miércoles, 26 de enero de 2011

Narración : El convento de San Odón de La Muela y el Terremoto de Lisboa

 
 las 10 horas y 16 minutos de la mañana del 1 de noviembre de 1755, día de todos los Santos y de algunos más, entre ellos San Perseverante, San Vigor de Bayeux, obispo, San Pedro del Barco y San Austremonio de Avernia, el mundo tembló. Si esos nombres, a los que de agorera forma la Iglesia dedicó tan nefasto  día, no invocaban el desatamiento de fuerzas telúricas, espeluznantes maremotos y hasta los mismísimos infiernos, que venga Dios y lo vea.
    Las consecuencias más conocidas de esta catástrofe natural, con la que el Señor castigó los pecados del siglo, se sufrieron en Lisboa, donde cien mil almas fueron arrebatadas, junto con palacios, iglesias, bibliotecas y archivos.
    Villas, ciudades y aldeas desde el Algarve a Salamanca sufrieron graves quebrantos, menores cuanto más alejados del mar. Toda Andalucía se resintió. No se libraron Jaén ni Albacete de sufrir derrumbes ni  sus gentes de vivir grandes pavores, sorprendidas rezando en las iglesias. Desplomóse la catedral de Baza, cayó el castillo de Alcaudete y, en todo el sur de España, pocos altivos edificios se vieron libres de grietas y desportillos.
    Para escarmiento y aviso de pecadores, referiré aquí cómo aprovechó nuestro Señor la ocasión para bajar las ínfulas a los herederos de don Álvaro de Bazán, primer Marqués de Santa Cruz quien, junto con su  padre —Álvaro el Viejo, Capitán General de las Galeras de España—, había tenido destacada participación en la victoria de Lepanto. En premio a sus esfuerzos y desvelos recibió el marquesado de Santa Cruz, pues era Señor de las villas de Santa Cruz de Mudela, cerca de Valdepeñas,  y de El Viso del Puerto, a partir de entonces Viso del Marqués. También fue nombrado por Felipe II Capitán de la Mar Océana y Almirante de la Marina, cosa poco frecuente en Ciudad Real.
    Edificó el susodicho señor un palacio en su villa de El Viso, del que se ufanaba diciendo “El marqués de Santa Cruz hizo un palacio en El Viso, porque pudo y porque quiso”. Era edificio de estilo italiano donde, entre estatuas de Neptuno y Marte —dioses de los mares y de la guerra—, fanales de las naves enemigas vencidas en batalla, trampantojos e imágenes de sabandijas y lagartos, ubicó el mascarón de proa de la nave que comandaba en Lepanto. Para ornato de la iglesia del lugar no encontró exvoto más a propósito que un cocodrilo disecado que trajo en uno de sus viajes y que mandó endosar en una bóveda del templo, desde donde mira lloroso a beatas y turistas.
    Ya había recibido este orgulloso varón un primer aviso, muriendo  en 1588 en la misma Lisboa del terremoto, para que pudiéramos  así colegir por dónde iban los tiros. El segundo fue el seísmo que arrambló con el techo de la Cámara del Honor de su palacio, donde un gran fresco representaba la Batalla de Lepanto, desmochando de paso las cuatro torres de las esquinas, pues el Señor tiene dura mano para castigo de la arrogancia. Actualmente en ese palacio, rodeado de cepas, barbechos y secanos,  se encuentra el Museo-Archivo de la Marina.
    En la encuesta que sobre los temblores y sus consecuencias dirigió nuestro rey Fernando VI a las personas de más razón de las capitales y pueblos de cierta importancia, nadie recordó a los despavoridos frailes que en aquellos aciagos momentos malvivían y oraban en nuestro convento de San Odón de La Muela. Se encontraba este cenobio en la Sierra del Segura, en la provincia de Albacete, dato ignorado en aquellos tiempos por sus ocupantes. No sería muy cristiano atribuir este desconocimiento a ignorancia o desapego por parte de los monjes, sino al hecho de que dicha provincia no se creó hasta 1833.
    Decir que nuestro convento se encontraba en la Sierra del Segura es una forma de hablar que tal vez peque  de optimismo, pues más verdad es que no era encontrado el lugar sino tras grandes esfuerzos y largas búsquedas, no pocas veces vanas e infructuosas. A menudo envuelto en nieblas y brumas, encaramado en lo alto de una formación caliza de forma cuadrada, llamada con tino La Muela de San Odón, por su forma y por el convento que la coronaba, píamente bautizado en recuerdo del santo del mismo nombre, segundo abad de Cluny y benedictino como nosotros.
    Retomando nuestro relato, diremos que en el caso de este olvidado convento, si no por orgullo, por otros pecados sería, también allí se hizo sentir el temblor. Se abrieron rendijas en muros y techumbres, se desplomaron paredes en cuadras y cobertizos y se produjo un corrimiento de tierras, de las pocas que había en la cima de la Muela,  que se llevó al fondo del precipicio una viña vieja que era toda la alegría de la congregación.
    Aunque esa pérdida fue lo que en un primer momento más lloraron mis frailes antecesores, poco tardaron en apercibirse de la verdadera magnitud del desastre, pues otros desplomes y derrumbes habían hecho desaparecer casi totalmente un camino que, serpenteando, comunicaba el convento con el valle y que era su único acceso. Habían quedado aislados del mundo.

