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lunes, 31 de agosto de 2026

Acuarelas Agosto 2026

 

Veo, al elaborar esta última entrada del blog, que durante este caluroso mes de agosto he pintado 29 acuarelas. La mayor parte de ellas son árboles, algunos paisajes y un par de bodegones con las flores y macetas que tengo en el balcón o en mi mesa al lado de la ventana.

   A veces, acercarse a lo que uno quisiera hacer cuesta años, muchísimas pruebas, errores y cambios de rumbo. Sabiendo que nunca llegaremos a darnos por satisfechos, al menos algunas cosas vamos consiguiendo. Si buscamos en la acuarela luz y transparencia, renunciando al detalle excesivo pero no a las texturas, no sé si pintar árboles era la elección más acertada, aunque he llegado a la conclusión que el tema es lo de menos. Hace tiempo que llegué a otra: que el color, el tono, no es lo más importante. Acertando en los valores, un tronco de árbol puede ser azul o gris, un cielo y unas nubes, del color que mejor nos parezca, las sombras grises, violáceas o azuladas... Las valoraciones tonales son lo importante.
   Y eso me quita un agobio, pues llevo años y años probando pigmentos, algo que ya se ha convertido en un vicio. Me alegro de haber probado tantos, porque algunos se han vuelto insustituibles. Pero muy pocos. Porque pocos de ellos se usan tal y como salen del tubo y, puestos a hacer mezclas, puedes con muy contados pigmentos conseguir la variedad que buscabas y el tono concreto que quieres dar a las sombras, al follaje o a los troncos. Cada vez utilizo más el violeta de ultramar, con el que sustituyo al amatista, muchísimo más caro. No es lo mismo, desde luego, sobre todo visto desde cerca, porque el amatista, pigmento mineral, ofrece unos puntitos de las partículas de cristal que reflejan la luz de una forma muy especial. Con el verde de jadeíta ocurre algo parecido, pero por la granulación, que casi ningún otro verde ofrece. Uso un verde de White Nights, que la marca llama simplemente verde, que es igual en tono, aunque no granula como el otro. Pero vale la quinta parte.
Seguramente podría hacer lo mismo con cualquier otro color de esos que tengo en tanto aprecio: sodalita, índigo auténtico o algunas tierras de Daniel Smith. La conclusión es que, al final, se puede conseguir casi lo mismo por mucho menos dinero. Por otra parte, como uno pinta para disfrutar y, una vez conseguido que, al menos, esa afición no me cueste dinero, seguiré usando algunos pigmentos de los más caros, como el lapislázuli. Porque para ese no se me ocurre sustituto.
   Se puede ver en todas estas acuarelas que, buscando la luz y la transparencia hemos dado en la fórmula de dejar las luces en el blanco del papel o casi, y, por otra parte, reducir al máximo el número de capas de acuarela en cada zona. Hay que procurar mezclar en la paleta, no en el papel, aplicar los baños con bastante agua, con pincel grande y muy suave en las superposiciones, una vez secas las capas de abajo, para no arrancarlas en parte y engorrinarlo todo. Si un color se puede conseguir mezclando dos pigmentos, mejor que usar tres. Ganaremos en transparencia. Si existe un  pigmento comercial que es justo el que buscamos, mejor que mezclar para conseguirlo. Ocurre pocas veces, pero ocurre. Hay en las acuarelas del final un cacharro de cerámica decorado con arabescos pintados con Potter's Pink, rosa de alfarero. Se puede conseguir con carmín de alizarina y blanco de titanio. Como con ese blanco y algo de violeta de ultramar damos con alguno de los colores que hoy se venden como lavanda. pero los comerciales están muy conseguidos.

   Los violetas que uso, el de ultramar o el de amatista, son muy transparentes. Maravillosos para las sombras. Negro no uso nunca como sombra, pero sí para las texturas. El lunar black de Daniel Smith, que primero compré como negro de magnetita de Kremer y luego, todas las marcas comercializan ya un negro de marte. Son parecidos, diferentes en granulación y en temperatura de color, unos más cálidos que otros y siempre muy transparentes.
    Pintando árboles y paisajes, los verdes son una necesidad y un peligro. Los hay maravillosos ya saliendo del tubo: sap green o verde de jade. El esmeralda o viridiana es peligrosísimo por su intensidad. Con cuidado y mezclándolo con otro color, normalmente el azul que se hay utilizado en esa acuarela. Ese es el principio más fijo que suele usar: hacer verdes mezclando amarillos, ocres o naranjas con el azul base de la acuarela, el que se utilizó en el cielo. 
   A veces se busca un verde más jugoso, como en la acuarela siguiente. Entonces recurro a los dorados de quinacridona, tan transparentes, mezclados con azul de Prusia o con otro, según convenga. Con el cerúleo, si es bueno, es decir, sin blanco, podemos sacar unos verdes maravillosos. Hay que probar. pero estos verdes no se venden hechos, como el Hooker o el vegija.
He pintado algunos paisajes. Dos de mar y cuatro de tierra. Calpe y Cabo de Gata por una parte, y paisajes de la sierra o los llanos de Albacete, por otra.



