, que eso viene a ser el escenario. La música, y más el jazz, es un estado de ánimo, una disposición, que no se da cuando se ejerce de uvas a peras, cuando no se ha ensayado lo suficiente pero, en todo caso, mucho más de lo que la recompensa del mercado merece. We are not in the mood for jazz. Tras cuarenta años en la música, nos exigimos un nivel profesional cuando las condiciones son similares a las penurias de nuestros inicios y menores las fuerzas, buscando un sitio donde tocar que no termine costándote dinero. La última guitarra, una Gretsch, una ganga, salió por 1450 euros. Y hay otras cinco. Un lujo que uno ya no se puede permitir. 
   Segis, Paco y yo conocimos a Sven en el Nido de Arte, mientras con Juanjo formábamos “Octavio Cuarteto”, grupo ecléctico y desconcertante, con nombre de calle, típica creación onomástica de Paco, habitual bautista de nuestros grupos. Un día que estábamos en ese añorado club haciendo temas que iban desde “Polka dots and moonbeans”, al “Bolero de Mastropiero”, pasando por “La bien pagá”, y no miro a nadie, invitamos a cuatro voces a Sven al escenario con el inicio del famoso bolero: “Si tú me dizzzzzz………. Sven”. No recuerdo qué tocamos con él, me imagino que un blues con su armónica o “As time goes by”. Allí empezó Kunta Quintet, con la feliz incorporación posterior de Gustavo Gentile a la batería que, huyendo del dinero, topó con nosotros. Un santo varón, Gustavo, excelente músico profesional que nos dedica su tiempo. También lo voy a echar de menos.
   Íbamos a poner de nuevo nombre de calle a la criatura, en este caso trocando “Blasco de Garay” en “Blasco de Guirigay”, cosa que a nuestro guiri no acabó de convencer. Quede dicho aquí que Sven es uno de los mejores músicos con los que he tocado, y mira que en eso he tenido suerte. Especialmente con la armónica, instrumento que traduce su fraseo mental mejor que su trompeta, a veces dubitativa, tal vez en lucha contra un instrumento mejorable.
Ana Milán y Toni, amigo, músico y sonorizador de Kunta Quintet, en el Nido.
   Como hay tres clases de personas, las que saben contar y las que no, pasamos a ser un quinteto de seis al unirse Ana Milán al grupo, centrándonos bastante en su voz y en las bossa-novas, que canta como pocos. Tras algunas actuaciones, cuando aquello sonaba razonablemente bien, Ana se fue a Irlanda y nosotros fuimos dedicándonos en los ensayos más a la gastronomía que a la música, a pescar salmones en el horno de Sven, hasta llegar al momento actual. 
   De todas formas, ensayos ha habido en los que no hemos llegado a tocar, pues a estas alturas valoramos tanto nuestra tertulia, como la música, conversación que alcanza a veces alturas notables de ingenio y buen humor. Tal vez Tony, nuestro compañero músico, opinante y sonorizador, parte del iceberg del grupo, comente o recomiende un libro, otro una noticia, el otro un cuadro, una exposición, un paisaje, una foto o un recuerdo. Sven, que domina nuestro idioma mejor de lo que él se imagina, las pasa como el que se tragó el paraguas para seguirnos. Le ocurriría igual a muchos nativos. No tiene precio reunirse a charlar y tomar una copa con amigos que, tras toda una vida, aún tienen la capacidad de sorprenderte, hacerte reír,  pensar y terminar la reunión con ganas de darles un abrazo. Os quiero, hermosos míos.

   El concierto de los Beatles, organizado por la asociación de amigos del Jazz creo que fue lo que terminó de abrirnos los ojos y retirarnos del jazz, que no de la Asociación. Lo mejor es hacer uno aquello que sabe hacer, zapatero a tus zapatos. Hay en Albacete en estos momentos una reconfortante e insólita cantidad de buenos músicos y grupos, algunos de un nivel verdaderamente excepcional. Compararme con algunos de estos genios es lo que me empuja a dejar Nueva Orleans, a escucharles y a intentar aprender de ellos. Me dedicaré con mis amigos, musicalmente hablando, a hacer aquello que sí sabemos interpretar como casi nadie, huyendo de falsas modestias.
   Sólo en el jazz se constata un florecimiento inconcebible hace sólo unos pocos años, y habría que reflexionar qué o quiénes han hecho tal cosa posible. Seguramente la ilusión, la constancia y el evangélico esfuerzo de unos pocos durante muchos años han ido poniendo las bases de esta situación actual, tan floreciente. Aunque el esfuerzo principal corresponde a los músicos, hay que nombrar a Germán, fundador y gerente magnífico del Nido de Arte, a Juan Ángel Fernández, alma mater del Festival de Jazz de Albacete y a Miguel López Vallés que ha resucitado una Asociación de Amigos del Jazz agonizante.
   
