domingo, 16 de octubre de 2016

Tarraco

    Por convocatoria por parte de Ladrones de Cuadernos de Junta General de Accionistas para dibujar en el monasterio de Veruela, en Tarazona de Zaragoza, un proyectado viaje a la Costa Brava se acabó ampliando en días y kilómetros, hasta 2.200 en ocho jornadas, para abarcar toda la parte peninsular del antiguo reino de Aragón.

   La verdad es que desde Albacete ya se ve el castillo de Chinchilla de Montearagón, la antigua Cincilia, de nombre celta para unos, ibero para otros, por lo que lo dejaremos en celtíbero que en el término medio se encuentra la virtud. Fue Saltici para los romanos, y Yinyalá o Sintinyala para los árabes. Reconquistada en 1242 por Jaime I, Alfonso X y las órdenes de Santiago y Calatrava, que toda ayuda era poca para acometer una fortaleza tan difícil de tomar. Castellana desde 1243, el apellido de Montearagón se refiere a la cercanía con los dominios de tal reino, separado de Castilla por estos montes que había que remontar que es a lo que el nombre alude, igual que se les llama Giravalencia, topónimo existente también entre Almansa y Alpera, refiriéndose a otros pasos hacia el levante. Caminos a tomar para ir "al reino", algo que he escuchado para referirse a Valencia a los más viejos del lugar cuando vivía en Alpera. Me encanta escarbar en los nombres y en las palabras y, cuando paso por allí, no sé —y además ignoro— si Rivas-Vaciamadrid deriva del verbo ir o de vaciar, que mi ignorancia aún tiene menos límites que mi curiosidad.

     Allí, en Chinchilla que no en Vaciamadrid, cuando viajaban para terminar lo de la toma de Granada, hito histórico en el que, como en el caso del descubrimiento de América, hay ignaros que nada encuentran que celebrar, juraron los Reyes Católicos los Privilegios de la ciudad de Chinchilla el 6 de agosto de 1488, sobre la cruz de cristal que aún se conserva, dándole los títulos de Noble y Muy Leal en agradecimiento por haber apostado por Isabel en lugar de haberlo hecho por la Bertraneja, que en las carreras de caballos, las quinielas y las guerras dinásticas hay que saber aquilatar dónde pone uno las equis, que luego todo son quejas y lamentos. Lo que no sé es qué hay que hacer para que a una ciudad le endosen el título de Impertérrita, como a Cuenca. Me tengo que enterar. 

Chinchilla de Montearagón en Albacete

   En estos descampados de la antigua Espartaria, también teníamos privilegios y fueros, afortunadamente suprimidos, que no es cuestión de estar regidos hoy por ordenanzas medievales que algunos, sin conocerlas, echan de menos. Como los dioses cuando quieren castigarnos escuchan nuestras plegarias, habría que sustituir en territorios levantiscos las leyes actuales por los fueros viejos, que se iban a enterar algunos enterados. Me refiero a esos territorios que se autoproclaman históricos, engallándose encaramados a lomos de una historia de la que presumen sin conocer. En casos extremos, resulta desconcertante que quien dice estar orgulloso de su historia haga tanto por deformarla e inventarse otra más romántica.

   Como ya llevo un folio escrito y aún no he salido de Albacete, voy a ir aligerando y a meterme en la Vía Augusta incorporándome al tramo que va de Libisosa a Saltici, pues además del tomtóm llevo en la guantera el Itinerario de Antonino Augusto Caracalla del siglo III de las vías del imperio romano, en edición de la época de Diocleciano, algo menos actualizado que la guía Campsa pero infinitamente más interesante. De todas formas Saavedra ya llama a esta milenaria calzada "Itinerario de Antonino A-31" en su clasificación de las vías romanas, igual que el ministerio de Obras Públicas rotula hoy la Autovía de Levante, con lo que no hay confusión. La carretera hacia Valencia, Castellón, Tarragona, Barcelona, Ampurias y de allí a Francia, como tantas otras, se hizo asfaltando la antigua calzada romana, que debajo debe de seguir, llamada Augusta en nuestro caso, y antes Camino de Aníbal. De hecho en Zaragoza, Tarragona y Barcelona hay calles que se siguen llamando así, y he pasado por ellas estos días, aunque ahora los miliarios sean de chapa y digan carrer en lugar de Vía.

    Pasamos de largo por Valencia y Castellón, lo que siempre es una pena aunque las visitemos más a menudo, para adentrarnos en la provincia de Tarragona, rumbo a la Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco, capital de la Hispania Citerior o Tarraconensis en una época en la que la península era ya mirada desde fuera como una unidad, aunque dedicada a reñir unas tribus con otras, como ahora, que cada régulo, también como ahora, no renunciaba a tener un territorio y unos incautos que esquilmar. La historia enseña a los buenos alumnos, a los que quieren aprender de ella, que esa división fue la ruina de los iberos, lo que facilitó y permitió la conquista romana, que aún así les costó dos siglos. La Galia unos meses, aunque es cierto que aquí estaban los cartagineses por medio. Otra lección es que las cosas siempre pudieron ser peor, pues si no hubieran ganado las guerras púnicas los romanos, en gran parte dirimidas aquí, hoy seríamos tunecinos. O fenicios del Líbano, y nuestras lenguas nacidas del latín serían otras, posiblemente derivadas del cananeo. O directamente el árabe, que hablando del pasado hacer preteribles es siempre arriesgado.