En los paisajes y en las flores no dejo de buscar la luz recurriendo a las zonas en blanco. 





lunes, 31 de julio de 2023

Acuarelas julio 2023

Estas son las acuarelas de julio de 2023. Poco a poco, sigo mis averiguaciones acerca de los verdes, buscando documentación sobre la historia de este pigmento, tanto los de origen mineral, vegetal o sintético. Sus peligros, pues muchos eran venenosos o fugaces, las mezclas de fábrica que se han consolidado como un verde comercial, como el Hooker o el sap green, sus significados, pues su simbolismo y su aprecio han ido cambiando a lo largo de la Historia desde el rechazo al entusiasmo, con sus vueltas atrás y sus resurrecciones.

Aunque los verdes que venía utilizando eran principalmente el verde de jade de Daniel Smith o el verde de perileno, sin olvidar el sap green, siempre me había resultado problemático el más clásico de los verdes: el verde esmeralda o viridiana. Ya he hablado muchas veces de él, cómo era el más utilizado, a veces el único, por muchos acuarelistas clásicos. Y no chillaba como cuando se usa sin demasiados miramientos, tal y como sale del tubo.

De forma que me he ido dedicando a jugar con él. Hacer mezclas, diluirlo mucho, comparar los esmeraldas de fabricantes distintos... En fin, estudiando sus posibilidades y sus riesgos. Incluso he recurrido a interpretar algunos cuadros de pintores que admiro, casi siempre eligiendo un pequeño fragmento de sus cuadros. Como estas dos primeras acuarelas de esta entrada del blog, basadas en óleos de Perrier.

No todo han sido verdes, que este verano no ha habido demasiados, todo muy seco y raquítico por falta de lluvias y exceso de calor. De forma que en la siguientes acuarelas hay de todo, aunque se vuelve una y otra vez a los verdes y, casi siempre, se intenta incorporar ese verde esmeralda que últimamente nos ocupa y que anto frescor añade a la paleta..




domingo, 30 de abril de 2023

El color verde. - I -

   El verde es el color más abundante y presente en la naturaleza. El mundo está aún lleno de vegetación, aunque en proporción menguante en muchos lugares. En algunas zonas, la superficie boscosa se recupera después de haber sido diezmada o extinguida, mientras que en otras avanza la destrucción, al menos la sustitución de la cubierta natural, que había alcanzado su clímax, por cultivos momentáneamente considerados como más rentables y necesarios. No es este el lugar adecuado para elucubrar acerca de las discutibles y diferentes ideas de lo que es el progreso.

   El caso es que el verde abunda casi tanto como el azul y los infinitos ocres y marrones, y mucho menos que el rojo, el amarillo, el blanco, el negro (la mezcla de todos los colores o la ausencia de luz) y toda la abrumadora presencia de matices, mezclas y tonos intermedios. Cabría esperar que esos verdes omnipresentes hubieran sido los primeros en aparecer a la hora de nombrar los colores, como de fabricarlos y utilizarlos. Dejamos aparte el hecho de que queremos ver verdes hasta donde no los hay, y menos puros. En un paisaje, en la naturaleza, abundan los tonos quebrados, las mezclas, los pardos, los grises, los terciarios, y lo más frecuente es que nuestro cerebro vea o interprete como verdes todo aquello que culturalmente hemos acordado que verde es o debe de ser. Y a menudo, como decimos, no lo es. Esto tiene una gran influencia en la pintura, ya de entrada incapaz de reproducir esa infinidad de tonos que la naturaleza ofrece. Hay quien directamente renuncia a los verdes y quien intenta inútilmente ajustarse lo más posible a la realidad a la hora e reproducirlos. Un imposible, un catálogo. Las transiciones no son bruscas, la variedad infinita y, al final, hay que optar por el resumen, por la armonía, por la reducción y el equilibrio. No conviene usar muchos distintos en una misma obra, y tampoco suele funcionar utilizarlos tal y como salen del tubo, siendo siempre mejor recurrir a las mezclas, a contaminar esos verdes elegidos con los demás colores con los que esos verdes deben de convivir en el cuadro.