   De forma que Segis, Paco y Pascual formaron un grupo para disfrutar de esa música que siempre hemos hecho. Me he unido al proyecto y, después de ensayar y cenar juntos, vamos al “Bossa-nova” los miércoles por la noche donde nos reunimos a tocar con un grupo de excelentes músicos amigos y con Los Beatles, John Denver, James Taylor, pasamos el rato, bastante largo por cierto. Hemos recuperado el rito mozárabe y el quechua, que nunca dejamos del todo. Cabe allí el tango, la copla, Javier Krahe y los boleros, Chet Atkins, Brassens, Jobim y Martin Taylor. Y seguimos contando con Sven y Gustavo para recordar “I’ve got you under my skin”, “Night & day” y otros standards de jazz, hasta donde nuestra ciencia alcance. No hay que descartar que de ese grupo salgan tres o cuatro formaciones, mediante el habitual sistema de permutaciones, combinaciones y sumas. Mi inminente prejubilación, y me quedan unos seis consejos de ministros, de los que recelo alguna brillante ocurrencia, tal vez me permita dedicar a la música un tiempo que, hasta ahora, no le he podido conceder.
   Como digo, desde hace un par de meses me he unido a Pascual Ortiz, Segis Armero y Paco Arteaga, mis compañeros de la música de siempre, en santo y musical matrimonio, hasta que la muerte nos separe.
   Descansen en paz Kunta Quintet y el salmón.


Este es el enlace al blog del extinto Kunta Quintet.