    Aunque con prisas por llegar a la Costa Brava de Gerona, partimos ese trayecto en tres etapas para visitar en la primera Tarragona, donde viví de pequeño y por donde he pasado prácticamente de largo en otras ocasiones. Como docenas de otros lugares de la ruta, merece más tiempo, pues hay mucho que ver, especialmente si a uno le gusta la historia y las piedras antiguas, que muchas debieron poner cuando tantas quedan a pesar de nuestro secular afán por arramblar con ellas. En lo tocante a piedras y murallas, Tarragona es apabullante, pues cuando sus murallas se adjetivan como ciclópeas en guías y escritos no se trata de una exageración. La base de estos murallones, por la forma irregular y el tamaño de sus pedruscos, me hace difícil creer que sean romanas, pues solían ser más cuidadosos y esmerados en sus construcciones. O son iberas o las construyeron romanos con tantas prisas como fuerza. En todo caso son impresionantes. Seis metros de grosor que se aprecia en las poternas que se conservan, verdaderos dólmenes incrustados en la muralla, base de edificaciones posteriores que han tenido el buen criterio de conservar y dejar a la vista esos muros gigantescos. El conjunto resulta desconcertante, un dolmen megalítico con un par de balcones al lado, sillares del tamaño de un opel corsa que sustentan a otros menores, más regulares y mejor tallados, rebajados en sus juntas, que parecen labor de incas. El resultado me parece una maravilla única. Para recorrer estas murallas haría falta un día entero. A mi ritmo, dos.


  En Tarragona, igual que ocurría en Barcelona hasta las olimpiadas del '92 y en la actualidad en algunos pueblos costeros, el mar ha sido más camino, despensa o peligro que lugar de calma y recreo. El tren, encajado en un hondo foso, con puentes, muros y barreras, separa de las olas a una ciudad que da la espalda al mar, tapando y dificultando en parte el acceso a la inmensa Arrabassada, playa en la que me bañaba de niño, como hacía en Sitges, Salou o Cambrils, lugares más marineros. El puerto de Tarragona es uno de los más importantes de España, tanto en lo referido a la pesca como al transporte de productos petroquímicos, base de la industria y prosperidad local. Todo tiene un precio, que a veces es muy alto.

   El circo romano también está al lado de la playa, para así poder introducir por mar directamente los leones y otras fieras que traían traspelladas desde el norte de África para comerse a los pobres desgraciados que les ponían a la mesa en ese plato de arena con gradas. En la parte antigua hay muchos monumentos que admirar, entre callejas estrechas y retorcidas de esta dos veces milenaria población fortificada, situada como siempre en alto, que el poco aprecio a los llanos y las playas nace del ancestral terror a quienes encaramados en las olas venían a saquear, matar o llevarse cautivos a quienes pudieran vender en su tierra. Esos miedos de miles de años explican la configuración de los pueblos y una cierta aversión al mar.

   Siguiendo la ruta prevista, nos desviamos hasta Vilobí del Penedés, pueblecito ahora bastante crecido a donde me desterraron en 1979. Me hago una foto en el cartel indicador a la entrada del lugar y continúo mi camino. No olvido, aunque ya sin rencor, que lo que por gusto he recorrido hasta aquí hoy, entonces lo hacía al revés cada viernes obligado, regresando el domingo a mi escuela catalana maldiciendo en arameo durante casi todo el trayecto, dejando a mi novia en Alicante y a mi familia y amigos en Albacete. En esta ocasión, 37 años más tarde, mi novia me acompaña en el viaje y ahora nos reímos más que entonces. Recuerdo que en la carretera que seguía la ruta hacia Albacete por Requena, que aún no era autovía, se pasaba sobre un puente que separaba el reino de Valencia de la provincia de Albacete. En él había una pintada en la que una flecha indicaba que el viajero se adentraba en "Bastetania". Esa amistosa ironía de buenos vecinos era replicada  por otra que, señalando la dirección contraria, informaba en pareado de rima libre : "Con castillos y doncellas, sois más tontos que el copón". Siempre nos hemos llevado bien con Valencia.

   Como era ya de noche y había que llegar a Castelldefels, a un hotelito con terraza que habíamos reservado, tomamos la vía más corta, aunque más retorcida. Decía mi padre, recordando cuando vivíamos por allí, que había oído decir que la carretera de las cuestas del Garraf había sido construída por un ingeniero loco. Puede ser, a pesar de que ahora es más ancha, aunque no mucho. Una interminable sucesión de curvas cerradas serpenteando al borde de acantilados que caen a pico sobre el mar desde una altura mucho mayor de la que hace falta para matarse, recorrida a toda leche intentando que no te coma el de atrás sin incrustarte en el de delante, esquivando a los que en dirección contraria apuran las marchas con iguales propósitos, que parecíamos todos locos derrapando y casi rozando ese murillo de piedra que bordea la carretera en la parte de fuera, la del barranco, que ahora nos toca, sueño para moteros y que a mí me parece un videojuego terrorífico. Con los pelos de punta, soguetilla enhiesta, conseguimos llegar a Castelldefels con bien.

   Para terminar la narración de esta etapa no quisiera dejar de recoger cómo un empleado de la gasolinera en la que en Castelldefels paramos a respostar, viendo que yo no podía ver, tapado por los camiones estacionados, si había algún hueco para asomar los bigotes y acceder a la carretera, dejó el surtidor, salió al arcén y me fue indicando cuándo podía intentarlo, casi parando el tráfico jugándose el tipo. Por ahora no hemos encontrado más que amabilidad y buena gente, como cabía esperar.