   En la literatura antigua, en los primeros textos, no aparece el verde, no se nombra. Hasta el punto que hubo muchos investigadores y filósofos que llegaron a cuestionar la capacidad física de nuestros antepasados para percibirlos, resultando inverosímil que un color tan abundante no se nombrara. Primero porque se recurría, como seguimos haciendo hoy, a nombrar un color por alguna cosa que se presentara vestido con él. Para nosotros en normal decir color rosa, malva, violeta, naranja, musgo, miel, pistacho, amarillo mimosa, azul cielo, incluso otros menos unívocos y evidentes: color tierra, color vino, o color piel, que nos llevaría a otros complicados debates. Pero nos entendemos. Lo que no entendían esos analistas que dudaban de la vista y la percepción de los antiguos, es cómo podía Homero ponerle al mar un adjetivo que lo relacionara con el vino. ¿Es qué lo veían así, o es que carecían de palabra para nombrar precisamente el color más abundante? Para el rojo de la sangre o los rosados dedos de la aurora no tenían dudas, ni para el brillo del oro o la negrura de la noche.
    Nuestros antepasados de la prehistoria, los autores de las pinturas rupestres nunca utilizaron verde, ni azul, ni tantos otros colores, que sin duda veían. Se limitaban al negro del humo o del carbón, al rojo de la sangre o de algún mineral, a los variados ocres y tierras de las que tenían a mano, desde los más claros y amarillentos, hasta los marrones más oscuros y negruzcos y, muy ocasionalmente, del blanco. Ni verde, ni azul, Es decir, por lo que tenían a mano, que es lo que desde entonces se ha venido haciendo. Tintamos, pintamos y coloreamos con lo que podemos, con lo que tenemos y, a menudo, las palabras vienen después. Si acaso, pues las diferentes culturas del pasado y del presente han tenido siempre un trato difícil con los colores y sus nombres. Unos han necesitado muchas palabras para nombrar los distintos tipos de blanco, viviendo en un mundo helado, casi sin color, mientras que otros han vivido rodeados de verdes sin nombrarlos.
    Los pintores, tan interesados en los colores, debemos tener en cuenta que la búsqueda, el invento y la fabricación de pigmentos, una historia compleja y apasionante, no fue un proceso que nos tuviera demasiado en mente. Más bien eran las telas, el tintado de las fibras para ropas, alfombras y otros tejidos, los que han llevado a la humanidad a buscar colores en la naturaleza, a fabricarlos y a recorrer larguísimas distancias para su búsqueda y acarreo. Sólo la historia del lapislázuli y de su comercio ha dado para escribrir varios libros. Desde entonces el color se necesitaba preferentemente para las telas, la pintura de paredes, directamente o los papeles con los que se recubre, y para embellecer o diferenciar otros objeto. Y, desde hace tiempo, para dar color a plásticos y otros materiales. La pintura de coches es hoy un mercado muy influyente en cuanto a los colores y algunos desaparecen del mercado cuando pasan de moda y dejan de ser demandados por el público para sus vestidos, sus coches o sus paredes.
Lo cierto, y no es cosa exclusiva de este tema, es que dejamos a un lado, quitamos valor, incluso despreciamos, todo aquello que nos resulta difícil de controlar o imposible de explotar económicamente. El verde, como pigmento, es un color difícil. Abundantísimo, predominante en la naturaleza, es esquivo, volátil, perecedero. No es fácil obtener tintes consistentes y duraderos de las plantas, menos antes de controlar la química que hay detrás del mundo de los colores, de los mordentes, hasta llegar a la síntesis que permitió obtener tonos infinitos a partir del carbón, del petróleo o de las manipulaciones derivadas de los avances en la química orgánica. Era muy difícil obtener un pigmento verde fiable, permanente, asequible. Sólo algunas piedras lo podían ofrecer en aquellos tiempos: la malaquita, óxidos de hierro o de cobre. Eran difíciles de molturar, convertirlos en pigmentos a la altura de los disponibles para otros colores, incluso venenosos, pues el arsénico estaba presente en algunos deslumbrantes colores con que pintaron paredes, tintaron telas, fabricaron papeles pintados, lo que provocó no pocas intoxicaciones y muertes, unas ciertas, otras discutidas, empezando por la de Napoleón Bonaparte, que murió en una casa en la que abundaban las paredes enteladas con papeles tintados con verdes emanando vapores de arsénico.
   Lo que hoy es un conocimiento que se aprenden los párvulos en las escuelas, esto es, obtener verde mezclando azul y amarillo, fue un arcano que, conocido en la práctica, no se difundió hasta hace pocos siglos. Es más, por motivos legales, religiosos o gremiales, esta mezcla estuvo prohibida. Unos decían que lo que Dios hizo de un color así había que dejarlo. Lo azul, azul y lo amarillo, amarillo. Formar con ellos el verde, un color distinto, era torcerle la mano a la voluntad divina. En toros casos, las estrictas regulaciones de oficios y gremios, llevaba a que el tintorero que tintaba en azul no tuviera permiso para hacerlo en rojo. Con el amarillo ocurría igual. A veces eso respondía a la composición química de los diferentes tintes, cuya mezcla podía añadir peligros de intoxicación a la asumida pestilencia de los tintes al uso. Obtener telas verdes tintando primero de azul y luego de amarillo era un fraude, una ilegalidad
   Luego está el ya mentado asunto de la permanencia o la volatilidad de algunos pigmentos. Los amarillos usado en muchas mezclas desaparecían con el tiempo, se oxidaban, se volvían marrones, todos cada vez más negruzcos. Unas veces les pasaba a esas mezclas como a esos carteles electorales o de otro tipo pegados a los muros: la luz del sol se va comiendo los amarillos y quedan los azules. Al cabo de cien años todos calvos, cierto, pero también que al cabo de pocos meses todos azules. Si el amarillo se evapora o se oscurece, como ocurre, quiere decir que los tonos y matices de muchas carnes, flores y telas que hoy vemos en los cuadros de los museos no eran así cuando se pintaron. El problema se agrava cuando los pintores dejan de molerse sus propios pigmentos en el taller, fabricando sus mezclas y sus óleos o las mezclas para sus frescos y pasan a depender de una industria incipiente y experimental, comprando colores envasados, primero en tripas, luego en tubos, cuya permanencia resultó bastante problemática. Nunca veremos los girasoles del color en el que Van Gogh los pintó y sus contemporáneos lo pudieron haber visto, si hubieran querido, que fueron pocos.
   El verde esmeralda, también llamado viridiana, hoy no presenta problemas, no lleva arsénico, ni peligros de intoxicación o envenenamiento ni tampoco de futuras reacciones químicas con otros pigmentos con los que se mezcla. En los manuales antiguos de acuarela se previene de no mezclar nunca el verde esmeralda, uno de los más hermosos de los pocos de que disponían, con rojo. De hacerlo, pasado poco tiempo todo se iría ennegreciendo.