lunes, 20 de mayo de 2013

CONCIERTO Homenaje a THE BEATLES - Albacete 10 de mayo 2013

   Después de muchos días sin actividad, vuelvo al blog con música, que es lo que me ha ocupado las últimas semanas. La Asociación de Amigos del Jazz de Albacete, de la que formo parte, ha programado este concierto como homenaje a este grupo único coincidiendo con sus cincuenta años de vida.
    Placer sobre placer, pues ha sido este concierto ocasión de reencuentros con antiguos compañeros de la música, ahora actividad de los ratos de ocio, pero que durante muchos años fue nuestra principal dedicación. Nunca abandonada del todo, últimamente la agenda tenía un día a la semana para el ensayo gastronómico-musical de Kunta Quintet, donde Fray Sven de Escandinavia no pocas veces nos ahumaba un salmón mientras preparábamos un tema de Cole Porter. O de Jobim o Django Reinhardt, pues ese era el tipo de música que últimamente hacíamos. Un ejemplo en youtube, con una formación alternativa.
    Nunca habíamos dejado de mantener algún tema de los Beatles en el repertorio y, en este grupo, habíamos incorporado When I'm sixty-four, por su carácter de pieza para banda de templete del parque en una soleada mañana de domingo, con su bajo sonando a tuba y unos clarinetes que suplíamos con guitarras o armónica. Tampoco la hemos olvidado para este concierto. En el enlace puede verse en youtube. También Till there was you, tema que ya cantábamos con Almenara en el Samoa en el 80.
   Bueno, pues la noche del viernes 10 de mayo, allí estábamos en el Teatro Circo de Albacete. Encima de ese inmenso escenario sobre el cual hemos visto a las primeras figuras del jazz mundial. Es la segunda vez en mi vida que lo piso para tocar. La primera fue hace cuarenta años, con Pascual y Enrique, batería y bajo de la orquesta Singuel, pues José María Parra, el pianista, pidió nuestra colaboración para acompañar a sus alumnos de la Universidad Laboral en un montaje que en clase de música hicieron sobre "Jesucristo Superstar". Después hubo que acompañar a niños repeinadísimos que cantaban lindas melodías perseguidos por nosotros, musicalmente hablando, en el intento de acortar o alargar los compases según su inspiración y talante, mientras buscábamos por el mástil algún acorde que viniera al caso. Parra desistió de dirigirnos y movía las manos simulando llevar una caña de pescar, en lugar de batuta. Como se ve, aún recuerdo el trance, luego revivido cada vez que en las fiestas de algún pueblo se subía un espontáneo o la hija del concejal de festejos, que ya veréis qué bien que canta.
    Uno, en tantos años, ya ha pasado por similares compromisos. Quinientas personas, en realidad, no son muchas, aunque todo un éxito para tal ocasión, si tenemos en cuenta que los asistentes estarán hartos ya de vernos gratis por las calles. Todo nuestro agradecimiento es poco para quienes pensaron que, a pesar de ser sus paisanos, conocidos, incluso parientes, merecía la pena el ir a vernos. De todas formas, si los 171.390 habitantes de Albacete hubieran decidido ir, habría sido un problema. Mejor así. 
   Haber perdido la cuenta del número de escenarios a los que se ha encaramado uno en su vida no quiere decir que la situación no imponga. Cuando ves a tanta gente mirando hacia ti, siempre te invade una cierta inquietud —Bueno. ¿Y ahora qué?—, y te dan ganas de mirar hacia donde ellos, es decir, hacia tu espalda, por si está ocurriendo algo. Incluso de salir corriendo, aunque últimamente he perdido mucho reprís. Todo eso acaba con la primera nota, aunque la voz, instrumento más sensible que las guitarras, puede temblar un poco, más de emoción que de miedo. No hay espacio aquí para intentar recoger las cosas que, a retazos, pasan por tu cabeza mientras cantas Let it be o Yesterday, por ejemplo. 
   Además, hay que recordar la letra, cada uno con su técnica. La mía es una esquizofrénica doble contabilidad cercana a la de los traductores simultáneos: cantar algo mientras vas anticipando qué viene después. Es lo que más me inquieta. Mucho menos la guitarra que tocas a la vez y que apenas requiere atención. Es como respirar. Si acaso mantener esa nota La aguda que suple a los violines, mientras tus dedos pasan por FM, Emsus, A#5, All my troubles seem so far Dm away, Dm7 y Bb7M. El dedo gordo ya se ocupa él de ir marcando las notas del bajo.
  Todo el mundo debería hacer un breve retiro, unos sencillos ejercicios espirituales, consistentes en ensayar duro hasta conseguir hacer con otras personas un acorde a cuatro o cinco voces que salga afinado y compacto. Preferentemente el tachunda final de un bolero, con su sexta, novena o séptima mayor, que da gloria. Les cambiará la vida. Es como haber escalado juntos el Himalaya, o regresar vivos después de un mes perdidos en la selva, apoyándose el uno en el otro. Crea una camaradería y complicidad que quienes no han hecho música en su vida morirán sin conocer. Algo muy cercano al amor. Por eso, resulta difícil de catalogar la relación que puede llegar a establecerse entre personas que ya no tienen que ensayar, que se miran y saben que a ti te toca la quinta. A veces sin mirarse, pues cada uno sabe las fichas de los demás. Dos músicos compenetrados son una temible pareja de adversarios en el dominó o en el mús.
   Cuento esto, porque son cosas que se te pasan por la cabeza mientras escuchas como tu voz se diluye en ese acorde final de voces en "Golden Slumbers/Carry that weight/The end" que puede ser sublime o arruinar el tema. Igual que olvidarse de la letra, lo que puede llevar a perderte en el mapa de la canción y asomar por los cerros de Úbeda, mientras el resto anda por los Picos de Urbión. Cuando me decida a escribir un libro sobre la parte contable de nuestra historia, seguro que llegamos a episodios cuyo recuerdo nos hace ahora más gracia de la que nos produjeron en su día y en el escenario.
    Termino con un escrito que envié hace unos días a mis amigos y que encuentro oportuno reproducir aquí, junto al enlace a algunos vídeos del evento:

   Queridos amigos:
     Anoche tuve la satisfacción de ser descubierto como músico, de forma poco menos que póstuma. Algo inesperado y desconcertante. Una impagable vivencia más para compartir con mis queridísimos compañeros de farándula de toda una vida, hallados ahora junto a mí por algunos conciudadanos en la misma excavación. Resulta que el hombre de Neanderthal ya sabía hacer fuego. ¡Quién lo hubiera imaginado! Creo que algunos de mis amigos músicos que compartieron escenario en el evento deben de haber sentido algo similar.
    Mucha historia sobre ese escenario, compartido con otros excelentes músicos de los demás grupos, que pueden contar similares andaduras. Sólo en el nuestro, reunido para la ocasión, se alineaba una parte no pequeña de 40 años de música en Albacete: tres antiguos miembros de Altozano, tres de Cristal, dos de los Singuel, tres de Almenara, dos de Círculo 1, tres de Octavio Cuarteto, cinco de Kunta Quintet…, cuentas que corto aquí para no hacer pasar por multitud a ocho músicos, entre ellos, y desde hace “sólo” siete u ocho años, Fray Sven de Escandinavia y Gustavo Gentile, de Rosario, como Messi o Luis Salinas. David Espejo, buen amigo y extraordinario pianista, se unió a nosotros y tuvimos el impagable apoyo vocal de Carlos y de Mingo, con quien nunca antes había coincidido en ningún otro grupo, gran error que intentaré corregir en el futuro próximo.
   No sabíamos que dejábamos el abrigo sobre una obra de arte hasta que Duchamp expuso un perchero en un museo, aunque colgado del techo.  No quiero pensar que, en este caso, es el espacio donde algo se muestra lo que eleva a categoría de arte lo mostrado, rueda de molino con que el llamado arte moderno ha conseguido hacer comulgar a muchos. Acostumbrados a ser músicos de verbena, profesión dignísima, nos sorprende que lo que hace treinta años hacíamos, a veces sobre un remolque de tractor contra los muros de la iglesia en la plaza del pueblo, sorprenda hoy gratamente cuando se interpreta sobre el mismo escenario donde hemos visto a Brad Meldau, Kenny Garrett, o Ara Malikian, por citar a alguien.  
     Desde que el Nido de Arte, nuestro nido, cerró sus puertas, a duras penas hemos conseguido mantener el contacto con los queridos compañeros y amigos que allí nos reuníamos a tomar una copa, un cóctel de música, risas y palabras, y asombrarnos del ingenio que tal aquelarre hacía destilar al ectoplasma que entre todos invocábamos con nuestros conjuros, sahumerios y pócimas a base de Alhambras y ron de caña. 

   Durante años, los martes, y luego los jueves por la noche, cuando ya no nos permitían disfrutar de los casi semanales conciertos de Jazz programados por Germán y la Asociación de Amigos del Jazz de Albacete, muchos de nosotros y otros buenos amigos que ayer nos acompañaron desde el patio de butacas del Teatro Circo, hemos ido cambiando el sueño por la mutua compañía, la buena música, la conversación y el ingenio que se derrochaba sobre el mármol de las mesas del Nido de Arte. Aunque era gratis, acudían pocos pero fieles contertulios, para charlar, escuchar música, cantar y reír. Irreparable pérdida haber dejado morir al segundo club de jazz más antiguo de España por falta de protección e interés por parte de quienes deberían defender la cultura. Incluso quien no frecuentaba el lugar, reconoce ahora que el Nido ha sido, durante cuarenta años, uno de los focos culturales más activos de Albacete. 
     Allí hemos pasado ratos inolvidables escuchando, conversando —y tocando con ellos a veces al terminar el concierto— con docenas de músicos como Antonio Serrano, Crispy Duck, ingleses enamorados del vino de Villarrobledo, Grahan Foster, que seguía tocando mientras quedaran cervezas y alguien en la sala, y hasta a la Big Band de Almansa que ocupaba la mitad del local. Se me saltan las lágrimas al hablar de tal pérdida.