martes, 18 de enero de 2011

"Fifty water-colour drawings of Oxford"


    William Matthison (1853–1926) fue un acuarelista victoriano, posiblemente ya pasado de moda en su propia época aunque, estando gran parte de su temática centrada en paisajes y urbanos locales de Headington, donde nació y de la cercana Oxford, donde vivió, actualmente se revaloriza su obra que recoge calles y parajes de esos lugares.
    Fue pintor profesional desde 1875, dedicado a la pintura de acuarelas. Vivió un tiempo en la cercana localidad de Tysoe, y aparece en 1881 censado en ella junto a su familia, teniendo como profesión “landscape painter”. Trasladado a Oxfordshire en 1883, imparte clases de pintura en Oxford, lo que le obligaba a desplazarse allí varios días a la semana, por lo que termina residiendo en Oxford en 1902. 
     Por aquella época había una fuerte industria de imprimir tarjetas postales con grabados y acuarelas. Robert Peel le encarga la realización de 70 vistas de la ciudad de Oxford y su universidad. Otros encargos son de mayor envergadura y en 1911 realiza en Oxford una exposición con 95 de sus pinturas. Dijo la prensa: “Mr Matthison’s work is full of sunshine and colour. Even the rain in St Giles or the High Street does not depress him: he sees it through rose-coloured spectacles, and paints it so we can see it too. His mists are never a hopeless grey, they have a rosy lining”. 
    Cuando el negocio de las tarjetas postales entró en decadencia, Robert Peel vendió en 1910 las planchas de las acuarelas de Matthison a Alden & Cº, quien las utilizó para publicar “Fifty Watercolour Drawings of Oxford”, comentando este editor cada una de obras.
   Este es el libro y las acuarelas que podemos ver en este enlace, incluso descargarnos el libro completo, ofrecido libremente por “American Libraries” por estar fuera de Copyright.