   Se usaron tierras verdes, poco intensas y brillantes, lo que ayudó poco a hacer atractivo y popular el color verde, aunque hubo épocas en las que estuvo de moda. Para un par de reyes de Francia fue su color preferido, proscrito por sus sucesores, porque no le faltaba al verde más que ser asociado a ciertas políticas, comportamientos y dinastías, que las cosas funcionan así, o peor.

   Los avances en química orgánica vinieron a solucionar los problemas anteriores. Permanencia, seguridad, variedad, hermosura y precio asequible, por fin llegaron a los verdes y las telas, los papeles pintados o los cuadros pudieron al fin incorporar al verde como un color más. Eso no quita para que siga siendo un color difícil de emplear por parte de los pintores. Vemos que algunos lo evitan y reemplazan por todos pardos más indefinidos y problemáticos, difíciles de casar y de incorporarlos al cuadro de una forma armoniosa y natural. A poco que nos descuidemos los verdes cantan, parecen ir por libre, resultan un añadido, algo discordante... Cada uno elegimos y buscamos nuestras soluciones. La mías es limitarme a pocos verdes, al menos a la vez. Con el esmeralda y las mezclas que podemos hacer con él, añadiendo amarillos, ocres, azules, rojos, es más que suficiente. Otras veces utilizo el sap green y el verde de jadeíta, también matizados con algunas mezclas. Pero nunca voy más allá.
    En una próxima entrada seguiremos hablando de los verdes, los pigmentos más usuales y sus mezclas más frecuentes y conocidas, algunas ya vendidas como si fuese un solo color, caso del sap green (el verde vejiga) o el verde de Hooker. Por hoy, lo dejaremos aquí.