       Volviendo al concierto de los Beatles, tal vez el reconocimiento del público hacia lo que allí se escuchó se deba a que perciben que a ciertos temas que ya forman parte de nosotros, aunque aparentemente sencillos, hay que acercarse con modestia, mimo y respeto, pues no hay nada tan fácil que no se pueda hacer mal. Cuestión de sentimiento más que de virtuosismo. Cierto es que tocamos ahora temas que nosotros escuchamos en vinilo en su editio princeps, recién grabados por The Beatles cuando nosotros teníamos poco más de 10 años. Estas canciones nos empujaron a empezar a tocar la guitarra. 
    Intentando relativizar las felicitaciones y aplausos, siempre bien recibidos, más mérito tuvo descubrir al respetable en los bailes del Surco en 1974 temas como “¡Oh, what a night” de Frankie Valli & the four seasons, “Sir Duke”, de Stevie Wonder, y cosas así, dentro de repertorios en los que nunca faltaba alguna bossa-nova, un blues bailable, junto a los imprescindibles —y hermosos— pasodobles y boleros. O “Cabaret”, con arreglos de mi querido y añorado José María Parra, todo un director del conservatorio, al que no ofendía el hecho de tocar con personajes como Pascual o yo mismo. Con Antonio a la trompeta, Vicente al clarinete y Pepe al trombón, Parra, con su piano y sus partituras escritas de un tirón, conseguía hacernos tocar ese tema como una banda de Dixieland. 
    De heróica y suicida habría que calificar la selección de bailables que “Visiones”, mi primer grupo, ejecutamos en el Hotel Central en la Nochevieja del 69. Así, a bote pronto, recuerdo “My crime” de Canned Heat, "Gloria", de Van Morrison, "Baby, come back", de Eddy Grant & The Equals, y más blues: —"The blus, blus, bluuuus.... mi-sol-mi"—. Dos guitarras, bajo y batería, con solos de diez minutos estoicamente soportados por los que despedían el año mientras atacaban los langostinos, mirándonos por encima de las gafas y temiéndose lo peor. Cuando, por la calle, alguien me dirige una mirada aviesa, sé que esa Nochevieja del 69 estaba en el Hotel Central. Por aquel entonces, con 15 años, pensábamos que los pasodobles eran algo propio de la banda de Liria, no exigible a un grupo pop digno. Empezamos a ganar algo de dinero cuando músicos más expertos nos sacaron de tan estúpido y engreído error, producto de nuestra extrema bisoñez.
   Tomando una copa después del concierto, le pregunté a Pascual cuándo fue la primera vez que estuvimos juntos en un grupo. Me dijo que en 1973. Fue en Villarrobledo, con Círculo 1, junto a Palmiro, Agustín Pellicer, Julio y Fermín. Vivíamos entre el Círculo y el Zabi. Luego nos unimos a Los Singuel (No recuerdo si lo escribían así, pues debía ser Singers o Swingers. Tal vez Singles). Pippo, el batería italiano que dejó el puesto a Pascual, había tocado anteriormente en la orquesta de Pérez Prado. A partir de ahí, con Pascual, Segis y Paco Arteaga, una historia de 40 años de coincidencias y separaciones, en muchos grupos que, en realidad, eran permutaciones de diez amigos tomados de cinco en cinco. Desde el 81, cuando formamos Almenara, he dejado la música varias veces. Siempre que he vuelto ha sido para reencontrarme con ellos. Y ya soy muy mayor para cambiar, queridos compañeros, que dice otra canción.
 
En la foto anterior, feria de Albacete en la Caseta de los Jardinillos, íbamos de teloneros de "Los Panchos", con quienes hemos coincidido un par de veces. Cantamos esa noche el "Bolero de Mastropiero" de Les Luthiers, que es al bolero lo que el Quijote a la novela de caballerías. Aquí se puede escuchar ese tema grabado en directo en una actuación en el Nido de Arte.
Con Cristal, dábamos paso a Los Bravos tocando Black is black, toda una maldad. Es algo que solíamos hacer con los grupos famosos con quienes compartíamos escenario. 
Abajo, en Imaginalia. Es uno de los lugares con peor acústica del mundo. En Grecia hubieran ejecutado al arquitecto.
   Haber leído miles de libros, escuchado un millón de canciones y tocado gran parte de ellas, si bien no ha resultado una actividad especialmente lucrativa, refractarios como somos al beneficio económico, al menos deja un poso de referencias, frases y emociones que nos sirven como filtros para analizar y hacer que las ideas, siempre etéreas y difusas, se solidifiquen y tomen cuerpo, negro sobre blanco, en el papel. Mientras intentas que ideas, sensaciones y sentimientos tomen consistencia, precipiten y acaben cristalizando, sueles recordar la forma en que alguien ha conseguido destilarlos en mejor alambique que el nuestro.
 Para el  Nido ¿qué mejor forma que como lo reflejó Gato Pérez sin conocerlo siquiera en "Ebrios de soledad"? —"Este bar fue nuestra vida [...]"— Para mis amigos de siempre, elegida familia con quienes he recorrido miles de kilómetros por carreteras que nos llevaban a alegrar las fiestas de pueblos y villas, viajes de los que lamentablemente algunos no regresaron con nosostros, recurro a Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, con "Queridos compañeros":