   Muestro a continuación algunas de las acuarelas que contiene este libro. 
Magdalen College - Founders Tower
 

domingo, 16 de enero de 2011

PLUMILLAS Caligrafía y dibujo

    Siempre he tenido y usado plumillas, ya desde la escuela. Eran Cervantinas, Jaer, Goya, Serra, las marcas usadas, todas ellas de producción nacional. No fue hasta muchos años después cuando empecé a coleccionarlas, buscando en mercadillos, anticuarios y rastros. Como era difícil contactar con otros aficionados fue un hallazgo poder comprarlas por internet, tanto a coleccionistas y vendedores de otros países, como en ebay.
     Así, he llegado a tener más de dos mil modelos diferentes, procedentes de diversos países y fabricantes. He adquirido plumillas en prácticamente todo el mundo: España, Francia, Italia, Gran Bretaña, Alemania, Lituania, Rusia, Argentina, Uruguay, China, Japón, Sudáfrica... Como normalmente se venden cajas enteras o con muchos ejemplares repetidos, renunciando a complicados intercambios, suelo ofrecer en ebay para su venta aquellas que pueden interesar a otros coleccionistas, dibujantes o calígrafos. Lo hago desde este lugar: 
    
Colección de 101 plumillas francesas diferentes.
  Colección de 80 plumillas españolas diferentes.
   En este blog, ahora en sus comienzos, iré mostrando algunas plumillas dignas de interés, por su belleza, rareza o utilidad, intentando dar información sobre estas pequeñas joyas útiles. Se trata de plumillas fabricadas en la época dorada de su uso, S. XIX y hasta la mitad del XX. 


Colección de 9 plumillas con la forma de Torre Eiffel, fabricadas en Italia.

Diferentes plumillas fabricadas en Argentina


 

sábado, 15 de enero de 2011

Chinchilla de Montearagón

36 x 50. Pinturas en tubo y pastilla de W&N, Rembrandt y Schmincke. Pinceles: Petit gris de Isabey, hake Lamgnickel 1" y pequeña paletina Loew-Cornell de 3/8. Papel Fabriano.

    De origen prerromano, se lamó Cincilia, voz celta que significaba "ciudad de muros cortos". En griego se llamó "Teichea", son igual significado. Para los romanos fue "Saltigi". Repoblada por los reyes visigodos Suintila y Chintila, parece ser que debe a ellos su nombre actual. Para los árabes, siendo una de las poblaciones más importantes del reino de Murcia, pasó a llamarse Ghenghalet, Yinyalá ó también Sintinyala. El restaurado castillo tiene su origen en esa época.


    Formó parte del marquesado de Villena, incorporándose a la corona de Castilla el 1 de marzo de 1480. Los Reyes católicos juran los fueros y privilegios de la ciudad en agosto de 1488 sobre la Cruz de Roca, aún existente, cuando se alojan en Chinchilla en una parada de su viaje para el asalto final a la Granada nazarí.


    Es una ciudad monumental con calles de trazado árabe, a 13 kilómetros de la capital. Pudo ser ella misma capital de la provincia, como de hecho lo fue por un breve período, pero Albacete, su antigua aldea, situada en el llano, fue ganando importancia económica y política y acabó arrebatándole la capitalidad.


    Perdón por tan extenso discurso. 

Molino de Alpera

Papel Arches. 24x32 cm. Pastillas Rembrandt, W&N y VanGogh. Pinceles chinos.
Hecha a partir de una foto en blanco y negro que hice en 1980,
cuando ejercía de maestro en ese maravilloso pueblo.

    Esas casas con el molino ya no existen. Estaban a la entrada de un encinar centenario a unos cien metros de mi casa. Mi calle estaba a las afueras del pueblo y cuando terminaba el asfalto se pasaba a ese camino que aparece a la derecha. Este encinar está rodeado de almendros y desde allí se ve la sierra de Ayora, en Valencia, y El Mugrón, un cerro espectacular donde se encuentra la ciudad ibérica de Meca, de varias hectáreas de extensión. Los romanos tardaron muchos años en poder acceder a ella y conquistarla. Muy cerca está Almansa y su castillo.


    Afortunadamente las encinas siguen tal cual, treinta años más viejas, cosa inapreciable, pues algunas debían tener varios siglos. Enormes. Cerca de ellas, a su sombra, crecían unas orquídeas silvestres que eran exactamente igual que una abeja. No garantizo que sigan quedando ejemplares.